Cuentos, historias y Anécdotas con lecciones para vivir en armonía

Anécdotas, parábolas, fábulas y reflexiones sobre valores

Indice de Parabolas e Historias para Educar en Valores

Indice de Parabolas e Historias para Educar en Valores


  1. Pensando acerca de la muerte
  2. Las señales
  3. El perdón
  4. La enseñanza
  5. Mirar el océano
  6. Borges y las pirámides mayas
  7. Los deseos negativos
  8. Belladona
  9. Página en construcción
  10. Los tres libros
  11. Escuchando el Corán
  12. Los tesoros
  13. Paga el precio justo
  14. Comportate como los demás
  15. El Trabajo en la Labranza
  16. La victoria
  17. Pensando acerca de la muerte
  18. La inminencia de la muerte
  19. El odio y el perdón
  20. La Pasarela
  21. Podemos construir nosotros mismos esos puentes.
  22. Construir puentes o construir muros?
  23. El diseño
  24. La vejez
  25. Sócrates en el mercado
  26. La opinión en contra
  27. Las tres pruebas
  28. Los desafíos
  29. Ahorrar la energía que queda
  30. Que valga la pena
  31. Reconstruyendo el mundo
  32. La carpa aprende a crecer
  33. La madre jirafa hace sufrir al hijo
  34. El elefante y la cuerda
  35. Ryokan y el ladrón
  36. Saber dónde mudarse
  37. Conocer el objetivo
  38. Del Cosmos
  39. La ley y las frutas
  40. La esencia del perdón
  41. Cajitas de Música
  42. Conserven su Tenedor
  43. La experiencia y el gesto
  44. La guerrera y el niño
  45. La historia de los dos videntes
  46. La importancia del gato en la meditación
  47. La hermana mayor pregunta
  48. La ventana y el espejo
  49. La importancia de saber los nombres
  50. La derrota en el Everest
  51. La virtud que ofende
  52. La manera de agradar al Señor
  53. La manera de rezar
  54. La mujer perfecta
  55. La pintura de los dos ángeles
  56. La puerta de la ley
  57. La respuesta
  58. La sospecha transforma a los hombres
  59. La verdadera importancia
  60. Cómo nivelar el mundo
  61. La mujer que pedía
  62. Las cosas que aprendí en la vida
  63. Cómo lograr la inmortalidad
  64. Brevísima historia de la medicina
  65. Cazando dos zorras
  66. Cada uno ofrece sólo lo que tiene
  67. Llueve más adelante
  68. Cosas de este mundo
  69. Cómo mantener el infierno lleno
  70. Del famoso
  71. De perderse
  72. El diseño
  73. De la gaviota
  74. Del sexo
  75. De la fe
  76. De la apendicitis
  77. De cómo era
  78. De la sabiduría
  79. De la manzana
  80. De los niños
  81. De la insistencia
  82. Del árbol
  83. La conversión
  84. De la vida
  85. De la corrupción
  86. Los pasos del camino espiritual
  87. Alejandro Magno, el pan y las mujeres
  88. La princesa
  89. La hechicera y la bolsa
  90. Salomón
  91. Hacer un alto
  92. La rebeldía
  93. Las resoluciones
  94. Las caminatas
  95. Definiciones
  96. El monumento
  97. El poder del comandante
  98. La pregunta
  99. La experiencia
  100. Cuidado
  101. Las lamparitas del árbol
  102. El miedo a la felicidad
  103. La dulzura de las flores
  104. El encuentro con los otros
  105. Junto a todas las cosas
  106. El don de curar
  107. Acerca de la reforma
  108. De los niños
  109. Del profeta
  110. Del amor
  111. La ley del amor
  112. Del congreso
  113. De la tradición
  114. Del suicidio
  115. De la flauta
  116. Del subterráneo
  117. Del vacío
  118. De Papá Noel
  119. Del cuidado con las palabras
  120. De la sombra del hombre
  121. De la mística
  122. De la realidad
  123. Del afecto
  124. Del universo
  125. Del retorno
  126. De la acción
  127. De la botella
  128. De la negación
  129. Las razones del corazón humano
  130. La construcción de nuestra catedral
  131. La energía de los adversarios
  132. La importancia de Juan el Bautista
  133. Perfección y creación
  134. El compromiso con nuestras decisiones
  135. Mohammed Alí y George Foreman
  136. Hoy, entre ayer y mañana
  137. Los pedazos de mí mismo
  138. La cura del adiós
  139. Aprender magia
  140. La sinrazón de la coherencia
  141. Explicar a Dios
  142. Las tareas del camino espiritual
  143. La plegaria del asaltado
  144. La pedagogía de Dios
  145. Jesús y los ladrones
  146. La experiencia repetida
  147. La perseverancia
  148. La importancia de las cicatrices
  149. Conciencia, instinto y mecánica
  150. El crepúsculo
  151. La comunión del amor
  152. Los milagros
  153. Las etapas de la búsqueda espiritual
  154. La encrucijada
  155. La plegaria de mirar fijo
  156. De marcas y cicatrices
  157. La persona que siempre soñó ser
  158. La sabiduría del ermitaño
  159. La primera cualidad
  160. Los dos bolsos
  161. La sabiduría del Bagavad Gita
  162. El ritmo de la vida
  163. Las ciudades-fantasma
  164. La regla de oro
  165. El vaso de agua
  166. La verdad del nigromante
  167. Cosmología taoísta
  168. Los tres cachorros
  169. El camino de la verdad
  170. El sabio y el mago
  171. El sentido de la pérdida
  172. La leyenda del desierto
  173. La prueba del alma
  174. El poder de la escritura
  175. El camino de los sueños
  176. La falta de fe
  177. El martillo, el agua y la piedra
  178. Carta al corazón
  179. Tácticas de los Guerreros de la Luz
  180. La necesidad de compartir
  181. El amor cura
  182. Confiar en los demás
  183. El recurso del amor
  184. La sabiduría del Guerrero de la Luz
  185. El hombre inteligente y los enemigos
  186. La disculpa del amor
  187. El filósofo y el rey
  188. Celebrar los triunfos
  189. No perder la fe
  190. El alma del hombre
  191. Una plegaria
  192. Cómo es de fácil ser difícil
  193. Dios en nuestra vida
  194. En el regazo de Dios
  195. Lo importante
  196. El resultado de las batallas
  197. Liberar el alma
  198. En algún lugar del Universo
  199. El poder de la palabra
  200. El secreto de la habilidad
  201. La belleza de Dafne
  202. El camino espiritual
  203. La fortaleza de Jesús
  204. En nombre de la verdad
  205. El milagro cotidiano
  206. El calor del alma
  207. La alegría en la búsqueda espiritual
  208. Teoría y práctica vital
  209. El sermón de Huxley
  210. La obra de arte
  211. Jean-Paul Sartre y Dios
  212. La palabra, su poder y la envidia
  213. Filosofía y realidad
  214. La belleza del mundo
  215. El peligro
  216. La mentira del ojo
  217. Dónde está el paraguas
  218. Dónde reside Dios
  219. Mirando para otro lado
  220. El viejo que confundía todo (I)
  221. El viejo que confundía todo (II)
  222. El jarrón de porcelana y la rosa (I)
  223. El jarrón de porcelana y la rosa (II)
  224. El valor y el dinero
  225. El valor del tiempo
  226. Las tres pruebas
  227. La buena noticia
  228. La pequeña finca y la vaca (I)
  229. La pequeña finca y la vaca (II)
  230. La pequeña finca y la vaca (III)
  231. El silencio de la noche
  232. El significado de las vísperas
  233. El sacerdote y el hijo (I)
  234. El sacerdote y el hijo (II)
  235. El sacerdote y el hijo (III)
  236. Lo que tú salvarías (I)
  237. Lo que tú salvarías (II)
  238. Lo que el sabio le pedía a Dios
  239. El que más se preocupaba
  240. Franquear las puertas del castillo
  241. Alas y raíces
  242. El problema y la culpa
  243. El ángel y el demonio interior
  244. Discípulos y maestros
  245. La inminencia de la muerte (I)
  246. La inminencia de la muerte (II)
  247. La carrera de bicicletas
  248. El lenguaje de Dios
  249. Reconstruyendo el mundo
  250. Las señales de Dios
  251. Actitudes e intenciones
  252. Plegaria sufí
  253. Las conspiraciones del Universo
  254. Honrar la palabra
  255. Un ejercicio de meditación
  256. No precisamos de ti
  257. Nasrudin siempre elige mal
  258. El camino de Roma
  259. En medio de los inocentes
  260. El alumno ladrón
  261. El bosque de cedros
  262. El camino que lleva al cielo
  263. El jefe Seattle y el valor de las tradiciones (I)
  264. El jefe Seattle y el valor de las tradiciones (II)
  265. El jefe Seattle y el valor de las tradiciones (III)
  266. El deseo debe ser fuerte (I)
  267. El deseo debe ser fuerte (II)
  268. El discípulo impaciente
  269. El gusto y la lengua (I)
  270. El gusto y la lengua (II)
  271. El gran mapa
  272. El hombre que perdonaba
  273. El malabarista de Nuestra Señora
  274. El joven no respeta la sabiduría (I)
  275. El joven no respeta la sabiduría (II)
  276. El lago y Narciso (I)
  277. El lago y Narciso (II)
  278. El mono y la mona discuten (I)
  279. El mono y la mona discuten (II)
  280. El matador de dragones
  281. El mirlo toma la decisión
  282. El momento de la Aurora
  283. El monje y la prostituta (I)
  284. El monje y la prostituta (II)
  285. El monje y la prostituta (III)
  286. El monasterio puede acabar (I)
  287. El monasterio puede acabar (II)
  288. Elías y la segunda oportunidad (I)
  289. Elías y la segunda oportunidad (II)
  290. Elías y la segunda oportunidad (III)
  291. Elías y la segunda oportunidad (IV)
  292. El pan y la manteca
  293. El pato y la gata
  294. El pez que salvó una vida
  295. El precio de la pregunta
  296. El presente equivocado
  297. El presente de insultos (I)
  298. El presente de insultos (II)
  299. Los tantos definidos

Pensando acerca de la muerte


Zilu preguntó a Confucio (filósofo chino que vivió en el siglo VI d.C.):

— ¿Puedo preguntarle qué piensa acerca de la muerte?

—Como poder, puedes —respondió Confucio. —Pero si todavía no comprendes la vida, ¿para qué quieres saber tanto sobre la muerte? Espera a reflexionar sobre ella cuando estés llegando al fin de tu vida.

Las señales


Las señales de la vida son como las señales de tránsito: por las dudas, es mejor respetarlas.

Hay momentos para detenerse y momentos para seguir adelante. Cuando estamos perdidos seguimos la corriente pero prestamos atención a cualquier cosa que pueda indicarnos la dirección correcta. Cuando está prohibido seguir adelante, siempre existe un camino para sortear el obstáculo.

Pero —al igual que acontece con las señales de tránsito— muchas veces nos damos cuenta de que esa indicación no sirve para nada y no la obedecemos. Nos pasamos la luz roja una vez, otra vez, sin que nada ocurra. Y nos acostumbramos a actuar de esa manera, hasta que un día...

Por eso, atención. No sea imprudente con sus sueños. No malgaste su suerte en tonterías.

El perdón


Dos ex presos políticos argentinos se encontraron, después de muchos años sin haber estado en contacto. Se sentaron en un bar de la Avenida de Mayo y comenzaron a recordar los años negros de la represión, cuando la gente desaparecía sin dejar rastros. A cierta altura, uno le preguntó al otro:

— ¿Cuánto tiempo estuviste preso?

—Dos años —fue la respuesta. —Sufrí torturas que jamás imaginé. Vi cómo violaban a mi mujer adelante mío. Pero los responsables ya están presos y condenados.

—Estupendo. ¿Y tu alma ya los perdonó?

— ¡Claro que no!

—Entonces, todavía seguís siendo su prisionero.

La enseñanza


Una madre llevó a su hijo con el Mahatma Gandhi y le imploró: “Por favor, Mahatma, pídale a mi hijo que no coma azúcar.” Gandhi, después de una pausa, le dijo: “Tráeme a tu hijo de aquí a dos semanas.”

Dos semanas después, ella volvió con el hijo. Gandhi miró muy hondo en los ojos del niño y le dijo: “No comas azúcar.”

Agradecida —aunque perpleja— la mujer le preguntó: “¿Para qué me pidió dos semanas? ¡Podría haberle dicho lo mismo la primera vez que lo traje!”

Y Gandhi respondió: “Hace dos semanas, yo estaba comiendo azúcar.”

Mirar el océano


Careimi Assmann cuenta: Diego no conocía el mar. Santiago Kovladoff lo llevó a descubrir el océano.

Durante días viajaron hacia el sur. Una tarde, Santiago le dijo a Diego: “Detrás de aquellas dunas está el mar.”

El corazón del jovencito latía de emoción. Subió corriendo los médanos, sin esperar a nadie y, de repente, se encontró frente al océano.

Fue tanta la inmensidad, fue tanto el fulgor, que el niño se quedó mudo. Cuando logró recuperar la voz, tartamudeó:

“¡Es muy grande! ¡Ayúdame a mirarlo!”

El maestro dice al respecto: “Así como nadie puede ayudarnos a mirar el océano, no podemos usar los ojos de nadie para entender o percibir qué pasa con nosotros.”

Borges y las pirámides mayas


El escritor argentino Jorge Luis Borges —cuando ya tenía ochenta años— se encontraba en México. Después de varios días de charlas, conferencias y homenajes, Borges se las arregló para tener una tarde libre. Pidió visitar las pirámides mayas en el Yucatán.

Le explicaron que se trataba de un viaje muy cansador, para el cual había que viajar en taxi, avión, jeep. Borges insistió y consiguió que lo llevaran a Uxmal.

Llegó al final del día, después de muchos cambios de conductor. Se sentó delante de una pirámide del siglo X y se quedó una hora sin decir nada. Finalmente, se levantó y dio las gracias a sus acompañantes: “Muy agradecido por esta tarde inolvidable.”

Como sabemos, Borges era ciego. Pero esto no impidió que percibiera todo con su alma.

Los deseos negativos


El discípulo le dice a su maestro:

—He pasado gran parte del día pensando cosas en las que no debía pensar, deseando cosas que no debía desear, haciendo planes que no debía hacer.

El maestro invitó al discípulo a dar un paseo por el bosque cercano a su casa. En el camino señaló una planta y le preguntó al discípulo si sabía qué era.

—Belladona —dijo el discípulo. —Puede ser mortal para quien coma sus hojas.

—Pero no puede matar a quien simplemente las contemple. De la misma forma, los deseos negativos no pueden causar ningún mal, si no te dejas seducir por ellos.

Belladona


Esta flor siempre ha estado rodeada por el misterio, desde sus efectos, ya sean positivos o negativos, hasta su etimología y su belleza natural. El nombre de esta flor de origen europeo, proviene del italiano 'bell donna' (bella mujer) y muestra la sensibilidad de los italianos en el arte de la seducción. En el lenguaje de las flores significa silencio, tal vez por el misterio que la rodea.
La belladona, que se encontraba habitualmente a los lados de los caminos, atrapaba la atención de niños y mujeres, que gustaban de los encantos de esta delicada y sugestiva flor, desconocidos hasta entonces.
La leyenda cuenta que en un remoto lugar, cierto hechicero trató con esta flor a una mujer enferma, provocando un estado de sueño profundo que se prolongó durante varios días. Al despertar, la mujer se mostró molesta por haber sido despojada de estado hipnótico, argumentado haber estado en lugares maravillosos, llenos de placeres y lujuria. Al darse a conocer esta experiencia se dispuso la prohibición de esta flor por considerar sus efectos como actos del demonio.
Incontables observaciones registradas desde el siglo pasado mostraron que en estado de excitación sexual la pupila se dilata. Los encuestados se habían sentido más atraídos por la mujer cuya sexualidad percibían inconscientemente como más estimulada. De alguna forma, esto lo habían intuido las mujeres de las cortes italianas de los siglos XVI al XVIII, las cuales, antes de los bailes de la nobleza, usaban la atropina de la belladona para dilatar sus pupilas y lucir así más atrayentes.

Página en construcción


Dios dejó varias cosas por terminar para que el hombre pudiera ejercer sus habilidades.

Dejó la electricidad en las nubes y el petróleo en lo más profundo de la tierra.

Creó ríos sin puentes, bosques sin caminos, campos sin casas.

Dejó las pinturas fuera de los cuadros, los sentimientos para que fueran descritos, las montañas para que fueran conquistadas, los problemas para que fueran resueltos.

Dios dejó varias cosas por terminar para que el hombre pudiera compartir la alegría de la creación.

Los tres libros


El monje Tetsugen tenía un sueño: imprimir un libro en japonés con todos los versículos sagrados. Decidido a transformar este sueño en realidad, comenzó a viajar por el país para recaudar el dinero necesario.

Sin embargo, mientras que conseguía la suma para iniciar el trabajo, el río Uji desbordó y provocó una catástrofe de gigantescas proporciones. Al ver a los desamparados, Tetsugen decidió gastar todo el dinero para aliviar el sufrimiento del pueblo.

Pero más tarde comenzó nuevamente a luchar por su sueño: fue llamando de puerta en puerta, caminó por las muchas islas de Japón y una vez más consiguió lo que le hacía falta. Cuando regresaba –exultante- a Edo, una epidemia de cólera se desató en el país. Otra vez, el monje usó su dinero para curar a los enfermos y ayudar a las familias de los muertos.

Con perseverancia, retomó su proyecto original. Se puso nuevamente en campaña y casi veinte años después, consiguió editar siete mil ejemplares de los versículos sagrados.

Dicen que Tetsugen, en realidad, hizo tres ediciones de los textos sagrados.

Sólo que las dos primeras son invisibles.

Escuchando el Corán


Sadi de Shiraz cuenta que cuando era niño acostumbraba rezar con su padre, tíos y primos. La familia se reunía todas las noches para escuchar un fragmento del Corán, el texto sagrado del Islam.

Una de esas noches, mientras su tío leía un pasaje del libro, Shiraz reparó en que la mayoría de los presentes dormía. Entonces le comentó a su padre:

—Ninguno de estos dormilones es capaz de prestar atención a las palabras del profeta. ¡Jamás llegarán a Dios!

Y el padre le respondió:

—Hijo mío querido, busca tu camino con fe y deja que cada uno cuide de sí mismo. Quién sabe, tal vez en sus sueños están conversando con Dios. Yo hubiera mil veces preferido que tú estuvieras dormido como ellos, en vez de tener que escuchar este duro juicio tuyo y tu condena.

Los tesoros


El maestro sufí Abu Muhammad al-Jurayry solía decir:

“La religión posee diez tesoros que nos enriquecen. Son cinco interiores y cinco exteriores: todos aquellos que siguen el camino espiritual deben ser consientes de ello.

He aquí los tesoros interiores: la capacidad de ser verdadero, la despreocupación por los bienes personales, la humildad en la apariencia, el equilibrio para evitar dificultades con los demás y la fuerza para resistir.

He aquí los tesoros exteriores: descubrir un Amor supremo, despertar el deseo de estar junto a este Amor, tener inteligencia para ver las propias faltas, estar consiente de todo lo que acontece en la vida y sentir agradecimiento por las bendiciones recibidas.”

Paga el precio justo


Nuxivan había reunido a sus amigos para comer y estaba cocinando un suculento trozo de carne. De repente, se dio cuenta de que la sal se había terminado.

Nuxivan llamó a su hijo:

- Ve hasta la aldea y compra sal. Pero paga un precio justo por ella: ni más caro, ni más barato.

El hijo se sorprendió:

—Comprendo que no debo pagar más caro, papá. Pero si puedo regatear un poco, ¿por qué no economizar algún dinero?

—En una ciudad grande, esto es aconsejable. Pero, en una ciudad pequeña como la nuestra, toda la aldea puede perecer.

Cuando los invitados, que habían presenciado la conversación, quisieron saber por qué no se debía comprar la sal más barata, Nuxivan respondió:

—Aquel que vende la sal por debajo de su precio, debe estar actuando de esa manera porque necesita desesperadamente el dinero. Aquel que se aprovecha de esta situación, estará mostrando falta de respeto por el sudor y por la lucha de un hombre que trabajó para producir algo.

—Pero eso es muy poca cosa para que una aldea quede destruida.

—También, en los inicios del mundo, la injusticia era muy poca cosa. Pero cada una de las que vino después la fue aumentando un poco, creyendo siempre que no tenía mucha importancia, y miren cómo están las cosas hoy en día.

Compórtate como los demás


El Abad Pastor caminaba con un monje de Esceta cuando fueron invitados a cenar. El dueño de la casa, que se sentía honrado por la presencia de los padres, mandó servir lo mejor que tenían.
No obstante, el monje estaba en período de ayuno; cuando llegó la comida, tomó un guisante y lo masticó lentamente. Y solo comió ese guisante durante toda la cena.
Al salir, el abad Pastor lo llamó:
- Hermano, cuando vayas a visitar a alguien, no conviertas tu santidad en una ofensa. La próxima vez que estés en período de ayuno, no aceptes convites para comer.
El monje entendió lo que el abad Pastor decía. A partir de ese momento, siempre que estaba con otras personas, se comportaba como ellas.

El Trabajo en la Labranza


El muchacho cruzó el desierto y llegó finalmente al monasterio de Esceta, cerca de Alejandría. Allí pidió para asistir a una de las conferencias del abad, y le dieron permiso.
Aquella tarde el abad disertó sobre la importancia del trabajo en la labranza.
Al terminar, el chico dijo a uno de los monjes:
- Estoy muy impresionado. Pensé que iba a encontrar un sermón iluminado sobre las virtudes y los pecados, y el abad solo habló de tomates, irrigación y cosas así. Allí de donde yo vengo todos creen que Dios es misericordia y que basta rezar.
El monje sonrió y respondió:
- Aquí nosotros creemos que Dios ya hizo su parte, y ahora nos corresponde a nosotros continuar el proceso.

La victoria


En la época en que trabajaba en el Sahara como piloto de un avión postal, el escritor Saint-Exupéry hizo una colecta entre sus amigos de la base aérea; un empleado marroquí deseaba volver a su ciudad natal.

Consiguió juntar mil francos. Uno de los pilotos transportó al empleado hasta Casablanca y cuando volvió contó lo que había sucedido: “No bien llegó, se fue a comer al mejor restaurante, distribuyó generosas propinas, le pagó bebidas a todos. Con el dinero que sobró, compró muñecas para las niñas de su aldea. Este hombre no tiene el menor sentido de la economía.”

“Al contrario”, le respondió Saint-Exupéry. “El sabe que la mejor inversión del mundo es la gente. Al gastar de esa manera, consiguió nuevamente ganar el respeto de sus coterráneos, que seguramente le van a dar trabajo. Al final de cuentas, sólo un vencedor puede ser tan generoso.”

Pensando acerca de la muerte


Zilu preguntó a Confucio (filósofo chino que vivió en el siglo VI d.C.):

— ¿Puedo preguntarle qué piensa acerca de la muerte?

—Como poder, puedes —respondió Confucio. —Pero si todavía no comprendes la vida, ¿para qué quieres saber tanto sobre la muerte? Espera a reflexionar sobre ella cuando estés llegando al fin de tu vida.

La inminencia de la muerte


Creo que la lectura de este texto tomará aproximadamente tres minutos. Pues bien: según las estadísticas, en este espacio de tiempo van a morir trescientas personas y otras seiscientas veinte nacerán.

Tal vez me lleve media hora escribirlo: estoy concentrado en mi computadora, con libros a mi lado, ideas en la cabeza, autos que pasan allá afuera. Todo parece absolutamente normal. Sin embargo, durante estos treinta minutos, tres mil personas van a morir y seis mil doscientas verán, por primera vez, la luz del mundo.

¿Dónde estarán estas miles de familias que recién comienzan a llorar la pérdida de alguien, o a reír por la llegada de un hijo, un nieto, un hermano?

Me detengo y reflexiono un poco: tal vez muchas de estas muertes estén llegando el final de una larga y dolorosa enfermedad y algunas personas se sientan aliviadas con el Ángel que viene a buscarlas. Además, con toda certeza, centenares de estas criaturas que acaban de nacer serán abandonadas en el próximo minuto y entrarán en las estadísticas de mortandad antes de que yo termine este texto.

Qué cosa. Unas simples estadísticas, que miré de casualidad, y de repente estoy sintiendo estas pérdidas y estos encuentros, estas sonrisas y estas lágrimas. ¿Cuántos estarán dejando esta vida solos, en sus cuartos, sin que nadie se dé cuenta de lo que les está ocurriendo? ¿Cuántos nacerán escondidos y serán abandonados en la puerta de asilos o conventos?

Reflexiono: ya fui parte de la estadística de nacimientos y un día seré incluido en las cifras de muertos. Qué bueno: tengo plena conciencia de que voy a morir. Desde que hice el Camino de Santiago entendí que —aunque la vida continúe y todos seamos eternos- esta existencia va a acabar un día.

La gente piensa muy poco en la muerte. Pasan sus vidas preocupadas por verdaderos absurdos, odian cosas, dejan de lado momentos importantes. No se arriesgan porque consideran que es peligroso. Se quejan mucho, pero se acobardan a la hora de tomar decisiones. Quieren que todo cambie pero ellos mismas se niegan a cambiar.

Si pensaran un poco más en la muerte, no dejarían jamás de hacer la llamada telefónica que está pendiente. Serían un poco más locas. No deberían tener miedo del fin de esta encarnación porque no se puede temer algo que va a acontecer de todas maneras.

Los indios dicen: “Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para dejar este mundo.” Y un brujo comentó cierta vez: “Que la muerte esté siempre sentada a tu lado. Así, cuando debas hacer cosas importantes, ella te dará la fuerza y el coraje que te hacen falta.”

Espero que tú, lector, hayas llegado hasta aquí. Sería una tontería asustarse por el título, porque todos nosotros, temprano o tarde, vamos a morir. Y sólo aquellos que aceptan este hecho, estarán preparados para la vida.

El odio y el perdón


El rabí Nahúm, de Chernóbil, era ofendido continuamente por un comerciante. Un día, los negocios de este comerciante comenzaron a ir muy mal.

“Debe ser el rabino, que está pidiendo venganza a Dios,” pensó. Y fue a pedirle disculpas a Nahúm.

—Lo perdono con el mismo espíritu que usted me lo pide —respondió el rabino.

