La Armadura Espiritual del Cristiano

Las partes de la Armadura Espìritual



El yelmo de la salvación.


El yelmo cubría la cabeza y el cerebro, el asiento del intelecto. Nuestra esperanza cristiana se compara a esta pieza de la armadura, pues nos protege las facultades mentales (1 Tesalonicenses 5:8). Es verdad que mediante el conocimiento exacto de la Palabra de Dios hemos transformado la mente. Sin embargo, esta podría corromperse fácilmente, pues seguimos siendo humanos imperfectos y débiles. Cabe la posibilidad de que las metas de este sistema de cosas nos distraigan y hasta reemplacen la esperanza que Dios nos ha dado (Romanos 7:18; 12:2).

El Diablo trató en vano de descarriar a Jesús ofreciéndole “todos los reinos del mundo y su gloria” (Mateo 4:8). Pero este rechazó de plano la oferta, y, como dijo Pablo, “por el gozo que fue puesto delante de él aguantó un madero de tormento, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2).

La coraza de la justicia.


La coraza del soldado le protegía un órgano vital, el corazón. Pues bien, el corazón figurado —la persona que somos en nuestro interior— se inclina al mal, de modo que necesita especial protección (Génesis 8:21). Por consiguiente, debemos aprender y llegar a amar las justas normas de Jehová (Salmo 119:97, 105). El amor a la justicia nos impele a rechazar el modo de pensar mundano que hace caso omiso de las claras directrices divinas o rebaja su importancia. Además, amar lo que es recto y odiar lo que es malo impedirá que sigamos cualquier proceder que pueda arruinarnos la vida (Salmo 119:99-101; Amós 5:15). Jesús es ejemplar a este respecto, pues las Escrituras dicen de él: “Amaste la justicia, y odiaste el desafuero” (Hebreos 1:9).

Los lomos ceñidos con la verdad.


Los soldados de tiempos bíblicos llevaban un cinturón de cuero de entre 5 y 15 centímetros de ancho. Algunos traductores opinan que el versículo debería decir “con la verdad como cinturón ceñido a su cintura”. El cinturón del soldado le protegía los lomos, o las caderas, y le proporcionaba un apoyo del que colgar la espada. Ajustárselo significaba aprestarse para la batalla.

Pablo lo empleó para mostrar cuánto han de influir las Escrituras en nuestra vida. Podría decirse que deben rodearnos apretadamente, a fin de que vivamos en consonancia con la verdad y la defendamos en toda ocasión (Salmo 43:3; 1 Pedro 3:15). Para ello hemos de aplicarnos al estudio meditativo de la Biblia. Jesús tenía la ley de Dios “dentro de [sus] entrañas” (Salmo 40:8). Por esa razón, pudo contestar las preguntas de sus opositores citando de memoria de las Escrituras (Mateo 19:3-6; 22:23-32).

La espada del espíritu.


La palabra, o mensaje, de Dios que se encuentra en la Biblia es una eficaz espada de dos filos que derrumba la falsedad religiosa y ayuda a la gente sincera a hallar libertad espiritual (Juan 8:32; Hebreos 4:12).

Esta espada espiritual también nos defiende de las tentaciones y los ataques apóstatas que podrían arruinar nuestra fe (2 Corintios 10:4, 5). ¡Qué agradecidos estamos de que ‘toda Escritura esté inspirada por Dios y nos equipe completamente para toda buena obra’! (2 Timoteo 3:16, 17.)

El escudo grande de la fe.


La palabra griega traducida “escudo grande” define un escudo que cubría casi todo el cuerpo, protegiéndolo de “los proyectiles encendidos” mencionados en Efesios 6:16. En tiempos bíblicos, los soldados usaban dardos hechos de cañas huecas a los que fijaban pequeños receptáculos de hierro en los que ardía un combustible llamado nafta. Un biblista dice que tales proyectiles constituían “una de las armas más peligrosas en las guerras de la antigüedad”. El soldado que careciera de un escudo grande para protegerse de ellos podía resultar muerto o gravemente herido.

Calzados los pies con el equipo de las buenas nuevas de la paz.


Los soldados romanos necesitaban zapatos adecuados o sandalias resistentes, ya que no era raro que en las campañas caminaran 30 kilómetros diarios cargados con unos 30 kilos de armadura y equipo. Pablo usó acertadamente el calzado para representar nuestra disposición a transmitir el mensaje del Reino a todo el que escuche. Esto es muy importante, pues ¿cómo podrían otros conocer a Jehová si nosotros no estuviéramos siempre listos para predicar? (Romanos 10:13-15.)



“Pónganse la armadura completa que proviene de Dios”

“Pónganse la armadura completa que proviene de Dios para que puedan estar firmes contra las maquinaciones del Diablo.” (EFESIOS 6:11.)

