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La palabra patria, el Señor de Capaya y la República

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Por ironía del destino, el viaje de Juan Francisco y su hijo Nicolás, el 2 de marzo de 1752, se hizo a bordo de la fragata Santa Bárbara, propiedad de la Guipuzcoana. Iban con destino a Cádiz. Luego se les ofreció la libertad a cambio de guerrear en Africa, pero el frustrado caudillo de la primera de nuestras grandes revueltas, el León de Panaquire, murió en el Hospital Real de Cádiz, el 2 de agosto de 1752.

Su hijo Nicolás, en cambio, sí tuvo que pelear a favor del Rey en Orán, Africa. ¿Quién era este "mozo lleno de cara no muy blanco y de estatura regular"?. Se llamaba Nicolás Cristóbal de León, hijo primogénito de Juan Francisco y su esposa Lucía García. Era caraqueño, nacido en 1720. Una declaración del exgobernador Arriaga, hecha en 1760 cuando Nicolás solicitó el perdón real, manifestaba "que era rumor común el haber sido su hijo quién más excitó al anciano padre". De anciano no tenía nada Juan Francisco, con apenas 57 años a cuestas. Pero lo que si es notable de este informe es la conclusión que puedo sacar, es decir, Nicolás, siendo caraqueño, entrañaba ya un sentimiento verdaderamente nacionalista que, por lo demás, se ve también en su padre al establecer la diferencia entre nativos y extraños.

Más aún: el 17 de agosto, en pleno desarrollo de la revuelta, Nicolás escribe a uno de los comprometidos: "Pues ya ve Vuestra Merced que nos toca la obligación de defender nuestra patria, porque si no la defendemos seremos esclavos de todos ellos". ¡Aparece la palabra patria! Y más de uno ha sostenido que aquí "la palabra patria tiene un sentido distinto del que adquiere en boca de los conspiradores de 1797 y de los promotores del movimiento político de 1810. Nicolás se siente obligado a defender la patria para no ser esclavo de los vizcaínos, a quienes se refiere. Nicolás y los demás canarios creen que han sido entregados a la Guipuzcoana y que ésta los oprime y los reduce, con su vigilancia y trato comercial, a la miserable condición de parias; pero no se pronuncian contra el Rey, a quien se muestran sumisos y cuyas autoridades respetan, revelan apetencia de poder.

Eso está bien. Y así fue. Y yo me pregunto ¿no fue así también en 1810, cuando los patricios que dieron el golpe de Estado mantuvieron la pantalla de conservadores de los derechos del Rey Fernando VII? ¿Y quién nos dice que el caraqueño Nicolás de León no era pura pantalla en eso de la sumisión al rey, encubriendo con ello la intención verdadera de salvar a la patria, en el más amplio sentido de la palabra?

Lo cierto es que Nicolás de León estuvo veinte años al servicio del ejército real. Su "fidelidad" al rey le dio la oportunidad de regresar a Venezuela, en julio de 1773. Fue nuevamente a España donde se casó con Catalina Martínez el 5 de junio de 1774. En diciembre de este mismo año tornó a su país y dos años más tarde, en 1776 fundó la población de El Guapo, de la que fue Teniente Justicia Mayor. Murió en Caracas el 8 de mayo de 1790, con el título de "Señor de Capaya".

La República que se declaró independiente el 5 de julio de 1811, tuvo como uno de sus primeros actos la demolición de la ignominiosa columna que se había levantado en la casa arrasada de León. El diputado director de Obras Públicas, don Rodulfo Vasallo, quien fue que hizo la solicitud de la demolición, informa al Ejecutivo que "ayer 30 de septiembre de 1811, a las cinco de la tarde, procedió a derribar dicha columna, acompañado de los alarifes de la ciudad, de una escolta de veinte soldados con su Oficial y tambor batiente del Cuartel de Morenos con seis presidiarios; a que concurrió inmenso pueblo que fue espectador de la honra que se le ha devuelto a la memoria del magnánimo Juan Francisco de León y sus dignos descendientes, victoriando nuestra Independencia, la Patria y el Gobierno al tiempo que yo di los tres primeros barrazos en el ignominioso poste..." Los desechos fueron echados al río Anauco, "donde se sepultaron con nuevos vivas y aclamaciones, todo con mucho orden".

¡La Guipuzcoana ha muerto!


Encontradas opiniones generó la compañía desde su fundación hasta nuestros días. Unos la defienden, otros hacen su apología, los más discretos se nos presentan eclécticos en su balance, diciendo que la Guipuzcoana tuvo sus virtudes, grandes aciertos y grandes defectos.

La realidad es que en los años que siguieron a la rebelión de Juan Francisco de León, la Compañía entró por el aro volviendo a los términos del contrato original, de manera que aunque fracasada la intentona, dejó sembrada la inquietud y tuvo su innegable influencia en el comportamiento futuro de la Compañía hasta su extinción definitiva.

Para esta época, habiendo muerto Carlos V en 1746, el rey de España era su hijo Fernando VI, quien anuló todas las modificaciones que tanto él como su padre habían hecho al contrato de 1728. Y es de creerse que si la Compañía no fue eliminada a raíz de la revuelta, como lo exigía León, ello se debió al principio de la autoridad real, que no podía ceder ante una presión armada.

Lo que sí ordenó Fernando VI de inmediato, y eso es un triunfo para Juan Francisco, fue la creación de una Junta reguladora de precios, que debía estar integrada por el Gobernador, un representante de la Guipuzcoana y un regidor por el Cabildo. La Junta se reunían cada mes de enero y los precios regían para todo el año. Fue así como subieron los precios de algunos productos, especialmente los del cacao, en beneficio de los productores. De muy mala gana aceptaron los vascos la existencia de dicha Junta, que puso freno a sus desmedidas ambiciones.

Otras de las decisiones reales fue permitir a los venezolanos que adquirieran acciones de la Compañía. Muchos de los terratenientes que apoyaron a León en la revuelta se anotaron con acciones en 1752.

Pero el cúmulo de las acusaciones era tan enorme, que ya el rey no podía seguir sordo. Una especie de memorando llegó a Palacio, con una información detallada acerca de las actividades negativas de la Guipuzcoana. Ilustres miembros del Cabildo exponían que la Compañía había sido dañina "al servicio de Dios, a la buena administración de justicia, rentas fiscales y eclesiásticas y al común de toda ella".

Una carta del obispo Mariano Martí, dirigida al rey en 1780, en que manifiesta la extrema pobreza de Venezuela, junto con otros tantos expedientes, formados principalmente por Abalos desde la Intendencia, acabaron por convencer a Carlos III de la conveniencia de anular el contrato con la Guipuzcoana lo que se verificó en 1781. La Compañía trabajaría hasta 1785, cuando fue sustituida por otra empresa de comercio similar, la de Filipinas, que hasta cierto punto tampoco se diferenció de la anterior en su voracidad monopolista.

El golpe de gracia se le dio a la Guipuzcoana con la apertura de nuestros puertos al comercio exterior, no sólo para la Compañía sino para todos los comerciantes, con lo cual me mejoró notablemente el comercio venezolano. Contra esta medida protestó la Compañía, pero el rey, como única respuesta le quitó los privilegios que tenía. Había muerto, pues, la Guipuzcoana, hasta en el ánimo del mayor de sus accionistas, que seguía siendo el rey.

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