Definición de Raza

Raza - Su Significado, Definición, Concepto e Importancia

Definición de: Raza y su Importancia

El mundo que nos rodea está conformado por un lado por los Objetos Inertes, también conocido como materia, siendo esto lo relativo al sustrato, soporte o sustento que utilizamos para que los Seres Vivos puedan desenvolverse, teniendo estos últimos un conjunto de acciones definido como Ciclo de Vida y que tiene unas acciones fundamentales que se cumplen desde el momento del Nacimiento hasta cuando se finaliza la misma con la Muerte.

Estas acciones son por un lado la Alimentación como la forma en la cual se cumplen diariamente las Necesidades Energéticas que el organismo solicita para poder llevar a cabo las exigencias de la vida cotidiana, que puede ser Autótrofa cuando pueden preparar su propio alimento (Como los vegetales con la Fotosíntesis) o bien Heterótrofa requiriendo el consumo de otros organismos; siguiendo de la Relación tanto con otros individuos inclusive de otra especie, y la Reproducción que continúa con un linaje o una especie en particular.
Entre las distintas especies de estos seres vivos encontramos entonces a los Seres Humanos, que al igual que otras, son objeto de estudio de la ciencia conocida como Antropología, encargada no solo del estudio del comportamiento humano, las distintas culturas, sus sociedades y las características que adoptaron en distintas épocas, sino también a las Razas Humanas.
El concepto de Raza Humana hoy en día no está muy utilizado por varios puntos de vista, quienes prefieren evitar el empleo del concepto de “Raza” como tal enfocándolo a los animales, y prefieren hablar de Etnias referidas acorde a las características culturales de un Grupo Social determinado, o bien la de Fenotipo referido a las particularidades físicas que se repiten en una zona determinada.
Anteriormente estas clasificaciones, correspondientes a la corriente conocida como Antropología Clásica eran cuestiones meramente físicas, inherentes por ejemplo a la aplicación de la Antropometría, buscando tomar medidas del Cráneo, Ancho de Hombros, Rasgos Fisonómicos, etc. siendo también conocida como Antropología Biológica.
La erradicación del término “Razas” responde por consiguiente a corrientes modernistas que buscan no solo contribuir con la lucha contra el Racismo (forma de Discriminación por aspecto físico o un grupo étnico en particular) además de que hoy en día se asientan mayores y más complejos estudios que aplican a la Genética como ciencia auxiliar en por ejemplo el Análisis de ADN para verificar las evoluciones de distintas etnias producidas por Corrientes Migratorias, entre otros factores.

Concepto de: Raza y Qué es

1. Cada uno de los grupos en que se divide una especie orgánica, formado por individuos que poseen ciertos caracteres comunes que se perpetúan por generación: los dobermann son una raza de perros de ataque con un marcado instinto asesino. (Véase taxonomía).
2. Cada una de las grandes clases en que se agrupan los individuos de la especie humana, atendiendo principalmente al color de la piel: no importa que pertenezcáis a razas distintas si es que verdaderamente os amáis.
3. Cada uno de los grupos en que se divide la especie humana según caracteres que lo hacen homogéneo y distinto de otros y que se conservan a través de la historia: la raza aria se extiende por el centro y el norte de Europa.
4. Casta o linaje: es de raza fuerte y trabajadora, no tendrá problemas para superar este contratiempo.
5. Grieta, raja, hendidura: me vendieron el lienzo a un precio de ganga porque tenía una pequeña raza en la esquina inferior derecha.
6. Rayo de luz que penetra por una abertura: las primeras razas del sol se filtraban por la ventana, cuando vino mi padre a despertarme para ir de caza.
7. Grieta que a veces se hace en la parte superior del casco de las caballerías: el pobre jaco tenía un aspecto lamentable: el pelaje mate y escaso, los ojos acuosos y las pezuñas llenas de razas.
8. Banda o lista de color más claro que el resto en un tejido: las telas que tienen razas se dice que están razadas.

Modismos
De raza. Dícese del animal de casta seleccionada, cuyos progenitores pertenecen a esa misma casta y no han sido cruzados.
Raza amarilla. La humana, cuyos individuos tienen la piel de tono amarillento, estatura baja o mediana, cráneo braquicéfalo, cabellos lacios y negros, rostro aplastado y ojos oblicuos, con pliegue palpebral.
Raza blanca. La humana, cuyos individuos tienen la piel clara, ojos entre el azul claro y el pardo oscuro, cabello de rubio claro a negro, fino y lacio u ondulado, estatura mediana o alta y pilosidad corporal abundante.
Raza negra. La humana, cuyos individuos tienen la piel de color entre moreno muy oscuro y negro de ébano, pilosidad corporal escasa, cabellos crespos y muy rizados, estatura mediana o alta, cráneo dolicocéfalo, nariz ancha y aplastada y labios muy gruesos.

Sinónimos
Ascendencia, casta, linaje, origen, dinastía, familia, ralea, tribu, cabila, especie, estirpe, grey, género, pueblo, patria, clan, horda, clase, cepa, alcurnia, progenie, prosapia, rama, grieta, raja, hendidura, raya, banda, lista, veta, faja, rayo.


[Antropología] Raza Humana.

Variedad de la especie humana caracterizada por la presencia entre sus miembros de rasgos físicos, morfológicos y biológicos específicos y distintivos con respecto a los de otras variedades.

La palabra castellana raza parece proceder, como semicultismo, del latín ratio -onis 'cálculo', 'cuenta', en su acepción de "modalidad", "especie". Con ese sentido se documentó primero en italiano y en catalán (por ejemplo, en la obra del poeta Ausias March de la primera mitad del siglo XV). Y aunque hay algún testimonio castellano medieval, resulta evidente que en aquella época su presencia en Castilla debía explicarse todavía como un italianismo o, sobre todo, como un catalanismo.

Su uso en castellano empezó a ser más común en el siglo XVI, siempre con sentido peyorativo y para distinguir a los cristianos de las "razas" judía, morisca y gitana, por ejemplo. Todavía en el Diccionario de Autoridades de principios del siglo XVIII, su definición arrastra este sentido discriminatorio y despectivo: "casta o calidad del origen o linage. Hablando de los hombres, se toma mui regularmente en mala parte". Cuando la ciencia positiva francesa y europea en general comenzó a desarrollarse, más avanzado el mismo siglo, y recuperó el término y el concepto de raza con un sentido biológico, la palabra castellana comenzó también un proceso de resemantización paralelo.

Los supuestos rasgos raciales evidentes han sido tradicionalmente denominados fenotipos. Los principales fenotipos son el color de la piel, del pelo y de los ojos, la pilosidad, la estatura, las proporciones del tronco y de los miembros, la forma de la cabeza, de la cara, nariz, ojos, boca, labios y orejas, el grupo sanguíneo, etc.

Sin embargo, todas estas características son consideradas por los científicos modernos como ambiguas, imprecisas e inadecuadas para establecer clasificaciones raciales. En la actualidad, se prefiere considerar como rasgos distintivos sólo los factores genéticos (no observables a primera vista) en la medida en que tengan una presencia y una distribución especiales en algunas poblaciones humanas.

¿Existen las razas?

A nivel popular, se cree que las personas de raza blanca (o leudoderma, caucasoide o europea) tienen la piel blanca, el cabello lacio, bastante pilosidad corporal, nariz estrecha o media y estatura media o alta; que las personas de raza negra (o melanoderma o negroide o africana) tienen la piel morena o negra, el cabello rizado y fuerte, una abundancia media de vello corporal, labios y nariz gruesos, y estatura media o alta; y que las personas de raza amarilla (o xantoderma o mongoloide o asiática) tienen la piel pálida o morena clara, el cabello negro lacio, los ojos oscuros con "pliegues epicánticos" que les dan su característica forma oblicua, estatura baja o media, y escaso vello corporal.

