Los últimos días de Jesucristo en la Tierra

Guía de Investigación sobre la Conmemoración

Relato histórico de los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan sobre los sucesos finales de la vida de Jesucristo en el Año 33 E.C.

7 de Nisán. Viernes

Jesús y sus discípulos viajan de Jericó a Jerusalén
El hombre más grande 101, párr. 1

En Betania, en casa de Simón

CUANDO Jesús sale de Jericó, se dirige a Betania. El viaje toma la mayor parte del día, pues es subir unos difíciles 19 kilómetros (12 millas). Jericó está a unos 250 metros (820 pies) bajo el nivel del mar, y Betania está a unos 760 metros (2.500 pies) sobre el nivel del mar. Hay que recordar que en Betania viven Lázaro y sus hermanas. La aldehuela está a unos tres kilómetros (dos millas) de Jerusalén y se halla en la ladera oriental del monte de los Olivos.

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"La última semana de Jesús en la Tierra"

Lectura Anual para la Conmemoración

8 de Nisán. Viernes por la noche

Jesús y sus discípulos llegan a Betania; empieza el sábado
El hombre más grande 101, párrs. 2-4

Muchos han llegado ya a Jerusalén para celebrar la Pascua. Han venido con anticipación para limpiarse ceremonialmente. Puede que se hayan hecho inmundos por haber tocado un cadáver o haber hecho otra cosa similar. Así que siguen los procedimientos señalados para limpiarse y poder celebrar la Pascua de manera acepta. A medida que estos que han llegado con anticipación se reúnen en el templo, muchos se preguntan si Jesús vendrá para la Pascua o no.
Jerusalén es un foco de controversia respecto a Jesús. Es cosa comúnmente conocida que los líderes religiosos quieren prenderlo para darle muerte. De hecho, han ordenado que cualquiera que se entere del paradero de Jesús les informe dónde está. En tres ocasiones durante los últimos meses esos líderes han tratado de matarlo: en la fiesta de los Tabernáculos, en la fiesta de la Dedicación, y después que Jesús resucitó a Lázaro. Así que la gente se pregunta: ¿Se presentará Jesús en público una vez más? “¿Qué opinan ustedes?”, se preguntan unos a otros.
Mientras tanto, Jesús llega a Betania seis días antes de la Pascua, que cae el 14 de Nisán según el calendario judío. Jesús llega a Betania en algún tiempo al anochecer del viernes, que es al principio del 8 de Nisán. No pudiera haber hecho el viaje a Betania el sábado, porque la ley judía limita el viajar durante el día de descanso, es decir, desde la puesta de sol del viernes hasta la puesta de sol del sábado. Jesús va probablemente al hogar de Lázaro, como lo ha hecho antes, y pasa allí la noche del viernes.

9 de Nisán. Sábado por la noche

Comida con Simón el leproso; María unge a Jesús con nardo; muchas personas acuden desde Jerusalén para ver y escuchar a Jesús


El hombre más grande 101, párrs. 5-9


Sin embargo, otro residente de Betania invita a Jesús y sus acompañantes a cenar el sábado por la noche. Este es Simón, quien había sido leproso, y quien quizás fue sanado por Jesús algún tiempo antes. Marta está ministrando a los invitados, conforme a su carácter industrioso. Pero, como de costumbre, María presta atención a Jesús, y esta vez lo hace de una manera que agita una controversia.
María abre una cajita o frasco pequeño de alabastro que contiene cerca de medio kilogramo (una libra) de aceite perfumado, “nardo genuino”. Este es muy costoso. En realidad, ¡casi equivale al salario de un año! Cuando María derrama el aceite sobre la cabeza y los pies de Jesús y le enjuga los pies con sus cabellos, la fragancia aromática llena toda la casa.
Los discípulos se encolerizan y preguntan: “¿Para qué este desperdicio?”. Entonces Judas Iscariote dice: “¿Por qué no se vendió este aceite perfumado por trescientos denarios y se dio a los pobres?”. Pero a Judas no le interesan realmente los pobres, pues ha estado hurtando de la caja del dinero de los discípulos.
Jesús sale en defensa de María. “Déjenla —ordena—. ¿Por qué tratan de causarle molestia? Excelente obra ha hecho ella para conmigo. Porque siempre tienen a los pobres con ustedes, y cuando quieran pueden hacerles bien, pero a mí no siempre me tienen. Ella hizo lo que pudo; se anticipó a ponerme aceite perfumado sobre el cuerpo en vista del entierro. En verdad les digo: Dondequiera que se prediquen las buenas nuevas en todo el mundo, lo que hizo esta mujer también se contará para recuerdo de ella.”
Jesús ha estado en Betania ya por más de 24 horas, y la noticia de su presencia se ha esparcido. Por eso, muchas personas vienen a la casa de Simón para ver a Jesús, pero también vienen para ver a Lázaro, quien está allí también. De modo que los sacerdotes principales entran en consejo para matar no solo a Jesús, sino también a Lázaro. ¡Esto se debe a que muchos ponen fe en Jesús al ver con vida al que él levantó de entre los muertos! ¡Qué inicuos son, en verdad, estos líderes religiosos! (Juan 11:55-12:11; Mateo 26:6-13; Marcos 14:3-9; Hechos 1:12.)
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9 de Nisán. Domingo

Entrada triunfal en Jerusalén; enseña en el templo
El hombre más grande 102

Entrada triunfal de Cristo en Jerusalén

LA MAÑANA siguiente, el domingo 9 de Nisán, Jesús sale de Betania con sus discípulos y sube por el monte de los Olivos camino a Jerusalén. En poco tiempo se acercan a Betfagué, en el monte de los Olivos. Jesús da la siguiente instrucción a dos de sus discípulos:
“Pónganse en camino a la aldea que está a su vista, y en seguida hallarán un asna atada, y un pollino con ella; desátenlos y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, tienen que decir: ‘El Señor los necesita’. Con eso él los enviará inmediatamente”.
Aunque al principio los discípulos no ven la conexión entre estas instrucciones y el cumplimiento de la profecía bíblica, después se dan cuenta de ello. El profeta Zacarías había predicho que el Rey prometido de Dios entraría en Jerusalén cabalgando sobre un asno, sí, “aun sobre un animal plenamente desarrollado, hijo de un asna”. El rey Salomón había cabalgado así sobre la prole de un asna en camino a ser ungido.
Cuando los discípulos entran en Betfagué y se apoderan del pollino y el asna, algunos de los que están de pie allí dicen: “¿Qué están haciendo?”. Pero cuando se enteran de que los animales son para el Señor, los hombres dejan que los discípulos los lleven a Jesús. Los discípulos ponen sus prendas de vestir exteriores tanto sobre el asna como sobre el pollino, pero Jesús se sienta sobre el pollino.
Mientras Jesús cabalga hacia Jerusalén, la muchedumbre aumenta. La mayoría de la gente tiende sus prendas de vestir exteriores en el camino, pero otros tienden ramas que cortan de los árboles. Claman: “¡Bendito es El que viene como Rey en el nombre de Jehová! ¡Paz en el cielo, y gloria en los lugares más altos!”.
Algunos fariseos que están en la muchedumbre se molestan por estas proclamaciones y se quejan así a Jesús: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Pero Jesús responde: “Les digo: Si estos permanecieran callados, las piedras clamarían”.
Al acercarse Jesús a Jerusalén, ve la ciudad y empieza a llorar por ella, diciendo: “Si tú, aun tú, hubieras discernido en este día las cosas que tienen que ver con la paz..., pero ahora han sido escondidas de tus ojos”. Por su desobediencia voluntariosa, Jerusalén tiene que rendir cuentas, como predice Jesús:
“Tus enemigos [los romanos bajo el general Tito] edificarán en derredor de ti una fortificación de estacas puntiagudas y te rodearán y te afligirán de todos lados, y te arrojarán al suelo, a ti y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra”. Esa destrucción de Jerusalén predicha por Jesús ocurre de hecho 37 años después, en el año 70 E.C.
Tan solo unas semanas atrás muchos de la muchedumbre habían visto a Jesús resucitar a Lázaro. Ahora estos siguen contando a otros ese milagro. Por eso, cuando Jesús entra en Jerusalén toda la ciudad se pone en conmoción. La gente pregunta: “¿Quién es este?”. Y las muchedumbres siguen diciendo: “¡Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea!”. Al ver lo que sucede, los fariseos se lamentan de no estar logrando absolutamente nada, pues, como dicen: “El mundo se ha ido tras él”.
Jesús, como acostumbra hacer cuando visita Jerusalén, va al templo a enseñar. Allí se le acercan ciegos y cojos, ¡y él los sana! Cuando los sacerdotes principales y los escribas ven las cosas maravillosas que Jesús hace, y cuando oyen a los muchachos en el templo clamar: “¡Salva, rogamos, al Hijo de David!”, se encolerizan. Protestan: “¿Oyes lo que estos están diciendo?”.
Jesús responde: “Sí. ¿Nunca leyeron esto: ‘De la boca de los pequeñuelos y de los lactantes has proporcionado alabanza’?”.
Jesús sigue enseñando, y observa todas las cosas alrededor del templo. Pronto se hace tarde. Por eso él y los 12 emprenden su viaje de unos tres kilómetros (dos millas) de regreso a Betania. Allí pasa la noche del domingo, probablemente en la casa de su amigo Lázaro. (Mateo 21:1-11, 14-17; Marcos 11:1-11; Lucas 19:29-44; Juan 12:12-19; Zacarías 9:9.)
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10 de Nisán. Lunes

Viaja temprano a Jerusalén; limpia el templo; Jehová habla desde el cielo
El hombre más grande 103, 104

Otra visita al templo

JESÚS y sus discípulos acaban de pasar en Betania su tercera noche desde su llegada de Jericó. Ahora, temprano por la mañana el lunes 10 de Nisán, ya están de viaje a Jerusalén. Jesús tiene hambre. Por eso, cuando alcanza a ver una higuera que tiene hojas, va a ver si tiene higos.
Este árbol tiene follaje precoz, pues la época de los higos se espera en junio, y esto sucede a fines de marzo. Sin embargo, parece que Jesús piensa que si el árbol tiene follaje precoz también puede tener higos precoces. Pero queda desilusionado. El follaje ha dado al árbol una apariencia engañosa. Entonces Jesús maldice el árbol así: “Nunca jamás coma ya nadie fruto de ti”. Las consecuencias de esta acción de Jesús, y el significado de esta, se aprenden la mañana siguiente.
Jesús y sus discípulos siguen adelante, y pronto llegan a Jerusalén. Él entra en el templo, que había inspeccionado la tarde anterior. Pero hoy entra en acción, como lo había hecho tres años antes cuando vino a la Pascua de 30 E.C. Jesús echa fuera a los que venden y compran en el templo y vuelca las mesas de los cambistas y los bancos de los que venden palomas. Ni siquiera permite que nadie lleve utensilios por el templo.
Condena con estas palabras a los cambistas y a los que venden animales en el templo: “¿No está escrito: ‘Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones’? Pero ustedes la han hecho una cueva de salteadores”. Son salteadores porque exigen precios exorbitantes de los que no tienen más remedio que comprar de ellos los animales que necesitan para ofrecer sacrificios. Por eso Jesús ve estos tratos de negocio como una forma de extorsión o robo.
Cuando los sacerdotes principales, los escribas y otra gente prominente del pueblo oyen lo que Jesús ha hecho, de nuevo buscan una manera de matarlo. Así prueban que son irreformables. Pero no hallan cómo destruir a Jesús, porque todo el pueblo sigue colgándose de él para oírle.
Además de judíos naturales, gentiles también han venido a la Pascua. Estos son prosélitos, es decir, se han convertido a la religión de los judíos. Ciertos griegos, evidentemente prosélitos, se acercan ahora a Felipe y solicitan ver a Jesús. Felipe habla a Andrés, tal vez para preguntarle si tal reunión sería apropiada. Parece que Jesús todavía está en el templo, donde los griegos pueden verlo.
Jesús sabe que le quedan solo unos cuantos días de vida; por eso, ilustra bien su situación: “Ha llegado la hora para que el Hijo del hombre sea glorificado. Muy verdaderamente les digo: A menos que el grano de trigo caiga en la tierra y muera, permanece un solo grano; pero si muere, entonces lleva mucho fruto”.
Un grano de trigo es de poco valor. Pero ¿qué hay si se pone en el terreno y “muere”, o sea, deja de existir como semilla? Entonces brota o germina y con el tiempo forma un tallo que produce muchísimos granos de trigo. De manera similar, Jesús es un solo hombre perfecto. Pero si muere fiel a Dios, llega a ser el medio de impartir vida eterna a los fieles que tienen su mismo espíritu de abnegación. Por eso Jesús dice: “El que tiene afecto a su alma la destruye, pero el que odia su alma en este mundo la resguardará para vida eterna”.
Es patente que Jesús no piensa sólo en sí mismo, pues pasa a explicar: “Si alguien quiere ministrarme, sígame, y donde yo esté, allí también estará mi ministro. Si alguien quiere ministrarme, el Padre lo honrará”. ¡Qué grandioso galardón reciben los que siguen a Jesús y le ministran! El galardón de ser honrados por el Padre para que se asocien con Cristo en el Reino.
Mientras Jesús piensa en el gran sufrimiento y la dolorosa muerte que le espera, pasa a decir: “Ahora mi alma está perturbada, ¿y qué diré? Padre, sálvame de esta hora”. ¡Si solo se pudiera evitar lo que le espera! Pero no se puede, como él dice: “Por esto he venido a esta hora”. Jesús concuerda con todo lo que Dios ha arreglado, incluso su propia muerte en sacrificio. (Mateo 21:12, 13, 18, 19; Marcos 11:12-18; Lucas 19:45-48; Juan 12:20-27.)
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Se oye por tercera vez la voz de Dios

EN EL templo, Jesús ha estado en angustias por la muerte que pronto tiene que afrontar. Lo que más le preocupa es su efecto en la reputación de su Padre, y por eso ora: “Padre, glorifica tu nombre”.
Entonces, desde los cielos se oye una voz poderosa que proclama: “Lo glorifiqué, y también lo glorificaré de nuevo”.
La muchedumbre que está de pie allí queda perpleja. Algunos empiezan a decir: “Un ángel le ha hablado”. Otros afirman que ha tronado. Pero, en realidad, ¡es Jehová Dios quien ha hablado! Sin embargo, esta no es la primera vez que se ha oído la voz de Dios con relación a Jesús.
Tres años y medio antes, cuando Jesús se bautizó, Juan el Bautizante oyó a Dios decir respecto a Jesús: “Este es mi Hijo, el amado, a quien he aprobado”. Más tarde, algún tiempo después de la Pascua anterior, en la transfiguración de Jesús delante de Santiago, Juan y Pedro, ellos oyeron a Dios decir: “Este es mi Hijo, el amado, a quien he aprobado; escúchenle”. Y ahora, por tercera vez, el 10 de Nisán, cuatro días antes de la muerte de Jesús, los hombres de nuevo oyen la voz de Dios. ¡Pero esta vez Jehová habla de modo que multitudes oigan!
Jesús explica: “Esta voz ha ocurrido, no por mí, sino por ustedes”. Da prueba de que Jesús en verdad es el Hijo de Dios, el Mesías prometido. Jesús pasa a decir: “Ahora se somete a juicio a este mundo; ahora el gobernante de este mundo será echado fuera”. En efecto, el derrotero fiel de Jesús confirma que Satanás el Diablo, el gobernante del mundo, merece ser “echado fuera”, ejecutado.
Jesús señala las consecuencias de Su muerte que se acerca, al decir: “Y sin embargo yo, si soy alzado de la tierra, atraeré a mí a hombres de toda clase”. Su muerte de ninguna manera es una derrota, porque por esa muerte Jesús atraerá a otros a sí para que disfruten de vida eterna.
Pero la muchedumbre protesta: “Nosotros oímos, de la Ley, que el Cristo permanece para siempre; ¿y cómo es que dices tú que el Hijo del hombre tiene que ser alzado? ¿Quién es este Hijo del hombre?”.
A pesar de toda la prueba, incluso el haber oído la propia voz de Dios, la mayoría no cree que Jesús sea el verdadero Hijo del hombre, el Mesías prometido. No obstante, Jesús, como ya había hecho seis meses antes en la fiesta de los Tabernáculos, de nuevo se llama a sí mismo “la luz” y da esta exhortación a sus oyentes: “Mientras tienen la luz, ejerzan fe en la luz, para que lleguen a ser hijos de la luz”. Después de decir estas cosas, Jesús se va y se esconde, evidentemente porque su vida está en peligro.
El que los judíos no pongan fe en Jesús cumple las palabras de Isaías acerca de que ‘los ojos del pueblo están cegados y su corazón endurecido para que no se vuelvan y sean sanados’. Isaías contempló en visión las cortes celestiales de Jehová, y esto incluía a Jesús en la gloria que tuvo con Jehová antes de que fuera hombre. Con todo, los judíos, en cumplimiento de las palabras que Isaías escribió, rechazan tercamente la prueba de que Este es el Libertador prometido.
Por otra parte, muchos de hasta los gobernantes (obviamente miembros del Sanedrín, el tribunal supremo judío) realmente ponen fe en Jesús. Dos de ellos son Nicodemo y José de Arimatea. Pero los gobernantes, por lo menos durante este tiempo, no declaran su fe por temor de que se les eche de sus puestos en la sinagoga. ¡Cuánto se pierden estos!
Jesús pasa a decir: “El que pone fe en mí, no pone fe en mí solamente, sino también en el que me ha enviado; y el que me contempla, contempla también al que me ha enviado. [...] Pero si alguien oye mis dichos y no los guarda, yo no lo juzgo; porque no vine para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. [...] La palabra que he hablado es lo que lo juzgará en el último día”.
El amor de Jehová al mundo de la humanidad lo impulsó a enviar a Jesús para que los que ponen fe en él reciban salvación. El que las personas se salven dependerá de que obedezcan los dichos que Dios mandó que Jesús hablara. El juicio se efectuará “en el último día”, durante el Reinado de Mil Años de Cristo.
Jesús concluye sus palabras así: “No he hablado de mi propio impulso, sino que el Padre mismo, que me ha enviado, me ha dado mandamiento en cuanto a qué decir y qué hablar. También, sé que su mandamiento significa vida eterna. Por lo tanto, las cosas que hablo, así como el Padre me las ha dicho, así las hablo”. (Juan 12:28-50; 19:38, 39; Mateo 3:17; 17:5; Isaías 6:1, 8-10.)
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11 de Nisán. Martes

En Jerusalén, enseña en el templo con ilustraciones; condena a los fariseos; observa la contribución de la viuda; da la señal de su presencia futura
El hombre más grande 105 a 112, párr. 1

