No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti - Parabolas e Historias para Educar en Valores

Parabolas e Historias para Educar en Valores

Indice de Parabolas e Historias para Educar en Valores


Entró un hombre a un restaurante y, mientras se dirigía a una mesa vacía, le preguntó a una joven que se encontraba almorzando en la mesa de al lado:
-¿Podría, usted, por favor, decirme la hora?
La joven le respondió con voz airada y muy fuerte de modo que todos pudieran oírle:
-¡Cómo se atreve usted, sinvergüenza, viejo verde, desgraciado!
El hombre enrojeció y sintió sobre él todo el peso de cientos de ojos que le miraban con ira. Sólo atinó a decirle con voz temblorosa:
-Lo siento, señorita, pero parece haberme entendido mal, yo sólo le pregunté la hora.
Entonces, la joven se paró muy ofendida y se puso a gritar histéricamente:
-Si usted sigue con eso, sinvergüenza, voy a llamar a la policía.
Terriblemente avergonzado, el hombre se fue hasta el rincón más alejado del local y se sentó en una mesa semioculto detrás de una columna.
Algunos minutos después, se le acercó la joven y le dijo sonriendo:
-Disculpe usted, siento mucho lo sucedido, pero verá, soy estudiante de psicología y estoy haciendo una investigación de cómo reaccionan las personas ante situaciones imprevistas.
El hombre la miró durante un par de segundos y exclamó con voz fuerte y asombrada de modo que todos pudieran oírle:
-De verdad que usted está dispuesta a hacerme todo eso y durante toda la noche por tan sólo diez euros....
La dama cayó al suelo desmayada.
"Trata a los demás como quisieras que te trataran a tí y nunca hagas a nadie lo que no te gustaría que te hicieran". En estos dos principios se resume toda la ética y las normas de la convivencia humana. Si a todos nos encanta que nos traten con cariño y con respeto, ¿por qué no tratamos así a los demás? Trata siempre a los demás de modo que se sientan importantes y queridos. Actúa de tal modo que los demás sientan que ha sido un verdadero regalo el haberte conocido. Con frecuencia, nos encanta echar broma a los demás, reírnos a costa de otros, pero cómo nos ponemos si se meten con nosotros... Pedimos a los demás el
respeto y comprensión que no estamos dispuestos a darles. Si herimos a otros, les decimos que era tan sólo una broma, nos quejamos de su falta de sentido del humor..., pero cómo nos duele cuando somos nosotros el objeto de las risas. Por ello, antes de actuar, piensa si te gustaría que te hicieran a tí lo que piensas hacer , o que te trataran del modo en que tú te propones hacerlo. Somos tan subjetivos y condescendientes con nosotros mismos que lo que consideramos virtud en nuestra conducta, nos parece un error o equivocación en la conducta de los demás.
Si alguien tarda mucho en hacer algo, es que es lento. Pero cuando yo me tomo mi tiempo es que me gusta hacer las cosas bien pues soy consciente y reflexivo.
Cuando el prójimo no hace las cosas, es un flojo, un irresponsable y un vago. Cuando yo no las hago es porque no pude, tenía muchos problemas, estaba muy ocupado.
Cuando el prójimo toma la iniciativa y hace las cosas sin que se le digan, es un entrometido, busca llamar la atención. Cuando las hago yo sin que me digan, es que tengo iniciativa.
Cuando al prójimo no le gustan mis amigos, es que está lleno de prejuicios. Cuando a mí no me gustan los suyos, es que conozco bien a las personas y tengo buen juicio.
Cuando el prójimo mantiene con firmeza su opinión, es un terco y un dogmático. Cuando yo mantengo fuertemente la mía, es que tengo firmeza.
Cuando el prójimo se fija en pequeños detalles, es un maniático. Cuando yo
me fijo en pequeños detalles, es que soy cuidadoso

* * *

La directora le dice a la secretaria de la escuela:
-Alguien acaba de entrar en el salón de quinto grado. ¿Quién podrá ser que llega tan tarde?
-Seguro que es la maestra.
-¿Cómo puedes estar tan segura de eso?
-Porque si hubiera sido un alumno, ya la maestra lo hubiera enviado a la dirección.

* * *

Una vez un panadero de la ciudad y un campesino de la aldea vecina hicieron un trato. Se intercambiarían, todos los días, medio kilo de pan por medio kilo de mantequilla. Las cosas marcharon bien por algún tiempo, hasta que, un día, el panadero empezó a sospechar que la mantequilla no tenía el peso convenido. Durante varios días, pesó la mantequilla y pudo evidenciar que, como lo había sospechado, cada día pesaba menos. Por fin, hizo que apresaran al campesino por fraude.
En el juicio, el campesino confesó que si bien tenía balanza, no estaba utilizando las pesas.
-¿Entonces, cómo pesa usted la mantequilla que debe enviarle al panadero?
-Muy sencillo: utilizo como pesa el pedazo de pan que me manda el panadero. Si mi mantequilla no tiene el peso correcto, se debe tan sólo al pan del panadero...

Recuperado del libro:
Para Educar Valores. Nuevas Parábolas
Autor: Antonio Pérez Esclarin

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