ROMA estaba en su apogeo. Corría el siglo primero de nuestra era, y sus legiones permitían a la ciudad dominar gran parte del mundo conocido de aquel tiempo. Según un historiador, sus tropas constituyeron “la más eficaz organización militar de la historia”. Se trataba de un ejército profesional, compuesto de soldados bien disciplinados y rigurosamente adiestrados, pero su eficacia en la batalla también se debía a su armadura. De hecho, el apóstol Pablo la empleó para ilustrar el equipo espiritual que necesita el cristiano a fin de salir airoso en su combate contra el Diablo.

Hallamos una descripción de esta armadura espiritual en Efesios 6:14-17, donde Pablo escribió: “Estén firmes [...] teniendo los lomos ceñidos con la verdad, y teniendo puesta la coraza de la justicia, y teniendo calzados los pies con el equipo de las buenas nuevas de la paz. Sobre todo, tomen el escudo grande de la fe, con el cual podrán apagar todos los proyectiles encendidos del inicuo. También, acepten el yelmo de la salvación, y la espada del espíritu, es decir, la palabra de Dios”. En sentido literal, la armadura a la que Pablo se refirió brindaba considerable protección al soldado romano, quien también disponía de la espada, el arma principal en la lucha cuerpo a cuerpo.

Además del equipo y del adiestramiento, la eficacia del ejército romano dependía de que los soldados cumplieran las órdenes de su comandante. Del mismo modo, los cristianos deben obedecer a Jesucristo, pues la Biblia indica que Jehová lo ha dado como “comandante a los grupos nacionales” (Isaías 55:4). Él es también “cabeza de la congregación” (Efesios 5:23). Jesús nos da instrucciones para nuestro guerrear piadoso y es un ejemplo perfecto de cómo llevar la armadura espiritual (1 Pedro 2:21). Puesto que esta se relaciona estrechamente con el hecho de tener una personalidad semejante a la de Cristo, las Escrituras nos aconsejan que nos ‘armemos’ con su misma disposición mental (1 Pedro 4:1). Por lo tanto, según vayamos examinando las piezas de la armadura, recurriremos al ejemplo de Jesús para mostrar su importancia y efectividad.

Protección para los lomos, el pecho y los pies


Los lomos ceñidos con la verdad. Los soldados de tiempos bíblicos llevaban un cinturón de cuero de entre 5 y 15 centímetros de ancho. Algunos traductores opinan que el versículo debería decir “con la verdad como cinturón ceñido a su cintura”. El cinturón del soldado le protegía los lomos, o las caderas, y le proporcionaba un apoyo del que colgar la espada. Ajustárselo significaba aprestarse para la batalla. Pablo lo empleó para mostrar cuánto han de influir las Escrituras en nuestra vida. Podría decirse que deben rodearnos apretadamente, a fin de que vivamos en consonancia con la verdad y la defendamos en toda ocasión (Salmo 43:3; 1 Pedro 3:15). Para ello hemos de aplicarnos al estudio meditativo de la Biblia. Jesús tenía la ley de Dios “dentro de [sus] entrañas” (Salmo 40:8). Por esa razón, pudo contestar las preguntas de sus opositores citando de memoria de las Escrituras (Mateo 19:3-6; 22:23-32).

Si dejamos que nos guíe, la verdad de la Biblia nos libra de razonamientos falsos y nos permite tomar buenas decisiones. Cuando nos enfrentemos a tentaciones o pruebas, las pautas bíblicas reforzarán nuestra resolución de hacer el bien. Por así decirlo, veremos a nuestro Magnífico Instructor, Jehová, y oiremos una palabra detrás de nosotros que diga: “Este es el camino. Anden en él” (Isaías 30:20, 21).

La coraza de la justicia. La coraza del soldado le protegía un órgano vital, el corazón. Pues bien, el corazón figurado —la persona que somos en nuestro interior— se inclina al mal, de modo que necesita especial protección (Génesis 8:21). Por consiguiente, debemos aprender y llegar a amar las justas normas de Jehová (Salmo 119:97, 105). El amor a la justicia nos impele a rechazar el modo de pensar mundano que hace caso omiso de las claras directrices divinas o rebaja su importancia. Además, amar lo que es recto y odiar lo que es malo impedirá que sigamos cualquier proceder que pueda arruinarnos la vida (Salmo 119:99-101; Amós 5:15). Jesús es ejemplar a este respecto, pues las Escrituras dicen de él: “Amaste la justicia, y odiaste el desafuero” (Hebreos 1:9).*

Calzados los pies con el equipo de las buenas nuevas de la paz. Los soldados romanos necesitaban zapatos adecuados o sandalias resistentes, ya que no era raro que en las campañas caminaran 30 kilómetros diarios cargados con unos 30 kilos de armadura y equipo. Pablo usó acertadamente el calzado para representar nuestra disposición a transmitir el mensaje del Reino a todo el que escuche. Esto es muy importante, pues ¿cómo podrían otros conocer a Jehová si nosotros no estuviéramos siempre listos para predicar? (Romanos 10:13-15.)