Un análisis riguroso demuestra, sin embargo, que esta clasificación es profundamente imprecisa, y que la mayor parte de la población del mundo no se ajusta de forma clara a estos esquemas, como consecuencia de las continuas y multidireccionales mezclas de población que se están sucediendo desde la más remota antigüedad hasta la actualidad.

En la práctica, nunca se ha podido documentar la existencia de ninguna raza pura ni de ninguna persona racialmente pura. Hay europeos que miden 160 cms y otros que miden más de 2 metros; algunos tienen el pelo lacio y otros rizado, algunos claro y otros oscuro; la nariz de algunos es ancha y la de otros es estrecha. Muchas personas del sur de la India son de piel oscura, pero sus rasgos faciales y su pelo pueden ser similares a los de las personas blancas. Y también hay africanos como los ituri mbuti que miden 140 cms, mientras que otros, como los watusi, pueden alcanzar los 210 cms.

Tampoco ninguna subclasificación dentro de estos grupos resulta fiable. No existen individuos típicos ni subrazas típicamente bálticas, nórdicas, alpinas, dináricas ni mediterráneas (dentro de la raza blanca o leucoderma), como han intentado establecer numerosos antropólogos físicos.

Además, los distintos sistemas legales y culturales de cada zona o estado pueden establecer criterios de clasificación racial completamente arbitrarios. En los Estados Unidos, un hijo de una persona blanca y de una persona negra suele ser clasificado legal y culturalmente como persona negra, aunque su genotipo exprese que es tanto blanco como negro. Una ley de Louisiana de 1970 declaraba legalmente negra a cualquier persona que tuviera al menos 1/30 de sangre negra. Leyes de pureza racial parecidas han funcionado en la España de los siglos XV-XVII (estatutos de limpieza de sangre) y en la Alemania nazi, aplicados por lo general contra los judíos. Este fenómeno de adscripción preferente de una persona mestiza al grupo racial más minoritario o menos prestigioso recibe el nombre de hipofiliación, y constituye una prueba más de la arbitrariedad que pueden llegar a tener las clasificaciones y taxonomías raciales.

Lo mismo puede decirse del fenómeno contrario, el de la hiperfiliación, que consiste en adscribir a una persona mestiza al grupo racial más prestigioso.

Raza y población.

Aunque desde el siglo XVIII numerosos antropólogos físicos han querido dar al concepto de "raza humana" una dimensión y justificación físico-biológica, los avances de la ciencia genética del siglo XX han demostrado que las razas no son categorías físico-biológicas, sino formas de designación sociocultural caracterizadas por su imprecisión y ambigüedad.

Efectivamente, para que pudiésemos hablar de una "raza" en el sentido estricto del término, debería existir una población geográficamente aislada que mostrase rasgos físicos y biológicos puros, distintivos e inconfundibles, y que no hubiese mantenido ningún flujo de genes con otras poblaciones durante un período muy dilatado de tiempo. Y esa es una realidad prácticamente inexistente, o que, por lo menos, no se ha documentado de forma segura en ningún lugar del mundo.

Incluso los defensores y usuarios del concepto tradicional de "raza" asumen que ese término expresa la existencia, en un momento dado y en una cierta zona geográfica, de una concentración de varios fenotipos, o caracteres físicos evidentes, que se encuentran en un número importante de sujetos. Pero tal definición está sujeta a condicionamientos y excepciones tan notorios que de ningún modo puede convertirse en criterio de clasificación científica de los grupos humanos.

Aunque en el lenguaje no especializado siguen utilizándose el término y las categorías culturales de la raza y de las razas, los científicos prefieren utilizar en la actualidad el término de población para designar al grupo humano cuyas características genéticas tienen rasgos de especificidad suficientes como para ser considerado como un grupo especial. Y aceptan que tales rasgos de especificidad, que en su mayor parte no son observables a simple vista, sino mediante procedimientos de medición científica, aparecen en cada población de forma siempre parcial, sometida a cambios, mezclas y gradaciones entre sus miembros y entre los miembros de esa población y los de otras, lo que impide establecer categorías y clasificaciones precisas y cerradas también en el nivel de las poblaciones.

La inmensa mayoría de los antropólogos modernos han propuesto que, en cualquier caso, se sustituya la palabra raza por la de población, y que se evite la tentación de establecer clasificaciones cerradas dentro de este nuevo ámbito. Según el antropólogo norteamericano Marvin Harris, "sería preferible sustituir el concepto de raza por el de población. Una población humana es un grupo de personas cuyos miembros se cruzan entre ellos con frecuencia más que fortuita y que muestran frecuencias génicas diferentes cuando se comparan con los grupos vecinos de gente. De cualquier modo, la palabra raza y su significado popular son demasiado importantes como para ignorarlos".

En definitiva, la ciencia moderna utiliza el concepto y el término de población, que basa en la caracterización genética de los grupos humanos, aunque no pueda ignorar, por su arraigo universal, el concepto y el término popular de raza, basado en la morfología visible de tales grupos.

En consecuencia, el de genética de poblaciones es el nombre de la disciplina científica que se encarga de documentar, estudiar y clasificar las variedades y gradaciones genéticas (y sus correlaciones biológico-morfológicas) de los seres y de los grupos humanos.

Raza y genes.

Los científicos modernos han descubierto que los genes responsables de las diferencias en el color de la piel, en la forma del cabello, etc. aparecen con frecuencia gradualmente creciente o decreciente de una región a otra. A estas distribuciones se les llama clinas.

Los clinas son el resultado de dos procesos evolutivos distintos: la aportación o flujo de genes, y la selección o eliminación. Dependen de las condiciones ambientales, climáticas, alimenticias, etc. que condicionan la vida del grupo. Según Marvin Harris, "el color de la piel, por ejemplo, tiene un modelo clinal desde las latitudes más bajas a las más altas relacionado con la intensidad gradualmente cambiante de los rayos del sol desde las regiones ecuatoriales a las árticas".

Según el mismo antropólogo, "se han estudiado las distribuciones de otros rasgos raciales en busca de claves que pudieran dar cuenta de su posible significado adaptativo. En estos casos los resultados están lejos de ser concluyentes. Cierto número de sugerencias interesantes han puesto en relación las diferencias raciales con la temperatura, la humedad y otros factores climatológicos. Por ejemplo, la nariz larga de los europeos puede haber sido el resultado de la necesidad de elevar el aire frío y húmedo a la temperatura corporal antes de que alcance los pulmones. La forma redondeada y rechoncha que se da en general entre los esquimales puede contemplarse como otro tipo de adaptación al frío. La forma esférica presenta el máximo de masa corporal con el mínimo de superficie, lo que pone en relación un máximo de producción de calor con un máximo de conservación del mismo (esto es, a mayor cantidad de biomasa, mayor es la cantidad de calor que se genera; a menor superficie corporal, menor es la cantidad de calor que se pierde). Por otra parte, una forma corporal alta y delgada combina el mínimo de masa corporal con el máximo de superficie, maximizando de ese modo la pérdida de calor. Estas consideraciones pueden explicar la altura y delgadez de los africanos nilóticos, que habitan regiones donde se da un calor seco e intenso".

Las necesidades adaptativas de cada pueblo a su medio ambiente acaban expresándose, pues, en el código genético, y transmitiéndose por herencia de una generación a otra. El análisis de ese código puede permitirnos, en consecuencia, establecer categorías poblacionales aproximadas, muy diferentes y mucho más precisas que las de las razas clásicas.

Pero hay que tener siempre en cuenta que las clasificaciones poblacionales son siempre abiertas y graduales. Entre cada población humana hay una distancia genética que la mayoría de las veces no tiene nada que ver con la distancia racial. Según el genetista Luigi Luca Cavalli-Sforza, "a igualdad de condiciones, la distancia genética aumenta simple y regularmente con el tiempo. Cuanto mayor sea el tiempo que dos poblaciones llevan separadas, tanto mayor será su distancia genética". La distancia racial, sin embargo, no se desarrolla de forma regular, sino que se ve siempre condicionada por factores ambientales extragenéticos.

