El Mediterráneo: un mar cerrado con heridas abiertas


Más de mil delfines muertos amontonados en las costas desde Grecia hasta Marruecos, mareas rojas tóxicas en el Egeo, millones de toneladas de espuma mucosa en el Adriático, tortugas y focas al borde de la extinción, regiones acuáticas totalmente desprovistas de vida. ¿Qué le ocurre al Mediterráneo? ¿Está sentenciado a un futuro de contaminación y devastación?
“EL PAISAJE que desde tiempos más remotos ha sentido la influencia del hombre”, así describe el Mediterráneo y sus costas el zoólogo David Attenborough. Este mar, que provee acceso a tres continentes, desempeñó un papel fundamental en la grandeza y la decadencia de los imperios de Egipto, Grecia y Roma. En la región mediterránea se originó gran parte de la cultura y la civilización actuales. Sin embargo, las últimas décadas de superdesarrollo, auge turístico, sobrepesca y contaminación han dejado al Mediterráneo en estado crítico. Las naciones afectadas y un buen número de científicos preocupados por la situación luchan por encontrar soluciones, pero hasta el momento no han obtenido muchos resultados.
El Mediterráneo es el mar interior más grande del mundo. Sus 46.000 kilómetros de costa constituyen una frontera natural compartida por veinte países y están habitados por más de ciento sesenta millones de personas, cifra que, según los cálculos, se habrá duplicado para el año 2025. El Mediterráneo carece prácticamente de mareas, y su temperatura y salinidad son más elevadas que las del Atlántico, de donde mayormente se alimenta. Dado que sus aguas tardan unos ochenta o noventa años en renovarse, es propenso a la contaminación. “Todo lo que se vierte en el Mediterráneo permanece en él por mucho tiempo”, dice la revista National Geographic.
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Invasión turística

Las playas bañadas por el sol, el encantador paisaje, la tradicional hospitalidad mediterránea y la riqueza histórica de esta región la han convertido en un destino turístico muy frecuentado. Anualmente acuden a sus playas cien millones de turistas locales y extranjeros, y se cree que la cifra se triplicará en veinticinco años. ¿Puede culparse, por lo menos en parte, a esta avalancha de personas del deterioro que sufre su lugar de veraneo? Examinemos los hechos.
Esta ingente cantidad de visitantes genera desechos que los países mediterráneos no pueden eliminar. Alrededor del ochenta por ciento de las aguas residuales que producen estas personas —más de quinientos millones de toneladas al año— desembocan en el mar sin ningún tipo de procesamiento. La mayoría de los turistas acuden en la temporada seca, con lo que contribuyen a la contaminación de las ya limitadas reservas de agua de la región. El agua contaminada, a su vez, representa un peligro para la salud. Nadar en algunas playas mediterráneas puede producir infecciones de oído, nariz y garganta, además de enfermedades como la hepatitis, la disentería y casos aislados de cólera.
El problema es que muchos países mediterráneos dependen económicamente del turismo. Respecto a ellos, Michel Batisse, ex director general adjunto de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), dice: “El único recurso es el turismo, pero con la condición de que las construcciones anárquicas, fruto de un afán de lucro, no degraden las costas”.

Intenso tráfico de petroleros

El Mediterráneo es una importante ruta comercial entre Oriente Medio y Europa, lo que provoca un intenso tráfico de petroleros. Más del veinte por ciento del petróleo del mundo pasa por este mar. Se calcula que la cantidad de petróleo de desecho que se vierte en el Mediterráneo cada año es diecisiete veces mayor que la que perdió el Exxon Valdez en Alaska en 1989. Entre 1980 y 1995 hubo catorce derrames de petróleo en el Mediterráneo, y todos los años se vierten en él hasta un millón de toneladas de crudo, con frecuencia porque los puertos no disponen de los medios para recoger el petróleo de desecho o para limpiar los tanques.
Por si fuera poco, las aguas que fluyen del Mediterráneo hacia el Atlántico por el estrecho de Gibraltar no son las superficiales, sino las más profundas. Como el petróleo flota, el mar pierde las aguas limpias del fondo y tiende a conservar el crudo acumulado en la superficie. “La cadena alimentaria del Mediterráneo se caracteriza actualmente por la contaminación petrolífera —dice Colette Serruya, ex directora del Instituto Oceanográfico de Israel—. Ha impregnado nuestros peces y moluscos.” En 1990, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) informó que la cantidad de bacterias fecales contenida en el 93% de los mariscos pescados en el Mediterráneo, superaba el máximo permitido por la Organización Mundial de la Salud.

