Entre sombras y luces

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Capítulo 4. De la Gran Colombia a la Federación 1821 / 1870

Unidad 10. La república de los próceres. 1830 / 1862


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El descontento contra el gobierno de Monagas, radicalizado en la Revolución de Marzo de 1858, coloca en el primer plano del escenario político-militar a un discutido personaje, el gobernador de Carabobo, Julián Castro, a la cabeza de un movimiento, la “Fusión”, que reúne a liberales y conservadores.
El derrocamiento de los Monagas crea además un conflicto de orden internacional relativo al asilo que el encargado de negocios de Francia concede a Monagas y su familia. El Protocolo Urrutia, documento suscrito por el canciller Wenceslao Urrutia como garantía gubernamental, le presta legalidad al asilo; firmado con representantes del cuerpo diplomático, es interpretado como una intromisión extranjera en la política nacional.
La “Fusión” comienza a resquebrajarse en virtud de la tendencia a perdonar a los derrocados. El gobierno encarcela a José Gregorio Monagas, quien muere en el Castillo de San Carlos (Maracaibo). Los liberales comienzan a dejar el gobierno y a conspirar. Los comprometidos son expulsados, Juan Crisóstomo Falcón, Ezequiel Zamora y otros.
En medio de estas contradicciones se reúne la Convención de Valencia el 5 de julio. Entre los 103 diputados predominan conservadores. El tribuno por excelencia, Fermín Toro, preside la asamblea. De los pocos liberales que concurren destacan Estanislao Rendón y José Silverio González, hombres del federalismo.
En la agenda de la Convención figura naturalmente la legitimación del mandato de Castro, quien es nombrado jefe provisional del Estado.
Se dedican a solucionar el problema del Protocolo Urrutia.
El 22 de julio una comisión presidida por Pedro Gual presenta las bases del proyecto constitucional que se promulga el 31 de diciembre.
La carta constitucional es centro-federal; se reconocen las autonomías provinciales; se incluye el sufragio directo y secreto para elegir presidente, vicepresidente, diputados al congreso y gobernadores de las provincias, y se reafirma la abolición de la esclavitud.
Para Valentín Espinal, Pedro Gual y Fermín Toro, la constitución no tendrá vigencia si no se atienden otras bases como instrucción, moralidad en las costumbres, amor al trabajo y hábitos de economía.
La reacción ante la nueva constitución no se hace esperar, Juan Crisóstomo Falcón, jefe de los revolucionarios establecidos en las Antillas, señala: “La cuestión no es que las leyes que hagáis sean buenas o malas: la cuestión es que el derecho de hacerlas no es vuestro sino de la mayoría”.
 

Ventajas de la esclavitud

El consejero de Brasil José María Lisboa, quien vivió en Caracas en dos oportunidades, durante el gobierno de Carlos Soublette y luego durante el de José Tadeo Monagas, al observar una fiesta en casa de una familia de clase alta reafirma su convicción acerca del carácter bondadoso de los “habitantes del Nuevo Mundo”. Describe: “En medio de tanta elegancia y tanto lujo [...] los criados y esclavos de ambos sexos vestidos aseadamente, los que acompañan a las señoras al baile y, bien entendido, sin mezclarse con las bailarinas, toman el más vivo interés en la diversión, observan y siguen los movimientos de sus jóvenes señoras; no es raro verlos por los rincones aprovechando la música de los valses y polkas, entregándose con ardor al ejercicio del baile...”.
La escena constituye, según Lisboa, una prueba de que la esclavitud tiene en América algunas ventajas que los abolicionistas no reconocen.
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