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Libros se han escrito muchos


Contrariamente a lo que han dicho algunos autores sin el debido examen documental, fueron muchos, muchos, los libros que vinieron de España desde los primeros años de la Conquista, a pesar de las diversas Reales Cédulas que prohibían el ingreso a América de ciertos libros de romance o de ficción, y naturalmente, los que iban contra la fe católica. La Casa de Contratación de Sevilla fue extremadamente liberal en cuanto a permitir el embarque de libros hacia las colonias. Y por lo que respecta a la Inquisición, según Madariaga, "no impidió jamás la circulación de libros de ciencia. Física, matemática, libros de griego y latín, todo lo que era o significaba conocimiento puro, pasaba sin dificultad".

Esto ha quedado ya perfectamente bien establecido por investigadores como Leonard, Ildefonso Leal y Manuel Pérez Vila, entre otros.

Sabemos también, y lo hemos dicho, que entre los descubridores y conquistadores vinieron muchos analfabetas. El primer viaje de Colón se formó en parte con aventureros y presidiarios; para el segundo, en 1494, ya había gente más escogida y hasta nobles que, aunque venidos a menos en España, no dejaban por eso de tener su instrucción. Para lograr el tercer viaje (1498), Colón tuvo que acudir nuevamente a condenados por ciertos delitos y a gente de baja ralea.

En España aparece la imprenta en 1473, y de inmediato se inicia la publicación de libros de caballería, principalmente, que enloquecen a los lectores. Reyes, santos, clérigos, literalmente se beben las páginas de ficción. En 1508 sale a la luz Amadís de Gaula, primera novela impresa con un contenido realmente popular.

Los conquistadores, que viajaban a las Indias bajo el "código de honor y de la cortesía", tomaron estos símbolos del Amadís de Gaula. Ya en 1490, dos años antes del Descubrimiento, se había publicado en catalán Tirante el Blanco, libro de caballería que encendió la imaginación de cuantos vinieron a América, soñando con protagonizar ellos semejantes aventuras. Novelas como La Galatea, de Cervantes, aparecida en 1585, eran devoradas por el público, así como las de Lope de Vega. La novela picaresca, sobre todo La vida del Lazarillo de Tormes (1553) y Guzmán de Alfarache, el pícaro por excelencia (1599), viajó a América en grandes cifras.

La primera edición de Don Quijote, publicada en 1605, fue enviada en su totalidad a América. Y aun antes de llegar a los puertos de destino, los pasajeros abrieron algunos bultos y leyeron en alta mar la inmortal novela de Cervantes. Quiere decir que los americanos leímos el Quijote primero que los españoles. En Venezuela, específicamente, fue la novela más leída.

Para 1540 los libros favoritos de los conquistadores, de acuerdo con la lista que el citado Leonard publica, son Amad ís de Gaula, Espejo de Caballerías, Palmerín, La Celestina, el Cid Ruy Díaz, Los siete sabios (de Roma o Grecia), Crónica troyana, etc. No se crea, sin embargo, que los únicos libros en el equipaje de los conquistadores eran los de caballerías. Llegaron a traer también obras de Virgilio, Petrarca, Erasmo de Rotterdam y de otros clásicos.

Sevilla, gracias a que era la sede de la Casa de Contratación, se convirtió en el mayor imperio de la industria librera en toda España. En 1542 existían por lo menos trece editoriales, siendo la más importante la de Jacobo Cromberger, impresor alemán establecido en Sevilla desde 1500.

Era tal la fiebre por los libros de caballerías, que la Corona hubo de prohibir varias veces su lectura, pero específicamente a los indios. Así, por ejemplo, el 4 de abril de 1531, dice la reina: "yo he sido informada que se pasan a las Indias muchos libros de romance de historias vanas y de profanidad como son el Amadís y otros de esta calidad, y porque éste es mal ejercicio para los indios y cosa en que no es bien que se ocupen ni lean, por ende yo os mando que aquí en adelante no consintáis ni déis lugar a persona alguna pasar a las Indias libros ningunos de historias y cosas profanas salvo tocante a la Religión cristiana y de virtud en que se ejerciten y ocupen los dichos indios y los otros pobladores de las dichas Indias porque a otra cosa no se ha de dar lugar..."

Cinco años más tarde se insistía en la misma prohibición lo que da a entender que no se le prestaba atención. Importa destacar aquí lo que en la orden de 1536 se señala: "Y porque somos informados que ya comienzan a entender gramática algunos naturales de esta Tierra, mandaréis a los preceptores que les enseñan, que les lean siempre libros de cristiana o moral doctrina, pues los hay en que puedan aprovechar bastantemente en la latinidad". Esta real orden, más la anterior y otra de 1543, en que se prohíbe el Amadís a "los indios que supieren leer", indican claramente que ya para estas remotas fechas habían muchos indios adelantados en la gramática castellana.

El caso es que con el andar de los años, la avalancha de libros hizo que se formaran en Venezuela importantes bibliotecas. No hablemos de la del Obispo Antonio González de Acuña, que llegó a ser la mejor dotada de Venezuela, con 2.000 volúmenes, los cuales donó al Seminario de Caracas en 1673. Señala Parra León que en la biblioteca de Monseñor González de Acuña había libros en los que aprendieron "los colegiales caraqueños que el poder de los reyes no es divino", y se leían doctrinas que favorecieron más la independencia venezolana que la misma Revolución francesa.

En los pueblos más apartados, en la más alejada hacienda se encontraron libros. Prácticamente no hay testamento en que no se indique aunque sea una modesta biblioteca, según la minuciosa investigación de Ildefonso Leal. Cierto es que el 80% de esos libros estaba formado por vida de santos, catecismos, biblias; pero el resto lo integraba textos de literatura, derecho, medicina, historia, política, filosofía, matemática, etc. Quiere decir que durante la colonia los venezolanos estuvieron familiarizados con Aristóteles y San Agustín, Santo Tomás, Ovidio, Virgilio, Séneca, Cornelio, Tito Livio, etc.

El libro más perseguido de toda esta época fue el del abate Guillermo Tomás Raynal, publicado en Amsterdam en 1770. Fue prohibido en Francia, Italia y España, pese a lo cual se hicieron 38 ediciones hasta 1830. Trataba de los crímenes de España en América y profetizaba que "si alguna vez sucede en el mundo una revolución feliz vendrá por América".

Otro libro profético, con título muy curioso, se publicó en Londres en 1776, con texto en francés. Se trata de la obra de Luis Sebastián Mercier "Año dos mil cuatrocientos y cuarenta", en que promueve la libertad y se adelanta a decir que en un futuro América tendría gobiernos independientes.

Recuerda Andrés Bello que "Voltaire, Rousseau, Helvecio, Montesquieu, no aguardaron el grito de la Independencia para salvar la triple valla de nuestros resguardos y aduanas. Sus escritos eran entonces más buscados y leídos que ahora, a pesar de las delaciones, las visitas domiciliarias y todos los terrores de la política inquisitorial".

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