Se sabe que la distancia genética entre dos poblaciones francesas es como media inferior sólo en un 15% a la distancia entre dos poblaciones tomadas al azar en el mundo. Y, en los últimos años del siglo XX, se han hecho públicos estudios de genética de poblaciones que prueban que un gran número de personas portuguesas tienen una característica genética única en el mundo, y que comparten otras con los vascos, y en menor medida con el resto de los españoles y de la población norteafricana de Argelia, a los que están más cercanos genéticamente que al resto de los europeos. Ello indica que la distribución de poblaciones genéticas puede en muchas ocasiones entrar en contradicción con los conceptos de pueblo, de raza y de nación comúnmente aceptados. Como, además, entre cada individuo de una misma población existe también una cierta distancia genética, aunque sea mínima, hay que aceptar que no podemos convertir a las poblaciones en categorías absolutas, porque la aplicación extrema de sus criterios de definición, es decir, la consideración como raza o población de todos los seres genéticamente diferentes, llevaría al sinsentido de tener que identificar a cada ser humano con una raza.

Raza, etnia y pueblo.

La ambigüedad que envuelve el concepto tradicional de la raza hace que, en muchas ocasiones, se confunda también con los conceptos de etnia, de pueblo, e incluso de nación. Para distinguirlos, hay que tener en cuenta que la raza es un concepto supuestamente referido a una comunidad biológica humana, mientras que los de etnia y pueblo se refieren a comunidades culturales y lingüísticas, y el de nación, a una comunidad política.

Solo en casos muy especiales, como en el de pueblos que han vivido en condiciones de aislamiento muy notables (los pigmeos y los bosquimanos de África, por ejemplo) se hallan más cercanos (aunque siguen sin coincidir plenamente) los conceptos de raza, etnia y pueblo.

Historia del concepto de raza y de las clasificaciones raciales.

Ya los antiguos egipcios eran conscientes de las diferencias biológicas y morfológicas observables entre poblaciones humanas, y a ellos se deben los primeros intentos de definición y de clasificación de las razas. Tumbas egipcias del siglo XV a.C. aproximadamente muestran pinturas y relieves que reflejan las principales tipologías humanas conocidas en su época: la egipcia, la asiática, la negra y la europea. También en la literatura sánscrita arcaica (de los siglos X al XV a. C.) se habla de las diferencias morfológicas y culturales entre personas blancas (invasores arios) y personas negras (nativos indios).

En la antigüedad grecolatina, escritores y pensadores como Heródoto (ca. 484-ca. 420 a.C.), Aristóteles (384-322 a.C.), Plinio el Viejo (24-79) o Tácito (ca. 55-ca. 125) describieron no sólo la apariencia, las costumbres y creencias de numerosos pueblos, sino que incluso se plantearon las cuestiones de sus orígenes, evolución, diferenciación racial, social y religiosa, etc. Pero sus planteamientos y metodología se hallaban extraordinariamente limitados en el terreno empírico e interpretativo, debido al escaso desarrollo de las ciencias experimentales positivistas de su tiempo. Entre todos ellos, fue seguramente Heródoto quien más interés mostró por las razas de su tiempo, hasta el extremo de que muchas de sus informaciones sobre la morfología y tradiciones de los pueblos contemporáneos han mantenido un valor científico y comparativo muy importante dentro de los modernos estudios antropológicos sobre las poblaciones actuales de las mismas áreas. Aristóteles e Hipócrates, por su parte, llegaron a hacer observaciones tan acertadas y agudas como que el medio ecológico influye en los rasgos morfológicos y fisiológicos de las comunidades humanas.

En la época romana, los cronistas y geógrafos romanos hicieron descripciones más o menos minuciosas de muchos de los pueblos que vivían dentro o fuera de las fronteras de la latinidad, pero sus obras son mucho más descriptivas que interpretativas. En la Edad Media occidental, las reflexiones sobre las razas humanas se remitían básicamente a relatos míticos-religiosos, y, muy especialmente, a la doctrina bíblica que convirtió en dogma de fe que los hombres se dividían sólo en semitas (hijos de Sem), en camitas (hijos de Cam) y en caucasoides (hijos de Jafet). Sin embargo, los viajeros medievales, reales o imaginarios, que visitaron o aseguraron visitar zonas alejadas de África y del Oriente, pusieron de moda descripciones absolutamente fabulosas de pintorescas razas monstruosas, como las de los hombres con cabeza de perro de las islas de Andaman, los monópodos, antípodos y hombres con cola del Asia oriental, y muchos más.

Aunque viajeros medievales como el italiano Marco Polo (1254-1324) alcanzaron a dar descripciones más o menos verídicas y fiables de los pueblos del Oriente, fue en la época de los descubrimientos de españoles y portugueses en los siglos XV y XVI cuando la toma de contacto con pueblos completamente diferentes de los entonces conocidos trajo a primer plano la cuestión de las variedades raciales dentro de la especie humana. Precursores de la antropología moderna como los españoles Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) o José de Acosta (1540-1600) registraron con un método sistemático un enorme caudal de información descriptiva sobre los pueblos y culturas amerindios, igual que después harían otros viajeros, cronistas y científicos europeos con los pueblos africanos, asiáticos y oceánicos. Aquellos tiempos vieron también nacer la polémica entre los defensores de la monogénesis, que consideraban a todos los hombres como descendientes de Adán, y de la poligénesis (entre los que militó el médico y ocultista suizo Paracelso), que defendían la pluralidad de orígenes de las razas humanas.

En 1684, el médico francés François Bernier (1620-1688) estableció una de las primeras clasificaciones razonadas de las razas humanas, que distribuyó entre negros, blancos, amarillos, lapones y bosquimanos.

Poco después, los Systema Naturae (1735) del naturalista sueco Carl von Linné (1707-1778) definían la posición de los humanos en el marco general de las especies naturales, en correlación con las especies zoológicas y botánicas. Además de incluir a la especie humana y a los monos en el orden especial de los primates, Linné estableció una clasificación que dividía de forma muy simplista (hoy se consideraría sin duda "racista") la especie humana, según sus rasgos físicos, psíquicos y sociales, en estos cuatro grupos:

- El Homo Americanus: se caracteriza por la piel rojiza, el pelo negro, liso y grueso, la nariz ancha, la escasa pilosidad, la obstinación, la alegría, el amor por la libertad, y la afición por cubrirse el cuerpo de pinturas. Se rige por las costumbres.

- El Homo Europaeus: se caracteriza por la piel blanca, el pelo claro abundante, el ingenio, y por llevar ropas ceñidas. Se rige por las leyes.

- El Homo Asiaticus: se caracteriza por la piel cetrina, por el pelo oscuro, por ser melancólico, serio, severo y avaro, y por vestirse con ropas anchas. Se rige por las opiniones.

- El Homo Afer: se caracteriza por la piel negra, por el pelo negro y crespo, por la nariz simiesca, por los labios gruesos, por la pereza, por la inmoralidad de sus costumbres y por la inclinación al vagabundeo. Se rige por las arbitrariedades.

Aunque nunca lo declaró de forma explícita y categórica, Linné intuyó que todas estas "razas" descendían de un mismo prototipo humano, lo cual le convirtió en precursor del darwinismo.

Más profundas y sólidas fueron las reflexiones sobre las razas del naturalista y pensador francés Georges-Louis-Leclerc Buffon (1707-1788), que aprovechó el nuevo interés por las ciencias positivas nacido de la ilustración, así como los recientes descubrimientos de nuevas tierras y pueblos, para definir las razas como variedades de la especie humana formadas y perpetuadas a partir de la herencia, influidas en su evolución por el clima y por el medio ecológico, y desarrolladoras de variedades accidentales e individuales que con el tiempo llegaban a hacerse generales y constantes.