El principio de un día crítico

CUANDO Jesús parte de Jerusalén al anochecer del lunes, regresa a Betania, en la ladera oriental del monte de los Olivos. Se han completado dos días de su ministerio final en Jerusalén. Puede que Jesús pase de nuevo la noche en la casa de su amigo Lázaro. Esta es la cuarta noche que ha pasado en Betania desde que llegó de Jericó el viernes.
Ahora, temprano por la mañana el martes 11 de Nisán, él y sus discípulos están de viaje de nuevo. Este resulta ser un día crítico en el ministerio de Jesús, el más ocupado hasta ahora. Es el último día en que se presenta en el templo. Además, es el último día de su ministerio público antes de que se le someta a juicio y ejecute.
Jesús y sus discípulos toman la misma ruta sobre el monte de los Olivos hacia Jerusalén. En aquel camino desde Betania, Pedro nota el árbol que Jesús había maldecido la mañana anterior. “¡Rabí, mira! —exclama—, la higuera que maldijiste se ha marchitado.”
Pero ¿por qué mató Jesús aquel árbol? Él indica por qué, al decir: “En verdad les digo: Si solo tienen fe y no dudan, no solo harán lo que yo hice a la higuera, sino que también si dijeran a esta montaña [el monte de los Olivos, donde están]: ‘Sé alzada y arrojada al mar’, sucederá. Y todas las cosas que pidan en oración, teniendo fe, las recibirán”.
Así, al hacer que el árbol se marchite, Jesús da a sus discípulos una lección práctica sobre lo necesario que es que tengan fe en Dios. Como declara: “Todas las cosas que oran y piden, tengan fe en que pueden darse por recibidas, y las tendrán”. ¡Qué importante lección para ellos, especialmente en vista de las temibles pruebas que se avecinan! Pero hay otra relación entre el que se marchitara la higuera y la cualidad de la fe.
La nación de Israel, tal como esta higuera, presenta una apariencia engañosa. Aunque esta nación está bajo pacto con Dios y aparenta observar Sus reglamentos, no ha demostrado fe ni ha producido buen fruto. ¡Su falta de fe hasta la está llevando a rechazar al propio Hijo de Dios! Por lo tanto, cuando Jesús hace que la higuera infructífera se marchite está demostrando claramente en qué irá a parar al fin esta nación infructífera y sin fe.
Poco después Jesús y sus discípulos llegan a Jerusalén y, como de costumbre, van al templo, donde Jesús empieza a enseñar. Los sacerdotes principales y los ancianos del pueblo —quizás teniendo presente lo que él hizo a los cambistas el día anterior— lo desafían diciendo: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te dio esta autoridad?”.
Jesús responde: “Yo, también, les preguntaré una cosa. Si me la dicen, yo también les diré con qué autoridad hago estas cosas: El bautismo por Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?”.
Los sacerdotes y los ancianos empiezan a consultar entre sí sobre cómo contestarán. “Si decimos: ‘Del cielo’, nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creyeron?’. Sin embargo, si decimos: ‘De los hombres’, tenemos la muchedumbre a quien temer, porque todos tienen a Juan por profeta.”
Los líderes no saben qué responder. Por eso contestan: “No sabemos”.
Jesús, a su vez, dice: “Tampoco les digo yo con qué autoridad hago estas cosas”. (Mateo 21:19-27; Marcos 11:19-33; Lucas 20:1-8.)
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Desenmascarados por las ilustraciones de la viña

JESÚS está en el templo. Acaba de dejar perplejos a los líderes religiosos que exigieron que les dijera con qué autoridad hacía lo que hacía. Antes de que salgan de su perplejidad, Jesús pregunta: “¿Qué les parece?”. Y entonces, por una ilustración, les muestra qué clase de personas realmente son.
“Un hombre tenía dos hijos —relata Jesús—. Dirigiéndose al primero, dijo: ‘Hijo, ve, trabaja hoy en la viña’. En respuesta, este dijo: ‘Iré, señor’, pero no fue. Acercándose al segundo, dijo lo mismo. En respuesta, este dijo: ‘No quiero’. Después le pesó, y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?”, pregunta Jesús.
“El segundo”, contestan sus opositores.
Por eso Jesús explica: “En verdad les digo que los recaudadores de impuestos y las rameras van delante de ustedes al reino de Dios”. Se pudiera decir que al principio los recaudadores de impuestos y las rameras habían rehusado servir a Dios. Pero después —como el segundo hijo— se arrepintieron y le sirvieron. Por otra parte, los líderes religiosos —como el primer hijo— afirmaban que servían a Dios; sin embargo, como Jesús indica: “Juan [el Bautizante] vino a ustedes en camino de justicia, pero ustedes no le creyeron. No obstante, los recaudadores de impuestos y las rameras le creyeron, y a ustedes, aunque vieron esto, no les pesó después, de modo que le creyeran”.
Jesús entonces muestra que la falta de aquellos líderes religiosos no es que simplemente se hayan descuidado en cuanto a servir a Dios. No; lo que sucede es que en verdad son hombres malos, inicuos. “Había un hombre, un amo de casa —relata Jesús—, que plantó una viña y la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar y erigió una torre, y la arrendó a cultivadores, y viajó al extranjero. Cuando llegó la época de los frutos, despachó sus esclavos a los cultivadores para conseguir sus frutos. Sin embargo, los cultivadores tomaron a sus esclavos, y a uno lo golpearon severamente, a otro lo mataron, a otro lo apedrearon. De nuevo despachó otros esclavos, más que los primeros, pero a estos les hicieron lo mismo.”
Los “esclavos” son los profetas a quienes el “amo de casa”, Jehová Dios, envió a “los cultivadores” de su “viña”. Estos cultivadores son representantes prominentes de la nación de Israel, identificada en la Biblia como la “viña” de Dios.
Puesto que “los cultivadores” maltratan y matan a los “esclavos”, Jesús explica: “Por último [el dueño de la viña] despachó su hijo a ellos, diciendo: ‘Respetarán a mi hijo’. Al ver al hijo, los cultivadores dijeron entre sí: ‘Este es el heredero; ¡vengan, matémoslo y consigamos su herencia!’. De modo que lo tomaron y lo echaron fuera de la viña y lo mataron”.
Ahora, dirigiéndose a los líderes religiosos, Jesús pregunta: “Cuando venga el dueño de la viña, ¿qué les hará a aquellos cultivadores?”.
“Por ser malos —contestan los líderes religiosos—, traerá sobre ellos una destrucción mala, y arrendará su viña a otros cultivadores, que le darán los frutos a su tiempo.”
Sin darse cuenta de ello, así los líderes religiosos proclaman juicio contra sí mismos, puesto que ellos están entre los “cultivadores” israelitas de la “viña” nacional de Jehová, Israel. El fruto que Jehová espera de aquellos cultivadores es fe en su Hijo, el verdadero Mesías. Porque no han dado ese fruto, Jesús advierte: “¿Nunca han leído en las Escrituras [en Salmo 118:22, 23]: ‘La piedra que los edificadores rechazaron es la que ha llegado a ser la principal piedra angular. De parte de Jehová ha venido a ser esto, y es maravilloso a nuestros ojos’? Por eso les digo: El reino de Dios les será quitado a ustedes y será dado a una nación que produzca sus frutos. También, el que caiga sobre esta piedra será hecho añicos. En cuanto a cualquiera sobre quien ella caiga, lo pulverizará”.
Los escribas y los sacerdotes principales ahora comprenden que Jesús se refiere a ellos, y quieren matarlo, al “heredero” legítimo. Por eso, el privilegio de ser gobernantes en el Reino de Dios les será quitado a ellos como nación, y se formará una nueva nación de ‘cultivadores de la viña’; una que produzca frutos apropiados.
Porque los líderes religiosos temen a las muchedumbres, que consideran profeta a Jesús, no tratan de matarlo en esta ocasión. (Mateo 21:28-46; Marcos 12:1-12; Lucas 20:9-19; Isaías 5:1-7.)
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La ilustración del banquete de bodas

JESÚS ha desenmascarado a los escribas y a los sacerdotes principales mediante dos ilustraciones, y ellos lo quieren matar. Pero Jesús no ha terminado con ellos. Pasa a darles otra ilustración:
“El reino de los cielos ha llegado a ser semejante a un hombre, un rey, que hizo un banquete de bodas para su hijo. Y envió sus esclavos a llamar a los invitados al banquete de bodas, pero ellos no quisieron venir”.
Jehová Dios es el Rey que prepara el banquete de bodas para su Hijo, Jesucristo. Con el tiempo, la novia de este, compuesta de 144.000 seguidores ungidos, se unirá a Jesús en el cielo. Los súbditos del Rey son el pueblo de Israel, quienes, con su admisión en el pacto de la Ley en 1513 a.E.C., recibieron la oportunidad de llegar a ser “un reino de sacerdotes”. Por eso, en aquella ocasión se les extendió originalmente la invitación al banquete de bodas.
Sin embargo, el primer llamamiento a los invitados no salió sino hasta el otoño de 29 E.C., cuando Jesús y sus discípulos (los esclavos del rey) iniciaron su obra de predicar el Reino. Pero los israelitas naturales, a quienes los esclavos llamaron desde 29 E.C. hasta 33 E.C., no quisieron venir. Por eso Dios puso otra oportunidad ante la nación de invitados, como lo relata Jesús:
“De nuevo envió otros esclavos, diciendo: ‘Digan a los invitados: “¡Miren! He preparado mi comida, mis toros y animales cebados están degollados, y todas las cosas están listas. Vengan al banquete de bodas”’”. Aquel llamamiento segundo y final a los invitados empezó en el Pentecostés de 33 E.C., cuando se derramó espíritu santo sobre los seguidores de Jesús. Este llamamiento siguió hasta 36 E.C.
No obstante, la gran mayoría de aquellos israelitas también despreció este llamamiento. “Sin que les importara, se fueron —dice Jesús—, uno a su propio campo, otro a su negocio comercial; pero los demás, echando mano a los esclavos de él, los trataron insolentemente y los mataron.” “Entonces —dice Jesús— el rey se airó, y envió sus ejércitos, y destruyó a aquellos asesinos y quemó su ciudad.” Esto ocurrió en 70 E.C., cuando los romanos arrasaron Jerusalén, y se dio muerte a aquellos asesinos.
Jesús entonces explica lo que sucedió mientras tanto: “Luego [el rey] dijo a sus esclavos: ‘El banquete de bodas por cierto está listo, pero los invitados no eran dignos. Por eso, vayan a los caminos que salen de la ciudad, e inviten al banquete de bodas a cualquiera que hallen’”. Los esclavos obedecieron, y “la sala para las ceremonias de bodas quedó llena de los que se reclinaban a la mesa”.
Esta obra de reunir convidados de los caminos, fuera de la ciudad de los invitados, empezó en 36 E.C. Cornelio (un oficial del ejército romano) y su familia fueron los primeros no judíos incircuncisos así reunidos. La recolección de estos no judíos, todos los cuales reemplazan a los que originalmente rechazaron el llamamiento, ha continuado hasta el siglo XX.
Es durante el siglo XX cuando se llena la sala para las ceremonias de bodas. Jesús relata lo que entonces sucede: “Cuando el rey entró para inspeccionar a los convidados, alcanzó a ver allí a un hombre no vestido con traje de boda. De modo que le dijo: ‘Amigo, ¿cómo entraste aquí sin tener puesto traje de boda?’. Él enmudeció. Entonces el rey dijo a sus sirvientes: ‘Átenlo de manos y pies y échenlo a la oscuridad de afuera. Allí es donde será su llanto y el crujir de sus dientes’”.
El hombre sin traje de boda representa a los cristianos de imitación de la cristiandad. Dios nunca los ha reconocido como personas que tengan la identificación apropiada de israelitas espirituales. Dios nunca los ungió con espíritu santo como herederos del Reino. Por eso se les echa a la oscuridad, donde se les destruirá.
Jesús concluye su ilustración así: “Porque hay muchos invitados, pero pocos escogidos”. Sí, se invitó a muchos de la nación de Israel a llegar a ser miembros de la novia de Cristo, pero solo unos cuantos israelitas naturales fueron escogidos. Resulta que la mayoría de los 144.000 convidados que reciben la recompensa celestial no son israelitas. (Mateo 22:1-14; Éxodo 19:1-6; Revelación 14:1-3.)
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No pueden entrampar a Jesús

PORQUE Jesús ha estado enseñando en el templo y acaba de dar a sus enemigos religiosos tres ilustraciones que denuncian la iniquidad de ellos, los fariseos se encolerizan y entran en consejo para entramparlo mediante hacerle decir algo por lo cual puedan hacer que se le arreste. Se juntan para tramar y envían discípulos suyos, junto con partidarios de Herodes, para ver si lo pescan en algo.
Aquellos hombres dicen: “Maestro, sabemos que eres veraz y enseñas el camino de Dios en verdad, y no te importa nadie, porque no miras la apariencia exterior de los hombres. Dinos, por lo tanto: ¿Qué te parece? ¿Es lícito pagar la capitación a César, o no?”.
Los halagos de aquellos hombres no engañan a Jesús. Él se da cuenta de que si dice: ‘No, no es lícito ni correcto pagar esta capitación’, será culpable de sedición contra Roma. Sin embargo, si dice: ‘Sí, uno debe pagar esta capitación’, entonces los judíos, quienes desprecian el dominio de Roma sobre ellos, lo odiarán. Por eso contesta: “¿Por qué me ponen a prueba, hipócritas? Muéstrenme la moneda de la capitación”.
Cuando se la traen, pregunta: “¿De quién es esta imagen e inscripción?”.
“De César”, responden.
“Por lo tanto, paguen a César las cosas de César, pero a Dios las cosas de Dios.” Pues bien, cuando estos hombres oyen la respuesta magistral de Jesús, se maravillan. Y se van y lo dejan tranquilo.
Al ver que los fariseos no pueden conseguir nada contra Jesús, los saduceos, que dicen que no hay resurrección, se acercan a él y le preguntan: “Maestro, Moisés dijo: ‘Si alguien muere sin tener hijos, su hermano tiene que tomar a su esposa en matrimonio y levantar prole a su hermano’. Pues había con nosotros siete hermanos; y el primero se casó y falleció, y, no teniendo prole, dejó su esposa a su hermano. Les pasó lo mismo también al segundo y al tercero, hasta el último de los siete. Con posterioridad a todos, murió la mujer. Por consiguiente, en la resurrección, ¿de cuál de los siete será ella esposa? Porque todos la tuvieron”.
Jesús les da esta respuesta: “¿No es por esto por lo que están equivocados, por no conocer ni las Escrituras ni el poder de Dios? Porque cuando se levantan de entre los muertos, ni se casan los hombres ni se dan en matrimonio las mujeres, sino que son como los ángeles en los cielos. Mas concerniente a los muertos, de que son levantados, ¿no leyeron en el libro de Moisés, en el relato acerca de la zarza, cómo Dios le dijo: ‘Yo soy el Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob’? Él no es Dios de muertos, sino de vivos. Ustedes están muy equivocados”.
Las muchedumbres de nuevo quedan atónitas con la respuesta de Jesús. Hasta algunos escribas reconocen: “Maestro, hablaste bien”.
Cuando los fariseos ven que Jesús ha acallado a los saduceos, vienen a él en un solo grupo. Para someterlo a otra prueba, un escriba de entre ellos pregunta: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”.
Jesús contesta: “El primero es: ‘Oye, oh Israel, Jehová nuestro Dios es un solo Jehová, y tienes que amar a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es este: ‘Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo’. No hay otro mandamiento mayor que estos”. De hecho, Jesús añade: “De estos dos mandamientos pende toda la Ley, y los Profetas”.
El escriba concuerda: “Maestro, bien dijiste de acuerdo con la verdad: ‘Uno Solo es Él, y no hay otro fuera de Él’; y esto de amarlo con todo el corazón y con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y esto de amar al prójimo como a uno mismo, vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios”.
Al discernir que el escriba ha contestado inteligentemente, Jesús le dice: “No estás lejos del reino de Dios”.
Jesús ha estado enseñando en el templo por tres días ya (domingo, lunes y martes). La gente lo ha escuchado con gusto; no obstante, los líderes religiosos quieren matarlo, pero hasta ahora sus intentos han sido frustrados. (Mateo 22:15-40; Marcos 12:13-34; Lucas 20:20-40.)
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Jesús denuncia a sus opositores

JESÚS ha confundido tanto a sus opositores religiosos que estos temen seguir haciéndole preguntas. Así que él toma la iniciativa de denunciar la ignorancia de ellos. Pregunta: “¿Qué les parece del Cristo? ¿De quién es hijo?”.
“De David”, contestan los fariseos.
Aunque Jesús no niega que David sea el antepasado físico del Cristo o Mesías, pregunta: “Entonces, ¿cómo es que David por inspiración [en el Salmo 110] lo llama ‘Señor’, diciendo: ‘Jehová dijo a mi Señor: “Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”’? Por lo tanto, si David lo llama ‘Señor’, ¿cómo es él su hijo?”.
Los fariseos callan, pues no saben quién es en verdad el Cristo o Ungido. El Mesías no es simplemente un descendiente humano de David, como parece que creen los fariseos; más bien, había existido en el cielo y era el superior o Señor de David.
Jesús ahora se vuelve hacia las muchedumbres y sus discípulos y les da una advertencia acerca de los escribas y los fariseos. Puesto que estos enseñan la Ley de Dios, pues ‘están sentados en la cátedra de Moisés’, Jesús insta: “Todas las cosas que les digan, háganlas y obsérvenlas”. Pero añade: “No hagan conforme a los hechos de ellos, porque dicen y no hacen”.
Son hipócritas, y Jesús los denuncia en términos similares a los que había usado mientras comía en la casa de cierto fariseo unos meses atrás. Dice: “Todas las obras que hacen, las hacen para ser vistos por los hombres”. Y da ejemplos, al decir:
“Ensanchan las cajitas que contienen escrituras que llevan puestas como resguardos”. Estas cajas relativamente pequeñas que llevan sobre la frente o en el brazo contienen cuatro porciones de la Ley: Éxodo 13:1-10, 11-16 y Deuteronomio 6:4-9; 11:13-21. Pero los fariseos aumentan el tamaño de estas cajas para dar la impresión de que son celosos por la Ley.
Jesús pasa a decir que ellos “agrandan los flecos de sus prendas de vestir”. En Números 15:38-40 se da a los israelitas el mandato de hacer flecos en sus prendas de vestir, pero los fariseos hacen los suyos más grandes que los de las demás personas. ¡Cuanto hacen, lo hacen para ser vistos! Jesús declara: “Les gusta el lugar más prominente”.
Lamentablemente, los propios discípulos de Jesús han sido afectados por este deseo de prominencia. Por eso él les aconseja: “Mas ustedes, no sean llamados Rabí, porque uno solo es su maestro, mientras que todos ustedes son hermanos. Además, no llamen padre de ustedes a nadie sobre la tierra, porque uno solo es su Padre, el Celestial. Tampoco sean llamados ‘caudillos’, porque su Caudillo es uno, el Cristo”. ¡Los discípulos tienen que librarse del deseo de ocupar la posición más importante! Jesús da esta amonestación: “El mayor entre ustedes tiene que ser su ministro”.
Luego Jesús pronuncia una serie de ayes contra los escribas y los fariseos, y varias veces los llama hipócritas. “Cierran el reino de los cielos delante de los hombres”, dice, y: “Ellos son los que devoran las casas de las viudas y por pretexto hacen largas oraciones”.
“¡Ay de ustedes, guías ciegos!”, dice Jesús. Condena a los fariseos por su falta de valores espirituales, que se puede ver por las distinciones arbitrarias que hacen. Por ejemplo, dicen: ‘No es nada si alguien jura por el templo, pero uno queda obligado si jura por el oro del templo’. Al dar más énfasis al oro del templo que al valor espiritual de ese lugar de adoración, revelan su ceguera moral.
Entonces, como lo ha hecho antes, Jesús condena a los fariseos por descuidar “los asuntos de más peso de la Ley, a saber: la justicia y la misericordia y la fidelidad” mientras dan mayor atención a pagar el diezmo o décima parte de hierbas insignificantes.
Jesús llama a los fariseos “guías ciegos, que cuelan el mosquito pero engullen el camello”. Cuelan de su vino el mosquito, no solo porque sea un insecto, sino porque ceremonialmente es inmundo. Sin embargo, su desatención a los asuntos de más peso de la Ley es comparable a tragarse un camello, que también es un animal inmundo en sentido ceremonial. (Mateo 22:41-23:24; Marcos 12:35-40; Lucas 20:41-47; Levítico 11:4, 21-24.)
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Completado el ministerio en el templo