Pero las pérdidas del hombre aumentaban cada vez más, hasta que quedó reducido a la miseria. Los discípulos de Nahúm, horrorizados, fueron a preguntarle qué había ocurrido:

—Yo lo perdoné, pero él continuó odiándome en lo más hondo de su corazón –dijo el rabino. —Entonces, su odio contaminó todo lo que hacía y el castigo de Dios se volvió aún más severo.

La Pasarela


Françoise es cantante de ópera. Caminamos juntos por la margen del río que baña a Estrasburgo. Conversamos sobre la necesidad que el hombre tiene de comprenderse a sí mismo. En un momento dado pasamos cerca de una pequeña pasarela que cruza el río y Françoise me dice:

“Hay quienes pueden construir puentes entre los seres humanos. Sus esfuerzos repercuten durante muchos años y ayudan a que la raza humana crezca. Todo lo que yo tengo para compartir, sin embargo, es la belleza de la música. Cuando estoy en el escenario, un lazo fino —aunque suficientemente fuerte— me permite comunicar la poesía de quien escribió las arias. La belleza nos ayuda a estar más cerca de Dios. Esta puede no tener la fuerza de un puente, pero tiene la utilidad de una pasarela que —aunque parezca frágil— cumple su misión de transportar a los hombres por sobre las aguas turbulentas.”

Construir Puentes

¿Qué significa construir puentes?, ¿para qué sirven los puentes?, aunque es una metáfora, en la familia, la separación entre una persona y otra, se asemeja a la separación entre una orilla y otra, donde el mar, el rio, inclusive un lago, de emociones, nos separan hasta hacer imposible el acercamiento y la comunicación entre los componentes de la familia.

La rabia, la tristeza, el miedo, son algunas de las emociones que influyen en la comunicación, muchas veces de forma que no tenemos opciones para el acercamiento amoroso y nos imposibilita el reconocimiento de las ideas del otro.

El éxito en la familia es su historia, es una frase derivada de la Pedagogía Sistémica, donde Angélica Olvera dice que el Éxito es tu historia, sobre todo cuando tienes claro el movimiento natural de la familia a la que perteneces.

Es muy importante para los miembros de una familia, "conocer", y "reconocer", la forma en que actúa cada miembro de la familia, sus intereses, sus quereres, las fortalezas individuales y como grupo, las áreas en las que tenemos que fortalecer las debilidades, el propio rol y el compromiso, las áreas de interés común "el territorio común", y luego la finalidad del grupo o su "misión".

Construir puentes en la familia, es propiciar el acercamiento de los miembros desde sus individualidades, desde sus intereses comunes, y desde el acuerdo en lo que no es afín.

Cuando pretendemos imponer nuestros "puntos de vista", generalmente nos encontraremos con resistencias, rechazos, porque no tomamos en cuenta al otro que tengo enfrente y de esta manera "herimos" susceptibilidades, abriendo aún más la distancia entre ambos.

Aprender a construir un espacio que propicie este encuentro, es de vital importancia en este momento de vida, donde la familia nos cambio de forma motivado a los avances generacionales como humanidad, aunque los principios básicos que la conforman siguen siendo los mismos.

El primer paso para construir este puente, es reconocer que estoy en una orilla y el otro en la otra orilla, y que estamos separados por el mar de nuestras emociones, intereses, ideas, necesidades y corporalidades.

El segundo es reconocer que al tener una mente y un cuerpo con el que me identifiqué, ya estoy separado del otro, en cuerpo, ideas, sentimientos y emociones, que me hacen diferente, en pensamiento, en acciones, en ideas y expresiones respecto al resto de los seres humanos.

El tercero es reconocer que el "otro", al igual que yo, tiene una mente, un cuerpo con el que se identifica, que esta separado de mí en cuerpo, en ideas, en sentimientos y emociones que lo hacen diferente a mí, precisamente en pensamientos, en acciones, en ideas y expresiones.

El cuarto es la identificación de aquello que nos separa, mirar el rio o el mar, o el lago que nos impide llegar uno al otro: ideas, sueños, proyectos, creencias, emociones...

Porque de estos primeros pasos, se plasma el quinto paso que es: deducir los materiales que necesito para construir ese puente que me permita una mejor relación, un acercamiento.

Para el sexto paso, que se elabora entre los dos, cada uno desde su orilla, comenzar a construir desde cada orilla aquello que con una estructura me permite encontrarme con el otro en un punto en común donde unimos las estructuras que sostendrán el fluir de la comunicación, del amor que reconcilia.

Así, el séptimo paso es permitir el tráfico sobre el puente, en el que algunas veces pondremos un semáforo para no tropezarnos en el transitar de un lado al otro.

Para que inicies tu reflexión sobre la construcción de tu familia te dejo esta semana un ejercicio inicial de reflexión:
1.- Encuentra el significado de familia desde tu propia familia
2.- Cuáles son las creencias que la mueven
3.- Cómo la familia percibe al "otro" y lo que pretende del "otro"
4.- ¿Tienen una misión en común? si es si, ¿Cuál?, si es no ¿porqué?
5.- ¿Qué de los elementos que los separan es lo más difícil?
6.- ¿Cuáles intereses prevalecen y sostienen la estructura familiar?
7.- ¿Cuál es tu rol y compromiso con el sistema de familia?

Podemos construir nosotros mismos esos puentes.


Cuando llegamos a un río, ¿cómo lo cruzamos? Se puede intentar nadar, pero nos enfrentamos a la fuerte corriente que nos dificulta avanzar en la dirección que queremos. Otra opción es construir una balsa y sobre ella cruzar, pero entonces el riesgo es que no aguante nuestro peso y se hunda, o que también sea empujada por la corriente. Afortunadamente hay una solución más sencilla y segura: encontrar un puente.
Los ríos que se pueden cruzar gracias a un puente no son sólo esos cauces naturales de agua, sino también muchos momentos que los seres humanos tenemos que superar a lo largo de la vida. Por ejemplo, problemas de salud, la muerte de un ser querido, depresiones, equivocaciones, soledad... Puede ser muy profundo o tener una corriente extremadamente fuerte, pero si encontramos un puente podremos cruzarlo.
Somos como pequeñas islas en un inmenso océano, y necesitamos esos puentes para avanzar en cualquier dirección. A veces hay pocos disponibles y cuesta mucho tiempo y esfuerzo encontrarlos. En esos casos, en lugar de rendirnos y pensar que es imposible cruzar el río, podemos pedir ayuda para que alguien nos oriente, como cuando nos perdemos en una ciudad desconocida y preguntamos por cierta calle o monumento. Parece que no nos gusta reconocer que en ciertas ocasiones necesitamos ayuda, y aceptarla nos cuesta más aún.
De todas formas, hay otra opción aún mejor: podemos construir nosotros mismos esos puentes. No deberíamos limitarnos siempre a buscarlos, pues la naturaleza no los crea, alguien tendrá que levantarlos. ¿Quién mejor que nosotros? Y lo mejor de todo es que una vez que hayamos hecho el puente, quedará ahí para que otros puedan utilizarlo en el futuro, nos servirá para ayudar a quienes estén en la misma situación. Aunque en esos casos, no basta con que se lo ofrezcamos a alguien, sino que además esa persona debe cruzarlo, no podemos hacerlo en su lugar. Creamos el puente, vamos a la otra orilla a recogerle, le animamos para que pierda el miedo a cruzar y le llevamos de la mano, pero los pasos debe darlos la propia persona. Y tras ella, cruzarán otros. Creo que pocas cosas puede haber más gratificantes en la vida que haber servido de puente para otros seres humanos, ¿no os parece?

¿Construir puentes o construir muros?


Aquel que construye puentes
Está tendiendo las manos
al que está en la otra orilla
pues todos somos hermanos

Construye puentes
derriba muros
los puentes unen
muros desunen

Quien solo construye muros
de hermanos hace enemigos
está separando el mundo
crea rencor entre amigos

Construye puentes
derriba muros
los puentes unen
muros desunen

No dejes que muera el día
sin que mueran los rencores
con los muros crea puentes
con los puentes relaciones

Construye puentes
derriba muros
los puentes unen
muros desunen

Construye un hombre feliz
solo puentes que los unan
todos dándonos las manos
en un mundo sin censuras

Construye puentes
derriba muros
los puentes unen
muros desunen

El diseño


Voy viajando en coche con Moebius, el ilustrador de El Alquimista en Francia. Llueve y Moebius dibuja en los vidrios empañados.

“En algunas ocasiones, el pesimismo puede ser una gran fuerza de transformación,” dijo él. “De tanto observar el lado oscuro de la vida, la gente acaba en el fondo del pozo. Pero, en medio de la oscuridad total, algo tranquilizador sucede.

Ya saben que no pueden caer más bajo. Sólo les queda una alternativa: comenzar a subir. Entonces los valores cambian, la esperanza renace y el camino de vuelta se recorre con sabiduría.”

Creo que es un proceso en el cual los riesgos son exageradamente grandes. Si vislumbramos la luz, es mejor dejar todo y seguirla. Pero Moebius piensa diferente y yo decidí registrarlo aquí.

La vejez


Ana Cintra cuenta que su hijo pequeño —con la curiosidad de quien oyó una palabra nueva pero no entendió su significado— le preguntó:

“Mamá, ¿qué es vejez?”

En una fracción de segundo antes de responder, Ana hizo un verdadero viaje al pasado. Se acordó de los momentos de lucha, de las dificultades, de las decepciones. Sintió todo el peso de la edad y de la responsabilidad sobre sus hombros.

Se volvió para mirar al hijo, que —sonriendo— esperaba su respuesta.

“Mira mi rostro, hijo,” dijo ella. “Esto es la vejez.”

E imaginó al jovencito mirando sus arrugas y la tristeza en sus ojos. Cuál no fue su sorpresa cuando, después de algunos instantes, el niño le dijo:

“¡Mamá! ¡Qué bonita es la vejez!”

Sócrates en el mercado


Al filósofo Sócrates, que causó una verdadera revolución en el pensamiento del hombre (y por ello fue condenado a muerte), se lo veía siempre paseando por el mercado principal de la ciudad.

Un día, uno de sus discípulos le preguntó:

“Maestro, hemos aprendido con usted que todo sabio lleva una vida simple. Pero usted no tiene ni siquiera un par de zapatos.”

“Correcto,” respondió Sócrates.

El discípulo continuó: “Sin embargo, todos los días lo vemos en el mercado principal, admirando las mercancías. ¿Podríamos juntar algún dinero para que pueda comprarse algo?”

“Tengo todo lo que deseo,” respondió Sócrates. “¡Pero me encanta ir al mercado para descubrir que sigo siendo completamente feliz sin todo ese amontonamiento de cosas!”

La opinión en contra


Cuando uno comienza a hacer alguna cosa siempre aparece alguien opinando en contra. Si uno logra sobreponerse a las primeras dificultades, la “opinión en contra” crece.

Es necesario saber sacarle provecho a esto. No se gana nada con querer agradar a todo el mundo. Sólo los mediocres lo consiguen y, aun así, a costa de mucho sacrificio personal.

Tampoco sirve de nada quedar resentido u odiar a quien no lo ama. Convénzase de que esto forma parte del trabajo. Use la energía de la “opinión en contra” para adiestrar su voluntad, para ser más profundo y más serio en lo que está haciendo. Aproveche.

Sin embargo, si este tipo de actitud lo aparta de su camino, es porque ese no era su camino. Si lo fuera, sólo la mano de Dios podría plantearle algún obstáculo.

Las tres pruebas


Marcia Frerias recuerda la historia de un hombre que se acercó a Sócrates: “¡Como soy muy amigo suyo, necesito contarle algo!”

“¡Espera!”, dijo Sócrates. “¿Y las tres pruebas? ¿Ya hiciste la primera prueba, que es la de saber que lo que me vas a contar es verdad?”

“Bueno... no tengo una certeza absoluta, pero oí decir...”

“Entonces hiciste la segunda prueba”, dijo el sabio. “La prueba de la bondad. ¡Lo que vas a contarme será bueno para mí!”

“No... muy por el contrario...”

“Si no hiciste la prueba de la verdad ni la de la bondad, ciertamente habrás hecho la de la utilidad. ¡Lo que me vas a contar me será útil!”

“¿Útil?”, dijo el visitante. “Bueno, útil no es.”

“Entonces”, dijo el filósofo sonriendo, “si el asunto no es verdadero, ni bueno, ni útil, mejor no le des importancia.”

Los desafíos


Acepte los desafíos. Y no olvide: existen momentos en la vida en que necesitamos más de la bravura que de la prudencia. Ciertas decisiones necesitan ser tomadas al calor de la emoción.

Sin embargo, nos estamos acostumbrando a decir: “Hay que tener calma. Tengo que estar preparado para esto.”

Nadie consigue prepararse adecuadamente para nada. Hay muchas cosas que pueden planearse, pero no siempre es lo mejor que la vida puede ofrecernos. Una aventura mágica —donde todo conspira para ayudarnos a dar un gran salto sobre el abismo— siempre aparece de improviso y desaparece con rapidez. Su presencia fue el resultado de un trabajo invisible que realizamos sin darnos cuenta. Es tomarla o dejarla para siempre.

Claro que podemos caer al abismo. ¿Pero qué, en esta vida, no implica riesgos?

Ahorrar la energía que queda


Dos rabinos tratan, en todas las formas posibles, de llevar alivio espiritual a los judíos de la Alemania nazi. Durante dos años, aunque muertos de miedo, engañan a la Gestapo —la temible policía de Adolf Hitler— y llevan a cabo oficios religiosos en distintas comunidades.

Finalmente los descubren y los llevan presos. Uno de los rabinos, aterrado con lo que pudiera sucederles de ahí en adelante, no cesa de rezar. El otro —al contrario— se pasa el día entero durmiendo.

—¿Por qué estás actuando así? —pregunta el rabino asustado.

—Para ahorrar mis fuerzas. Sé que las voy a necesitar de ahora en adelante.

—¿Pero no tienes miedo? ¿Es que no sabes lo que nos puede pasar?

—Estuve en pánico, hasta el momento en que nos apresaron. Ahora que estoy en esta celda, ¿qué gano con tener miedo de lo que ya ha sucedido? El tiempo del miedo acabó; ahora comienza el tiempo de la esperanza.

Que valga la pena


El joven contemplaba el mar desde la cubierta de un buque carguero cuando una ola inesperada lo arrojó por la borda. Después de muchos esfuerzos, un marinero consiguió rescatarlo.

—Muchas gracias por salvar mi vida —dijo el muchacho.

—No hay problema —respondió el marinero. —Pero trata de vivirla como si hubiera valido la pena salvarla.

Reconstruyendo el mundo


El padre estaba tratando de leer el periódico, pero el hijo pequeño no dejaba de molestarlo. Ya cansado de eso, arrancó una hoja —que mostraba el mapa del mundo—, la cortó en varios pedazos, y se los entregó al hijo.

Listo, ahí tienes algo que hacer. Esto que te acabo de dar es un mapa del mundo, y quiero ver si puedes armarlo exactamente como es.

Y volvió a su periódico, sabiendo que aquello iba a mantener ocupado al niño por el resto del día. Quince minutos después, sin embargo, el jovencito volvió con el mapa.

¿Tu madre estuvo enseñándote geografía? —preguntó el padre, aturdido.

No sé qué cosa es eso —respondió el niño. —Sucede que, del otro lado de la hoja, estaba el retrato de un hombre. Y, una vez que logré reconstruir al hombre, el mundo también quedó reconstruido

La carpa aprende a crecer


La carpa japonesa (koi) tiene la capacidad natural de crecer de acuerdo con el tamaño de su ambiente. Así, en un pequeño tanque, ésta generalmente no pasa de los cinco o siete centímetros pero puede llegar a tres veces ese tamaño, si la dejan en un lago.

De la misma manera, la gente tiene la tendencia a crecer de acuerdo con el ambiente que la rodea. Sólo que, en este caso, no estamos hablando de características físicas, sino de desarrollo emocional, espiritual, e intelectual.

Mientras que la carpa está obligada, por su propio bien, a aceptar los límites de su mundo, nosotros somos libres de establecer las fronteras de nuestros sueños. Si somos un pez más grande que el tanque en que estamos siendo criados, en lugar de adaptarnos a éste, debemos buscar el mar aunque la adaptación inicial sea incómoda y dolorosa.

La madre jirafa hace sufrir al hijo


El parto de la jirafa tiene lugar con ella de pie, de modo que la primera cosa que le ocurre al recién nacido es una caída de aproximadamente dos metros.

Todavía atontado, el animal trata de afirmarse en sus cuatro patas, pero la madre muestra un extraño comportamiento: le da un leve empujón y la jirafita cae de nuevo al suelo. Intenta levantarse y nuevamente es volteada.

El proceso se repite varias veces, hasta que la recién nacida, exhausta, ya no logra ponerse de pie. En ese momento, la madre nuevamente la instiga con la pata, forzándola a que se levante. Y entonces ya no se cae más.

La explicación es simple: para sobrevivir a los animales predadores, la primera lección que la jirafa debe aprender es a levantarse rápidamente. La aparente crueldad de la madre está perfectamente justificada por un proverbio árabe: “A veces, para enseñar algo bueno, es preciso ser un poco rudos.”

El elefante y la cuerda


He aquí el procedimiento adoptado por los entrenadores de circo para que los elefantes jamás se rebelen —y yo sospecho que lo mismo pasa con mucha gente.

Cuando es una criatura, el bebé elefante es amarrado, con una cuerda muy gruesa, a una estaca firmemente clavada en el piso. Éste trata de soltarse muchas veces, pero sus fuerzas no son suficientes para hacerlo.

Un año más tarde, la estaca y la cuerda siguen siendo suficientes para mantener al pequeño elefante preso; éste sigue tratando de soltarse, sin conseguirlo. A esta altura, el animal ya ha comprendido que la cuerda siempre será más fuerte que él, y desiste de sus iniciativas.

Cuando llega a la edad adulta, el elefante todavía se acuerda de que, por mucho tiempo, gastó sus energías inútilmente, tratando de escapar de su cautiverio. A esta altura, el entrenador puede amarrarlo con una soga pequeña, a un cubo de basura, que ya no tratará más de liberarse.

Ryokan y el ladrón


Ryokan era incapaz de acusar a nadie. Aún siendo un gran maestro del budismo zen, jamás se consideró mejor que los demás.

Uno de sus discípulos le pidió que hablara con el hermano salteador, que aterrorizaba la ciudad. Ryokan fue hasta la casa del bandido y pasó la noche entera con él.

No cambiaron una sola palabra.

Por la mañana, el salteador ayudó a Ryokan a atar sus sandalias. Al hacerlo, las lágrimas del hombre comenzaron a lavar sus pies.

—Nunca tuve la compañía de un sabio —dijo, entre sollozos. —Sólo de otros salteadores como yo o de policías que me querían condenar. Si Ryokan pasó una noche conmigo, es porque todavía debo valer algo.

Y a partir de ese día, este hombre nunca más cometió un crimen.

Saber dónde mudarse


Durante un viaje recibí un fax de mi secretaria.

“Faltan los ladrillos de vidrio para la reforma de la cocina,” me decía. “Envío el proyecto original y el detalle de lo que hará el albañil para compensar la falta.”

Por un lado, estaba el diseño que había hecho mi mujer: hileras armoniosas, con aberturas para la ventilación. Por el otro, el proyecto que intentaba resolver la falta de los ladrillos: un verdadero rompecabezas, donde los bloques de vidrio se combinaban sin ningún sentido de la estética.

“Compren los ladrillos que faltan,” escribió mi mujer. Así se hizo y se respetó el diseño original.

Esa tarde, me quedé largo tiempo pensando en lo ocurrido. Cuántas veces, por la falta de un simple ladrillo, distorsionamos por completo el proyecto original de nuestras vidas.

Conocer el objetivo


El yogui Raman era un verdadero maestro en el arte del arco y la flecha. Cierta mañana, invitó a su discípulo más querido a asistir a una demostración de su talento. El discípulo ya había visto aquello más de cien veces pero —así y todo— se preparó para obedecer al maestro.

Fueron al bosque cercano al monasterio: al llegar frente a un bello roble, Raman retiró una de las flores que traía en su collar y la colocó en una de las ramas del árbol.

Enseguida, abrió sus alforjas y sacó tres objetos: su magnífico arco de madera preciosa, una flecha y un lienzo blanco, bordado con diseños en lilas.

El yogui entonces se ubicó a una distancia de cien pasos del lugar donde había colocado la flor. Una vez frente a su blanco, le pidió al discípulo que lo vendara con el lienzo bordado.
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El discípulo hizo lo que el maestro le había ordenado.

—¿Cuántas veces me has visto practicar el noble y antiguo deporte del arco y la flecha? —preguntó.

—Todos los días —respondió el discípulo. —Y siempre lo vi acertar en la rosa, a una distancia de trescientos pasos.

Con los ojos cubiertos por el lienzo, el yogui Raman afirmó sus pies en la tierra, distendió el arco con toda su energía —apuntando en dirección de la rosa colocada en las ramas del roble— y disparó.

La flecha cortó el aire, provocando un ruido agudo, pero ni siquiera tocó el árbol y erró el blanco por una distancia abrumadora.

—¿Acerté? —dijo Raman, retirando el lienzo que le cubría los ojos.

—Ha errado y por un amplio margen —respondió el discípulo. —Creo que quería mostrarme el poder del pensamiento y su capacidad de hacer cosas mágicas.

—Te he dado la lección más importante sobre el poder del pensamiento —respondió Raman. —Cuando deseas una cosa, únicamente concéntrate en ella: nadie jamás será capaz de dar en un blanco que no consigue ver.

Del Cosmos


En 1982 decidí dejar todo y recorrer el mundo hasta encontrarle un sentido a mi vida. En estas andanzas, viví un tiempo en Holanda, donde frecuentaba el Kosmos —un local donde se reunía la gente con la que yo tenía afinidad.

Cierta noche, una holandesa me preguntó cómo era Brasil.

Yo comencé a hablar de nuestros problemas, de la falta de libertad (vivíamos bajo un régimen militar), de la miseria, de las dificultades para vivir como un artista.

“Pero ustedes viven en el mejor lugar de la Tierra,” dije yo. “¿Qué se siente vivir en el paraíso?”

La holandesa quedó en silencio durante largo rato. Y entonces me respondió:

“Es la cosa más chata del mundo. Aquí tenemos todo asegurado, no queda ningún desafío, ninguna emoción. Ojalá yo tuviera tus problemas; entonces volvería a sentirme parte de la humanidad.”

La ley y las frutas


En el desierto, las frutas eran raras. Dios llamó a uno de sus profetas y le dijo: —Cada persona puede comer una sola fruta por día.

La costumbre fue obedecida por generaciones y la ecología del lugar se preservó. Como las frutas que sobraban daban simiente, otros árboles nacieron. En corto tiempo, toda la región se transformó en un suelo fértil, envidiado por las otras ciudades.

El pueblo, sin embargo, continuaba comiendo una fruta por día, fiel a la recomendación que a un antiguo profeta le habían transmitido sus ancestros. Más aún, no dejaban que los habitantes de otras aldeas aprovecharan las abundantes cosechas que se daban todos los años.

El resultado era uno: la fruta quedaba podrida en el suelo.

Dios llamó a un nuevo profeta y le dijo: —Deja que coman toda la fruta que quieran. Y haz que compartan las cosechas con sus vecinos.

El profeta volvió a la ciudad con el nuevo mensaje. Pero terminó siendo apedreado, puesto que la costumbre había arraigado en el corazón y la mente de cada uno de los habitantes.

Con el tiempo, los jóvenes de la aldea comenzaron a cuestionar esa costumbre bárbara. Pero como la tradición de los más viejos era intocable, resolvieron apartarse de la religión. Así podían comer cuanta fruta quisieran y dar la que sobraba a los que necesitaban alimentos.

En la iglesia del lugar sólo quedaron los que se consideraban santos. Aunque, la verdad, no eran más que personas incapaces de percibir que el mundo se transforma y que debemos transformarnos con él.

La esencia del perdón


Uno de los soldados de Napoleón cometió un crimen —la historia no cuenta cuál— y fue condenado a muerte.

En la víspera del fusilamiento, la madre del soldado fue a implorar para que la vida de su hijo fuese preservada.

—Señora mía, lo que su hijo ha hecho no merece clemencia.

—Lo sé —dijo la madre. —Si la mereciera, no sería realmente un perdón. Perdonar es la capacidad de ir más allá de la venganza o de la justicia.

Al escuchar estas palabras, Napoleón conmutó la pena de muerte por el exilio.

Cajitas de Música


Las personas se asemejan siempre
a las Cajitas de Música...
¿Sabes porqué?
Porque...
Algunas tienen muchos adornos, pero por dentro están vacías...

Otras no tienen adornos,
pero por dentro tienen todo un jardín o están llenas de gemas brillantes.

Otras, cuando las abrimos,
nos muestran su interior lleno de rencores y muchas veces nos perdemos entre sus laberintos...

Luego, están aquellas cajitas que son transparentes,
que las vemos con sólo darles una mirada
y sabemos cómo van a actuar siempre...

Y siempre se me ha ocurrido
que las personas son cajas musicales...
que sólo las conocemos y amamos
luego de oír la música de su interior...

Porque esa música tiene , algo muy hermoso lleno de vida, algo de muy dentro de su alma...

