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Decreto de Libre Comercio

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Remendando el capote.


El decreto de Libre Comercio surge como una necesidad de responder con urgencia al crecido auge del contrabando, que hacía estragos en la economía de América; y, al mismo tiempo, para tratar de remendarle el capote a Felipe V, que había fracasado en Utrech, con consecuencias que se extendieron hasta el reinado de Carlos III. Por otra parte, este rey hereda de Carlos II la "guerra de los siete años", iniciada en 1756, y se vio obligado a firmar el llamado pacto de familia, en 1761, con Luis XV de Francia, por lo que los ingleses no perdían oportunidad de atacar los barcos españoles en el Caribe.

Ya dije que España perdió en los Tratados de Utrech, de 1713 a 1715, algo más que Flandes, Menorca y Gibraltar. En efecto, al fracasar la política económica de Felipe V, se le abrieron las fauces al mercantilismo inglés, Inglaterra, gran ganadora en el arreglo diplomático, obtuvo un asiento negrero, firmado el 26 de marzo de 1713, mediante el cual la Compañía South Sea (Mar del Sur) introduciría en la América española, en un plazo de 30 años, nada menos que 144.000 negros, con lo que anulaba a su competidora francesa, la Compañía de Guinea, que en 1701 adquirió el derecho de introducir 48.000 esclavos.

Complementariamente se le daba a Inglaterra un navío de permiso, para comerciar con puertos americanos. Tanto el asiento negrero como el navío de permiso fueron utilizados por los ingleses para practicar ampliamente el contrabando. Para lograr sus fines, los ingleses disponían de 200 naves, con unos ocho mil tripulantes.

Tucacas tiene sinagoga


Ingleses, franceses y holandeses contrabandean a placer en nuestras costas. Los primeros establecieron su centro de operaciones en Jamaica, desde 1655; los franceses, en las islas de Martinica, Guadalupe y Dominica, fundamentalmente; los holandeses, en la isla de Curazao, desde 1634. mantenían en jaque permanente a los españoles, que no encontraban la fórmula para evitar el vil comercio.

De hecho, cabe advertir que Venezuela sobrevivió a los años de la Guerra de Sucesión española, entre 1701 y 1715, gracias al comercio que hacía con los contrabandistas, porque se redujo sensiblemente el arribo de barcos españoles a nuestra provincia. Entre 1715 y 1720 ni un solo barco español llegó a Venezuela, en tanto que de Inglaterra sí llegaron, en virtud de la concesión del navío de permiso y del asiento de negros. Dicha guerra fue de tan nefastas consecuencias para el país, que escasearon frutos que antes se dieron en abundancia, y productos como la yuca, las caraotas, el maíz y hasta el casabe.

No es de extrañar, pues, que los venezolanos vencieran todos los obstáculos y desafiaran a las autoridades para mantener relaciones ilícitas con los holandeses, que no sólo les compraban el cacao más caro, sino que les ofrecían mercancías europeas con un 35% de descuento, en la más descarada competencia con la Guipuzcoana.

A partir de 1700, mientras media Europa guerreaba por el control del trono español y de sus intereses en América, los holandeses establecieron su sede ilegal en Tucacas, desde donde orientaban el comercio hacia Barquisimeto, Coro, Valencia, Puerto Cabello, incluso hasta Quito, por la vía de Nueva Granada. Con los holandeses vinieron numerosos judíos que se habían refugiado en los Países Bajos, al ser expulsados de España por la Inquisición. Estos judíos, que invirtieron grandes capitales en el negocio del contrabando, fueron fieles a su religión hebrea y al lado de sus casas construyeron una sinagoga. Un estudioso de este capítulo de nuestra historia sostiene que "si algún lugar puede merecer el nombre de sede del comercio ilícito de los judíos y holandeses en Venezuela, éste sería, sin duda alguna, el cayo de las Tucacas".

1778: "He mandado formar un Reglamento..:"


Carlos III tiene, pues, la responsabilidad de recuperar el prestigio político y militar de España, y comprende la necesidad de establecer el libre comercio, solicitado ya a gritos por varios de sus asesores y exigido por Juan Francisco León desde 1749.