ESTA es la última vez que Jesús se presenta en el templo. De hecho, está por terminar su ministerio público en la Tierra, con excepción de los sucesos relacionados con su juicio y ejecución, que tendrán lugar tres días después. Ahora sigue censurando a los escribas y los fariseos.
Otras tres veces exclama: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas!”. Primero proclama un ay contra ellos porque limpian “el exterior de la copa y del plato, pero por dentro están llenos de saqueo e inmoderación”. Así que aconseja: “Limpia primero el interior de la copa y del plato, para que su exterior también quede limpio”.
Luego pronuncia un ay contra los escribas y los fariseos por la podredumbre y la corrupción internas que tratan de ocultar tras su piedad externa. “Se asemejan a sepulcros blanqueados —dice—, que por fuera realmente parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda suerte de inmundicia.”
Finalmente, la hipocresía de ellos se hace patente porque quieren edificar tumbas para los profetas y adornarlas para llamar atención a sus propias obras de caridad. Pero, como revela Jesús, “son hijos de los que asesinaron a los profetas”. Sí, ¡cualquiera que se atreve a desenmascarar su hipocresía está en peligro!
Continuando, Jesús hace su más vigorosa denuncia. “Serpientes, prole de víboras —dice—, ¿cómo habrán de huir del juicio del Gehena?” Gehena es el valle que se usa como el vertedero de Jerusalén. Lo que Jesús dice, pues, es que los escribas y los fariseos, por el derrotero inicuo que han seguido, serán destruidos para siempre.
Respecto a los que envía como representantes suyos, Jesús dice: “A algunos de ellos ustedes los matarán y fijarán en maderos, y a algunos los azotarán en sus sinagogas y los perseguirán de ciudad en ciudad; para que venga sobre ustedes toda la sangre justa vertida sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías [llamado Jehoiadá en Segundo de Crónicas], a quien ustedes asesinaron entre el santuario y el altar. En verdad les digo: Todas estas cosas vendrán sobre esta generación”.
Porque Zacarías reprendió a los líderes de Israel, estos “conspiraron contra él y lo lapidaron por mandamiento del rey, en el patio de la casa de Jehová”. Pero, como predice Jesús, Israel pagará por toda esa sangre justa que ha derramado. Pagan 37 años más tarde, en 70 E.C., cuando los ejércitos romanos destruyen Jerusalén y más de un millón de judíos perecen.
Al pensar en esta espantosa situación, Jesús se angustia. “Jerusalén, Jerusalén —proclama una vez más—, ¡cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne sus pollitos debajo de sus alas! Pero ustedes no lo quisieron. ¡Miren! Su casa se les deja abandonada a ustedes.”
Entonces Jesús añade: “No me verán de ningún modo de aquí en adelante hasta que digan: ‘¡Bendito es el que viene en el nombre de Jehová!’”. Ese día será durante la presencia de Cristo, cuando él entra en su Reino celestial y la gente lo ve con los ojos de la fe.
Jesús ahora se va a un lugar desde donde puede observar las arcas de la tesorería del templo y a las muchedumbres echando dinero en ellas. Los ricos echan muchas monedas. Pero entonces se acerca también una viuda pobre y echa dos monedas pequeñas de muy poco valor.
Jesús llama a sí a sus discípulos y dice: “En verdad les digo que esta viuda pobre echó más que todos los que están echando dinero en las arcas de la tesorería”. Ellos tienen que preguntarse cómo es posible eso. Así que Jesús explica: “Todos ellos echaron de lo que les sobra, pero ella, de su indigencia, echó cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir”. Después de decir estas cosas, Jesús sale del templo por última vez.
Maravillados por el tamaño y la belleza del templo, uno de los discípulos de Jesús exclama: “Maestro, ¡mira!, ¡qué clase de piedras y qué clase de edificios!”. En efecto, ¡se dice que las piedras miden más de 11 metros (35 pies) de largo, más de 5 metros (15 pies) de ancho, y más de 3 metros (10 pies) de alto!
“¿Contemplas estos grandes edificios?” contesta Jesús. “De ningún modo se dejará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada.”
Después de decir estas cosas, Jesús cruza con sus apóstoles el valle de Cedrón y sube al monte de los Olivos. Desde aquí pueden ver, abajo, aquel magnífico templo. (Mateo 23:25-24:3; Marcos 12:41-13:3; Lucas 21:1-6; 2 Crónicas 24:20-22.)
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La señal de los últimos días

ES MARTES por la tarde. Mientras Jesús está sentado en el monte de los Olivos observando el templo, que se ve abajo, Pedro, Andrés, Santiago y Juan se le acercan en privado. Les preocupa el templo, pues Jesús acaba de predecir que no se dejará piedra sobre piedra en él.
Pero parece que es más que eso lo que tienen presente cuando abordan a Jesús. Unas semanas antes él había hablado de su “presencia”, un tiempo durante el cual “el Hijo del hombre ha de ser revelado”. Y antes de eso les había hablado de “la conclusión del sistema de cosas”. Por eso los apóstoles tienen mucha curiosidad.
“Dinos —dicen—: ¿cuándo serán estas cosas [que tendrán como resultado la destrucción de Jerusalén y su templo], y qué será la señal de tu presencia y de la conclusión del sistema de cosas?” En realidad su pregunta tiene tres partes. Primero, quieren saber sobre el fin de Jerusalén y su templo, después sobre la presencia de Jesús en el poder del Reino, y por último sobre el fin de todo el sistema de cosas.
En su respuesta detallada Jesús contesta las tres partes de la pregunta. Suministra una señal que indica cuándo terminará el sistema de cosas judío; pero provee algo más. Da también una señal que avisará a sus discípulos futuros para que puedan saber que están viviendo durante su presencia y cerca del fin de todo el sistema de cosas.
Con el paso de los años, los apóstoles observan el cumplimiento de la profecía de Jesús. Sí, los mismos sucesos que él predijo empiezan a realizarse en sus tiempos. Por eso la destrucción del sistema judío con su templo no sorprende a los cristianos todavía vivos 37 años después, en 70 E.C.
Sin embargo, la presencia de Cristo y la conclusión del sistema de cosas no tienen lugar en 70 E.C. Su presencia en el poder del Reino tiene lugar mucho tiempo después. Pero ¿cuándo? Una consideración de la profecía de Jesús lo revela.
Jesús predice que habrá “guerras e informes de guerras”. “Se levantará nación contra nación”, dice, y habrá escaseces de alimento, terremotos y pestes. A sus discípulos se les odiará y matará. Falsos profetas se levantarán y extraviarán a muchos. El desafuero aumentará, y el amor de la mayor parte se enfriará. A la misma vez, las buenas nuevas del Reino de Dios se predicarán como testimonio a todas las naciones.
Aunque la profecía de Jesús tiene un cumplimiento limitado antes de la destrucción de Jerusalén en 70 E.C., su cumplimiento en mayor escala acontece durante su presencia y la conclusión del sistema de cosas. Un repaso cuidadoso de los acontecimientos mundiales desde 1914 revela que el cumplimiento mayor de la profecía trascendental de Jesús se ha estado realizando desde aquel año.
Otra parte de la señal que da Jesús es la aparición de “la cosa repugnante que causa desolación”. En 66 E.C. esta cosa repugnante aparece en la forma de los “ejércitos acampados” de Roma que rodean Jerusalén y socavan la muralla del templo. “La cosa repugnante” está donde no debería estar.
En el cumplimiento mayor de la señal la cosa repugnante es la Liga de Naciones y su sucesora, las Naciones Unidas. La cristiandad ve a esta organización para la paz mundial como algo que sustituye al Reino de Dios. ¡Qué repugnante es esto! Por lo tanto, con el tiempo los poderes políticos asociados con la ONU se volverán contra la cristiandad (la Jerusalén antitípica) y la desolarán.
Por eso Jesús predijo: “Habrá gran tribulación como la cual no ha sucedido una desde el principio del mundo hasta ahora, no, ni volverá a suceder”. Aunque la destrucción de Jerusalén en 70 E.C. es en verdad una gran tribulación en la que, según informes, muere más de un millón de personas, no es mayor que la del Diluvio global de los días de Noé. Esto indica que el cumplimiento principal de esta porción de la profecía de Jesús todavía es futuro.
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Confianza durante los últimos días

Al acercarse el fin del martes 11 de Nisán, Jesús sigue hablando con sus apóstoles en el monte de los Olivos acerca de la señal de su presencia con el poder del Reino y de la conclusión del sistema de cosas. Les advierte que no vayan tras falsos Cristos. Les dice que algunos tratarán de “extraviar, si fuera posible, hasta a los escogidos”. Pero, como águilas que tienen vista aguda, estos escogidos se reunirán donde haya verdadero alimento espiritual; es decir, acudirán al Cristo verdadero durante su presencia invisible. No se les extraviará y reunirá alrededor de un Cristo falso.
Los falsos Cristos solo pueden presentarse visiblemente. En contraste con eso, la presencia de Jesús será invisible. Acontecerá durante un período temible de la historia humana, como dice Jesús: “El sol será oscurecido, y la luna no dará su luz”. Sí, este será el tiempo más tenebroso de la existencia de la humanidad. Será como si el sol se oscureciera durante el día y como si la luna no diera su luz por la noche.
Jesús continúa explicando: “Los poderes de los cielos serán sacudidos”. Así indica que los cielos físicos tomarán una apariencia que anunciará males. Los cielos no serán ya solamente el dominio de las aves; habrá en ellos muchos aviones militares, cohetes y sondas espaciales. El temor y la violencia excederán todo lo que se haya experimentado anteriormente en la historia humana.
Como resultado de eso, dice Jesús, habrá “angustia de naciones, por no conocer la salida a causa del bramido del mar y de su agitación, mientras que los hombres desmayan por el temor y la expectación de las cosas que vienen sobre la tierra habitada”. Sí, este período, el más tenebroso de la existencia humana, llevará al tiempo en que, como dice Jesús, “aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre, y entonces todas las tribus de la tierra se golpearán en lamento”.
Pero no todos se lamentarán cuando ‘el Hijo del hombre venga con poder’ a destruir este inicuo sistema de cosas. Los “escogidos”, los 144.000 que estarán con Cristo en su Reino celestial, no se lamentarán, como tampoco se lamentarán sus compañeros, a quienes Jesús ha llamado antes sus “otras ovejas”. A pesar de que viven durante el tiempo más tenebroso de la historia humana, estos responden a las palabras alentadoras de Jesús: “Al comenzar a suceder estas cosas, levántense erguidos y alcen la cabeza, porque su liberación se acerca”.
Para que sus discípulos que vivirían en los últimos días pudieran determinar lo cerca que estaría el fin, Jesús da esta ilustración: “Noten la higuera y todos los demás árboles: Cuando ya echan brotes, ustedes, al observarlo, saben para sí que ya se acerca el verano. Así también ustedes, cuando vean suceder estas cosas, sepan que el reino de Dios está cerca. En verdad les digo: Esta generación no pasará de ningún modo sin que todas las cosas sucedan”.
Por eso, cuando sus discípulos vean el cumplimiento de los muchos diferentes rasgos de la señal, deben darse cuenta de que el fin del sistema de cosas está cerca y de que el Reino de Dios pronto eliminará toda la iniquidad. De hecho, ¡el fin vendrá durante el tiempo en que vive la gente que ve el cumplimiento de todo lo que Jesús predice! Jesús exhorta así a los discípulos que vivirían durante los trascendentales últimos días:
“Presten atención a sí mismos para que sus corazones nunca lleguen a estar cargados debido a comer con exceso y beber con exceso, y por las inquietudes de la vida, y de repente esté aquel día sobre ustedes instantáneamente como un lazo. Porque vendrá sobre todos los que moran sobre la haz de toda la tierra. Manténganse despiertos, pues, en todo tiempo haciendo ruego para que logren escapar de todas estas cosas que están destinadas a suceder, y estar en pie delante del Hijo del hombre”.

Las vírgenes sabias y las necias

Jesús ha estado contestando la petición que le han hecho sus apóstoles de una señal de Su presencia en el poder del Reino. Ahora añade otros rasgos de la señal mediante tres parábolas o ilustraciones.
Los que estuvieran vivos durante la presencia de Cristo verían el cumplimiento de cada ilustración. Él introduce la primera con estas palabras: “Entonces el reino de los cielos llegará a ser semejante a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco eran discretas”.
¡Por la expresión “el reino de los cielos llegará a ser semejante a diez vírgenes” Jesús no quiere decir que la mitad de los que heredan el Reino celestial son necios y la otra mitad discretos! No; más bien quiere decir que, con relación al Reino de los cielos, hay un rasgo que se asemeja a esto o a aquello, o que los asuntos que tienen que ver con el Reino se parecerán a tal o cual cosa.
Las diez vírgenes simbolizan a todos los cristianos que tienen la perspectiva de formar parte del Reino celestial o que afirman que tienen esa perspectiva. Fue en el Pentecostés de 33 E.C. cuando la congregación cristiana fue prometida en matrimonio al Novio resucitado y glorificado, Jesucristo. Pero las bodas se realizarían en el cielo en una fecha posterior que no se especificó.
En la ilustración las diez vírgenes salen con el fin de recibir al novio y unirse a la procesión nupcial. Cuando él llegue, ellas alumbrarán el camino de la procesión con sus lámparas, y así lo honrarán a medida que él lleva a su novia a la casa preparada para ella. Sin embargo, Jesús explica: “Las necias tomaron sus lámparas, pero no tomaron consigo aceite, mientras que las discretas tomaron aceite en sus receptáculos con sus lámparas. Como el novio se tardaba, todas cabecearon y se durmieron”.
La tardanza prolongada del novio indica que la presencia de Cristo como Rey entronizado será en el futuro distante. Por fin él asciende al trono en el año 1914. Durante la noche larga antes de esa entronización, todas las vírgenes se duermen. Pero no se las condena por esto. Se condena a las vírgenes necias por no tener aceite para sus receptáculos. Jesús explica que las vírgenes se despiertan antes de que el novio llegue: “Justamente a mitad de la noche se levantó un clamor: ‘¡Aquí está el novio! Salgan a su encuentro’. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y pusieron en orden sus lámparas. Las necias dijeron a las discretas: ‘Dennos de su aceite, porque nuestras lámparas están a punto de apagarse’. Las discretas contestaron con las palabras: ‘Tal vez no haya suficiente para nosotras y ustedes. Vayan, más bien, a los que lo venden y compren para ustedes’”.
El aceite es símbolo de lo que mantiene a los verdaderos cristianos resplandeciendo como iluminadores. Esto es la Palabra inspirada de Dios, la cual tienen firmemente asida los cristianos, junto con el espíritu santo que les ayuda a entender esa Palabra. El aceite espiritual permite que las vírgenes discretas esparzan luz al recibir al novio durante la procesión al banquete de bodas. Pero la clase de las vírgenes necias no tiene en sí, en sus receptáculos, el aceite espiritual necesario. De modo que Jesús describe lo que sucede:
“Mientras [las vírgenes necias] iban a comprar [aceite], llegó el novio, y las vírgenes que estaban listas entraron con él al banquete de bodas; y la puerta fue cerrada. Después vinieron también las demás vírgenes, y dijeron: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’. En respuesta, él dijo: ‘Les digo la verdad: no las conozco’”.
Después que Cristo llega en su Reino celestial, la clase de las vírgenes discretas, compuesta de verdaderos cristianos ungidos, despierta a su privilegio de esparcir luz en este mundo tenebroso en alabanza del Novio que ha regresado. Pero aquellos a quienes representan las vírgenes necias no están preparados para dar esta alabanza de bienvenida. Por eso, cuando llega la hora, Cristo no les abre la puerta al banquete de bodas en el cielo. Los deja fuera en la negrura de la noche más tenebrosa del mundo, para que perezcan con todos los demás obradores del desafuero. Jesús concluye: “Manténganse alerta, pues, porque no saben ni el día ni la hora”.

La ilustración de los talentos

Jesús sigue su consideración con los apóstoles en el monte de los Olivos y les da otra ilustración, la segunda de una serie de tres. Unos días atrás, mientras estaba en Jericó, dio la ilustración de las minas para mostrar que el Reino todavía estaba en el futuro lejano. La ilustración que presenta ahora, aunque tiene varios rasgos similares a los de aquella, describe en su cumplimiento actividades que tienen lugar durante la presencia de Cristo en el poder del Reino. Ilustra que, mientras todavía están en la Tierra, sus discípulos tienen que trabajar para aumentar los “bienes” de Cristo.
Jesús empieza así: “Porque es [es decir, las circunstancias relacionadas con el Reino son] justamente como un hombre que, estando para emprender un viaje al extranjero, mandó llamar a sus esclavos y les encargó sus bienes”. Jesús es el hombre que, antes de viajar al extranjero, o sea, al cielo, encarga sus bienes a sus esclavos... los discípulos que esperan formar parte del Reino celestial. Estos bienes no son posesiones materiales; más bien, representan un campo cultivado que, por lo que Jesús ha hecho, puede producir más discípulos.
Jesús encarga sus bienes a sus esclavos poco antes de ascender al cielo. ¿Cómo lo hace? Al mandarles que sigan trabajando en el campo cultivado mediante predicar el mensaje del Reino hasta las partes más distantes de la Tierra. Como dice Jesús: “A uno dio cinco talentos; a otro, dos; y a otro, uno, a cada uno según su propia habilidad, y se fue al extranjero”.
Así, los ocho talentos —los bienes de Cristo— se distribuyen según las aptitudes o capacidades espirituales de los esclavos. Los esclavos representan clases de discípulos. En el primer siglo, la clase que recibió los cinco talentos evidentemente incluía a los apóstoles. Jesús pasa a decir que tanto el esclavo que recibió los cinco talentos como el que recibió los dos talentos los duplicaron al predicar el Reino y hacer discípulos. Pero el esclavo que recibió un solo talento lo escondió en la tierra.
“Después de mucho tiempo —continúa Jesús— vino el amo de aquellos esclavos y ajustó cuentas con ellos.” No fue sino hasta unos 1.900 años más tarde, en el siglo XX, cuando Cristo regresó para ajustar cuentas, de modo que en verdad fue “después de mucho tiempo”. Entonces Jesús explica:
“Se presentó el que había recibido cinco talentos y trajo cinco talentos más, diciendo: ‘Amo, me encargaste cinco talentos; mira, gané otros cinco talentos’. Su amo le dijo: ‘¡Bien hecho, esclavo bueno y fiel! Fuiste fiel sobre unas cuantas cosas. Te nombraré sobre muchas cosas. Entra en el gozo de tu amo’”. El esclavo que recibió dos talentos también los duplicó, y recibió el mismo encomio y la misma recompensa.
Pero ¿cómo entran estos esclavos fieles en el gozo de su Amo? Pues bien, el gozo de su Amo, Jesucristo, es el de recibir en posesión el Reino cuando viaja al extranjero, a su Padre en el cielo. En cuanto a los esclavos fieles de la actualidad, ellos se sienten muy gozosos de que se les confíen más responsabilidades relacionadas con el Reino, y a medida que terminan su carrera terrestre tienen el gozo culminante de ser resucitados como parte del Reino celestial. Pero ¿qué hay del tercer esclavo?
“Amo, yo sabía que eres hombre exigente —se queja el esclavo—. De modo que me dio miedo, y me fui, y escondí tu talento en la tierra. Aquí tienes lo tuyo.” El esclavo se negó deliberadamente a trabajar en el campo cultivado mediante predicar y hacer discípulos. Por eso el amo lo llama “inicuo e indolente” y pronuncia el juicio: “Quítenle el talento [...] Y al esclavo que no sirve para nada, échenlo a la oscuridad de afuera. Allí es donde será su llanto y el crujir de sus dientes”. Los que pertenecen a la clase de este esclavo inicuo son echados fuera y quedan privados de todo gozo espiritual.
Esta es una lección seria para todos los que afirman ser seguidores de Cristo. Si quieren disfrutar del encomio y la recompensa que él da, y evitar que se les eche a la oscuridad de afuera y finalmente a la destrucción, deben trabajar para dar aumento a los bienes de su Amo celestial mediante participar de lleno en la obra de predicar. A este respecto, ¿manifiesta diligencia usted?

