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Federación

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Guerra Federal


El 20 de febrero de 1859 estalló en la ciudad de Coro el movimiento de la Federación, que después se convirtió en una guerra de funestas consecuencias para Venezuela.

A esta guerra también se le ha llamado "Guerra Larga", "Revolución Federal" y "Guerra de los cinco años".

Después de la guerra de independencia, es la más larga contienda civil que ha sufrido nuestra patria. Muchos historiadores coinciden en que fue como una "prolongación de la guerra de independencia en cuanto a los problemas de carácter social y político, dejados sin resolver una vez lograda definitivamente la emancipación de España con las victorias de 1821 y 1823 y la separación de la Gran Colombia bolivariana en 1830."

Los abanderados de este movimiento fueron Ezequiel Zamora y Juan Crisóstomo Falcón. Este día, el comandante Tirso Salaverría asalta el cuartel de Coro, se apodera de 900 fusiles y lanza el "Grito de Federación".

Al día siguiente, la proclama inicial de la Federación fue lanzada en Coro. El Coronel Tirso Salaverría, quien junto con Toledo, cuñado de Zamora y concuñado de Falcón, había dado el golpe el día anterior, se dirige al pueblo de Venezuela, pero muy en particular a los corianos, en términos de verdadera exaltación.

El 23 de febrero de ese mismo año se conoce en Caracas que había estallado en Coro el movimiento de la Federación. Esto motivó la renuncia de los Ministros Lucio Siso, Miguel Herrera y doctor Sanojo, sustituidos respectivamente por Rafael Arvelo, Pedro Casas y Carlos Soublette. La agitación en la capital es notoria.

Es por esto que en el Escudo Nacional, al lado de la fecha del 19 de Abril de 1810 aparece la del 20 de febrero de 1859. Al día siguiente de este pronunciamiento de Coro, el Coronel Salaverría "lanza una proclama que es una declaración de guerra" que duraría lamentablemente hasta el 24 de abril de 1863 cuando, después de largas negociaciones, se firma el Tratado de Coche.

Proclama del Coronel Tirso Salaverría, el 21 de febrero de 1859, Jefe Provisional de esta plaza y de las tropas federalistas de la Provincia:

¡Corianos! ¡Compatriotas! La revolución de marzo ha sido inicuamente falseada. Atraídos por los encantos de su programa fascinador, concurrieron a consumarla todos los venezolanos; y su triunfo no ha producido otros gajes que el entronizamiento de una minoría siempre retrógrada, siempre impotente en su caída, siempre ávida de satisfacer innobles venganzas. Aceptáronla de buena fe los mismos que, fieles a sus compromisos, sostuvieron el poder recientemente derrumbado; y con criminal violación de las protestas de echar al olvido lo pasado, se les persigue sin causa, y sin fórmula de juicio se les condena a una proscripción indefinida; sin que haya bastado a dar treguas a este abuso la voz de la nación que de todos los ángulos se alzara reclamando la amnistía. Proclaman la libertad en las elecciones; y nunca las elecciones se han verificado más a expensas de la libertad del pueblo. Invócase como el garante más seguro de la soberanía popular, el voto universal en las mismas elecciones; y lo que hemos visto ha sido el escarnio del voto universal, otorgando ese derecho a la fuerza armada sometida a la voluntad de jefes establecidos ad hoc, para llenar los designios proditorios de un club dominador.

Bajo esa tutela depresiva tuvieron lugar las elecciones para la Convención Nacional. ¿Y cuál había de ser el resultado? Otra vez la centralización del poder contra el querer de los pueblos paladinamente manifestado; otra vez el dejar sometida la suerte del país a la voluntad de un hombre y su partido; otra vez el abrir anchuroso campo para perpetuarse en el poder público, uno con algunos, con ultraje de los principios preconizados en esta misma Carta central.

Por fin los abusos consecuentes a tan funesto orden de cosas; por fin las escandalosas infidencias del Jefe provisional del Estado, tantas veces falaz y perjuro cuantas bajo la religión del juramento ha protestado desprendimiento, abnegación y patriotismo; por fin las injusticias y arbitrariedades de sus agentes en las provincias, siempre garantizados con la impunidad, han rebosado la copa de nuestra indignación y roto los diques del sufrimiento para realizar un pensamiento ídolo de nuestro corazón, y que la prudencia nos había obligado hasta ahora a mantener en el terreno de la opinión. Este pensamiento mágico, regenerador; ese símbolo de fe política de todos los venezolanos; ese refugio salvador, único que el cielo nos depara en la deshecha tormenta que las pasiones azuzadas por los desmanes de un poder arbitrario han descargado sobre nosotros, es la reorganización de Venezuela en república eminentemente Federal.

