Cómo perjudican nuestra vida las drogas

Aumenta la adicción a las drogas en todo el mundo

EN UN hospital de Madrid (España), una enfermera trata desesperadamente de calmar a un recién nacido que está chillando, pero todo es inútil. El bebé sufre el angustioso síndrome de abstinencia de la heroína, ya que su madre era adicta a esa droga. Por si fuera poco, el niño es seropositivo.
En Los Ángeles (E.U.A.), una madre entra con su auto, sin darse cuenta, en una calle controlada por una banda de narcotraficantes. La reciben con una ráfaga de balas que mata a su hija pequeña.
A miles de kilómetros de allí, en Afganistán, un campesino cultiva un campo de adormideras. Ha sido un buen año; la producción ha aumentado un 25%. Su familia lucha por sobrevivir, y estas plantas, de las que se extrae el opio, están bien pagadas. Pero esas bonitas adormideras se convertirán en heroína, y la heroína destroza vidas.
En Sydney (Australia), una tímida adolescente acude a una discoteca todos los sábados por la noche. Antes le costaba mucho relacionarse con la gente, pero desde hace poco una pastilla conocida como éxtasis le ha infundido confianza en sí misma. Las pastillas que toma proceden de los Países Bajos y entraron en Australia clandestinamente, aunque algunos laboratorios del país también están empezando a suministrarlas. El éxtasis hace que la música suene mejor y que la muchacha pierda sus inhibiciones; hasta hace que se sienta más atractiva.
A Manuel, un fuerte campesino que a duras penas se gana el sustento con su pequeña finca de los Andes, la vida se le hizo un poco más fácil cuando empezó a cultivar coca. Le gustaría dejar de cosecharla, pero tiene miedo de enfurecer a los hombres despiadados que controlan su producción en la zona.
Estos son tan solo algunos ejemplos que muestran que detrás del azote de la droga que convulsiona nuestro planeta hay rostros humanos. Ya sean consumidores, productores o inocentes transeúntes, las drogas se están adueñando implacablemente de su vida.

¿Qué gravedad reviste el problema de la droga?

El secretario general de la ONU, Kofi Annan, señala: “Las drogas están destruyendo nuestra sociedad, propagando el delito, esparciendo enfermedades como el sida y acabando con nuestros jóvenes y nuestro futuro”. Y añade: “En la actualidad hay aproximadamente ciento noventa millones de toxicómanos en el mundo. Ningún país es inmune al problema de la drogadicción y ninguno puede por sí solo detener el narcotráfico dentro de sus fronteras. Puesto que este negocio se extiende por todo el mundo, se necesita la cooperación internacional”.
Para empeorar la situación, en los últimos años han entrado en escena las drogas de diseño. Estas sustancias químicas sintéticas están diseñadas para proporcionar un sentimiento de euforia. Dado que se pueden producir a bajo costo en casi todas partes, las fuerzas policiales prácticamente no pueden hacer nada para controlarlas. En 1997, la Comisión de Estupefacientes de las Naciones Unidas advirtió de que en muchos países estas drogas sintéticas habían llegado a formar parte de la “cultura consumista dominante”, y que estas debían verse como una “gran amenaza para la sociedad internacional del siglo que viene”.
Las nuevas drogas no son menos potentes que sus predecesoras. El crack provoca aún más adicción que la cocaína. Algunas variedades nuevas de cannabis producen un mayor efecto alucinógeno, y la nueva droga de diseño llamada ice posiblemente esté entre las más destructivas de todas.

El dinero y el poder de las drogas

Aunque los toxicómanos sean una minoría, son suficientes como para dar un inmenso poder a los capos de la droga, que organizan la producción y distribución de estupefacientes. Estos individuos sin escrúpulos dirigen una actividad delictiva que se ha convertido en el negocio más lucrativo y casi el mayor del planeta. En la actualidad, el narcotráfico posiblemente represente alrededor del ocho por ciento de todo el comercio internacional, lo que significaría que mueve unos 400.000 millones de dólares. Mientras el dinero procedente de las drogas circula por todo el mundo, va enriqueciendo a gángsteres, corrompiendo a las fuerzas policiales, sobornando a políticos e incluso financiando el terrorismo.
¿Se puede hacer algo para combatir el problema de las drogas? ¿Hasta qué punto perjudica su bolsillo, su seguridad y la vida de sus hijos el tráfico de estupefacientes?


