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Instrumentos de trabajo



Ranchos a las afueras de Caracas. 1750.
Colección Biblioteca Nacional. Caracas.

  • Definición y consideraciones generales
  • Fuentes para el estudio de las técnicas e instrumentos de trabajo
  • El equipo técnico aborigen
  • Formación del equipo técnico de la sociedad criolla
  • Instrumentos de la hueste conquistadora
  • Introducción de la herrería

El estudio de la evolución del equipo técnico que se emplea en las labores productivas de la sociedad, es el cometido principal de la historia de la técnica que bien enfocada, es una disciplina fundamental para el conocimiento de todo proceso sociohistórico. Los instrumentos de trabajo son indicadores del desarrollo de la fuerza de trabajo del hombre y a la vez exponentes de las condiciones sociales en que éste trabaja. De la portentosa relación entre mano y cerebro se originan las herramientas, que en un principio no son más que la inmediata prolongación del cuerpo humano que busca aumentar su eficacia en las labores productivas; a medida que la fuerza que las impulsa deja de ser la humana, pasamos a la máquina como el producto más acabado dentro de esta escala. El análisis del conjunto de instrumentos que configuran el equipo utilizado por una sociedad en un momento dado, para obtener de la naturaleza la satisfacción de sus necesidades, nos permite formarnos una idea del paisaje creado por ella, de las relaciones que surgen de las labores productivas y del grado de independencia tecnológica que dicha agrupación tiene frente a otras. Por ello el discurso de la historia de la técnica no puede reducirse al solo inventario de los útiles, herramientas y máquinas, aun cuando se los describa en detalle, colocándoselos dentro de la evolución progresiva que representen desde el punto de vista puramente técnico, sino que debe incluir las necesarias referencias a la sociedad que emplea el equipo y le da pleno sentido. En Venezuela no se ha hecho hasta el presente ningún estudio científico de la evolución de los instrumentos de trabajo, de allí las múltiples dificultades que han de enfrentarse al tratar esta materia. El esbozo que sigue pretende tan sólo señalar algunos puntos básicos para acometer tal empresa. Nos concretaremos a estudiar la evolución del equipo técnico en la época prepetrolera, centrándonos en los instrumentos característicos de la sociedad agropecuaria que fuimos durante el más largo período de nuestra historia.

El material necesario para la elaboración de este tipo de historia se encuentra en muy diversas fuentes que, dividiremos en 2 categorías principales: a) En primer término las fuentes arqueológicas, dentro de las cuales deben incluirse no sólo los restos de época prehistórica, sino también aquellos que corresponden a períodos cercanos al nuestro y que constituirían el producto de lo que ha sido llamado arqueología industrial. Los utensilios de trabajo encontrados en las excavaciones con las que se buscaban vestigios de las culturas precolombinas, se describen generalmente en las obras especializadas y pueden observarse en las colecciones existentes en los museos de antropología como por ejemplo en el Museo de Ciencias Naturales de Caracas. Los útiles de labor correspondientes a épocas más recientes se encuentran en colecciones elaboradas también con fines museológicos, pero formadas con restos tomados de talleres artesanales o de explotaciones agropecuarias tradicionales (tal es el caso de la colección existente en el Museo de Arte Colonial, Quinta de Anauco, Caracas); b) al lado de este tipo de fuentes constituido por los objetos mismos, se hallan las fuentes documentales, de muy variada índole pues van desde descripciones escritas hasta representaciones iconográficas; entre ellas merecen destacarse en primer término las crónicas coloniales, las relaciones geográficas de los siglos XVI, XVII y XVIII, los registros contables tanto públicos como privados (inventarios de obras pías, de haciendas, de bienes de difuntos, etc.) elaborados con motivo de la presentación de cuentas por administradores, albaceas, y notarios, de los cuales hay una buena muestra en la sección de Real Hacienda del Archivo General de la Nación, en las Testamentarías del Registro Principal de Caracas y en la sección Conventos del Archivo Histórico de la Universidad Central de Venezuela; las estadísticas de comercio y hacienda, las informaciones y avisos aparecidos en la prensa, los manuales de agricultura, fuente de gran valor para nuestro estudio, de los cuales existen muestras desde el siglo XVI hasta nuestros días. Pueden citarse, en orden cronológico: Gabriel Alonso de Herrera Obra de agricultura, 1513; abate Rosier, Curso completo o diccionario