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El Primer Contribuyente

Tres Oficiales Reales, cuentas chucutas y el primer corrupto


Ya se ha visto que fueron tres los Oficiales Reales con que se inició la hacienda pública venezolana, aunque más tarde se redujeron a dos, el Tesorero y el Contador.

Originalmente tuvieron funciones específicas. EL Tesorero debía cobrar todos los impuestos establecidos, pagar los sueldos de los funcionarios, enviar a la Casa de Contratación las rentas reales, mantener informado al rey mediante una relación de la Hacienda, presentar cada seis meses los libros. El Veedor controlaba personalmente las fundiciones, y el producto de éstas se llevaba en un libro; vigilaba los rescates de oro y perlas, etc. El Contador pedía cuentas de lo recaudado y lo asentaba en su libro; debía dar copia al tesorero de todos los cargos que le hacía; era el encargado de firmar los libramientos para el pago de los funcionarios; enviaba el oro a España y debía velar por la ejecución de lo que el Rey ordenaba en su correspondencia periódica.

Cada sábado debían reunirse los tres Oficiales para meter lo recaudado en el arca de las tres llaves; la correspondencia real sólo era revisada cuando estaban presentes los tres Oficiales, y luego se guardaba en el arca. Los Oficiales no se podían ausentar de la ciudad sin autorización real. Si bien es cierto que se les prohibía expresamente hacer negocios por su cuenta, también hay que ver que era tal la pobreza de nuestros funcionarios, que además de pedir dinero prestado, se tomaron la libertad de hacer alguno que otro negocito, aunque a la vista de todos y debidamente registrados, con pago de impuestos y todo. Al crearse el cargo de Contador Mayor, los Oficiales Reales pasaron a ser subalternos de este funcionario.

Ahora bien: ¿qué beneficios obtuvo la Corona en estos primeros diez años de gobierno de los Belzares? Prácticamente ninguno. Pese al celo insospechable de los funcionarios reales, pese al control concienzudo y hasta machacón que ejercieron sobre los gobernadores alemanes, las rentas fueron tan miserables que apenas si alcanzaron para pagar la burocracia naciente. Una administración que se iniciaba con 341 pesos de ingreso en todo el año de 1529, mal podía ofrecer resultados más halagadores.

En efecto, el ingreso fiscal en toda la década de 1529 a 1538, fue de 22.675 pesos, en tanto que se gastaron 11.679 pesos. El producto neto para la corona española fue de 10.966 pesos. Vale decir que el 99.83 % se fue en pagar los sueldos de aquella gente que se sembró con sueños y esperanzas en la árida e inhóspita región coriana, viviendo cada día la fantasía de una probable riqueza de que tanto se habló en España a raíz del descubrimiento de América (1).

El cuadro desolador de las finanzas públicas en Venezuela, en su etapa inaugural, lo remata Eduardo Arcila Farías con esta afirmación: "Aunque no hubo auxilios en forma de situados provenientes de otras cajas de Indias ni de ayudas de ninguna parte, es cierto también que la Corona no recibió un solo maravedí de Venezuela ni beneficio alguno bajo cualquier forma, bien fuera en perlas o productos naturales. Tampoco vemos de dónde pudieron los Belzares haber utilidad" (2).

Dicen que el que inventó la ley inventó la trampa, y cuesta creer, por los tiempos que vivimos, que donde se manejó dinero, aunque no mucho, no se encuentren en los viejos papeles notables signos de corrupción administrativa, salvo las maniobras de los Belzares para escamotear el pago de los impuestos, maniobra ésta que ha sobrevivido a todos los tiempos. Era española la mayoría de los pobladores de aquella solitaria ciudad coriana; parecían todos gente de bien, ajustados a las normas éticas y con la intención de crear una provincia sana y estable.

Sin embargo, suele saltar una oveja negra en la familia, en este caso en la colectividad. Resultó que Luis Sarmiento era el Administrador de los Bienes de Difuntos en la época de los Belzares, y se valía de mil argucias para quedarse con algún objeto del muerto. A las cuentas que le pedían contestaba indefectiblemente con una picardía: que se le había perdido tal pieza, que si la jícara se le rompió, que le hurtaron "un pañizuelo labrado de unas efes y unas clavellinas", lo mismo que "un pañizuelo de narices"; que los ratones le comieron un maure de un indio; que al Tesorero le dio un par de zapatos viejos; que usó el jabón de uno de los muertos para lavar la ropa para que no se le pudriese, en fin, que si el dinero que halló en los bolsillos de otro los gastó en misas y oraciones "por su eterno descanso y salvación..."

Una trampa se le podía pasar, dos o tres cuentos eran creíbles, pero tantos y tan seguidos no. De lo que resultó que el 24 de diciembre de 1532, en vez de aguinaldo recibió una sentencia condenatoria, según la cual debía pagar 63 pesos, 5 centavos y tre granos de buen oro; si no tenía el dinero pagaría con sus bienes y si éstos no eran suficientes, "prendedle el cuerpo y ponedlo en la cárcel pública de esta ciudad", por mandato del alcalde.

El juicio contra Luis Sarmiento duró más de un año, saliendo bien librada la justicia. Está considerado como el primer juicio por peculado contra un funcionario público en Venezuela (3).

Notas:


Mario Briceño Iragorry. Orígenes de la Hacienda en Venezuela. Palabras Liminares, pág. XXVI. Biblioteca de la Academia de la Historia. Volumen I. Caracas. italgráfica. 1984.

Eduardo Arcila Farías. El primer Libro de la Hacienda Pública Colonial de Venezuela (1529-1538). Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia Economía y Finanzas de Venezuela. Volumen 8, pág.17. Caracas. Italgráfica 1984.
Orígenes de la Hacienda... Idem, pág. XXIV
. Orígenes de la Hacienda... Idem, pág. 2.
. El Primer Libro de la Hacienda... obra citada, pág. 79.

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