Cuando Cristo llega con el poder del Reino

Jesús todavía está con sus apóstoles en el monte de los Olivos. En respuesta a lo que ellos le han pedido, una señal de su presencia y de la conclusión del sistema de cosas, ahora les da la última de la serie de tres ilustraciones. Jesús la empieza así: “Cuando el Hijo del hombre llegue en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre su glorioso trono”.
Los humanos no pueden ver a los ángeles en su gloria celestial. Por eso la llegada del Hijo del hombre, Jesucristo, con sus ángeles tiene que ser invisible a los ojos humanos. Esta llegada acontece en el año 1914. Pero ¿qué propósito tiene? Jesús explica: “Todas las naciones serán reunidas delante de él, y separará a la gente unos de otros, así como el pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha, pero las cabras a su izquierda”.
Jesús da esta descripción de lo que les sucederá a las personas a quienes se separa hacia el lado favorecido: “Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, ustedes que han sido bendecidos por mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo’”. Las ovejas de esta ilustración no van a gobernar con Cristo en el cielo, sino que heredan el Reino en el sentido de ser sus súbditos terrestres. “La fundación del mundo” tuvo lugar cuando Adán y Eva engendraron prole que podía beneficiarse de la provisión divina para la redención de la humanidad.
Pero ¿por qué se separa a las ovejas hacia el lado del favor de Rey, hacia su derecha? “Porque me dio hambre —contesta el rey—, y ustedes me dieron de comer; me dio sed, y me dieron de beber. Fui extraño, y me recibieron hospitalariamente; desnudo estuve, y me vistieron. Enfermé, y me cuidaron. Estuve en prisión, y vinieron a mí.”
Puesto que las ovejas están en la Tierra, quieren saber cómo pudieran haber hecho cosas tan buenas para su Rey celestial. “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos —preguntan—, o con sed, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos extraño y te recibimos hospitalariamente, o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo, o en prisión, y fuimos a ti?”
“En verdad les digo —contesta el Rey—: Al grado que lo hicieron a uno de los más pequeños de estos hermanos míos, a mí me lo hicieron.” Los hermanos de Cristo son los que quedan en la Tierra de los 144.000 que gobernarán con él en el cielo. Y Jesús dice que hacerles el bien a ellos equivale a hacerle el bien a él.
Luego el Rey se dirige a las cabras. “Váyanse de mí, ustedes que han sido maldecidos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque me dio hambre, pero ustedes no me dieron de comer, y me dio sed, pero no me dieron de beber. Fui extraño, pero no me recibieron hospitalariamente; desnudo estuve, pero no me vistieron; enfermo y en prisión, pero no me cuidaron.”
Pero las cabras se quejan: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre, o con sed, o extraño, o desnudo, o enfermo, o en prisión, y no te ministramos?”. Las cabras reciben juicio adverso sobre la misma base que se usa para pronunciar juicio favorable sobre las ovejas. “Al grado que no lo hicieron a uno de estos más pequeños [de mis hermanos] —contesta Jesús—, no me lo hicieron a mí.”
Así que la presencia de Cristo con el poder del Reino, precisamente antes del fin de este inicuo sistema de cosas en la gran tribulación, será un tiempo de juicio. Las cabras “partirán al cortamiento eterno, pero los justos [las ovejas] a la vida eterna”. (Mateo 24:2-25:46; 13:40, 49; Marcos 13:3-37; Lucas 21:7-36; 19:43, 44; 17:20-30; 2 Timoteo 3:1-5; Juan 10:16; Revelación 14:1-3.)
Cercana la última Pascua de Jesús
AL ACERCARSE el fin del martes 11 de Nisán, Jesús termina de instruir a los apóstoles en el monte de los Olivos. ¡Qué día tan ocupado y difícil han tenido! Ahora, quizás mientras regresan a Betania para pasar la noche allí, Jesús dice a sus apóstoles: “Saben que de aquí a dos días ocurre la pascua, y el Hijo del hombre ha de ser entregado para ser fijado en un madero”.

12 de Nisán. Miércoles

Día tranquilo con sus discípulos en Betania; Judas se dispone a traicionarlo
El hombre más grande 112, párrs. 2-4


Parece que Jesús pasa el día siguiente, el miércoles 12 de Nisán, descansando tranquilamente con sus apóstoles. El día anterior él había reprendido públicamente a los líderes religiosos, y se da cuenta de que procuran matarlo. Por eso el miércoles no se manifiesta abiertamente en público, pues no quiere que nada le impida celebrar la Pascua con sus apóstoles la noche siguiente.
Mientras tanto, los sacerdotes principales y los ancianos del pueblo se han reunido en el patio del sumo sacerdote, Caifás. Heridos por el ataque de Jesús contra ellos el día anterior, planean prenderlo mediante un ardid astuto y hacer que se le dé muerte. Pero siguen diciendo: “No en la fiesta, para que no se levante un alboroto entre el pueblo”. Temen al pueblo, pues este favorece a Jesús.
Mientras los líderes religiosos conspiran inicuamente para matar a Jesús, viene alguien a visitarlos. Para sorpresa de ellos, es uno de los mismos apóstoles de Jesús, Judas Iscariote, ¡aquel en quien Satanás ha implantado la vil idea de traicionar a su Maestro! Ellos se alegran mucho cuando Judas pregunta: “¿Qué me darán para que lo traicione a ustedes?”. Con gusto concuerdan en pagarle 30 piezas de plata, el precio de un esclavo según el pacto de la Ley de Moisés. Desde entonces en adelante Judas busca la ocasión propicia para entregarles a Jesús sin que haya una muchedumbre presente.
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13 de Nisán. Jueves

Pedro y Juan hacen preparativos para la Pascua en Jerusalén; Jesús y los otros diez apóstoles llegan un poco antes del anochecer
El hombre más grande 112, párr. 5 a 113, párr. 1

El 13 de Nisán empieza al anochecer el miércoles. Jesús llegó de Jericó el viernes, de modo que esta es la sexta y última noche que pasa en Betania. El día siguiente, jueves, habrá que hacer los preparativos finales para la Pascua, que comienza al ponerse el Sol. Es entonces cuando el cordero de la Pascua tiene que ser degollado y luego asado entero. ¿Dónde celebrarán la fiesta, y quién hará los preparativos?
Jesús no ha suministrado tales detalles, quizás para evitar que Judas avise a los sacerdotes principales y estos lo prendan durante la celebración de la Pascua. Pero ahora, probablemente temprano el jueves por la tarde, Jesús envía desde Betania a Pedro y a Juan y les dice: “Vayan y preparen la pascua para que la comamos”.
“¿Dónde quieres que la preparemos?”, preguntan.
“Al entrar en la ciudad —explica Jesús— los encontrará un hombre que lleva una vasija de barro con agua. Síganlo hasta dentro de la casa en que entre. Y tienen que decir al dueño de la casa: ‘El Maestro te dice: “¿Dónde está el cuarto para convidados en que pueda comer la pascua con mis discípulos?”’. Y ese les mostrará un cuarto grande, arriba, amueblado. Prepárenla allí.”
Puede que el dueño de la casa sea un discípulo de Jesús que quizás espera que Jesús solicite el uso de su casa para esta ocasión especial. De todos modos, cuando Pedro y Juan llegan a Jerusalén, hallan todo como lo predijo Jesús. De modo que los dos se aseguran de que el cordero esté listo y se hagan los demás preparativos para suplir lo necesario a los 13 que celebrarán la Pascua allí, Jesús y sus 12 apóstoles. (Mateo 26:1-5, 14-19; Marcos 14:1, 2, 10-16; Lucas 22:1-13; Éxodo 21:32.)
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Humildad en la última Pascua

EN OBEDIENCIA a las instrucciones de Jesús, ya Pedro y Juan han llegado a Jerusalén para hacer los preparativos para la Pascua. Parece que Jesús llega con los otros diez apóstoles algún tiempo después aquella tarde. El Sol va hundiéndose en el horizonte mientras Jesús y sus compañeros descienden del monte de los Olivos. Esta es la última vista diurna que Jesús tiene de la ciudad desde esta montaña antes de su resurrección.

14 de Nisán. Jueves por la noche

Celebración de la Pascua; Jesús lava los pies de los apóstoles; Judas sale a traicionar a Jesús; Cristo instituye la Conmemoración de su muerte
El hombre más grande 113, párr. 2 a 117

En poco tiempo Jesús y sus compañeros llegan a la ciudad y se dirigen al hogar donde han de celebrar la Pascua. Suben las escaleras al cuarto grande de arriba y hallan todo preparado para su celebración privada de la Pascua. Jesús ha anhelado esta ocasión, pues dice: “En gran manera he deseado comer con ustedes esta pascua antes que sufra”.
Por tradición, en la celebración de la Pascua se beben cuatro copas de vino. Después de aceptar lo que evidentemente es la tercera copa, Jesús da gracias y dice: “Tomen esta y pásenla del uno al otro entre ustedes; porque les digo: De ahora en adelante no volveré a beber del producto de la vid hasta que llegue el reino de Dios”.
Mientras la cena progresa, Jesús se levanta, pone a un lado sus prendas de vestir exteriores, toma una toalla y llena de agua una palangana. Por lo general el anfitrión se encargaría de que se les lavaran los pies a sus invitados. Pero en vista de que en esta ocasión no hay ningún anfitrión presente, Jesús atiende este servicio personal. Cualquiera de los apóstoles podría haber aprovechado la oportunidad para hacerlo; sin embargo, quizás porque todavía existe cierta rivalidad entre ellos, ninguno lo hace. Ahora se avergüenzan a medida que Jesús empieza a lavarles los pies.
Cuando Jesús llega a Pedro, este protesta: “Tú ciertamente no me lavarás los pies nunca”.
“A menos que te lave, no tienes parte conmigo”, dice Jesús.
“Señor —responde Pedro—, no los pies solamente, sino también las manos y la cabeza.”
“El que se ha bañado —contesta Jesús— no necesita lavarse más que los pies, sino que está todo limpio. Y ustedes están limpios, pero no todos.” Dice esto porque sabe que Judas Iscariote tiene planes de traicionarlo.
Cuando Jesús ha lavado los pies de los 12, incluso los de Judas, el que lo va a traicionar, se pone sus prendas de vestir exteriores y se recuesta de nuevo a la mesa. Entonces pregunta: “¿Saben lo que les he hecho? Ustedes me llaman: ‘Maestro’, y, ‘Señor’, y hablan correctamente, porque lo soy. Por eso, si yo, aunque soy Señor y Maestro, les he lavado los pies a ustedes, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque yo les he puesto el modelo, que, así como yo hice con ustedes, ustedes también deben hacerlo. Muy verdaderamente les digo: El esclavo no es mayor que su amo, ni es el enviado mayor que el que lo envió. Si saben estas cosas, felices son si las hacen”.
¡Qué hermosa lección de servicio humilde! Los apóstoles no deben procurar el primer lugar, ni pensar que son tan importantes que otros siempre deban servirles. Es necesario que sigan el modelo que puso Jesús. No es un modelo de lavar pies en un rito. No; es de estar uno dispuesto a servir sin parcialidad, sin importar cuán servil o desagradable sea la tarea. (Mateo 26:20, 21; Marcos 14:17, 18; Lucas 22:14-18; 7:44; Juan 13:1-17.)
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La cena conmemorativa

DESPUÉS que Jesús lava los pies a sus apóstoles, cita el texto de Salmo 41:9: “El que comía de mi pan ha alzado contra mí su talón”. Entonces, perturbado en espíritu, explica: “Uno de ustedes me traicionará”.
Los apóstoles empiezan a contristarse y a decir a Jesús, uno por uno: “No soy yo, ¿verdad?”. Hasta Judas Iscariote pregunta lo mismo. Juan, quien está reclinado a la mesa al lado de Jesús, se recuesta sobre el pecho de Jesús y le pregunta: “Señor, ¿quién es?”.
“Es uno de los doce, que moja conmigo en la fuente común —contesta Jesús—. Cierto, el Hijo del hombre se va, así como está escrito respecto a él, mas ¡ay de aquel hombre por medio de quien el Hijo del hombre es traicionado! Le hubiera sido mejor a aquel hombre no haber nacido.” Después de aquello, Satanás entra de nuevo en Judas, aprovechándose de que este le ha abierto el corazón, que se ha hecho inicuo. Más tarde aquella noche, apropiadamente Jesús llama a Judas “el hijo de destrucción”.
Jesús ahora dice a Judas: “Lo que haces, hazlo más pronto”. Ninguno de los demás apóstoles comprende lo que Jesús quiere decir. Algunos se imaginan que, como Judas tiene la caja del dinero, Jesús le está diciendo: “Compra las cosas que necesitamos para la fiesta”, o que debe ir a dar algo a los pobres.
Después que Judas sale, Jesús instituye con sus apóstoles fieles una celebración o conmemoración completamente nueva. Toma un pan, hace una oración de gracias, lo parte y se lo da a ellos, diciendo: “Tomen, coman”. Explica: “Esto significa mi cuerpo que ha de ser dado a favor de ustedes. Sigan haciendo esto en memoria de mí”.
Después que cada uno ha comido del pan, Jesús toma una copa de vino, evidentemente la cuarta copa que se usa en el servicio de la Pascua. También da gracias en oración por esta, se la pasa a ellos, les pide que beban de ella, y declara: “Esta copa significa el nuevo pacto en virtud de mi sangre, que ha de ser derramada a favor de ustedes”.
De modo que esto es, en realidad, una conmemoración de la muerte de Jesús. Ha de celebrarse anualmente el 14 de Nisán, como dice Jesús, en memoria de él. Recordará a los celebrantes lo que Jesús y su Padre celestial han hecho para proveer escape de la condenación de la muerte a la humanidad. Para los judíos que llegan a ser seguidores de Cristo esta celebración reemplazará a la Pascua.
El nuevo pacto, que entra en vigor mediante la sangre derramada de Jesús, reemplaza al viejo pacto de la Ley. Jesucristo es el Mediador entre dos partes... por un lado, Jehová Dios, y por el otro 144.000 cristianos que son engendrados mediante el espíritu. Además de hacer provisión para perdonar pecados, el pacto permite la formación de una nación celestial de reyes y sacerdotes. (Mateo 26:21-29; Marcos 14:18-25; Lucas 22:19-23; Juan 13:18-30; 17:12; 1 Corintios 5:7.)
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Una discusión acalorada

TEMPRANO por la noche, Jesús enseñó una hermosa lección de servicio humilde al lavar los pies a sus apóstoles. Después instituyó la Conmemoración de su muerte ya cercana. Ahora, especialmente en vista de lo que acaba de pasar, algo sorprendente sucede. ¡Sus apóstoles entran en una discusión acalorada sobre quién pudiera ser el mayor entre ellos! Parece que esto es parte de una disputa que ha persistido entre ellos.
Recuerde que después de la transfiguración de Jesús en la montaña los apóstoles tuvieron una discusión sobre quién entre ellos era el mayor. Además, Santiago y Juan solicitaron puestos prominentes en el Reino, algo que agravó la disputa entre los apóstoles. Ahora, en la última noche de Jesús con ellos, ¡cómo debe entristecer a Jesús el verlos reñir de nuevo! ¿Qué hace él?
En vez de regañar a los apóstoles por comportarse así, Jesús, con paciencia, de nuevo razona con ellos y les dice: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y a los que tienen autoridad sobre ellas se les llama Benefactores. Ustedes, sin embargo, no han de ser así. [...] Porque, ¿cuál es mayor?: ¿el que se reclina a la mesa, o el que ministra? ¿No es el que se reclina a la mesa?”. Entonces, recordándoles el ejemplo que ha dado, dice: “Mas yo estoy en medio de ustedes como el que ministra”.
A pesar de sus imperfecciones, los apóstoles han permanecido con Jesús durante Sus pruebas. Por eso él dice: “Yo hago un pacto con ustedes, así como mi Padre ha hecho un pacto conmigo, para un reino”. Este pacto personal entre Jesús y sus seguidores leales los une a él para que participen con él en Su dominio real. Al fin solo se acepta a un número limitado de 144.000 personas en este pacto para un Reino.
Aunque los apóstoles reciben esta perspectiva maravillosa de participar con Cristo en la gobernación del Reino, por ahora están débiles en sentido espiritual. Jesús dice: “A todos ustedes se les hará tropezar respecto a mí esta noche”. Sin embargo, tras decirle a Pedro que ha orado por él, Jesús lo exhorta así: “Una vez que hayas vuelto, fortalece a tus hermanos”.
“Hijitos —explica Jesús—, estoy con ustedes un poco de tiempo más. Me buscarán ustedes; y así como dije a los judíos: ‘A donde yo voy ustedes no pueden venir’, también se lo digo a ustedes ahora. Les doy un nuevo mandamiento: que se amen unos a otros; así como yo los he amado, que ustedes también se amen los unos a los otros. En esto todos conocerán que ustedes son mis discípulos, si tienen amor entre sí.”
“Señor, ¿adónde vas?”, pregunta Pedro.
Jesús contesta: “A donde yo voy no puedes seguirme ahora, pero seguirás después”.
“Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora?”, quiere saber Pedro. “Entregaré mi alma a favor de ti.”
“¿Entregarás tu alma a favor de mí?”, pregunta Jesús. “En verdad te digo: Hoy tú, sí, esta noche, antes que un gallo cante dos veces, hasta tú me repudiarás tres veces.”
“Aun cuando tenga que morir contigo —protesta Pedro—, de ningún modo te repudiaré.” Y mientras los demás apóstoles dicen lo mismo, Pedro se jacta: “Aunque a todos los demás se les haga tropezar respecto a ti, ¡a mí nunca se me hará tropezar!”.
Refiriéndose a la ocasión en que envió a los apóstoles en una gira de predicación por Galilea sin bolsa ni alforja, Jesús pregunta: “No les faltó nada, ¿verdad?”.
“¡No!”, responden.
“Mas ahora, el que tiene bolsa, tómela, así mismo también la alforja —dice él—; y el que no tiene espada venda su prenda de vestir exterior y compre una. Porque les digo que esto que está escrito tiene que realizarse en mí, a saber: ‘Y fue contado con los desaforados’. Porque lo que tiene que ver conmigo está realizándose.”
Jesús señala así al tiempo en que será fijado en un madero con malhechores o desaforados. También está indicando que después de eso sus seguidores afrontarán persecución severa. “Señor, ¡mira!, aquí hay dos espadas”, dicen ellos.
“Basta”, contesta él. Como veremos, el que ellos tengan las espadas consigo permitirá que dentro de poco Jesús les enseñe otra lección vital. (Mateo 26:31-35; Marcos 14:27-31; Lucas 22:24-38; Juan 13:31-38; Revelación 14:1-3.)
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Prepara a los apóstoles para Su partida

