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Esta mísera provincia no tiene quien la defienda

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Juan Francisco León había nacido en la Isla del Hierro, Canarias, en 1692. Fundó en 1737 la villa de Panaquire, en Barlovento, donde se aplicó a la agricultura, especialmente al cultivo del cacao, con dedicación de modesto hacendado. Compartía estas labores con las de Teniente de Justicia de Panaquire, por derecho de fundador-poblador. El 2 de abril de 1749 se le presentó don Martín de Echeverría, un vasco, con la noticia de que estaba destituido y era su reemplazante.

Indignado por tamaña injusticia, se dirigió al Gobernador Luis Francisco Castellanos, pero éste no le prestó importancia, por lo que los habitantes de Panaquire, solidarizándose con León, rechazaron la destitución de éste y desde luego el nombramiento de Echeverría, que no era otra cosa que la imposición del factor principal de la Compañía Guipuzcoana, Juan Manuel de Goyzueta, hombre que manejaba a su antojo la política venezolana, quitaba y ponía gobernadores y demás funcionarios, y en el caso de Juan Francisco León, lo único que privó para sustituirlo fue el capricho de Goyzueta para poner en su lugar a su paisano Echeverría.

Este capricho le costó caro a la Guipuzcoana, pues como consecuencia, se amotinó el pueblo y decidió la marcha sobre Caracas, con el propio Juan Francisco León a la cabeza, originándose un verdadero movimiento de masas de interesante repercusión. La gente de Caucagua, Guatire, Guarenas, El Guapo y otras comarcas que encontraron a su paso se le fue sumando hasta el punto de congregar una manifestación de más de 800 hombres entre esclavos, indios y canarios.

Al frente de este ejército popular llegó León el 19 de abril de 1749 a Chacao, es decir, a las puertas de la capital. Desde allí le escribió al Gobernador en términos de inequívoca firmeza, sin ocultar el propósito de la acción: "El intento directo es solamente la destrucción total de la Compañía Guipuzcoana...". Está claro que no se trata de un movimiento político, ni contra las autoridades ni contra el Rey, sino con miras a que "en toda la provincia no ha de quedar de esta raza (vizcaína) persona alguna".

El clamor de la protesta, que imaginamos con todo el calor, la chispa y el contagioso entusiasmo del negro, el criollo y el canario, llegó hasta las alturas del poder. En cuenta las autoridades, justificadamente alarmadas, envían parlamentarios del Cabildo para que traten de contener a León y no siga hasta Caracas. Pero la multitud enardecida sólo escucha a su líder, y a las cuatro de la tarde del día 20 de abril están entrando a Caracas al son de tambores de guerra y con banderas encarnadas. No podían olvidar León y sus seguidores que el vasco Goyzueta había ordenado, tal cual Gobernador, que llevaran al Teniente Justicia atado al rabo de una mula hasta Caracas, por haberse negado a entregarle el cargo a Echevarría.

En ese mismo Cabildo, donde León se presenta puro y limpio, el líder insurrecto estremece la sensibilidad de los criollos, enciende una mínima chispa de nacionalismo cuando estalla, dolido, en una frase dramática: "esta mísera provincia no tiene voz ni quien la defienda, sino los más pobres labradores que se han empeñado en esto". Los señores empelucados del Ayuntamiento habrán sentido el aguijón en sus fibras más íntimas, y años más tarde convertirán aquel reto en acción libertadora.

Este León resultó un cordero


Pero ya en Caracas, Juan Francisco León enseñó los dientes, más no pasó de eso. Llegó a la Plaza Mayor y ordenó rodear la casa del Gobernador con gente armada, y al resto lo mandó a apostarse en la Plaza Candelaria, siempre canaria, y donde León tenía su casa. Iban y venían emisarios del Cabildo, donde algunos concejales apoyaban la revuelta, y es más, desde tiempo atrás habían azuzado a León para que manifestara contra la Guipuzcoana. La aristocracia caraqueña no soportaba más a los vascos, estaba harta de sus presiones para con todo el mundo. Esos aristócratas terratenientes apoyarán a los invasores hasta que lo crean conveniente y les ofrecerán alimentos mientras dure su permanencia en Caracas, aunque no deja de preocuparles que tengan abandonadas tanto tiempo las haciendas, donde la mano de obra negra es imprescindible.

Faltóle a Juan Francisco la garra del león; le faltó el coraje del caudillo, la arremetida, el empuje agresivo que implica toda revolución, toda demanda. Su fe en la Ley y en la Justicia lo perdió. En lugar de exigir, como estaba en condiciones de hacerlo por la superioridad numérica de los hombres que lo acompañaban, llegó inclinando la cabeza respetuosamente ante las autoridades y protestando la fidelidad al Rey. León convertido en cordero. No supo aprovechar la cobardía manifiesta del Gobernador Castellanos, que tras entretener con falsas promesas a León para que no rugiera, huyó disfrazado de monje en la madrugada del 4 de mayo, hacia La Guaira, y allí instaló su gobierno.

La esclavitud ha montado su capital en Caracas. La negrada amenaza, consume días y alimentos, en espera de la palabra de León. Pero éste sigue conciliando, sigue confiando en la palabra engañosa del Gobernador, que no sabe qué hacer. El Cabildo califica al Primer Mandatario de "delincuente", por haber escapado en forma bochornosa. Entre tanto, la masa común, los caraqueños, muestran su simpatía por la causa de Panaquire. No olvidemos que el propio León se presenta como el representante de la nobleza y de la plebe. Es decir, de todo el mundo.

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