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Nunca Jamás - 9. Algunos Episodios

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Nunca Jamás – Dunia Wasserstrom

Puntos Sobresalientes de Génesis 29 a 31

En el Hospital de Birkenau


-¿Dónde estoy? ¿Qué me sucede? -le pregunté a la enferma junto a mí.
-Este es el hospital ario -respondió-. Tienes fiebre tifoidea. Tu Kapo ordenó que te ingresaran en el hospital judío debido a las frecuentes selecciones que allí se hacen. -Luego, en voz baja, agregó-: La enfermera te tomó en sus brazos y te trajo aquí. No es la primera vez que lo hace.
Poco a poco comencé a recordar lo que había sucedido. La enfermedad, la fiebre que devoraba mi cuerpo durante el día y no cesaba durante la noche, dejándome rendida y tambaleante. El sudor que recorría mi espalda, el agotamiento, la sed -esa sed, el peor de mis sufrimientos físicos-, la pesadilla del control sanitario, la eficiencia prodigiosa de mis compañeras al tratar de mantenerme escondida. Y después los espejismos, como en el desierto: agua, agua. ¡Nuestra cotidiana ración de agua era tan insuficiente! ¿Qué hacer con esas pocas gotas preciadas? ¿Beberías? ¿Lavarse, o utilizar el escaso líquido para lavar la única prenda de ropa que teníamos? El cansancio... Y en mi desordenada cabeza, el tañer de las campanas y los gritos ordenándome: "-¡Ponte en pie, levántate!" para que aún en mi delirio no cayera, a pesar de tener cuarenta grados de fiebre. Y en seguida la debilidad, la caída al vacío y luego la sed, esa terrible sed. Después de todo, no era fácil morir, pues heme allí, curada. La gripe, la diarrea, la fiebre tifoidea -que me contagió la prisionera que compartía mi cama- no fueron
suficientes para matarme. Me reponía y hasta sentía deseos de vivir.
El pequeño Simón, de escasos trece años, me infundía valor para vivir. Durante ese tiempo, llegaron algunos hombres para reparar nuestras barracas. Un niño les acompañaba: Simón, lastimosamente hambriento y frío: él ayudaba a acarrear los tabiques.
Mi debilidad nos acercó y nos hicimos amigos. Me enteré de que sus padres habían sido ejecutados en la cámara de gas. Siempre tenía hambre y sus manos estaban permanentemente heladas.
"Ay, si tuviera un par de guantes calientes", decía suspirando. Yo tomaba sus manos entre las mías, las frotaba, tratando de calentarlas. Compartí mi pan con él. Una tuberculosa, que tenía su camastro encima del mío, me daba un poco de su sopa y un pequeño pedazo de pan. Yo atesoraba esto para Simón. ¡Qué alegría ver cómo se iluminaba su rostro cuando veía la comida! En ese instante hasta parecía ser como los otros niños que viven en los pueblos y las ciudades libres, muchachos normales. Todos en la barraca sabían de nuestra amistad. Tan pronto como Simón aparecía, gritaban: "Ahí está tu pequeño Simón": También me contaban que cuando me encontraba dormida, depositaba un beso fugaz en mi mejilla antes de partir. ¿Por qué nos necesitábamos tanto el uno al otro? ¿Por afecto o por un pedazo de pan...? Cierto, estábamos hambrientos, pero esa simpatía que envolvía nuestros corazones, era ciertamente lo más importante para nosotros.
Un día Simón no vino. Temía que estuviese enfermo y le pedí al médico que averiguase. Al día siguiente, cuando traté de preguntarle acerca del paradero del niño, el médico me contestó bruscamente, casi con pena: "Estoy muy ocupado". Entonces comprendí... Simón había sido enviado a la cámara de gas.
En mi desesperante impotencia, apretaba los puños bajo el cobertor. La tuberculosa continuaba dándome pan, pero yo ya no lo necesitaba. No tenía hambre. Sólo una idea atravesaba mi mente: morir lo más pronto posible. El doctor parecía adivinar mis pensamientos y se paró junto a mí para regañarme suavemente:
-Debes vivir, para ver el día de nuestra victoria.
-No, no viviré para ver ese día.
-Te repondrás sólo si tienes deseos de vivir. Debes vivir para contar a la gente en Francia las atrocidades que viste aquí y cómo fuimos tratados. ¿No quieres que lo sepan? -y tomó mi mano entre las suyas.
-Sí.
-¿Quieres salir de aquí?
-Si -contesté sollozando.
-¿Crees en nuestra victoria?
-Sí, creo en ella -repetía como una criatura.
El médico, a riesgo de su propia vida, consiguió unas inyecciones de calcio y me las aplicó sin que nadie se diera cuenta. Al fin llegó el día en que pude levantarme, y logré caminar sosteniéndome en las paredes. Adiós hospital: ¿cómo podría haber sobrevivido de no ser por todos los amigos de mí alrededor? Cuando me vieron hambrienta, compartieron conmigo la mitad de su sopa insuficiente hasta para ellos. Me suplían en mi trabajo asignado, cuando les era posible, sin importarles los malos tratos y los insultos.
Desde que me liberaron me han preguntado frecuentemente: ¿De dónde sacaste fuerzas para combatir el hambre, la enfermedad y la pena moral? ¿Cómo pudiste sobrevivir a todo eso? La prueba, en verdad, fue más allá de las fuerzas humanas.
El destino no nos daba muchas oportunidades de sobrevivir y frecuentemente se trataba sólo de un retraso de meses, semanas, días. A nuestro alrededor la muerte atrapaba a los valientes, a los buenos y a los resignados; tampoco perdonaba a los malos ni a los traidores. No tenían únicamente la idea de exterminarnos, sino la de matar dentro de nuestro ser toda sensibilidad y alentar nuestros primitivos instintos. A pesar de ello, el resultado fue distinto, opuesto. Allí fue donde fracasaron los diabólicos cálculos nazis. Porque si los seguidores de Hitler algunas veces tuvieron éxito en despertar a la bestia que dormita en los seres humanos, la mayoría de las veces lo que hicieron fue estimular los instintos más puros, del sacrificio propio y de la generosidad, que no hubiesen salido a relucir bajo otras circunstancias y en condiciones de una mayor benevolencia y compasión.
Durante mis días de sufrimiento, la enfermera B... arriesgó su vida para llevarme en sus brazos al hospital ario, el médico S. robó inyecciones de calcio del hospital SS; mis compañeras compartieron conmigo' sus miserables raciones de comida. Las ingeniosas y pervertidas mentes de los alemanes, ¿pudieron concebir estas cotidianas y anónimas acciones de valentía? Y si durante este continuo debate con la muerte, el factor suerte jugó un papel importantísimo, fue esta cercana solidaridad la que hizo posible que la vida fuese soportable en el campo, haciendo factible el que siguiéramos adelante hasta el final. No, no todo estaba previsto...