Cómo perjudican nuestra vida las drogas

IGUAL que el hongo causante de la putrefacción se come las vigas de madera de una casa, las drogas pueden corroer totalmente la estructura de la sociedad. Para que esta funcione apropiadamente, ha de estar compuesta por familias estables, trabajadores saludables, gobiernos confiables, un sistema policial honrado y ciudadanos que respeten la ley. Las drogas corrompen todos y cada uno de estos elementos fundamentales.
Una razón por la que los gobiernos han prohibido el consumo de drogas fuera del campo de la medicina es el perjuicio que causan a la salud de los ciudadanos. Todos los años mueren de sobredosis miles de toxicómanos y otros muchos mueren de sida. De hecho, cerca del veintidós por ciento de los infectados con el VIH de todo el mundo son drogadictos que utilizaron agujas contaminadas. En una conferencia reciente de las Naciones Unidas, Nasser Bin Hamad Al-Khalifa, de Qatar, advirtió con razón de que “el tráfico de drogas está a punto de convertir la aldea mundial en un sepulcro comunitario para millones de seres humanos”.
Pero los narcóticos hacen más que perjudicar la salud del drogodependiente. Alrededor del diez por ciento de los recién nacidos de Estados Unidos estuvieron expuestos a ellos —principalmente a la cocaína— mientras se hallaban en la matriz. El doloroso síndrome de abstinencia no es el único problema al que se enfrentan estos bebés, pues el contacto prenatal con los estupefacientes puede causarles otros trastornos, tanto mentales como físicos.
El dinero fácil de las drogas: una irresistible tentación
¿Se siente seguro en su vecindario al caer la noche? Si no es así, probablemente se deba a los narcotraficantes. Los atracos y la violencia callejera están estrechamente ligados a las drogas. Los toxicómanos a menudo recurren al delito o a la prostitución para costear su vicio, mientras que las bandas rivales pelean y matan para mantener el control sobre la distribución de narcóticos. Es comprensible por qué la policía de muchas ciudades cree que la droga está implicada en la mayoría de los asesinatos que investiga.
En algunos países, ciertos grupos insurgentes también se han dado cuenta de lo ventajoso que es utilizar la fuerza para beneficiarse económicamente del lucrativo narcotráfico. La mitad de los ingresos de una numerosa guerrilla de Sudamérica se derivan de la protección que esta brinda a los traficantes de drogas. “El dinero procedente de los estupefacientes financia algunos de los conflictos religiosos y étnicos más encarnizados del mundo”, informa el Programa de las Naciones Unidas para la Fiscalización Internacional de Drogas.

Resultados trágicos de estar bajo sus efectos

Los drogadictos contribuyen de otras formas a que las calles sean peligrosas. “Conducir un automóvil bajo los efectos de la marihuana o del LSD puede ser tan peligroso como conducir bajo los efectos del alcohol”, afirma Michael Kronenwetter en su libro Drugs in America (Las drogas en América). No sorprende que los toxicómanos tengan de tres a cuatro veces más probabilidades de accidentarse en el trabajo.
Sin embargo, probablemente sea en el hogar donde las drogas ocasionen el mayor daño. “El fracaso de la vida familiar y el consumo de narcóticos a menudo van juntos”, dice el World Drug Report (Informe mundial sobre las drogas). Los padres que están trastornados por el ansia de droga pocas veces proporcionan a sus hijos una vida familiar estable. Hasta puede que no lleguen a formarse lazos afectivos entre padre e hijo, tan importantes durante las primeras semanas de vida del niño. Además, con frecuencia los padres drogadictos se endeudan y roban a sus amigos y a su familia o acaban perdiendo el trabajo. Muchos niños que crecen en este entorno terminan yéndose a vivir a las calles o incluso tomando drogas.
El consumo de estupefacientes puede además conducir al maltrato físico, tanto de la esposa como de los hijos. La cocaína, especialmente cuando se combina con el alcohol, puede provocar comportamiento violento en una persona que de otra forma sería totalmente apacible. Según un sondeo canadiense realizado con cocainómanos, el 17% de los encuestados admitieron volverse agresivos después de tomar la droga. Así mismo, un informe sobre el maltrato de menores en la ciudad de Nueva York reveló que el 73% de los niños a los que se había matado a golpes tenían padres drogodependientes.