¿Cuál fue la actividad principal en la vida de Jesús? Él mismo le dijo al gobernador romano Poncio Pilato: “He venido al mundo [...] para dar testimonio acerca de la verdad”. Jesús predicó dondequiera que encontró un oído atento, y tanto le complacía su ministerio que lo antepuso a sus necesidades físicas (Juan 4:5-34; 18:37). Si nosotros, al igual que Jesús, anhelamos proclamar las buenas nuevas, hallaremos muchas oportunidades para transmitirlas a otros. Además, estar activos en el ministerio nos mantendrá fuertes espiritualmente (Hechos 18:5).

El escudo, el yelmo y la espada


El escudo grande de la fe. La palabra griega traducida “escudo grande” define un escudo que cubría casi todo el cuerpo, protegiéndolo de “los proyectiles encendidos” mencionados en Efesios 6:16. En tiempos bíblicos, los soldados usaban dardos hechos de cañas huecas a los que fijaban pequeños receptáculos de hierro en los que ardía un combustible llamado nafta. Un biblista dice que tales proyectiles constituían “una de las armas más peligrosas en las guerras de la antigüedad”. El soldado que careciera de un escudo grande para protegerse de ellos podía resultar muerto o gravemente herido.

¿Qué “proyectiles encendidos” emplea Satanás para socavar nuestra fe? Quizá promueva la persecución o la oposición en la familia, el empleo o el lugar de estudios. Asimismo, el deseo de adquirir más y más posesiones, así como la atracción de la inmoralidad, han causado estragos en la espiritualidad de algunos hermanos. A fin de protegernos de tales peligros, debemos tomar, “sobre todo, [...] el escudo grande de la fe”, cualidad que cultivamos cuando adquirimos conocimiento de Jehová, nos comunicamos regularmente con él en oración y percibimos su protección y bendición (Josué 23:14; Lucas 17:5; Romanos 10:17).

Cuando Jesús estuvo en la Tierra, demostró que en tiempos difíciles es fundamental contar con una fe fuerte. Él tuvo plena confianza en las decisiones de su Padre y se deleitó en hacer Su voluntad (Mateo 26:42, 53, 54; Juan 6:38). Aun en los momentos de enorme angustia que atravesó en el jardín de Getsemaní, le dijo: “No como yo quiero, sino como tú quieres” (Mateo 26:39). Jesús nunca perdió de vista la importancia de mantenerse íntegro y regocijar a su Padre (Proverbios 27:11). Si tenemos una confianza similar en Jehová, no permitiremos que las críticas o la oposición debiliten nuestra fe. Más bien, esta se fortalecerá si recurrimos a él, le expresamos nuestro amor y guardamos sus mandamientos (Salmo 19:7-11; 1 Juan 5:3). Ninguna recompensa material ni placer sensual momentáneo puede compararse a las bendiciones que Jehová reserva para los que lo aman (Proverbios 10:22).

El yelmo de la salvación. El yelmo cubría la cabeza y el cerebro, el asiento del intelecto. Nuestra esperanza cristiana se compara a esta pieza de la armadura, pues nos protege las facultades mentales (1 Tesalonicenses 5:8). Es verdad que mediante el conocimiento exacto de la Palabra de Dios hemos transformado la mente. Sin embargo, esta podría corromperse fácilmente, pues seguimos siendo humanos imperfectos y débiles. Cabe la posibilidad de que las metas de este sistema de cosas nos distraigan y hasta reemplacen la esperanza que Dios nos ha dado (Romanos 7:18; 12:2). El Diablo trató en vano de descarriar a Jesús ofreciéndole “todos los reinos del mundo y su gloria” (Mateo 4:8). Pero este rechazó de plano la oferta, y, como dijo Pablo, “por el gozo que fue puesto delante de él aguantó un madero de tormento, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2).

La clase de confianza que Jesús tuvo no viene de modo automático. Si en lugar de mantener la mente fija en la esperanza la llenamos con los sueños y las metas de este sistema de cosas, nuestra fe en las promesas de Dios se debilitará. Con el tiempo, puede que hasta perdamos la esperanza. En cambio, si continuamente meditamos sobre las promesas divinas, seguiremos regocijándonos en la esperanza puesta ante nosotros (Romanos 12:12).