La persecución religiosa de los nazis


Hitler creía que la Iglesia había dejado de tener importancia como enemigo ideológico y que podía dejarla morir por sí sola.
En su opinión la fe cristiana había quedado muy anticuada. "Haremos que los curas caven sus propias tumbas, y traicionarán a su Dios en favor nuestro -decía Hitler-. Traicionarán cualquier cosa con tal de conservar sus miserables empleos y sus rentas".
Sólo más tarde, cuando Hitler tropezó con la inesperada y terca resistencia de la Iglesia, la indiferencia se trocó en odio que le hizo decretar la destrucción total de las Iglesias.
El obispo Berggrav, de Noruega, fue declarado enemigo de los nazis. Para no poner en peligro la posición militar alemana en Noruega, fue mantenido en completo aislamiento y arresto domiciliario o en el campo de concentración durante tres años.
Su probable ejecución fue evitada por la intervención del conde von Moltke, uno de los últimos conspiradores contra Hitler.
En una conversación el obispo Berggrav dijo al Reichführer SS Himmler: la represión de la Iglesia conducirá inevitablemente a la creación de una iglesia mártir. Himmler respondió:
"Hoy no puede haber mártires, nosotros cuidaremos de esto. Nosotros cuidaremos de que esa gente sea olvidada".
En una carta escrita al cardenal Maglione, el cardenal Bertral escribe: "Pedí a las autoridades nazis que liberen a los sacerdotes que encuentren en los campos de concentración, pero los nazis se mostraban inflexibles en su negativa, aunque en el campo de concentración Dachau, les daban algunas facilidades para decir la Misa.
Supliqué también que permitiesen la celebración de la Misa en otros campos de concentración, además de Dachau, y que autorizase el ministerio espiritual, especialmente con los enfermos y los moribundos.
También pedí que los cadáveres de los que morían, no fuesen incinerados sin distinción, sino que fuesen enterrados debidamente. Esta petición fue rechazada.
En el informe publicado en Londres, en 1941, se especifica: Las Iglesias entre Bydgoszcz y Gniezno (Polonia) han sido clausuradas, con muy pocas excepciones; en la mayoría de los casos han sido secuestradas las propiedades de la Iglesia, han dejado de celebrarse los oficios religiosos, se han confiscado los fondos eclesiásticos y la mayoría de la gente muere sin los últimos Sacramentos.
Su Excelencia, el Vicario General, no puede enviar allí nuevos sacerdotes, porque son detenidos, expulsados e incluso a menudo insultados y apaleados.
Consideramos que cierto número de parroquias han sido suprimidas o han dejado de existir".
Los niños en las escuelas recitaban la parodia del Padre Nuestro en el que daban gracias a Hitler por el pan de cada día.
En 1936 un oficial nazi declaró: "Un nazi no puede ser católico, no nos interesa saber si Jesús fue ario o judío. En todo caso no fue alemán".

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