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Cuál es el Significado de Pictórico - Concepto, Definición, Qué es Pictórico

Definición, Concepto, Significado, Qué es Pictórico



1. Concepto de Pictórico

La palabra pictórico, se refiere a la pintura, o al dibujo en general, pero el plano pictórico es un plano imaginario, vertical y transparente, puesto a cierta distancia entre el objeto y el ojo.
Éste plano, es el que se utiliza cuando vamos a dibujar algo, es decir, a representar nuestro campo visual. Como ya observaste, el campo visual está conformado por ancho, alto y profundo, pero tratándose de una superficie plana en la que se va a dibujar bien sea un pizarrón o una hoja de papel, el dibujante encuentra una dificultad, y es la de representar la profundidad, puesto que sólo dispone de dos dimensiones reales: Alto y Ancho.
Es por ello, que para representar la profundidad del campo visual, el dibujante debe hacer uso de ciertos artificios para lograrlo. Éstos recursos que los conocerás más adelante con el nombre de: Indicios de profundidad.

2. Significado de Pictórico

Pictórico es un adjetivo que proviene de pictor, un término latino que puede traducirse como “pintor”. Lo pictórico, por lo tanto, hace referencia a lo que está vinculado a la pintura.
Por ejemplo: “Mis conocimientos pictóricos son nulos, pero la verdad que este cuadro me encantó”, “Las clases pictóricas rindieron sus frutos: ayer pude vender mi primera obra”, “Mi tío siempre buscó expresar sus sentimientos, ya sea a través de lo musical o de lo pictórico”.
Para entender el concepto de pictórico, resulta inevitable saber con claridad a qué se refiere la noción de pintura. Por un lado, la pintura es aquella sustancia que se emplea para cubrir un material, dejando una capa muy delgada sobre él. Pintura, por otra parte, es el nombre que recibe la obra de arte sobre la que hay algo pintado e incluso la denominación de esta rama artística en general.
Si hablamos del arte pictórico, de este modo, nos estaremos refiriendo a aquellas manifestaciones expresivas que se desarrollan con pintura. Existen diversos soportes pictóricos, como el lienzo, un mural o una madera. Un artista puede dibujar y esparcir pigmentos sobre estos soportes para crear una obra.
Se conoce como retrato pictórico, por último, a la pintura que busca reproducir el rostro de una persona. Estos retratos eran muy populares en la antigüedad, cuando no existía la fotografía, ya que permitían inmortalizar la apariencia de un individuo gracias al talento del pintor. Los integrantes de la nobleza solían encargar retratos pictóricos que luego exhibían como una demostración de poder y para fomentar el culto a su persona.

3. Definición de Pictórico

El retrato pictórico es un género dentro de la pintura, en el que se pretende representar la apariencia visual del sujeto, en particular cuando lo que se retrata es un ser humano, aunque también pueden representarse animales. Los retratistas trabajan por encargo, tanto de personas públicas como de particulares, o inspirados por la admiración y el afecto hacia el protagonista. A menudo son documentos de familia o de Estado, así como recuerdos de la persona retratada. Cuando el artista se retrata a sí mismo se trata de un autorretrato.
Históricamente, se ha representado a los ricos y poderosos. Pero con el tiempo, se difundió entre la clase media el encargo de retratos de sus familias y colegas. Aún hoy, persiste la pintura de retrato como encargo de gobiernos, corporaciones, asociaciones o individuos.
Dentro de la jerarquía de los géneros, el retrato tiene una postura ambigua e intermedia; por un lado, representa a una persona hecha a semejanza de Dios, pero por otro lado, al fin y al cabo se trata de glorificar la vanidad de una persona.