LA CENA de la conmemoración ha terminado, pero Jesús y sus apóstoles todavía están en el cuarto superior. Aunque pronto Jesús se habrá ido, todavía tiene mucho que decirles. Los consuela así: “No se les perturbe el corazón. Ejerzan fe en Dios”. Pero añade: “Ejerzan fe también en mí”.
Jesús pasa a decir: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas [...] voy a preparar un lugar para ustedes [...] para que donde yo estoy también estén ustedes. Y a donde yo voy ustedes saben el camino”. Los apóstoles no comprenden que Jesús se refiere a su partida hacia el cielo, y por eso Tomás pregunta: “Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo sabemos el camino?”.
“Yo soy el camino y la verdad y la vida”, contesta Jesús. Sí, solo por aceptarlo e imitar su proceder en la vida puede alguien entrar en la casa celestial de su Padre, porque, como dice Jesús: “Nadie viene al Padre sino por mí”.
“Señor, muéstranos al Padre —pide Felipe—, y nos basta.” Parece que Felipe quiere que Jesús suministre una manifestación visible de Dios, como la que se concedió en la antigüedad por visiones a Moisés, Elías e Isaías. Pero en realidad los apóstoles tienen algo mucho mejor que visiones de ese tipo, como hace notar Jesús: “¿He estado con ustedes tanto tiempo, y aun así, Felipe, no has llegado a conocerme? El que me ha visto a mí ha visto al Padre también”.
Jesús refleja con tanta perfección la personalidad de su Padre que el vivir con él y observarlo es, de hecho, como en realidad ver al Padre. Sin embargo, el Padre es superior al Hijo, como reconoce Jesús: “Las cosas que les digo a ustedes no las hablo por mí mismo”. Como es propio, Jesús atribuye a su Padre celestial el mérito por lo que enseña.
¡Cuánto debe animar a los apóstoles oír a Jesús decirles: “El que ejerce fe en mí, ese también hará las obras que yo hago; y hará obras mayores que estas”! Jesús no quiere decir que sus seguidores tendrán poderes milagrosos mayores que los de él. No; lo que quiere decir es que efectuarán el ministerio por un tiempo mucho más largo, en territorio mucho más extenso, y alcanzarán a muchas más personas.
Jesús no abandonará a sus discípulos después de su partida. “Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre —promete—, esto lo haré.” Además, dice: “Yo pediré al Padre, y él les dará otro ayudante que esté con ustedes para siempre, el espíritu de la verdad”. Más tarde, después de ascender al cielo, Jesús derrama sobre sus discípulos el espíritu santo, este otro ayudante.
Se acerca el momento en que Jesús ha de partir, como dice: “Un poco más y el mundo ya no me contemplará”. Jesús será una criatura celestial que ningún humano puede ver. Pero de nuevo promete a sus apóstoles fieles: “Ustedes me contemplarán, porque yo vivo y ustedes vivirán”. Sí; Jesús no solo se les aparecerá en forma humana después de su resurrección, sino que, al debido tiempo, también los resucitará a la vida en el cielo con él como criaturas celestiales, o espíritus.
Jesús ahora declara una regla sencilla: “El que tiene mis mandamientos y los observa, ese es el que me ama. A su vez, el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me mostraré a él claramente”.
Al oír eso, el apóstol Judas, aquel a quien también se llama Tadeo, le interrumpe diciendo: “Señor, ¿qué ha pasado que vas a mostrarte claramente a nosotros y no al mundo?”.
“Si alguien me ama —responde Jesús—, observará mi palabra, y mi Padre lo amará [...] El que no me ama no observa mis palabras.” A diferencia de los obedientes seguidores de Jesús, el mundo pasa por alto las enseñanzas de Cristo. Por eso él no se revela al mundo.
Durante su ministerio terrestre Jesús ha enseñado muchas cosas a sus apóstoles. ¿Cómo las recordarán, especialmente cuando hasta este momento es tanto lo que no han podido captar? Felizmente, Jesús promete: “El ayudante, el espíritu santo, que el Padre enviará en mi nombre, ese les enseñará todas las cosas y les hará recordar todas las cosas que les he dicho”.
Jesús los consuela de nuevo, así: “La paz les dejo, mi paz les doy. [...] No se les perturbe el corazón”. Es cierto que Jesús se va, pero les explica: “Si me amaran, se regocijarían de que sigo mi camino al Padre, porque el Padre es mayor que yo”.
El tiempo que le queda a Jesús para estar con ellos es corto. “Ya no hablaré mucho con ustedes —dice—, porque el gobernante del mundo viene. Y él no tiene dominio sobre mí.” Satanás el Diablo, quien pudo entrar en Judas y dominarlo, es el gobernante del mundo. Pero Jesús no tiene ninguna debilidad asociada con pecado que pudiera usar Satanás para apartarlo de servir a Dios.

Disfrutan de una relación íntima

Después de la cena conmemorativa, Jesús ha estado animando a sus apóstoles con un discurso informal íntimo. Puede que ya sea más de la medianoche. Por eso Jesús insta: “Levántense, vámonos de aquí”. Sin embargo, antes de partir, Jesús, movido por su amor a ellos, sigue hablando y da una ilustración motivadora.
“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el cultivador”, empieza. El Gran Cultivador, Jehová Dios, plantó esta vid simbólica cuando ungió a Jesús con espíritu santo en su bautismo en el otoño de 29 E.C. Pero Jesús pasa a mostrar que la vid simboliza más que solo a él, cuando dice: “Todo sarmiento en mí que no lleva fruto, él lo quita, y todo el que lleva fruto él lo limpia, para que lleve más fruto. [...] Así como el sarmiento no puede llevar fruto por sí mismo a menos que permanezca en la vid, así mismo tampoco pueden ustedes, a menos que permanezcan en unión conmigo. Yo soy la vid, ustedes son los sarmientos”.
En el Pentecostés —51 días después— los apóstoles y otros llegan a ser sarmientos de la vid cuando se derrama espíritu santo sobre ellos. Con el tiempo, 144.000 personas llegan a ser sarmientos de la vid figurativa. Junto con el tronco de la vid, Jesucristo, estas personas componen una vid simbólica que produce los frutos del Reino de Dios.
Jesús explica lo esencial para producir fruto: “El que permanece en unión conmigo, y yo en unión con él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí ustedes no pueden hacer nada”. No obstante, si alguien no produce fruto, Jesús dice que “es echado fuera como un sarmiento, y se seca; y a esos sarmientos los recogen y los arrojan al fuego, y se queman”. Por otra parte, Jesús promete: “Si permanecen en unión conmigo y mis dichos permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se efectuará para con ustedes”.
Además, Jesús dice a sus apóstoles: “Mi Padre es glorificado en esto, que ustedes sigan llevando mucho fruto y demuestren ser mis discípulos”. El fruto que Dios desea de los sarmientos es que manifiesten cualidades como las de Cristo, en especial el amor. Además, puesto que Cristo era proclamador del Reino de Dios, el fruto deseado también incluye que participen en la obra de hacer discípulos, como él.
Jesús ahora insta: “Permanezcan en mi amor”. Pero ¿cómo pueden hacer eso sus apóstoles? “Si observan mis mandamientos —dice—, permanecerán en mi amor.” Jesús pasa a explicar: “Este es mi mandamiento: que ustedes se amen unos a otros así como yo los he amado a ustedes. Nadie tiene mayor amor que este: que alguien entregue su alma a favor de sus amigos”.
En unas cuantas horas Jesús demostrará ese amor sobrepujante al dar la vida a favor de sus apóstoles, así como a favor de todos los que ejerzan fe en él. Su ejemplo debe impulsar a sus seguidores a manifestar ese mismo amor abnegado unos por otros. Este amor los identificará, como Jesús ha declarado antes: “En esto todos conocerán que ustedes son mis discípulos, si tienen amor entre sí”.
Al identificar a sus amigos, Jesús dice: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando. Ya no los llamo esclavos, porque el esclavo no sabe lo que hace su amo. Pero los he llamado amigos, porque todas las cosas que he oído de mi Padre se las he dado a conocer a ustedes”.
¡Qué relación más preciosa! ¡Ser amigos íntimos de Jesús! Pero para seguir disfrutando de esa relación sus seguidores tienen que ‘seguir llevando fruto’. Si hacen eso, Jesús dice que “sin importar qué le pidan al Padre en mi nombre, él se lo [dará] a ustedes”. ¡Qué magnífico galardón por llevar fruto del Reino! Después de instar de nuevo a los apóstoles a ‘amarse unos a otros’, Jesús explica que el mundo los odiará. Pero los consuela con estas palabras: “Si el mundo los odia, saben que me ha odiado a mí antes que los odiara a ustedes”. Jesús entonces revela por qué el mundo odia a sus seguidores, así: “Porque ustedes no son parte del mundo, sino que yo los he escogido del mundo, a causa de esto el mundo los odia”.
Jesús explica con más detalle a qué se debe el odio del mundo: “Todas estas cosas las harán contra ustedes por causa de mi nombre, porque ellos no conocen al que me ha enviado [Jehová Dios]”. En efecto, las obras milagrosas que Jesús ha realizado condenan a los que lo odian, pues él señala: “Si yo no hubiera hecho entre ellos las obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y también han odiado tanto a mí como a mi Padre”. Por eso, como dice Jesús, se cumple la escritura: “Me odiaron sin causa”.
Como lo hizo antes, Jesús los consuela de nuevo prometiéndoles que enviará el ayudante, el espíritu santo, que es la poderosa fuerza activa de Dios. “Ese dará testimonio acerca de mí; y ustedes, a su vez, han de dar testimonio.”

Más exhortación antes de la partida

Jesús y los apóstoles están preparados para salir del cuarto superior. “Les he hablado estas cosas para que no se les haga tropezar”, continúa él. Entonces da la siguiente advertencia solemne: “Los expulsarán de la sinagoga. De hecho, viene la hora en que todo el que los mate se imaginará que ha rendido servicio sagrado a Dios”.
Por supuesto, esta advertencia perturba mucho a los apóstoles. Aunque antes Jesús había dicho que el mundo los odiaría, no había revelado tan directamente que se les daría muerte. “No [les] dije [esto] al principio —explica Jesús—, porque estaba con ustedes.” Sin embargo, ¡qué bueno es que los prepare con esta información antes de su partida!
“Pero ahora —sigue diciendo Jesús— voy al que me ha enviado, y sin embargo ni uno de ustedes me pregunta: ‘¿Adónde vas?’.” Antes aquella noche ellos le habían preguntado adónde iba, pero ahora están tan sacudidos por lo que les ha dicho que han dejado de hacerle preguntas acerca de su partida. Como dice Jesús: “Porque les he hablado estas cosas el corazón se les ha llenado de desconsuelo”. Los apóstoles están desconsolados no solo porque se han enterado de que sufrirán terrible persecución y los matarán, sino también porque su Amo los deja.
Por eso Jesús explica: “Es para provecho de ustedes por lo que me voy. Porque si no me voy, el ayudante de ninguna manera vendrá a ustedes; pero si sigo mi camino, lo enviaré a ustedes”. En su condición de humano Jesús solo puede estar en un lugar a la vez, pero cuando esté en el cielo podrá enviar a sus seguidores el ayudante, el espíritu santo de Dios, dondequiera que se hallen en la Tierra. Por eso la partida de Jesús será provechosa.
Jesús dice que el espíritu santo “dará al mundo evidencia convincente respecto al pecado y respecto a la justicia y respecto al juicio”. Se denunciará el pecado del mundo, el que el mundo no haya ejercido fe en el Hijo de Dios. Además, se presentará evidencia convincente de la justicia de Jesús mediante su ascensión al Padre. Y el hecho de que Satanás y su mundo inicuo no pudieran quebrantar la integridad de Jesús es evidencia convincente de que el gobernante del mundo ha recibido juicio adverso.
“Tengo muchas cosas que decirles todavía —continúa Jesús—, pero no las pueden soportar ahora.” Por eso Jesús promete que cuando derrame el espíritu santo, que es la fuerza activa de Dios, este los guiará a un entendimiento de estas cosas según puedan comprenderlas.
Los apóstoles no comprenden particularmente que Jesús morirá y luego se les aparecerá tras haber sido resucitado. Por eso se preguntan unos a otros: “¿Qué significa esto que nos dice: ‘Dentro de poco tiempo no me contemplarán, y, otra vez, dentro de poco tiempo me verán’, y, ‘porque voy al Padre’?”.
Jesús se da cuenta de que quieren preguntarle, y por eso explica: “Muy verdaderamente les digo: Ustedes llorarán y plañirán, pero el mundo se regocijará; ustedes estarán desconsolados, pero su desconsuelo será cambiado a gozo”. Posteriormente aquel día, por la tarde, cuando se da muerte a Jesús, los líderes religiosos mundanos se regocijan, pero los discípulos se desconsuelan. No obstante, ¡su desconsuelo cambia a gozo por la resurrección de Jesús! ¡Y su gozo continúa cuando él los faculta como testigos suyos mediante derramar sobre ellos el espíritu santo de Dios en el Pentecostés!
Jesús establece un paralelo entre la situación de los apóstoles y la de una mujer durante sus dolores de parto, cuando dice: “La mujer, cuando está dando a luz, siente desconsuelo, porque ha llegado su hora”. Pero Jesús indica que la mujer no se acuerda de su tribulación una vez que ha dado a luz, y anima a sus apóstoles diciendo: “Ustedes también, pues, ahora sienten, en realidad, desconsuelo; pero los veré otra vez [cuando sea resucitado], y se regocijará su corazón, y su gozo nadie se lo quitará”.
Hasta el momento los apóstoles nunca han hecho peticiones en el nombre de Jesús. Pero ahora él dice: “Si le piden alguna cosa al Padre, él se la dará en mi nombre. [...] Porque el Padre mismo les tiene cariño, porque ustedes me han tenido cariño a mí y han creído que salí como representante del Padre. Salí del Padre y he venido al mundo. Además, dejo el mundo y sigo mi camino al Padre”.
Las palabras de Jesús son muy animadoras para los apóstoles. “En esto creemos que saliste de Dios”, dicen. “¿Ahora creen?”, pregunta Jesús. “¡Miren! Viene la hora, en realidad, ha llegado, en que serán esparcidos cada uno a su propia casa, y me dejarán solo.” ¡Aunque parezca increíble, esto ocurre antes de que aquella noche termine!
“Les he dicho estas cosas para que por medio de mí tengan paz —concluye Jesús—. En el mundo están experimentando tribulación, pero ¡cobren ánimo!, yo he vencido al mundo.” Jesús venció al mundo al cumplir fielmente la voluntad de Dios a pesar de todo lo que Satanás y su mundo trataron de hacer para quebrantar la integridad de Jesús.

Oración final en el cuarto superior

Conmovido por amor profundo a sus apóstoles, Jesús los ha estado preparando para Su inminente partida. Ahora, después de darles mucho consejo y consuelo, alza los ojos al cielo y pide a su Padre: “Glorifica a tu hijo, para que tu hijo te glorifique a ti, como le has dado autoridad sobre toda carne, para que, en cuanto a todo el número de los que le has dado, les dé vida eterna”.
¡Qué asunto tan conmovedor presenta aquí Jesús: el de la vida eterna! Puesto que se le ha dado “autoridad sobre toda carne”, Jesús puede impartir los beneficios de su sacrificio de rescate a toda la humanidad moribunda. No obstante, concede “vida eterna” solo a los que el Padre aprueba. Elaborando sobre el asunto de la vida eterna, Jesús continúa así su oración:
“Esto significa vida eterna, el que estén adquiriendo conocimiento de ti, el único Dios verdadero, y de aquel a quien tú enviaste, Jesucristo”. Sí, nuestra salvación depende de que adquiramos conocimiento tanto de Dios como de su Hijo. Pero no basta con solo el conocimiento intelectual.
Uno tiene que llegar a conocerlos íntimamente y desarrollar para con ellos una amistad que incluya entendimiento. Uno tiene que pensar lo mismo que ellos respecto a los asuntos y verlo todo como ellos lo ven. Y, sobre todo, uno tiene que esforzarse por imitar las cualidades incomparables que ellos manifiestan al tratar con otros.
Jesús sigue orando: “Yo te he glorificado sobre la tierra, y he terminado la obra que me has dado que hiciera”. Puesto que ha cumplido su asignación hasta ahora y confía en su éxito futuro, pide: “Padre, glorifícame al lado de ti mismo con la gloria que tenía al lado de ti antes que el mundo fuera”. Sí, ahora pide que mediante una resurrección se le devuelva la gloria celestial que tenía antes.
Jesús hace este resumen de su obra principal en la Tierra: “He puesto tu nombre de manifiesto a los hombres que me diste del mundo. Tuyos eran, y me los diste, y han observado tu palabra”. Jesús usó en su ministerio el nombre de Dios, Jehová, y demostró su pronunciación correcta, pero hizo más que eso para poner de manifiesto el nombre de Dios a sus apóstoles. También hizo que ellos conocieran y apreciaran mejor a Jehová, su personalidad y sus propósitos.
Jesús admite que Jehová es su Superior, Aquel a quien él sirve, y expresa este humilde reconocimiento: “Los dichos que me diste se los he dado, y ellos los han recibido y ciertamente han llegado a conocer que yo salí como representante tuyo, y han creído que tú me enviaste”.
Jesús hace una distinción entre sus seguidores y el resto de la humanidad cuando, al seguir orando, dice: “No hago petición respecto al mundo, sino respecto a los que me has dado [...] Cuando estaba con ellos yo los vigilaba [...], y los he guardado, y ninguno de ellos es destruido sino el hijo de destrucción”, a saber, Judas Iscariote. Precisamente en este momento Judas está en su vil misión de traicionar a Jesús. Así, sin darse cuenta, Judas está cumpliendo las Escrituras.
“El mundo los ha odiado”, sigue orando Jesús. “Te solicito, no que los saques del mundo, sino que los vigiles a causa del inicuo. Ellos no son parte del mundo, así como yo no soy parte del mundo.” Los seguidores de Jesús están en el mundo —esta sociedad humana organizada sobre la cual gobierna Satanás—, pero están separados del mundo y de su iniquidad, y en esa condición deben permanecer siempre.
“Santifícalos por medio de la verdad —continúa Jesús—; tu palabra es la verdad.” Aquí Jesús llama “la verdad” a las Escrituras Hebreas inspiradas, de las cuales continuamente citaba. Pero lo que enseñó a sus discípulos y lo que ellos escribieron después bajo inspiración como las Escrituras Griegas Cristianas también constituyen “la verdad”. Esta verdad puede santificar a uno, transformar por completo su vida, y hacer de uno una persona que se ha separado del mundo.
Jesús pasa a orar, “no respecto a estos solamente, sino también respecto a los que pongan fe en [él] mediante la palabra de ellos”. Así, Jesús ora por los que serán sus seguidores ungidos y por otros discípulos futuros que han de ser juntados en “un solo rebaño”. ¿Qué pide Jesús a favor de todos estos?
“Que todos ellos sean uno, así como tú, Padre, estás en unión conmigo y yo estoy en unión contigo [...], que ellos sean uno así como nosotros somos uno.” Jesús y su Padre no son literalmente una misma persona, pero sí están de acuerdo en todo. Jesús pide que sus seguidores disfruten de esa misma unidad para que “el mundo tenga el conocimiento de que tú me enviaste y de que tú los amaste a ellos así como me amaste a mí”.
A favor de todos los que llegarían a ser sus seguidores ungidos, Jesús ahora le pide algo a su Padre celestial. ¿Qué? “Que, donde yo esté, ellos también estén conmigo, para que contemplen mi gloria que me has dado, porque me amaste antes de la fundación del mundo”, o sea, cuando Adán y Eva concibieron por primera vez prole. Mucho antes de eso Dios amaba a su Hijo unigénito, quien llegó a ser Jesucristo.
Jesús concluye su oración recalcando de nuevo lo siguiente: “Yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos, y yo en unión con ellos”. Para los apóstoles, el aprender el nombre de Dios ha incluido llegar a conocer personalmente el amor de Dios. (Juan 14:1-17:26; 13:27, 35, 36; 10:16; Lucas 22:3, 4; Éxodo 24:10; 1 Reyes 19:9-13; Isaías 6:1-5; Gálatas 6:16; Salmo 35:19; 69:4; Proverbios 8:22, 30.)
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Agonía en el jardín