¡Compatriotas! Mi corazón abunda en sentimientos de júbilo que mi débil voz puede apenas explicar. Sin derramarse ni una sola gota de sangre, sin vejámenes ni tropelías de ningún género, sin que nadie pueda lamentar una injuria que de palabra o de derecho le arrogaseis; sin más armas que vuestro valor y sin más esfuerzos que los de vuestras voces, me acompañasteis anoche en la grave empresa de desarmar la fuerza y apoderarnos de las armas con que un esbirro, remedo de gobernador del general Castro, nos oprimiera, y con que se prometía realizar el designio de su amo, de perpetuarse en el dominio del país, a despecho de la voluntad general. ¡Hazaña memorable la vuestra, compatriotas! ¡Arranque de singular patriotismo y valentía! ¡Rasgo espléndido de moderación, de orden y moralidad en medio del tumulto de una ciudad conmovida y en los momentos en que se hallaban a vuestra discreción la vida y la libertad de vuestros propios opresores!

¡Compatriotas! Por el concurso unánime de vuestras voluntades me elegisteis Jefe provisional para la empresa de la santa causa de la Federación en esta Provincia; y heme aquí a la cabeza de este honroso movimiento, resuelto con toda la abnegación del patriotismo, con toda la energía y ardor de un alma libre, con todo el noble orgullo de un militar ciudadano idólatra de su patria, dispuesto a arrostrar alegre y sereno a vuestro lado los azares de la campaña que hoy se abre a nuestros esfuerzos. ¡Feliz yo, camaradas, si como lo espero de la Divina Providencia, triunfáramos de nuestros dominadores! Feliz yo siquiera exhale a vuestro lado mi último suspiro en nombre de la libertad y la Federación de mi patria.

¡Corianos! No temáis. La Federación es el Gobierno de todos. La Federación es el Gobierno de los libres, y Venezuela obtendrá el lauro de la Federación. No hay un solo venezolano, con excepción del reducido club que hasta hoy nos ha dominado, cuyo corazón no lata de entusiasmo al impulso de esa voz mágica y arrobadora. La República entera está conmovida. Las localidades más importantes han dado simultáneamente el golpe que nosotros, y las demás se aprestan aceleradamente a secundarnos. La opinión nos favorece, la gente de armas nos sobra, y cuantos elementos pudiéramos necesitar están a nuestra disposición.

¡Corianos todos! No desconfiéis de nuestras protestas: no son las de aquel que infiel al Gobierno que servía, ha sido más y más infiel a la nación que en mala hora le confiara sus destinos. Nuestro programa exclusivo es la Federación de Venezuela; el medio de realizarlo es la unión de todos los Venezolanos; y en consecuencia las distintas y odiosas denominaciones de bandos políticos serán para siempre relegadas al olvido.

¡Viva el movimiento federalista de Coro!

¡Viva la Federación de todas las Provincias de la República!

¡Viva el general Juan C. Falcón, primer Jefe del movimiento federalista nacional!

Dado en el Cuartel General de Coro, a 21 de febrero de 1859.

Manifiesto del General Juan Crisóstomo Falcón a los federalistas (1861):

Os he cumplido mi palabra: ya estoy otra vez entre vosotros. Nadie más esperado jamás, lo sé, pero nadie tampoco ha llegado nunca tan oportunamente ni más resuelto a llenar todos y cada uno de sus muchos, encontrados y gravísimos deberes.

Con violenta mezcla de admiración y envidia, de entusiasmo y rabia, en lucha conmigo mismo, os he contemplado desde esa roca vecina, el corazón que me empujaba, la reflexión que me detenía, oyendo el estruendo de vuestras armas, los ecos de vuestras victorias y los lamentos de vuestras derrotas, tan gloriosas, ¡más gloriosas todavía!

¡Lucha maravillosa! Es un pueblo que da batallas sin tener armas, que triunfa con los reveses, que en los desastres se organiza, que el terror lo exalta, que la clemencia fingida o real lo indigna, con quien no hay medio ni esperanza que tuerza o adultere su propósito, porque no cree, porque no quiere, porque no se presta a nada que no sea el triunfo de la revolución, tal como él lo concibe: absoluta y radical. Pueblo que tiene la conciencia, el valor y la voluntad de ser libre. El lo será.

Si, compatriotas. No ha sido sino bregando conmigo mismo, que he dejado de asistir a los últimos torneos de vuestro heroísmo.

