12 de octubre de 1492 - Descubrimiento de América | Historia de Venezuela

Diccionario de Historia
de Venezuela

Diccionario de Historia de Venezuela

No debieron ser escasas las tentaciones, en la Edad Media de penetrar en el Atlántico, a impulso de la creencia medieval en las islas fantásticas, donde se suponía habían quedado aislados grupos de cristianos o vivían retirados monjes anacoretas: de aquí que se hablara de la de las Siete Ciudades, hasta donde se decía escaparon siete obispos cuando los moros entraron en España, o la de San Brandam. Pero, en contraposición, estaban los temores que se derivaban de las creencias y terrores antiguos. No obstante, empezaron tales islas a señalarse en los mapas de la Baja Edad Media, como en el de Andrea Bianco, con nombres concretos, como la isla Brasil, la isla Antilla y otras también desconocidas, pero que eran admitidas como muy posibles, sobre todo en un lejano más allá, en el extremo oriental o asiático donde también se situaban las islas de La Especería, de las cuales los árabes extraían las especias. Con todo, la idea del mundo a fines del Medievo apenas había alterado la que se tuvo en el pasado, desde que, en la Antig¸edad, se llegó al convencimiento de la esfericidad de la tierra, pues se mantenía la creencia en la existencia de un único bloque de tierras emergidas, en cuyos extremos se situaban una serie de islas, quedando cubierto por las aguas el resto. Dada la preocupación creciente por el más allá, no hubiera tardado mucho el reino castellano en impulsar expediciones transocéanicas puesto que desde las mismas islas Canarias estaba latente la tentación. El hecho en sí era, en tales circunstancias, algo inevitable, establecidos los determinantes que imponían el intento, puesto que el proyecto y el proyectista eran ya lo de menos.
En realidad, la misma guerra sucesoria a la corona de Castilla, en la que tomó parte el rey de Portugal, en favor de la Beltraneja, fue consecuencia de las pugnas de bandos irreconciliables, que ya, antes de estar vacante el trono, trataron de imponer quien había de suceder a Enrique IV; pero también, de los deseos de imponerse en exclusiva sobre las rutas de África y las islas oceánicas. Pero todo se retrasó, como la experiencia colombina, por la larga guerra de Granada, provocada por el rey nazarita que se negó a seguir pagando las parias y que, con diversas alternativas, se desarrolló entre 1481-1492. Así fue el 17 de abril de este año, es decir, 3 meses después de concluida la guerra, cuando se firmaban las capitulaciones de Santa Fe, para que Cristóbal Colón emprendiera su navegación rumbo a occidente. Apoyados en lo acordado con Portugal, los reyes de Castilla como “-señores que somos de las mares Océanos-”, ponían entonces en marcha el proyecto colombino con el objetivo de llegar a las Indias, en busca del Gran Kan, el poderoso rey del Oriente del que se supo tras las noticias divulgadas por Marco Polo 2 siglos atrás. Así, el proyecto de Colón de ir a ultramar encajaba con la política del rey Fernando, pues si, con las riquezas logradas en el Lejano Oriente se podrían sufragar los gastos necesarios para la reconquista de Jerusalén, a lo que aspiraba, también la posible alianza con el Gran Kan podía ser útil, para, como en tiempos se pensó, amenazar al turco por su retaguardia.
El plan de Colón era también una consecuencia del clima que se respiraba entonces en las islas atlánticas y en Lisboa, sin que descartemos, al contrario, que algún viejo marino, y más de uno, pudiera darle noticia de lo que creyó haber visto arrastrado por las tormentas, si llegó a arribar, por casualidad, a tierras americanas. De ese ambiente y noticias tuvo que nacer en Colón el deseo de conocer opiniones autorizadas, por lo que llegaría a lograr leer las cartas del geógrafo italiano Toscanelli, la primera, de 1474, respondiendo al canónigo Martins a las mismas preguntas que le atormentaban a él. En 1484, debió ya presentar su proyecto de navegar a las Indias por occidente al rey Juan II de Portugal, proyecto que la junta que le examinó rechazó de plano, sin duda, por lo que se deja traslucir del que luego presentó en España, por insistir en que la expedición debería correr a lo largo del paralelo de las Canarias; pues al estar este ámbito expresamente reservado a la Corona de Castilla, el monarca lusitano se negaría a una violación tan caprichosa del Pacto de AlcaÁovas. Y así fue como resolvió pasarse Colón a España, para tantear si podía encontrar mejor acogida por parte de los propietarios de ese espacio oceánico. Creemos que Colón abandonó Lisboa, sin hacer saber su marcha, porque en definitiva no sabía qué posibilidades podía encontrar en España, para volver de nuevo si éstas no eran mejores. Era el año de 1485. Esta llegada de Colón a España está envuelta en un vaporoso misterio, pues nunca habló claramente de quienes le acogieron. Hernando Colón es el que menciona La Rábida, con el episodio de la casual circunstancia de tener que detenerse para pedir agua, por la sed que tenía su medio hermano Diego, que era entonces muy niño, de 5 años. El padre Bartolomé de Las Casas, que se sirvió del manuscrito de Hernando para escribir su Historia de las Indias, repite lo mismo. El cronista Gómara, ya a mediados del siglo XVI, adorna aún más este supuesto, pues hace aparecer a fray Juan Pérez de Marchena como amparador entonces de la idea de Colón, uniendo en una persona a 2 frailes distintos.