En la segunda mitad del siglo XVIII, el desarrollo incipiente de las ciencias experimentales llevó a que el francés Louis Jean-Marie Daubenton (1716-1800) en 1764, y el holandés Petrus Camper (1722-1784) en 1770 sentasen los cimientos de la craneometría y de la antropometría modernas. La anatomía comparada se convirtió en una nueva y muy cultivada disciplina médica. Soemmering (1785) y White (1799) siguieron desarrollando las técnicas de medición y las estadísticas antropométricas, tanto a partir de sujetos vivos como de cadáveres.

En 1806, el alemán Johann Friedrich Blumenbach (1752-1840) afirmó que de la raza caucásica habían evolucionado, a lo largo del tiempo, otras cuatro: la mongólica, la negra, la americana y la malaya. Las clasificaciones raciales irían complicándose progresivamente. En 1825, Desmoulins dividió las razas humanas en 16 tipologías. Entre sus avances figuran el que separó del bloque negro-africano a los hotentotes y a los etíopes, igual que a los negros de África de los de Oceanía, y a la raza blanca ainú de Oriente, de entre los amarillos asiáticos. Poco después, en 1830, Morton definió 22 razas o familias, y puede decirse que desde entonces los antropólogos no han hecho más que proponer y discutir nuevas clasificaciones, lo que, en el fondo, viene a corroborar la ambigüedad y la imprecisión intrínsecas del concepto de raza.

En 1859, la fundación de la Sociedad de Antropología de París trajo consigo un florecimiento extraordinario de la antropología anatómica, y especialmente de la craneología y de la antropometría, cuyas bases teóricas fueron expuestas en dos obras fundamentales de Paul Broca (1824-1880): las Instructions genérales sur les recherches et observations anthropologiques (Instrucciones generales sobre las investigaciones y observaciones antropológicas) de 1865; y las Instructions craniologiques et craniométriques (Instrucciones craneológicas y craneométricas) de 1875. Broca no sólo sentó las bases de la osteometría moderna, sino que también ideó escalas cromáticas de la piel y del iris, creó nuevos instrumentos de medición (goniómetros, craneógrafos, estereógrafos), y, sobre todo, puso las bases y formó una extraordinaria escuela de antropología física. Por los mismos años, el sueco Gustav Retzius (1842-1919) formuló un índice cefálico o relación centesimal existente entre el ancho y el largo del cráneo que tuvo gran aceptación y fue muy utilizado en su época y en las posteriores.

Posteriormente, el descubrimiento de un fósil de Hombre de Neanderthal en Alemania en 1856 y de los restos del Hombre de Java varias décadas después, determinaron cambios muy profundos en la percepción que los científicos tenían de la evolución del hombre y de sus razas. Especialmente en su obra On the Origins of Species by Means of Natural Selection (Sobre el origen de la especies mediante la selección natural) (1859), Charles Robert Darwin (1809-1882) asentó sobre pruebas irrebatiblemente científicas, adquiridas gracias a una intensa labor de campo etnográfica, arqueológica y zoobotánica, las primeras teorías evolucionistas sistemáticas y generales sobre la evolución y diferenciación del hombre en el tiempo y también en el espacio.

El evolucionismo marcó durante todo el siglo XIX y parte del XX las reflexiones antropológicas sobre las razas. La clasificación y categorización de éstas se consideraba como un hecho no sólo posible, sino también natural e inevitable, a pesar de las dificultades que planteaba. En 1885, Paul Topinard (1830-1911) afirmaba que "las razas existen, no se las puede negar, nuestra inteligencia las comprende, las ve, mediante el estudio las delimitamos... se nos muestran claras, inevitables, como una consecuencia fortuita de la herencia colectiva, con todas sus características anatómicas y fisiológicas; pero, de hecho, son completamente intangibles".

En la segunda mitad del siglo XIX se reavivó la polémica entre monogenistas y poligenistas. En 1870, el británico Thomas Henry Huxley (1825-1895) afirmó que los australianos eran la raza más primitiva, y la madre de todas las demás razas. Y a partir de 1874 vieron la luz diversas teorías que consideraban a los pigmeos como la raza primigenia y como el primer foco de la civilización humana. Esta teoría, que identificaba raza y cultura, fue defendida sobre todo por los antropólogos alemanes y austríacos de la llamada "Escuela de los círculos o ciclos culturales", en libros como Der Ursprung der afrikanischen Kulturen (El origen de las culturas africanas) (1898) y Kulturgeschichte Afrikas (Historia de la civilización de África) (1933) de Leo Frobenius (1873-1939), etc. Algunos difusionistas rezagados, como Grafton Elliot Smith, seguirían defendiendo mucho después, en obras como The Difusion of Culture (La difusión de la cultura) (1933) teorías como que el único foco civilizatorio de la humanidad estuvo en el antiguo Egipto, y que desde allí se difundió la cultura al resto del mundo.

Las teorías difusionistas que identificaban razas y culturas primigenias y derivadas se agotaron en las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, las evolucionistas y neoevolucionistas sobre las razas se mantuvieron hasta algún tiempo después. En España, una obra clásica realizada con esta orientación fue Las razas humanas (1928) de Pere Bosch Gimpera. Todavía en 1951, antes de que se produjeran los extraordinarios avances en genética humana de la segunda mitad del siglo XX, H. V. Vallois daba una definición de la raza profundamente apegada a las teorías evolucionistas del siglo XIX. La raza era, para él, "una agrupación natural de hombres que presentan un conjunto de caracteres hereditarios comunes, sean cuales sean sus lenguas, costumbres o nacionalidades".

El descubrimiento de los grupos sanguíneos, el estudio de los dermatoglifos, los avances en el estudio de las partes blandas (órganos, músculos, vísceras) de los seres humanos, las nuevas teorías sobre los factores de endogamia y consanguinidad, el desarrollo de escalas y análisis estadísticos, y, sobre todo, los avances en el terreno de la genética, han cambiado profundamente, en la segunda mitad del siglo XX, el concepto científico y las clasificaciones de las razas y las poblaciones humanas.

Clasificaciones tradicionales de las razas.

Desde que el naturalista sueco Linné estableciese en el siglo XVIII la primera clasificación razonada de las razas humanas (Homo Americanus, Homo Europaeus, Homo Asiaticus y Homo Afer), han sido muy numerosas, variadas y a menudo polémicas las propuestas de clasificación antropológica de las razas.

La mayoría de los antropólogos físicos de los siglos XVIII y XIX estaban convencidos de que las diferencias raciales eran tan antiguas como la especie, de que había razas puras, y de que éstas habían variado escasamente en el transcurso del tiempo. Pero nunca han alcanzado ningún acuerdo para establecer una clasificación precisa, rigurosa y fiable de los tipos raciales. Es éste un empeño imposible, ya que la mezcla de poblaciones constituye un fenómeno que se ha dado y se sigue dando desde la antigüedad hasta hoy en día, con la consiguiente imposibilidad para fijar taxonomías biológicas cerradas. Para entender la dificultad de este empeño, baste decir que en Brasil se usan a nivel coloquial hasta 500 términos para designar diversos tipos "raciales" de población. El antropólogo Conrad Phillip Kottak averiguó que en un pueblo brasileño de 750 personas llamado Arembepe, se utilizaban al menos 40 términos diferentes para designar diversos tipos raciales.

A pesar de ello, se halla muy arraigada en las creencias populares y en los dominios extracientíficos de gran parte del mundo una clasificación básica y elemental de las razas que ha mantenido más o menos su vigencia desde el siglo XVIII hasta hoy. Distingue entre raza:

- Blanca, leucoderma, caucasoide o europea.

- Negra, melanoderma, negroide o africana.

- Amarilla, xantoderma, mongoloide o asiática.

Un ejemplo de clasificación más elaborada y precisa es la que estableció J. Deniker, en la segunda edición (1926) de su obra Les races et les peuples de la Terre (Las razas y los pueblos de la tierra), que sirvió de base a muchas más clasificaciones. Rango clásico adquirió también la clasificación de H. V. Vaillois (1963 y 1966), quien estableció cuatro grupos raciales primarios (australoide, leucodermo, melanodermo y xantodermo), y veintisiete razas secundarias. He aquí su detalle:

Grupo australoide.