El que sabe lo que es la vida y cuánto vale morir por una noble causa, ¿cómo no ha de haber visto con generosa emulación la muerte de Mencías, que sucumbe Aguado, que Julio Monagas y José Sotillo inscriben para siempre sus nombres en el panteón de la historia? ¿Cómo renunciar sin despecho a mi parte de gloria en las luchas de Barinas y Portuguesa, en los esfuerzos de Barquisimeto, en los combates de Caracas, de Aragua y Carabobo, en la valerosa constancia de Oriente, en las resistencias del Apure y del Guárico y Cojedes sus sangrientas alternativas? ¿Cómo mantenerme a un día de las guerrillas corianas, pendiente el alma de suerte, siempre esperada, siempre temida con las simpatías de todo jefe por soldados que él formó, que jamás combatieron sin él y que sabe que combatían porque viniera a combatir con ellos?... ¡Oh compañeros! ¡Qué días, qué días he pasado!

Fácil, sin embargo, me habría sido sustraerme a tantas torturas por Barlovento, por Oriente, por Ocumare, por Coro mismo; por eso habría sido ceder al estímulo de mi amor propio o a mi personal entusiasmo, desoyendo el grito de la revolución. habría sido ponerme yo antes y después la causa que defiendo. No era un combatiente más que arrostrase la muerte, como mil otros la arrostran, lo que la revolución me pedía. Soldados, valor, jefes, confianza en mí, todo lo tenía el ejército; era pólvora, plomo, fusiles con qué reabrir y llevar a cabo una campaña formal de lo que carecía, lo que salí a buscar, y lo que no debía dejar de traerle.

Tal fue nuestro convenio aquel día memorable, cuando a las riberas del río Tiznados, resolvimos separarnos. Vosotros os quedabais conservando lo que teníamos, mientras yo salía en busca de lo que faltaba. ¿Qué habríais dicho, si por presentarme antes, vengo sin lo necesario? ¡Cuán inicuo os habría parecido en mis labios que transcurría el tiempo, y temía vuestro desaliento, que no estaba bien seguro de vuestro valor, que vuestra constancia me parecía frágil, y otras pusilanimidades de espíritus enfermizos, que, por no conoceros, os calumniaban con dudas tales, aun a la luz resplandeciente de vuestra gloria!

Que duden todos, menos yo, que yo sé lo incontrastable de vuestra resolución y lo inextinguible de vuestro entusiasmo. Seguro de ese valor que engrandece el tiempo y que los peligros han ido acrisolando, he debido atenerme a llenar mi deber, dejando que llenaseis el vuestro. Este día lo esperaba yo; lo esperaba así, preparando por vosotros, traído por vosotros. Es el día que concebí en el mismo campo de Coplé, el mismo que os anuncié en mi orden general del paso de María: "En este interregno no comprometáis nada decisivo; lo que conviene y lo que os recomiendo es la conservación del ejército bajo el pie y en el número que os lo dejo, hasta que con los elementos que salgo a buscar, reaparezca en un punto, donde nos sea ventajosa la concentración para la nueva y decisiva campaña.

Tanta confianza, que algunos no han entendido, y que otros sí han sabido calumniar, es aquella misma en que rebosaban mis primeras instrucciones el día antes de pisar el territorio granadino. No fue sino sintiéndola con plena conciencia, con fe ciega, que os decía, como dejando entre las palabras el corazón: "Si no estuviera satisfecho del valor (con cuánto gusto lo recuerdo hoy), pericia, patriotismo y abnegación de los generales, jefes y soldados de la Federación, mi temporal salida del teatro activo de la guerra, me costaría una grande hesitación; pero sé que con tales defensores la causa de mi corazón no corre riesgo".

¡Cuánta vergüenza para los que hasta ahora os menguaban, en el empeño de desautorizarme o extraviar el concepto público! Y todavía concluí diciéndoos más. Son mis últimas palabras y, por lo mismo, parece que expresan mejor mi convicción de entonces, la de después y de siempre, porque esta convicción no me ha flaqueado un solo instante: "Sé que haréis por vosotros y por mí en los meses de mi necesaria ausencia".

No es, pues, que viviera dado al acaso. He estado todo este tiempo desarrollando, con la perseverancia debida, un plan que concebí en aquella fecha, que tracé al ejército y que me impuse yo mismo. Si en él entraba algo que sólo el tiempo podía y le tocaba sazonar, de ello no tenía que rendir cuenta a nadie hasta este día. El ejército popular y yo, estábamos entendidos: era bastante.

Conforme a nuestras previsiones, mi tránsito por la Nueva Granada fue de fecundos resultados para la actualidad y de grandes esperanzas para el porvenir.