Conserven su Tenedor


Era una joven testigo de Jehová a la que se le había diagnosticado una enfermedad terminal y se le habían dado sólo tres meses de vida, así que estaba poniendo sus cosas en orden y contactó con un amoroso anciano de la congregación, le pidió que fuera a su casa para discutir algunos aspectos de sus últimos deseos. Dijo cuáles cánticos quería que se cantaran y quien hablaría en el discurso del funeral, así como las partes de la Biblia que quería que se enfatizaran y el conjunto de ropa con el que quería ser enterrada. Todo había quedado en orden y el anciano se preparaba para dejarla, cuando la joven hermana de repente recordó algo que era muy importante para ella.
-Hay una cosa-dijo emocionadamente, -¿Que?-replicó el anciano, -Esto es muy importante-, continúo ella, -quiero ser enterrada con un tenedor en la mano derecha-. El anciano se quedó mirándola sin saber qué decir: -Esto le sorprende ¿no? - preguntó la joven hermanita. -Bueno para ser honrado estoy desconcertado por ésa petición- dijo el anciano.
Ella explicó:- Mi abuela una vez me dijo ésta historia, y siempre y desde entonces hasta ahora he hecho esto. También trato de trasmitir su mensaje a los que amo y a quienes necesitan ánimo. En todos los años que he asistido a las reuniones y cenas con los amigos, siempre recuerdo cuando ya están retirando los platos de la comida principal, alguien inevitablemente se reclinaba a la mesa y decía: Conserven su tenedor; Esa era mi parte favorita porque sabía que algo mejor venía .... como un suave pastel de chocolate o un gran plato de pay de manzana, algo maravilloso y muy sustancioso. Así que sólo quiero que la gente me vea ahí, en ése ataúd con un tenedor en mi mano, y cuando se pregunten ¿Qué significa ése tenedor? Quiero que les diga: Conserven su tenedor, lo mejor apenas viene.-
Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas de gozo mientras abrazaba en un adiós a nuestra hermanita. Él supo que ésta sería la última vez que la vería a su lado en éste sistema. Pero también supo que ella tenía una mejor visión del nuevo sistema de cosas de la que él tenía. Ella tenía una mejor visión de como sería el paraíso de la que muchos otros con el doble de edad, experiencia y conocimiento tenían. Ella sabía que algo mejor venía.
Durante el funeral fueron pasando uno a uno al lado del ataúd de ella y veían el precioso vestido que llevaba puesto y el tenedor colocado en su mano derecha. Una y otra vez el anciano escuchó la pregunta -¿Porqué tiene ése tenedor?- Y el anciano sonreía, durante el discurso del funeral el anciano habló a los amigos acerca de la conversación que había tenido con ella poco antes de que muriera. También habló del tenedor y de lo que éste simbolizaba para ella. Dijo a la gente que no podía dejar de pensar acerca del tenedor y que ellos no podrían tampoco, …tenía razón.
Así que la siguiente vez que se inclinen por su tenedor, permítanle que les recuerde con sutileza que algo mejor está por venir. La hermandad cristiana es verdaderamente una muy rara joya. Nuestros hermanos cristianos nos hacen sonreír, nos animan a tener éxito, ellos nos escuchan, comparten una palabra de alabanza y siempre quieren abrirnos sus corazones.
Muestra a los hermanos cuánto los quieres. Recuerda siempre estar allí para ellos aún cuando seas tú quien lo necesite más. Porque tú nunca sabes cuándo podría ser el tiempo de guardar su tenedor. Valora el tiempo que tengas para con ellos y los recuerdos que compartas. El mostrar amor cristiano no es una oportunidad, sino una agradable responsabilidad y una obligación cristiana...
Cuando estén tentados a abandonar la mesa de Jehová recuerden "conserven su tenedor" hay algo mas después de este viejo sistema de cosas.

La experiencia y el gesto


Me encuentro con Colin Wilson, hoy un autor inglés consagrado, en el festival de Melbourne, Australia. Conociendo el tema de mi libro, me recuerda un texto que escribió, en el cual relata su intento de suicidio a los 16 años:

“Entré en el laboratorio de química de la escuela y tomé el frasco de veneno. Lo puse en una copa delante de mí, lo miré largo rato, reparé en el color e imaginé el gusto que tal vez tuviera. Entonces, acerqué el líquido a mi rostro y sentí su olor; en ese momento, mi mente dio un salto hacia el futuro, y pude sentirlo quemando mi garganta, abriendo un agujero en mi estómago.”

"Permanecí unos momentos sosteniendo la copa en mis manos, saboreando la posibilidad de la muerte, hasta que pensé para mis adentros: ‘si soy valiente para matarme de esta forma tan dolorosa, también soy valiente para seguir viviendo’.”

La guerrera y el niño


Cuenta la leyenda que yendo en dirección a Poitiers con su ejército, Juana de Arco encontró —en el medio del camino— a un niño que jugaba con tierra y ramas secas.

—¿Qué es lo que haces? —preguntó Juana de Arco.

—¿No ves? —respondió el niño. —Esto es una ciudad.

—Muy bien —dijo ella. —Ahora, por favor, sal del medio del camino porque necesito pasar con mis hombres.

El niño se levantó, irritado, y se puso delante de ella.

—Una ciudad no se mueve. Un ejército puede destruirla, pero no se moverá de su lugar.

Sonriendo ante la determinación del muchacho, Juana de Arco le ordenó a su ejército que saliese del camino y que pasase por el costado de la “construcción.”

La historia de los dos videntes


Presintiendo que su país —en no mucho tiempo— terminaría sumergido en una guerra civil, el sultán llamó a uno de sus mejores videntes y le preguntó cuánto tiempo le quedaba de vida.

—Mi adorado maestro, el señor vivirá lo bastante para ver muertos a todos sus hijos.

En un acceso de furia, el sultán inmediatamente mandó ahorcar al hombre que había pronunciado tan aterradoras palabras. Pero entre tanto, la guerra civil seguía siendo una amenaza. Desesperado, llamó a un segundo vidente.

—¿Cuánto tiempo viviré? —preguntó, procurando saber si todavía sería capaz de controlar una situación potencialmente explosiva.

—Señor, Dios le ha concedido una vida tan larga que durará más que la de sus hijos y llegará hasta la generación de sus nietos.

Agradecido, el sultán mandó que se lo recompensara con oro y plata. Al salir del palacio, un consejero comentó con el vidente:

—Tú le has dicho lo mismo que el adivino anterior. Pero el primero fue ejecutado y tú has recibido recompensas. ¿Por qué?

—Porque el secreto no está en lo que se dice sino en cómo se lo dice. Siempre que debas disparar la flecha de la verdad, no olvides mojar la punta en el tarro de miel.

La importancia del gato en la meditación


¿Por qué usamos corbata? ¿Por qué el reloj gira en el “sentido horario”? Si vivimos con el sistema decimal, ¿por qué el día tiene veinticuatro horas de sesenta minutos cada una?

El hecho es que muchas de las reglas que obedecemos hoy en día no tienen fundamento. Por otro lado, si decidimos actuar de otra forma, se nos considera “locos” o “inmaduros.”

En ese sentido, la sociedad va creando algunos sistemas que —con el transcurso del tiempo— pierden su razón de ser, pero continúan imponiendo sus reglas. Hay una interesante historia para ilustrar este tema:

Un gran maestro del budismo zen, responsable del monasterio de Mayu Kagi, tenía un gato que era la verdadera pasión de su vida. Así, durante las clases de meditación, mantenía al gato a su lado para disfrutar todo lo posible de su compañía.

Cierta mañana, el maestro —que ya era muy anciano— apareció muerto. El discípulo más aventajado ocupó su lugar.

—¿Y qué vamos a hacer con el gato? —preguntaron los otros monjes.

En homenaje al recuerdo de su antiguo instructor, el nuevo maestro decidió permitir que el gato continuara asistiendo a las clases de budismo zen.

Pasaron muchos años. El gato murió, pero los alumnos del monasterio estaban tan acostumbrados a su presencia que consiguieron otro gato. Mientras tanto, los otros templos comenzaron a introducir gatos en sus meditaciones; creían que el gato era el verdadero responsable de la fama y la calidad de la enseñanza de Mayu Kagi y olvidaron que el antiguo maestro era un excelente instructor.

Pasó una generación y comenzaron a aparecer tratados técnicos sobre la importancia del gato en la meditación zen. Un profesor universitario desarrolló una tesis, que fue aceptada por la comunidad científica, según la cual el felino tenía la capacidad de aumentar la concentración humana y de eliminar las energías negativas.

Y así, durante un siglo, el gato fue considerado esencial para el estudio del budismo zen en aquella región.

Hasta que apareció un maestro que tenía alergia al pelo de los animales domésticos y resolvió alejar al gato de sus prácticas diarias con los alumnos.

Hubo una gran reacción negativa, pero el maestro insistió. Como era un instructor excelente, los alumnos continuaron con el mismo rendimiento escolar, a pesar de la ausencia del gato.

Poco a poco, los monasterios —siempre en busca de ideas nuevas y ya cansadas de tener que alimentar a tantos gatos— fueron eliminando los animales de las aulas. En veinte años, comenzaron a aparecer nuevas tesis revolucionarias con títulos convincentes como “La importancia de la meditación sin gatos” o “Equilibrando el universo zen sólo con el poder de la mente, sin ayuda de los animales.”

Otro siglo pasó y el gato quedó por completo fuera del ritual de la meditación zen en aquella región. Pero se necesitaron doscientos años para que todo volviera a la normalidad ya que nadie se preguntó, durante todo ese tiempo, por qué el gato estaba allí.

Y cuántos de nosotros, en nuestras vidas, nos atrevemos a preguntar: “¿por qué tengo que actuar de esta manera?” ¿Hasta qué punto, en aquello que hacemos, usamos “gatos” inútiles que no tenemos el coraje de eliminar, porque nos dijeron que los “gatos” eran importantes para que todo funcionase bien?

¿Por qué, en este último año del milenio, no buscamos una manera diferente de actuar?

La hermana mayor pregunta


Cuando su hermano nació, Sa-chi le insistía a los padres para que la dejaran sola con el bebé. Temiendo que, como muchas criaturas de cuatro años, estuviera celosa y quisiera hacerle algún daño, ellos no la dejaron.

Pero Sa-chi no daba muestras de celos. Y como siempre trataba al bebé con cariño, los padres decidieron hacer una prueba. Dejaron a Sa-chi con el recién nacido y se quedaron observando su comportamiento por la puerta entreabierta.

Encantada al ver su deseo satisfecho, la pequeña Sa-chi se aproximó a la cuna en puntas de pie, se inclinó sobre el bebé y le dijo:

—¡Dime cómo es Dios! ¡Yo ya me estoy olvidando!

La ventana y el espejo


Un joven muy rico fue a ver a un rabino y le pidió consejo para orientar su vida. Este lo condujo hacia la ventana y le preguntó: —¿Qué ves a través de los vidrios?

—Veo hombres que van y vienen y un ciego que pide limosna en la calle.

Entonces el rabino le mostró un gran espejo y nuevamente lo interrogó: —Mira este espejo y dime ahora qué ves.

—Me veo a mí mismo.

—¡Y ya no ves a los otros! Repara en que la ventana y el espejo están hechos ambos de la misma materia prima, el vidrio. Pero en el espejo, porque tiene una fina lámina de plata pegada al vidrio, no ves más que tú persona. Debes compararte con estas dos especies de vidrio. Pobre, veías a los otros y sentías compasión por ellos. Cubierto de plata —rico—, apenas te ves a ti mismo. Sólo valdrás algo cuando tengas el coraje de arrancar el revestimiento de plata que te cubre los ojos y puedas nuevamente ver y amar a los demás.

La importancia de saber los nombres


Zilu le preguntó a Confucio:

—Si el rey Wen lo llamase para gobernar el país, ¿qué es lo que haría primero?

—Aprender los nombres de mis asesores.

—¡Qué tontería! ¿Es ésta la preocupación de un primer ministro?

—Un hombre nunca puede recibir ayuda de lo que no conoce —respondió Confucio. —Si él no entiende a la Naturaleza, no comprenderá a Dios. De la misma manera, si no sabe quién está de su lado, no tendrá amigos. Sin amigos, no puede establecer ningún plan. Sin un plan, no es capaz de dirigir a nadie. Sin dirección, un país se sume en las tinieblas y ni los danzarines pueden decidir con cuál pie van a dar el siguiente paso. Entonces, una precaución aparentemente banal —saber el nombre de quién va a estar a tu lado— puede hacer una diferencia gigantesca. El mal de nuestro tiempo es que todo el mundo quiere arreglar las cosas por sí solo y nadie se da cuenta de que se necesita mucha gente para lograr eso.

La derrota en el Everest


Edmund Hillary fue el primer hombre que subió al Everest, la montaña más alta del mundo. Su acción coincidió con la coronación de la Reina Elizabeth, a quien dedicó la conquista y de quien recibió el título de “Sir.”

Un año antes, Hillary ya había intentado la escalada y había fracasado por completo. Así y todo, los ingleses reconocieron su esfuerzo y lo invitaron a hablar ante una numerosa concurrencia.

Hillary comenzó a relatar sus dificultades y, a pesar de los aplausos, decía sentirse frustrado e incapaz. Sin embargo, en un momento dado dejó el micrófono, cayó en la cuenta de la talla de su empresa y gritó:

—¡Monte Everest, me has vencido esta primera vez! ¡Pero te conquistaré el próximo año, por una razón muy simple: tú ya has llegado al máximo de tu estatura, mientras que yo todavía estoy creciendo!

La virtud que ofende


El abate Pastor paseaba con un monje de Sceta cuando los invitaron a comer. El dueño de casa, honrado por la presencia de los padres, mandó servir lo mejor que tenía.

Sin embargo, el monje estaba en época de ayuno; cuando la comida llegó, tomó un guisante y lo masticó lentamente. Y no comió nada más.

A la salida, el abate Pastor conversó con él:

—Hermano, cuando estés visitando a alguien, no transformes tu santidad en una ofensa. La próxima vez que estés ayunando, no aceptes invitaciones a comer.

El monje entendió lo que el abate Pastor le decía. A partir de ese día, cada vez que estaba con otras personas se comportaba como ellas.

La manera de agradar al Señor


Cierto novicio se acercó al abad Macario y le pidió consejo sobre la mejor manera de agradar al Señor.

—Ve hasta el cementerio e insulta a los muertos —le dijo Macario.

El hermano hizo lo que se le ordenó. Al día siguiente, volvió a visitar a Macario.

—¿Y ellos te respondieron? —preguntó el abad.

El novicio le contestó que no.

—Entonces vuelve allí y elógialos.

El novicio obedeció. Esa misma tarde volvió con el abad, que nuevamente quiso saber si los muertos le habían respondido.

—No —dijo el novicio.

—Para agradar al Señor, compórtate de la misma manera —le indicó Macario. —No hagas caso del desprecio de los hombres, ni de sus elogios; de esta manera, podrás construir tu propio camino.

La manera de rezar


Un labrador que tenía a su esposa enferma le encomendó una serie de plegarias a un sacerdote budista. El sacerdote comenzó a rezar, pidiendo que Dios curase a todos los enfermos.

—Un momento —interrumpió el labrador. —Yo le pedí que rezara por mi esposa, y usted está pidiendo por todos los enfermos.

—Estoy rezando por ella.

—Pero pide por todos. Puede terminar por beneficiar a mi vecino, que también está enfermo. ¡Y él no me gusta!

—Usted no entiende nada de curaciones —dijo el monje, apartándose. —Al rezar por todos estoy uniendo mis plegarias a las de millones de personas que en este momento están pidiendo por sus enfermos. Todas juntas, estas voces llegan a Dios y benefician a todos. Separadas, pierden su fuerza y no llegan a ningún lado.

La mujer perfecta


Nasrudin conversaba con un amigo.

—Entonces, ¿nunca pensaste en casarte?

—Sí, pensé —respondió Nasrudin. —En mi juventud resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco y conocí a una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo.

Continué viajando y fui a Bagdag; allí encontré a una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita. Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa y conocedora de la realidad material.

—¿Y por qué no te casaste con ella?

—¡Ah, compañero mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.

La pintura de los dos ángeles


En el año 1476, dos hombres conversan en el interior de una iglesia medieval. Se detienen durante unos minutos delante de un cuadro que muestra dos ángeles, de la mano, descendiendo en dirección a una ciudad.

—Estamos viviendo el terror de la peste bubónica —comenta uno de ellos. —Muchas personas están muriendo; no deseo ver imágenes de ángeles.

—Esta pintura tiene que ver con la Peste —dice el otro. —Es una representación de la Leyenda Áurea. El ángel vestido de rojo es Lucifer, el Maligno. Mira como sostiene, junto al cinturón, una pequeña bolsa: allí dentro lleva la epidemia que está devastando nuestras vidas y las vidas de nuestras familias.

El hombre mira la pintura con cuidado. Realmente, Lucifer cargaba un pequeño saquito; sin embargo, el ángel que lo conducía tenía una apariencia serena, pacífica, iluminada.

—Si Lucifer trae la peste, ¿quién es este otro que lo lleva de la mano?
—Este es el ángel del Señor, el mensajero del Bien. Sin su permiso, el Mal jamás podría manifestarse. —Pero ¿qué está haciendo, entonces?

Muestra el lugar en donde los hombres deben ser purificados a través de una tragedia.

La puerta de la ley


Kafka cuenta la historia de un hombre que, buscando justicia, camina hasta el Palacio de Justicia. Frente a la puerta del palacio, un soldado monta guardia.

Como el centinela no le dirige la palabra, el hombre decide esperar. Espera todo un día pero el guardia continúa mudo.

“Si mira para este lado, se dará cuenta de que quiero entrar,” piensa el hombre. Y ahí se queda.

Pasan días, semanas y años enteros. El hombre sigue frente a la puerta y el centinela sigue montando su guardia.

Pasan las décadas, el hombre envejece y ya no consigue moverse. Finalmente, cuando se da cuenta de que la muerte se aproxima, reúne sus últimas fuerzas y le pregunta al guardia:

—He venido hasta aquí en busca de justicia. ¿Por qué no me dejó pasar? —¿Que yo no lo dejé?, respondió sorprendido el centinela. —¡Usted nunca me dijo qué estaba haciendo ahí! La puerta siempre estuvo abierta, no había más que empujarla. ¿Por qué no entró?

La respuesta


Cierta vez, un hombre interrogó al rabino Joshua ben Karechah:

—¿Por qué Dios escogió una zarza para hablar con Moisés?

El rabino respondió:

—Si él hubiera escogido un olivo o una morera, tú te habrías hecho la misma pregunta. Pero no puedo dejarte sin una respuesta: por eso te digo que Dios escogió una mísera y pequeña zarza para mostrar que no hay ningún lugar de la tierra en donde Él no esté presente.

La sospecha transforma a los hombres


El folklore alemán cuenta la historia de un hombre que, al despertar, se dio cuenta de que su hacha había desaparecido. Furioso, creyendo que su vecino se la había robado, pasó el resto del día vigilándolo.

Vio que tenía aspecto de ladrón, que caminaba furtivamente como un ladrón y que susurraba como un ladrón que deseaba esconder su robo. Estaba tan convencido de sus sospechas, que resolvió entrar en la casa, cambiarse de ropa e ir a la policía a hacer la denuncia.

Sin embargo, apenas entró, encontró el hacha —que su mujer había puesto en otro lugar—. El hombre volvió a salir, miró de nuevo al vecino y vio que éste caminaba, hablaba y se comportaba como cualquier persona honesta.

La verdadera importancia


Jean paseaba con su abuelo por una plaza de París. En un determinado momento, vio a un zapatero que estaba siendo maltratado por un cliente cuyo calzado presentaba un defecto. El zapatero escuchó con calma el reclamo, pidió disculpas y prometió enmendar el error.

Nieto y abuelo pararon a tomar un café en un bistró. En la mesa de al lado, el camarero le pidió a un hombre que corriese un poco la silla para hacer espacio. El hombre irrumpió en un torrente de quejas y se negó.

—Nunca olvides lo que has visto —le dijo a Jean su abuelo. —El zapatero aceptó el reclamo, mientras que este hombre junto a nosotros no quiso moverse. Los hombres útiles, los que hacen algo útil, no se incomodan por ser tratados como inútiles. Pero los inútiles siempre se juzgan importantes y esconden toda su incompetencia detrás de la autoridad.

Cómo nivelar el mundo


Confucio se encontraba viajando con sus discípulos cuando se enteró de que en una aldea vivía un niño muy inteligente. Confucio fue hasta allí para hablar con él y, bromeando, le preguntó:

—¿Qué tal si me ayudaras a terminar con las desigualdades?

—¿Por qué acabar con las desigualdades? —dijo el niño. —Si achatáramos las montañas, los pájaros no tendrían más abrigo. Si acabáramos con la profundidad de los ríos y de los mares, todos los peces morirían. Si el jefe de la aldea tuviera la misma autoridad que el loco, no habría entendimiento posible. El mundo es muy vasto, déjalo con sus diferencias.

Los discípulos salieron de allí impresionados por la sabiduría del niño. Cuando ya se encaminaban hacia otra ciudad, uno de ellos comentó que todos los pequeños deberían ser como él.

—Conocí muchos niños que, en lugar de jugar y hacer las cosas de su edad, trataban de entender el mundo —dijo Confucio. —Y ninguno de estos niños precoces llegó a hacer algo importante más tarde, porque nunca pudieron experimentar la inocencia y la saludable irresponsabilidad de la infancia.

La mujer que pedía


Mi mujer y yo la encontramos en la esquina de la calle Constante Ramos, en Copacabana. Tenía aproximadamente sesenta años y estaba en una silla de ruedas, perdida en medio de la multitud. Mi mujer se ofreció para ayudarla: ella aceptó y pidió que la lleváramos hasta la calle Santa Clara.

De la silla de ruedas colgaban algunas bolsas de plástico. En el camino, nos contó que esas eran todas sus pertenencias; dormía bajo los toldos y vivía de la caridad ajena.

Llegamos al lugar indicado; allí estaban reunidos otros mendigos. La mujer sacó de las bolsas de plástico dos paquetes de leche larga vida y los distribuyó entre el grupo.

“Hacen caridad conmigo, preciso es hacer caridad con los demás” —nos comentó.

Las cosas que aprendí en la vida


(Encontrado en Internet)

“Algunas de las cosas que aprendí en la vida:

—Que sin importar lo buena que sea una persona, ella te va a herir de vez en cuando y tú habrás de perdonarla.

—Que lleva años ganar la confianza de alguien y unos pocos segundos destruirla.

—Que no tendremos que cambiar de amigos si comprendemos que los amigos cambian.

—Que las circunstancias y el ambiente tienen influencia sobre nosotros, pero que nosotros somos responsables de nosotros mismos.

—Que o tú controlas tus actos, o ellos te controlan a ti.

—Aprendí que héroes son aquellas personas que hacen lo que tienen que hacer y saben enfrentar las consecuencias.

—Que la paciencia requiere de mucha práctica.

—Que existen personas que nos aman, pero que sencillamente no saben cómo demostrarlo.

—Que algunas veces la persona que crees que te va a dar el golpe de gracia cuando estés caído, será una de las pocas que te ayuden a ponerte de pie.

—Que sólo porque una persona no te ama como tú quieres, no significa que no te ama lo mejor que puede.

—Que nunca se debe decir a un niño que los sueños son tonterías: sería una tragedia que creyeran tal cosa.

—Que no siempre basta con que otros nos perdonen. La mayoría de las veces tenemos que perdonarnos a nosotros mismos.

—Que no importa en cuántos pedazos se nos haya roto el corazón; el mundo no se detiene a esperar que lo compongamos.”

Cómo lograr la inmortalidad


Cuando era un joven, Beethoven decidió escribir algunas improvisaciones sobre la música de Pergolesi. Se dedicó durante meses al trabajo y, finalmente, tuvo el valor de divulgarlo.

Un crítico publicó una página entera en un diario alemán, atacando con ferocidad la música del compositor.

Beethoven, sin embargo, no se alteró con los comentarios. Cuando sus amigos le insistieron para que le respondiese al crítico, él simplemente comentó:

- Lo que tengo que hacer es seguir trabajando. Si la música que compongo es todo lo buena que creo, va a sobrevivir al periodista. Si logra la profundidad que espero que tenga, va a sobrevivir al diario mismo. Entonces, si este ataque feroz de ahora es recordado en el futuro, sólo será para utilizarlo como ejemplo de la imbecilidad de los críticos.

Beethoven tuvo toda la razón. Más de cien años después, la tal crítica fue recordada en un programa de radio de San Pablo.

Brevísima historia de la medicina


500 a. C.: Ven aquí y cómete esta raíz.

1000 d. C.: Esta raíz es cosa de ateos, reza esta oración a Dios que está en el cielo.

1792 d. C.: Dios no está en el cielo, la que reina es la razón. Ven aquí y bebe esta poción.

1917 d. C.: Esta poción es para engañar a los oprimidos, te sugiero que tomes este comprimido.

1960 d. C.: Este comprimido es antiguo y extraño. Llegó el momento de tomar un antibiótico.

1998 d. C.: Los antibióticos te dejan débil y deprimido. Este es un tratamiento nuevo, cómete esta raíz.

Cazando dos zorras


El estudiante de artes marciales se acercó a su profesor:

—Me gustaría mucho ser un gran luchador de aikidó —le dijo. —Pero creo que también debería dedicarme al judo, para así conocer muchos estilos de combate; sólo así podré ser el mejor de todos.

—Si un hombre va por el campo y empieza a correr detrás de dos zorras al mismo tiempo, va a llegar un momento en que cada una correrá para un lado distinto y el hombre no sabrá a cuál deberá seguir persiguiendo. Cuando lo haya pensado, las zorras ya estarán muy lejos y él habrá perdido su tiempo y su energía.

Quien desee ser un maestro, tiene que elegir una sola cosa en que perfeccionarse. Lo demás es filosofía barata.

Cada uno ofrece sólo lo que tiene


Hace algún tiempo, mi mujer ayudó a un turista suizo en Ipanema, quien dijo haber sido víctima de unos ladronzuelos. Con un marcado acento, y en pésimo portugués, afirmaba haberse quedado sin pasaporte, sin dinero y sin un lugar para dormir.

Mi mujer le pagó el almuerzo, le dio la cantidad necesaria para que pudiera pasar la noche en un hotel, hasta que se pusiera en contacto con su embajada, y se fue. Días después, un diario carioca publicaba la noticia de que el tal “turista suizo” era en realidad un original malandra carioca, que simulaba un falso acento y abusaba de la buena fe de las personas que amaban Río y querían compensar la imagen negativa que –justa o injustamente- se transformó en nuestra tarjeta de presentación.

Al leer la noticia, mi esposa sólo comentó: “no será esto lo que impida que ayude a la gente.”

Su comentario me hizo recordar la historia del sabio que, cierta tarde, llegó a la ciudad de Akbar. Las personas no dieron mucha importancia a su presencia y sus enseñanzas no consiguieron interesar a nadie. Después de algún tiempo, él pasó a ser motivo de risa y burlas por parte de los habitantes de la ciudad.

Un día, mientras paseaba por la calle principal de Akbar, un grupo de hombres y mujeres comenzó a insultarlo. Pero en lugar de fingir que no se daba cuenta de lo que ocurría, el sabio se acercó a ellos y los bendijo.

Uno de los hombres comentó:

—¿Será, después de todo, que el hombre es sordo? ¡Le gritamos cosas horribles y él sólo nos responde con palabras bellas!

—Cada uno de nosotros sólo puede ofrecer lo que tiene —fue la respuesta del sabio.

Llueve más adelante


Luchar contra ciertas cosas que sólo se solucionan con el tiempo es desperdiciar energías. He aquí una cortísima historia china que ilustra bien lo que quiero decir:

En medio del campo, comenzó a llover. Las personas corrían en busca de abrigo, excepto un hombre que continuaba caminando lentamente.

