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La evasión y sus ritos

Capítulo II. Surgimiento de un Nuevo Mundo 1498 / 1780

Unidad 5. Vida colonial 1700 / 1780


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Todo conglomerado humano tiene sus diversiones y sus ritos de evasión. La sociedad colonial venezolana dieciochesca no es una excepción: bailes, comedias, corridas de toros, peleas de gallos o baños públicos en ríos y quebradas, mantienen ocupados tanto a súbditos como a funcionarios reales y al clero.
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Los bailes son una de las formas más comunes de la diversión y uno de los fundamentos básicos de la sociabilidad dieciochesca, tanto en las fiestas de marcado sabor popular como en reuniones de mantuanos.
En las primeras, se tratase de fiestas de santos o de la advocación de alguna virgen, las fiestas bailables duran varios días. En algunos casos, como en los alrededores de La Victoria, los bailes pueden congregar hasta 300 personas. El clero los persigue por los movimientos rítmicos que acercan pecaminosamente a la pareja, por los horarios, celebrados usualmente a la luz de la luna, porque unen a todos los grupos sociales. La Iglesia de ese momento es gran amiga del orden establecido, por lo cual intenta siempre mantener la separación absoluta de los grupos étnicos.
Las comedias enfrentan a menudo a los clérigos con la grey, y a las autoridades civiles y religiosas entre sí. Aquí se trata de ver quién domina la escena. El brazo seglar no tiene mayores reparos a la hora de auspiciar obras de teatro. Pero el clero es más quisquilloso: en su afán de prevenir escándalos, los santos padres protagonizan no pocos conflictos, incluso con obras de Calderón de la Barca, harto conocidas e interpretadas sin problemas en España carentes de expresiones bizarras, galantes y amorosas. El problema se centra, en evitar el encuentro y mezcla entre desiguales, y en el afán de la Iglesia de mantener al menos en estas tierras, su ya debilitado poder de prohibir, censurar, castigar, autoridad que tocaba a su fin.
Salvo algunas excepciones, los juegos de toros y las peleas de gallos no representan a los ojos de la Iglesia, como tampoco de las autoridades civiles, un problema mayor.
Y, si lo representaran, se hacen muchas veces de la vista gorda porque los toros y los gallos ayudan a ambos poderes a encarar desde sencillas remodelaciones de palacios de gobierno o iglesias o a resolver graves apuros financieros con el producto de los impuestos aplicados a los espectáculos. Otro asunto son los juegos de envite y azar, perseguidos con rigor por ser culpables de todo tipo de males: el encuentro de desiguales, la destrucción de la vida familiar, así como pérdidas de honras y haciendas.
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