universal de agricultura 1797-1801, José Espinoza, Cartilla agraria o sea la práctica de la agricultura y de la ganadería, 1822; Memoria de los abonos, cultivos y beneficios que necesitan los diversos valles de la provincia de Caracas para la plantación de café, 1833; D.B. Martínez Manual de ganaderos, 1838; José A. Díaz, El agricultor venezolano o lecciones de agricultura práctica nacional, 1877; Vicente Marcano Cartilla de agronomía, 1890; A.P. Mora, Cartilla de agricultura, 1900; Luis Grimaldi Catecismo de agricultura, 1910; Rafael Martínez Mendoza, Manual del agricultor venezolano, 1924; Enrique Pérez Arveláez, Manual del cacaotero venezolano, 1937; P. Llamozas González Cartilla ganadera, 1941; y Juan de Eguraún, Compendio de agricultura, 1948. No pueden dejarse de lado ciertas publicaciones periódicas de interés técnico pues en sus páginas incluyen abundante material sobre los instrumentos de labor, en especial: Revista Técnica del Ministerio de Obras Públicas, (cuyo primer número apareció en 1911) y El Agricultor Venezolano, (a partir de 1937). Una importante bibliografía sobre agricultura es la de V.M. Badillo y C. Bonfanti, Índice bibliográfico agrícola de Venezuela, 1957. Las señaladas constituyen las fuentes más importantes para el estudio de la evolución de los instrumentos de trabajo agrícola en Venezuela.
Para una mejor inteligencia del tema consideramos que su tratamiento puede dividirse en 3 fases sucesivas: la fase del equipo técnico-aborigen, caracterizada por el uso de instrumentos fabricados de piedra y de madera, fase que llega hasta principios del siglo XVI, cuando se inician los primeros contactos con los conquistadores y paralelamente comienza la fase de formación del equipo técnico de la sociedad criolla, durante la cual las herramientas se introducen con diversos fines y por medios distintos, operándose una especie de selección de algunos elementos de los instrumentales técnicos de las sociedades aborigen y europea que entran en relación. Se desemboca así en el siglo XVIII, en que se produce la configuración de un equipo técnico que perdurará, casi inalterado, hasta las primeras décadas del siglo XX, período que puede denominarse fase de estancamiento del equipo técnico criollo.

Fase del equipo técnico aborigen: Si bien es cierto que los instrumentos de caza y pesca empleados por los aborígenes que ocuparon el actual territorio de Venezuela, pueden considerarse como utensilios básicos de labor para las tribus de recolectores y cazadores, nos interesa destacar aquí, por la importancia posterior que conservaron, los útiles empleados por las tribus que se dedicaban a las labores agrícolas, «…La técnica de cultivo más sobresaliente y difundida entre la formación agricultora, según escriben Mario Sanoja e Iraida Vargas, es la denominada de roza y quema o agricultura itinerante. Muchos autores la han definido como característica de los suelos tropicales pobres, como técnica agrícola elemental que no emplea ningún tipo de útiles excepto el hacha, la azada o el bastón de sembrar, relacionada con una baja densidad de población y un bajo nivel de consumo. Asimismo, se le ha caracterizado por la no utilización del arado, los abonos y los animales de tiro, poca inversión de fuerza de trabajo y ausencia de un concepto verdadero de tenencia privada de la tierra…» El hacha era confeccionada con piedras duras, que una vez afiladas, a fuerza de amolarlas en piedras más blandas con ayuda del agua, eran adheridas mediante cuerdas hechas con fibras vegetales a un mango de madera; generalmente eran de 2 caras o 2 cortes y su función primordial en la labor de la roza era la de derribar los árboles; para tronchar la maleza empleaban las macanas (que los cronistas llamaban espadas de palo duro) y eran igualmente afiladas en sus 2 bordes. Efectuado con tales instrumentos el desmonte, se procedía a la quema y luego a la siembra mediante la chícora o chícura, que consistía en un palo alargado de madera muy dura con uno de los extremos afilado; este bastón se empuñaba con ambas manos haciéndose penetrar en la tierra con ayuda del pie que se apoyaba sobre una pieza sobresaliente cerca de la base y ejerciendo presión con todo el cuerpo. Esta trilogía fundamental del equipo aborigen era fabricada por los propios trabajadores con el material que se encontraba a su alcance. Los efectos de la aplicación de esta técnica no alteraban negativamente la estructura del ecosistema natural preexistente, manteniendo más bien el equilibrio general de la naturaleza. Téngase presente que para cortar un árbol con una de tales hachas de piedra se tardaban 2 meses, labor que con un hacha ordinaria de hierro se podía hacer en una hora según describe José Gumilla en El Orinoco ilustrado.