—¿Por qué no corre usted? —le preguntó alguien.

—Porque más adelante también está lloviendo —fue su respuesta.

Cosas de este mundo


Una vez, Rab Huna reprendió a su hijo, Rabbah:

—¿Por qué no vas a la conferencia de Rav Chisda? Dicen que habla muy bien.

—¿Por qué debo ir? —contestó el hijo. —Todas las veces que fui, Rav Chisda no habló más que de las cosas de este mundo: de las funciones del cuerpo, de los órganos, de la digestión, y de otras cosas más relacionadas simplemente con lo físico.

Y el padre le dijo:

—¿Rav Chisda habla de las cosas creadas por Dios y tú dices que habla de cosas de este mundo? ¡Ve a escucharlo!

Cómo mantener el infierno lleno


Cuenta una leyenda tradicional que cuando el Hijo de Dios expiró en la cruz, fue directamente al infierno para salvar a los pecadores.

El diablo se puso muy triste.

—Ya no tengo nada que hacer en este universo —dijo Satanás. —¡A partir de ahora, todos los marginados, los que transgreden los preceptos, los que cometen adulterio, los que no respetan las leyes religiosas, todos éstos serán enviados directamente al Paraíso! Jesús lo miró y sonrió:

—No te preocupes —le dijo al pobre diablo. —Vendrán para acá todos aquellos que por creerse llenos de virtudes viven condenando a quienes no siguen mi palabra. ¡Espera unos cientos de años y verás que el infierno estará más lleno que antes!

Del famoso


Ernest Hemingway, autor del clásico El Viejo y el Mar, combinaba momentos de ardua actividad física con períodos de inactividad total. Antes de sentarse a escribir las páginas de una nueva novela, pasaba horas pelando naranjas o mirando el fuego.

Cierta mañana, un periodista le hizo un comentario sobre este extraño hábito:

“¿No le parece que está usted perdiendo el tiempo?,” le preguntó. “Usted que es tan famoso, ¿no debería hacer cosas más importantes?”

“Estoy preparando mi alma para escribir, al igual que un pescador prepara su equipo antes de salir al mar,” respondió Hemingway. “Si no hiciera todo esto, y considerara que sólo el pez es lo que importa, jamás llegaría a conseguir nada.”

De perderse


Marcelo, el marido de una productora de televisión llamada Miriam Leme, se había perdido en Los Ángeles, California. Durante horas había vagado sin rumbo y —ya tarde por la noche— terminó por adentrarse en una zona poco segura.

Al darse cuenta del ambiente que lo rodeaba, se puso nervioso y decidió tocar el timbre de una casa que tenía las luces encendidas.

Un hombre en pijama lo atendió. Marcelo le explicó la situación y le pidió que llamara un taxi. Pero en lugar de hacerlo, el hombre se vistió, sacó su auto del garaje y lo llevó hasta su hotel.

En el camino, le explicó: “Hace cinco años estuve en Brasil. Cierta noche, me perdí en Sao Paulo. No hablaba una palabra de portugués, pero un joven brasileño comprendió lo que me pasaba y me llevó hasta el hotel. Hoy, Dios me ha permitido saldar esa deuda.”

El diseño


Voy viajando en coche con Moebius, el ilustrador de El Alquimista en Francia. Llueve y Moebius dibuja en los vidrios empañados.

“En algunas ocasiones, el pesimismo puede ser una gran fuerza de transformación,” dijo él. “De tanto observar el lado oscuro de la vida, la gente acaba en el fondo del pozo. Pero, en medio de la oscuridad total, algo tranquilizador sucede.

Ya saben que no pueden caer más bajo. Sólo les queda una alternativa: comenzar a subir. Entonces los valores cambian, la esperanza renace y el camino de vuelta se recorre con sabiduría.”

Creo que es un proceso en el cual los riesgos son exageradamente grandes. Si vislumbramos la luz, es mejor dejar todo y seguirla. Pero Moebius piensa diferente y yo decidí registrarlo aquí.

De la gaviota


Estaba en un muelle, en San Diego, California, hablando con una mujer de la Tradición de la Luna —un tipo de aprendizaje femenino que trabaja en armonía con las fuerzas de la naturaleza.

“¿Le gustaría tocar una gaviota?,” me preguntó, mirando a las aves sobre los pilotes del muelle.

Claro que sí. Pero cada vez que me acercaba, ellas se alejaban de mí volando.

“Trate de sentir amor por ellas. Después, haga que ese amor se dispare de su pecho como un haz de luz y llegue al pecho de la gaviota. Y acérquese con calma.”

Hice lo que me indicó. Dos veces no conseguí nada, pero la tercera —como si hubiera entrado en un “trance”— logré tocar a la gaviota. Repetí el “trance,” con el mismo resultado positivo.

Cuento aquí esta experiencia, por si alguien quiere hacer la prueba. “El amor crea puentes en lugares que parecen imposibles,” le dije a mi amiga hechicera.

Del sexo


El famoso comediante Groucho Marx escribió un muy humorístico —aunque sumamente serio— texto sobre la pasión:

“Considero que el amor verdadero sólo aparece cuando el fuego inicial de la pasión disminuye y las brasas quedan allí, ardiendo. Eso es amor. Este tipo de relación sólo conoce el sexo de vista y como recuerdo. Las partes que lo componen son la paciencia, el perdón, el entendimiento mutuo y una gran tolerancia hacia las faltas del otro.

La pasión es un truco. Es una pena que —como dice Shaw— justamente cuando dos personas se encuentran bajo la influencia de la más violenta, insana e ilusoria de las pasiones, siempre aparece alguien exigiendo que permanezcan continuamente en esa condición de excitación, anormal y extenuante, hasta que la muerte los separe.”

De la fe


Muchas personas dicen: “Yo sigo mi religión individual.” ¡Qué tontería! El Camino es individual pero no existe sin la devoción colectiva; ya sea católica, protestante, judía, islámica, etc.

Anthony de Mello es autor de excelentes libros con historias de distintas tradiciones. En la dedicatoria de uno de ellos sintetiza —con rara belleza— la importancia de la religión:

“No puedo esconder a los lectores mi condición de sacerdote católico. Peregriné durante bastante tiempo —y libremente— por tradiciones no cristianas y hasta no religiosas. Estas me enriquecieron y ejercieron una gran influencia sobre mi manera de pensar. La Iglesia, sin embargo, es mi hogar espiritual. Tengo noción de sus limitaciones, como así también de su ocasional estrechez de miras —lo que me avergüenza. Pero esto jamás va a destruir el hecho de que fue ella la que me formó, me modeló e hizo de mí lo que soy.”

Practique su religión, sea la que fuere. Todos necesitamos de un hogar espiritual.

De la apendicitis


Una mala interpretación de la Nueva Era puede generar confusiones peligrosas. Una de ellas tiene que ver con la salud: se considera que la mente es capaz de todo, que las cosas sólo nos acontecen porque así lo permitimos.

No es así y nunca lo será. Una cosa es el poder de la oración, capaz de obrar milagros. Otra cosa es dejarse dominar por un sentimiento de omnipotencia que puede ser fatal.

Una amiga muy cercana tuvo que ser sometida a una cirugía de emergencia. Supimos después que había tenido apendicitis y que fue internada en estado gravísimo. Cuando ya se recuperaba, el médico fue a conversar con ella.

—La apendicitis da muchas señales: dolores, fiebre alta, etc. ¿Por qué no vino antes?

—Porque veo la dolencia como una respuesta del cuerpo a un debilitamiento de la mente —respondió ella. —Traté de combatirla por mí misma.

Y, por culpa de eso, casi se muere. Mucho cuidado, gente.

De cómo era


Jesús debe haber pensado muy bien en sus actitudes. Sabía que serían comentadas por los siglos venideros y era preciso que diera el ejemplo.

¿Su primer milagro? No fue curar a un ciego, hacer que un rengo caminara, exorcizar a un demonio: fue transformar agua en vino y animar una fiesta.

¿Sus compañeros? No fueron los que estaban a cargo de la cultura y la religión de la época; fueron hombres comunes, que vivían de su trabajo.

¿Sus compañeras? No fueron como Marta, que hacía aplicadamente las tareas domésticas; fueron como María, que lo seguía con libertad.

¿El primer santo? No fue un apóstol, ni un discípulo, ni un fiel seguidor; fue el ladrón que murió a su lado.

¿El sucesor? No fue el que más se aplicó en aprender sus enseñanzas; fue el que lo negó en el momento en que más necesitado estaba de ayuda.

En fin, nada que ver con lo que mandaba el manual de buena conducta.

De la sabiduría


En el interior de Paraíba, junto a Pedra do Ingá, conocí a un hombre analfabeto, sin más cultura que la tradición oral. En la media hora que pasamos juntos, me dijo cosas que sólo los maestros dicen.

En un ático, en New York, cerca del Central Park, conocí a un hombre que hablaba cinco idiomas. Tenía una amplia biblioteca sobre magia. Nos pasamos tres horas conversando, y me dijo cosas que cualquier principiante sabe.

Otro día, conocí a otro hombre analfabeto y sin cultura, que en media hora no dijo más que tonterías.

Y, pasado un tiempo, conocí a otro hombre culto, políglota, que me abrió los ojos a cosas importantísimas.

Esto también ya le pasó a usted. Por lo tanto, el tratar de establecer reglas, preconceptos y patrones, no hace más que empobrecer nuestra búsqueda. Estar abierto a la vida es estar abierto al prójimo. Cuando nuestro ángel usa a la gente para darnos algún mensaje, no la elige de la manera que nosotros la elegimos.

De la manzana


El cineasta Rui Guerra me contó que una noche hablaba con algunos amigos en una casa del interior de Mozambique. El país estaba en guerra, de modo que faltaba de todo: desde gasolina hasta iluminación. Para pasar el rato comenzaron a conversar sobre lo que les gustaría comer. Cada uno fue diciendo su plato preferido, hasta que llegó el turno de Rui. “Me gustaría comer una manzana,” dijo, sabiendo que era imposible encontrar frutas a causa del racionamiento.

En ese preciso momento escucharon un ruido. ¡Y una manzana, reluciente y suculenta, entró rodando en la sala y se detuvo frente a él!

Más tarde, Rui descubrió que una de las mozas que allí vivían había ido a buscar frutas al mercado negro. Al volver, cuando subía la escalera, dio un tropezón y se cayó; la bolsa de manzanas, que había comprado, se abrió y una de ellas fue rodando hacia adentro.

¿Coincidencia? Bueno, esta sería una palabra demasiado pobre para explicar esta historia.

De los niños


Inmediatamente después de la publicación de El Alquimista tuve que pasar un tiempo fuera de Brasil. Vivía preocupado por lo que podría suceder con el libro por aquí.

Un día cayó en mis manos el texto que iba a mostrarme el camino. Y me encontré nuevamente conmigo mismo.

“Si realmente fuera usted un niño, un verdadero niño, en lugar de preocuparse por lo que no puede hacer, contemplaría la Creación en silencio. Y se acostumbraría a mirar con tranquilidad el mundo, la naturaleza, la historia, el cielo.

Si realmente fuera usted un niño, estaría en este momento cantando aleluyas por las cosas que tiene adelante. Y —libre de tensiones, de miedos y de preguntas inútiles—, aprovecharía este tiempo para esperar, curioso y paciente, el resultado de las cosas en las que tanto amor invirtió.”

De la insistencia


En 1989, estando en los Pirineos, vi una tarjeta postal que decía “Capilla de Gez.” Abrí el mapa, vi que estaba cerca del monte Gez y resolví escalarlo para conocer la iglesia. Se me puso en la cabeza que la ciudad estaba en lo alto, del otro lado de la montaña.

Durante horas subí por los caminos más duros posibles. Sólo cuando me encontraba a cien metros de la cima, me di cuenta de dos cosas: a) estaba perdido; b) no había ciudad alguna en lo alto del monte (más tarde descubrí que la capilla estaba abajo).

Casi me muero esa tarde. ¿De dónde saqué la idea de la ciudad? ¿Por qué no desistí cuando vi que no había camino alguno?

A veces nos confundimos con ciertas cosas, y sólo descubrimos el error demasiado tarde. Por eso siempre es bueno recordar la frase de Goethe:

“Nadie consigue engañarnos mejor que nosotros mismos.”

Del árbol


Una vez caminaba yo con mi maestro por un campo cerca de Cabo Frío. Él me decía: “¡Mira allí una bromelia!.” Y más adelante: “¡Mira una orquídea!.”

Mis ojos no estaban acostumbrados al milagro de las cosas pequeñas. Todo lo que veía delante de mí era una confusión de plantas verdes. Al poco rato de caminar con él, aprendí a educar la vista y a buscar la planta que quería.

Lo mismo ocurre con las Señales de Dios, la manera como Él trata de ayudarnos a dirigir nuestras vidas. Sólo un ojo entrenado logra verlas. Hoy —aunque aún cometo errores— estoy más acostumbrado a distinguir en el escenario delante de mí la caligrafía de Dios. Así como la belleza de la orquídea se destaca para aquellos que saben que existen las orquídeas, las Señales se muestran a todos aquellos que tienen el valor de descifrarlas.

William Blake decía: “El tonto no ve el mismo árbol que ve el sabio.” Me costó comprender esto, pero terminé por aprenderlo.

La conversión


Conocí a Regina Sylvia en la época hippie, cuando nuestras mentes vivían pobladas de dioses astronautas y platos voladores. Regina recorrió muchos caminos esotéricos y místicos. Hoy está en Pirenópolis (Goiás), donde dirige una comunidad cristiana que se dedica a la devoción de María.

“La conversión no es solamente un momento, sino un trabajo de toda la vida,” dice ella. “Porque hace falta estar siempre comprendiendo lo que el corazón quiere manifestar. Si dejamos de escuchar a nuestro corazón, la conversión también cesa. La palabra “conversión” viene de “metanoia,” que en griego quiere decir “cambio de mentalidad.” Dios nos da la conversión por la gracia y nosotros le retribuimos con acciones. No es un camino fácil: el trabajo es semejante al de transformar un desierto en un huerto; pero si la gente lo permite, el Espíritu Santo se hace cargo de esto.”

De la vida


Tal vez usted diga: “En fin, mi vida no va exactamente de acuerdo con mis expectativas.”

Si, en cambio, la vida le preguntara: “¿Qué has hecho tú por mí?,” ¿cuál sería su respuesta?

No sirve querer acortar el camino: es necesario equilibrar el Rigor y la Misericordia, la disciplina y la entrega. Nada se da sin esfuerzo, ni siquiera los milagros. Para que un milagro tenga lugar es necesario tener fe. Para tenerse fe es necesario vencer la barrera de los prejuicios. Para derrumbar barreras hace falta tener coraje. Para tener coraje es necesario dominar el miedo. Y así sucesivamente.

Vamos a hacer las paces con nuestros días. Es necesario no olvidar que la vida está de nuestro lado. También ella quiere mejorar. Vamos a ayudarla.

De la corrupción


Cuidado, porque los símbolos pueden transformarse en trampas.

El libro Cántico para Leibowitz está situado en el futuro lejano, mil años después de la destrucción de la civilización actual. Sus habitantes usan viejos cables de computadoras enrollados en el cuello porque —según la tradición— esos cables contenían sabiduría.

Jorge Luis Borges también habla de la transformación de los símbolos: la cruz, un instrumento de tortura, pasó a ser un instrumento de fe. La flecha asesina hoy en día sólo sirve para indicar una dirección.

Una leyenda zen cuenta la historia de un maestro que siempre mandaba atar su gato porque molestaba la meditación de los discípulos. El tiempo pasó, el maestro murió. El gato también murió y llevaron otro. Cien años después, alguien escribió un tratado que fue sumamente elogiado, sobre la importancia de tener un gato atado durante la meditación.

Los pasos del camino espiritual


La tradición oral señaló los diez pasos del camino espiritual.

La inquietud: la persona se da cuenta de que necesita cambiar de vida, ya sea por tedio o por sufrimiento.

La búsqueda: toma la decisión de cambiar. La búsqueda se da con libros, cursos, encuentros.

La decepción: aparecen los cruces de caminos. Aquel que busca percibe los problemas y defectos de quienes le enseñan. Por más que cambie de corriente filosófica, religión o sociedad secreta, siempre se encuentra con los problemas clásicos: la vanidad y la búsqueda de poder.

La negación: es común abandonar el camino después de constatar que quienes lo transitan todavía no han resuelto sus problemas.

La angustia: el camino fue abandonado, pero quedó plantada una semilla: la fe. Y crece día y noche. La persona se siente incómoda, con la sensación de que descubrió y perdió.

La vuelta: por culpa de otra ruptura seria (una tragedia, un éxtasis, etc.) la persona descubre que su fe está viva. Y la fe, si está bien cultivada, resiste cualquier decepción.

El maestro: el momento más peligroso. Los maestros no son más que personas con experiencia. El camino es individual, pero –en ese momento- puede desvirtuarse y volverse colectivo.

Las señales: el camino se muestra por sí mismo. A través de las señales, Dios muestra lo que se necesita saber.

La noche oscura: se realizan las Elecciones. La persona cambia su vida y da sus pasos a pesar del miedo.

La comunión: es el momento en que, como decía San Pablo, la propia Divinidad pasa a habitar la persona. El misterio de los milagros se manifiesta en toda su maravilla y grandeza.

Alejandro Magno, el pan y las mujeres


Los ejércitos de Alejandro Magno se preparaban para tomar una ciudad en África. Pero las puertas se abrieron, sin resistencia; la población era casi toda femenina ya que los hombres habían muerto en los combates contra el Conquistador.

En el banquete de la victoria, Alejandro pidió que le llevasen pan. Una de las mujeres le acercó una bandeja de oro, cubierta de piedras preciosas, con un pedacito de pan en el centro. “No puedo comer piedras preciosas y oro; ¡lo que pedí fue pan!,” gritó. Y la mujer respondió: “¿Alejandro no tiene pan en su reino? ¿Tenía que venir a buscarlo tan lejos?”

Alejandro siguió con sus conquistas, pero —antes de partir de ese lugar— mandó grabar en una piedra: “Yo, Alejandro Magno, llegué hasta África para aprender de estas mujeres.”

La princesa


Llegué a New York y me enteré de que mi editora americana había hecho reservaciones en el clásico hotel Waldorf Astoria. Cuando la puerta del elevador se abrió a mi paso vi que estaba repleto de guardias con armas a la vista.

Descubrí por intermedio de la camarera que una princesa árabe se alojaba allí. Me hice miles de fantasías sobre cómo sería una princesa, hasta que un día la vi en uno de los corredores: era una señora gorda, fea, con los pies hinchados y un séquito que cuidaba cada uno de sus pasos.

La amiga que estaba conmigo pudo hablar con ella; supimos que la gente de seguridad no la dejaba salir a la calle, que soñaba con ir a un cine y que la primera extranjera con la que conversaba era mi amiga. Los guardaespaldas llegaron enseguida e interrumpieron la conversación, además de palparnos de armas por si llevábamos alguna escondida. Fue la única princesa de verdad que conocí en mi vida.

La hechicera y la bolsa


Uno de los rituales de iniciación de las hechiceras consistía en colocar a la novicia en una gigantesca bolsa que colgaban de un árbol. Durante toda la noche, mientras danzaban, las hechiceras hacían girar la bolsa.

Esta costumbre apareció de improviso, sin ninguna base en la tradición oral. Por eso, su validez es muy cuestionada. H. Muller, un estudioso de la Magia, arriesga una explicación:

“A medida que la bolsa va girando, la novicia pierde el sentido de la orientación. Ella trata de mantenerse de pie dentro de la bolsa, ¡pero la base es blanda! El espacio es gigantesco porque está oscuro. Al mismo tiempo es pequeño porque su mano puede tocar las paredes de la bolsa. Así, al eliminar por completo el sentido del tiempo y el espacio, está más abierta a una nueva percepción de la realidad.”

Salomón


Si usted considera que solamente usted está sufriendo, o amando, o desesperado, o aterrorizado; en fin, si usted cree que todo lo bueno y lo malo de la vida le acontece únicamente a usted, recuerde a Salomón:

“Generación va y generación viene, pero la tierra permanece siempre igual. Sale el sol, se pone el sol y de vuelta a su lugar, y nace de nuevo (...) Lo que fue y lo que ha de ser, lo que se hizo, eso mismo se volverá a hacer. ¿No hay nada nuevo bajo el sol?”

Salomón decía esto tres mil años atrás pero no para hacer que nos sintiéramos inútiles o repetitivos. Su intención era mostrarnos que en ningún momento estamos solos. Si Dios hizo que todas las generaciones que nos antecedieron encontrasen su rumbo, va a hacer la misma cosa por cada uno de nosotros.

Al final de cuentas, Él tiene milenios de experiencia con nuestros problemas.

Hacer un alto


No se olvide de que a veces es necesario hacer un alto. Cuando los pies están doloridos la mente se distrae y el cansancio empobrece la Búsqueda.

La tradición académica cuenta con un “año sabático”: cada siete años de trabajo, el profesor pasa un año lejos de la Universidad. Al salir de la rutina, le abre espacio a nuevos conocimientos.

En la antigüedad, los campesinos dividían su tierra en siete terrenos: cada año, uno de ellos quedaba abandonado, sin producir nada. En él crecía la mala hierba, los matorrales, todo lo que la naturaleza quisiera producir sin la interferencia del hombre. De esta manera la tierra cobraba nuevo vigor y era capaz, al año siguiente, de aceptar la semilla del agricultor.

Quien no hace un alto por su propia voluntad termina siendo paralizado por la vida. En la Búsqueda, como en todo lo demás, la acción y la inacción son de idéntica importancia.

La rebeldía


En Moscú, Luis Carlos Prestes —el más importante líder comunista brasileño— se preparaba para regresar a Brasil después de varios años de exilio. Su hijo —quien me contó esta historia—, decidió documentar en un film la partida del padre.

Prestes le prohibió que lo hiciera. Pero sabiendo que estaba frente a un acontecimiento histórico importante, el hijo llevó el equipo al aeropuerto y comenzó a registrar todo lo que ocurría. En un determinado momento, Prestes se dio cuenta de lo que estaba pasando; dejó a los amigos que lo rodeaban y fue hacia donde se encontraba su hijo.

“Yo pensé que iba a hacer el papelón más grande de mi vida,” me contó Luis Carlos Prestes hijo. “Pero él se puso frente a mí, me miró a los ojos, y me dijo:

‘Mis felicitaciones. Haz hecho precisamente lo que te prohibí y esto muestra tu valor. Espero que siempre te mantengas igualmente firme con los demás.’”

Las resoluciones


Judith se considera llena de defectos y decide mejorar. Pero no es su Leyenda Personal la que la empuja en este sentido; la sociedad dice que existe un modelo de crecimiento que es necesario seguir.

Al final del año, Judith hace una lista de decisiones para el año siguiente. Los primeros días de enero son fáciles; ella se atiene a la lista, hace cosas que había venido aplazando. En febrero, ya no tiene la misma disposición y la lista comienza a fallar. Cuando llega marzo, Judith ya había quebrado todas las promesas hechas en Año Nuevo y comienza a sentirse pequeña, incapaz y culpable, y así sigue hasta la última semana del año. Cuando —finalmente— esta semana llega, ella nuevamente hace las promesas y el ritual se repite.

No debemos tratar de mejorar en base a lo que los demás esperan de nosotros, Judith, sino descubrir lo que esperamos de nosotros mismos. Ahí no es necesario prometer nada porque cambiamos con placer y alegría.

Las caminatas


Dos hombres caminan por la playa. Uno de ellos lo hace porque, en virtud de ciertos problemas cardíacos, el médico le había recomendado los paseos matinales. El otro está ahí porque las caminatas son uno de los grandes placeres de su vida.

El hombre con problemas cardíacos comenta: “¡Cómo me gustaría que esto se terminara pronto! ¡Es aburridísimo caminar por la playa!” El otro no entiende el comentario; para él, las caminatas son algo placentero.

El hombre con problemas en el corazón podía sacar provecho de lo que le acontecía en su vida. Cualquier actividad tocada por el amor, es motivo de placer y júbilo.

Pero él no lo ve así; la caminata es un tratamiento médico, nada más. Por eso, su hora y media de alegría se transforma en un suplicio y un tormento.

Definiciones


Dos maestros indios y un grafiti definen el amor:

Osho: “Dar amor es la experiencia real, en el propio sentido de la palabra, porque usted se comporta como un emperador. Implorar amor es una experiencia de mendigo. No haga como los mendigos; sea siempre un emperador.”

Nisargadatta Maharaj: “El sufrimiento viene del deseo. Y el sentimiento de unidad nunca puede ser frustrado. El que se frustra es el deseo de reconocimiento. Como todas las cosas puramente mentales, este deseo es una trampa.”

Escrito en un paredón de Buenos Aires (y anotado por Fabiana Riboldi).: “Si amas a alguien, déjalo en libertad. Si vuelve, es porque lo necesitaba. Si no vuelve, es porque lo necesitaba.”

El monumento


“Mira qué monumento interesante,” dijo Robert.

El sol de finales de otoño comienza a descender. Estamos en Saãsbruck, en Alemania.

“No veo nada,” respondo. “Apenas una plaza vacía.”

“El monumento está bajo tus pies,” insiste Robert.

Miro para abajo: la calzada está hecha de lajas iguales, sin ninguna decoración especial. No quiero decepcionar a mi amigo, pero sigo sin ver nada más que aquella plaza.

Robert me explica:

“Se llama El Monumento Invisible. Grabado en la parte de abajo de cada una de estas piedras, está el nombre de algún lugar en el que fueron asesinados judíos. Artistas anónimos crearon esta plaza durante la Segunda Guerra y han ido añadiendo lajas a medida que se descubrían nuevos lugares de exterminio. Aunque nadie lo viera, aquí eran guardados los testimonios.”

El poder del comandante


Durante un congreso en Toulouse me presentan al traductor de mis libros al sueco. Descubro que sirvió como piloto para Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Después decidió mudarse para Recife, donde vivió más de veinte años.

Durante la comida me cuenta sus experiencias en los campos de batalla de Europa.

“En la guerra descubrimos la ilusión del poder. Un general puede comandar miles de hombres y sentirse el hombre más importante del mundo: pero esta sensación dura nada más que hasta el momento en que da la orden de ataque. A partir de ese momento, su poder desaparece por completo: pasa a estar en manos de soldados que nunca vio, de sargentos de quienes no sabe el nombre.