Ecosistemas debilitados

Además de esta contaminación ruinosa, la costa mediterránea —gran parte de la cual estuvo densamente arbolada hasta el siglo XV E.C.— está sufriendo otros muchos daños. La deforestación, llevada a cabo para crear terrenos de cultivo, extender ciudades o proporcionar materiales de construcción para las galeras venecianas, ha ocasionado una irremediable erosión. Aparte de los residuos sólidos arrastrados por la lluvia, otros contaminantes, como detergentes, pesticidas y metales pesados, van a parar al mar acarreados por los ríos. El Ródano (Francia), el Nilo (Egipto), el Po (Italia), el Ebro (España) y otras corrientes transportan cantidades cada vez mayores de desechos agrícolas e industriales.
Entre las consecuencias directas de tal contaminación figuran las mareas rojas que han afectado a diversas zonas del Adriático y el Egeo, cubriendo las playas de un sedimento glutinoso y maloliente. Este fenómeno es provocado por la eutrofización, proceso por el cual las materias de desecho en descomposición consumen el oxígeno disuelto en el agua y asfixian a gran parte de la flora y la fauna autóctonas. Las mareas rojas afectan también a otras regiones, como el golfo de León (Francia), el lago Túnez (Túnez), el golfo de Izmir (Turquía) y la laguna de Venecia (Italia).
El ecosistema costero se ha visto debilitado hasta el punto de que las especies foráneas pueden competir ventajosamente con las autóctonas. Un ejemplo característico lo tenemos en la Caulerpa taxifolia, llamada también alga asesina, que extermina a otras especies marinas. Fue introducida accidentalmente en las costas de Mónaco, y se está propagando por el lecho marino. Es tóxica, no se sabe que tenga depredadores y ya se ha extendido considerablemente. “Pudiéramos estar presenciando el comienzo de una catástrofe ecológica”, dice Alexandre Meinesz, profesor de Biología Marina de la Universidad de Niza (Francia).
Y ahí no acaban las malas noticias. Según el biólogo marino Charles-François Boudouresque, en el Mediterráneo se han introducido más de trescientos organismos marinos de otros lugares. La mayoría de ellos han llegado a través del canal de Suez procedentes del mar Rojo. Algunos investigadores creen que tal contaminación biológica es irreversible y que pudiera convertirse en uno de los graves problemas ecológicos del próximo siglo.

Muerte en el agua

La flora mediterránea se encara a muchos peligros, uno de los cuales es el arrasamiento de los prados acuáticos de Posidonia, que hacen de pulmones, despensa y vivero del mar, a la vez que sirven de refugio a centenares de especies marinas que acuden a ellos para reproducirse. Los embarcaderos y los puertos deportivos que invaden dichos prados pueden acabar con las posidonias, al igual que los barcos de recreo, que las arrancan con sus anclas.
La fauna marina también se ve amenazada. La foca monje del Mediterráneo, que se encuentra entre las doce especies más amenazadas del mundo, está llegando al borde de la extinción. En 1980 había casi mil focas monje en el Mediterráneo, pero los cazadores y los pescadores las han diezmado de tal manera que hoy solo quedan entre setenta y ochenta ejemplares. Actualmente, la tortuga boba solo pone sus huevos en las playas griegas y turcas, donde a veces son aplastados por los pies de los turistas. Las tortugas a menudo quedan atrapadas en las redes de pesca y acaban formando parte del menú de los restaurantes del lugar. A la lista de especies en peligro de extinción ya se han añadido un crustáceo: la galera, y dos moluscos: la nacra y los dátiles de mar.

Un plan de acción

Para hacer frente a esta alarmante situación, en 1975 se adoptó el Plan de Acción para el Mediterráneo (MAP), auspiciado por el PNUMA. Dicho plan aspira a que los países mediterráneos, así como otros miembros de la Unión Europea, se comprometan no solo a proteger el mar de la contaminación, sino también a garantizar un desarrollo de las zonas costeras que respete el medio ambiente. En 1990 se inició el Programa de Asistencia Técnica para la Protección del Medio Ambiente Mediterráneo (METAP), al cual le sucedió en 1993 METAP II. Otras tentativas de crear reservas naturales, santuarios y parques nacionales marinos han producido algunos resultados encomiables en lo que tiene que ver con la protección de delfines, ballenas, focas monje, tortugas y otras especies en peligro.
Sin embargo, las acciones no respaldan al grado suficiente las palabras. A principios de la década de los noventa, el MAP estuvo a punto de fracasar debido a que las principales naciones contratantes no pagaban sus contribuciones. Según autoridades del mencionado plan, no hay noticias de que se haya conseguido ninguno de sus objetivos. En su informe sobre la buena disposición de las naciones mediterráneas en cuanto a tomar medidas que mejoren la situación, Ljubomir Jeftic, coordinador sustituto del MAP, advirtió: “No seamos demasiado optimistas”. Aunque estos países acepten actuar, podría tomar decenios reparar los daños provocados hasta el momento. La revista New Scientist dice: “Hoy por hoy, al igual que mucha de la fauna y flora mediterránea, el MAP parece muerto en el agua”.
¿Qué futuro le aguarda, por tanto, al Mediterráneo? ¿Se convertirá en un mar muerto, lleno de algas sucias y malolientes? Si dependiese únicamente del hombre, tal vez. No obstante, Jehová Dios, el Creador de este planeta, se interesa por “el mar, que él mismo hizo” (Salmo 95:5). Él ha prometido que pronto “[causará] la ruina de los que están arruinando la tierra” (Revelación [Apocalipsis] 11:18). Tras esta necesaria medida de eliminar a las personas irresponsables que, además de contaminar otras cosas, contaminan los mares, Dios restablecerá el equilibrio ecológico y la debida biodiversidad en nuestro planeta. Entonces, “los mares y todo lo que se mueve en ellos” alabarán al Creador con su prístina pureza (Salmo 69:34).

Publicado en ¡Despertad!  del 8 de Enero de 1999