El caso es que Colón, con las cartas de recomendación obtenidas, se presentó en Córdoba, donde se encontraban los Reyes, a causa de la guerra de Granada. Sin embargo, sólo logró ser recibido por ellos en Alcalá de Henares, el 20 de enero de 1486, lo que significaba ya un gran progreso, pues en aquellas circunstancias no era tan fácil que un desconocido recién llegado consiguiera ser escuchado directamente por los monarcas. En esa audiencia, Colón les entregaría un memorial, según era costumbre, en el que concretaba sus pretensiones: ayudas, premios por su servicio y compromiso que ofrecía. Los monarcas tuvieron que encomendar el asunto a una junta de entendidos en los distintos aspectos que el plan ofrecía, pues ellos, claro es, no tenían el menor conocimiento sobre la posibilidad de que aquella idea fuera realizable. Con todo, es indudable que el proyecto del viaje trasatlántico no se habría tomado en consideración de no existir una predisposición en Castilla para buscar una fuente de recursos con qué sostener las altas empresas de la cristiandad, a las que se veían impulsados. Además, el proyecto de Colón no pasaba de ser el de una navegación para abrir una ruta comercial con las grandes ciudades del extremo asiático. Después de rechazar la junta la viabilidad de que pudiera alcanzarse la costa asiática navegando hacia el occidente, Colón volvió a Portugal donde tampoco consiguió que el Rey lusitano aceptara su proyecto. Pero al regresar a España, el cardenal Mendoza inclinó a los Reyes a reconsiderar las posibilidades del intento. Así fue como, concluida la guerra de Granada, se aceptaron las demandas de Colón, mediante las Capitulaciones de Santa Fe, en abril de 1492 y se resolvió la organización de la aventurada expedición. La Corona decidió que el puerto donde se organizara la expedición fuera Palos, lugar donde había muchos y expertos marineros, habituados a navegar a Canarias y la Berbería, e incluso a penetrar en expediciones atlánticas. Pero, al desconfiar de Colón no se decidieron a ir con él. Sólo cuando el armador Martín Alonso Pinzón llegó y puso su prestigio personal en la empresa, se pudieron reunir las tripulaciones. Si hubo una promesa de Colón de hacerle partícipe en los posibles beneficios del futuro, no lo sabemos. Así, la expedición de 3 carabelas al fin se dio a la mar de la barra de Saltes, junto a Palos, el 3 de agosto de 1492, rumbo al océano.
Con Colón iba, como maestre de la Santa María Juan de la Cosa, y como capitán de la Pinta embarcó Martín Alonso Pinzón, con su hermano Francisco como maestre, mientras que el mando de la Niña lo llevaba el otro hermano, Vicente. En total, embarcaron unas 90 personas, cifra que da Hernando Colón y que parece confirmada por los estudios que se han seguido para identificarlos. El viaje se desarrolló con buen tiempo, aunque la Pinta tuvo una avería en el timón sobre la costa de la Gran Canaria. Después de la escala en Gomera, iniciaron la travesía del Atlántico el 6 de septiembre, en derechura del oeste. Tan favorable y constante era el viento, que comenzó a temer la gente que no les sería fácil volver. Como anécdotas del viaje debemos recordar la sorpresa de Colón por el cambio de declinación de la brújula, lo que atribuyó a un movimiento de la estrella Polar, con lo que descubría sin advertirlo, su rotación. También creyó que la acumulación de yerbas en el océano, lo que se llamaría mar de Sargazo, era síntoma de la proximidad de tierras; como creyó estar navegando entre islas, por el vuelo de las aves.