Inicuos nuestros enemigos, falaces, por cuantas artes sugiere la perversidad y la hipocresía, nos habían presentado como bandidos, como hordas bárbaras que vivían de su odio hacia la sociedad, gozándose en la matanza, con el robo por oficio, el incendio por festejo, y la sangre por alimento, como malhechores de un linaje de que ni noticia ha tenido el mundo hasta ahora, pero que descubre bien la monstruosa intención de quienes lo forjan, sin cuidarse siquiera de que mancillan la propia patria, madre que produce tales hijos, y tantos, que con el número sólo luchan y los vencen a ellos aunque disponen de todos los medios de resistencia que tiene la sociedad.

Mas en aquel país, donde hay una marcada pasión por la verdad y la justicia, apenas hice conocer los genuinos caracteres y tendencias de la revolución, que estalló indignando el partido doctrinario contra la atroz infamia. La prensa conoció que nos debía una justificación, confundió a muchos enemigos, denunciándolos al mundo como impostores de la más cruel de las imposturas, y reconocieron en nosotros las varias escuelas liberales a sus hermanos, y en nuestra causa, su propia causa. A no estar amenazada su libertad, porque allá también hay, como acá, ambiciosos que después de medio siglo de sangre, todavía disputan el patriciado, a no estarlo, la cooperación de los liberales todos habría sido grandiosa, digna de la propaganda innovadora que ejercen en la América del Sur. Triunfando la Federación en uno y otro pueblo, no debiera haber fronteras, como no han existido durante la guerra, para la fraternidad de los dos partidos que prodigan su sangre por establecerla. Si llagamos allá, en el seno de esa gran nacionalidad, no habrá sino hombres libres. La tiranía será imposible. Los intereses de confabulación y monopolio serán arrastrados por la corriente caudalosa, inmensa, de los intereses públicos, cada personalidad desaparecerá confundida en el gran todo, y todos los colores políticos quedarán pálidos en medio de los coloridos del magnífico cuadro nacional. ¿Qué brillo alcanzará a deslumbrar tan dilatado espacio? ¿Qué grandeza logrará descollar por sobre tanta superioridad? La libertad, así como la igualdad, más que voluntarias, vendrán a ser imprescindibles. Estarán tan en la naturaleza de las condiciones sociales, que en vano atentarán a vulnerarlas las malas pasiones todas juntas. Tal será nuestra obra.

Mientras la Nueva Granada me cumplía sus promesas enviando algunos auxilios al Sur y parte del Occidente, yo andaba de Antilla en Antilla en solicitud de pólvora, suplicando por ella, pidiendo pólvora como quien pide pan, siendo un mendigo de pólvora, hasta que obtuve la suficiente para municionar todo el litoral, desde el Saco hasta el Golfo Triste; lo mismo las costas de Caracas que las de Carabobo, las de Barcelona que las de Coro, y tanto como las remotas de la intrépida Cumaná. Trabajo ímprobo, costosísimo, sobre todo para mí, en cuya fortuna se ha cebado el enemigo con especial voracidad, y destruídme en pocos meses todo lo adquirido durante una vida entera de laboriosidad y honradez. Era indispensable, como lo previsteis en vuestra exposición del 3 de abril: "Que me viniese personalmente donde pudiera conseguir los elementos de guerra, en mi calidad de jefe reconocido de la federación, representante, por tanto, de la unidad". Sólo así, y ayudado de mis relaciones personales, con la absoluta consagración que le dedique a la empresa, habría reunido, no sólo con qué restablecer, como se ha restablecido, nuestra pujanza en el litoral y dejándole con qué sostenerse y aun concurrir a las operaciones que hoy emprendemos, sí que reservo para mí un parque superior con mucho, al que jamás tuvimos en la campaña pasada. Mil fusiles y diez y seis mil cartuchos, fueron nuestra base para aquella hermosa campaña que ilustrará para siempre la federación. La campaña donde se ostentan Barquisimeto y Siquisique, Santa Inés, la Sabana, Corozo y Curbatí, más fecundas, pero no más esforzadas que San Carlos, ni más gloriosas que Coplé. Si, que Coplé, no importa el juicio de los que no vieron lo que juzgan, no importa la reciente jactancia del general en jefe enemigo, no importa el coro que le han hecho mis émulos encubiertos quizás, y puede que subalternos de mérito dudoso a quienes he ofendido involuntariamente con mi genial desdén por todas indignidad. Si, Coplé, repito, debemos considerarla entre las jornadas más gloriosas de las federación. Prescindiendo de los detalles, que los tiene muy buenos, es lo cierto que a pesar de la escasez de municiones, lejos de ser vencidos, desorganizamos al enemigo, lo dejamos aterrado, y que al favor de ese terror volvimos a nuestras posiciones, desde donde emprendimos la retirada, salvando intacto el ejército, con su parque, sus bagajes, su hospital, sus madrinas, la impedimenta toda entera hasta llegar al punto en que, sin peligro, pudimos dividirnos para la ejecución de una campaña distinta, ignorada del contrario, de la cual desconfiaron algunos de los nuestros, pero que conforme a mis previsiones ha servido de base y facilidad la presente que hará la definitiva libertad de Venezuela. Si: militarmente la retirada de Coplé, sin pertrechos, nos honra más que una victoria obtenida con ellos. En las batallas se triunfa a veces por casualidad o por algo imprevisto; una buena retirada no se logra jamás sino a fuerza de habilidad, de arrojo y valiente sangre fría. Por eso la historia está plagada de victorias ruidosas y son muy raras las retiradas que no se han convertido de luego a luego en ruidosas derrotas.