Un buen comandante sabe que el poder no existe. Su capacidad reside en transformar muchas voluntades diferentes en una voluntad única.”

La pregunta


“La sociedad logra perdonar al criminal, pero jamás perdona al soñador”, dijo Oscar Wilde. Sin embargo, la ley universal nos obliga a soñar. Es importante pensar siempre en esto.

Nunca deberíamos preguntar al otro: “¿Qué haces en la vida?” La pregunta de una persona sensible debería ser: “¿Estás siéndole fiel a tus sueños?”

Al decir esto colocamos en el aire la responsabilidad de una respuesta. Obligamos a que el otro reflexione sobre la importancia de sus movimientos. Forzamos una pausa en la confusión cotidiana y encaramos de frente la existencia.

Al preguntar, también se nos hace necesario responder.

Somos una manifestación del pensamiento de Dios. Él espera que nuestra vida sea digna de ello.

La experiencia


La experiencia es muy buena pero no lo es todo. Muchas veces la experiencia nos hace recurrir a soluciones viejas para problemas nuevos y nos quedamos dando vueltas sin entender que la vida es movimiento y que estamos siempre enfrentando nuevos desafíos.

En la antigua Grecia, un hombre encargado de los carros de guerra, llamado Gordio, hizo un nudo tan complicado que nadie podía deshacerlo. Nació entonces la leyenda: aquel que consiguiera desatarlo llegaría a ser el más poderoso de los hombres.

Varias personas probaron, hasta que el joven Alejandro pasó por el templo donde estaba el nudo. Trató, vio que no conseguiría desanudarlo y entonces tomó su espada y lo cortó por el medio. Pocos años más tarde, Alejandro se transformó en el supremo señor del más vasto imperio que el mundo haya conocido y se lo llamó Magno.

“Así no vale,” debe haber dicho alguien, al ver que Alejandro cortaba el nudo gordiano. ¿Pero por qué no? Si no fue más que una solución nueva para un problema viejo.

Cuidado


Cuidado con los pensamientos: estos se transforman en palabras.

Cuidado con sus palabras: estas se transforman en acción.

Cuidado con sus acciones: estas se transforman en hábitos.

Cuidado con sus actos: estos moldean su carácter.

Cuidado con su carácter: este controla su Destino.

Las lamparitas del árbol


En vísperas de Navidad, mi mujer y yo hacíamos un balance del año que estaba a punto de terminar mientras comíamos en el único restaurante de un poblado de los Pirineos. Yo comencé a quejarme de algo que no había ocurrido exactamente como lo hubiera deseado.

Mi mujer concentró su atención en un árbol de Navidad que decoraba el lugar. Creí que ya no estaba interesada en la conversación y cambié de tema: “Linda la iluminación de este árbol,” dije.

“Lo es, mas —si miras con cuidado— en medio de estas decenas de lamparitas hay una que está quemada. Te estaba escuchando y me pareció que, en lugar de ver el año como decenas de bendiciones que brillaban, fuiste a fijarte precisamente en la única lamparita que no daba luz alguna.”

El miedo a la felicidad


Por increíble que pueda parecer, mucha gente le tiene miedo a la felicidad. Para estas personas, correr el riesgo de andar de buenas con la vida significa cambiar una serie de hábitos y perder su propia identidad.

Por eso, muchas veces nos consideramos indignos de las cosas buenas que nos pasan. No aceptamos las bendiciones porque aceptarlas nos da la sensación de estarle debiendo alguna cosa a Dios. Además de esto, tenemos miedo de “acostumbrarnos” a la felicidad.

Pensamos: “Es mejor no probar del cáliz de la alegría porque cuando éste nos falte vamos a sufrir mucho.”

Por miedo a empequeñecer, dejamos de crecer. Por miedo a llorar, dejamos de reír.

La dulzura de las flores


En su epístola a los Corintios, San Pablo nos dice que la dulzura es una de las principales características del amor.

Nunca lo olvidemos: el amor es ternura. Un alma rígida no permite que la mano de Dios la moldee de acuerdo con Sus deseos.

Yo caminaba por una callecita del norte de España cuando vi a un campesino acostado en un jardín.

—El señor está aplastando las flores —le dije.

— No —respondió él. —Estoy tratando de absorber un poco de su dulzura.

El encuentro con los otros


Epictetus (55 d.C. – 135 d.C.) nació esclavo y llegó a ser uno de los grandes filósofos de Roma. Fue expulsado de la ciudad en el año 94 y creó —en el exilio— una manera de enseñar a sus discípulos. Acerca de los encuentros con otras personas, él solía comentar:

“Dos cosas pueden ocurrir cuando nos encontramos con alguien: o nos hacemos amigos o tratamos de convencer a esa persona de que acepte nuestros puntos de vista. Lo mismo ocurre cuando la brasa se toca con otro trozo de carbón: o comparte su fuego con éste o termina sofocada por su tamaño y se extingue.

Como, generalmente somos inseguros en el primer contacto, probamos con la indiferencia, la arrogancia o la excesiva humildad. El resultado es que dejamos de ser quienes somos y las cosas comienzan a transitar por un mundo desconocido que no es el nuestro.

Para evitar que esto acontezca, permita que sus buenos sentimientos se noten de entrada. La arrogancia generalmente es una máscara banal de la cobardía y termina impidiendo que cosas importantes florezcan en su vida.”

Junto a todas las cosas


Un explorador del monte Kanchenjunga comenta:

“Trepé a una de las montañas más altas de mi tierra y pude ver el mundo que la rodeaba. Mientras allí estuve, percibí más de lo que soy capaz de decir y comprendí más de lo que soy capaz de explicar.

Pero si en cambio tuviese que definir mejor lo que fueron esos momentos en el Kanchenjunga, yo diría: miradas desde lo alto, todas las cosas –ríos, árboles, nieve, hierba- parecían una sola y mi corazón se llenó de alegría porque yo era parte de todo aquello. Cuando comprendí esto, aunque me encontraba solo en lo alto de una montaña, entendí que estaba junto a todas las cosas de esta Tierra.”

El don de curar


Durante una de mis conferencias en Australia se me aproximó una joven. “Quiero contarle algo,” me dijo.

“Siempre creí tener el don de curar, pero nunca tuve el coraje de probar con nadie. Hasta que un día mi marido tuvo un dolor muy fuerte en la pierna izquierda, no había nadie cerca para ayudarlo y tomé la decisión —muerta de vergüenza— de colocar mis manos sobre su pierna y pedir que el dolor se le pasara.

Seguía sin poder creer que lograría ayudarlo. De repente, lo escuché rezar: ‘Permite Señor que mi mujer pueda ser mensajera de Tu luz, de Tu fuerza,’ decía él. Mi mano comenzó a entrar en calor y muy pronto los dolores pasaron.

Después le pregunté por qué había rezado de esa manera. El respondió que no recordaba haber dicho nada. Hoy tengo la capacidad de curar, gracias a aquellas palabras.”

Acerca de la reforma


Seis meses atrás, la compra de una máquina de lavar nueva nos obligó a que hiciéramos un nuevo sistema de canalización en la parte de servicio. Cambiamos el piso y hubo que pintar las paredes. Cuando terminamos, ese sector había quedado más bonito que la cocina.

Para evitar el contraste, reformamos la cocina. Sólo entonces nos dimos cuenta de que la sala estaba vieja. Refaccionamos la sala, que terminó por quedar mucho más acogedora que el escritorio, que ya tenía diez años.

Rehicimos el escritorio. En muy corto tiempo, la reforma se extendió por toda la casa.

Espero que lo que pasó en mi casa pase también en mi vida. Deseo estar abierto a las pequeñas novedades y que nunca dejen de llamarme la atención sobre todo lo que sea necesario cambiar.

De los niños


El monje Steindl-Rast comenta: “La hija de un amigo mío dijo un día ‘papá, ¿no es sorprendente que yo exista?’”

Los niños saben intuitivamente cuán milagrosa es la vida. Nosotros también lo sabemos porque todavía somos niños y éste, nuestro lado infantil, no morirá nunca. Podemos olvidar la ingenuidad, ponerle obstáculos, darle un aura de seriedad y respeto, pero ella continuará existiendo mientras vivamos. Es mejor aceptarla.

Cuando aprendemos nuestra lección de todos los días es necesario que combinemos el entusiasmo infantil con la sabiduría de la experiencia. Para esto hace falta “nacer de nuevo,” como decía Jesús.

Si hoy fuera el primer día de su vida, ¿qué estaría haciendo usted ahora?

Del profeta


¿Qué es un profeta? El filósofo Augusto de Franco define muy bien el arte de la profecía, que está dentro de cada uno de nosotros.

En su opinión, el profeta es capaz de prever una situación determinada, con los ojos de la fe. Cuando profetizamos, no estamos definiendo lo que va a acontecer; en realidad, nos damos la posibilidad a nosotros mismos —y a los demás— de escoger el mejor camino.

El profeta no adivina. Estimula la creación de un futuro. Sus oráculos, en vez de marcar una posibilidad, nos están previniendo de las consecuencias de nuestras actitudes y abriendo nuevas alternativas.

El hombre puede inventar su propio futuro, si opta por seguir su propio camino. Para esto es necesario que se libere de su pasado y de las elecciones que se hicieron en su nombre sin consultarlo.

Del amor


Un periodista perseguía al escritor francés Albert Camus pidiéndole que explicara detalladamente su trabajo. El autor de La Peste se negaba: “Yo escribo y que los demás juzguen según su entender.”

Pero el periodista no cejaba en su empeño. Una tarde consiguió encontrarlo en un café de París.

“La crítica viva considera que usted nunca aborda un tema profundo,” dijo el periodista. “Me gustaría preguntarle ahora: si tuviera que escribir un libro sobre la sociedad, ¿aceptaría el desafío?”

“Claro,” respondió Camus. “El libro tendría cien páginas. Noventa y nueve quedarían en blanco, puesto que no hay nada que decir. Y al final de la centésima página escribiría : “El único deber del hombre es amar.”

La ley del amor


San Agustín escribió que de la misma manera que una ciudad necesita de leyes para que sus habitantes puedan vivir todos juntos, el hombre necesita de una única ley, el Amor, para convivir en paz con el mundo espiritual. Otras personas también se refirieron a esta verdad universal:

“El verdadero amor no pide recompensa, pero merece una.” (San Bernardo de Clairvaux).

“El amor es Dios; y la muerte significa que una gota de este amor debe volver a su fuente.” (Tolstoi).

“Las verdades del amor son como el océano: transparentes únicamente en los lugares poco profundos.” (Patmore).

“Cuando más amamos a alguien, más penetramos en los misterios de todos.” (Jalal-Ud-Dim).

“Donde existe la posibilidad de odio, existe también la posibilidad de amor; basta hacer una elección.” (Tillich).

Del congreso


Es muy fácil juzgar a los demás cuando no nos ponemos en la misma situación en que ellos están. Un ejemplo de esto ocurrió en el Congreso del Partido Comunista, cuando Nikita Khruschev —para espanto del mundo— denunció los crímenes de Stalin.

Durante el discurso, alguien gritó:

—¿Dónde estabas, camarada Khruschev, mientras se masacraba a los inocentes?

—Póngase de pie el que dijo eso —pidió Khruschev.

Nadie se movió.

—Sea usted quien sea, su pregunta ya quedó respondida —continuó Kruschev. —En ese momento, yo estaba en la misma posición en que usted se encuentra ahora.

De la tradición


En prácticamente todas las religiones y culturas, la tradición de hospitalidad está presente. En los evangelios, Jesús comparte sus dádivas con los hombres y mujeres que lo acogen. En la tradición judaica, Lot se salvó por darle refugio a unos extranjeros que más tarde se revelaron como ángeles. En el Islam, Mohammed (Mahoma) dice: “Maldita la sociedad que no acepta huéspedes.”

Todos somos huéspedes de este mundo. Estamos aquí de paso entre una vida y otra, y no podemos llevarnos nada aparte de nuestras buenas acciones. La tradición de hospitalidad no puede morir en nuestras vidas, aun cuando exista —de vez en cuando— gente que abusa de nuestro techo y nuestro cariño. Siempre que acogemos a alguien, nos abrimos a la aventura y el misterio.

Del suicidio


Un psiquiatra amigo cuenta que —al contrario de la creencia popular, que le atribuye a la oscuridad la capacidad de deprimir a las personas— la mayor parte de los suicidios ocurren por la mañana. Es precisamente en el momento de despertarse que el depresivo se encuentra frente a su peor dificultad: la de enfrentar un nuevo día.

Esto nos lleva a considerar el antiguo dicho árabe: “El peor de todos los pasos es el primero.” Cuando estamos listos para una decisión importante, todas las fuerzas se concentran para evitar que sigamos adelante.

Ya estamos acostumbrados a esto. Es una vieja ley de la física: romper la inercia es difícil. Como no podemos cambiar la física, concentremos la energía extra y así conseguiremos dar el primer paso. Después el camino mismo ayuda.

De la flauta


Creo que buena parte de los lectores debe haber visto la película “Amadeus”: destrozado por la crítica musical de su época, que lo acusaba de superficial, Wolfgang Amadeus Mozart se consolaba sabiendo que al público le gustaba su arte y que lo apoyaba.

Su última ópera, “La Flauta Mágica,” muestra un Mozart de una levedad extraordinaria, en la que deja de lado por completo la filosofía siniestra que complica la vida. Para un amigo, el compositor explicó el porqué de tanta suavidad:

“La vida es permanente. No necesita de significados ocultos para mostrar su belleza y su eternidad. Dios no está en las torturas del alma o en las confusiones del pensamiento, sino en la capacidad que el hombre tiene —desde los tiempos más remotos— de mirar a las estrellas y sentirse conmovido.”

Del subterráneo


Terry Dobson viajaba en un subte de Tokio cuando un borracho entró y comenzó a insultar a todos los pasajeros. Dobson, que estudiaba artes marciales desde hacía algunos años, encaró al hombre. “¿Qué es lo que quiere?,” le preguntó el borracho. Dobson se preparó para atacarlo. En ese momento, un ancianito sentado en uno de los bancos, gritó: “¡Hey!”

“¡Voy a golpear al extranjero y después lo voy a golpear a usted!,” dijo el borracho.

“Yo también tengo la costumbre de beber,” dijo el viejo. “Con mi mujer nos sentamos todas las tardes y tomamos sake. ¿Usted tiene esposa?”

El borracho quedó desubicado y respondió: “No tengo mujer, no tengo a nadie. Sólo tengo vergüenza de mí.”

El viejo le pidió al borracho que se sentara a su lado. Cuando Dobson descendió, el hombre estaba llorando.

Del vacío


De vez en cuando se apodera de nosotros una sensación de tristeza que no conseguimos controlar. No importa en qué lugar estemos —en el trabajo, junto a la persona que amamos, en una fiesta— pero sin ninguna explicación, el mundo pierde su colorido y la vida esconde su magia.

En estos momentos —nos dice Karen Casey— nada mejor que mirar hacia el interior de nosotros mismos. Allí hay una criatura con miedo, que no sabe bien qué está haciendo aquí, porque casi no se la oye ni se la consulta. Vamos a ser tolerantes con esta criatura. Vamos a dejar que ella lleve las riendas por el tiempo que sea necesario, hasta que se sienta nuevamente amada.

En poco tiempo nuestros ojos volverán a brillar. Y a partir de ese momento, si no volvemos a perder contacto con esta criatura, no volveremos a perder el sentido de la vida.

De Papá Noel


Joseph Campbell nos dice: “El primer choque del hombre moderno con el mundo mágico tiene lugar cuando descubre que Papá Noel no existe.”

Campbell, uno de los más grandes estudiosos de mitología de nuestros tiempos, no estaba bromeando. Cuando nos damos cuenta de que toda la fantasía creada en torno a los regalos de Navidad era solamente el fruto de una tradición, nos damos cuenta de que todas las tradiciones son iguales. Si Papá Noel no existe, es posible que tampoco exista Dios o el ángel de la guarda o vida después de la muerte. Temerosos de una nueva desilusión, empobrecemos nuestro mundo y desconfiamos de cualquier milagro.

Ya no somos niños. Podemos convivir con las decepciones inherentes al propio camino espiritual. De hecho, este es un camino lleno de decepciones. Pero el que persiste llega.

Del cuidado con las palabras


Cuántas veces decimos de alguien: “Caramba, hace tiempo que no discuto con fulano.” O “Nunca más tuve una gripe.” Y de repente, al día siguiente, nos pescamos una gripe o discutimos con fulano.

Entonces llegamos a una conclusión: si hablamos de las cosas buenas que nos acontecen, esto nos traerá mala suerte.

Nada de eso. En realidad, el Alma del Mundo —antes de cualquier problema— siempre nos muestra cuánto tiempo pasamos sin habernos enojado por alguna cosa determinada. Ella quiere decirnos cuán generosa ha sido la vida hasta ese momento y cómo lo continuará siendo, si superamos con valentía el obstáculo.

Mantenga las palabras positivas en el aire. Ellas van a ayudarle a crecer ante cualquier dificultad.

De la sombra del hombre


Elie Wiesel, premio Nobel de literatura, escribe: “Dios es la sombra del hombre. Así como la sombra repite los movimientos del cuerpo, Dios repite los movimientos del alma.”

De esta manera, siempre existe una relación entre lo que hacemos y lo que recibimos a cambio. Si somos generosos, la “sombra de Dios” repite los movimientos que hicimos en beneficio de nuestro prójimo y nos los devuelve con una generosidad diez veces mayor. Si somos crueles, esta crueldad nuestra se refleja en el plano astral y también retorna.

Mucha gente justifica su propia infelicidad argumentando que está pagando ahora lo que hizo en vidas pasadas. Existen algunos raros casos en que esto sucede y, aun en estos casos, un verdadero acto de amor borra cualquier culpa. Debemos concentrarnos en movimientos de armonía, para que la sombra que proyectamos en el mundo espiritual sea siempre un acto de elogio a Dios.

De la mística


El texto que sigue es de Leonardo Boff:

“Captar a Dios es tenerlo en todas las dimensiones de la vida, no sólo en situaciones privilegiadas, como cuando se comulga o se reza. Hay que tener la experiencia de Dios siempre: al caminar por la calle, al respirar el aire contaminado, al disfrutar tomando una cerveza, al tratar de comprender un texto que estemos estudiando. Dios viene mezclado con todo esto; y cualquier situación es lo suficientemente buena para que lo podamos percibir y digamos: ‘Él está con nosotros.’

La clave del místico es tratar de ver lo que está por detrás de cada cosa, lo que la constituye y la sustenta. No quedar atrapado en lo superficial, sino hacer de todo un símbolo, una señal, un sacramento, una imagen.

Para aquel que tiene la experiencia de Dios, el mundo es un gran mensaje.”

De la realidad


Sartre dijo: “El hombre es aquello que decidió que debía ser.” A los veinte años, el famoso compositor mexicano Agustín Lara vio naufragar el navío en el cual viajaba. Durante horas, luchó contra las olas y le juró a Dios que, si lograba llegar a la playa, olvidaría el pasado y comenzaría una nueva vida.

Lara llegó a una playa de Tlacotalpan, Veracruz. Aunque nacido y criado en la ciudad de México, cumplió su juramento y comenzó a decir a todos que Tlacotalpan era su tierra natal.

En 1968, Lara conmemoró sus setenta años de vida. Varios periodistas fueron a la fiesta en Tlacotalpan y allí escucharon historias de viejos que habían jugado con Lara en su infancia y de las calles donde hizo sus primeras canciones. En el momento más importante de la fiesta, ¡el prefecto de Tlacotalpan le dio las llaves de la casa donde había nacido!

Del afecto


H. Bloomfield se enteró de que su padre había sido hospitalizado sorpresivamente:

“Mientras viajaba para New York pensaba que tenía la chance de hacer que esa visita fuera diferente de las demás. Siempre había tenido miedo de mostrar mi afecto, siempre había querido mantener la misma distancia prudente que mi padre había mantenido conmigo. Cuando lo vi en la cama, lleno de tubos, le di un abrazo. El se sorprendió. ‘Abrázame también, papá,’ le pedí. Él me había educado diciéndome que un hombre nunca demostraba sus sentimientos. Pero insistí. Papá levantó los brazos y me tocó. Ahí estaba yo, pidiéndole a mi padre que me mostrara cuánto me quería aunque yo ya lo supiese.”

Sentí sus manos en mi cabeza y —por primera vez— escuché las palabras que venían de su corazón, sin que sus labios jamás las hubieran pronunciado. ‘Te amo,’ me dijo. Y a partir del momento en que tuvo el coraje de mostrar su amor recuperó la voluntad de vivir.”

Del universo


“Maktub” significa: “estaba escrito.”

En 1991, El alquimista le fue ofrecido a la Maison Robert Laffont, una de las tres más importantes editoriales francesas.

Fue rechazado. Al año siguiente, nueva oferta: nuevo rechazo.

Anne, hija de Laffont, pasaba las fiestas en Ibiza, cuando encontró una copia del libro en inglés.

“¿Por qué no lo editamos?,” le preguntó al padre.

“Ya fue rechazado dos veces”, respondió Laffont.

Anne descubrió el motivo; la brasileña encargada de la selección ni lo había abierto, alegando que no había sido tenido en cuenta por la crítica. “Pues voy a editarlo,” dijo Anne. “Y haré lo mejor.”

Esa semana, con el libro elogiado por la crítica local, y ya en la lista de los más vendidos de Francia, Anne me habló por teléfono:

“Le mandé un regalo a la brasileña que rechazó su libro. Tres años atrás, no hubiera sido más que otra publicación perdida en medio de muchas otras. Esta vez fue mi desafío personal. ¡Maktub!”

Del retorno


Los lazos de amor crean una relación más fuerte de lo que suponemos. J. Rhine y Sara Feather, del Laboratorio de Parapsicología de la Universidad de Duke, recopilaron una serie de casos sobre las más diversas manifestaciones de esta relación, inclusive con los animales. He aquí uno de estos casos:

Un joven, Hugh Brady, acostumbraba cuidar de los palomos que vivían cerca de su casa. Cierta vez, encontró una de estas aves heridas; la curó, la alimentó y le colocó en la pata derecha una etiqueta con el número 167.

En el invierno siguiente, Hugh tuvo que ser operado de emergencia. Mientras se recuperaba, en un hospital lejos de su casa, escuchó que algo golpeaba la ventana. Le pidió a la enfermera que abriese; un palomo entró volando dentro del cuarto y se posó en el pecho del joven.

En la pata derecha llevaba la etiqueta con el número 167.

De la acción


Mahatma Gandhi luchó su vida entera y consiguió liberar a la India del dominio inglés. Cuando le dijeron que era uno de los hombres más grandes que había surgido en la historia universal, respondió:

“No tengo nada nuevo que enseñarle al mundo. La verdad y la no violencia son tan antiguas como las montañas. Todo lo que he hecho fue tratar de ponerlas en práctica en la escala más vasta que me fuera posible. Al hacerlo, más de una vez me equivoqué y aprendí de mis errores.

Los que crean en las verdades simples que he expuesto, sólo podrán propagarlas si viven de acuerdo con ellas. Estoy absolutamente convencido de que cualquier hombre o mujer puede realizar lo que yo realicé, si hiciera el mismo esfuerzo y cultivara la misma esperanza y la misma fe.”

De la botella


Cierta mañana, caminaba yo con un amigo argentino por el desierto del Mojave, cuando vimos algo que brillaba en el horizonte. A pesar de que nos dirigíamos a un “canyon,” cambiamos de ruta para ver qué era lo que emitía ese brillo. Durante casi una hora, bajo un sol cada vez más fuerte, nos dirigimos hacia allá y sólo logramos descubrir de qué se trataba cuando llegamos.

Era una botella de cerveza, vacía. Debía estar allí desde hacía años; la arena se había cristalizado en su interior. Como el desierto ya estaba muy caliente a esa hora, decidimos no ir hasta el “canyon.” Mientras volvíamos, yo pensaba: “¿Cuántas veces dejamos de seguir nuestro camino, atraídos por el falso brillo del camino de al lado?”

Aunque también pensaba: “Si no hubiera ido hasta ahí, ¿cómo iba a saber que se trataba de un falso brillo?”

De la negación


Josiah Royce (1855-1916), en el momento en que moría alguien muy querido, escribió las siguientes palabras:

“Nosotros morimos, mientras que Tú permaneces.

La eternidad es Tuya.

Y, en la eternidad, seremos recordados no como puntos insignificantes de este mundo real sino como hojas frescas que, en un cierto momento, florecieron en las ramas del Árbol de la Vida.

Estas hojas caen de los árboles, pero no caen en el olvido, Porque Tú siempre Te acordarás de ellas.”

Las razones del corazón humano


Muchas son las emociones que mueven el corazón humano cuando decide dedicarse al camino espiritual. Puede ser un motivo “noble” como la fe, el amor al prójimo o la caridad. O puede ser nada más que un capricho o miedo a la soledad o curiosidad o el deseo de ser amados.

Nada de esto importa. El verdadero camino espiritual es más fuerte que las razones que nos llevaron a él. En corto tiempo, se impone con amor, disciplina y dignidad. Llega un momento en que miramos atrás y recordamos el inicio de nuestra jornada. Entonces nos reímos de nosotros mismos. Fuimos capaces de crecer, aunque nuestros pies recorrieran el camino por motivos que creíamos importantes, pero que en realidad eran fútiles.

El amor de Dios fue más fuerte que las razones que nos llevaron hasta Él.

La construcción de nuestra catedral


En la Edad Media, las catedrales góticas eran construidas por varias generaciones. Este esfuerzo prolongado ayudaba a los participantes a organizar el pensamiento, a agradecer y a soñar.

Hoy el romanticismo acabó; la construcción ya no es más que un negocio. Sin embargo, el deseo de construir permanece. Mucha gente dedica el final de su vida a terminar una casa, cortar el pasto, levantar una capilla.

También necesitamos ejercer este derecho y si no tenemos una catedral, reconstruiremos nuestro cuarto; eso nos va a ayudar a conocer mejor quiénes somos. Eso nos va a hacer modificar una serie de cosas que nos están incomodando.

Tanto las iglesias como los hombres sufren el desgaste del tiempo y por eso nunca se puede detener la reconstrucción.

La energía de los adversarios


Un Guerrero de la Luz no sólo cuenta con sus fuerzas, sino también con la energía de sus adversarios.

Al iniciar el combate, todo lo que él posee es su entusiasmo y los golpes que aprendió durante su entrenamiento. A medida que la pelea avanza, el guerrero percibe que el entusiasmo y el entrenamiento no son suficientes para vencer: hace falta la experiencia.