- Raza australiana.

- Raza vedda.

Grupo leucodermo.

- Raza nórdica.

-Raza esteeuropea.

-Raza alpina.

-Raza dinárica.

-Raza mediterránea.

-Raza anatolia.

-Raza turania.

-Raza blanca suroriental.

-Raza indoafgana.

- Raza ainú.

Grupo melanodermo.

-Raza melanoafricana.

-Raza etíope.

-Raza negrilla.

-Raza khoisánida.

-Raza melanoindia.

-Raza melanesia.

-Raza negrito.

Grupo xantodermo.

-Raza norsiberiana.

-Raza normongólica.

-Raza centromongólica.

-Raza sudmongólica.

-Raza indonesia.

-Raza polinesia.

-Raza esquimal.

-Raza amerindia.

Los supuestos caracteres morfológicos raciales.

El concepto y las clasificaciones tradicionales de las razas se han basado siempre en la descripción de los fenotipos, es decir, de los rasgos evidentes del organismo (apariencia visible, rasgos anatómicos y rasgos fisiológicos). Consideración de fenotipos tienen tanto los rasgos visibles (el color de la piel y de los ojos, o la forma del cabello) como también ciertas características no visibles a primera vista, como es el tipo de sangre.

Las clasificaciones tradicionales de las razas basadas en los fenotipos, especialmente de los más visibles y superficiales, se han demostrado inadecuadas desde el punto de vista biológico, aunque son operativas como clasificaciones socioculturales utilizadas en medios o por personas sin especialización científica. Se basan en las siguientes características:

La pigmentación de la piel.

El color o pigmentación de la piel está en relación directa con la presencia y distribución en la epidermis (capa más superficial de la piel) de un pigmento denominado melanina, así como con el color de la sangre y la densidad de su vascularización.

La definición de escalas cromáticas de la piel ha sido siempre una cuestión muy problemática y controvertida. A nivel popular, existe la creencia de que el color de la piel divide los grupos raciales en blancos o leucodermos, amarillos o xantodermos, y negros o melanodermos. Pero los antropólogos físicos han establecido clasificaciones mucho más complejas, si bien ninguna ha alcanzado aceptación general. Una de las escalas que se consideran clásicas es la propuesta por Von Luschan, que está basada en una graduación de 36 matices.

La realidad es que resulta prácticamente imposible establecer una clasificación precisa y científica de las razas a partir del color de la piel. En primer lugar, porque, como ha señalado Marvin Harris, "la mayoría de los seres humanos no son ni muy claros ni muy oscuros, sino de piel morena. La piel extremadamente clara de los europeos del norte y sus descendientes, y la muy negra piel de los centroafricanos y sus descendientes, son adaptaciones especiales. Los ancestros de piel morena pueden haber sido comunes para los negros y los blancos contemporáneos hace 15.000 ó 20.000 años".

Además, el efecto del sol y del aire, las diferencias climáticas, las condiciones de iluminación, la edad, diversas enfermedades y patologías, etc. pueden provocar cambios y variaciones apreciables en el color de la piel. Con la exposición al sol, la piel de las personas rubias suele enrojecer y cubrirse de manchas llamadas efélides; la piel de las personas morenas suele, por contra, oscurecerse; y la de las personas negras apenas varía.

Además, algunas partes del cuerpo son más coloreadas que otras, e incluso pueden influir en la pigmentación las diferencias entre sexos, ya que la mujer suele ser de color más claro que el hombre. Pese a que las mediciones de pigmentación suelen hacerse sobre zonas del cuerpo sujetas a influencias externas menores, como la cara interna de los brazos, el pecho o la espalda, y a que suele tenerse en cuenta también un índice de variación de género, lo cierto es que la ciencia actual considera inoperante el sistema clasificatorio de las razas basado en el color de la piel.

La mancha pigmentaria congénita.

Es una acumulación de pigmento que muchas personas suelen tener en el vértice del pliegue interglúteo, en la espalda o en la cara posterior de los miembros. Aunque suele aparecer en la piel de muchos niños de diversos grupos humanos, para desaparecer por lo general antes de la pubertad, diversas escuelas de antropólogos físicos lo consideraron un criterio relevante para la clasificación biológica de las razas, ya que suele estar presente en más del 80% de los individuos de raza amarilla o xantoderma, en un 40-80% de los individuos de raza negra o melanoderma, en un 25-50% de los individuos de raza blanca o leucoderma del norte de África, y en sólo un 1-2% de los individuos de raza blanca de Europa y Norteamérica.

La pigmentación del pelo.

Numerosos antropólogos físicos han intentado también aplicar escalas cromáticas del cabello a la categorización y clasificación de las razas humanas. Una de las escalas más conocidas y elaboradas fue la de Fischer-Saller, que determinó que había cuatro categorías principales (rubios, castaños, morenos y negros) y veinticuatro tintes distintos del color del cabello.

Sin embargo, resulta obvio que una clasificación de este tipo está sometida a tantas variaciones y excepciones que no puede tener ningún rango científico. Es evidente que el color del pelo cambia con la edad. Por ejemplo, el pelo de las personas rubias suele oscurecerse a medida que crecen. Otros tipos de cabello se despigmentan. La canicie es frecuente y precoz en los pueblos blancos o leucodermos, más tardía e infrecuente entre los melanodermos y xantodermos, y excepcional entre los indios de América. El color del cabello puede cambiar también por la influencia de factores climáticos, de tiempos de exposición al sol, de enfermedades, etc., sin contar con los medios de tratamiento o de coloración artificial que practican muchas sociedades de todo el mundo, y que suele cambiar también (y no sólo a nivel superficial) su calidad y morfología.

Aunque puede afirmarse que, por lo general, los pueblos xantodermos y melanodermos tienen el pelo negro (salvo algunas poblaciones australianas en las que hay niños rubios), entre los pueblos leucodermos la variabilidad es extraordinaria, y puede oscilar entre matices muy distintos, desde el rubio claro al negro. Si bien el rubio es más típico de las poblaciones del norte y del oriente de Europa, así como de Norteamérica, suele haber una cantidad significativa de personas rubias en cualquier población leudoderma. El color castaño aparece en todas partes, y el moreno también, aunque sea más característico de los mediterráneos y dináricos. Por su parte, el pelo rojo no ha sido considerado nunca como un carácter racial, sino como una anomalía individual de frecuencia muy débil (de 1-5% como media en las poblaciones leucodermas).

La pigmentación de los ojos.

Al igual que ha sucedido con respecto a la pigmentación de la piel y del pelo, diversos antropólogos físicos, como Martin y Schulz, han establecido escalas de medición del color de los ojos. Tal escala distingue cuatro categorías de coloración: la azul, la gris, la verde o marrón clara, y la marrón oscura o parda.

El color de los ojos depende de la cantidad de melanina que tiñe la capa conjuntiva del iris. Si el pigmento es escaso, el color del ojo será azul, y si abunda más, la escala podrá ir desde el gris y el verde hasta el marrón y el pardo oscuros.

Pero obviamente, tampoco el color de los ojos puede tomarse como un criterio preciso y científico para establecer categorías raciales. En primer lugar, porque los ojos suelen oscurecerse entre la infancia y la pubertad, y aclararse entre la madurez y la vejez; porque las mujeres suelen tenerlos más oscuros que los hombres de una misma población; porque también puede haber enfermedades o patologías individuales que influyan en la coloración. Y porque, en una misma población, puede haber muchas gradaciones de color. Así, los pueblos melanodermos o negros y xantodermos o amarillos los tienen casi siempre oscuros; pero entre los pueblos leucodermos o blancos caben muchas variaciones: desde los ojos azules y grises comunes entre las poblaciones del norte y del oriente de Europa (y en Norteamérica), hasta los ojos oscuros predominantes entre los mediterráneos y dináricos, sin que en ningún lugar pueda hablarse de colores de ojos exclusivos. Aunque en la mayoría de las personas suele haber concordancia entre el color de ojos y de pelo, hay una relativa frecuencia de discordancias, más frecuentes en el caso de ojos claros y pelo oscuro que en el caso de ojos oscuros y pelo claro.

