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¿Leyenda negra o leyenda dorada?

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En materia de educación no se puede hablar de ninguna de las dos. España dio cuanto tenía, pues que en España tampoco había una cultura popular muy generalizada. Ni siquiera hablo de pueblo, ya que hasta los nobles, en su mayoría, se educaban de una manera muy peculiar. Un periódico español, El Pensador, refiere que el "primogénito acostumbra a leer muy mal y a escribir mucho peor, pero sabe cuál es el mejor cochero, cuál mula es mejor para guía y cuál para tronco, si es mejor el tiro de su padre que el del Marqués Fulano, y otras erudiciones de esta importancia como tocar un guitarrillo y fumar con los lacayos en las caballerizas".

Si esto era con los nobles, ¿qué se podía esperar de la gente corriente y moliente? Sabemos que el analfabetismo campeaba en España, y que muchos analfabetos vinieron entre los conquistadores. Ni se diga de los viajes primero y tercero de Colón, para los cuales éste hubo de recolectar a cuanto truhán encontró, sirviendo las Indias de "perdonavidas" y "limpiapecados". Déjase ver esto en El Celoso Extremeño (1600), donde Cervantes en un solo párrafo nos pinta genialmente lo que ocurrió a un hidalgo, "nacido de padres nobles", que habiendo quedado sin dinero no lo quedó más remedio que pasar a las Indias, "refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores a quien llaman ciertos los peritos en el arte, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos".

Para el segundo viaje, en cambio, Cristóbal Colón no tuvo necesidad de reclutar vagabundos y homicidas, sino que vino gente distinguida, de lo más notable de Sevilla, nobles, caballeros, clérigos, etc., porque los reyes católicos -dice Fernández de Oviedo- "siempre desearon que estas tierras se poblaran de buenos". En este viaje, por cierto, y no en el tercero, es cuando Colón descubre a Venezuela, según creo, de acuerdo con Juan Manzano Manzano.

Y en punto a analfabetismo, Angel Rosenblat hace énfasis en la insistencia que se ha puesto en destacar que tres de los grandes conquistadores fueron analfabetos: Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Sebastián de Benalcázar. No para justificarlos, dice Rosenblat: "El analfabetismo no era raro en aquella época, aún en clases sociales altas (la instrucción sólo se había generalizado en las ciudades), y ya ha señalado Carlos Pereira que el Rey de Francia Carlos VIII, al asumir el trono en 1483, a la edad de trece años, no sabía leer, pues se había criado lejos de la Corte..." Y termina preguntándose el sabio lingüista: "Si esos tres grandes conquistadores eran analfabetos, ¿qué podía esperarse de la hueste anónima de la Conquista?".

Vamos a hablar luego de los conquistadores y sus libros; pero antes veamos que las mujeres de El Tocuyo no sabían leer ni escribir, en un 90%, aunque descollaban en el comercio, según la investigación hecha por Ermila Troconis de Veracoechea. Mas no debió ser esa ciudad larense un caso aislado, pues "en Caracas, cuenta Depons, se hace muy poco por la educación de los hombres y nada por la de las mujeres. No hay escuelas para señoritas. Estas, pues, no tienen otra educación fuera de las que les dan sus padres, la cual se limita a rezar mucho, a leer mal y a escribir peor. No les enseñan música ni baile, ni dibujo. Cuando aprenden se reduce a tocar por rutina un poco de guitarra o piano..."

Depons estuvo en Caracas a principios del Siglo XIX. ¿Qué se hizo, entonces, la escuela para niñas que fundó el Dr. Simón Marciano Malpica, en 1768, por la iniciativa que había tenido doña Josefa de Ponte, quien donó para tales fines una hacienda en Tocorón? Solían acabarse las escuelas con la misma prontitud con que las establecían. Muy pocas soportaban las embestidas del enemigo de siempre cuando se trata del tema cultural: la falta de dinero. Nótese, en todo caso, que 1768 es el año en que Carlos III ordena que se funden escuelas para niñas, y es hasta probable que en Caracas no se conociera aún la Cédula correspondiente, lo cual indica que doña Josefa y el Dr. Malpica se adelantaron a las órdenes reales.

Lo cierto es que en casi toda la provincia venezolana se sembraron escuelas, la mayoría por iniciativa privada. Así vemos las de El Tocuyo, arrimadas a los Conventos de San Francisco y Santo Domingo, fundados desde 1577; la de Carora, donde un caroreño aboga, en 1790, por las ciencias: "ninguna nación -dice- ha alcanzado progresos sin la ciencia"; vemos las escuelas para indígenas, a cuyos maestros había que mantenerlos con una gallina al año por cada alumno y cada sábado "un huevo o cosa semejante". Monseñor José Vicente Unda, insigne guanareño, fue mucho el alumno que sacó para la Universidad de Caracas, cosechando médicos y abogados. En Trujillo existían en 1568 estudios de primaria y secundaria, establecidos por monseñor Fray Pedro de Agreda, obispo de Coro. Por el año de 1600 se estudiaba gramática en Barquisimeto, bajo el cuidado del maestro Juan Ortiz Gobantes, que también fundó escuela en Caracas. En Barinas, cuando su primer gobernador, Fernando Miyares, llegó en 1786, no halló una sola escuela, y él, "oficial de mérito, actividad, talento e instrucción", estableció un instituto de primeras letras y cátedra de latinidad, preocupado porque no fueran sus "vasallos inútiles al Estado", ni seres "perjudiciales a la sociedad".