Dado que Colón esperaba hallar las primeras tierras a las 400 leguas de la isla del Hierro, última de las Canarias, era natural que al pasar con creces esa distancia sin encontrarlas, la gente comenzara a temer perderse en el mar. Transcurrido un mes sin ver más que cielo y agua, Pinzón aconsejó que cambiara la derrota al oeste por el suroeste, por creer que así sería más seguro topar con el Cipango. Esta opinión, recogida en el Diario, nos prueba que Pinzón tenía ideas propias sobre el viaje a las Indias, que permiten explicar que colaborara con Colón, sumando sus iniciativas. Mas como Colón se negó a virar y siguió sin encontrarse nada, la gente trató de imponer el retorno, lo cual evitó Pinzón con su decisión, logrando también que el Almirante tomara la dirección pedida el 7 de octubre, con lo que se salvó el viaje, por casualidad, pues de otra forma, al aproximarse a la Florida, hubieran sido arrastradas las carabelas por la corriente del golfo y desviadas hacia Europa. Mas, a pesar del cambio, rebasadas 100 leguas más de las que Colón consideró límite extremo, la inquietud de la gente llegó al máximo, por lo que fue necesario convencerlos para seguir adelante, por lo menos durante 3 días más, con la suerte de que sólo unas horas después, en el amanecer del 11 al 12 de octubre, un Rodrigo de Triana, que no sabemos quién era, pues nadie se llamaba así en el rol de enganche, descubrió a la luz de la luna la primera tierra americana: una “cabeza blanca de arena”.Se trataba de una isla del tipo atolón, de las Lucayas, a la que bautizaron con el nombre de San Salvador, que les resultó muy diferente de lo previsto. Ni era la tierra de las grandes ciudades, ni tampoco un inframundo. Sin duda, temían encontrarse con animales monstruosos, en lo que consideraban fin del mundo, pues con toda atención anotó Colón en su Diario que “-ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos, en esta isla-” La dimensión la calcularon en “quince leguas de larga”. Como es natural, la mayor atención la pusieron los descubridores en el aspecto que ofrecían los hombres: eran seres normales, como todos los demás, y no seres extraños. Pero, al mismo tiempo que advertía que no eran negros ni blancos, sino “del color de los canarios”, los guanches, le llamó la atención que todos estuvieran desnudos “y también las mujeres”. Como destacó que manifestaban una actitud pacífica, ya que no conocían ni las armas que llevaban.
Tomada formalmente posesión de la tierra, en nombre de los reyes, de lo que levantaron acta, y hechos los reconocimientos y rescates con los indios, de los que tomaron varios como guías, para devolverlos al regreso, aprendida la lengua, prosiguieron el recorrido de las pequeñas islas, hasta que el 28 de octubre llegaban a las costas de Cuba, que llamó Juana, por el nombre del heredero de la Corona, tierra que primero creyó Colón que era el Cipango, aunque después la identificó con una punta extrema del Asia. Colón dedujo también que hasta allí llegaban gentes del Gran Kan, porque los indios se mostraban muy asustados al preguntarles por él, pues el término Kani, los del Kan, en el latín que usaban los intérpretes de Colón, lo asociaban a kanib o karib, que era el nombre de esos indios que tanto temían, de donde los españoles derivaron ya los de caniba o caribe, como llamaban a los pueblos que les asaltaban y comían, por ser antropófagos. También en Cuba los españoles vieron, por vez primera, a indígenas que fumaban, que llevaban un tizón encendido a la boca, según decían, lo que igualmente les asombró.
Mas, a pesar de la diligencia desplegada, ninguna de las riquezas orientales aparecía, si bien los indios les informaron de una isla cercana, llamada Babeque, donde decían que había tanto oro que lo tomaban por la noche, en las playas, como si fuera arena, dándoles así quizá noticia de alguna ceremonia oceánica, relacionada con su aparición que ellos interpretaron como informe de riquezas. Ante estas deslumbrantes suposiciones, Colón dejó de navegar hacia el oeste, para volver la proa hacia donde le decían estaba la fabulosa Babeque. Este cambio en su proyecto no puede ser más llamativo. Pero el caso es que, reanudada así la navegación, en la noche del 21 de noviembre de ese 1492 se le separó nada menos que Martín Alonso Pinzón, que hasta entonces fue su brazo derecho, con la carabela Pinta, perdido en las tinieblas nocturnas.