CUANDO Jesús termina de orar, él y sus 11 apóstoles fieles entonan canciones de alabanza a Jehová. Entonces bajan del cuarto superior, salen a la noche fresca y oscura y se dirigen por el valle de Cedrón de regreso a Betania. Pero por el camino se detienen en un sitio favorito de ellos, el jardín de Getsemaní. Este está en el monte de los Olivos o cerca. Jesús y sus apóstoles se han reunido allí muchas veces entre los olivos.
Alejándose de ocho de los apóstoles —a quienes quizás deja cerca de la entrada del jardín—, Jesús les manda: “Siéntense aquí mientras voy allá a orar”. Entonces lleva consigo a los otros tres —Pedro, Santiago y Juan— y va más allá en el jardín. Jesús empieza a contristarse y perturbarse penosamente. “Mi alma está hondamente contristada, hasta la muerte —dice a ellos—. Quédense aquí y manténganse alerta conmigo.”
Yendo un poco más adelante, Jesús cae al suelo, y con el rostro vuelto hacia el suelo empieza a orar encarecidamente: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa. Sin embargo, no como yo quiero, sino como tú quieres”. ¿Qué quiere decir? ¿Por qué está ‘hondamente contristado, hasta la muerte’? ¿Está retrayéndose de su decisión de morir y proveer el rescate?
¡De ninguna manera! Jesús no está suplicando que se le libre de la muerte. Hasta la idea de evitar una muerte en sacrificio —lo cual sugirió Pedro en cierta ocasión— le repugna. Más bien, está en agonía porque teme que la clase de muerte que le espera dentro de poco —como un despreciable criminal— traerá oprobio al nombre de su Padre. Ahora percibe que en unas cuantas horas será fijado en un madero como una de las personas más bajas que pudiera haber: ¡un blasfemador contra Dios! Esto es lo que le perturba penosamente.
Después de orar largo tiempo, Jesús regresa y halla a los tres apóstoles durmiendo. Dirigiéndose a Pedro, dice: “¿No pudieron siquiera mantenerse alerta una hora conmigo? Manténganse alerta y oren de continuo, para que no entren en tentación”. Pero Jesús reconoce que ellos han estado bajo mucha presión, y que es hora avanzada, y por eso dice: “El espíritu, por supuesto, está pronto, pero la carne es débil”.
Jesús entonces se aleja por segunda vez y pide a Dios que remueva de él “esta copa”, es decir, lo que Jehová le ha asignado que haga, o Su voluntad para él. Cuando regresa, halla de nuevo a los tres durmiendo, cuando deberían haber estado orando para no entrar en tentación. Cuando Jesús les habla, ellos no saben qué contestarle.
Finalmente, por tercera vez, Jesús se aparta como a un tiro de piedra, y arrodillado, con clamores fuertes y lágrimas, ora: “Padre, si deseas, remueve de mí esta copa”. Jesús siente dolores profundos, intensos, debido al oprobio que su muerte como un criminal traerá al nombre de su Padre. ¡Para Jesús es casi insoportable la acusación de que es blasfemador... uno que maldice a Dios!
Pero Jesús sigue orando: “No lo que yo quiero, sino lo que tú quieres”. Obedientemente, Jesús somete su voluntad a la de Dios. Ahora se le aparece un ángel del cielo y lo fortalece con palabras alentadoras. Quizás el ángel le dice a Jesús que tiene la aprobación de su Padre.
Sin embargo, ¡qué carga pesada lleva Jesús! Su propia vida eterna y la de toda la raza humana está en la balanza. La tensión emocional es enorme. Por eso Jesús sigue orando más encarecidamente, y su sudor llega a ser como gotas de sangre al caer al suelo. “Aunque este es un fenómeno muy raro —señala la revista de la Asociación Médica Estadounidense The Journal of the American Medical Association—, puede haber sudor como sangre [...] en situaciones de muy intensa emoción.”
Después Jesús regresa por tercera vez a donde están sus apóstoles, y de nuevo los halla durmiendo. Están agotados de puro desconsuelo. “¡En una ocasión como esta ustedes duermen y descansan!” exclama él. “¡Basta! ¡Ha llegado la hora! ¡Miren! El Hijo del hombre es traicionado en manos de pecadores. Levántense, vámonos. ¡Miren! El que me traiciona se ha acercado.”
Mientras Jesús todavía habla, Judas Iscariote se acerca con una gran muchedumbre que lleva antorchas, lámparas y armas. (Mateo 26:30, 36-47; 16:21-23; Marcos 14:26, 32-43; Lucas 22:39-47; Juan 18:1-3; Hebreos 5:7.)
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14 de Nisán. Después de la medianoche

Traición y arresto en e jardín de Getsemaní; los apóstoles huyen; juicio ante los sacerdotes principales y el Sanedrín; Pedro niega a Jesús
El hombre más grande 118 a 120

Traición y arresto

HA PASADO ya la medianoche cuando Judas dirige al jardín de Getsemaní una gran muchedumbre de soldados, sacerdotes principales, fariseos y otras personas. Los sacerdotes han concordado en pagar a Judas 30 piezas de plata para que les entregue a Jesús.
Parece que antes, al ser despedido de la cena pascual, Judas fue directamente a donde los sacerdotes principales. Estos se apresuraron a reunir a sus propios oficiales, así como a una banda de soldados. Probablemente Judas los llevó primero al lugar donde Jesús y sus apóstoles habían celebrado la Pascua. Al ver que habían salido de allí, aquel gran grupo de personas que llevaban armas y lámparas y antorchas salió con Judas de Jerusalén y cruzó el valle de Cedrón.
Mientras Judas encabeza al grupo en subida por el monte de los Olivos, está seguro de que sabe dónde hallar a Jesús. Durante la semana pasada, mientras Jesús y los apóstoles transitaban en una dirección o la otra entre Betania y Jerusalén, con frecuencia se detenían en el jardín de Getsemaní para descansar y conversar. Pero ahora, cuando puede ser que Jesús esté oculto en la oscuridad bajo los olivos, ¿cómo lo identificarán los soldados? Pudiera ser que estos no lo hubieran visto antes. Por lo tanto, Judas suministra una señal: “Al que bese, ese es; deténganlo y llévenselo con seguridad”.
Judas lleva a la gran muchedumbre al jardín, ve a Jesús con sus apóstoles y pasa directamente a él. “¡Buenos días, Rabí!”, dice, y lo besa muy tiernamente.
“Amigo, ¿con qué propósito estás presente?”, replica Jesús. Entonces, contestando su propia pregunta, dice: “Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del hombre?”. ¡Pero basta con eso en cuanto al que lo traiciona! Jesús da un paso adelante y queda iluminado por la luz de las antorchas y lámparas ardientes, y pregunta: “¿A quién buscan?”.
“A Jesús el Nazareno”, le responden.
“Soy yo”, contesta Jesús, de pie valerosamente ante todos ellos. Sorprendidos por su denuedo, y no sabiendo qué esperar, los hombres retroceden y caen al suelo.
“Les dije que soy yo —continúa Jesús serenamente—. Por lo tanto, si es a mí a quien buscan, dejen ir a estos.” Poco antes, en el cuarto superior, Jesús había dicho a su Padre en oración que él había guardado a sus apóstoles fieles y ninguno de ellos se había perdido “sino el hijo de destrucción”. Por eso, para que su palabra se cumpla, pide que se deje ir a sus seguidores.
Mientras los soldados recobran su compostura, se ponen de pie y empiezan a atar a Jesús, los apóstoles se dan cuenta de lo que va a suceder. “Señor, ¿herimos con la espada?”, preguntan. Antes de que Jesús conteste, Pedro, usando una de las dos espadas que los apóstoles han traído, ataca a Malco, esclavo del sumo sacerdote. El golpe de Pedro no da en la cabeza del esclavo, pero le corta la oreja derecha.
“Hasta esto dejen que llegue”, dice Jesús, interviniendo. Tocando la oreja de Malco, sana la herida. Entonces da una lección importante, al mandar a Pedro: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada. ¿O crees que no puedo apelar a mi Padre para que me suministre en este momento más de doce legiones de ángeles?”.
Jesús está dispuesto a someterse al arresto, porque, como explica: “¿Cómo se cumplirían las Escrituras en el sentido de que tiene que suceder de esta manera?”. Y añade: “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”. ¡Está completamente de acuerdo con la voluntad de Dios para él!
Entonces Jesús habla a la muchedumbre. “¿Han salido con espadas y garrotes como contra un salteador para arrestarme?”, pregunta. “Día tras día me sentaba en el templo, enseñando, y sin embargo ustedes no me detuvieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplan las escrituras de los profetas.”
Entonces el grupo de soldados y el comandante militar y los oficiales de los judíos se apoderan de Jesús y lo atan. Al ver esto, los apóstoles abandonan a Jesús y huyen. Sin embargo, un joven —quizás es el discípulo Marcos— se queda entre la muchedumbre. Puede que él estuviera en el hogar donde Jesús celebró la Pascua y después siguiera a la muchedumbre desde allí. Pero ahora lo reconocen, y tratan de apoderarse de él. No obstante, él deja atrás su prenda de vestir de lino y escapa ligeramente vestido. (Mateo 26:47-56; Marcos 14:43-52; Lucas 22:47-53; Juan 17:12; 18:3-12.)
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Llevado a Anás y después a Caifás

ATADO como un delincuente común, Jesús es llevado a donde Anás, un hombre de influencia que en otro tiempo fue sumo sacerdote. Anás era sumo sacerdote cuando Jesús, como jovencito de 12 años de edad, dejó sorprendidos a los maestros rabínicos del templo. Después, varios hijos de Anás fueron sumos sacerdotes, y ahora su yerno Caifás ocupa ese puesto.
Puede que se haya llevado primero a Jesús a la casa de Anás debido a la prominencia que por mucho tiempo ha tenido aquel sacerdote principal en la vida religiosa judía. El que se lleve a Jesús a ver a Anás da tiempo para que Caifás, el sumo sacerdote, convoque al Sanedrín, el tribunal supremo judío de 71 miembros, y también para reunir testigos falsos.
El sacerdote principal Anás ahora interroga a Jesús en cuanto a sus discípulos y su enseñanza. Sin embargo, Jesús contesta: “Yo he hablado públicamente al mundo. Siempre enseñé en una sinagoga y en el templo, donde concurren todos los judíos; y no hablé nada en secreto. ¿Por qué me interrogas? Interroga a los que han oído lo que les hablé. ¡Mira! Estos saben lo que dije”.
Al oír esto, uno de los oficiales que está cerca de Jesús le da una bofetada y dice: “¿Así contestas al sacerdote principal?”.
“Si hablé mal —contesta Jesús—, da testimonio respecto al mal; pero si bien, ¿por qué me pegas?” Después de este intercambio de palabras, Anás envía a Jesús atado a Caifás.
Para este tiempo todos los sacerdotes principales y los ancianos y los escribas, sí, todo el Sanedrín, están empezando a reunirse. Parece que se reúnen en el hogar de Caifás. El celebrar un juicio como aquel en la noche de una Pascua es una violación clara de la ley judía. Pero esto no impide que los líderes religiosos sigan adelante con su inicuo propósito.
Semanas antes, cuando Jesús había resucitado a Lázaro, los miembros del Sanedrín ya habían resuelto entre sí darle muerte. Y hace solo dos días, el miércoles, las autoridades religiosas habían consultado entre sí para apoderarse de Jesús mediante alguna treta para matarlo. Imagínese, ¡en verdad lo habían condenado antes de haberlo sometido a juicio!
Ahora se hacen esfuerzos para hallar testigos que suministren pruebas falsas para preparar un caso contra Jesús. Sin embargo, no pueden hallar testigos que concuerden en su testimonio. Con el tiempo, dos se presentan y aseguran: “Nosotros le oímos decir: ‘Yo derribaré este templo que fue hecho de manos y en tres días edificaré otro, no hecho de manos’”.
“¿No respondes nada?”, pregunta Caifás. “¿Qué es lo que estos testifican contra ti?” Pero Jesús no contesta. Hasta con relación a esta acusación falsa, para humillación del Sanedrín, los testigos no pueden hacer que sus relatos concuerden. Por eso el sumo sacerdote decide emplear una táctica diferente.
Caifás sabe cuánto se irritan los judíos cuando alguien afirma que es el mismísimo Hijo de Dios. En dos ocasiones anteriores los judíos se habían apresurado a tildar a Jesús de blasfemador que merecía la muerte, y una vez se imaginaron, erróneamente, que él afirmaba que era igual a Dios. Arteramente, Caifás ahora exige que se le responda a esto: “¡Por el Dios vivo te pongo bajo juramento de que nos digas si tú eres el Cristo el Hijo de Dios!”.
Prescindiendo de lo que los judíos piensen, Jesús realmente es el Hijo de Dios. Y el que él guardara silencio podría interpretarse como que negaba que fuera el Cristo. Por eso, valerosamente Jesús contesta: “Lo soy; y ustedes verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder y viniendo con las nubes del cielo”.
Al oír esto, Caifás, con ademán dramático, se rasga las prendas de vestir exteriores y exclama: “¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? ¡Miren! Ahora han oído la blasfemia. ¿Qué opinan?”.
“Expuesto está a muerte”, proclama el Sanedrín. Entonces empiezan a burlarse de él, y dicen muchas cosas en blasfemia contra él. Lo abofetean y le escupen en la cara. Otros le cubren todo el rostro y le dan puñetazos y dicen con sarcasmo: “Profetízanos, Cristo. ¿Quién es el que te hirió?”. Este comportamiento abusivo e ilegal ocurre durante el juicio nocturno. (Mateo 26:57-68; 26:3, 4; Marcos 14:53-65; Lucas 22:54, 63-65; Juan 18:13-24; 11:45-53; 10:31-39; 5:16-18.)
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Negado en el patio

TRAS de abandonar a Jesús en el jardín de Getsemaní y escapar atemorizados junto con los demás apóstoles, Pedro y Juan dejan de huir. Quizás alcanzan a Jesús mientras sus captores lo llevan al hogar de Anás. Cuando Anás lo envía al sumo sacerdote Caifás, Pedro y Juan van siguiendo de lejos, aparentemente divididos entre el temer por su propia vida y su profunda preocupación por lo que pueda ocurrirle a su Amo.
Al llegar a la espaciosa casa de Caifás, Juan consigue entrar en el patio por ser conocido del sumo sacerdote. Sin embargo, Pedro queda de pie afuera, a la puerta. Pero pronto Juan regresa y habla a la portera, una sirvienta, y se le permite a Pedro entrar.
Para ahora hace frío, y los servidores de la casa y los oficiales del sumo sacerdote han encendido un fuego de carbón. Pedro va a calentarse con ellos mientras espera el resultado del juicio de Jesús. Allí, a la luz de la brillante lumbre, la portera que había dejado entrar a Pedro puede verlo mejor. Exclama: “¡Tú, también, estabas con Jesús el galileo!”.
Molesto porque se le ha identificado, Pedro niega ante todos ellos haber conocido alguna vez a Jesús. “Ni lo conozco, ni entiendo lo que dices”, alega.
Entonces Pedro sale al portal. En aquel lugar otra muchacha lo observa y también dice a los que están de pie allí: “Este hombre estaba con Jesús el Nazareno”. Una vez más Pedro lo niega, y jura: “¡No conozco al hombre!”.
Pedro permanece en el patio y procura no llamar la atención de nadie. Puede que sea entonces cuando le causa sobresalto el oír a un gallo cantar en la oscuridad temprano por la mañana. Mientras tanto, el juicio de Jesús —que evidentemente se efectúa en una parte de la casa que queda sobre el patio— adelanta. Quizás Pedro y otros que esperan abajo ven entrar y salir a los diversos testigos a quienes se llama para que se expresen.
Ha pasado como una hora desde la última ocasión en que se identificó a Pedro como asociado de Jesús. Ahora varios de los que están de pie allí se acercan a Pedro y dicen: “Ciertamente tú también eres uno de ellos, porque, de hecho, tu dialecto te denuncia”. En el grupo hay un pariente de Malco, a quien Pedro cortó la oreja. “Yo te vi en el huerto con él, ¿no es verdad?”, dice este.
“¡No conozco al hombre!”, afirma vehementemente Pedro. De hecho, trata de convencerlos de que todos están equivocados mediante maldecir y jurar en cuanto al asunto, lo que equivale a invocar el mal sobre sí mismo si no está diciendo la verdad.
Precisamente cuando Pedro niega a Jesús por tercera vez, un gallo canta. Y en ese momento, Jesús —quien parece que ha salido a un balcón sobre el patio— se vuelve y lo mira. Pedro inmediatamente recuerda lo que Jesús había dicho solo unas cuantas horas antes en el cuarto superior: “Antes que un gallo cante dos veces, me repudiarás tres veces”. Aplastado por la gravedad de su pecado, Pedro sale de allí y llora amargamente.
¿Cómo pudo ocurrir esto? ¿Cómo, después de haber estado tan seguro de su fortaleza espiritual, pudo Pedro negar a su Amo tres veces a cortos intervalos? Parece que las circunstancias toman desprevenido a Pedro. Hay un torcimiento de la verdad, y ciertas personas describen a Jesús como un vil criminal. Se está haciendo que lo correcto parezca incorrecto y que el inocente parezca culpable. Las presiones de la ocasión llevan a Pedro a perder el equilibrio. De repente queda trastornado su sentido de lo que es propio en la lealtad; para tristeza suya, el temor al hombre lo paraliza. ¡Que nunca nos suceda eso a nosotros! (Mateo 26:57, 58, 69-75; Marcos 14:30, 53, 54, 66-72; Lucas 22:54-62; Juan 18:15-18, 25-27.)
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14 de Nisán. Viernes, desde el amanecer hasta el atardecer