Técnica y práctica

Un retrato bien ejecutado se espera que represente la esencia interior del sujeto desde el punto de vista del artista y no sólo la apariencia externa. Como afirmó Aristóteles, «El objetivo del arte no es presentar la apariencia externa de las cosas, sino su significado interno; pues esto, y no la apariencia y el detalle externos, constituye la auténtica realidad». Los artistas pueden esforzarse por un realismo fotográfico o un parecido impresionista, pero no se trata de una caricatura, que pretende revelar el carácter a través de la exageración de los rasgos físicos. El artista en general intenta un retrato representativo, como afirmó Edward Burne-Jones: «La única expresión que se puede permitir en la gran retratística es la expresión del carácter y la cualidad moral, no nada temporal, efímero o accidental».
En la mayor parte de los casos esto da como resultado una apariencia seria, una mirada fija de labios apretados, siendo históricamente raro que se encuentre algo más allá de una ligera sonrisa. O como lo expresó Charles Dickens, «sólo hay dos clases de retratos pictóricos: el serio y el de la sonrisita». Incluso con estas limitaciones, es posible lograr una amplia gama de sutiles emociones, desde una amenaza tranquila a un amable contento. Si la boca se mantiene relativamente neutral, ha de crearse gran parte de la expresión facial a través de los ojos y las cejas. Como afirma el escritor y artista Gordon C. Aymar, «los ojos son el lugar al que se mira para la información más completa, fiable y pertinente» sobre el sujeto. Y las cejas pueden registrar, «casi ellas por sí solas, maravilla, pena, miedo, dolor, cinismo, concentración, nostalgia, desagrado y esperanza, en infinitas variaciones y combinaciones».
Al protagonista se le puede representar de cuerpo entero, medio cuerpo, cabeza y hombros o cabeza, así como de perfil, medio vuelto, tres cuartos o de frente, recibiendo la luz de diversas direcciones y quedando en sombra partes diferentes. Ocasionalmente, los artistas han creado retratos con múltiples puntos de vista, como con el Triple retrato de Carlos I efectuado por Anton van Dyck. Hay incluso algunos retratos donde no se ve el rostro del sujeto; ejemplo de ello es Christina's World (1948), de Andrew Wyeth, en el que la postura de la muchacha minusválida vuelta de espaldas se integra con la ambientación en la que se encuentra para expresar la interpretación del artista.
Entre otras variaciones, el sujeto puede estar vestido o desnudo; dentro de casa o en exterior; de pie, sentado, reclinado; incluso montado a caballo (retrato ecuestre). Las pinturas de retrato pueden ser de individuos, parejas, padres e hijos, familias, o grupos de colegas («retrato de grupo»). Pueden crearse en medios diversos entre ellos óleo, acuarela, tinta y pluma, lápiz, carboncillo, pastel y técnica mixta. Los artistas pueden emplear una amplia paleta de colores, como En la terraza de Renoir (1881) o limitarse a casi blanco y negro, como en el retrato que Gilbert Stuart hizo de George Washington en 1796.
A veces también tiene relevancia el tamaño del cuadro. Los enormes retratos de Chuck Close que tienen como destino mostrarse en un museo difieren grandemente de la mayoría de los retratos, creados para colocarse en una casa particular o llevarse con facilidad de un lugar a otro. Es frecuente que el artista tome en consideración dónde colgará el retrato final y el color y el estilo de la decoración que lo va a rodear.
Crear un retrato puede llevar un tiempo considerable, y requiere generalmente varias sesiones de posado. Cézanne, por ejemplo, insistía en más de 100 sesiones de sus retratados. Goya, por su parte, prefería un largo posado de un día. La media es de alrededor de cuatro. Los retratistas a veces muestran a sus protagonistas una serie de dibujos o fotos para que el modelo elija su postura favorita, como hacía Joshua Reynolds. A veces, como Hans Holbein el Joven, dibujaban el rostro y luego completaban el resto de la pintura sin que el retratado estuviera posando. En el siglo XVIII podría tardarse un año desde el encargo hasta la entrega del retrato acabado al cliente.
Tratar con las expectativas y el estado de ánimo del modelo es una seria preocupación para el retratista. En cuanto a la fidelidad del retrato respecto a la apariencia del modelo, los artistas suelen tener un enfoque coherente. Los clientes que buscaban a Joshua Reynolds sabían exactamente que el resultado sería halagador, mientras que los modelos de Thomas Eakins esperarían un retrato realista. Algunos retratados tienen fuertes preferencias, otros dejan que el artista decida por completo. Es famoso Oliver Cromwell por haber exigido que su retrato mostrase «todas estas asperezas, granos y verrugas y todo lo que véis en mi, de otro modo nunca pagaré un penique por él».
