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La casa arrasada y sembrada de sal

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En noviembre de ese mismo año de 1749 llega el nuevo gobernador, Julián de Arriaga, para sustituir al miedoso Castellanos. Arriaga toma posesión y enseguida se ocupa del problema planteado por Juan Francisco León. Su tono es el de un pacificador. Sabe perfectamente que con violencia no solucionará nada. Como buen político, ha olfateado que todo el pueblo está a favor del movimiento que repudia a la Compañía y por eso actúa con moderación, a pesar de que traía un bien formado ejército de mil quinientos veteranos y un piquete de caballería.

Prudente el hombre, llegó haciendo paces y Juan Francisco León se acogió al indulto ofrecido por el nuevo Gobernador. No habría castigo para nadie. Pero el León de Panaquire, pese la espíritu de conciliación existente, no renunció a la pelea por el objetivo fundamental, la expulsión de los guipuzcoanos. En procura de esto, esboza su programa de política económica, que puede resumirse en estos puntos:

  • Fluctuación de precios de acuerdo con la oferta y la demanda.
  • Libertad para transportar el cacao desde los campos de producción hasta cualquiera de los puertos, y para venderlo al mejor postor.
  • Eliminación del intermediario.
  • Eliminación del impuesto de un peso por cada carga de cacao conducida desde tierra adentro.
  • Libertad de navegación.
  • Libertad de comercio. Que cada quien "libremente compre o venda lo que quisiere, pues el comercio es libre y sólo tiene fuerza de obligación después de celebrado con libertad de contrato".
  • Que no se restrinja más el tabaco.
  • Que se impida la saca del aguardiente de caña.
  • Que se permita la entrada libre y legal de todo tipo de mercancía necesaria, como medio de evitar el contrabando, ya que la Guipuzcoana no había cumplido con la obligación de surtir debidamente a la Provincia, y además, ella misma practicaba el contrabando.
  • Indemnización de daños causados por la Compañía.

De la paz fabricada por Arriaga se pasó a la violencia armada, cuando el gobernador prudente fue ascendido al cargo de Ministro de Marina y de Indias en España y llegó a reemplazarlo el brigadier Felipe Ricardos. Los documentos parecen hablar de que todo esto lo fraguó la propia Compañía en vista de que Arriaga no se prestaba a los manejos y a los caprichos de la Guipuzcoana. A ésta, por ejemplo, no le gustó lo del indulto dado a León y a su gente y recomendó a Felipe Ricardos.

Este llegó por la goma, con el brazo caliente, armado y en plan de pelea, dispuesto a lo que fuese necesario para ahogar las pretensiones de León, y entregarse en manos de la Guipuzcoana, como lo habían hecho todos, menos Arriaga. Ricardos aplicó medidas crueles y brutales, desconociendo hasta el indulto concedido por su antecesor. Esto irritó en extremo a Juan Francisco León, quien decidió por primera vez irse a las armas y hacerle frente al Gobernador, esta vez apoyado también por movimientos similares en casi toda la Provincia.

Se le hizo cuesta arriba a León esta aventura, que ahora emprendía sin el respaldo de los terratenientes de la capital, que lo abandonaron; y no pudiendo combatir contra un ejército veterano, ni contra el régimen de terror impuesto por Ricardos, dispersó su gente y se dedicó a huir por los montes, ríos y sabanas, durante seis meses, hasta que cansado y hostigado por el gobierno, tuvo que rendirse. El 9 de febrero de 1752 prestó declaración y fue remitido preso a España, junto con su hijo Nicolás. El precio de la libertad sería la participación obligada en las campañas militares de España en sus colonias africanas.

La casa de Juan Francisco León, ubicada frente a la Iglesia de La Candelaria, fue destruida y sembrada de sal. El decreto del Gobernador Ricardos, del 5 de febrero de 1752, dice de esta manera: "...mandaría y mando que inmediatamente sean derribadas, arruinadas y destruidas las citadas casas que fueron de don Juan Francisco de León, y que todo el suelo de ellas sea regado y sembrado de sal, poniéndose en el territorio que correspondiere la pared que cae a dicha plaza, de modo que pueda de todos ser vista, una columna de piedra o ladrillo de altura regular y en ella una tarjeta de metal con inscripción en que se diga ser aquella justicia mandada hacer por S.E. en nombre del Rey Nuestro Señor, por haber sido el amo de aquella casa dicho Juan Francisco de León, pertinaz y rebelde a la Real Corona de nuestro Soberano y que por ello se hizo reo de que derribasen las casas, se le sembrase de sal y pusiese este epígrafe para perpetua memoria de su infamia."

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