Fase de formación del equipo técnico de la sociedad criolla: Desde 1498 se iniciaron los contactos entre los aborígenes de la costa de la actual Venezuela y los europeos. Conquistadores y misioneros se encargaron de traer sus instrumentos de trabajo que jugaron papel determinante en la ocupación de las nuevas tierras y el sometimiento de sus habitantes. La hueste conquistadora empleó las herramientas como implementos necesarios para abrirse paso en su ruta de penetración, construir campamentos y embarcaciones, atender al mantenimiento de las cabalgaduras y fabricar collares y cadenas con que aprisionar a los cautivos. El veterano conquistador Bernardo de Vargas Machuca, autor de un completo manual de conquista, Milicia y descripción de las Indias, entre las recomendaciones que aconseja al caudillo conquistador incluye la de «prevención de herramientas» afirmando: «Importante cosa será si se va a poblar en nueva conquista el caudillo llevar todas las herramientas necesarias como son hachas, medianas, buhios y rozas y puentes, asimismo machetes, azuelas llanas y gurvias, azadones llanos y gurvios para hacer canoas donde fuere menester y bateas para lavar donde hubiere muestras de oro; y para servicio de los pobladores barrenas de toda suerte, almocafres, barras chicas y medianas, cierras [sic], escoplos, martillos y tenazas, herramentales para herrar caballos, herraduras y clavos: y sobre todo llevará su fragua entera con su herrero para sustentar todas estas herramientas y hacer las demás que convienen, llevando acero y hierro; y no se olvide una o dos corrientes con sus colleras, que son muy importantes porque con ellas los prisioneros no tienen tanta prisión y están seguros…» Asimismo, se emplearon las herramientas como presentes para sellar la paz y como objetos de trueque o rescate; estas 2 últimas funciones convirtieron a las herramientas en poderosos factores de aculturación. Su trueque en un principio se hizo para la adquisición de bienes de consumo y objetos de metal precioso, pero a medida que los aborígenes, y específicamente las tribus caribes fueron aficionándose a los cuchillos, machetes y hachas de metal, llegó a efectuarse su intercambio por esclavos y hasta tal punto creció esta trata, aprovechada también por los holandeses, que dichas tribus intensificaron sus incursiones para la captura de esclavos con el fin de cambiarlos por herramientas (y también por armas de fuego o blancas). Así, la introducción de útiles de trabajo propició la esclavitud de los indígenas. Por último, una vez establecidas las nuevas poblaciones y repartidos los indígenas en encomienda para el servicio de los conquistadores, éstos les suministraron los instrumentos necesarios para la labranza. Por otra parte, los misioneros, en sus entradas para reducir a la cristiandad a los aborígenes, no dejaban de llevar consigo herramientas, con cuyo obsequio buscaban atraerse a los indígenas con miras a su conversión. El valor de este tipo de obsequio lo comenta elocuentemente un misionero jesuita del siglo XVII, Manuel Rodríguez, en su obra El Marañón y Amazonas, cuando dice: «…el hierro de un hacha, o machete dado por agasajo ha sacado a muchos de los yerros de sus pecados, haziéndoles romper las prisiones de su gentilidad…» y más adelante al transcribir una carta en que otro misionero de su misma orden manifiesta «…Lo que siento mucho, es no tener qué darles, porque sin los dones de achas y cuchillos no se haze nada, y con ellos se obra más, que con las escopetas y estruendos militares…» Durante esa fase se introdujo junto con las herramientas el oficio de la herrería, que si bien en un principio fue ejercido por los españoles, muy pronto fue delegado en manos de los aborígenes, de los esclavos africanos recién introducidos a las nuevas tierras y por fin de los mestizos, como lo comprueban, entre otros testimonios, numerosos contratos para la enseñanza de dicho oficio que se encuentran en los protocolos notariales del siglo XVI. Sin embargo, la fabricación de herramientas fue decayendo a medida que avanzaba la Colonia llegándose a depender en este ramo de las manufacturas europeas. En efecto, paralelamente a la introducción de las herramientas y a su rápida difusión