Entonces abre su corazón al Universo y reza. Pide a Dios que lo inspire, de modo que cada golpe del enemigo sea también una lección de defensa para él.

Los compañeros comentan: “Es supersticioso.”

El guerrero no responde a estas provocaciones. Sabe que, sin inspiración o experiencia, no hay entrenamiento que dé resultado.

La importancia de Juan el Bautista


Un hombre deja la vida mundana y se transforma en ermitaño. Lejos del centro de las decisiones políticas de la época, pasa años de su vida tratando de preparar el camino para el Mesías. Se define como “la voz que clama en el desierto.”

En un primer momento, podemos pensar que dicho hombre —Juan el Bautista— no tuvo influencia alguna en su tiempo. Pero la historia nos muestra lo contrario: su presencia fue fundamental en la vida de Jesús.

¿Cuántas veces nos sentimos como voces que claman en el desierto? Nuestras palabras parecen perderse en el viento, nuestros gestos aparentemente no despiertan ninguna reacción.

Juan persistió; nosotros debemos hacer lo mismo. Las voces que claman en el desierto son las que escriben la historia de su tiempo.

Perfección y creación


La frase es de Pablo Picasso: “Dios es, sobre todo, un artista. Él inventó a la jirafa, al elefante, a la hormiga. La verdad, nunca se preocupó por seguir un estilo. Simplemente fue haciendo todo aquello que tenía ganas de hacer.”

Es nuestra voluntad de andar la que crea el camino. Sin embargo, cuando comenzamos a caminar, un gran pavor hace presa de nosotros, como si estuviésemos obligados a hacer todo perfecto. Al final, como cada jornada es única, nos preguntamos quién habrá inventado la frase “hacer todo perfecto.”

Si Dios hizo a la jirafa, al elefante y a la hormiga, ¿por qué tenemos que seguir un modelo?

El compromiso con nuestras decisiones


Carlos Castañeda dijo: “El gran poder del ser humano está en su capacidad de tomar decisiones.” Cada decisión que tomamos nos permite modificar el futuro y el pasado.

Elegir, sin embargo, significa comprometerse. Cuando alguien hace una elección, debe recordar que el camino que ha de recorrer será muy diferente del camino que ha imaginado. Elegir significa: “Bien, yo sé dónde quiero llegar.” A partir de ahí, es preciso prestarle atención al mundo porque una decisión genera una serie de eventos inesperados.

Comprométase con su decisión, ya sea en el campo afectivo, profesional o espiritual; todo lo que su decisión necesita es de su voluntad para seguir adelante. Por lo demás, ella misma lo tomará de la mano y le mostrará el mejor camino.

Mohammed Allí y George Foreman


Yo estudiaba en la Escuela de Teatro cuando el ex-campeón de peso pesado Mohammed Ali resolvió luchar con George Foreman por la reconquista del título. No sé por qué razón el box era un deporte muy popular entre los actores y directores de la escuela (creo que alguien, políticamente aceptable, había dicho algo así como “en el box los cuerpos dialogan de verdad” y todos habíamos quedado fascinados al oírlo).

El día de la pelea, uno de los profesores de la escuela me llamó: “Mohammed Ali va a ganar,” me dijo.

“No creo,” le respondí. Al final de cuentas, George Foreman nunca perdió una pelea en toda su vida.”

“Justamente por esto,” replicó el profesor. “Quien ya estuvo en la lona alguna vez, está mucho más preparado para vencer, que aquel que nunca perdió.”

Algunas horas más tarde, Ali recuperó por segunda vez su título.

Hoy, entre ayer y mañana


Existen únicamente dos días durante los cuales es imposible hacer cosa alguna: ayer y mañana. El resto —o sea, hoy— nos da todas las herramientas necesarias para conseguir aquello que deseamos.

La magia está llena de cosas como “volver a vidas pasadas,” o “profecías sobre el futuro que nos espera.” Yo, por curiosidad, ya vi dos encarnaciones pasadas. Pero la experiencia no me sirvió de nada (tal vez haya reforzado un poco mi fe en la Eternidad, pero eso fue todo). Renacer para el presente: esto es lo que necesitamos hacer todos los días.

Como dijo Albert Einstein: “Cien veces por día recuerdo que mi vida interior y mi vida exterior dependen del trabajo que otros hombres están haciendo ahora. Por esa razón, necesito esforzarme para retribuir por lo menos una parte de esta generosidad y no puedo dejar ningún minuto vacío.”

Los pedazos de mí mismo


Es muy importante saber que anduve esparciendo pedazos de mí por el mundo. Me corté las uñas en Roma, el pelo en Holanda y Alemania. Vi chorrear mi sangre en el asfalto de New York y tres veces mi esperma cayó en un campo cerca de Tours. Regué muchos árboles de España con mi orina, escupí en el Canal de la Mancha y en un fiordo de Oslo. Una vez, me arañé el rostro con una cerca en Budapest. Mis pedazos, generados por mí y que jamás veré de nuevo, hacen que yo sea parte de los lugares por donde anduve, de los paisajes que vi y que me conmovieron.

De esta manera, en mi próxima encarnación, siempre habrá cerca de mí alguna cosa que me resulte familiar.

Sembré en distintos lugares de la tierra porque no sé dónde iré a renacer un día.

La cura del adiós


“Vivir es estar siempre preparado para decir adiós,” dijo un amigo mío, en el aeropuerto. Vamos caminando de un lado a otro, mientras aguardamos la hora de mi vuelo.

“Sin embargo” —continúa mi amigo— “la naturaleza es sabia. Cura el alma de la misma manera en que cura el cuerpo.

Pasamos por tres estadios de dolencia, de adiós. El primero es la negación: ¡esto no es cierto! ¡Una cosa así jamás podría ocurrirme!

Después viene la desesperación, la indignación: ¡era verdad! ¡Pero esto jamás podía pasarme a mí!

Finalmente, viene la aceptación: bien, es cierto, sucedió, ¡ahora es preciso seguir adelante!

Si viviéramos cada una de estas etapas sin vergüenza, sin tratar de acortar camino, la Naturaleza se encargaría de curar la herida. Pero esta precisa del mismo ingrediente que es necesario para curar los males del cuerpo: tiempo.”

Aprender magia


Aquel que quiere aprender magia debe comenzar por mirar a su alrededor. Dios puso frente a los hombres todo lo que quiso decirles. Basta con prestar atención; esto es lo que se llama la Tradición del Sol.

Todos nosotros poseemos la misma capacidad de entendimiento pero necesitamos creer en las revelaciones que nos trae la vida cotidiana.

La Tradición del Sol es democrática: no fue hecha para los estudiosos o los puros, sino para el común de la gente. El poder está en todas las pequeñas cosas que forman parte del camino de un hombre; el mundo es un salón de clases, el Amor Supremo sabe que usted está vivo y le va a enseñar.

En algún lugar, un sitio en el que usted tal vez no haya reparado hasta este momento, está la respuesta que quería, el milagro que usted precisaba. Para que este milagro ocurra, basta con prestar atención.

La sinrazón de la coherencia


No trate de ser coherente todo el tiempo. Al fin de cuentas, ¿no nos dice San Pablo que “La sabiduría del mundo es locura ante los ojos de Dios”?

Ser coherente es necesitar usar siempre la corbata que combine con las medias. Es estar obligado a mantener, mañana, las mismas opiniones que usted tiene hoy. Y el movimiento del mundo, ¿dónde queda?

Mientras que usted no perjudique a nadie, cambie de opinión de vez en cuando y caiga en la contradicción, sin avergonzarse por ello; usted tiene este derecho. No importa lo que los demás vayan a pensar porque ellos van a pensar, de cualquier manera.

Por eso, relájese. Deje que el Universo se mueva a su alrededor y descubra la alegría de ser una sorpresa para usted mismo. “Dios eligió las cosas locas del mundo para avergonzar a los sabios,” dijo San Pablo.

Explicar a Dios


No tiene sentido pedir explicaciones sobre Dios. Se pueden escuchar palabras bonitas pero, en el fondo, son frases hechas. De la misma manera que usted puede leer toda una enciclopedia sobre el amor y no saber qué es amar.

Nadie jamás va a conseguir probar que Dios existe o que no existe. Existen ciertas cosas en la vida que fueron hechas para ser experimentadas, jamás explicadas.

El amor es una de estas cosas. Dios —que es amor— es otra de ellas. La fe es una experiencia infantil, en ese sentido mágico que Jesús nos enseñó: “Es de los niños el Reino de los Cielos.”

Dios nunca va a entrar por su cabeza; la puerta que Él usa es la de su corazón.

Las tareas del camino espiritual


Es opinión generalizada entre los peregrinos de Compostela que todo puede ayudarnos en el camino espiritual. Tanto da juntar conchillas en una playa, pintar, conversar con los demás, escuchar música, inclusive realizar algún trabajo que aborrecemos.

Lo que importa no es lo que hacemos, sino el tipo de energía que ponemos en nuestra tarea. Si estamos simplemente perdiendo nuestro tiempo, jamás seremos recompensados por ello, excepto por algún vuelto que alguien nos dé.

Si, en cambio, focalizamos la mente en el centro de nosotros mismos, rezando en silencio mientras ejecutamos algo repetitivo, esa tarea aborrecida termina siendo una escalera hacia la luz.

Sólo cuando nos entregamos a nuestras tareas es que descubrimos el verdadero significado de lo que estamos haciendo.

La plegaria del asaltado


Matthew Henry es un conocido especialista en estudios bíblicos. Cierta vez, cuando volvía de la Universidad donde daba clases, fue asaltado. Esa noche escribió la siguiente plegaria:

“Quiero agradecer en primer lugar, porque nunca fui asaltado antes.
En segundo lugar, porque se llevaron mi billetera pero me dejaron la vida.
En tercer lugar, porque aunque se hayan llevado todo, no era mucho.
Finalmente, quiero agradecer porque yo fui al que robaron y no el que robó.”

La pedagogía de Dios


Dios acostumbra usar la soledad para enseñarnos sobre la convivencia. A veces usa la rabia para que podamos comprender el infinito valor de la paz. Otras veces usa el tedio, cuando quiere mostrarnos la importancia de la aventura y de dejarse llevar.

Dios acostumbra usar el silencio para enseñarnos sobre las responsabilidades de lo que decimos. A veces usa el cansancio, para que podamos comprender el valor del despertar. Otras veces usa la enfermedad, cuando quiere mostrarnos la importancia de la salud.

Dios acostumbra usar el fuego para enseñarnos acerca del agua. A veces usa la tierra, para que podamos comprender el valor del aire. Otras veces usa la muerte, cuando quiere mostrarnos la importancia de la vida.

Jesús y los ladrones


En uno de los momentos más trágicos de la crucifixión, uno de los ladrones se dio cuenta de que el hombre que moría a su lado era el Hijo de Dios.

“Señor, acuérdate de mí cuando estés en el Paraíso,” dijo el ladrón. “En verdad, hoy estarás conmigo en el Paraíso,” respondió Jesús, transformando a un bandido en el primer santo de la Iglesia Católica: San Dimas.

No sabemos por qué razón Dimas fue condenado a muerte. En la Biblia, él confiesa su culpa diciendo que fue crucificado por los crímenes que cometió.

Suponemos que debió haber hecho algo cruel, lo suficientemente tenebroso como para terminar de esa manera; así y todo, en los últimos momentos de su existencia, un acto de fe lo redimió y lo glorificó.

Recordemos este ejemplo cuando, por alguna razón, nos juzguemos incapaces de tener una vida espiritual.

La experiencia repetida


Un hombre inteligente nota que ciertos momentos se repiten.

Con frecuencia se encuentra ante los mismos problemas y enfrenta situaciones que ya había enfrentado con anterioridad.

Entonces se siente deprimido. Comienza a creer que es incapaz de progresar en la vida ya que las mismas cosas que vivieron en el pasado le están volviendo a acontecer.

“Ya pasé por esto,” le reclama a su corazón.

“Es verdad, ya pasaste,” le responde el corazón. “Pero nunca lo superaste.”

El hombre, entonces, pasa a tener conciencia de que las experiencias repetidas tienen una finalidad: enseñarle lo que todavía no aprendió. Y pasa a buscar una solución diferente para cada lucha que se repite hasta que logra la victoria.

La perseverancia


Dice el I Ching, el libro chino de las mutaciones humanas: “La perseverancia es favorable.”

Pero la perseverancia nada tiene que ver con la insistencia. Existen épocas de nuestras vidas en que los combates se prolongan más allá de lo necesario, hasta extenuar las fuerzas y disminuir el entusiasmo.

En estos momentos, vale la pena tener en cuenta que una guerra prolongada termina por destruir al mismo país victorioso. Entonces, nada mejor que una tregua antes de que nuestra energía quede tan desgastada que ya no consigamos recuperarla.

Perseveramos en nuestra voluntad, pero aguardamos una ocasión más favorable para volver a la lucha.

Porque un hombre de honor siempre vuelve a la lucha, no por obstinado, sino porque percibe que los tiempos ya han cambiado.

La importancia de las cicatrices


Cuando decidimos actuar suelen ocurrir algunos excesos. Dice un antiguo refrán culinario: “No se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos.”

Cuando decidimos actuar, es natural que surjan conflictos inesperados. Es natural que se produzcan heridas en el transcurso de estos conflictos. Las heridas pasan: sólo quedan las cicatrices.

Esto es una bendición; esas cicatrices se van a quedar con nosotros el resto de nuestra vida y van a sernos de mucha ayuda. Si en algún momento —por comodidad o por cualquier otra razón— la voluntad de volver al pasado fuera grande, bastará con que las miremos.

Las cicatrices nos van a mostrar las marcas de las esposas, nos van a recordar los horrores de la prisión y nos harán ir hacia adelante.

Conciencia, instinto y mecánica


Gurjeff (1877-1949) es un interesante personaje, responsable -entre otras cosas- del libro Encuentro con hombres notables. Aquí va un pequeño texto que utilizaba en sus clases:

“La fe consiente es libertad. La fe instintiva es esclavitud. La fe mecánica es locura.

La esperanza consiente es fuerza. La esperanza emocional es cobardía. La esperanza mecánica es enfermedad.

El amor consiente despierta el amor. El amor emocional despierta lo inesperado. El amor mecánico despierta el odio.”

El crepúsculo


Existe un momento del día que es difícil de observar con claridad: el crepúsculo.

Luces y sombras se encuentran y nada es del todo claro o del todo oscuro. En la mayor parte de las tradiciones espirituales a este momento se lo considera sagrado. La tradición católica nos enseña que a las seis de la tarde debemos rezar el Ave María. Según la tradición quechua, si nos encontramos con un amigo por la tarde y todavía seguimos con él a la hora del crepúsculo, debemos comenzar todo de nuevo, saludándolo otra vez con un “buenas noches.”

En el momento del crepúsculo, el equilibrio del planeta y del hombre se comprueba: Dios mezcla sombra y luz para ver si la Tierra tiene el coraje de continuar girando. Si la Tierra no se asusta con la oscuridad, la noche pasa y un nuevo sol vuelve a brillar.

La comunión del amor


El texto que sigue es de Thomas Merton, un monje trapense:

“La vida espiritual se resume en amar. Y el amor, claro está, significa más que sentimiento, más que caridad, más que protección. El amor es la identificación completa con la persona amada sin ninguna intención de ‘hacer el bien’ o ‘ayudar.’

Cuando se intenta hacer el bien a través del amor, es porque estamos viendo al prójimo como un simple objeto y nos estamos viendo a nosotros mismos como personas generosas, cultas y sabias. Esto, muchas veces, puede resultar en una actitud dura, dominante, brutal.

Amar es comulgar con quien se ama. Ama a tu prójimo como a ti mismo, con humildad, discreción y reverencia. Sólo así es posible entrar en el santuario del corazón ajeno.”

Los milagros


Ninguna religión logra sobrevivir si se apoya únicamente en milagros. Los milagros pueden ser el comienzo de un encuentro, pero la naturaleza humana enseguida se acostumbra a lo sobrenatural y pasa a tratarlo de manera displicente.

La búsqueda espiritual sobrevive porque existen personas capaces de aventurarse en los mares desconocidos. Claro que, además de valor, hace falta tener paciencia para escuchar los comentarios irónicos de aquellos que creen que la razón es capaz de resolver todos los problemas de los hombres.

Cierta vez, un productor de la televisión inglesa BBC fue a ver al padre franciscano Ángelus Andrew para exigirle una prueba de la existencia del cielo y del infierno.

La respuesta fue corta y directa: “Es muy simple: sólo basta morirse.”

Las etapas de la búsqueda espiritual


La búsqueda espiritual se divide en tres etapas: aceptar lo que somos, mejorar lo que somos y buscar la unidad con Dios. “La plegaria de reconciliación” nos ayuda a cruzar la primera etapa.

Vamos hasta un lugar que consideramos sagrado y donde podamos quedarnos solos. Allí, después de agradecer a Dios, comenzamos a decir en voz alta todo lo que consideramos como nuestro “lado oscuro.” A medida que avanzamos, comprobamos que —al contrario de lo que pensábamos— el coraje de mirar nuestros defectos nos proporciona una increíble sensación de libertad. Comenzamos a sentirnos más puros, más fuertes, más amados.

Oramos de esta manera siempre que nos sea necesario. Pero es preciso recordar las palabras de San Bernardo de Clairvaux: “Es bueno tener conciencia de nuestras faltas, pero esto no debe ser una preocupación constante porque podríamos caer nuevamente en la desesperación.”

La encrucijada


Del paganismo romano a los cultos afro-brasileños, de la mitología griega a las tradiciones indígenas americanas, la encrucijada siempre fue considerada un lugar sagrado. Es allí donde habitan algunos dioses y observan al viajante tomar una decisión.

Allí se concentran las dos grandes energías: el camino que se elegirá y el camino que se abandonará. Ambos están juntos en la encrucijada. Ambos se transforman en un sólo camino aunque sólo por un corto período de tiempo. El caminante puede descansar, dormir un poco, hasta incluso consultar a los dioses que moran en esas encrucijadas.

Mas nadie puede quedarse en ellas para siempre: una vez tomada la decisión, es necesario seguir adelante, confiar en el propio corazón.

Y olvidar el camino que no hemos escogido.

La plegaria de mirar fijo


Los monjes sufíes acostumbran mantener la mirada fija en un pozo de agua o en pequeños discos de bronce. Y rezan “la plegaria de mirar fijo”, que se divide en cinco etapas:

a) agradecer a Dios por el hecho de estar rezando y tratando de participar de Su gloria;

b) pedir que Él siempre nos muestre el mejor camino a seguir;

c) hacer una revisión del día anterior, tratando de ver esos momentos en que Dios quiso revelarse y no logramos reconocerlo;

d) pedir perdón por no haberlo reconocido;

e) hacer un acto de fe, diciendo que hoy estaremos atentos a Su presencia en nuestras vidas.

De marcas y cicatrices


Un fragmento de John Bunyam, autor del clásico Pilgrim’s Progress:

“Aunque haya pasado por todo lo que pasé, no me arrepiento de los problemas en que me metí porque fueron ellos los que me trajeron adonde yo quería llegar. Ahora, cerca ya de la muerte, todo lo que tengo es esta espada y la entrego a todo aquel que desee seguir su peregrinación.

Llevo conmigo las marcas y las cicatrices del combate: ellas son testigo de lo que viví y recompensas de lo que conquisté. Son estas marcas y cicatrices queridas las que van a abrir las puertas del Paraíso para mí.

Hubo épocas en que viví escuchando historias de bravura. Hubo épocas en que viví solamente porque necesitaba vivir. Pero ahora vivo porque soy un guerrero y porque quiero estar un día en compañía de Aquel por quien tanto luché.”

La persona que siempre soñó ser


Las condiciones ideales que usted está buscando no existen. Jamás se podrá eliminar un cierto número de defectos. El truco consiste en saber que, a pesar de todos esos defectos, usted es una persona extraordinaria.

Sí, usted se conoce muy bien, pero intente ir más allá de los límites a los cuales está habituado; sea —durante diez minutos por día— aquella persona que siempre deseó ser. Si el problema es la inhibición, fuerce una conversación. Si el problema es la culpa, siéntase aprobado. Si la dificultad es sentirse rechazado por el mundo, procure conscientemente atraer todas las miradas. Va a pasar por una que otra situación difícil, pero valdrá la pena.

Quien consigue ser lo que soñó durante diez minutos por día, ya está haciendo un progreso grande.

La sabiduría del ermitaño


El maestro Kais caminaba con sus discípulos por el desierto, cuando encontró un ermitaño que vivía allí desde hacía años.

Los discípulos comenzaron a acribillarlo a preguntas sobre el universo pero terminaron por descubrir que el hombre no poseía la sabiduría que parecía tener.

Al comentar esto con Kais, éste les respondió:

“Nunca consulten a un hombre preocupado, por mejor consejero que sea; no le pidan ayuda al orgulloso, por más inteligente que pueda ser. Pues las preocupaciones y la vanidad enturbian el conocimiento.

Sobre todo, desconfíen de aquel que vive en soledad; por lo general no está allí porque renunció a todo, sino porque nunca supo vivir con los demás. ¿Cuál es la sabiduría que podemos esperar de este tipo de gente?”

La primera cualidad


“La primera cualidad del camino espiritual es el coraje,” decía Gandhi. Y, según el monje tibetano Chögyam Trungpa, la primera cualidad del hombre valiente es luchar por aquello que pueda ser útil a toda la humanidad.

El mundo siempre parece amenazador y peligroso para los cobardes. Estos tratan de conseguir la seguridad mentirosa de una vida sin grandes desafíos y se arman hasta los dientes para defender aquello que creen poseer. Los cobardes son víctimas de su propio egoísmo y terminan construyendo las rejas de su propia prisión.

Pero los hombres y mujeres valientes proyectan su pensamiento mucho más allá de las paredes de su cuarto. Saben que, si no hacen nada por el mundo, nadie más lo hará. Entonces toman parte en el Buen Combate de la vida, aun sin entender del todo el porqué.

Los dos bolsos


Gilberto de Nucci tiene una excelente imagen con respecto a nuestro comportamiento. Según él, los hombres caminan por la faz de la Tierra en fila india, cada uno cargando un bolso adelante y otro en la espalda.

En el bolso de adelante colocamos nuestras cualidades. En el bolso de atrás guardamos todos nuestros defectos.

Por eso, durante la jornada de la vida, mantenemos los ojos fijos en las virtudes que poseemos, sujetas a nuestro pecho. Pero al mismo tiempo, sin ninguna piedad observamos en las espaldas del compañero que va adelante todos los defectos que posee.

Y nos juzgamos mejores que él sin darnos cuenta de que la persona que camina atrás está pensando la misma cosa de nosotros.

La sabiduría del Bagavad Gita


Adaptado del extraordinario “Bagavad Gita” (Capítulo II, 16-26):

“El hombre no nace ni muere nunca. Una vez que existe, jamás dejará de hacerlo porque es eterno y permanente.

Así como un hombre descarta las ropas usadas y comienza a usar ropas nuevas, el alma descarta el cuerpo viejo y asume otro cuerpo nuevo.

Pero el alma es indestructible; las espadas no pueden cortarla, el fuego no la quema, el agua no la moja, el viento jamás la reseca. Ella está más allá del poder de todas estas cosas.

Como el alma del hombre es indestructible, siempre sale victoriosa y por eso no debe lamentarse jamás.

Que tu objetivo sea tu acción y nunca la recompensa de ella.”

El ritmo de la vida


El gran escritor griego Nikos Kazantzakis (Zorba, el griego) cuenta que, cuando era niño, reparó en un capullo prendido de un árbol, de donde una mariposa se preparaba para salir.

Esperó algún tiempo pero —como se estaba demorando mucho— resolvió acelerar el proceso y comenzó a calentar el capullo con su hálito. La mariposa terminó saliendo, pero sus alas todavía estaban pegadas y terminó por morir poco tiempo después.

“Era necesaria una paciente maduración hecha por el sol y yo no supe esperar,” dice Kazantzakis. “Ese pequeño cadáver es, hasta el día de hoy, uno de los mayores pesos que llevo en la conciencia. Pero fue el que me hizo comprender lo que es un verdadero pecado mortal: forzar las grandes leyes del universo. Es necesario tener paciencia, aguardar la hora exacta y seguir con confianza el ritmo que Dios escogió para nuestra vida.”

Las ciudades-fantasma


En el desierto del Mojave es frecuente encontrarnos con las famosas “ciudades-fantasma”: construidas cerca de las minas de oro, quedaban abandonadas cuando todo el producto de la tierra ya había sido extraído. Habían cumplido su papel y no tenían más sentido.

Cuando paseamos por un bosque, también vemos árboles que —una vez que han cumplido su papel— terminaron por caer.

Pero, a diferencia de las ciudades-fantasma, ¿qué fue lo que pasó? Abrieron espacio para que la luz penetrase, fertilizando el suelo y sus troncos aparecen cubiertos de vegetación nueva.

Nuestra vejez va a depender de la manera en que vivamos el momento presente. Podemos terminar como una ciudad-fantasma, simplemente abandonados. O por el contrario, como un árbol generoso que continúa siendo importante, aún después de haber caído.

La regla de oro


Durante una comida en Kyoto, el profesor coreano Tae-Chang Kim analiza las diferencias entre el pensamiento occidental y el oriental:

“Ambas civilizaciones tienen una regla de oro. En Occidente, ustedes dicen: haré a mi prójimo lo que me gustaría que me hicieran a mí. Esto significa: aquel que ama, es quien establece las condiciones en las cuales el amor se puede manifestar.

La regla de oro de Oriente parece casi igual: no le haré a mi prójimo aquello que no deseo que me hagan a mí. Pero esta regla parte de lo que la otra persona está sintiendo y aquí está toda la diferencia.

Para mejorar el mundo no impongamos una manera de demostrar nuestro amor pero sí evitemos la manifestación de nuestra rabia.”

El vaso de agua


“No hagas una tempestad en un vaso de agua.”

Generalmente, esta frase está bien aplicada: se exagera un momento de dificultad, cuando la vida es mucho más simple de lo que parece.

Sin embargo, nunca podemos juzgar el dolor ajeno. Un pequeño detalle –que en nada nos afectaría- puede servir de gatillo para una tormenta que se venía preparando en el alma de nuestro prójimo. En estos momentos, es preciso respetar el sufrimiento ajeno, ya que no podemos compararlo con el nuestro.