Corrupción y contaminación

Si las drogas pueden hacer que el hogar se derrumbe, pueden hacer lo mismo con los gobiernos. En este caso es el dinero procedente de las drogas, más bien que las drogas en sí, lo que envenena el sistema. Un embajador de un país sudamericano se lamentó diciendo: “Las drogas han corrompido a los funcionarios del gobierno, a la policía y al ejército”. Asimismo añadió que ver tanto dinero en circulación “supone una tentación demasiado grande” para los que apenas ganan lo suficiente para vivir.
En un país tras otro se ha descubierto en la red de corrupción a jueces, alcaldes, policías e incluso agentes antinarcóticos. Los políticos cuya elección ha sido presuntamente financiada por los capos de la droga hacen oídos sordos cuando se les solicita que emprendan una campaña contra el tráfico de estupefacientes. Por otro lado, muchos de los funcionarios honrados que con valor han combatido la droga han sido asesinados.
Incluso el suelo, los bosques y las especies que los habitan sufren las consecuencias del azote mundial de las drogas. Un alto porcentaje de la producción del opio y de la cocaína se encuentra en dos regiones particularmente sensibles al daño medioambiental: las pluviselvas del oeste del Amazonas y las del sudeste asiático. Los daños ocasionados en estos lugares han sido cuantiosos. Hasta los loables intentos de erradicar los cultivos de drogas ilegales son gravemente perjudiciales debido a los herbicidas tóxicos que se utilizan con ese fin.

¿Quién paga?

¿Quién paga los daños ocasionados por las drogas? Todos lo hacemos. En efecto, todos nosotros pagamos los gastos que ocasionan la pérdida de productividad, la atención médica, la propiedad robada o dañada y los organismos encargados de hacer cumplir la ley. Un informe del Departamento de Trabajo de Estados Unidos calculó que “el consumo de drogas en el lugar de empleo puede costar a los negocios y a la industria estadounidenses de 75.000 millones a 100.000 millones de dólares anualmente [...] en pérdida de tiempo laboral, accidentes e incremento de los gastos médicos y de las compensaciones a los trabajadores”.
Todo este dinero viene, en definitiva, de los bolsillos de los contribuyentes y de los consumidores. Un estudio realizado en Alemania en 1995 calculó que el coste anual del consumo de drogas en ese país era de 120 dólares por ciudadano. En Estados Unidos se calculó una cantidad aún mayor: 300 dólares per cápita.
Sin embargo, un costo mucho más elevado es el daño social que las drogas causan a la comunidad. ¿Quién puede ponerles precio a la desintegración de tantas familias, al maltrato de tantos niños, a la corrupción de tantos funcionarios y a la muerte prematura de tanta gente? ¿Qué implica todo esto en términos humanos? El siguiente artículo analiza cómo perjudican las drogas a quienes las consumen.

LAS DROGAS Y EL DELITO

LAS DROGAS SE RELACIONAN CON EL DELITO AL MENOS DE CUATRO FORMAS:
  1. La posesión ilegal de drogas y el narcotráfico están penados por la ley en casi todos los países del mundo. Tan solo en Estados Unidos, la policía arresta a más o menos un millón de personas todos los años por delitos relacionados con los estupefacientes. En algunos países, el sistema de justicia penal se ha visto arrollado por una ola de delitos de drogas que la policía y los tribunales sencillamente no pueden controlar.
  2. Puesto que las drogas son muy caras, los drogadictos a menudo recurren al delito para costear su vicio. Un cocainómano puede necesitar hasta 1.000 dólares a la semana para mantener su adicción. No sorprende que el robo, el asalto y la prostitución se extiendan rápidamente en las comunidades donde se arraiga el consumo de drogas.
  3. También se cometen delitos con el fin de facilitar el tráfico de estupefacientes, uno de los negocios más lucrativos de la Tierra. “El narcotráfico y el crimen organizado dependen más o menos el uno del otro”, dice el World Drug Report. Para que la droga circule sin problemas de una zona a otra, los traficantes intentan corromper o intimidar a los funcionarios. Algunos incluso tienen su ejército particular. Los inmensos beneficios que obtienen los capos de la droga también ocasionan problemas. La enorme cantidad de dinero que reciben en efectivo podría incriminarlos fácilmente si no lo blanquearan, por lo que emplean banqueros y abogados para que cubran las huellas de sus transacciones.
  4. Los efectos ocasionados por las drogas en sí pueden inducir al delito. Por ejemplo, los toxicómanos quizás maltraten a los miembros de su familia. En ciertos países de África plagados por la guerra civil, algunos soldados adolescentes han perpetrado crímenes horrendos bajo la influencia de dichas sustancias.