se opera un alza considerable en el precio del hierro que debía importarse de España, y principalmente provenía de Vizcaya (se mencionan con frecuencia en los documentos de la época los machetes vizcaínos). En 1552 se quejaban los españoles de esta situación «…el hierro que hasta entonces en españa [sic] tenía poco valor se subió en gran precio por lo mucho que se llevava a las indias [sic] así en latta como labrado en espadas y cuchillos y herraje y atavios de casa porque hasta este tiempo no es hallado minero de hierro en las indias, así que necesario se provee de españa…» No parecen haber variado las cosas en el resto del período colonial, con la diferencia de que las herramientas fueron provistas por el intenso contrabando que practicaron los holandeses, franceses e ingleses que merodeaban las costas venezolanas, sobre todo durante el siglo XVII. Otro de los problemas relativos al uso de herramientas era el de su mantenimiento; por ejemplo, en la explotación de una arboleda de cacao en 1613, indican los expertos que los machetes, hachas y cuchillos en uso «…se han de aderezar cada mes, porque se quiebran y dañan…»; en las haciendas era necesario atender constantemente al mantenimiento y reposición de herramientas, llegándose incluso a tener algunos talleres de herrería para tales fines. El valor de las herramientas fue rápidamente comprendido por los aborígenes, de allí que las adaptasen con prontitud a sus trabajos; sin embargo, de todas ellas la que demostró mayor versatilidad en su empleo fue el machete que vino a constituir junto con la chícura y la azada el trinomio indispensable del equipo agrotécnico criollo de los siglos subsiguientes. Durante esta fase se dio un fenómeno de implantación tecnológica importante: la introducción de los molinos hidráulicos destinados a moler el trigo. A fines del siglo XVI se construyeron en diversas localidades de la cordillera de la costa y en los Andes, varias de estas máquinas; específicamente en Caracas llegaron a ser numerosas y su fuerza se obtenía de los diversos riachuelos que bajaban de la montaña para desembocar en el Guaire. Caracas era entonces productora y exportadora de trigo, suministrando dicho cereal a las vecinas islas del Caribe y a Cartagena de Indias. La posterior decadencia de ese cultivo, causado en buena parte por las plagas que lo atacaron, hizo innecesarias las máquinas que probablemente fueron desmanteladas, pues para el siglo XVIII no se las menciona. En la región andina, donde floreció el trigo y se implantó su beneficio, para 1620 existían indios regadores, trilladores, hachadores y molineros, lo que demuestra la difusión de la tecnología relacionada con ese cereal. Esta explotación agrícola persistió durante toda la época colonial y aún hasta nuestros días, especialmente en Trujillo. Tales molinos debían estar movidos por las aceñas españolas, de origen árabe, cuyo cuerpo principal estaba construido de madera. La técnica para la fabricación de los molinos fue enseñada por los artesanos peninsulares a los aborígenes, quienes a la larga quedaron como únicos constructores de tales artefactos. Esta derivación del oficio hacia las capas menos pudientes de la sociedad, fue característica de la época colonial americana, a pesar de que en un principio la necesidad obligó, a veces, a trabajar con las manos a todos los colonos, como lo refiere Bartolomé de Las Casas al narrar lo sucedido en la Isabela el 29 de mayo de 1493, a poco más de un semestre del descubrimiento «…y por que ya se acababa el bizcocho y no tenían harina sino trigo, acordó [Colón] hacer una presa en el río grande de la Isabela para una aceña y algunos molinos, y dentro de una buena legua no se halló lugar conveniente para ellos; y, porque la gente de trabajo y los oficiales mecánicos, los más estaban enfermos y flacos, y hambrientos, y podían poco, por faltarles las fuerzas, era necesario que también ayudasen los hidalgos y gentes del Palacio, o de capa prieta, que también hambre y miseria padecían, y a los unos y a los otros se les hacía a par de muerte ir a trabajar con sus manos, en especial no comiendo…» Episodio similar al de la construcción del primer molino en América difícilmente se volvería a repetir.

