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El Espejo - Educar Valores y el Valor de Educar. Parábolas

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Parabolas e Ilustraciones para Educar en Valores

Contenidos de Parabolas e Ilustraciones

Un acaudalado comerciante acudió a su confesor. Se sentía triste, apesadumbrado, lleno de angustia.
-No sé qué es lo que me está pasando. Tengo todo lo que siempre deseé pero no soy feliz.
El confesor, que era un hombre muy sabio, no le dijo nada sino que lo llevó frente a una ventana y le pidió que mirara a través de los vidrios y le contara qué es lo que veía.
-Veo casas, personas, niños jugando...
El confesor puso entonces al comerciante frente a un espejo.
-¿Qué ves ahora? -le preguntó
-Me veo a mí mismo.
-El mismo vidrio, cubierto de plata, hace que no veas la realidad, sino que te veas a ti mismo. ¿No será que tus negocios y tu afán de dinero no te permiten ver a los demás pues ya sólo tienes ojos para ti mismo?
«Vi tres pájaros de frente, girando despaciosamente en grandes círculos, los movimientos de sus seis alas sincronizados y perfectos, mientras reflejaban momen­táneamente el sol naciente y volaban luego, desa­pareciendo a lo lejos. Si yo hubiera sido ornitólogo, hubiera identificado esas criatura aladas por su nombre, y les explicaría su origen y costumbres. Si las hubiese visto con los ojos de los que predicen el tiempo, anunciaría presagios de lluvia, tormenta o calma y les relataría antiguas historias para justificar mis predicciones. Como filósofo, disertaría sobre el misterio de la vida y las múltiples formas de existencia. Pero como no soy nada de eso, vi tres hermosísimos pájaros blancos disfrutando en la plenitud de la mañana».
«Era una vez un maestro implacable. Cortó una bellísima flor del campo y la convirtió en épetulia sighilattaí. Los alumnos, desconsolados, la estudiaron amargamente». Son muchas las cosas que no nos dejan ver la realidad y no nos dejan ver a los demás: los prejuicios, las rique­zas, el poder, el afán de sobresalir, de considerarnos más que los otros, los títulos... Con frecuencia, los muchos estudios y la pre­tendida sabiduría no nos dejan ver la belleza, el misterio, los rostros concretos de cada uno de los alumnos. Algunos utilizan títulos, di­plomas y postgrados como especie de pedestal para elevarse sobre los demás, para alejarse de sus compañeros y alumnos, y desde la altura de su pretendida superioridad lanzarles una palabra cada vez más incomprensible y lejana. La calidad de los nuevos títulos en educación sólo puede comprobarse en una actitud de mayor acerca­miento a los alumnos, en una disposición a verlos como son para mejor ayudarles y servirles.
Si bien es verdad que debemos formarnos siempre, no pode­mos confundir estar estudiando con estarnos formando. Hay perso­nas a las que los estudios las embrutecen cada vez más en cuanto que las van llenando de sí mismas y les impiden ver a sus alumnos, a sus familias, el mundo y los problemas. La genuina formación supo­ne una continua transformación, un crecimiento en la interioridad y en la capacidad de enseñar mejor. De nada sirven títulos y diplomas si nos hacen mejores: mejores personas y mejores maestros.

Recuperado para fines educativos del libro:
Educar Valores y el Valor de Educar. Parábolas
Autor: Antonio Pérez Esclarin

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