Okakura Kakuso dice al respecto: “Si consideramos qué mínima es la copa de alegría que tenemos en esta vida y qué pocas las lágrimas que podrían desbordarla y cómo –en nuestra inmensa sed- terminamos por beberla más rápidamente de lo que hubiéramos debido, jamás le echaríamos la culpa a nadie por hacer tempestades en lugares tan pequeños.”

La verdad del nigromante


Un aprendiz de ocultismo que conozco, con la esperanza de causarle una buena impresión a su maestro, leyó algunos manuales de magia y resolvió comprar los materiales indicados en los textos.

Con mucha dificultad consiguió un cierto tipo de incienso, algunos talismanes, una estructura de madera con caracteres sagrados escritos en un orden determinado. Al ver esto, el maestro le dijo:

“¿Tú crees que enrollándote cables de computadora en le pescuezo llegarás a tener la sabiduría de la máquina? ¿Tú crees que comprando sombreros y ropas sofisticadas vas a adquirir también el buen gusto y la sofisticación de quien los creó?

Los objetos y las imágenes pueden ser tus aliados, pero ellos –en sí mismos- no contienen ningún tipo de conocimiento. Practica primero la devoción y la disciplina, y todo lo demás vendrá por añadidura.”

Cosmología taoísta


Los taoístas cuenta que en el principio del tiempo, el Espíritu y la Materia se trabaron en combate mortal. Finalmente, el Espíritu triunfó y la materia fue condenada a vivir para siempre en el interior de la Tierra. Antes de que esto sucediera, sin embargo, su cabeza golpeó en el firmamento y dejó el cielo estrellado reducido a pedazos.

La diosa Niuka salió del mar, resplandeciente en su armadura de fuego; hirviendo los colores del arco iris en un caldero pudo colocar otra vez las estrellas en su lugar. Pero no consiguió encontrar dos pequeños pedazos y el firmamento quedó incompleto.

Según los taoístas, ahí comienza la dualidad del amor: siempre existe un alma que recorre la Tierra en busca de su Otra Parte para que ambas puedan colocarse en el pedacito vacío del cielo y, de esta manera, completar la Creación.

Los tres cachorros


Un campesino ganó tres cachorros, cuenta Marizete Lourenço. Contento, los amarró detrás de su carro de bueyes y decidió llevarlos a la hacienda donde vivía.

El primer can era empujado a la fuerza; mordía la cuerda, se caía, se arrastraba por el suelo. El segundo se resignó y siguió al carro de bueyes. El tercero, sin embargo, saltó dentro de la carreta, decidió dormir y llegó descansado a su destino.

“Cuando resistir es inútil, lo mejor es adaptarse,” dijo Marizete. “El más sabio es siempre aquel que consigue sacar provecho de las circunstancias inevitables y hacer que éstas funcionen a su favor.”

El camino de la verdad


“Ciertos discípulos viven preguntándome dónde está la verdad,” dijo Maal-El. “Entonces, un día, decidí señalar en una dirección cualquiera, tratando de mostrar que lo importante es recorrer un camino y no quedarse pensando en él.

Pero en lugar de mirar hacia la dirección donde yo apuntaba, los discípulos comenzaron a mirar mi dedo, tratando de descubrir dónde era que la verdad estaba escondida.

Cuando las personas buscan un maestro, deberían tratar de buscar experiencias que pudieran ayudarlas a evitar ciertos obstáculos. Pero, lamentablemente, la realidad es otra: están usando la ley del menor esfuerzo, tratando de encontrarle respuestas a todo.

Aquel que desea beneficiarse del esfuerzo del maestro para ahorrar sus fuerzas, nunca llegará a ningún lado y acabará por decepcionarse.”

El sabio y el mago


En su juventud, el ruso Gurdjeff —uno de los grandes magos de fines del siglo pasado— fue a encontrarse con un sabio en el desierto de Gobi.

Durante la comida y queriendo mostrar que estaba preparado para el camino espiritual, Gurdjeff comió arroz integral. Curioso, el sabio —que en ese momento se devoraba una pata de carnero— quiso saber por qué.

“Para purificar mi cuerpo.”

“Si sigue por este camino, va a terminar mal,” respondió el sabio. “De la misma manera que las flores de invernadero no resisten los lugares abiertos, si un joven acostumbra su organismo sólo a los alimentos puros, terminará siendo demasiado frágil.

El cuerpo y el alma necesitan de desafíos normales, no de teorías milagrosas.”

El sentido de la pérdida


Vamos por el mundo en busca de nuestros sueños e ideales. Muchas veces colocamos en lugares inaccesibles todo aquello que está al alcance de las manos. Cuando descubrimos el error, sentimos que perdemos tiempo buscando más o que ya perdimos. Nos culpamos por los pasos equivocados, por la búsqueda inútil, por el disgusto que causamos.

No es del todo así: aun cuando el tesoro estuviera enterrado en su casa, usted sólo podría descubrirlo al alejarse. Si Pedro no hubiera experimentado el dolor de la negación, no hubiera sido elegido como jefe de la Iglesia. Si el hijo pródigo no hubiese abandonado todo, jamás hubiera sido recibido con alegría por su padre.

Existen ciertas cosas en nuestras vidas que traen un sello que dice: “Sólo entenderás mi valor cuando me hayas perdido, y recuperado.” De nada sirve querer acortar este camino.

La leyenda del desierto


A veces nos irritamos con las reacciones exageradas de nuestro prójimo. Hacemos un pequeño comentario, una broma y he aquí que la persona comienza a llorar, o se enfada.

Una leyenda del desierto cuenta la historia de un hombre que iba a mudarse de oasis, y comenzó a cargar su camello. Puso los tapetes, los utensilios de cocina, los baúles de ropa. El camello soportaba todo el peso. Cuando iba saliendo se acordó de una hermosa pluma azul que su padre le había regalado.

Decidió buscarla y la puso sobre el camello. En ese momento, el animal se desplomó por el peso y murió.

“Mi camello no aguantó el peso de una pluma,” debe haber pensado el hombre. Muchas veces pensamos lo mismo de nuestro prójimo sin entender que nuestra broma puede haber sido la gota que derramó la copa del sufrimiento.

La prueba del alma


El padre cisterciense Marcos García, que vive en Burgos, España, comentaba:

“A veces Dios retira una determinada bendición para que la persona pueda comprenderlo más allá de los favores y los pedidos. Él sabe hasta qué punto puede probar un alma y nunca va más allá de este punto.

En estos momentos, jamás debemos decir ‘Dios me abandonó.’ El jamás lo hace; somos nosotros los que podemos, a veces, abandonarlo. Si el Señor nos pone por delante una prueba importante, también siempre nos otorga las gracias suficientes —yo diría, más que suficientes— para superarla.

Cuando nos sentimos lejos de Su rostro, debemos preguntar: ¿estamos sabiendo aprovechar lo que Él puso en nuestro camino?”

El poder de la escritura


Escribo siempre y creo que es muy importante escribir. Si pudiera dar un consejo, le diría a todo el mundo: escriba. Ya sea una carta, o un diario, o alguna que otra nota mientras habla por teléfono... pero escriba.

Escribir nos acerca a Dios y al prójimo.

Si usted quiere entender mejor su papel en el mundo, escriba. Trate de poner su alma por escrito, aunque nadie lo lea o, lo que es peor, aunque alguien termine leyendo lo que usted no quería. El simple hecho de escribir nos ayuda a organizar el pensamiento y ver con claridad lo que nos rodea. Un papel y un lápiz operan milagros: curan dolores, consolidan sueños, llevan a recuperar la esperanza perdida.

La palabra tiene poder. La palabra escrita tiene más poder todavía.

El camino de los sueños


Si lo que usted está recorriendo es el camino de sus sueños, comprométase con él. No deje la puerta de salida abierta con la disculpa: “En realidad no era esto lo que yo quería.” Esta frase —tan utilizada— guarda dentro de sí la semilla de la derrota.

Asuma su camino. Aunque deba dar pasos inciertos, aunque sepa que puede hacerlo mejor de lo que lo está haciendo. Si usted acepta sus posibilidades en el presente, con toda certeza va a mejorar en el futuro. Pero si niega sus limitaciones, jamás se verá libre de ellas.

Enfrente su camino con valor, no tenga miedo de la crítica de los demás. Y —sobre todo— no se deje paralizar por su propia crítica.

Dios estará con usted en las noches de insomnio y enjugará con Su amor las lágrimas ocultas. Dios es el Dios de los valientes.

La falta de fe


A veces criticamos la falta de fe de los demás. No somos capaces de entender las circunstancias en las que se perdió esta fe, ni tratamos de aliviar la miseria de nuestro hermano, lo que genera indignación e incredulidad en el poder divino.

El humanista Robert Owen (1771-1858), recorría el interior de Inglaterra hablando de Dios. En el siglo XIX era común usar la mano de obra infantil en trabajos pesados y Owen se detuvo una tarde en una mina de carbón donde un jovencito de doce años, desnutrido, cargaba una pesada bolsa de mineral.

“Estoy aquí para ayudarte a hablar con Dios,” le dijo Owen.

“Muy agradecido, pero no lo conozco. Debe trabajar en alguna otra mina,” le contestó el jovencito.

El martillo, el agua y la piedra


El monasterio a orillas del río Piedra está rodeado de una linda vegetación, verdadero oasis en los campos estériles de esa parte de España. Allí, el pequeño río se transformó en una caudalosa corriente y se dividió en decenas de cascadas.

Camino por ese lugar, escuchando la música de las aguas. De repente, una gruta debajo de una de las cascadas me llama la atención. Miro cuidadosamente la piedra gastada por el tiempo, las bellas formas que crea la naturaleza porque es paciente. Y descubro, escrito en una pequeña placa, los versos de R. Tagore:

“No fue el martillo el que dejó estas piedras perfectas, sino el agua con su dulzura, su danza y su canción.”

Donde la dureza sólo puede destruir, la suavidad consigue esculpir.

Carta al corazón


Estas son partes de una “Carta al Corazón,” que me fue dada por Vania Williamsom:

“Corazón mío: yo jamás te condenaré, te criticaré, o sentiré vergüenza de tus palabras. Sé que es un niño querido de Dios y Él te guarda en el medio de una luz radiante y amorosa.

Confío en ti, corazón mío. Estoy de tu lado, siempre pediré bendiciones en mis oraciones, siempre pediré para que tú encuentres la ayuda y el apoyo que necesitas.

Y te pido: confía en mí. Sabe que te amo y que procuro darte toda la libertad necesaria para que continúes latiendo con alegría en mi pecho. Haré todo lo que esté a mi alcance para que jamás te sientas incomodado con mi presencia a tu alrededor.”

Tácticas de los Guerreros de la Luz


Sun Tsu describió en el clásico El Arte de la Guerra, escrito hace tres mil años, algunas de las tácticas usadas por los Guerreros de la Luz.

“Hágale creer a su enemigo que no va a conseguir grandes recompensas si decide atacarlo. Así, usted disminuye le disminuye el entusiasmo.”

“No tenga vergüenza de retirarse provisoriamente del combate si percibe que el enemigo es más fuerte. Lo importante no es una batalla aislada, sino el final de la guerra.”

“Pero por el contrario, si usted se sintiera bastante fuerte, no tenga vergüenza de fingir debilidad. Esto hará que su enemigo pierda la prudencia y ataque antes de tiempo.”

“En una guerra, la capacidad de sorprender al adversario es la clave del éxito.”

La necesidad de compartir


Un peregrino está obligado a compartir con los demás todo lo que sabe del camino. Aquel que ayuda, siempre es ayudado.

Necesitamos compartir. Aunque sean informaciones que todos ya tienen, es importante no dejarse llevar por el pensamiento egoísta de llegar solo al final de la jornada. Quien hace esto descubre un paraíso vacío, sin ningún interés especial y en muy corto tiempo se estará muriendo de aburrimiento.

No podemos tomar las luces que iluminan el camino y llevarlas con nosotros. Si actuamos así, vamos a llenar nuestras mochilas con linternas pero –para hacerles lugar- tendremos que librarnos del alimento que nos da fuerzas para seguir adelante: el amor.

Si actuamos así, aún con toda la luz que llevemos, no vamos a contar con una buena compañía. ¿Qué se gana con esto?

El amor cura


Leí en el periódico acerca de una niña, en Brasilia, que fue brutalmente golpeada por los padres. Como resultado, perdió los movimientos del cuerpo y se quedó sin habla.

Internada en el Hospital de Base, fue atendida por una enfermera que le decía todos los días: “Yo te quiero.” A pesar de que los médicos aseguraban que no podía escucharla y que sus esfuerzos eran inútiles, la enfermera seguía repitiéndole: “Yo te quiero, no lo olvides.”

Tres semanas después, la niña había recuperado sus movimientos. Cuatro semanas después, volvía a hablar y a sonreír. La enfermera nunca concedió entrevistas y el periódico no publicó su nombre; pero queda aquí registrado, para que no lo olvidemos nunca: el amor cura.

Confiar en los demás


“Vivo creyendo en todo lo que las personas me dicen y siempre termino por decepcionarme,” oímos decir con frecuencia.

Es muy importante confiar en las personas; un Guerrero de la Luz no le teme a las decepciones porque conoce el poder de su espada y la fuerza de su amor.

Sin embargo, él sabe que una cosa es aceptar las señales de Dios y entender que los ángeles usan la boca de nuestro prójimo para darnos consejos; otra cosa es ser incapaz de tomar decisiones y estar siempre tratando de transferir la responsabilidad de nuestros actos a los demás.

Sólo podemos confiar en los demás si —primero— somos capaces de confiar en nosotros mismos.

El recurso del amor


Existen momentos en los cuales nos gustaría mucho ayudar a una determinada persona pero no podemos hacer nada. O las circunstancias no permiten que nos acerquemos, o la persona está cerrada a cualquier gesto de solidaridad y apoyo.

Entonces, nos queda el amor. En los momentos en que todo lo demás es inútil, todavía podemos amar sin esperar recompensas, cambios o agradecimientos.

Si conseguimos actuar de esta manera, la energía del amor comienza a transformar el universo a nuestro alrededor. Cuando esta energía aparece, siempre consigue realizar su trabajo.

“El tiempo no transforma al hombre. El poder de la bondad no transforma al hombre. El amor transforma.” dijo Henry Drummond.

La sabiduría del Guerrero de la Luz


El Guerrero de la Luz mira la vida con dulzura y firmeza. Sabe que está ante un misterio, cuya respuesta encontrará un día, pero que todavía es temprano para las respuestas. Entonces procura comportarse de acuerdo con sus convicciones y su fe.

De tanto en tanto, el guerrero se detiene y se dice a sí mismo: “Pero esta vida parece una locura.” Tiene razón. Entregado al milagro de lo cotidiano, percibe que no siempre es capaz de prever las consecuencias de sus actos. A veces hace sin saber qué esta haciendo, salva sin saber qué está salvando, sufre sin saber por qué está triste.

Sí, es una locura. Pero la gran sabiduría del Guerrero de la Luz consiste en elegir bien su locura.

El hombre inteligente y los enemigos


Un hombre inteligente siempre sabe reconocer a un enemigo más fuerte que él.

Si decide enfrentarlo, será inmediatamente destruido. Si acepta sus provocaciones, caerá en la trampa.

Entonces, decide usar el arte de la diplomacia para superar la difícil situación en que se encuentra. Cuando el enemigo actúa como un irresponsable, él hace lo mismo. Cuando lo llama para el combate, se hace el desentendido.

Los amigos le dicen: “Eres un cobarde.” Pero el hombre inteligente no escucha este tipo de comentario; sabe que toda la rabia y el coraje de un pájaro son inútiles frente un gato.

En situaciones como esta, es necesario tener paciencia. Pronto el enemigo se cansará y se irá a provocar a otros.

La disculpa del amor


Yo caminaba con dos amigos más por las calles de New York. De repente, en medio de esa conversación banal, los dos comenzaron a discutir y llegaron casi a los golpes.

Más tarde —ya con los ánimos más serenos— nos sentamos en un bar. Uno de ellos le pidió disculpas al otro:

“Me he dado cuenta de que es mucho más fácil herir a quienes están cerca de nosotros,” dijo. “Si tú hubieras sido un extraño, yo me habría controlado mucho más. Sin embargo, justamente por el hecho de ser amigos y de entendernos mejor que nadie, terminé siendo mucho más agresivo. Así es la naturaleza humana.”

Tal vez así sea la naturaleza humana. Pero vamos a luchar contra esto. No debemos dejar que el amor sea una disculpa para hacer todo lo que nos viene en gana. Es precisamente con las personas que están más cerca de nosotros que debemos ser más cuidadosos.

El filósofo y el rey


Al inicio de nuestra lucha para encontrar nuestro lugar en el mundo tenemos vergüenza de exponer nuestro punto de vista y terminamos haciendo cosas que no nos gusta hacer. Después de mucho esfuerzo, cuando conseguimos superar esta fase, caemos en el otro extremo: ya no le damos chance a los demás de que nos digan lo que piensan.

Generalmente pagamos un precio alto por esta actitud. El filósofo griego Anaxímenes (400 A.C.) se acercó a Alejandro el Grande para tratar de salvar la ciudad. “No importa lo que usted desee, tiene mi palabra de rey que no aceptaré,” dijo el todopoderoso Alejandro, antes de oír lo que el filósofo quería.

“Todo lo que deseaba era ver mi ciudad destruida,” respondió Anaxímenes. Y, de esta manera, la ciudad se salvó.

Celebrar los triunfos


Cuando usted gane, festéjelo: es importante un rito de pasaje.

Esta victoria costó momentos difíciles, noches de dudas, interminables días de espera. Desde los tiempos antiguos, celebrar un triunfo forma parte del propio ritual de la vida.

La conmemoración marca el final de una etapa. Si la evitáramos —por increíble que parezca, mucha gente lo hace por miedo a la decepción, a atraer el “mal de ojo,” etc.— no nos estamos beneficiando del mejor regalo que la victoria nos da: la confianza.

Celebre hoy sus pequeñas victorias de ayer, por más insignificantes que parezcan. Mañana, una nueva lucha se aproxima y le va a exigir toda su atención y esfuerzo: el recuerdo de una victoria siempre ayuda a ganar la siguiente batalla.

No perder la fe


Sin aviso, descubrimos un día que el mundo espiritual no despierta el mismo entusiasmo que antes.

Continuamos rezando y frecuentando los cultos, pero no conseguimos engañarnos; el corazón no responde y las palabras parecen no tener sentido.

Si esto es lo que le sucede a usted en este momento, sólo existe un camino posible: continúe practicando. Rece sus plegarias por obligación, o por miedo, o hágalo por el motivo que sea; pero continúe haciéndolo.

El ángel encargado de recoger sus palabras —y que es también responsable por la alegría que da la fe— está dando un paseo. Pero enseguida vuelve y sólo va a poder ubicarlo si escucha una plegaria o un pedido de sus labios.

Insista, aunque todo parezca inútil. En cualquier momento el ángel regresa y el simple movimiento de sus alas hará que todo vuelva a ser como antes.

El alma del hombre


Vivimos en un universo que es al mismo tiempo lo suficientemente gigantesco como para envolvernos y lo suficientemente pequeño como para caber en nuestro corazón. En el alma del hombre está el alma del mundo, el silencio de la sabiduría.

Todo en él funciona perfectamente bien y en armonía con la naturaleza. ¿Qué tiene de bonito el día de hoy? Procure darse cuenta, porque esta es la mejor imagen de usted mismo.

Dios está en nosotros cotidianamente y espera que notemos Su presencia: todas las mañanas, Dios nos muestra Su sonrisa.

Las nubes que están ocupando en este momento el cielo de su alma, van a pasar. El sol, que a veces se esconde por detrás de las nubes, no se va nunca.

Una plegaria


Ciertas religiones orientales piden a sus miembros que pasen el día entero cantando el mismo versículo sagrado. Quien haya visto algún grupo de Hare Krishna en la calle sabe que ellos repiten —sin parar— un corto fragmento de alabanza a Dios.

La “plegaria de la respiración” consiste en repetir mentalmente, durante la mayor parte del tiempo, una frase de la Biblia. De esta manera, logramos vaciar la mente de toda tensión y traemos hacia lo cotidiano la presencia de Dios.

Estoy haciendo esto, por ejemplo, cuando escribo estas líneas. Y en vez de distraerme o confundirme, ella está abriendo mi corazón para el Espíritu Santo. Aquel que se queja de que “no tiene tiempo para rezar” debe experimentar los efectos sorprendentes de esta plegaria.

Cómo es de fácil ser difícil


Cómo es de fácil ser difícil. Basta quedarnos lejos de los demás y, de esta manera, no vamos a sufrir nunca. No vamos a correr los riesgos del amor, de las decepciones, de los sueños frustrados.

Cómo es de fácil ser difícil. No necesitamos preocuparnos por llamadas telefónicas que debían hacerse, por las personas que pedían nuestra ayuda, por la caridad que era necesario hacer.

Cómo es de fácil ser difícil. Basta fingir que estamos en una torre de marfil y que jamás derramamos una lágrima. Basta pasar el resto de nuestra existencia representando un papel.

Cómo es de fácil ser difícil. Basta dejar ir lo mejor que existe en la vida.

Dios en nuestra vida


Por un lado, sabemos que es importante buscar a Dios. Por otro, la vida nos distancia de Él porque nos sentimos ignorados por la Divinidad o porque estamos ocupados con las cosas de todos los días.

Esto nos da un sentimiento de culpa muy grande: o pensamos que estamos renunciando exageradamente a la vida a causa de Dios o pensamos que estamos renunciando exageradamente a Dios a causa de la vida.

Esta aparente ley doble es una fantasía: Dios está en la vida y la vida está en Dios. Basta ser conscientes de esto para entender y aceptar mejor el destino. Si conseguimos penetrar en la armonía sagrada de nuestras cosas de todos los días, estaremos siempre en el camino correcto y cumpliremos nuestra tarea.

En el regazo de Dios


Los místicos dicen que cuando comenzamos nuestro camino espiritual queremos hablar mucho con Dios y terminamos por no escuchar lo que Él tiene que decirnos.

Por eso, siempre es aconsejable relajarse un poco. No es fácil: tenemos la tendencia natural a ir siempre a lo seguro y creemos que vamos a conseguir mejorar nuestro espíritu si trabajamos sin cesar.

Es importante probar, caer, levantarse y seguir adelante; pero vamos a dejar que Dios nos ayude. En medio de un gran esfuerzo, vamos a mirar hacia nosotros mismos, dejar que Él se revele y nos guíe.

Vamos a permitir que, de vez en cuando, Él nos cargue en su regazo.

Lo importante


San Juan de la Cruz enseña que en nuestra caminata espiritual no debemos buscar visiones o repetir declaraciones de otros que ya recorrieron este camino.

Nuestro único apoyo debe ser la fe porque la fe es algo límpido, transparente, que nace dentro de nosotros y no puede ser confundida.

El escritor J. Mendiola cuenta que cierta vez estaba conversando con un padre y le preguntó qué era la experiencia de Dios.

“No sé,” respondió el padre. “Todo lo que tuve hasta hoy fue la experiencia de mi fe en Dios.”

Y esto es lo más importante.

El resultado de las batallas


Raramente sabemos el resultado de una batalla cuando esta acaba. El movimiento de la lucha generó mucha energía por nuestra parte y existe un movimiento donde tanto la victoria como la derrota todavía son posibles.

El tiempo nos dirá si vencemos o perdemos pero sabemos que, a partir de ese momento, no se puede hacer más nada; el destino de esa lucha está en las manos de Dios.

En estos momentos, el Guerrero de la Luz no se queda preocupado con los resultados. Examina su corazón y pregunta: “¿Combatí el Buen Combate?”

Si la respuesta es positiva, él descansa. Si la respuesta es negativa, él toma su espada y comienza a entrenar nuevamente. Sabe que por estar vivo y por ser un guerrero, una u otra batalla lo estará esperando.

Y, si continúa luchando, siempre puede modificar un resultado en el pasado.

Liberar el alma


El siguiente texto es una adaptación de un poema de John Muir (1838-1914):

“Quiero dejar mi alma libre, para que ella pueda disfrutar de todos los dones que los espíritus poseen. Cuando esto sea posible, no trataré de conocer los cráteres de la luna, ni seguir los rayos del sol hasta su fuente. No procuraré entender la belleza de las estrellas o la desolación artificial del ser humano.

Cuando sepa cómo liberar mi alma, seguiré a la aurora y trataré de volver con ella a través del tiempo. Cuando sepa liberar mi alma, me sumergiré en las corrientes que desaguan en el océano donde todas las aguas se cruzan y forman el Alma el Mundo.

Cuando yo sepa liberar mi alma, trataré de leer la espléndida página de la Creación desde el principio.”

En algún lugar del Universo


¿Sabe usted exactamente dónde está ahora? Usted está en una ciudad, junto con mucha gente y en este momento existe una gran posibilidad de que muchas personas abriguen en sus corazones las mismas esperanzas y desesperanzas que abriga usted.

Sigamos: usted es un puntito microscópico en la superficie de una esfera. Esta esfera gira alrededor de otra, que a su vez está localizada en un lugarcito de una galaxia, junto con millones de esferas semejantes.

Esta galaxia forma parte de una cosa llamada Universo, llena de gigantescas aglomeraciones de estrellas. Nadie sabe exactamente dónde comienza y dónde termina eso que llaman Universo.

A pesar de todo, usted es lo máximo. Lucha, se esfuerza y trata de mejorar. Tiene sueños. Está alegre o triste por causa del amor. Si usted no se siente vivo, algo debe estarle faltando.

El poder de la palabra


De todas las poderosas armas de destrucción que el hombre ha sido capaz de inventar, la más terrible —y la más cobarde— es la palabra.

Los puñales y las armas de fuego dejan vestigios de sangre. Las bombas destruyen edificios y calles. Los venenos terminan por ser detectados.

Pero la palabra destructora consigue despertar el Mal sin huellas. Los niños son condicionados durante años por los padres, los artistas son criticados sin piedad, las mujeres son masacradas sistemáticamente por los comentarios de sus maridos, los fieles son mantenidos lejos de la religión por aquellos que se juzgan capaces de interpretar la voz de Dios.

Procure ver si usted está utilizando mal esta arma. Procure ver si está utilizando esta arma contra usted. Y no permita ninguna de estas dos cosas.

El secreto de la habilidad


Un guerrero de la luz necesita de paciencia y rapidez al mismo tiempo. Los dos errores mayores son: actuar antes de tiempo o dejar que la oportunidad siga de largo.