Fase de estancamiento del equipo técnico criollo: Ya en el siglo XVIII se ha configurado este equipo que incluye elementos provenientes de la cultura aborigen junto a aquellos de origen europeo. Las labores productivas fundamentales a partir de aquel entonces se realizaron en 2 tipos de explotación: el huerto americano o conuco, cuyos productos estaban destinados a la subsistencia de la mayoría de la población, hecho que permaneció prácticamente invariable casi hasta nuestros días y las haciendas y hatos, destinados a producir bienes de exportación (café, cacao, añil, cueros) con la salvedad de las haciendas de caña de azúcar cuyo producto se discute si se destinó completamente al consumo interno de la colonia como pareciera, o si se exportó en parte, tanto por vías legales como mediante el contrabando. De allí que nos parezca conveniente presentar la muestra de los principales elementos del equipo técnico de que tratamos según las labores de las diferentes unidades de producción mencionadas. 1) Equipo técnico usado en el conuco: Los instrumentos de trabajo usados en el conuco son principalmente el machete y la chícura, adicionada ésta en algunos casos, de una pieza de hierro enhastada en su base; se complementaba el equipo con un hacha y la azada. El sistema de cultivo continúa siendo el mismo de la roza y la quema que usaban los aborígenes desde tiempos precolombinos. La introducción de útiles de hierro en este tipo de cultivo aumentó considerablemente el efecto devastador de las viejas técnicas indígenas. Veamos, conforme a un texto coetáneo de esta fase, cuáles eran las labores de cultivo y qué funciones tenían los diversos instrumentos: «…Se empieza por derribar un bosque: el primer instrumento que entra a trabajar es el machete auxiliado del calabozo, en la tala, para despejar toda la basura, bejucos y palos delgados, dejando en pié solamente los palos ó árboles de hacha. En este trabajo la tarea de un peón es relativa a la espesura, pero puede calcularse aproximadamente en 5 tareas para cada cuadro de 100 varas, o lo que es lo mismo, 20 varas de ancho y 100 de largo (1.394 m2) para cada peón en un día. Sigue el trabajo del hacha para derribar los árboles: aquí es imposible dar tarea, pues por unas partes se encuentran árboles más gruesos que por otras, y a veces es necesario emplear 2, 3 y más hachas en un solo árbol. El trabajo, pues, debe hacerse aquí de faena y con presencia del dueño o caporal, observando la inclinación natural de la planta hacia donde debe caer para derribarla con menos trabajo y no ocasione alguna desgracia sorprendiendo a algunos de los trabajadores al caer. La misma hacha y el machete continúan el trabajo de la rosa [sic] para picarla y asentarla, a fín que quede más compacta para pábulo del fuego. (...) Este trabajo, que debe hacerse en enero, prepara la quema para marzo» «…Entonces sigue las funciones de la chícura, azada y demás que van exigiendo las labores». 2) Equipo técnico usado en la hacienda: Fundamentalmente se usaron los mismos instrumentos que en el conuco. Sin embargo, en las haciendas se incorporaron algunos aparatos y máquinas especialmente en el beneficio de los productos de las cosechas más comerciales (caña de azúcar y café). Si la aclimatación y beneficio del trigo trajo consigo los molinos, la introducción del cultivo de la caña de azúcar significó la implantación de los trapiches e ingenios, movidos por tracción de sangre o por la fuerza hidráulica y más tarde por máquinas a vapor. Estas últimas hicieron su aparición en el siglo XIX en las principales haciendas de la región central del país. En el cultivo de la caña de azúcar es quizás donde se produce la mayor mecanización en este período. Según los manuales, en la plantación de la caña se usó la reja (arado), el desterronador (grueso cilindro de hierro dentado que gira sobre su eje), la grada o rastra (igualadora del terreno) y el peine (arado dentado). Además en su beneficio se empleó el trapiche, «…cuyo impulso es dado por bestias, por aguas o asentuado [sic] o por vapor. El trapiche consta de 3 masas [sic] de hierro colocadas antes verticalmente, y hoi horizontales, sobre una mesa fuerte fundada sobre maderos hondamente enterrados y trabados interior y exteriormente cuya armadura se llama castillejo: estas masas están endentadas para moverse entre sí oprimiendo la caña para extraerle el jugo que llamamos guarapo, y que debe correr del trapiche a otro salón de piso más bajo donde estarán el estanque de depósito, los fondos para el cocimiento, que regularmente son 4, uno que cruce por una hornaya [sic] especial llamada la tacha, en la que se dá punto al jugo y los 3 que hacen el cocimiento