El hombre que sabia volar - Parabolas e Historias para Educar en Valores

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Empezó a propagarse la noticia de que, en un remoto país, había un hombre que sabía volar. El rico Mansur decidió partir en su búsqueda para pedirle que le enseñara el arte del vuelo sin importar el precio ni las exigencias. Aprendería a volar y se guardaría el secreto para sí mismo, sin comunicárselo a nadie. Sería distinto a todos los demás, lo admirarían y él levantaría su vuelo extraordinario sobre las multitudes que le observarían impotentes y celosas.
Cuando llegó a aquel país lejano, nadie le supo dar noticias del hombre que volaba. Todos le confirmaron que habían oído hablar de él, incluso alguno afirmó y juró que había visto su vuelo prodigioso, pero nadie sabía dónde encontrarlo.
Ansioso de encontrarlo, Mansur ofreció una suculenta recompensa a quien le diera una información segura, pero de nada sirvió la oferta.
Un día, mientras Mansur se encontraba en el mercado de la ciudad, se le acercó un viejo escudero, muy pobre, que le preguntó si era él el que buscaba al hombre que volaba.
-Sí, soy yo. ¿Acaso tú puedes indicarme dónde puedo hallarlo? Si es así, y lo encuentro, te recompensaré muy bien: ya no pasarás ninguna necesidad en el resto de tu vida.
-Puedo llevarte hasta él, si quieres. Comamos algo y después nos ponemos de camino sin demora.
Así lo hicieron. Incluso Mansur, conmovido por su pobreza, le compró una manta y un par de sandalias nuevas. Se encaminaron hacia el Norte, cruzaron el río, y a la noche pernoctaron en un hostal. Al día siguiente retomaron el camino. Mansur ardía de impaciencia por encontrar al hombre que volaba y no cesaba de hacerle preguntas sobre él.
-¿Todavía estamos muy lejos? -preguntaba impaciente una y otra vez.
-No, no, ya estamos cerca -le respondía calmadamente el viejo escudero.
Pero fueron pasando los días y Mansur empezó a dudar. Cuando iniciaron la subida a una alta montaña, Mansur no pudo aguantar más y gritó lleno de cólera:
-Desde hace una semana me repites lo mismo, que estamos cerca, pero yo no veo ningún vestigio del hombre que buscamos. Te alimento, te doy albergue, pero tú me llevas de acá para allá en un penoso viaje que ya se me asemeja a una terrible pesadilla. Empiezo a sospechar que no sabes nada y que simplemente eres un embaucador y un mentiroso, que sólo buscas aprovecharte de mí.
El viejo escudero le miró calmadamente con sus ojos mansos y le dijo:
-Ten paciencia, no te desesperes, te aseguro que estamos cerca. Un esfuerzo más y seguro que lo encontramos.
Mansur siguió subiendo la montaña jadeando improperios. Estaba cansado, desanimado, convencido de que el viejo era un simple charlatán, y hasta temió que, en un descuido, le diera un empujón en uno de esos parajes indómitos y lo matara para apoderarse de su bolsa.
-Eres un pobre viejo, idiota y mentiroso -empezó a ofenderle con ira-. No sé cómo pude dejarme embaucar por un loco charlatán como tú. Yo no sigo más. Me voy. Tú verás cómo vuelves, porque yo no pienso darte ni un mendrugo de pan. Me importa un comino si te mueres de hambre.
Mansur empezó a descender de la montaña vomitando cólera. No entendía cómo se había fiado de ese pobre viejo que, sin duda alguna, estaba mal de la cabeza. De repente, vio una sombra sobre él, alzó los ojos y vio al viejo escudero volando plácidamente sobre él en el azul infinito del cielo.
Las cosas que merecen la pena cuestan. A veces, queremos volar, levantarnos de nuestras rutinas, procurar metas de excelencia, pero desistimos ante los esfuerzos y sacrificios que exigen. Los grandes hombres , todos los que han sobresalido en lo político, en lo científico, en lo cultural, en la santidad, lo hicieron porque quisieron con radicalidad algo y comprometieron sus vidas a lograrlo, sin importar lo que costara, ni los esfuerzos y sacrificios que implicara. Nosotros no queremos nada en serio, con radicalidad. Por eso, somos tan mediocres en todo. Querríamos que se nos dieran las cosas , pero sin esforzarnos de veras. Desistimos ante la primera dificultad. Nos falta garra. Nos gustaría volar, pero no estamos dispuestos a jugarnos la vida en esta empresa.
Todos quieren apoderarse de la espiga madura. Pocos quieren enterrarse como grano de trigo donde se forma el futuro "sin saber cómo".
(Benjamín González B.)
La cultura light de nuestros tiempos rehúye el sacrificio, el esfuerzo, el vencimiento y ofrece a los jóvenes las promesas de una plenitud vana y hueca, mediante la satisfacción de todos sus caprichos, que renueva permanentemente para tener atrapado su corazón y para que permanezca inalterable el afán de comprar y consumir. De ahí la necesidad de una educación que se oriente a formar la voluntad, el coraje, la responsabilidad, la constancia , que combata el egoísmo, que cincele corazones fuertes y generosos. Querer a los alumnos
implica ayudarles a ser mejores, a levantarse de sus rutinas, del consumismo ramplón, de la vida sin pasión y sin sentido. Educar es guiar a los alumnos siempre hacia nuevas y más difíciles cumbres para que sean capaces de volar, de levantarse de sus rutinas y caprichos que los atenazan contra el suelo, de vivir a plenitud, de ser genuinos ganadores:
El ganador siempre es parte de las soluciones.
El perdedor es siempre parte del problema.
El ganador siempre tiene un programa .
El perdedor siempre tiene una excusa.
El ganador dice: "Déjame hacerlo, yo lo hago".
El perdedor dice: "Ese no es mi trabajo".
El ganador encuentra una respuesta a cada problema.
El perdedor ve un problema en cada respuesta.
El ganador dice: "Podrá ser difícil, pero es posible".
El perdedor dice que podrá ser posible pero es muy difícil.
Los jóvenes tienen que comprender que el estudio supone esfuerzo, vencimiento, superación. La televisión los vuelve pasivos, incapaces de asumir la responsabilidad de un aprendizaje autónomo y personal que implica vencimiento, voluntad, coraje.

* * *

Además de ser un médico bondadoso, que se ganó el corazón del pueblo venezolano, José Gregorio Hernández fue Profesor de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. Cuentan que un día enfrentó a uno de esos eternos estudiantes que mariposean por los recintos universitarios sin pegar golpe, sin estudiar, sin pasar materia alguna, y le preguntó:
-¿Cuál es su profesión, bachiller?
-Soy estudiante -contestó el joven con orgullo.
-Si esa es su profesión, ¿por qué no la ejerce? -repreguntó José Gregorio.

Recuperado para fines educativos del libro:
Para Educar Valores. Nuevas Parábolas
Autor: Antonio Pérez Esclarin

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