Vidas arruinadas y vidas perdidas

“LAS drogas funcionan como un mazo”, señala el doctor Eric Nestler. De hecho, un solo golpe con estos mazos químicos puede ser mortal. “Por ejemplo, se sabe que el crack ha matado a algunas personas la primera vez que lo tomaban”, indica el libro Drugs in America.
La nueva oleada de drogas sintéticas puede ser igual de peligrosa. “Los jóvenes incautos que compran drogas en una fiesta rave no tienen ni idea del cóctel químico que va a bombardear su cerebro”, dice la publicación World Drug Report, de las Naciones Unidas. Sin embargo, para la mayoría de los jóvenes, el descenso a las profundidades de la drogadicción es gradual, como lo ilustran los siguientes ejemplos.

“Una forma de huir de la realidad”

Pedro se crió en una familia de nueve hijos, en un barrio peligroso de la ciudad española de Córdoba. Tuvo una infancia traumática debido al alcoholismo de su padre. Cuando tenía 14 años, su primo le dio a fumar hachís, y en un mes ya estaba enviciado.
“Tomar drogas era un pasatiempo —explica Pedro—, una forma de huir de la realidad y de formar parte del grupo. A los quince años empecé a complementar el hachís con LSD y anfetaminas. El LSD era mi droga favorita, y con el fin de obtener dinero para comprarla, comencé a vender droga en pequeñas cantidades, principalmente hachís. Una vez, después de tomar una sobredosis de LSD, no pude dormir en toda la noche y sentí que me había vuelto loco. Esta experiencia me asustó. Me di cuenta de que si seguía drogándome, acabaría preso o muerto. Pero mi ansia de drogas dejó este miedo a un lado. Llegué a tener una grave adicción al LSD, hasta el punto de que cada vez necesitaba una dosis mayor para alcanzar el estado de euforia. A pesar de los atemorizadores efectos secundarios, no podía parar. No veía una salida.
”El LSD no era barato, así que aprendí a robar en joyerías, arrebatar carteras a los turistas y sustraer relojes y billeteras a los transeúntes. A los diecisiete años me había convertido en un reconocido traficante en mi zona de la ciudad, y a veces participaba en atracos a mano armada. En el barrio tenía la reputación de ser un delincuente violento, por lo que me gané el apodo de el Torcido.
”Cuando combinas las drogas con el alcohol, cambia tu personalidad, a menudo se vuelve violenta. El deseo de conseguir más drogas es tan fuerte que anula por completo tu conciencia. La vida llega a ser como una montaña rusa en la que se pasa de un estado de euforia a otro.”

‘Inmersa en el mundo de las drogas’

Ana, la esposa de Pedro, se crió en España, en un entorno familiar agradable. Cuando tenía 14 años conoció a unos chicos de una escuela cercana que fumaban hachís. Al principio, su comportamiento extraño le repelía, pero a Rosa, una de sus amigas, le gustaba uno de los muchachos. Este convenció a Rosa de que fumar hachís no era perjudicial y de que le encantaría, así que lo probó y después pasó el cigarrillo a Ana.
“Me sentí muy bien, por lo que al cabo de unas semanas lo fumaba diariamente —dice Ana—. Como un mes después, empecé a tomar también anfetaminas, puesto que el hachís ya no me proporcionaba tanto placer.
”En poco tiempo, mis amigos y yo estábamos completamente inmersos en el mundo de las drogas. Hablábamos de quién podía tomar más droga sin efectos secundarios y quién disfrutaba del mejor ‘viaje’. Fui abandonando poco a poco la vida normal, casi nunca asistía a clase. Y cuando el hachís y las anfetaminas no me bastaron, empecé a inyectarme un derivado de la morfina que obtenía en diferentes farmacias. Durante el verano acudíamos a conciertos de rock al aire libre, donde siempre resultaba fácil conseguir drogas como el LSD.
”Un día mi madre me sorprendió fumando hachís. Mis padres hicieron todo lo que pudieron por protegerme. Me hablaron de los peligros que entrañaba tomar drogas y me aseguraron que me amaban y que se preocupaban por mí. No obstante, yo no deseaba su ayuda, pensé que se estaban entrometiendo en mi vida. A los dieciséis años decidí marcharme de casa. Me uní a un grupo de jóvenes drogadictos que recorrían España vendiendo collares hechos a mano. Dos meses más tarde, la policía me detuvo en Málaga.
”Cuando las autoridades me entregaron a mis padres y estos me recibieron con los brazos abiertos, me avergoncé de lo que había hecho. Mi padre estaba llorando y nunca antes lo había visto hacerlo. Lamenté haberlos herido, pero mi remordimiento no fue lo suficientemente fuerte como para dejar el mundo de la droga. Seguí consumiéndola todos los días. A veces, cuando no estaba bajo sus efectos, pensaba en los riesgos que corría, pero no por mucho tiempo.”

