La rana y el buey - Educar Valores y el Valor de Educar. Parábolas

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Una rana vio un buey y lo encontró tan grande y tan fuerte que deseó ardientemente ser como él. Desde ese día empezó a odiarse a sí misma: se encontraba fea, pequeña, insignificante... Maldecía de su suerte de rana, de sus padres que la habían hecho así, del estanque donde vivía y hasta le resultaba insufrible el croar melodioso que inundaba todas las noches.
Entonces la rana se puso a comer y a comer con la idea de volverse tan grande como el buey. Aunque no tuviera hambre, ella seguía comiendo. A su hermana menor solía decirle:
- Fíjate, hermana, cómo estoy creciendo. Pronto voy a ser tan grande como el buey.
-Has crecido un poquito, pero te falta todavía mucho para ser como el buey.
La rana seguía comiendo y comiendo, y aunque no creció mucho, se puso muy gruesa y muy torpe: casi no podía saltar. Ciega con su idea de crecer y crecer para ser como el buey, siguió comiendo y engordando hasta el punto que ya no podía ni caminar.
-¿Me veo ya tan grande y hermosa como el buey?-le preguntó un día esforzadamente a su hermanita pues estaba tan gorda que casi no podía ni hablar.
-Por más que comas, nunca vas a ser como el buey. Tú eres una rana y, por querer ser como el buey, ya ni puedes hacer las cosas de nosotras las ranas. Olvídate del buey y vive feliz como rana.
La rana no hacía caso de su hermana y seguía comiendo.
Un día, comió tanto la rana que reventó y murió.
(Adaptación de M. Capus, Pour charmer nos petits).
Semejante es la historia del murciélago que nos cuenta Eduardo Galeano:
Cuando el tiempo era muy niño todavía, no había en el mundo bicho más feo que el murciélago.
El murciélago subió al cielo en busca de Dios. No le dijo: «Estoy harto de ser horroroso. Dame plumas de colores». No. Le dijo: «Dame plumas, por favor, que me muero de frío».
A Dios no le había sobrado ninguna pluma.
-Cada ave te dará una pluma -decidió.
Así obtuvo el murciélago la pluma blanca de la paloma y la verde del papagayo, la tornasolada pluma del colibrí y la rosada del flamenco, la roja del penacho del cardenal y la pluma azul de la espalda del Martín pescador, la pluma de arcilla del ala de águila y la pluma de sol que arde en el pecho del tucán.
El murciélago, frondoso de colores y suavidades, paseaba entre la tierra y las nubes. Por donde iba, quedaba alegre el aire y las aves mudas de admiración. Dicen los pueblos zapotecas que el arcoíris nació del eco de su vuelo.
La vanidad le hinchó el pecho. Miraba con desdén a todo el mundo y ofendía.
Se reunieron entonces las aves. Juntas volaron hacia Dios.
-El murciélago se burla de nosotras -se quejaron- Y además, sentimos frío por las plumas que nos faltan.
Al día siguiente, cuando el murciélago agitó las alas en pleno vuelo, quedó súbitamente desnudo. Una lluvia de plumas cayó sobre la tierra.
El anda buscándolas todavía. Ciego y feo, enemigo de la luz, vive escondido en las cuevas. Sale a perseguir las plumas perdidas cuando ha caído la noche; y vuela muy veloz, sin detenerse nunca, porque le da vergüenza que lo vean.
La aceptación de sí mismo es la base fundamental para una vida plena y feliz. Todos recibimos la vida como puro don. A nadie nos preguntaron si queríamos o no nacer, ni nos consultaron cómo queríamos que fueran nuestros ojos, el color de la piel o del cabello, o si nos gustaría ser pequeños o altos, gordos o flacos. Tampoco elegimos el lugar de nuestro nacimiento ni la familia que íbamos a tener. Podíamos haber nacido en un rancho miserable, de un padre borracho y una madre drogadicta y posible­mente hoy seríamos ese malandro que tememos, o ese niño de la calle que despreciamos. Si hubiéramos nacido en Irán, posiblemente hoy seríamos un musulmán fundamentalista.
Estas reflexiones nos deben llevar, en primer lugar, a relativizar nuestro aspecto físico y nuestra condición social, cultural e incluso religiosa, pues fueron puro don si mérito alguno nuestro y, en se­gundo lugar, a no considerarnos ni superiores ni inferiores a nadie, y a respetar a todas las personas y todas las culturas.
Nacimos, nos dieron la existencia. En nuestras manos está la misión de vivirla de un modo que merezca la pena, generando vida en vez de muerte. Lo importante no es si eres buen mozo, fuerte, bello, inteligente, deportista..., sino lo que haces con esos dones, si los pones a producir vida para los demás o los usas meramente para tu deleite y para inflar tu egoísmo y vanidad. Y es que la vida no es algo que se nos da ya hecho, sino que es la posibilidad de hacer muchas cosas que merecen la pena. Pero hay que ser muy conscien­te de las propias posibilidades y limitaciones. La mayor parte de nuestras frustraciones y neurosis provienen del afán de querer ser lo que no podemos ser, de querer aparentar lo que no somos, de tapar con objetos el vacío de nuestro corazón.

Recuperado para fines educativos del libro:
Educar Valores y el Valor de Educar. Parábolas
Autor: Antonio Pérez Esclarin