La pilosidad o forma y calidad del cabello.

La forma, cantidad y distribución de la pilosidad humana (mucho menos abundante y densa que la de la mayoría de los mamíferos) son factores también tan variables que es imposible establecer correlaciones precisas entre ellas y los distintos tipos raciales.

Se ha observado que muchos individuos pertenecientes a pueblos blancos o leucodermos de tonalidad morena tienen una pilosidad abundante, y que los de tonalidad rubia la tienen más escasa, mientras que entre los negros o melanodermos la pilosidad es todavía más escasa, y que los amarillos o xantodermos, y, especialmente, los indígenas amerindios, son casi lampiños, tanto en lo que respecta al rostro como al cuerpo.

Por otro lado, la forma del cabello, aunque tampoco puede afirmarse que se corresponda con clasificaciones raciales precisas, ha sido utilizada para este propósito por muchos antropólogos raciales. Una categorización relativamente extendida es la que distingue la forma del pelo de los grupos

- Lisótrico: formado por los individuos que tienen el pelo rectilíneo de sección redondeada. Corresponden, en general, a los pueblos xantodermos o amarillos, y a algunos leucodermos o blancos.

- Cimótrico: formado por los individuos que tienen el pelo ondulado de sección circular. Corresponden a una mayoría de pueblos leucodermos o blancos.

-Ulótrico: formado por los individuos que tienen el pelo en espiral de sección ovalada. Corresponden, en general, a los pueblos melanodermos o negros, incluidos los australianos, melano-indios, etíopes y melanesios.

La estatura.

También la estatura es uno de los rasgos físicos que numerosos antropólogos físicos han considerado que tienen valor clasificatorio de las razas humanas.

Uno de ellos, H. V. Vallois, estableció en 1948 que la estatura media del ser humano varón era de 165 cms, y que la media de estatura de una mujer de la misma población era por lo general de unos 10 cms menos que el hombre. Con este punto de referencia, definió tres categorías principales, medidas en los individuos masculinos:

- Personas y razas camaesomes o bajas: son aquellas en que los varones miden entre 125 y 159 cms.

- Personas y razas mesosomes o medianas: son aquellas en que los varones miden entre 160 y 169 cms.

- Personas y razas hipsisomes o altas: son aquellas en que los varones miden más de 170 cms.

Igual que ha sucedido con el resto de las categorías físicas y morfológicas que ya hemos considerando, la estatura ha sido descartada por los científicos actuales como factor de clasificación precisa y científica de tipos raciales.

Efectivamente, la medición de la estatura de un individuo es extraordinariamente problemática, ya que está demostrado que el cuerpo humano aumenta su longitud durante el estado de reposo, y pierde ese aumento durante el día. Las personas sometidas a regímenes muy duros de trabajo físico, pueden perder durante el día (y recuperar durante el reposo) hasta 4 cms de estatura. La edad es, obviamente, otro factor de variación muy importante de la estatura, tanto durante la época de crecimiento como de madurez y ancianidad. Es normal que, a partir de los 50-60 años, un individuo pueda llegar a perder hasta 10 cms de estatura.

La alimentación es otro factor muy influyente en la estatura de los individuos y de las poblaciones. El hecho de que la alimentación esté en relación estrecha con otros parámetros, como la clase social, el tipo de actividad laboral, el medio social, etc. explica por qué los miembros de las clases altas suelen ser más altos que los de las clases humildes, los intelectuales más que los obreros, y los habitantes de la ciudad más que los del campo.

También las tasas de endogamia y de exogamia matrimonial, las mezclas de poblaciones, o la práctica de deportes, son factores que pueden incidir sobre la estatura media de una población. Por otro lado, numerosos antropólogos físicos han defendido (aunque sin aportar pruebas concluyentes) que el medio geográfico y climático también influyen en la estatura humana, y que los climas fríos, y los medios montañosos e insulares, resultan contrarios al crecimiento.

Por si fuera poco, los científicos aseguran que la estatura media tiende a aumentar significativamente en todo el mundo. Estadísticas relativas a Suiza indican, por ejemplo, que su estatura media aumentó en 8,6 cms entre 1884 y 1957, que la de los franceses lo hizo en 4,6 cms entre 1880 y 1960, y que la de los españoles creció en 2,4 cms entre 1860 y 1955. Pero estas tasas de crecimiento medio presentan muchas veces tasas irregulares entre las regiones de un mismo país.

En general, puede afirmarse que la correlación de razas y de pueblos camaesomes, mesosomes e hipsisomes no puede ser avalada por datos científicamente sólidos. Se sabe que, en Europa, los pueblos nórdicos y dináricos suelen tener estaturas más elevadas que los mediterráneos, pero a las abundantísimas excepciones individuales a esta regla puede añadirse que pueblos nórdicos como el lapón figuran entre los de estatura más baja de Europa.

En Asia, las estaturas medias de la mayoría de las poblaciones suelen ser medianas, aunque en el área norte de China y en la zona indo-afgana son muchas veces elevadas, mientras que en pueblos del océano Ártico, de Siberia, de Indochina y del golfo de Bengala, suelen ser bajas. Aunque los indígenas norteamericanos suelen ser (sobre todo los del sur) de estatura baja, hay algunos, como los de Patagonia, célebres por su elevada estatura. En Oceanía están los polinesios y australianos, de estatura alta, mientras que los melanesios y micronesios son medianos, y los indonesios bajos. Incluso en algunas poblaciones de Filipinas y de Nueva Guinea se han encontrado poblaciones de estatura notablemente baja. Por otro lado, en África existen poblaciones de piel negra de estatura muy elevada (en Senegal, Chad, Kenia), y otras de estatura muy baja, como son los pigmeos de la selva ecuatorial.

El peso.

Es otra característica físico-morfológica inoperante a efectos de clasificación científica de las razas humanas. Efectivamente, el peso de un individuo puede sufrir tantas variaciones, dependiendo de su alimentación, salud, régimen laboral, estatus social, actividades deportivas, enfermedades, etc. que no puede considerarse un índice racial efectivo.

A pesar de eso, algunos antropólogos físicos han establecido fórmulas, como el índice ponderal de Livi o el índice de corpulencia de Rohrer, de las que se concluye que los individuos leucodermos o blancos son proporcionalmente más pesados y corpulentos que los melanodermos o negros, y que las mujeres son menos pesadas y corpulentas que los hombres, aunque lo son más si se efectúan mediciones proporcionales a su estatura.

Las proporciones del tronco y de los miembros.

También con respecto a estos factores han querido los antropólogos físicos establecer categorías raciales típicas. Para ello, han formulado escalas que se miden a partir de:

- la altura del busto o talla sentado.

- el diámetro biacromial o ancho de hombros.

- el diámetro bicrestal o ancho de caderas.

Se ha formulado, además, un índice córmico o esquelético, que compara la altura del busto con la estatura, y que establece tres categorías de individuos y de poblaciones:

- Braquicormios: personas caracterizadas por tener un tronco corto y una parte inferior del cuerpo larga.

- Metriocormios: personas caracterizadas por tener un tronco y una parte inferior del cuerpo medianos.

- Macrocormios: personas caracterizadas por tener un tronco largo y una parte inferior del cuerpo corta.

Se ha establecido también un índice llamado acromio-ilíaco, que relaciona el ancho de los hombros y el de las caderas. Este índice suele ser bajo en el caso de los individuos melanodermos o negros, alto en el de los individuos xantodermos o amarillos, y muy variable en el de los leucodermos o blancos.

Otro índice de medición de la estatura humana es el llamado braquial, que permite relacionar el largo del antebrazo con el del brazo.

