Jugar con Dios - Parabolas e Historias para Educar en Valores

Parabolas e Historias para Educar en Valores

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Un ermitaño muy santo que vivía solo en las montañas bajaba todos los domingos a la misa del pueblo y, terminada la misa, se quedaba un buen rato jugando con los niños. Les daba volteretas, los arrojaba al aire, competía con ellos en carreras...Cada domingo tenía nuevos juegos y ocurrencias. Los niños lo adoraban.
Un día, se le acercó el maestro para preguntarle cuál era su magia para que todos los niños del pueblo le quisieran tanto.
-Les enseño los juegos que, durante la semana, practico con Dios -le dijo el ermitaño.
Como el maestro le miró con asombro, el ermitaño continuó mirándolo con sus ojos mansos y profundos:
-Sí, yo me la paso jugando con Dios. ¿Acaso no es él nuestro padre? ¿Y qué padre bueno no juega con sus hijos? Todos llamamos a Dios Padre, pero, por el modo en que lo tratamos, no parecemos muy convencidos de que en realidad lo es. A no ser que pensemos de Dios que es un Padre muy serio y fastidioso.
¿Qué imagen tenemos y reflejamos de Dios? ¿Realmente creemos que es un Padre infinitamente bueno que nos ama más de lo que podemos imaginar? ¿Un padre juguetón, echador de bromas, que le encanta jugar y divertirse con nosotros? Y si realmente lo creemos, ¿lo demostramos con nuestro actuar y nuestra vida? ¿O tomamos a Dios como un padre autoritario, distante y aburrido, incapaz de reír o sonreír, es decir, como un pésimo padre? ¿No son nuestros rezos y oraciones demasiado fastidiosos y serios? ¿Nos hemos atrevido alguna vez a jugar con Dios?
Ciertamente, Dios es Padre de todos los seres humanos y nos llamó a la existencia para una vida en plenitud y en alegría. Pero somos muy pocos los que lo sabemos y muchísimos menos todavía los que lo experimentamos, los que sentimos su amor. De ahí, el deber que tenemos de ser mediadores de su amor con todos los que lo desconocen, lo ignoran o tienen una idea equivocada de El.
Muchos alumnos nunca han experimentado el cariño profundo de unos verdaderos padres. Esfuérzate por tratarlos y quererlos de tal forma que, a través tuyo, puedan asomarse a las honduras insondables del amor de Dios. O del amor de María, la Virgen, que siempre ha sido camino seguro hacia Jesús, y que, como madre maravillosa, disfruta de nuestros juegos y alegrías, y le encanta jugar con nosotros y vernos felices:

* * *

Cuenta una bellísima leyenda francesa del siglo XII que un acróbata y payaso, hastiado de recorrer el mundo, llegó a la abadía de los monjes de Claraval con la intención de recogerse allí y dedicarse por entero al servicio de Dios. Muy pronto, sin embargo, cayó en la cuenta de que no estaba preparado para vivir la vida de los monjes. No sabía leer ni escribir, era muy torpe para los trabajos manuales y los ratos de oración se le hacían interminables. A medida que pasaban los días, se veía cada vez más deprimido, como si un manto de tristeza cubriera su alma.
Una mañana muy temprano, mientras los monjes estaban en oración, el payaso acróbata se puso a vagar por la abadía y llegó a la cripta de la iglesia, donde descubrió una imagen de la virgen sentada en su trono. El payaso observó con atención su rostro cariñoso y sintió que no había hecho nada en su vida para demostrarle a la virgen su amor de hijo. Como lo único que sabía hacer bien era brincar y bailar, se despojó de su pesado hábito y empezó a ejercitar para la virgen sus mejores saltos, muecas y cabriolas, mientras le rogaba que aceptara su actuación como prueba de su amor.
Desde ese día, mientras los demás monjes se entregaban a sus oraciones, el payaso bailaba, brincaba y ejercitaba sus mejores actos con toda devoción para la virgencita de la cripta. Un día, lo sorprendió un monje haciendo sus payasadas y brincos y, muy escandalizado, corrió a contárselo al abad. Bajaron los dos en silencio a la cripta y, ocultos detrás de una columna, presenciaron atónitos la actuación del acróbata hasta que cayó exhausto sobre el piso. Entonces, apenas pudieron creer lo que vieron sus ojos: la virgen se levantó de su trono, enjugó la frente sudada del payaso y depositó en ella un largo beso de agradecimiento y amor.

Recuperado para fines educativos del libro:
Para Educar Valores. Nuevas Parábolas
Autor: Antonio Pérez Esclarin

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