¡El cielo proteja mis cálculos futuros tan visiblemente como ha consentido que se realicen mis previsiones del día que nos separamos! ¡Que pueda deciros al fin de esta jornada como os digo hoy: todo nos ha salido bien, no estábamos equivocados! Quedó aislada entonces la esperanza en vuestro valor y en mi perseverancia; hoy la encontramos extendida y cubriendo a toda Venezuela, como un manto que remeda al cielo, porque brillan en él los principios como las estrellas del firmamento. Esperanza bienhechora, esperanza debida por el mismo Dios a Venezuela; esperanza que convertiremos... sí... Dios nos ayudará a convertirla en realidad.

Veamos la situación actual y cómo llegaremos a la que procuramos.

Aprovechando los pertrechos introducidos, el Centro ha combatido en los últimos meses con un heroísmo que emula los mejores días de la guerra magna. Todas las expediciones practicadas contra los federales han sido en favor de la federación; el enemigo no ha hecho más, si bien se ira, que llevar a los nuestros armas y soldados. El Oriente, después de Aragüita, San Joaquín y la Cureña, casi lo han perdido todo. En esta vez, menos acosadas por la desgracia, el apoyo que nos prestan las huestes orientales será mucho más significativo que en lo anterior. Y el Occidente, como era natural, no ha podido ser dominado por el poder oligarca; poder que, después de todos sus esfuerzos, se defiende apenas. Hoy tenemos un ejército de occidentales que municionaremos, al propio tiempo que el enemigo existe sólo reducido a miserables guarniciones. Cuando un pueblo se alza así, en masa, es invencible. Por eso la oligarquía nunca ha contado con el Occidente; sabe que perecería toda ella antes que someterlo.

A las probabilidades que arroja esa situación hay que agregar las que se derivan de la del enemigo.

Desde que llegué a las Antillas conocí que el partido oligarca no tenía propias condiciones de existencia. Percibíanse ya en su seno ambiciones implacables, rivalidades acerbas; no tenía credo político y carecía de programa administrativo. Era una cohesión ficticia, debida menos al buen sentido de sus hombres que a la presión revolucionaria, la que lo mantenía formando un cuerpo, un partido político, en actitud beligerante. De aquí la conveniencia de esa tregua comunicada por mí a la guerra. Esperaba que atenuando el empuje de las armas creyeran en la languidez de nuestras fuerzas, y al contarse triunfante o próximo a estarlo, estallase cada una de sus sectas con la explosión de los odios comprimidos, presentándonos así la oportunidad de sorprenderlas a todas en el momento de despedazarse, o de vencer, débil, a la que surgiese vencedora.

Uniformar la acción revolucionaria, robustecerla con pertrechos y reunir para mí los necesarios con algunas armas, sin aparato, metiendo el menor ruido posible, entretanto se consumaba la ruptura en las filas de los oligarcas, he aquí en pocas palabras los dos puntos de vista de mi conducta en el interregno que acaba de expirar. Ambos objetos están cumplidos, y por eso he creído que es la oportunidad de abrir la campaña decisiva.