Con respecto a las dimensiones de las manos y de los pies, son factores escasamente variables de unas poblaciones a otras, y también dentro de cada población. La longitud de la mano suele equivaler al 9-12,5% de la estatura, y la del pie al 13,5-16%.

La forma de la cabeza.

La forma de la cabeza y la capacidad del cráneo han sido considerados, desde los inicios de la antropología físico-biológica en el siglo XIX, como factores determinantes a la hora de clasificar las razas humanas. La cefaloscopia (o estudio descriptivo de la cabeza), y la cefalometría (o estudio métrico de la cabeza) son disciplinas que, efectivamente, nacieron y adquirieron un extraordinario desarrollo gracias a los trabajos de científicos del siglo XIX, como Paul Broca. Sin embargo, aunque la forma y capacidad de la cabeza y del cráneo sean factores más estables que todos los anteriores, se hallan sometidos a tantas gradaciones y excepciones, incluso dentro de una misma población, que los científicos actuales usan estos datos con mucha precaución, y aplican su estudio sobre todo en el terreno de la paleoantropología, ya que las diferencias entre la forma y capacidad craneales de los hombres prehistóricos con respecto a los actuales son más pronunciadas y significativas que si se comparan entre sí poblaciones modernas.

Aunque desde los tiempos de Daubenton (1764) y de Camper (1770) se estaban desarrollando las técnicas cefalométricas, fue el médico sueco Gustav Retzius (1842-1919) quien formuló en 1842 un índice de medición cefálica que fue considerado como una referencia durante décadas. Tal índice definía la relación que existe entre el ancho máximo de la cabeza o diámetro transverso, y el largo máximo o diámetro anteroposterior. Al multiplicar el diámetro transverso por cien y dividir el producto por el diámetro anteroposterior, se obtenía un índice cefálico que fluctuaba desde un mínimo de 67-68 hasta un máximo de 97-98. De acuerdo con los resultados, los antropólogos físicos del siglo XIX establecieron varias categorías craneales que consideraron pertinentes para la clasificación de las razas:

- la dolicocefalia: forma larga o estrecha de la cabeza, cuyo índice cefálico es menor de 75,9.

- la mesocefalia: forma y dimensión mediana de la cabeza, cuyo índice cefálico fluctúa entre 76 y 80,9.

- la braquicefalia: forma corta o ancha de la cabeza, cuyo índice cefálico es superior a 81.

Los antropólogos que desarrollaron estas técnicas y conceptualizaciones, defendieron que los pueblos melanodermos o negros son típicamente dolicocéfalos, que los leucodermos o blancos son mesocéfalos, y que los xantodermos o amarillos son braquicéfalos. Con posterioridad se ha descubierto, sin embargo, una frecuencia muy elevada de variaciones y de excepciones, y se ha llegado a saber, por ejemplo, que también hay pueblos melanodermos africanos y asiáticos que son mesocéfalos y hasta braquicéfalos, etc. Los científicos actuales saben, además, que la forma de la cabeza puede cambiar con la edad, y según el sexo. Efectivamente, los recién nacidos tienen la cabeza más redonda que los adultos, y las mujeres tienen índices más elevados de braquicefalia que los hombres. A comienzos del siglo XX, el antropólogo norteamericano Franz Boas (1858-1942) demostró que la forma del cráneo de los niños europeos emigrados a Norteamérica experimentaba cambios apreciables, a pesar de que en la mayoría de los casos su padre y su madre eran también europeos. Ello se debía, según descubrió, a los cambios en la alimentación, que podían llegar a influir y a manifestarse en el transcurso de muy poco tiempo y de una o dos generaciones.

Las proporciones y la forma de la cara.

Numerosos antropólogos físicos han pretendido también formular correlaciones entre las proporciones y la forma de la cara y los tipos raciales principales. En diversas poblaciones humanas se han documentado, efectivamente, presencias abundantes de determinados tipos de caras (ovaladas, redondeadas, cuadrangulares, pentagonales, trapezoidales) que han sido objeto de estudio por parte no sólo de la antropología física, sino también de la fisiognomía, que ha intentado formular rasgos morfopsicológicos y de carácter típico a partir de estas características.

Los antropólogos han llegado a establecer y a utilizar un índice facial morfológico que expresa la altura de la cara en comparación con su ancho mediante una fórmula que multiplica la altura por cien y divide el resultado por la anchura. De ello resultarían tres categorías de pueblos:

- Euriprosopos: caracterizados por el rostro ancho y bajo, con un índice facial morfológico inferior a 83'9. Según parece, hay un predominio de índices faciales euriprosopos entre los pueblos xantodermos o amarillos.

- Mesoprosopos: caracterizados por el rostro mediano, con un índice facial morfológico que fluctúa entre 84 y 87'9. Según parece, hay un predominio de índices faciales mesoprosopos entre los pueblos melanodermos o negros de África y de Oceanía.

- Leptoprosopos: caracterizados por el rostro estrecho y alto, con un índice facial morfológico superior a 88. Según parece, hay un predominio de índices faciales leptoprosopos entre los pueblos leucodermos o blancos.

Por otro lado, también se ha atendido mucho, en los estudios sobre las razas humanas, a la prominencia relativa de las diversas partes del rostro (frente, zona media y barbilla). Según la relación entre ellas, los antropólogos físicos han establecido un criterio de clasificación racial que atiende al

- Ortognatismo: característica de los rostros humanos cuyas tres regiones faciales tienen un perfil vertical. Es típico sobre todo de los pueblos leucodermos o blancos.

- Prognatismo: característica de los rostros humanos cuya región inferior o maxilar es prominente y está proyectada hacia adelante. Es típico sobre todo de los pueblos melanodermos o negros africanos, y, en menor medida, de los xantodermos o amarillos, a quienes afecta sobre todo en la región subnasal.

También la forma de los pómulos puede ser relevante en los estudios de morfología racial: los xantodemos o amarillos, por ejemplo, se caracterizan, por su prominencia. Pero, en general, puede decirse que todos estos rasgos están sujetos a tantas gradaciones, variaciones y excepciones, que tampoco son aceptados por los científicos modernos como criterios precisos y válidos para establecer clasificaciones de tipo racial.

La forma de la nariz.

Los antropólogos físicos han establecido, además, un índice que expresa la relación entre el ancho máximo de la nariz multiplicado por cien y dividido por su altura. De ello resultarían tres categorías que ellos consideran relevantes a efectos de categorización de las razas humanas:

- Leptorrinia: característica de las narices estrechas y altas, que se quedan por debajo del índice de 69'9. Es típica de los pueblos blancos nórdicos y mediterráneos.

- Mesorrinia: característica de las narices medianas, fluctuantes entre los índices nasales de 70 y 84'9. Es típica de los pueblos blancos alpinos, así como de los xantodermos o amarillos.

- Platirrinia: característica de las narices anchas o bajas, que superan el índice de 85. Es típica de numerosos pueblos melanodermos o negros. Cuando es tan pronunciada que supera el índice de 100, recibe el nombre de hiperplatirrinia.

La forma de los ojos y de los párpados.

La forma de los ojos y de los párpados constituye un fenotipo o rasgo morfológico evidente que ha sido considerado por los antropólogos físicos como relevante en las clasificaciones raciales.

Es cierto, desde luego, que es un rasgo muy distintivo sobre todo de algunos pueblos xantodermos o amarillos, en los que se han documentado tres tipos de rasgos que no siempre se presentan juntos: la oblicuidad y estrechamiento de la hendidura palpebral, la existencia de un pliegue palpebral añadido sobre el párpado superior, y la presencia de un pliegue mongólico que oculta la glándula lagrimal.

Estos rasgos están presentes sobre todo entre los pueblos mongólicos del norte, como los tunguses, buriatos y samoyedos, y va disminuyendo gradualmente en los pueblos chinos, aún más entre los japoneses e indonesios, hasta casi desaparecer entre los polinesios. Se aprecia también entre la mayoría de los esquimales, y, ocasionalmente, en los pueblos amerindios.

