Incomunicación - Parabolas e Historias para Educar en Valores

Parabolas e Historias para Educar en Valores

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En su obra La Cantante Calva, lonesco nos presenta un mundo en el que los personajes hablan y hablan pero no se comunican. Las palabras se han convertido en piedras que caen, en cadáveres, en trampas para ocultar la lejanía y la ausencia: Un hombre y una mujer se encuentran por azar y comienzan a charlar amenamente... A medida que avanza la conversación, descubren que ambos han viajado desde Nueva York en el tren de las diez, y que incluso los dos viven en el mismo edificio de la quinta avenida. Más sorprendente aún, ambos tienen una hija de siete años e incluso viven en el mismo apartamento. Para su
sorpresa final, descubren que son marido y mujer.

* * *

En la casa del matrimonio Rodríguez, él y ella están viendo televisión, sin cruzarse, jamás, una palabra, hasta el día en que se fue la luz. Entonces, él la miró al rostro y le dijo: "¿cómo está usted? Creo que no nos conocemos, mi apellido es Rodríguez. ¿Cuál es el suyo?" Y ella le dijo:
"Yo soy la señora Rodríguez. Será que usted y yo somos..." De pronto, regresó la luz, volvió a funcionar la televisión y ellos no continuaron averiguándolo.
En un mundo que ha multiplicado las posibilidades de comunicación, que ha barrido las fronteras de las distancias, las personas viven cada vez más solas y más incomunicadas. Ya no son capaces de contarse sus ilusiones, esperanzas, angustias, miedos. Viven extraños en la misma casa, en la misma cama. La comunicación se está convirtiendo en una especie de ritual vacío, en mera cháchara banal y hueca, siempre desde lejos. La gente necesita llamarse continuamente por el celular, enviarse correos electrónicos, contarse lo que pasa o lo que hicieron: "ya llegué al aeropuerto", "estoy en el taxi", "ya voy para allá", y cuando se encuentran y están el uno junto al otro, no tienen nada que decirse y se ponen a ver televisión que, sin duda alguna, se está convirtiendo cada vez más en el personaje más importante de la familia:
Oración de un niño:
Señor, esta noche quiero pedirte algo especial: conviérteme en televisor. Quisiera ocupar su lugar para vivir como él en mi casa: tendría un cuarto especial para mí, y toda la familia se reuniría a mi alrededor horas y horas. Siempre me
estarían todos escuchando sin ser interrumpido ni cuestionado, y me tomarían en serio. Cuando me enfermara, llamarían enseguida al médico y estarían todos preocupados y nerviosos hasta que volviera a funcionar perfectamente. Mi papá se sentaría a mi lado cuando vuelve cansado del trabajo, mi mamá buscaría mi compañía cuando se queda en la casa sola y aburrida, y mis hermanos se pelearían por estar conmigo. ¡Cómo me gustaría poder disfrutar de la sensación de que lo dejan todo por pasar algunos momentos a mi lado!
Por todo esto, Señor, conviérteme en un televisor, yo te lo ruego.

Recuperado del libro:
Para Educar Valores. Nuevas Parábolas
Autor: Antonio Pérez Esclarin

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