La espada del espíritu. La palabra, o mensaje, de Dios que se encuentra en la Biblia es una eficaz espada de dos filos que derrumba la falsedad religiosa y ayuda a la gente sincera a hallar libertad espiritual (Juan 8:32; Hebreos 4:12). Esta espada espiritual también nos defiende de las tentaciones y los ataques apóstatas que podrían arruinar nuestra fe (2 Corintios 10:4, 5). ¡Qué agradecidos estamos de que ‘toda Escritura esté inspirada por Dios y nos equipe completamente para toda buena obra’! (2 Timoteo 3:16, 17.)

Cuando Satanás tentó a Jesús en el desierto, este utilizó hábilmente la espada del espíritu para rechazar razonamientos falsos y tentaciones astutas. A cada embate de Satanás, él replicó: “Está escrito” (Mateo 4:1-11). Del mismo modo, un testigo de Jehová de España llamado David encontró en las Escrituras la ayuda necesaria para resistir las tentaciones. Cuando tenía 19 años, una atractiva joven que trabajaba en la misma empresa de limpieza le insinuó que podrían “pasar un buen rato juntos”. David rechazó sus proposiciones y le pidió al supervisor que lo cambiara de lugar de trabajo para que la situación no se repitiera. Él mismo comentó: “Me acordé de José, quien rechazó la inmoralidad y echó a huir. Yo hice lo mismo” (Génesis 39:10-12).

Jesús también empleó la espada del espíritu para que otros escaparan del control de Satanás. “Lo que yo enseño no es mío, sino que pertenece al que me ha enviado”, dijo (Juan 7:16). Para imitar la habilidad con que Jesús enseñaba, debemos prepararnos. El historiador judío Josefo escribió respecto a los soldados romanos: “Salen todos los días a adiestrarse como si fuesen al campo de batalla. De aquí que soporten la fatiga de los combates con tanta facilidad”. En nuestro guerrear espiritual no solo hemos de usar la Biblia, sino también ‘hacer lo sumo posible para presentarnos aprobados a Dios, trabajadores que no tienen de qué avergonzarse, que manejan la palabra de la verdad correctamente’ (2 Timoteo 2:15). ¡Y qué satisfacción sentimos cuando respondemos con la Biblia a una pregunta sincera de alguien que manifiesta interés!

Orar en toda ocasión


Tras hablar de todas las piezas de la armadura espiritual, Pablo nos da otro consejo importante. A fin de resistir los ataques de Satanás, los cristianos deben recurrir a “toda forma de oración y ruego”. ¿Con cuánta frecuencia? El apóstol contesta: “[Ocúpense] en orar en toda ocasión en espíritu” (Efesios 6:18). La oración puede fortalecernos inmensamente ante las tentaciones, las pruebas o el desánimo (Mateo 26:41). Jesús “ofreció ruegos y también peticiones a Aquel que podía salvarlo de la muerte, con fuertes clamores y lágrimas, y fue oído favorablemente por su temor piadoso” (Hebreos 5:7).

Milagros, quien lleva más de quince años cuidando a su esposo enfermo, dice lo siguiente: “Cuando me siento desanimada, acudo a Jehová en oración. Nadie puede ayudarme tanto como él. Admito que hay momentos en que me parece que ya no puedo aguantar más. Pero después de orarle, vez tras vez he sentido que mis fuerzas se renovaban y yo cobraba nuevos bríos”.

El Diablo sabe que le queda poco tiempo, de ahí que redoble sus esfuerzos por derrotarnos (Revelación 12:12, 17). Tenemos que oponernos a este poderoso enemigo y “pelea[r] la excelente pelea de la fe” (1 Timoteo 6:12). Para ello necesitamos una fortaleza superior a la normal (2 Corintios 4:7). También precisamos el espíritu santo de Dios, por lo que debemos pedirlo. Jesús prometió: “Si ustedes, aunque son inicuos, saben dar buenos regalos a sus hijos, ¡con cuánta más razón dará el Padre en el cielo espíritu santo a los que le piden!” (Lucas 11:13).

Está claro que es esencial que nos pongamos la armadura completa que nos da Jehová. Para llevarla se exige que cultivemos cualidades piadosas, como la fe y la justicia. Es imprescindible que amemos la verdad como si estuviéramos ceñidos con ella, que estemos dispuestos a proclamar las buenas nuevas en toda ocasión y que mantengamos la mente fija en la esperanza puesta ante nosotros. Asimismo, debemos hacernos diestros en el manejo de la espada del espíritu. Con la armadura completa que proviene de Dios, saldremos victoriosos en nuestra lucha contra las fuerzas espirituales inicuas y realmente daremos gloria al santo nombre de Jehová (Romanos 8:37-39).

[Nota]

En las profecías de Isaías, Jehová se representa a sí mismo llevando “la justicia como cota de malla”. Por tanto, él exige que los superintendentes de congregación administren justicia y se comporten con rectitud (Isaías 59:14, 15, 17).

Publicado en: La Atalaya del 15 de mayo de 2004, págs. 15-20.

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