* Hoy que la revolución desarrolla todos sus medios, poderosos, irresistibles, confiada como siempre, con su fe intacta, hoy es que le falta todo a la oligarquía. Siéntese débil, se le escapa el poder, que es su vida, y al clamar por los suyos, llega su antiguo progenitor que sobrevive sólo para decirla: Es demasiado tarde, empieza a ser temeraria la resistencia. El esfuerzo último, esfuerzo supremo, esfuerzo de desesperado con que contó triunfar, la ha dejado exánime, a tiempo que oye acercarse nuevamente el mugido de la revolución que como todo lo de naturaleza vigorosa, se ha desarrollado y robustecido en el ejercicio de los treinta meses. Así la oligarquía se hunde cuando la revolución surge, desfallece cuando ésta se yergue. Cuando ella no puede más, la revolución lo puede todo.

Ni cabía que fuese de otro modo. Las revoluciones populares suelen prolongarse, generalmente se prolongan, pero no se pierden jamás, que a la larga todo se gasta en política excepto el surtidor inagotable y perenne de la opinión. La opinión es el pueblo; el pueblo, que lo puede todo, como quien tiene la suprema razón y la fuerza suprema de la sociedad que forma.

No de otro modo combate la revolución cerca de tres años, derriba dos gobiernos, destruye cinco ejércitos sucesivos, se arma con las armas del enemigo, quema cuanta pólvora encuentra en el país, desprecia una transacción en agosto, se organiza, forma ejércitos numerosos, da grandes batallas, toma ciudades, se apodera de casi toda la república, triunfa casi, sin cansancio, sin vacilar, abundante siempre en energía, con perseverancia y entusiasmo soberanos.

Fáltanle los elementos y se disemina, y vuelve a empezar y combate de nuevo, sin jefes, sin dirección, y vence unas veces y es vencida otras; pero restablece al fin la campaña y aniquila al contrario y da lugar a que concurran todos, a que se consigan los elementos y desembarque el jefe, quien en el acto es rodeado de millares de ciudadanos, cuyos vivas los repiten de llanura en llanura y de bosque en bosque, millares de otros por todo el ámbito inmenso de la patria. Esa es la opinión; por eso se llama la señora del mundo.

Por eso cuando los oligarcas están cansados, la revolución se muestra como el primer día: los treinta meses que a ellos les parecen una eternidad sangrienta, el pueblo que es contemporáneo del tiempo e inmortal como él, ni aun siquiera los ha sentido transcurrir; y cuando ellos se modifican y piden la paz a los mismos que hasta ayer trataron como forajidos, la revolución no se detiene y prepara una nueva invasión por Oriente, y su jefe desembarca por segunda vez en Occidente con lo que necesita, para probar de un modo solemne hasta dónde alcanza la omnipotencia popular en las repúblicas.

En su desaliento claman por la paz; ¡la paz a todo trance y de cualquier modo! Está bien: ellos no pueden más y se rinden. Pero el pueblo, que puede siempre y lo puede todo, y no se cansa nunca, no acepta la paz sino con la federación. No la federación por merced, establecida por él, que es más grande que todos y a quien toca hacernos a todos la gran merced de plantear el sistema que le conviene.

Si en esa nueva política hay sinceridad, la opinión triunfará, y si encubriere una tercera insidia, triunfará también la opinión. A ellos incumbe escoger entre la magnanimidad y las iras populares. Su conducta fijará la nuestra.

Todo el que acate el poder de la mayoría está en nuestro camino, que es la senda del porvenir. Pero es menester no equivocarse. Esta revolución no se parece a ninguna de las que la han precedido. Son demasiado culminantes los puntos que la definen. Cansado el país de los sistemas medios, mitad liberales, mitad represivos, que oponen en antagonismos los principios de libertad; sistemas de dos caras que ninguna de las dos dice la verdad, busca ensaya un cambio radical por medio de la federación, en que predomina la libertad sobre todo: o mejor, busca un sistema por el cual sea el pueblo el que piense, administre, ejecute y cumpla su propio pensamiento.

Y son tantos los errores pasados, tan malos los ensayos precedentes, que aun cuando no militasen otras razones, esa sólo sería suficiente para decidirse por el dejar hacer.

Si nada vale la filosofía que encierra el sistema federal, aun significando poco el modelo norteamericano, admitiendo que sea dudoso todavía el porvenir de los neogranadinos, y hasta desestimando la tendencia que desde el año de 11 mostró Venezuela por la federación, siempre quedarán hablando a toda conciencia recta, a todo sano interés, al patriotismo, a toda sensibilidad, en fin, los dolores y angustias del país, las lágrimas derramadas, la riqueza perdida, los cadáveres de treinta mil compatriotas que han muerto proclamándola, y tanta sangre, tanta sangre!... No hay un palmo de tierra donde no se haya derramado la bastante para escribir todos los códigos de la federación universal.

¡Cómo hay quien se oponga a un voto tan enérgico, tan terriblemente irrevocable!