El puntillazo final fue el informe del Contador General, Tomás Ortiz de Landázuri, en el que se basó el Rey para dictar el Reglamento y Aranceles para el Comercio libre de España a Indias, el 12 de octubre de 1778, que es como un Código de Comercio. Dice el propio Carlos III: "He mandado formar un Reglamento completo que contenga todos los puntos de las anteriores concesiones no revocadas en ésta". Se refería al Decreto del 16 de octubre de 1765, primer paso que se dio en este sentido.

El decreto de 1778, considerando como "el más fiel intérprete del espíritu renovador de la época de Carlos III", según Nunes, y que "marca una época en la historia de la economía colonial española", según Arcila Farías, abre las compuertas del libre comercio entre España y América, a través de treinta y siete puertos: 11 en España, 1 en Mayorca, 1 en Canarias y 34 en las costas americanas.

Aunque Venezuela no estaba incluida en el decreto de 1778, por ser su comercio patrimonio exclusivo de la Guipuzcoana, ya desde esta fecha, en tiempos del gobernador Luis Unzaga (1777-1782), y gracias al decidido interés del Intendente Abalos, se le dio una cierta apertura al libre comercio, y más abiertamente a partir de 1781.

Pero el decreto real que coloca a Venezuela y a México en el pleno disfrute del libre comercio es el 28 de febrero de 1789. Ya había fallecido Carlos III, pero fue él quien dio todos los pasos del lento proceso que nos incorporaba a este eslabón de la política liberal borbónica. Correspondió al Carlos IV firmar la Cédula de 1789.

Con ella se eliminaba el monopolio de los puertos de Sevilla y Cádiz, y desde entonces se habilitaron los de Cartagena, Málaga, Almería, Alicante, Barcelona, Gijón, Coruña, etc. desde los cuales se podía comerciar libremente con los puertos de Venezuela, con el solo registro de las naves.

Como medida proteccionista de la industria española, se liberó por diez años de los impuestos de salida de España, y del almojarifazgo al entrar en América, a los productos confeccionados de lana, algodón, lino o cáñamo de las fábricas de España. De la misma manera se liberaron los tejidos y productos como el acero, alambre de hierro, azúcar, café, canes, espejos, sables, loza, pólvora, plomo, etc. En cuanto a los productos americanos, entraban también sin impuestos a España los aceites medicinales, jengibre, algodón, añil, café, azúcar, carnes y pescados salados, madera, etc.

Entiéndase que, naturalmente, el libre comercio era entre las colonias americanas y las provincias de España, no entre aquellas y los países extranjeros. Esto se mantuvo en pie de prohibición hasta el final del dominio español, y sólo por vía de excepción, durante la guerra de España contra Inglaterra, en 1797 se permitió que América comerciara con los países extranjeros a través de barcos neutrales.

Oposición y raíces revolucionarias


Aunque usted no lo crea, el Libre Comercio se enfrentó a una seria oposición en Caracas, por parte de los comerciantes, que así se veían desenmascarados en cuanto al provecho que sacaban a los agricultores. Saliéronle al paso a esta oposición los más notables representantes de los productores, en una especie de Manifiesto de la Junta de Agricultores reunidos en Caracas el 7 de noviembre de 1797. La Representación la firman el Conde de San Javier, por sí y a nombre de Martín de Herrera, Manuel Felipe de Tovar y Martín de Jerez.

En ese documento y en el debate de 1797 entre los agricultores y comerciantes, "se encuentran las raíces de la revolución venezolana", afirma Eduardo Arcila Farías, quien para demostrarlo cita este párrafo de la Representación:

"Ya es tiempo de romper el velo al silencio, de hacer frente a los opresores de estos países, de darles a conocer que entendemos sus intrigas, de procurar los medios de desconcertar sus usurarias ideas y, en una palabra, de decir claramente que ésta, tan extraña, rara, inesperada gestión de algunos de nuestros comerciantes, tiene su verdadera raíz en el espíritu de monopolio de que están animados, aquel mismo bajo el cual ha estado encadenada, ha gemido y gime tristemente esta provincia". El expediente fue archivado en España por el Consejo de Indias, porque el escrito de los agricultores, venía con "expresiones denigrativas ofensivas al cuerpo de comercio de esta provincia, al Consulado de La Habana, al factor de la Real Compañía de Filipinas de esta ciudad, Don Simón de Mayora, y a otros, sin dejar de tiznar a todos y a la Compañía Guipuzcoana (ya extinguida) y a la expresada de Filipinas con feos dicterios, entre otros, que son más crueles que las mismas fieras, usureros, monopolistas y destructores de estas provincias".

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