Ante el Sanedrín de nuevo; llevado ante Pilato, luego ante Herodes y una vez más ante Pilato; sentenciado a muerte; fijado en madero; enterrado
El hombre más grande 121 a 127 párr. 7

Ante el Sanedrín; luego ante Pilato

LA NOCHE va pasando. Pedro ha negado por tercera vez a Jesús, y los miembros del Sanedrín, concluido su juicio falso, se han dispersado. Sin embargo, tan pronto como amanece el viernes por la mañana se reúnen de nuevo, esta vez en su sala del Sanedrín. Parece que hacen esto para dar apariencia legal al juicio nocturno. Cuando tienen a Jesús ante sí, dicen, como dijeron durante la noche: “Si eres el Cristo, dínoslo”.
“Aunque se lo dijera, de ningún modo lo creerían —contesta Jesús—. Además, si los interrogara, de ningún modo contestarían.” Con todo, Jesús se identifica valerosamente cuando dice: “Desde ahora en adelante el Hijo del hombre estará sentado a la poderosa diestra de Dios”.
“¿Eres tú, por lo tanto, el Hijo de Dios?”, quieren saber todos.
“Ustedes mismos dicen que lo soy”, contesta Jesús.
Para estos hombres resueltos a asesinarlo, esa respuesta basta. La consideran una blasfemia. “¿Por qué necesitamos más testimonio?”, preguntan. “Pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca.” Entonces atan a Jesús, se lo llevan y lo entregan al gobernador romano, Poncio Pilato.
Judas, el que traicionó a Jesús, ha estado observando el proceso. Cuando ve que Jesús ha sido condenado, siente remordimiento. Por eso va a los sacerdotes principales y a los ancianos para devolver las 30 piezas de plata, y explica: “Pequé cuando traicioné sangre justa”.
“¿Qué nos importa? ¡Tú tienes que atender a eso!”, le contestan despiadadamente. De modo que Judas tira las piezas de plata en el templo y va y trata de ahorcarse. Pero parece que la rama a la que Judas ata la soga se quiebra, y su cuerpo cae y se revienta en las rocas abajo.
Los sacerdotes principales no están seguros de qué hacer con las piezas de plata. “No es lícito echarlas en la tesorería sagrada —concluyen—, porque son el precio de sangre.” Así que, después de consultar entre sí, compran con el dinero el campo del alfarero para sepultar a los extraños. Por eso ese campo llega a conocerse como “Campo de Sangre”.
Todavía es temprano por la mañana cuando llevan a Jesús al palacio del gobernador. Pero los judíos que lo acompañan rehúsan entrar allí porque creen que tal intimidad con los gentiles los contamina. Así que, para complacerlos, Pilato sale a ellos. “¿Qué acusación traen contra este hombre?”, pregunta.
“Si este hombre no fuera delincuente, no te lo habríamos entregado”, contestan.
Pilato no quiere implicarse en este asunto, y por eso responde: “Tómenlo ustedes mismos y júzguenlo según su ley”.
Los judíos revelan sus fines de asesinato, pues afirman: “A nosotros no nos es lícito matar a nadie”. En efecto, el que ellos mataran a Jesús durante la fiesta de la Pascua podría causar un motín, pues muchos tienen en gran estima a Jesús. Pero si logran que los romanos lo ejecuten por alguna acusación de índole política, eso tenderá a absolverlos de responsabilidad ante el pueblo.
Por eso los líderes religiosos, sin mencionar el juicio anterior en que han condenado a Jesús por blasfemia, ahora inventan cargos diferentes contra él. Presentan la siguiente acusación de tres partes: “A este hombre lo hallamos [1] subvirtiendo a nuestra nación, y [2] prohibiendo pagar impuestos a César, y [3] diciendo que él mismo es Cristo, un rey”.
La acusación que preocupa a Pilato es la de que Jesús afirme ser rey. De modo que Pilato entra de nuevo en el palacio y llama a Jesús y le pregunta: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. En otras palabras, ¿has violado la ley declarándote rey en oposición a César?
Jesús quiere saber cuánto ha oído Pilato acerca de él, y por eso pregunta: “¿Es por ti mismo que dices esto, o te hablaron otros acerca de mí?”.
Pilato afirma que no sabe nada de él, y manifiesta interés en averiguar los hechos. “Yo no soy judío, ¿verdad?”, responde. “Tu propia nación y los sacerdotes principales te entregaron a mí. ¿Qué hiciste?”
Jesús de ninguna manera trata de evadir la cuestión, que se relaciona con la gobernación real. Sin duda, la respuesta que Jesús da ahora sorprende a Pilato. (Lucas 22:66-23:3; Mateo 27:1-11; Marcos 15:1; Juan 18:28-35; Hechos 1:16-20.)
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De Pilato a Herodes, y de vuelta a Pilato

AUNQUE Jesús no trata de ocultar de Pilato que es rey, explica que su Reino no le presenta ninguna amenaza a Roma. “Mi reino no es parte de este mundo —dice Jesús—. Si mi reino fuera parte de este mundo, mis servidores habrían peleado para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero, como es el caso, mi reino no es de esta fuente.” Así Jesús admite tres veces que tiene un Reino, aunque no es de fuente terrestre.
Sin embargo, Pilato sigue presionándolo: “Bueno, pues, ¿eres tú rey?”. Es decir, ¿eres rey aunque tu Reino no sea parte de este mundo?
Jesús le hace saber a Pilato que ha llegado a la conclusión correcta, pues contesta: “Tú mismo dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio acerca de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz”.
Sí, el propósito mismo de la existencia de Jesús en la Tierra es dar testimonio acerca de “la verdad”, específicamente la verdad acerca de su Reino. Jesús está dispuesto a ser fiel a esa verdad aunque le cueste la vida. Aunque Pilato pregunta: “¿Qué es la verdad?”, no espera más explicación. Ha oído suficiente para rendir juicio.
Pilato regresa a la muchedumbre que espera fuera del palacio. Evidentemente con Jesús a su lado, dice a los sacerdotes principales y a sus acompañantes: “No hallo ningún delito en este hombre”.
Encolerizados por la decisión, las muchedumbres empiezan a insistir: “Alborota al pueblo enseñando por toda Judea, sí, comenzando desde Galilea hasta aquí”.
El fanatismo irracional de los judíos tiene que asombrar a Pilato. Por eso, mientras los sacerdotes principales y los ancianos siguen gritando, Pilato se vuelve hacia Jesús y pregunta: “¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?”. Con todo, Jesús no trata de contestar. La tranquilidad que despliega frente a las absurdas acusaciones maravilla a Pilato.
Cuando Pilato se entera de que Jesús es galileo, ve la oportunidad de librarse de llevar responsabilidad por él. El gobernante de Galilea, Herodes Antipas (hijo de Herodes el Grande), está en Jerusalén para la Pascua, de modo que Pilato hace que lleven ante él a Jesús. Algún tiempo atrás Herodes Antipas había ordenado la decapitación de Juan el Bautizante, y después Herodes se había asustado al oír acerca de las obras milagrosas que ejecutaba Jesús, pues temía que Jesús fuera en realidad Juan levantado de entre los muertos.
Ahora Herodes se regocija mucho ante la posibilidad de ver a Jesús. Esto no se debe a que se interese en el bienestar de Jesús ni a que realmente quiera saber si lo que se dice contra él es cierto o no. Lo que sucede es que sencillamente tiene curiosidad y espera ver a Jesús ejecutar algún milagro.
Sin embargo, Jesús rehúsa satisfacer la curiosidad de Herodes. De hecho, cuando Herodes lo interroga Jesús no dice ni una sola palabra. Frustrados, Herodes y los soldados de su guardia se burlan de Jesús. Lo visten con una prenda vistosa y se mofan de él. Entonces lo devuelven a Pilato. El resultado de esto es que Herodes y Pilato, que antes eran enemigos, se hacen buenos amigos.
Cuando Jesús vuelve, Pilato convoca a los sacerdotes principales, a los gobernantes judíos y al pueblo, y les dice: “Ustedes me trajeron a este hombre como amotinador del pueblo, y, ¡miren!, lo examiné delante de ustedes, pero no hallé en este hombre base alguna para las acusaciones que hacen contra él. De hecho, ni Herodes tampoco, porque nos lo devolvió; y, ¡miren!, nada que merezca la muerte ha sido cometido por él. Por tanto, lo castigaré y lo pondré en libertad”.
Así, dos veces Pilato ha declarado inocente a Jesús. Tiene muchos deseos de ponerlo en libertad, pues se da cuenta de que los sacerdotes lo han entregado solo por envidia. Mientras Pilato sigue tratando de poner en libertad a Jesús, recibe un motivo de más peso aún para hacerlo. Mientras está sentado en el tribunal, su esposa le envía un mensaje en que le dice con instancia: “No tengas nada que ver con ese hombre justo, porque sufrí mucho hoy en un sueño [evidentemente de origen divino] a causa de él”.
Pero ¿cómo puede Pilato poner en libertad a este hombre inocente, como sabe que debe hacerlo? (Juan 18:36-38; Lucas 23:4-16; Mateo 27:12-14, 18, 19; 14:1, 2; Marcos 15:2-5.)
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“¡Miren! ¡El hombre!”

IMPRESIONADO por la conducta de Jesús, y reconociendo que es inocente, Pilato busca otra manera de ponerlo en libertad. “Ustedes tienen por costumbre —dice a las muchedumbres— que les ponga en libertad a un hombre en la pascua.”
Puesto que Barrabás, un asesino notorio, también está en prisión, Pilato pregunta: “¿A cuál quieren que les ponga en libertad?: ¿a Barrabás, o a Jesús, el llamado Cristo?”.
El pueblo, persuadido y excitado por los sacerdotes principales, pide que ponga en libertad a Barrabás, pero que se dé muerte a Jesús. Pilato no se da por vencido, y pregunta de nuevo: “¿A cuál de los dos quieren que les ponga en libertad?”.
“A Barrabás”, gritan.
“Entonces, ¿qué haré con Jesús, el llamado Cristo?”, pregunta Pilato desalentado.
Con un clamor ensordecedor, contestan: “¡Al madero con él!”. “¡Al madero! ¡Al madero con él!”
Porque sabe que exigen la muerte de un inocente, Pilato suplica: “Pues, ¿qué mal ha hecho este hombre? Yo no he hallado en él nada que merezca la muerte; por lo tanto lo castigaré y lo pondré en libertad”.
A pesar de los esfuerzos de Pilato, la muchedumbre encolerizada, incitada por sus líderes religiosos, sigue gritando: “¡Al madero con él!”. Agitada hasta el frenesí por los sacerdotes, la muchedumbre quiere ver sangre. Imagínese: ¡solo cinco días atrás algunas de aquellas personas probablemente estuvieron entre las que acogieron como Rey a Jesús en Jerusalén! Mientras tanto, los discípulos de Jesús, si están presentes, permanecen en silencio y sin atraerse atención.
Cuando Pilato ve que no logra nada con sus súplicas, y que más bien se levanta un alboroto, se lava las manos con agua delante de la muchedumbre y dice: “Soy inocente de la sangre de este hombre. Ustedes mismos tienen que atender a ello”. Al oír aquello, la gente responde: “Venga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”.
Por eso, según lo que exigen, y con más deseo de complacer a la muchedumbre que de hacer lo que sabe que es correcto, Pilato pone en libertad a Barrabás. Toma a Jesús y hace que le quiten la ropa y lo azoten. No se trata de una flagelación ordinaria. Una revista de la Asociación Médica Estadounidense, The Journal of the American Medical Association describe así la práctica romana de azotar:
“Por lo general el instrumento que se usaba era un látigo corto (flagelo) con varias tiras de cuero sueltas o trenzadas, de largo diferente, que tenían atadas a intervalos bolitas de hierro o pedazos afilados de hueso de oveja. [...] Cuando los soldados romanos azotaban vigorosamente vez tras vez la espalda de la víctima, las bolas de hierro causaban contusiones profundas, y las tiras de cuero con huesos de oveja cortaban la piel y los tejidos subcutáneos. Entonces, a medida que se seguía azotando a la víctima, las heridas llegaban hasta los músculos esqueléticos subyacentes y producían tiras temblorosas de carne que sangraba”.
Después de esta tortura llevan a Jesús al palacio del gobernador, y se convoca a todo el grupo de los soldados. Allí los soldados siguen insultándolo mediante entretejer una corona de espinas y ajustársela con fuerza en la cabeza. Le ponen una caña en la mano derecha y lo visten con una prenda de vestir de púrpura, como la usada por la realeza. Entonces se burlan de él y dicen: “¡Buenos días, rey de los judíos!”. Además, escupen contra él y le dan bofetadas. Le quitan la gruesa caña que le han puesto en la mano y la usan para pegarle en la cabeza, lo cual hunde más aún en su cuero cabelludo los espinos afilados de su humillante “corona”.
La extraordinaria dignidad y fortaleza de Jesús ante aquel maltrato impresiona tanto a Pilato que una vez más trata de ponerlo en libertad. Dice a las muchedumbres: “¡Vean! Se lo traigo fuera para que sepan que no hallo en él ninguna falta”. Puede que él piense que se les ablandará el corazón al ver la condición de Jesús después de la tortura. Mientras Jesús está de pie ante la chusma despiadada, coronado de espinas, teniendo sobre sí la prenda de vestir exterior de púrpura y con el rostro adolorido ensangrentado, Pilato proclama: “¡Miren! ¡El hombre!”.
Aunque herido y golpeado, aquí está de pie el personaje más sobresaliente de toda la historia, ¡ciertamente el hombre más grande de todos los tiempos! Sí, Jesús muestra una dignidad y serenidad que revela una grandeza que hasta Pilato se ve obligado a reconocer, pues parece que sus palabras reflejan una mezcla de respeto y lástima. (Juan 18:39-19:5; Mateo 27:15-17, 20-30; Marcos 15:6-19; Lucas 23:18-25.)
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Lo entregan y se lo llevan

CUANDO Pilato, conmovido por la apacible dignidad que manifiesta Jesús después de haber sido torturado, de nuevo trata de ponerlo en libertad, los sacerdotes principales se enfurecen más. Están resueltos a no permitir que nada les impida realizar su propósito inicuo. Por eso gritan de nuevo: “¡Al madero con él! ¡Al madero con él!”.
Pilato, disgustado, les responde: “Tómenlo ustedes mismos y fíjenlo en el madero”. (Contrario a lo que habían afirmado antes, puede ser que los judíos tengan autoridad para ejecutar a los que hayan cometido delitos religiosos de suficiente gravedad.) Entonces, por lo menos por quinta vez, Pilato declara inocente a Jesús al decir: “Yo no hallo en él falta alguna”.
Al ver que los cargos políticos que han presentado les fallan, los judíos recurren a la acusación religiosa de blasfemia que habían presentado contra Jesús solo unas horas antes en el juicio ante el Sanedrín. “Nosotros tenemos una ley —dicen—, y según la ley debe morir, porque se hizo hijo de Dios.”
Esta acusación es nueva para Pilato, y le causa mayor temor. Para este tiempo él se ha dado cuenta de que Jesús no es un hombre ordinario, como se lo han indicado el sueño de su esposa y el sobresaliente vigor de la personalidad de Jesús. Pero ¿“hijo de Dios”? Pilato sabe que Jesús es de Galilea. Sin embargo, ¿habrá alguna posibilidad de que haya vivido antes? De nuevo Pilato lleva consigo a Jesús al palacio y le pregunta: “¿De dónde eres tú?”.
Jesús no responde. Antes le había dicho a Pilato que era rey, pero que su Reino no era parte de este mundo. Ahora no tendría propósito útil el que diera más explicación. Sin embargo, el que Jesús se niegue a responderle ofende el orgullo de Pilato, y este estalla en cólera contra Jesús con las palabras: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para ponerte en libertad y tengo autoridad para fijarte en un madero?”.
Respetuosamente, Jesús responde: “No tendrías autoridad alguna contra mí a menos que te hubiera sido concedida de arriba”. Se refiere al hecho de que Dios concede autoridad a los gobernantes humanos para que administren los asuntos terrestres. Jesús añade: “Por eso, el hombre que me entregó a ti tiene mayor pecado”. Sí, el sumo sacerdote Caifás y sus cómplices, y Judas Iscariote, tienen mayor responsabilidad que Pilato por el trato injusto que se da a Jesús.
Impresionado más aún por Jesús, y con temor de que en realidad Jesús tenga origen divino, Pilato reanuda sus esfuerzos por ponerlo en libertad. Sin embargo, los judíos rechazan lo que hace Pilato. Repiten su acusación política, y con astucia presentan una amenaza: “Si pones en libertad a este, no eres amigo de César. Todo el que se hace rey habla contra César”.
A pesar de las posibles malas consecuencias, Pilato lleva afuera de nuevo a Jesús. “¡Miren! ¡Su rey!”, es el llamamiento que hace una vez más.
“¡Quítalo! ¡Quítalo! ¡Al madero con él!”, es la respuesta que le dan.
“¿A su rey fijo en un madero?”, pregunta Pilato desesperado.
A los judíos les ha irritado estar bajo la gobernación de los romanos. Sí, ¡detestan la dominación romana! No obstante, hipócritamente los sacerdotes principales dicen: “No tenemos más rey que César”.
Temiendo perder su puesto y su reputación políticos, Pilato al fin sucumbe a las exigencias incesantes de los judíos. Les entrega a Jesús. Los soldados le quitan a Jesús el manto púrpura y le ponen las prendas de vestir exteriores. Mientras llevan a Jesús para ejecutarlo en el madero, hacen que él cargue su propio madero de tormento.
Ha adelantado ya bastante la mañana del viernes 14 de Nisán; puede que sea casi el mediodía. Jesús ha estado despierto desde temprano el jueves por la mañana, y ha sufrido, una tras otra, experiencias angustiosas. Se entiende, pues, por qué le fallan las fuerzas pronto bajo el peso del madero. Entonces se hace que un transeúnte, cierto Simón de Cirene, de África, cargue el madero por él. Mientras siguen, muchas personas vienen tras ellos, entre ellas unas mujeres que se golpean en desconsuelo y plañen por Jesús.
Volviéndose hacia las mujeres, Jesús dice: “Hijas de Jerusalén, dejen de llorar por mí. Al contrario, lloren por ustedes mismas y por sus hijos; porque, ¡miren!, vienen días en que se dirá: ‘¡Felices son las estériles, y las matrices que no dieron a luz y los pechos que no dieron de mamar!’. [...] Porque si hacen estas cosas cuando el árbol está húmedo, ¿qué ocurrirá cuando esté marchito?”.
Jesús alude aquí al árbol de la nación judía, que todavía tiene un poco de humedad de vida porque Jesús está entre ellos y porque existe un resto que cree en él. Pero cuando estos sean sacados de la nación, solo quedará un árbol espiritualmente muerto, sí, una organización nacional marchita. Ay, ¡cuánta causa para llanto habrá cuando los ejércitos romanos, como ejecutores utilizados por Dios, devasten a la nación judía! (Juan 19:6-17; 18:31; Lucas 23:24-31; Mateo 27:31, 32; Marcos 15:20, 21.)
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Agonía en el madero