en que se limpia la miel y que cuecen por una hornaya común. Si el impulso lo dá el agua habrá al lado del trapiche suficiente apoyo para la rueda en que sustenten los ejes. Separado de este edificio se constituye un caney para guardar el bagazo de la caña molida que sirve de combustible para el cocimiento…» Era también necesario para que un establecimiento de caña fuera perfecto que dispusiera de un alambique con su batería de pipas y tendales suficientes para las hormas destinadas al papelón. Si bien en este cultivo se observa un grado de mecanización notable para la época, en la fase de la cosecha se hacía necesaria una abundante mano de obra; es familiar en la literatura e iconografía de aquel entonces la imagen de los esclavos o de los peones, armados de machete, realizando la zafra, bajo la mirada vigilante del capataz. El café, otro de los cultivos de exportación, constituyó en el siglo XIX y comienzos del XX el rubro más importante del comercio exterior de Venezuela. Sin embargo, el grado de mecanización empleado en su beneficio era bastante menor, las labores de siembra, cuido, recolección y secado se realizaban con instrumentos simples, y sólo se emplearon máquinas en el tratamiento posterior a la cosecha para descerezar, trillar y ventear. Tanto los instrumentos y herramientas como las máquinas empleados en esta época de la historia venezolana, en su mayoría o casi en su totalidad eran importados. En 1834 en el núm. 19 de las Memorias de la Sociedad Económica de Amigos del País, se afirma: «…los machetes que aquí llegan son ordinariamente holandeses y por consiguiente de malísima ley; raro sufre 8 días de trabajo sin romperse; algunos han venido de Vizcaya fuertes y bien montados, pero en cierto modo peores que los holandeses porque carecen relativamente de acero. Los de Toledo son excelentes, pero vienen raro; y aunque muy solicitados de los labradores y pagados a precios muy subidos no se repiten los envíos por el comercio tal vez porque los costos de conducción desde Toledo al mar, que hay 100 leguas, harán su extracción poco útil…»; ante esta situación se recomendaba estrechar la correspondencia comercial con Vizcaya a fin de lograr la obtención de hachas y machetes de buena ley, que según el texto «…tienen más consumo en esta sola provincia [Caracas] que en toda España por la muchedumbre de grandes rosas [sic] que anualmente se abren en el Monte Alto…» Esto por lo que respecta al instrumento de labor por excelencia. No era mejor la situación en cuanto a la maquinaria, como puede colegirse del siguiente trozo, sacado del núm. 3 de las citadas memorias: «…es muy sensible que nuestros labradores no estén todavía en estado de hacer grandes gastos en comprar maquinarias que desconocen, y sin las cuales están acostumbrados a deshacer sus mieses a costa de tiempo y trabajo y muchos brazos. Por otro lado, el país no ofrece medios de proporcionar dentro del mismo estas máquinas, aún cuando la sociedad consiguiese modelos y buenas descripciones, por el atraso en que actualmente están las artes mecánicas que las construirán a muy alto precio. Así creemos hacer un servicio más útil y práctico a nuestros labradores indicando en otros números una lista de los principales instrumentos y máquinas empleadas en la agricultura con el nombre de sus autores y las demás direcciones necesarias para conseguirlas en los países extranjeros. Por lo menos las primeras deben venir de afuera, esperando que con el tiempo, tengamos la satisfacción de verlas construir por estos modelos en nuestro propio país…» Los sucesivos intentos de modernización que cada vez con más vigor se presentan a lo largo del siglo XIX son aislados, esporádicos y fundamentalmente se deben a esfuerzos individuales provenientes del sector privado con escaso, por no decir nulo, apoyo del Estado. En la prensa de Caracas y en algunos periódicos de provincia puede constatarse la creciente oferta de instrumentos y máquinas importados de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania; buena manifestación de esta naciente tecnología, son los avisos para la venta de útiles y máquinas destinados al beneficio de la caña de azúcar (como alambiques, hornos, calderos). Pocas haciendas son dotadas de estas importaciones, principalmente por su costo. Este proceso de implantación de técnicas foráneas se acentúa en extensión geográfica y número de máquinas a fines del siglo pasado. Para la segunda década del siglo XX, todavía la mecanización era escasa, las máquinas continuaban siendo importadas; sin embargo, ya se plantea en los manuales una cierta actitud crítica frente a la simple transferencia tecnológica, recomendándose solamente