De albañil a traficante

José, un simpático padre de familia, pasó cinco años introduciendo ilegalmente en España cannabis procedente de Marruecos. ¿Cómo se convirtió en narcotraficante? “Cuando trabajaba de albañil, un compañero empezó a traficar con drogas —explica José—. Como necesitaba dinero, me dije a mí mismo: ‘¿Por qué no lo hago yo también?’.
”Era fácil conseguir cannabis en Marruecos, así que compraba tanto como pudiera llevar. Tenía una lancha motora con la que podía evadir sin problemas a la policía. Una vez que introducía el cargamento en España, lo vendía en grandes lotes de unos seiscientos kilogramos cada uno. Tan solo tenía tres o cuatro clientes, pero estos se quedaban con toda la droga que pudiera suministrarles. A pesar de la vigilancia policial, lograba pasar la mercancía. Los traficantes teníamos a nuestra disposición un equipo mucho mejor que el de la policía.
”Hice mucho dinero fácilmente. Un viaje de España al norte de África podía reportar de 25.000 a 30.000 dólares. Enseguida tuve a treinta hombres trabajando para mí. Nunca me detenían, pues pagaba a un soplón para que me avisara cuando la policía estuviese vigilando mis actividades.
”De vez en cuando pensaba en cómo toda esa droga podía perjudicar a otras personas, pero me autoconvencía de que el cannabis era una droga blanda que no iba a matar a nadie. Dado que estaba ganando tanto dinero, realmente no pensé mucho en eso, y en cuanto a mí, nunca llegué a probarla.”

¡La bolsa y la vida!

Como muestran estos ejemplos, las drogas se adueñan de la vida de la gente. Una vez que se es adicto a ellas, resulta difícil y traumático dejarlas. Como señala el libro Drugs in America, “en el antiguo Oeste, los bandidos blandían sus pistolas delante de sus víctimas y exclamaban: ‘¡La bolsa o la vida!’. Las drogas son peores que aquellos forajidos. Te quitan ambas cosas”.
¿Se puede parar al monstruo destructivo de la droga? En el siguiente artículo se analizan algunas soluciones.
“En el antiguo Oeste, los bandidos blandían sus pistolas delante de sus víctimas y exclamaban: ‘¡La bolsa o la vida!’. Las drogas son peores que aquellos forajidos. TE QUITAN AMBAS COSAS”

¿DIRÁ SU HIJO NO A LAS DROGAS?

¿QUÉ ADOLESCENTES CORREN MAYOR PELIGRO?
 a) Los que quieren demostrar que son independientes y que están dispuestos a correr riesgos.
 b) Los que tienen poco interés por alcanzar metas académicas o espirituales.
 c) Los que están en contra de la sociedad.
 d) Los que no tienen un concepto claro del bien y del mal.
 e) Aquellos que carecen de apoyo por parte de sus padres y cuyos amigos los incitan a tomar drogas. Algunos investigadores han observado que “la calidad de la relación que tiene el adolescente con sus padres parece ser la mejor protección contra la drogadicción” (cursivas nuestras).
¿CÓMO PUEDE PROTEGER A SUS HIJOS?
 a) Manteniendo una estrecha relación con ellos, así como una buena comunicación.
 b) Inculcándoles un concepto claro del bien y del mal.
 c) Ayudándolos a fijarse metas concretas.
 d) Haciéndoles sentir que forman parte de una familia cariñosa y de una afectuosa comunidad.
 e) Explicándoles cuáles son los peligros de la drogadicción. Es evidente que los niños necesitan saber por qué deben decir no a las drogas.

Publicado en ¡Despertad!  del 8 de Noviembre de 1999