Después de hacer que el modelo esté cómodo y animándole a que adopte una pose natural, el artista estudia al sujeto, buscando entre las posibles expresiones faciales, aquella que satisface su concepto de la esencia del modelo. La postura del sujeto también se considera con cuidado para revelar su estado emocional y físico, lo mismo que ocurre con la vestimenta. Para mantener al modelo implicado y motivado, el artista hábil a menudo mantendrá un comportamiento y conversación agradables. Élisabeth Vigée-Lebrun aconsejaba a los compañeros artistas que elogiaran a las mujeres y su apariencia para obtener su cooperación en el posado.
Para tener éxito en la ejecución de un retrato es esencial dominar la anatomía humana. Los rostros humanos son asimétricos y un retratista habilidoso reproduce esto con sutiles diferencias entre la izquierda y la derecha. Los artistas tienen que conocer los huesos que quedan debajo y la estructura del tejido para hacer un retrato convincente.
Para composiciones complejas, el artista haría primero un esbozo completo, con lápiz, tinta, carboncillo o al óleo, lo que es particularmente útil si es limitado el tiempo de que dispone el modelo para posar. La forma general, entonces con un parecido aproximado, se esboza sobre el lienzo en lápiz, carboncillo u óleo fino. En muchos casos, el rostro se completa primero, y el resto después. En los talleres de muchos de los grandes retratistas, el maestro haría sólo la cabeza o las manos, mientras que la ropa y el fondo se completarían por los aprendices principales. Había incluso especialistas de exterior que trataban temas específicos como la ropa y sus dobleces, como Joseph van Aken. Algunos artistas del pasado usaban maniquíes o muñecas para ayudar a establecer y ejecutar la pose y la ropa. El uso de elementos simbólicos colocados alrededor del modelo (incluyendo signos, ajuar doméstico, animales y plantas) se usó a menudo para presentar codificado en la pintura el carácter religioso o moral del sujeto, o con símbolos representando la ocupación del modelo, sus intereses o su estatus social. El fondo puede ser totalmente negro y sin contenido o toda una escena que sitúa al modelo en su medio social o recreativo.
El autorretrato puede considerarse como un sub-género dentro del más amplio del retrato. Ya en la Edad Media los artistas no firmaban la obra pero sí podían aparecer dentro de la escena religiosa. Los autorretratos se producen generalmente con ayuda de un espejo y el resultado acabado es un retrato de la imagen en el espejo, lo inverso a lo que ocurre en un retrato normal en que el modelo y el artista están sentados uno frente al otro. En un autorretrato un artista diestro parece que sostiene el pincel con la mano izquierda a menos que el artista, deliberadamente corrija la imagen o use un segundo espejo mientras pinta. Como en el retrato en general, se observan dos tendencias dentro de autorretrato: la psicológica y la de corte. En el autorretrato «personal» o psicológico, el pintor se escudriña a si mismo sin piedad, reflejando su realidad y sin que se evidencie en muchas cocasiones que quien se está retratando es el propio pintor; ejemplo de ello es el Autorretrato con visera, pastel de Chardin de 1775. En el «profesional», en cambio, el pintor aparece revestido de sus atributos típicos como el pincel y la paleta y con la solemnidad de expresión y la vestimenta de lujo como ocurre en los dos Autorretratos que hizo Poussin al final de su vida.
Ocasionalmente el cliente o su familia quedan insatisfechos con el resultado y el artista se ve obligado a retocarlo o rehacerlo o abandonar el encargo sin cobrar nada, sufriendo la humillación del fracaso. El célebre retrato que hizo Jacques-Louis David de Madame Récamier, muy popular en las exposiciones, fue rechazado por la modelo, como el tristemente célebre Retrato de Madame X, obra de John Singer Sargent. El retrato del General George Washington de John Trumbull fue rechazado por el comité que lo encargó. El muy irritable Gilbert Stuart una vez replicó ante la insatisfacción de un cliente respecto al retrato de su mujer contestando: «Me trajo una patata, ¡y espera un melocotón!».
Un retrato exitoso, sin embargo, puede ganar la gratitud vitalicia del cliente. El Conde Balthazar quedó tan encantado con el retrato que Rafael le hizo a su mujer que dijo al artista: «Tu imagen... por sí sola puede aligerar mis preocupaciones. Esa imagen es mi placer; le dirijo sonrisas, es mi alegría».

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