una adecuada y progresiva introducción de la moderna maquinaria agrícola «…a medida que vaya probándose su eficacia, tanto por la razón de que las ventajas de ella se reducen, cuando no son bastantes prácticas y el hábito de su aplicación, [sic] como porque la mayor parte de la maquinaria agrícola está fabricada y calculada para emplearse principalmente en los países del Norte de más avanzada agricultura, y únicamente de acuerdo con las necesidades y circunstancias de ésta…» 3) Equipo técnico usado en el hato: El ganado vacuno introducido por los españoles durante la conquista se aclimató rápidamente en la región de los llanos y constituyó objeto de cría y explotación por parte de los colonos que habitaban allí en unidades productivas designadas con el nombre de hatos. Las actividades pecuarias no siguieron exactamente los patrones de cría europeos, sino que llegaron a conformar un sistema propio, la cría de ganado «en libertad». El ganado vivía libremente en las vastas estepas del centro y sur de Venezuela formando manadas a su capricho y llevando una existencia salvaje. Los criadores se veían en la necesidad de organizar periódicamente verdaderas expediciones de caza con motivo de las labores de marca y recolección de ganado para beneficiarlo. En estas correrías cuyo cuartel general era la casa del hato, los peones forzosamente debían ir armados, además de llevar los útiles necesarios para capturar y beneficiar las reses. No había otra forma de tratar los animales salvajes. El instrumento fundamental empleado en estas labores era la lanza, cuyo origen inmediato debe encontrarse en la simple garrocha de arrear; junto con la lanza era fundamental el caballo, cuyo mantenimiento y manejo era imprescindible. Tratándose de expediciones arriesgadas en las cuales generalmente era necesario el factor sorpresa y urgente capturar el mayor número de reses, los expedicionarios llegaron a adquirir una notable destreza en el empleo de la lanza, el lazo, el cuchillo y además un minucioso conocimiento de los llanos; esta tecnología pecuaria fue posteriormente empleada con fines bélicos durante la Guerra de Independencia y llegó a constituir elemento decisivo para el triunfo del ejército patriota en Venezuela. Las técnicas permanecieron prácticamente invariables hasta bien entrado el siglo XX; todavía en 1941 se afirma que «…los métodos de explotación [ganadera]… en vigencia (...) son los que nos legaron los conquistadores y que por imperfectos e inadaptables a la época actual es necesario reemplazar con los sencillos y modernos métodos de explotación ganadera que enseña la Zootecnia…» En todo caso, durante el siglo XIX se dio una limitada incorporación tecnológica que no llegó a cambiar los rasgos generales del equipo técnico criollo que, con algunas pocas modificaciones, permaneció estancado hasta después de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces se inició una progresiva mecanización en algunos sectores de la agricultura, siempre por la vía de las importaciones, proceso que, alimentado por la riqueza petrolera, vino a producir una especie de «desarrollo tecnológico dependiente» cuyas consecuencias vivimos actualmente.

Como hemos visto, el estudio de los instrumentos de trabajo en nuestra historia presenta serias dificultades prácticas derivadas de lo disperso de las fuentes documentales, los escasos restos industriales preservados en los museos y la inexistencia de una historiografía especializada en la materia; de allí que sea preciso plantearse con urgencia la elaboración de una Guía de fuentes para el estudio de la historia de la técnica en Venezuela, que será de suma importancia para superar los obstáculos señalados. Por otra parte, el equipo técnico criollo, cuyos elementos básicos tienen indudable raigambre aborigen, caracterizó el más extenso período de nuestra historia y sólo fue sustituido, lentamente, por las sucesivas transferencias tecnológicas que se operan desde fines de la pasada centuria, en estrecha conexión con la progresiva penetración comercial de que fue objeto Venezuela; por ello se hace necesario adelantar una rigurosa pesquisa que nos permita obtener una imagen completa y detallada de dicho equipo, de las sucesivas incorporaciones con las cuales se trató de enriquecerlo y de la distribución geográfica y económica del uso de estos nuevos ingredientes tecnológicos. La perseverancia del equipo técnico criollo durante tan largo tiempo debe investigarse a fondo para conocer en que grado satisfizo las necesidades de la sociedad y cuáles fueron las causas de esa supervivencia que se ha calificado de estancamiento. J.R.L.

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