Contrariado por ello, Colón prosiguió su recorrido, reducido a la nao Santa María y la carabela Niña, que mandaba Vicente Yáñez, hermano de Martín Alonso, sin renunciar a su objetivo. Llegaron así a otra gran isla, que llamaron La Española y siguiendo por su costa norte, tras tener noticias de un gran rey, llamado Guacanagarí, que le envió unas canoas para invitarle a pasar a su pueblo, cuando estaba anclado en la bahía de Santo Tomás, al navegar hacia allí, encalló en la noche del 24 de diciembre con la Santa María, con lo que el descubridor quedó reducido a una sola nave, la pequeña Niña, en la que ni cabían los tripulantes de las 2 carabelas. Guacanagarí le auxilió y más aún, le dio noticia de un rico país, hacia el interior, llamado Cibao, donde se extraía oro. Por ello decidió dejar en aquella costa a 39 hombres, bajo la autoridad que delegó en Diego de Arana, erigiendo una villa-fortín, en el fondo de la bahía, a la que llamaron Navidad. Acuciado ya Colón por disponer de una sola nave, que también podía perder, resolvió emprender ya el regreso a España, para dar cuanto antes la noticia del descubrimiento a los Reyes, para regresar rápidamente, mientras los hombres que dejaba habían de localizar el rico Cibao. Ya iniciado el retorno, apareció Pinzón con su nave, el 6 de enero de 1493, que llegaba navegando por el mismo litoral, desde el este. Juntos, después de 46 días de separación, volvían hacia España. Pero el retorno no fue tan plácido, pues se vieron envueltos por una gran tormenta a la altura de las Azores, que de nuevo los separó. Mientras Colón estuvo a punto de ser capturado por los portugueses en Santa María de las Azores, Pinzón siguió hasta alcanzar Bayona, en Galicia. El Almirante fue menos afortunado, pues otra gran tormenta le hizo entrar en la ría de Lisboa. Conocedor de su arribada, el rey de Portugal le invitó a una entrevista, para que le diera detalles de su viaje a las Indias, ocasión en la que le hizo saber que le correspondía lo descubierto, pues los Papas tenían concedido a Portugal el privilegio de esa navegación. Al fin, Colón partió de Lisboa el 9 de marzo, para entrar en la ría de Palos el 15. Por consiguiente, en el viaje, de ida y vuelta, había empleado 255 días. Al día siguiente aportaba también allí la carabela la Pinta. Como Colón estaba deseoso de dar cuenta de todo a los Reyes, siguió a Sevilla y desde allí, tras notificarles su éxito por carta, fue a Barcelona para presentarse ante ellos, donde recibió sus satisfacciones, con los nombramientos de virrey y almirante de las Indias, tal como se lo habían prometido. Solo las reclamaciones de los enviados de Portugal enturbiaron el éxito, y más cuando se temía que hubieran sido despachadas carabelas para las nuevas tierras. Por eso, D. Fernando se apresuró a gestionar la bula pontificia que garantizara la posesión de lo descubierto.
Por lo mismo, a toda prisa se preparó una buena flota para, apenas 6 meses después, volver a cruzar el océano, ahora con un doble fin: establecerse sólidamente en la isla Española, cerca de las minas de oro, antes de que pudieran ir los portugueses, y también, para completar el descubrimiento, con el deseo de alcanzar las costas de la India y La Especería. Se hizo a la mar el 25 de septiembre y en un viaje no tan rápido como quiso, llegaba a la isla que llamó Deseada. Estaba ante las pequeñas Antillas, que recorrió hacia el oeste. A una la nombró Guadalupe, en memoria del monasterio jerónimo; a otra Montserrat, etc., islas en las que halló muestras del canibalismo de los indios que tanto temían en La Española. Descubierta la isla de San Juan, actual Puerto Rico, siguió a La Española, con el deseo de encontrarse cuanto antes con los hombres que dejó en la villa de Navidad. Sin embargo, tuvo la sorpresa de hallar desierto el lugar, y las casas y fortaleza incendiadas. Todo había sido destruido y los hombres muertos. En un lugar de mejores condiciones más al este fundó el Almirante La Isabela, en el mes de diciembre de 1493, desde donde despachó al castellano Alonso de Ojeda hacia el interior, para que llegara al Cibao, de cuya riqueza dio a su vuelta un informe deslumbrante. Colón fue también entonces allí, para asegurar la tierra con la fundación del fuerte de Santo Tomás, donde puso una guarnición. Con esa garantía, partió el 24 de abril para proseguir los descubrimientos, según era su deseo. Dejaba a los pobladores, enfermos en su mayoría, totalmente desabastecidos, en la confianza de que llegarían pronto los socorros pedidos a España. En su recorrido, Colón descubrió el litoral meridional de Cuba, aunque sin llegar a su extremo, convencido de que era Tierra Firme. También descubrió Jamaica y la costa meridional de La Española; pero de su extremo oriental hubo de volver a La Isabela cuando era víctima de una extraña enfermedad, que le mantuvo privado de cualquier posibilidad durante largo tiempo. Restablecido, decidió someter por las armas a los indios que, entre tanto, se habían alzado. Al fin, decidió volver a España en marzo de 1496, para desembarcar en Cádiz el 11 de junio, quebrantado de su enfermedad. Después de ser recibido por los Reyes en Burgos, donde le confirmaron sus privilegios, pasó a Olmedo y Medina del Campo, para preparar su tercer viaje, en el que lograría, al fin, alcanzar tierra continental, como en el último, ambos ya de un carácter bien distinto.
Demetrio Ramos Pérez


Información recuperada de:
Diccionario de Historia de Venezuela. 2da Edición. Caracas: Fundación Polar, 1997.

Contenidos Recomendados