La forma y proporciones de la boca y de los labios.

Los antropólogos han calculado también un índice bucal que expresa la relación métrica entre la altura de los labios y el ancho de la boca.

Este índice suele ser bajo entre los pueblos leucodermos o blancos, algo más elevado entre los xantodermos o amarillos y entre los melanoindios o negros asiáticos, y mucho más elevado entre los melanodermos africanos, australianos y melanesios, que se caracterizan por la gran anchura de sus labios. Cuando los labios se hacen tan prominentes que se curvan hacia arriba y hacia abajo, reciben el nombre de "labios evertidos".

La forma y dimensiones de las orejas.

Es una característica morfológica que algunos antropólogos físicos han considerado pertinente a efectos de clasificación racial, ya que las orejas suelen ser de talla mediana entre los pueblos leucodermos o blancos, alargada entre los xantodermos o amarillos, y corta entre los melanodermos o negros.

Los dermatoglifos.

Reciben este nombre los trazos curvilíneos que se hallan marcados en la piel de la cara interna de los dedos y de la palma de las manos de los seres humanos.

Dado que algunas de las características principales de los dermatoglifos se transmiten de forma muy estable por herencia, su relevancia como criterio clasificatorio de las razas humanas fue defendida ya en 1888 por F. Galton. Posteriormente, antropólogos como M. C. Chamla, en 1963, han establecido escalas de presencia y correlación de diversos rasgos de los dermatoglifos con los distintos tipos raciales humanos.

Entre los rasgos típicos de los dermatoglifos están los llamados arcos (dibujos angulares de los dedos índice y medio), presillas (dibujos redondeados concéntricos de los dedos índice, tercero y cuarto) y torbellinos (dibujos en espiral irregular de los dedos pulgar y cuarto).

Diversos estudios han llegado a la conclusión de que los arcos están presentes en proporción de 4-7% entre los pueblos blancos, de 4-7% entre los pueblos negros, y de 0-3% entre los pueblos amarillos. Las presillas están presentes en proporción de 61-70% entre los pueblos blancos, de 61-70% entre los pueblos negros, y de 41-60% entre los pueblos amarillos. Y, finalmente, los torbellinos están presentes en proporción de 31-40% entre los pueblos blancos, de 21-30% entre los pueblos negros, y de 41-50% entre los pueblos amarillos.

Raza y grupo sanguíneo.

Los fenotipos de grupo sanguíneo de los seres humanos son denominados A, B, AB y O. De todos ellos, el más difundido en todos los continentes y poblaciones es el O, muy mayoritario (70-80%) en determinadas áreas de Europa como Escocia, en África central, Siberia y Australia. El fenotipo A se encuentra en una proporción del 10-20% en África, India y el norte de China, y del 20-29% en Escocia, Japón y gran parte de la Australia aborigen. El fenotipo B tiene una frecuencia del 10-30% en Asia y del 15-20% en el este de Europa y en África occidental, pero sólo del 0-5% entre los amerindios y los aborígenes australianos.

El análisis del factor Rh, un antígeno sanguíneo humano que puede encontrarse de forma positiva y negativa, indica también que los genes Rh negativos son frecuentes en Europa, pero raros en África y en Asia occidental, y casi inexistentes en Asia oriental y entre los amerindios y aborígenes australianos.

La imprecisión y variabilidad de todos estos datos son indicativos de que tampoco la distribución de grupos sanguíneos puede tomarse como criterio clasificatorio de las razas humanas. Todas las medidas y escalas que pueden obtenerse a través de datos de este tipo y de su relación con diversos tipos de resistencia a enfermedades, de distribución y operatividad de enzimas, etc., ponen de relieve fenómenos de desigualdad, variabilidad y polimorfismo interracial que no pueden ser explicados desde el concepto tradicional de la raza. Acerca de la relación entre grupo sanguíneo, respuestas biológicas a diversas enfermedades, y razas humanas, ha señalado Marvin Harris que, aunque a veces pueden documentarse distribuciones parcialmente coincidentes, "la explicación del polimorfismo de tipo sanguíneo tal vez deba buscarse más en la historia de las exposiciones transitorias de diferentes poblaciones a diferentes enfermedades que en la estirpe racial".

No se ha probado nunca, efectivamente, una relación sólida ni evidente entre población y alelos y fenotipos sanguíneos.

El cociente intelectual de las razas.

Algunos antropólogos y psicólogos, desde Linné hasta la actualidad, han defendido que cada raza tiene un cociente intelectual típico, y que los individuos de algunas de ellas tienen capacidades y aptitudes más desarrolladas que las de otras. En el siglo XVIII, destacó como estudioso de esta cuestión el holandés Petrus Camper (1722-1784), quien intentó probar una correlación entre el cociente intelectual y la mayor o menor abertura del ángulo facial.

Muchas de estas teorías han querido ser justificadas por medios pretendidamente científicos durante el siglo XX. Particularmente, en Norteamérica se han realizado abundantes tests de inteligencia que arrojaban como resultado habitual la inferioridad intelectual de las personas de raza negra. En ocasiones, tales tests desarrollaban escalas de medición muy complejas y elaboradas, como es la de Stanford-Binet. A veces también se han utilizado los resultados de estos tests como armas o argumentos ideológicos de regímenes políticos de signo racista, como el nazi alemán o el sistema de apartheid sudafricano.

La ciencia actual ha demostrado, sin embargo, que tales tests partían de presupuestos sesgados y parciales, y que evaluaban incorrectamente los factores genéticos del intelecto, al no tener suficientemente en cuenta los factores socioculturales, ni las condiciones de formación y de educación que inevitablemente influyen en el desarrollo intelectual de cada individuo. La comprobación de la manipulación de datos por parte de célebres psicólogos de esta corriente, como el británico Cyril Burt, contribuyó enormemente al desprestigio de estas teorías.

Hoy en día, no cabe la menor duda de que las diferencias intelectuales entre poblaciones no se deben a razones biológicas, sino culturales, y psicólogos como Jerry Hirsch han llegado a afirmar, en 1981, que intentar relacionar diferencias raciales y diferencias intelectuales es "imposible y por lo tanto inútil".

Genes, poblaciones y lenguas.

La genética de poblaciones desarrollada en la segunda mitad del siglo XX por científicos como Luigi Luca Cavalli-Sforza ha demostrado una de las intuiciones que expresó Darwin en On the Origins of Species (Sobre el origen de la especies) (1859): que los árboles genealógicos dibujados sobre mapas genéticos de pueblos y sobre familias de lenguas son en buena medida coincidentes.

Según Cavalli-Sforza, "el análisis exhaustivo de datos genéticos recogidos en los últimos 50 años y de otros nuevos obtenidos con técnicas de desarrollo reciente nos ha permitido cartografiar la distribución mundial de cientos de genes. A partir de ese mapa hemos deducido los linajes de las poblaciones de todo el mundo. Nuestro árbol concuerda con otro, más pequeño, basado en datos genéticos de índole muy diferente. Además, nuestra reconstrucción guarda sorprendentes paralelismos con una reciente clasificación de las lenguas. Genes, pueblos y lenguas se han diversificado, pues, a la par, a lo largo de una serie de movimientos migratorios que, según todos los indicios, comenzaron en África y se propagaron, a través de Asia, por Europa, el Nuevo Mundo y el Pacífico".

La explicación de este hecho es perfectamente lógica: "la respuesta está en la historia: los genes no controlan el lenguaje, sino que son las circunstancias del nacimiento las que determinan la lengua con la que uno se las va a ver. Las diferencias lingüísticas podrían levantar o reforzar barreras genéticas entre las poblaciones, pero no es probable que sean el motor de la correlación. La evolución humana está plagada de fragmentaciones de las poblaciones en grupos, algunos de los cuales se asientan en otras partes. Cada fragmento desarrolla patrones lingüísticos y genéticos que llevan la huella de un punto de ramificación común. Por tanto, alguna correlación es inevitable".