En cuanto a mí, el pueblo quiere la federación y ella será. Lo será completa, sin trabas, de hecho, simultánea con la guerra. A proporción que se arrebaten al enemigo los Estados, irán entregándose a ellos mismos, para que se organicen conforme a sus intereses, a sus ideas, necesidades y aun caprichos. El ejército no ha de dominar sino sobre el campo de batalla. En la organización local a nadie le corresponde ingerirse, porque la federación consiste en que cada localidad regle y administre a su manera los intereses que le son propios. Ni obsta la guerra para que puedan y deban irse constituyendo, con tal que al fin de ella, o antes, si se juzgare conveniente, las unidades políticas constituidas ya en Estados soberanos e independientes, con su gobierno propio, pacten en un congreso de plenipotenciarios todo lo concerniente a la grande unidad e integridad de la confederación.

Así comprendo yo mi deber, y así lo cumpliré.

Un pueblo en que viejos y muchachos, hombres y mujeres, todos se levantan como un solo individuo, pronunciando la misma palabra, impacientes de morir por ella, es más sólido que las murallas de granito, más fuerte que todas las fuerzas físicas, amenazante como la cólera popular y el más terrible de los enemigos, porque tiene la justicia, la voluntad y la fuerza, que elevadas al entusiasmo, llevan la agresión hasta el heroísmo y la resistencia hasta el martirio. Y desde que un pensamiento tiene héroes y mártires, ese pensamiento triunfa, que es una de aquellas verdades que forman la aureola de la humanidad, en las cuales está reflejada siempre la intención del Omnipotente. Tal es mi fe: tal es la fe de Venezuela.

Nos ha tocado una grande obra: costosa puede ser, lo ha sido ya; pero cada generación tiene que asumir el carácter y la fisonomía de su destino. Si debemos inmolarnos para asegurar el triunfo de la idea regeneradora, inmolémonos gustosos, con tal de dejarla establecida.

Así, con tranquila conciencia, podemos destruir lo que existe, porque hay algo mejor con qué sustituirlo; y pues que sentimos la inspiración del porvenir, nada nos detenga.

No basta a las sociedades andar al paso del gradual desarrollo: tienen a veces que saltar con la fuerza propia y aceleratriz de cada siglo, que las empujara para que lleguen a la hora fijada por el Eterno. De ahí las revoluciones radicales y cómo en un año de sacudimiento recorre un pueblo el trayecto de dos y tres generaciones.

¡Adelante! Manifiesto vuestro destino, cumplámoslo con fe y noblemente, dejando a la posteridad que juzgue, entre la obra vieja y la nueva obra, entre lo que cae y lo que se levanta, entre nuestros enemigos y nosotros, quiénes hemos hecho más por el adelantamiento y civilización de la patria.

Ella juzgará a la luz de la federación, que es la grande antorcha levantada por la Providencia en medio de los tiempos, ochenta y seis años hace, para iluminas el porvenir de una y otra América. ¡Viva la federación! Cuartel General en Agua Clara, a 11 de julio de 1861.

Tratado de Coche (1863). Pedro José Rojas, secretario general del jefe supremo de la República, y Antonio Guzmán Blanco, general y jefe de las fuerzas federales, que obran en estas provincias, reunidos a excitación del segundo con el objeto de tratar de poner término por medio honrosos y pacíficos a la presente desastrosa guerra, hemos celebrado, el primero a nombre del jefe supremo de la República, y el segundo con autorización del señor general Juan C. Falcón, jefe del ejército federal, un convenio de paz con las siguientes condiciones:

1º El ejército federal reconoce el gobierno del jefe supremo de la república y de su sustituto.

2º Una asamblea nacional se reunirá en Caracas dentro de treinta días después de canjeada la aprobación de este convenio.

3º Por cada provincia se elegirán cuatro diputados. No hallándose la República en estado de verificar tranquila y libremente sus elecciones; siendo por otra parte prudente evitar en las actuales circunstancias el choque de los partidos, y queriendo finalmente apresurar cuanto se pueda la reunión de la asamblea, se acuerda que la mitad de los diputados por cada provincia, y de sus suplentes, será elegida por el Gobierno, y la otra mitad por el señor general Falcón en representación de los federales.

4º En el momento de instalarse la Asamblea Nacional, cesará el gobierno del señor general Páez y su sustituto, y la asamblea constituirá en seguida un nuevo gobierno de la manera que lo estime conveniente.

5º Una vez que la Asamblea Nacional haya constituido el nuevo Gobierno, continuará deliberando sin restricción alguna sobre los ramos de la administración pública.

