Todos Somos Divinos - Educar Valores y el Valor de Educar. Parábolas

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Parabolas e Ilustraciones para Educar en Valores

Contenidos de Parabolas e Ilustraciones

Hay una leyenda hindú que nos dice que, en tiempos muy remotos, todos los hombres eran dioses. Pero abusaron tanto y tanto de su poder que Brahma, el gran dios, reunió en Consejo a los dioses menores para decir qué se tenía que hacer ante aquella situación. El Consejo decidió quitar a los hombres la divinidad y esconderla en un lugar donde jamás podrían encontrarla.
Un dios menor propuso enterrarla en lo más profundo de la tierra. Se desechó la propuesta porque creyeron que fácilmente el hombre excavaría en la tierra y la encontraría. Otro propuso sumergirla en el fondo del océano. Tampoco se aceptó puesto que el hombre algún día podría llegar hasta el fondo y volver a abusar de la divinidad.
El Consejo de los dioses estuvo cavilando por un buen tiempo sin hallar respuesta que les convenciera. Entonces, el Gran Brahma propuso:
- Creo haber hallado el lugar idóneo para esconder la divinidad, de manera que el hombre nunca la encuentre y pueda abusar de ella. La esconderemos en el fondo del mismo hombre. En la profundidad de su ser será el único lugar donde jamás se le ocurrirá buscar.
Desde entonces, todos los hombres llevan escondida la divinidad en lo más profundo de ellos mismos.
Otra historia parecida cuenta que, cuando Dios creó al perro, le lamió agradecido la mano y colgó sus ojos cariñosos del rostro del Buen Dios.
-¿Qué quieres, Perro?
-Señor, Buen Dios, quisiera alojarme en tu casa, en el cielo, frente a tu puerta.
-Pero yo no necesito de perro, ya que todavía no he creado los ladrones.
-¿Cuándo los crearás, Señor?
-Jamás. Estoy ya cansado, hace cinco días que trabajo sin descanso, y ya hice mi mejor obra que eres tú, Perro. Es mejor que me quede aquí. No es bueno que un artista se esfuerce más allá de su inspiración y sus posibilidades. Si persistiese en crear, sería capaz de fracasar. ¡Ve, Perro a poblar la tierra y vive feliz!
El perro dio un profundo suspiro:
-¿Qué voy a hacer sobre la tierra, Señor?
-Comerás, beberás, dormirás, te multiplicarás y gozarás de la vida con los tuyos.
El perro suspiró más profundamente.
-¿Qué más quieres? -le dijo el Buen Dios.
-A ti, mi Señor. ¿No podrías venir a vivir tú también en la Tierra?
-No, no, eso es completamente imposible. Tengo que atender a los ángeles, las estrellas, el universo entero...
El perro bajó la cabeza e hizo ademán de marcharse, pero se devolvió insistiendo:
-Si tú no puedes bajar, crea a alguien como tú para que yo pueda servirle.
-No, no, eso es imposible. No me pidas cosas que van más allá de mis posibilidades.
El perro se hizo pequeño, humilde, y empezó a suplicar al Buen Dios con su voz más melosa y cariñosa:
-Anda, inténtalo, yo sé que tú puedes, aunque no sea igualito en todo que tú, pero que yo pueda seguirlo donde vaya y echarme a sus pies cuando se pare.
El Buen Dios se quedó maravillado ante la bondad de su propia obra y le dijo al perro:
-Ve a la tierra y que se haga según tu deseo. Ya que no puedo estar yo allí, te voy a enviar a alguien que sea como yo.
Y entrando en su Laboratorio, creó al Hombre. Pero el hombre no sabe esto.
San Agustín solía exclamar: «Te buscaba. Señor, fuera de mí, pero tú estabas dentro de mí, más íntimo que mi propio yo». Cuánto nos cuesta aceptar que en verdad somos creados a imagen y semejanza de Dios, que somos en verdad divi­nos, y que Jesús se hace presente en cada una de las personas, sobre todo las más débiles y necesitadas. Cómo cambiaría nuestra relación con los alumnos si realmente nos convenciéramos de que cada uno de ellos es el propio Jesús. Esto es lo que hizo una maestra que tenía un grupo de alumnos imposibles, rebeldes, desordenados. Estaba tan decepcionada que decidió renunciar y dedicarse a otra profesión menos exigente y más gratificante. Cuando estaba plan­teando su renuncia, la Directora, una mujer sabia y entregada, le dijo:
-¿Pero cómo vas a hacer eso si en tu salón está estudiando el propio Jesús?
-¿Cómo? -le preguntó intrigada la maestra.
- Sí, Jesús, el propio Dios hecho hombre. Vino a inscribirse de incógnito. No te puedo decir nada más. Ni siquiera vas a saber si es niño o niña, pero te aseguro, y esto no es broma, que está estu­diando en tu salón.
Desde ese momento, la maestra comenzó a tratar a cada uno de sus alumnos con especial cariño y esmero, pues pensaba que ese podría ser Jesús. Pronto, el ambiente cambió por completo. Los alumnos, al sentirse tan respetados v queridos, comenzaron ellos también a querer y respetar.

Recuperado para fines educativos del libro:
Educar Valores y el Valor de Educar. Parábolas
Autor: Antonio Pérez Esclarin