DOS salteadores son llevados con Jesús a la ejecución. La procesión se detiene no muy lejos de la ciudad, en un lugar llamado Gólgotha o Lugar del Cráneo.
Les quitan a los prisioneros sus prendas de vestir. Entonces les proveen vino drogado con mirra. Parece que las mujeres de Jerusalén lo preparan, y los romanos no niegan a los que son colgados en maderos esta bebida que embota los sentidos al dolor. Sin embargo, cuando Jesús lo prueba, rehúsa tomarlo. ¿Por qué? Obviamente Jesús quiere estar en pleno dominio de sus facultades durante esta prueba suprema que se impone a su fe.
Ahora extienden a Jesús sobre el madero, con las manos por encima de la cabeza. Entonces, a martillazos, los soldados introducen grandes clavos en las manos y los pies de Jesús. Él se retuerce de dolor cuando los clavos atraviesan carne y ligamentos. Cuando levantan el madero, el dolor es insoportable, pues el peso del cuerpo desgarra las heridas causadas por los clavos. Pero en vez de amenazar a los soldados romanos, Jesús ora por ellos diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Pilato manda poner sobre el madero un letrero que dice: “Jesús el Nazareno el rey de los judíos”. Parece que escribe esto no solo porque respeta a Jesús, sino porque detesta a los sacerdotes judíos por haberle obligado a dictar la pena de muerte contra Jesús. Para que todos puedan leer el letrero, Pilato hace que se escriba en tres idiomas: en hebreo, en el latín oficial y en el griego común.
Esto desalienta a los sacerdotes principales, entre ellos Caifás y Anás. Esta proclamación categórica les daña su hora de triunfo. Por eso se oponen, y dicen: “No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino que él dijo: ‘Soy rey de los judíos’”. Pilato, irritado porque se le ha hecho instrumento de los sacerdotes, responde con resuelto desdén: “Lo que he escrito, he escrito”.
Los sacerdotes, junto con una muchedumbre grande, se reúnen ahora en el lugar de la ejecución, y los sacerdotes contradicen el testimonio del letrero. Vuelven a mencionar el testimonio falso que se había presentado antes en los juicios ante el Sanedrín. No sorprende, pues, que los que pasan por allí empiecen a lanzar insultos y a menear la cabeza en burla, diciendo: “¡Oh tú, supuesto derribador del templo y edificador de él en tres días, sálvate! Si eres hijo de Dios, ¡baja del madero de tormento!”.
Los sacerdotes principales y sus secuaces religiosos también se burlan: “¡A otros salvó; a sí mismo no se puede salvar! Él es rey de Israel; baje ahora del madero de tormento y creeremos en él. Ha puesto en Dios su confianza; líbrelo Él ahora si le quiere, puesto que dijo: ‘Soy Hijo de Dios’”.
Contagiados por el espíritu de la situación, los soldados también se mofan de Jesús. Burlándose, le ofrecen vino agrio, al parecer aguantándolo precisamente ante sus labios resecos. Lo desafían, diciendo: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate”. Aun los salteadores —colgados uno a la derecha de Jesús y el otro a su izquierda— se burlan de él. ¡Imagínese! ¡El hombre más grande de todos los tiempos, sí, la persona que colaboró con Jehová Dios en la creación de todas las cosas, sufre con resolución todo este insulto!
Los soldados toman las prendas de vestir exteriores de Jesús y las dividen en cuatro partes. Echan suertes para ver de quiénes serán. Sin embargo, la prenda de vestir interior no tiene costura, pues es de calidad superior. Por eso los soldados se dicen unos a otros: “No la rasguemos, sino que por suertes sobre ella decidamos de quién será”. Así, sin darse cuenta, cumplen la Escritura que dice: “Repartieron entre sí mis prendas de vestir exteriores, y sobre mi vestidura echaron suertes”.
Con el tiempo, uno de los salteadores se da cuenta de que Jesús en realidad tiene que ser un rey. Por lo tanto, reprende a su compañero con las palabras: “¿No temes tú a Dios de ninguna manera, ahora que estás en el mismo juicio? Y nosotros, en verdad, justamente, porque estamos recibiendo de lleno lo que merecemos por las cosas que hicimos; pero este no ha hecho nada indebido”. Entonces se dirige a Jesús y le ruega: “Acuérdate de mí cuando entres en tu reino”.
“Verdaderamente te digo hoy —contesta Jesús—: Estarás conmigo en el Paraíso.” Esta promesa se cumplirá cuando Jesús como Rey en los cielos resucite a este malhechor arrepentido a la vida en la Tierra en un Paraíso que los sobrevivientes del Armagedón y sus compañeros tendrán el privilegio de cultivar. (Mateo 27:33-44; Marcos 15:22-32; Lucas 23:27, 32-43; Juan 19:17-24.)
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“Ciertamente este era Hijo de Dios”

JESÚS no ha estado colgando del madero por mucho tiempo cuando, al mediodía, ocurre una oscuridad misteriosa que dura tres horas. No puede ser un eclipse solar, porque estos solo ocurren cuando hay luna nueva, y durante la Pascua hay luna llena. Además, los eclipses solares solo duran unos minutos. ¡Así que la oscuridad es de origen divino! Puede que esto haga vacilar a los que se burlan de Jesús, y hasta que dejen de mofarse.
Si este pavoroso fenómeno ocurre antes de que uno de los malhechores corrija a su compañero y pida a Jesús que lo recuerde, puede que haya sido un factor en su arrepentimiento. Quizás durante esa oscuridad cuatro mujeres, a saber, la madre de Jesús y la hermana de ella, Salomé, María Magdalena y María la madre del apóstol Santiago el Menos, se acercan al madero de tormento. Juan, el apóstol amado de Jesús, está con ellas.
¡Qué dolor ‘atraviesa’ el corazón de la madre de Jesús cuando ella ve al hijo que amamantó y crió colgando allí en agonía! En cuanto a Jesús, él no piensa en su propio dolor, sino en el bienestar de ella. Con gran esfuerzo inclina la cabeza hacia Juan y dice a su madre: “Mujer, ¡ahí está tu hijo!”. Entonces, inclinando la cabeza hacia María, dice a Juan: “¡Ahí está tu madre!”.
Así Jesús encomienda a su muy amado apóstol el cuidado de su madre, quien evidentemente es viuda ya. Hace esto porque los demás hijos de María todavía no han manifestado fe en él. De esta manera da un excelente ejemplo de hacer provisión, no solo para las necesidades físicas de su madre, sino también para sus necesidades espirituales.
Como a las tres de la tarde Jesús dice: “Tengo sed”. Jesús percibe que, por decirlo así, su Padre ha retirado de él Su protección para que su integridad sea probada hasta el límite. Por eso clama con voz fuerte: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Al oír esto, algunos de los que están de pie cerca exclaman: “¡Miren! Llama a Elías”. Inmediatamente uno de ellos corre y, colocando una esponja empapada de vino agrio en la punta de una caña de hisopo, le da de beber. Pero otros dicen: “¡Déjenlo! Veamos si Elías viene a bajarlo”.
Cuando Jesús recibe el vino agrio, clama: “¡Se ha realizado!”. Sí, él ha hecho todo lo que su Padre lo envió a hacer en la Tierra. Finalmente dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Así Jesús encomienda a Dios la fuerza que le ha sostenido la vida y confía en que Dios se la devolverá. Entonces inclina la cabeza y muere.
Cuando Jesús expira, ocurre un terremoto violento que hiende las masas rocosas. El terremoto es tan vigoroso que abre las tumbas conmemorativas que hay fuera de Jerusalén y echa de estas los cadáveres. Transeúntes que ven los cadáveres que quedan expuestos entran en la ciudad e informan lo que han visto.
Además, al morir Jesús la enorme cortina que marca la separación entre el Santo y el Santísimo en el templo de Dios se rasga en dos, de arriba abajo. ¡Según informes, esta cortina hermosamente ornamentada mide unos 18 metros (60 pies) de altura y es muy pesada! El asombroso milagro no solo manifiesta la ira de Dios contra los que han matado a Su Hijo, sino que también señala que la entrada en el Santísimo, el cielo mismo, se ha hecho posible ahora mediante la muerte de Jesús.
Pues bien, la gente se aterra al sentir el terremoto y ver las cosas que suceden. El oficial del ejército encargado de la ejecución da gloria a Dios. “Ciertamente este era Hijo de Dios”, proclama. Es probable que él estuviera presente cuando en el juicio de Jesús ante Pilato se consideró la alegación de que Jesús era Hijo de Dios. Y ahora está convencido de que Jesús es el Hijo de Dios, sí, de que en verdad es el hombre más grande de todos los tiempos.
Estos acontecimientos milagrosos también sacuden profundamente a otros, que regresan a sus hogares golpeándose el pecho como muestra de su intenso dolor y vergüenza. Muchas discípulas de Jesús que observan el espectáculo desde alguna distancia quedan profundamente conmovidas por estos sucesos trascendentales. El apóstol Juan también está presente. (Mateo 27:45-56; Marcos 15:33-41; Lucas 23: 44-49; 2:34, 35; Juan 19:25-30.)
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Enterrado el viernes; una tumba vacía el domingo

LA TARDE del viernes casi termina, y el sábado 15 de Nisán va a empezar al ponerse el Sol. El cadáver de Jesús cuelga inmóvil sobre el madero, pero los dos salteadores a su lado todavía están vivos. Al viernes por la tarde se le llama la Preparación porque entonces el pueblo prepara comidas y termina toda otra tarea urgente que no pueda dejarse hasta después del sábado.
El sábado que está por empezar no es solo un sábado regular (el séptimo día de la semana), sino también un sábado doble o “grande”. Se le llama así porque el 15 de Nisán —el primer día de la fiesta de siete días de las Tortas no Fermentadas (que siempre es un sábado o día de descanso, sin importar en qué día de la semana caiga)— cae en el mismo día que el sábado regular.
Según la Ley divina, no se deben dejar colgando de un madero toda la noche los cadáveres. Por eso los judíos le piden a Pilato que, para apresurar la muerte de los que están siendo ejecutados, se les quiebren las piernas. Así que los soldados quiebran las piernas de los dos salteadores. Pero puesto que parece que Jesús ya está muerto, no se las quiebran a él. Esto cumple lo que estaba escrito: “Ni un hueso de él será quebrantado”.
Sin embargo, para eliminar toda duda en cuanto a que Jesús en verdad está muerto, uno de los soldados le punza con una lanza el costado. La lanza le traspasa la región del corazón, y al instante sale sangre y agua. El apóstol Juan, testigo ocular, informa que esto cumple otra escritura: “Mirarán a Aquel a quien traspasaron”.
En la ejecución también está presente José de la ciudad de Arimatea, miembro estimable del Sanedrín. Él rehusó votar a favor de la acción injusta del tribunal supremo contra Jesús. José es en realidad discípulo de Jesús, aunque ha temido identificarse como tal. Pero ahora cobra ánimo y va a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato manda llamar al oficial militar encargado, y después que este confirma que Jesús está muerto, Pilato hace que le entreguen el cadáver a José.
José toma el cadáver y lo envuelve en lino limpio y fino como preparación para el entierro. Nicodemo, otro miembro del Sanedrín, ayuda a José. Nicodemo tampoco ha confesado su fe en Jesús, porque teme perder su puesto. Pero ahora trae un rollo que contiene unos 33 kilogramos (100 libras romanas) de mirra y áloes costosos. Envuelven el cuerpo de Jesús con vendas que contienen estas especias, como acostumbran los judíos preparar los cadáveres para el entierro.
Entonces el cadáver se coloca en la nueva tumba conmemorativa de José, una tumba labrada en la roca en el huerto cercano. Finalmente se cierra la tumba mediante hacer rodar una piedra grande para que cubra la entrada. Para terminar el entierro antes del sábado, se apresura la preparación del cuerpo. Por eso María Magdalena y María la madre de Santiago el Menos, que quizás han estado ayudando a efectuar la preparación, van de prisa a su hogar para preparar más especias y aceites perfumados. Lo que se proponen es untar más con estos el cadáver de Jesús, después del sábado, para conservarlo por más tiempo.
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15 de Nisán. Sábado

Día de descanso; Pilato permite que se aposte una guardia en la tumba de Jesús
El hombre más grande 127, párrs. 8-10

El día siguiente, que es el día de descanso (el sábado) semanal, los sacerdotes principales y los fariseos van a donde Pilato y dicen: “Señor, hemos recordado que ese impostor dijo mientras todavía estaba vivo: ‘Después de tres días he de ser levantado’. Por lo tanto, manda que se asegure el sepulcro hasta el día tercero, para que nunca vengan sus discípulos, y lo hurten, y digan al pueblo: ‘¡Fue levantado de entre los muertos!’, y esta última impostura será peor que la primera”.
“Tienen guardia —contesta Pilato—. Vayan y asegúrenlo lo mejor que sepan.” De modo que van y aseguran el sepulcro mediante sellar la piedra y colocar soldados romanos como guardias.
Temprano el domingo por la mañana María Magdalena y María la madre de Santiago, junto con Salomé, Juana y otras mujeres, llevan especias a la tumba para untar con ellas el cuerpo de Jesús. Mientras caminan se dicen unas a otras: “¿Quién nos removerá la piedra de la puerta de la tumba conmemorativa?”. Pero cuando llegan se enteran de que ha ocurrido un terremoto y el ángel de Jehová ha hecho rodar la piedra. ¡Los guardias no están allí, y la tumba está vacía! (Mateo 27:57-28:2; Marcos 15:42-16:4; Lucas 23:50-24:3, 10; Juan 19:14, 31-20:1; 12:42; Levítico 23:5-7; Deuteronomio 21:22, 23; Salmo 34:20; Zacarías 12:10.)

16 de Nisán. Domingo

Resurrección de Jesús
El hombre más grande 128

¡Jesús está vivo!

CUANDO las mujeres ven que la tumba de Jesús está vacía, María Magdalena corre para decírselo a Pedro y Juan. Pero parece que las demás mujeres se quedan junto a la tumba. Poco después se aparece un ángel y las invita a entrar en ella.
Allí las mujeres ven a otro ángel, y uno de los ángeles les dice: “No teman, porque sé que buscan a Jesús, que fue fijado en un madero. No está aquí, porque ha sido levantado, como dijo. Vengan, vean el lugar donde yacía. Y vayan de prisa y digan a sus discípulos que él ha sido levantado de entre los muertos”. Por eso, con temor y gran gozo, también estas mujeres se van corriendo.
Para entonces María ha hallado a Pedro y Juan, y les informa: “Han quitado al Señor de la tumba conmemorativa, y no sabemos dónde lo han puesto”. Inmediatamente los dos apóstoles echan a correr. Juan es más veloz —obviamente es más joven— y llega primero a la tumba. Para ese tiempo las mujeres se han ido, y no hay nadie allí. Agachándose, Juan da una mirada en la tumba y ve las vendas, pero permanece afuera.
Cuando Pedro llega, no titubea, sino que entra enseguida en la tumba. Ve allí las vendas y el paño que se había usado para envolver la cabeza de Jesús. El paño está arrollado en un lugar. Juan ahora entra también en la tumba, y cree el informe de María. Pero ni Pedro ni Juan captan el punto de que Jesús ha sido resucitado, aunque Él les había dicho varias veces que esto sucedería. Los dos regresan a casa perplejos, pero María, quien ha regresado a la tumba, permanece allí.
Mientras tanto, las otras mujeres van apresuradas a decir a los discípulos que Jesús ha sido resucitado, tal como los ángeles les mandaron que hicieran. Mientras corren lo más rápido posible, Jesús se encuentra con ellas y les dice: “¡Buenos días!”. Ellas caen a sus pies y le rinden homenaje. Entonces Jesús dice: “¡No teman! Vayan, informen a mis hermanos, para que se vayan a Galilea; y allí me verán”.
Anteriormente, al ocurrir el terremoto y aparecerse los ángeles, los guardias, pasmados de asombro, habían quedado como muertos. Al despertar, inmediatamente fueron a la ciudad e informaron a los sacerdotes principales lo que había sucedido. Estos, después de haber consultado con los “ancianos” de los judíos, decidieron tratar de ocultar aquel asunto mediante sobornar a los soldados. Les ordenaron: “Digan: ‘Sus discípulos vinieron de noche y lo hurtaron mientras nosotros dormíamos’”.
Puesto que se podía castigar con la muerte a los soldados romanos por quedarse dormidos en sus puestos, los sacerdotes prometieron: “Si esto [el informe de que se quedaron dormidos] llega a oídos del gobernador, nosotros lo persuadiremos y los libraremos a ustedes de toda preocupación”. Los soldados siguieron estas instrucciones, pues el soborno que se les dio fue bastante grande. Como resultado de eso, el informe falso acerca del hurto del cuerpo de Jesús se divulgó entre los judíos.
María Magdalena, quien se queda junto a la tumba, se echa a llorar. ¿Dónde estará Jesús? Al agacharse para mirar dentro de la tumba, ¡ve a los dos ángeles vestidos de blanco, que han reaparecido! Uno está sentado a la cabeza y el otro a los pies donde había yacido el cuerpo de Jesús. Preguntan: “Mujer, ¿por qué lloras?”.
“Han quitado a mi Señor —contesta María—, y no sé dónde lo han puesto.” Entonces se vuelve y ve a alguien que pregunta de nuevo: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y este también pregunta: “¿A quién buscas?”.
Imaginándose que es el hortelano del jardín donde está la tumba, ella le dice: “Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo quitaré”.
“¡María!”, dice aquella persona. E inmediatamente ella sabe, por la manera como él le habla, que es Jesús. “¡Rab·bó·ni!” (que significa: “¡Maestro!”), exclama. Entonces, con muchísimo gozo, se ase de él. Pero Jesús le dice: “Deja de colgarte de mí. Porque todavía no he ascendido al Padre. Pero ponte en camino a mis hermanos y diles: ‘Asciendo a mi Padre y Padre de ustedes y a mi Dios y Dios de ustedes’”.
María ahora corre a donde están reunidos los apóstoles y sus compañeros discípulos. Da su relato en apoyo del informe que las demás mujeres ya han dado respecto a haber visto a Jesús resucitado. Sin embargo, parece que estos hombres, que no habían creído el informe de las primeras mujeres, no le creen tampoco a María. (Mateo 28:3-15; Marcos 16:5-8; Lucas 24:4-12; Juan 20: 2-18.)
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Créditos por Información e Imágenes: "El hombre más grande de todos los tiempos", publicado por: Watchtower Bible and Tract Society of New Yort, Inc. Año: 1991.

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