En un humilde pueblecito de Oriente, Caripe, niños y niñas recibían clases de primeras letras. Allí encontró Humboldt una biblioteca rica en libros de historia y cultura general: "Me alojé en la celda del guardián que contenía una colección bastante considerable de libros. Con sorpresa me encontré allí, al lado del Teatro Crítico de Feijóo y las Cartas Edificantes, el Tratado de Electricidad del abate Nollet. Diríase que el progreso de las luces se siente hasta en las selvas de la América. El más joven de los frailes capuchinos de la última misión había llevado una traducción española de la Química de Chaptal. Se proponía estudiar esa obra en la soledad en que debía ser abandonado a sí mismo por el resto de sus días".

Entonces, ¿cómo puede hablarse de leyenda negra durante la colonia, particularmente en el campo de la educación, cuando, además de lo que se ha dicho, se ven colegios como el de Mérida? El de los jesuítas, fundado en 1628 en esta ciudad andina, es el primer gran colegio venezolano. Contribuyó grandemente durante 139 años al desarrollo cultural de Mérida y de su área de influencia. En cumplimiento de la orden de expulsión de los jesuítas, cerrados éstos su colegio el 11 de julio de 1767.

Tomando en cuenta los bienes que habían pertenecido a los jesuítas, Fray Juan Ramos de Lora, primer obispo de Mérida, se ocupa inmediatamente de establecer un Seminario, cuyas Constituciones dicta el 29 de marzo de 1785, poniendo la primera piedra del "Real Colegio Seminario San Buenaventura de Mérida", dependiente de la Universidad de Caracas para los efectos de los grados en las Cátedras de Gramática, Latinidad, Filosofía, teología, Derecho Civil, Derecho Canónico y Medicina. Años más tarde, en 1810, se iba a convertir en la prestigiosa Universidad de los Andes.

Hagamos, ahora, una reflexión. Admitamos, con Ildefonso Leal, que "la educación venezolana en los siglos XVI y XVII es sumamente pobre. Se mantuvo limitada a los Conventos de los franciscanos y dominicos, enclavados en casi toda la geografía del país los frailes generosamente, sin cobrar estipendios, enseñaban primeras letras y rudimentos de Filosofía y teología. Caracas, Maracaibo, Cumaná, Coro, Mérida, Guanare y Trujillo, las principales ciudades del centro, oriente y occidente, recibieron la acción educadora de las órdenes religiosas".

Ahora bien: para la fecha en que hablamos, la educación en Mérida estaba reducida a la que se impartía por los jesuitas, primero, y luego en el Seminario. El mismo Leal se plantea el asunto de que si Mérida, tan alejada de Caracas, tenía para 1791 una biblioteca tan respetable con 3634 obras, "significa que los estudios superiores habían alcanzado en el siglo XVIII venezolano niveles bastante altos". y agrega que "en el Seminario merideño se leyó y se discutió el pensamiento filosófico moderno expuesto por Descartes, Newton, Leibnitz y Malebranche. Prueba de ello es que la Cátedra de Filosofía adoptó como texto obligatorio para la enseñanza las Instituciones Filosóficas de Jacquier y las obras de Almeida, Tosca, Bossuet y el Lugdnensis". Y cinco páginas atrás (obra citada, pág. XV) ha dicho que "ni los conventos de los dominicos y franciscanos, ni el Colegio de la Compañía de Jesús en Mérida llegaron a formar un clero numeroso que con tanta urgencia requería la Iglesia para su labor evangelizadora".

¿Qué quiere decir esto? Sencillamente, que no se graduaban todos los que estudiaban la carrera sacerdotal. ¿Qué se hacían entonces los muchachos que algo habían aprendido a su paso por aquellas magníficas aulas, con profesores de primer orden ? Por el estudio de García Chuecos sabemos que en 1800 el Seminario tenía 93 alumnos, sin contar los de primeras letras, que "se desempeña con todo esmero y eficacia"; en 1805, 144; en 1809, 137, y en 1810, 118. Alumnos, dicho sea de paso, provenientes de casi todo el país: Mérida, Trujillo, Táchira, Coro, Maracaibo, Barinas y Apure.

Mi tesis es muy simple. Si no se graduaban todos los estudiantes, lo que pudieron haber aprendido lo trasladaban a la calle, a sus respectivos sitios, y es muy probable que hasta se dedicasen a la educación privada, según vemos que en muchos casos maestros compitieron con los que atendían escuelas públicas. Es así como puede entenderse que Mérida tenga una tradición cultural tan acentuada, y que el resto de la geografía nacional se vieran tempranas manifestaciones de cultura en el pueblo.

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