La profecía bíblica no es de interpretación privada


A VECES los hombres hacen pronósticos acertados basados en su propia interpretación de las tendencias y circunstancias que existen, pero a menudo sus predicciones son incorrectas. Esto se debe a que la evidencia disponible o se evalúa incorrectamente o es insuficiente para ser un pronóstico confiable. En contraste, las profecías bíblicas brotan de una fuente infalible. Escribió el apóstol Pedro: “Ninguna profecía de la Escritura proviene de interpretación privada alguna. Porque la profecía no fue traída en ningún tiempo por la voluntad del hombre, sino que hombres hablaron de parte de Dios al ser llevados por espíritu santo.”—2 Ped. 1:20, 21.
En realidad, la interpretación del hombre tocante a cómo las condiciones existentes afectarán el futuro por lo general sugiere algo totalmente diferente de la profecía que ha sido inspirada divinamente. Por ejemplo, los judíos en el siglo octavo a. de la E.C. se sentían seguros en sus ciudades fortificadas. Ellos, de hecho, razonaban así: ‘Jehová jamás permitirá que destruyan su templo. Y, aun si nos vemos amenazados por los caldeos, el poderío militar de Egipto nos salvará. ¡Si el simple informe de que una fuerza militar venía de Egipto hizo que los caldeos se retiraran de en contra de Jerusalén! Por eso no es preciso que temamos una calamidad a manos de los babilonios.’ De esta manera era que los hombres consideraban las perspectivas del futuro.—Compare con Jeremías 5:17; 7:4, 14; 14:13; 37:5-10.
Sin embargo, ¡qué diferente era la palabra profética de Dios! Por medio de su profeta Jeremías, Jehová dijo: Los caldeos “destrozarán con la espada tus ciudades fortificadas en las que estás confiando.” (Jer. 5:17) “Yo ciertamente le haré también a la casa sobre la cual se ha llamado mi nombre . . . tal como le hice a Silo” (Jer. 7:14), donde el tabernáculo había estado situado en el tiempo de Josué. (Jos. 18:1) “¡Miren! La fuerza militar de Faraón que está saliendo a ustedes con el propósito de dar ayuda tendrá que regresar a su país, Egipto. Y los caldeos ciertamente volverán y pelearán contra esta ciudad y la tomarán y la quemarán con fuego.” (Jer. 37:7, 8) Increíbles como hayan parecido estas palabras a los judíos, se cumplieron.—Jer. 44:2.
No menos sorprendentes fueron las profecías que dio Cristo Jesús más de seis siglos después en cuanto a la destrucción de Jerusalén por su infidelidad a Jehová y por rechazar a su Hijo como Mesías.—Mat. 23:37-39; Luc. 19:42-44.
Para que sus seguidores no compartieran el destino de Jerusalén, Jesús les dijo: “Cuando vean a Jerusalén cercada de ejércitos acampados, entonces sepan que la desolación de ella se ha acercado. Entonces los que estén en Judea echen a huir a las montañas, y los que estén en medio de Jerusalén retírense, y los que estén en los lugares rurales no entren en ella.” (Luc. 21:20, 21) Es posible que los discípulos de Jesús se hayan preguntado cómo podrían escapar sin poner en gran peligro sus vidas. El razonamiento humano hubiera sugerido que una vez que el enemigo rodeara la ciudad sería demasiado tarde para huir. Pero desenvolvimientos completamente inesperados hicieron posible el escape.
Cestio Galo vino contra Jerusalén en el año 66 E.C. Aunque la captura de la ciudad estaba dentro de su alcance, no perseveró con el sitio. “Cestio,” escribe el historiador judío Josefo, “hizo retraer su gente, y sin alguna esperanza, muy desacordada e injustamente, sin algún consejo partió” de la ciudad. Este extraño giro de acontecimientos, tan contrario a lo que cualquiera hubiera predicho en vista de las circunstancias aparentemente favorables para Cestio, hizo que los cristianos pudieran prestar atención a la exhortación profética de Jesús de huir de la ciudad condenada a la destrucción.
Alrededor del tiempo de la Pascua del año 70 E.C. los ejércitos romanos, bajo el mando de Tito, regresaron y otra vez sitiaron a Jerusalén. Casi cuatro décadas antes Jesús había predicho que las fuerzas enemigas edificarían una fortificación con estacas puntiagudas alrededor de la ciudad. (Luc. 19:43) No obstante, aun en esta fecha tardía no había evidencia tangible de que sucedería esto, especialmente puesto que no era el procedimiento acostumbrado. Josefo informa que en un consejo de guerra se expresaron diversos puntos de vista en cuanto a tomar la ciudad. Aparentemente solo Tito concibió la idea de circundar a Jerusalén con un muro para impedir que los judíos salieran de la ciudad para que se rindieran o, si esto no se realizaba, hacer más fácil el tomar la ciudad debido al hambre resultante.
Pasó lo inesperado. Los argumentos de Tito ganaron. Después el ejército fue organizado para emprender el proyecto. Las legiones y las divisiones menores del ejército compitieron unas con otras por terminar la tarea. Individualmente los hombres fueron estimulados por un deseo de agradar a sus superiores. Los árboles del distrito rural en torno de Jerusalén dentro de una distancia de unos dieciséis kilómetros fueron talados para suministrar materiales para la construcción. Asombrosamente, según Josefo, la fortificación se completó en solo tres días, una empresa que comúnmente hubiera requerido meses para terminarse.
Tanto del templo como de la ciudad Jesús había profetizado: “No dejarán en ti piedra sobre piedra.” (Luc. 19:44; 21:6) Esto habría sido difícil de prever aun al principio del sitio, porque Tito evidentemente deseaba hacer exactamente lo contrario. Note sus palabras dirigidas a los judíos, según las cita Josefo: “Traje forzado y contra mi voluntad las máquinas y tiros míos a vuestros muros; refrené siempre a mis soldados que deseaban todos daros la muerte. Cuantas veces yo vencí, tantas trabajé por moveros y atraeros a pedirme paz, no con menor ánimo que si yo fuera el vencido. Habiéndome llegado después cerca del templo, olvidándome adrede de lo que la ley de guerra manda, yo os suplicaba que quisieceis excusar tal destrucción, y guardar y conservar vuestro templo y vuestras cosas sagradas; dábaos facultad y licencia para salir libremente y para pelear en otro tiempo y en otro lugar si pelear queríais.”
Pero contrario a las intenciones originales del victorioso Tito, la profecía se cumplió. El historiador Josefo informa que la entera ciudad y su templo fueron arrasados, con excepción de tres torres y una porción del muro occidental. Dice él: “Derribaron todo el otro cerco de la ciudad, y de tal manera la allanaron toda, que cuantos a ella se llegasen apenas creerían haber sido habitada en algún tiempo.”
Las profecías bíblicas verdaderamente son un producto del espíritu de Dios y no se basan en interpretación privada de hombres de condiciones y tendencias que existían cuando se expresaron o se registraron. “Por consiguiente,” como Pedro escribió debido a haber visto la transfiguración de Jesús, “tenemos la palabra profética hecha más segura; y ustedes hacen bien en prestarle atención como a una lámpara que resplandece en un lugar oscuro.” (2 Ped. 1:19) Al prestar atención a la Palabra profética, es posible que tengamos el privilegio de ver el fin de toda la iniquidad y participar de las bendiciones de un nuevo sistema de cosas que se predijo que llegaría a ser una realidad en nuestra generación.—Luc. 21:25-32; 2 Tes. 1:6-10; Rev. 21:4, 5.