6º El Gobierno nombrará al señor general Falcón General en Jefe del Ejército de la República, y al señor general Facundo camero, segundo Jefe del mismo.

7º No se hará ninguna alteración notable ni en situación de tropas, ni en mandos militares, ni en ninguna otra cosa contraria al espíritu de este convenio, hasta que la Asamblea Nacional resuelva lo que crea más acertado.

8º Por una y otra parte se librarán órdenes inmediatamente a todos los puntos de la República para que cese toda hostilidad.

9º Salvo lo que se dispone en el artículo anterior, que comenzará a regir inmediatamente, el presente convenio se pondrá en ejecución tan luego como lo hayan aprobado el Jefe Supremo de la República y el señor general Juan C. Falcón.

Hacienda de Coche, a 24 de abril de 1863.

Diputados a la Asamblea Nacional nombrados de conformidad con el anterior convenio, por el general Páez: generales Facundo Camero, José Leandro Martínez, Manuel Mª Garrido, Pedro A. Unceín, José Celis, Jorge Michelena, Pedro Elías Rojas, Gonzalo Cárdenas, Narciso Gonell, Clemente Zárraga, León Rodríguez, José Mª García, Francisco Rodríguez Gutiérrez, José Rosario Armas; coroneles Joaquín Díaz, Antonio Gutiérrez, José Mª Sucre, José Miguel Barreto. Ilustrísimo señor Arzobispo de Caracas, Vicente Michelena, Miguel Mujica, Marco Fontana, Domingo Eraso, Nicolás Veloz. Doctores Antonio José Sucre, Juan de D. Ponte, Juan de D. Méndez, Antonio M. Soteldo, Diego Luis Troconis, Juan de D. Monzón, Manuel A. Briceño, José Manuel de los Ríos, hijo, Miguel Jerónimo Maya, Daniel Quintana, Calixto Madrid, Manuel Porras, José Lorenzo Llamosas, José Mª Lares, Carlos Aliaga, Antonio López.

Lista de los diputados por el general Falcón: generales José González, Antonio Guzmán Blanco, José Desiderio Trías, Manuel E. Bruzual, José Loreto Arismendi, Jesús Mª Aristeguieta, Rafael Márquez, Luis Casper, Fernando Adames, José Rafael Pacheco, Marcos López, Francisco R. Alcántara, Jesús Mª Lugo, Francisco Pérez, Hermenegildo Zavarce, Simón Briceño, Lorenzo Rivas, Manuel A. Paredes, Ramón Nadal, Pedro Lander, Rafael Petit. Coronel José M. Ortega Martínez. Ciudadanos J. M: Alvarez de Lugo, Antonio Mª Salom, Federico Uzlar, Agustín Rivero, Maximiano J. Castillo, Juan Sanoja, doctor J. Vallenilla Cova, Hermenegildo Paz, doctor F. I. Aguinagalde, doctor Diego Bautista Urbaneja, Antonio Marsal, doctor Vicente Cabrales, doctor Agustín Agüero, Pro. J. Escalona, Alejandro F. Blanco.

Modificación del Tratado de Coche: Pedro José Rojas, secretario general del Jefe Supremo de la República, y Antonio Guzmán Blanco, secretario general del Presidente Provisional de la Federación, con el objeto de realizar la pacificación del país, han celebrado el convenio siguiente:

1º Se convocará una asamblea para el trigésimo día después de canjeada la ratificación de este convenio, o para antes, si fuere posible reunir el quórum correspondiente.

2º Esta asamblea constará de ochenta miembros, elegidos la mitad por el Jefe Supremo de la República y la otra mitad por el Presidente Provisional de la Federación.

3º En el instante de reunirse la asamblea, el Jefe Supremo entregará a ésta el mando de la República.

4º el primer acto de la asamblea será el nombramiento del Gobierno que ha de Presidir la República mientras ésta se organiza.

5º Desde los días próximos a la reunión de la asamblea, la ciudad de Valencia no tendrá más guarnición que una pequeña fuerza para cuidar del orden público, la mitad destinada por el Jefe Supremo, la otra mitad por el Presidente Provisional de la Federación.

6º Cesan completamente las hostilidades y no se puede ordenar ningún movimiento de tropas, ni reclutamientos, ni nada que indique preparativos de guerra.

7ª Así el general Páez como el general Falcón emplearán su respectivo ascendiente en calmar las pasiones agitadas por la guerra y en que la situación que va a sobrevenir sea tan pacífica, libre y durable como la necesita la patria para reponerse de sus quebrantos. Caracas, 22 de mayo de 1863.




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