Para evitar esto, el guerrero trata cada situación que surge como si fuese única y no aplica fórmulas, recetas ni opiniones ajenas. Sólo él tendrá que responder por sus actos y tiene conciencia de su responsabilidad.

El califa Moauiyat le preguntó a Omr Ben Al-Aas cuál era el secreto de su gran habilidad política:

“Nunca me metí en ninguna cuestión sin haber estudiado previamente la retirada; por otro lado, nunca entré en nada para querer luego salir corriendo,” fue la respuesta.

La belleza de Dafne


El dios Apolo persigue a la ninfa Dafne por el bosque. Está enamorado de ella, pero Dafne —siempre cortejada por todos— no soporta más su propio brillo y pide ayuda a los dioses diciendo:

“Destruyan esta belleza que nunca me deja en paz.”

Los dioses escuchan el pedido de Dafne y la transforman en un árbol, un laurel. Apolo ya no logra encontrarla pues ahora ella no es más que una parte de la vegetación.

Dafne actuó de una manera que todos nosotros conocemos bien: muchas veces matamos nuestros talentos, porque no sabemos qué hacer con ellos. Es más cómoda la mediocridad de ser simplemente “uno más,” que la lucha por mostrar todo aquello que somos capaces de hacer con los dones que Dios nos dio.

El camino espiritual


En uno de sus raros escritos, el sabio sufí Hafik se refiere a la búsqueda espiritual.

“Acepte con sabiduría el hecho de que el Camino está lleno de contradicciones. Tiene momentos de alegría y de desesperación, de confianza y falta de fe. Así como el corazón crece y se encoge para continuar latiendo, el Camino muchas veces se niega a sí mismo, para estimular al viajante a descubrir lo que existe más allá de la siguiente curva.

Si dos compañeros de jornada están siguiendo el mismo método, esto significa que uno de ellos está en la pista falsa. Porque no hay fórmulas para comprender la verdad del Camino y cada uno debe correr los riesgos de sus propios pasos.

Sólo los ignorantes tratan de imitar el comportamiento de los demás. Los hombres inteligentes no pierden su tiempo con esto y desarrollan sus habilidades personales; saben que no existen dos hojas iguales en un bosque de cien mil árboles. No existen dos viajes iguales en el mismo Camino.”

La fortaleza de Jesús


Khalil Gibran dice que desde hace diecinueve siglos los hombres veneran la flaqueza en la persona de Jesús, pero que no comprenden Su fuerza. Jesús no vivió como un cobarde y no murió quejándose y sufriendo. Vivió como un revolucionario y fue crucificado como un rebelde.

“No fue un pájaro con las alas rotas, sino una tempestad violenta, que quebró todas las alas defectuosas. No fue una víctima de sus perseguidores y no sufrió en manos de sus verdugos, sino que fue libre frente a todos.

Jesús no bajó al mundo para destruir nuestras casas y, con sus piedras, construir conventos. Él quiso insuflar un alma nueva y fuerte, que hiciera de cada corazón un templo, de cada alma un altar y de cada ser humano un sacerdote.”

En nombre de la verdad


En nombre de la Verdad, la raza humana cometió sus peores crímenes.

Hombres y mujeres fueron quemados, la cultura de civilizaciones enteras destruida, aquellos que cometían los pecados de la carne eran mantenidos a distancia, los que buscaban un camino diferente eran marginados.

Uno de ellos, en nombre de la “verdad,” terminó crucificado. Pero —antes de morir— dejó la gran definición de la Verdad.

No es lo que nos da certezas. No es lo que nos da profundidad. No es lo que nos hace mejor que otros. No es lo que nos mantiene en la cárcel de los prejuicios.

La verdad es lo que nos hace libres. “Conoceréis la Verdad y la verdad os hará libres,” dijo Él.

El milagro cotidiano


Podemos creer que todo lo que la vida nos ofrecerá mañana es repetir lo que hicimos ayer y hoy. Pero, si prestamos atención, vamos a darnos cuenta de que ningún día es igual a otro.

Cada mañana trae una bendición escondida; una bendición que sólo sirve para este día y que no puede guardarse o desaprovecharse. Si no usamos este milagro hoy, se perderá.

Este milagro está en los detalles de lo cotidiano; es preciso vivir cada minuto porque allí encontramos la salida de nuestras confusiones, la alegría de nuestros buenos momentos, la pista correcta para la decisión que ha de ser tomada.

No podemos dejar nunca que cada día parezca igual al anterior porque todos los días son diferentes.

El calor del alma


Todos nosotros hemos pasado muchos días, o semanas enteras, sin recibir ningún gesto de cariño del prójimo. Son momentos difíciles, cuando el calor humano desaparece, y la vida se reduce a un arduo esfuerzo por sobrevivir.

En esos momentos en que el fuego ajeno no le da calor a nuestra alma, debemos revisar nuestro propio hogar. Debemos agregarle más leña y tratar de iluminar la sala oscura en la que nuestra vida se transformó.

Cuando escuchemos que nuestro fuego crepita, que la madera cruje, que las brasas brillan o las historias que las llamas cuentan, la esperanza nos será devuelta.

Si somos capaces de amar, también seremos capaces de ser amados. No es más que cuestión de tiempo.

La alegría en la búsqueda espiritual


Si nada en nuestras vidas sucede por casualidad, mucho menos en la vida de Aquel que vino al mundo para lavar nuestros pecados con su sangre.

Cristo debe haber pensado bastante antes de decidir cuál era el primer milagro que debía realizar. Debe haber tomado en cuenta la cura de un paralítico, la resurrección de un muerto, la expulsión de un demonio, algo que sus contemporáneos consideraran como “una noble actitud”; al final, era la primera vez que iba a mostrarse al mundo como el Hijo de Dios.

Y está escrito: su primer milagro fue transformar agua en vino para animar una fiesta de casamiento.

Que la sabiduría de este gesto nos inspire y que esté siempre presente en nuestras almas: la búsqueda espiritual es compasión, entusiasmo y alegría.

Teoría y práctica vital


Las personas que son parte de nuestra vida cotidiana pueden darnos pistas importantes sobre las decisiones que debemos tomar.

Es muy peligroso pedir un consejo. Es muy arriesgado dar un consejo. Si necesitamos de ayuda, es mejor ver cómo es que las demás personas resuelvan —o no resuelven— sus problemas. Nuestro ángel muchas veces usa los labios de alguien más para decirnos algo, pero esta respuesta viene de manera casual, generalmente en un momento en que —aunque estemos atentos— no dejamos que nuestras preocupaciones oscurezcan el milagro de la vida.

Dejemos que nuestro ángel nos hable de la manera que él acostumbra, con espontaneidad y en el momento en que él lo juzgue necesario. Los consejos son la teoría de la vida y la práctica, por lo general, es muy diferente.

El sermón de Huxley


Escribió T. H. Huxley en uno de sus sermones:

“Las consecuencias de nuestros gestos son espantapájaros para los cobardes y rayos de luz para los sabios.

El tablero de ajedrez es el mundo; las piezas son los gestos de nuestra vida diaria; las reglas son las llamadas leyes de la naturaleza. No podemos avistar al Jugador que está del otro lado del tablero, pero sabemos que Él es justo, honesto y paciente.

(Nos cabe a nosotros aceptar el desafío de vivir) porque, aun cuando sepamos todo esto, aprendemos a nuestro propio costo que Él nunca deja pasar un error, ni admite que alguien diga no conocer con propiedad las reglas del juego.”

La obra de arte


Cierta vez le preguntaron al escultor Miguel Ángel cómo hacía para crear obras tan magníficas.

“Es muy simple,” respondió Miguel Ángel. “Cuando miro un bloque de mármol, veo la escultura dentro de él. Todo lo que tengo que hacer es retirar lo que sobra.”

Existe una obra de arte que fue destinada para que la creemos. Ella es el punto central de nuestra vida y, por más que intentemos engañarnos, sabemos qué importante es para nuestra felicidad. Sin embargo, generalmente esta obra de arte está cubierta por años de miedos, culpas, indecisiones.

Pero si nos decidimos a retirar esos sobrantes, si no dudamos de nuestra capacidad, seremos capaces de llevar adelante la misión que nos fue encomendada. Y esta es la única manera de justificar nuestras vidas.

Jean-Paul Sartre y Dios


Todo estudiante de filosofía sabe del ateísmo presente en la obra del filósofo francés Jean-Paul Sartre. Pocos conocen un pequeño texto que él escribió en Las palabras:

“Yo necesité de Dios. Mi pedido me fue concedido y lo recibí sin comprender claramente qué era lo que estaba buscando. Entonces, porque mi corazón no dejó que él echara ahí sus raíces, Dios terminó muriendo en mí.

Hoy, cuando lo mencionan, yo digo —como si fuera un viejo tratando de revivir una antigua llama—: ‘Hace cincuenta años, si no hubiera habido un malentendido, si no hubieran habido ciertos equívocos, si no hubiera ocurrido el accidente que terminó por separarnos, nosotros dos tendríamos una bella historia de amor.’”

La palabra, su poder y la envidia


La palabra es poder. Las palabras transforman el mundo y al hombre. Todos nosotros hemos escuchado decir: “No se debe hablar de las cosas buenas que nos pasan, porque la envidia ajena puede destruir nuestra alegría.”

Nada de eso. Los vencedores hablan con orgullo de los milagros de sus vidas. Si usted pone energía positiva en el aire, ésta atrae más energía positiva, además de alegrar a aquellos que realmente lo quieren bien. En cuanto a los envidiosos, a los derrotados, sólo podrán causarle algún daño si usted les da ese poder.

No tema. Hable de las cosas buenas de su vida con todos aquellos que quieran escucharlo. El Alma del Mundo está muy necesitada de su alegría.

Filosofía y realidad


Un escrito budista trata de las seis dificultades de vivir en una casa: da trabajo construirla, da más trabajo todavía pagarla, debe ser reparada siempre, puede ser confiscada por el gobierno, vive recibiendo visitas y huéspedes indeseables, sirve de escondrijo para acciones condenables.

Por otro lado, vivir debajo de un puente tiene seis ventajas: puede ser encontrado fácilmente, el río nos muestra que la vida es pasajera, no nos da una sensación de codicia, no necesita de cercas, siempre pasa alguien nuevo con quien conversar, no es necesario pagar alquiler.

Bella filosofía. Pero cuando vemos a las personas que viven debajo de puentes y viaductos, tenemos la certeza de que este texto está equivocado.

La belleza del mundo


El monje tibetano Chögyam Trunpga dijo: “No es necesaria una experiencia mística para descubrir que el mundo es bueno.”

Basta percibir las cosas bellas y simples que existen a nuestro lado, ver las gotas de lluvia escurriéndose en los vidrios, recordar la mañana y descubrir que el sol brilla, escuchar a alguien que ríe.

Al actuar así, el mundo deja de ser una amenaza. Pasamos a darnos cuenta de que somos capaces de notar el milagro de existir, aceptamos que tenemos la sensibilidad suficiente para ver el amor que existe en nuestra alma. Si somos capaces de ver lo que es bello, es porque también somos bellos ya que el mundo es un espejo y le devuelve a cada hombre el reflejo de su propio rostro.

Aun conociendo nuestros defectos y limitaciones, debemos hacer lo posible para conservar la esperanza y el buen humor. Al final de cuentas, el mundo está haciendo un esfuerzo por ayudarnos, aunque la gente pueda creer lo contrario.

El peligro


Dijo Confucio:

“El peligro aparece cuando el hombre se siente seguro de su posición.”

“La ruina amenaza a todo aquel que trata de preservar un estado de cosas.”
“La confusión aparece cuando ponemos todo en orden.”

“Por lo tanto, el hombre superior no olvida el peligro cuando siente seguridad.”

“El sabio no olvida el fantasma de la ruina cuando está establecido.”

“El inteligente no olvida la confusión cuando sus negocios están en orden”.

“Sólo así, él podrá mantener su seguridad personal y proteger su reino.”

La mentira del ojo


Estamos acostumbrados a una vieja disculpa: aunque sepamos que nuestro corazón conoce cuál es la mejor decisión a tomar, nunca seguimos lo que éste nos dice y, para compensar nuestra cobardía, nos convencemos de que nos estaba engañando. Una bella historia de Gibran muestra hasta dónde pueden llevarnos las limitaciones.

“El Ojo dice: ‘¡Miren qué bella montaña tenemos en el horizonte!’ El Oído trató de escucharla, pero no lo consiguió. La Mano habló: ‘Estoy tratando de sentirla pero no la encuentro.’ La Nariz dijo: ‘No existe ninguna montaña puesto que no siento su olor.’ Y todos llegaron a la conclusión de que el Ojo estaba mintiendo.”

Dónde está el paraguas


Al cabo de diez años de aprendizaje, Zenno creía que ya podía ser elevado a la categoría de maestro zen. Un día lluvioso, fue a visitar al famoso profesor Nan-in.

Al entrar en la casa de Nan-in, este preguntó:

—¿Has dejado tu paraguas y tus zapatos del lado de afuera?

—Por supuesto —respondió Zenno. —Es lo que manda la buena educación. Actuaría de la misma manera en cualquier lugar.

—Entonces dime, ¿pusiste el paraguas a la derecha o a la izquierda de tus zapatos?

—No tengo la menor idea, maestro.

—El budismo zen es el arte de tener conciencia total sobre lo que hacemos —dijo Nan-in. —La falta de atención a los pequeños detalles puede destruir por completo la vida de un hombre. Un padre que sale corriendo de la casa puede olvidar un puñal al alcance de su hijo pequeño. Un samurái que no mira todos los días su espada, terminará por encontrarla oxidada cuando más necesite de ella. Un joven que olvida llevarle flores a su amada va a terminar por perderla.

Y Zenno comprendió que aunque conociera bien las técnicas zen del mundo espiritual, había olvidado aplicarlas en el mundo de los hombres.

Dónde reside Dios


El gran rabino Yitzahk Meir, cuando todavía estudiaba las tradiciones de su pueblo, oyó que uno de sus amigos le dijo, en tono de broma:

—Yo le doy una moneda si usted logra decirme dónde vive Dios.

—Y yo le daré dos monedas, si usted logra decirme dónde no vive Dios —le respondió Meir.

Mirando para otro lado


Le pregunto a Masao Masuda cómo es que los japoneses lograron conquistar determinados mercados que antes eran dominados por los americanos.

—Muy simple: los americanos tienen una idea, se encierran en una sala a investigar, toman decisiones y gastan una energía inmensa en probar que tienen razón. Nosotros no le queremos probar nada a nadie: dejamos que cada ser humano manifieste sus necesidades y procuramos satisfacerlas. El resultado práctico es que cada uno termina comprando aquello que ya deseaba antes.

Y concluyó:

—Aquel que sólo desea demostrar que tiene razón termina por actuar equivocadamente.

El viejo que confundía todo (I)


G. I. Gurdjeff fue una de las personalidades más intrigantes de este siglo. Bastante conocido en los círculos que estudian ocultismo, todavía permanece ignorado como un importante estudioso de la psicología humana.

La historia que sigue ocurre cuando él, ya viviendo en París, creó su famoso Instituto para el desarrollo del hombre.

Las clases eran siempre muy concurridas. Pero entre los alumnos había un viejo —siempre de mal humor— que no paraba de criticar lo que allí se enseñaba. Decía que Gurdjeff era un charlatán, que sus métodos carecían de base científica y que el hecho de considerarse un “mago” nada tenía que ver con su verdadera condición. Los alumnos se sentían molestos con la presencia de aquel viejo pero a Gurdjeff parecía no importarle.

Un hermoso día, él dejó el grupo. Todos se sintieron aliviados y pensaron que en el futuro las clases serían más tranquilas y productivas. Para sorpresa de los alumnos, sin embargo, Gurdjeff fue hasta la casa del hombre y le pidió que volviera a asistir al Instituto.

El viejo que confundía todo (II)


El viejo al principio se rehusó y sólo aceptó cuando le fue ofrecido un salario para que asistiera a las clases.

La historia enseguida se supo. Los estudiantes, enojados, quisieron saber por qué un maestro recompensaba a alguien que no había aprendido cosa alguna.

—La verdad, yo le estoy pagando para que continúe dando sus clases —fue la respuesta.

—¿Cómo? —insistieron los alumnos. —Todo lo que él hace contradice lo que usted nos está enseñando.

—Exactamente —siguió Gurdjeff. —Si no lo tuviera cerca, a ustedes les costaría mucho aprender qué es la rabia, la intolerancia, la impaciencia, la falta de compasión. Sin embargo, con este viejo como ejemplo vivo, mostrando que dichos sentimientos vuelven la vida de cualquier comunidad un infierno, el aprendizaje es mucho más rápido.

“Ustedes me pagan para aprender a vivir en armonía, y yo contraté a este hombre para que me ayude a enseñarles todo esto por el camino opuesto.”

El jarrón de porcelana y la rosa (I)


El Gran Maestro y el Guardián compartían la administración de un monasterio zen. Cierto día, el Guardián murió y fue necesario sustituirlo.

El Gran Maestro reunió a todos los discípulos para elegir quién tendría el honor de trabajar directamente a su lado.

—Voy a presentarles un problema —dijo el Gran Maestro. —Y aquel que lo resuelva primero será el nuevo Guardián del templo.

Terminado su cortísimo discurso, colocó un banquito en el centro del salón. Sobre éste puso un jarrón de porcelana carísimo, con una rosa roja para adornarlo.

—He aquí el problema —dijo el Gran Maestro.

Los discípulos contemplaron, perplejos, lo que tenían adelante: los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y la elegancia de la flor. ¿Qué representaba todo eso? ¿Qué debían hacer? ¿Cuál sería el enigma?

El jarrón de porcelana y la rosa (II)


Después de algunos minutos, uno de los discípulos se puso de pie y miró a su vez al Maestro y a los alumnos. Después, caminó resueltamente hacia el jarrón y lo arrojó contra el suelo, destruyéndolo.

—Tú serás el nuevo Guardián —le dijo el Gran Maestro al alumno.

Cuando éste volvió a su lugar, explicó:

—Yo fui muy claro: les dije que ustedes estaban ante un problema. Sin importar lo bello o fascinante que pueda ser, un problema tiene que ser eliminado.

“Un problema es un problema; puede ser un jarrón de porcelana, un lindo amor que ya perdió su sentido, un camino que ha de ser dejado de lado —pero que insistimos en recorrer porque nos reconforta—. Sólo hay una manera de lidiar con un problema: atacándolo de frente. En esos momentos, no se puede tener piedad, ni dejarse tentar por el lado fascinante que todo conflicto carga consigo.”

El valor y el dinero


Ciccone German cuenta la historia de un hombre que, gracias a su inmensa riqueza y su infinita ambición, decidió comprar todo lo que tenía a su alcance. Después de llenar sus muchas casas de ropa, muebles, automóviles y joyas, el hombre decidió comprar otras cosas.

Compró la ética y la moral y en ese momento nació la corrupción.

Compró la solidaridad y la generosidad y entonces surgió la diferencia.

Compró la justicia y sus leyes, dando a luz en ese mismo momento a la impunidad.

Compró el amor y los sentimientos, por lo que surgió el dolor y el arrepentimiento.

El hombre más poderoso del mundo compró todos los bienes materiales que quería poseer y todos los valores que deseaba dominar. Hasta que un día, embriagado de tanto poder, decidió comprarse a sí mismo.

A pesar de todo su dinero, no pudo llevar a cabo su intento. Entonces, a partir de ese momento, nació en la conciencia de la Tierra un único bien al cual ninguna persona puede ponerle precio: su propio valor.

El valor del tiempo


Para que usted entienda el valor de un año: pregúntele a un estudiante que no haya pasado sus exámenes finales.

Para que usted entienda el valor de un mes: pregúntele a una madre que haya tenido un hijo prematuro.

Para que usted entienda el valor de una semana: pregúntele al editor de una revista semanal.

Para que usted entienda el valor de una hora: pregúntele a los enamorados que están esperando el momento del encuentro.

Para que usted entienda el valor de un minuto: pregúntele a una persona que haya perdido el tren, el ómnibus o el avión.

Para que usted entienda el valor de un segundo: pregúntele a cualquiera que haya sobrevivido a un accidente.

Para que usted entienda el valor de un milisegundo: pregúntele a alguien que haya ganado una medalla de plata en las Olimpíadas.

Las tres pruebas


Marcia Frerias recuerda la historia de un hombre que se acercó a Sócrates: “¡Como soy muy amigo suyo, necesito contarle algo!”

“¡Espera!”, dijo Sócrates. “¿Y las tres pruebas? ¿Ya hiciste la primera prueba, que es la de saber que lo que me vas a contar es verdad?”

“Bueno... no tengo una certeza absoluta, pero oí decir...”

“Entonces hiciste la segunda prueba”, dijo el sabio. “La prueba de la bondad. ¡Lo que vas a contarme será bueno para mí!”

“No... muy por el contrario...”

“Si no hiciste la prueba de la verdad ni la de la bondad, ciertamente habrás hecho la de la utilidad. ¡Lo que me vas a contar me será útil!”

“¿Útil?”, dijo el visitante. “Bueno, útil no es.”

“Entonces”, dijo el filósofo sonriendo, “si el asunto no es verdadero, ni bueno, ni útil, mejor no le des importancia.”

La buena noticia


El golfista argentino Roberto de Vincenzo, después de ganar un importante torneo, se dirigió al estacionamiento a buscar su auto. En ese momento, una mujer se le aproximó. Después de felicitarlo por su victoria, le contó que su hijo se encontraba a las puertas de la muerte y que no tenía dinero para pagar el hospital.

De Vincenzo le dio, inmediatamente, parte del dinero del premio que había ganado esa tarde.

Una semana después, durante un almuerzo en la Professional Golf Association, contó la historia a unos amigos. Uno de ellos le preguntó si la mujer era rubia, con una pequeña cicatriz debajo del ojo izquierdo. De Vincenzo le dijo que efectivamente así era.

—Fuiste engañado —dijo el amigo. —Esta mujer es una oportunista y vive contando la misma historia a todos los golfistas extranjeros que aparecen por aquí.

—¿Entonces no existe ninguna criatura al borde de la muerte?

—No.

—Bueno, ¡es la mejor noticia que he tenido esta semana! —fue el comentario del golfista.

La pequeña finca y la vaca (I)


Un filósofo paseaba por el bosque con un discípulo, conversando sobre la importancia de los encuentros inesperados. Según el maestro, todo lo que tenemos adelante nos brinda la oportunidad de aprender o de enseñar.

En ese momento, cruzaban la entrada de una finca que, a pesar de estar muy bien ubicada, tenía una apariencia miserable.

—Mire este lugar —comentó el discípulo. —Tiene usted razón: acabo de aprender que mucha gente está en el Paraíso pero no se da cuenta y continúa viviendo en condiciones miserables.

—Dije aprender y enseñar —le retrucó el maestro. —Constatar lo que acontece no es suficiente: es preciso verificar las causas puesto que sólo entendemos el mundo cuando entendemos las causas.

Llamaron a la puerta y fueron recibidos por los moradores: un matrimonio y tres hijos, con las ropas rasgadas y sucias.

—Está usted en medio de este bosque y no hay ningún comercio en los alrededores —le dijo el maestro al padre de familia. —¿Cómo hacen para sobrevivir aquí?

La pequeña finca y la vaca (II)


El señor, muy tranquilo, le respondió:

—Amigo mío, tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte de ese producto lo vendemos o lo cambiamos en la ciudad vecina por otros tipos de alimentos; con la parte que nos queda producimos queso, cuajada, manteca, para consumo nuestro. Y así vamos subsistiendo.

El filósofo agradeció la información, contempló el lugar por unos momentos y se fue. En medio del camino, le dijo al discípulo:

—Busca la vaca, llévala al precipicio allí enfrente y arrójala al vacío.

—¡Pero es el único medio de sustento de la familia!

El filósofo permaneció callado. Al no tener otra alternativa, el joven hizo lo que se le pedía y la vaca murió con la caída.

La escena quedó grabada en la memoria del discípulo. Después de muchos años, cuando ya era un empresario de éxito, decidió volver al mismo lugar, contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos financieramente.

La pequeña finca y la vaca (III)


Cuál no fue su sorpresa al ver el lugar transformado en un sitio bello, con árboles floridos, un auto en el garaje y algunos niños jugando en el jardín. Sintió gran desesperación, al imaginar que la familia humilde había tenido que vender la finca para sobrevivir. Le abrieron el paso y fue recibido por un casero muy simpático.

—¿Qué pasó con la familia que vivía aquí hace diez años? —preguntó.

—Siguen siendo los dueños del lugar —fue la respuesta.

Sorprendido, entró corriendo a la casa y el dueño lo reconoció. Preguntó cómo estaba el filósofo, pero el joven estaba por demás ansioso por saber cómo habían conseguido mejorar la finca y arreglárselas tan bien en la vida:

—Bueno, nosotros teníamos una vaca, pero cayó a un precipicio y murió —dijo el señor. —Entonces, para poder alimentar a mi familia, tuve que plantar hierbas y legumbres. Las plantas demoraban en crecer, así que comencé a cortar madera para vender. Al hacerlo, tuve que replantar los árboles y me vi en la necesidad de comprar plantas. Al comprar plantas, pensé en la ropa de mis hijos y se me ocurrió que tal vez pudiera cultivar algodón. Pasé un año difícil, pero cuando llegó el tiempo de la cosecha, ya estaba exportando legumbres, algodón, hierbas aromáticas. Nunca me había dado cuenta del potencial que tenía aquí: ¡resultó bueno que la vaquita muriera!

El silencio de la noche


En un desierto de África, caminaban un maestro sufí y su discípulo. Cuando cayó la noche, los dos montaron la tienda de campaña y se aprestaron a descansar.

—¡Qué silencio! —comentó el discípulo.

—Nunca digas: “¡Qué silencio!” —respondió el maestro. —Di en cambio: “No consigo escuchar a la naturaleza.”

El significado de las vísperas


En San Francisco, Estados Unidos, camino por un parque con mi editor americano, John Loudon, y su mujer, Sharon. Podemos ver la ciudad a lo lejos, iluminada por el sol poniente. Sharon estaba escribiendo un libro sobre un monasterio benedictino y contaba que las oraciones de la tarde, llamadas “vísperas,” son cantos de esperanza ante la certeza de que la noche pasará.

—Las vísperas nos indican la necesidad que tenemos de acercarnos a los demás, cuando llega la noche —dice ella. —Pero nuestra sociedad olvidó la importancia de esta aproximación y finge apreciar mucho la capacidad que cada uno tiene para enfrentar sus propias dificultades. Ya no rezamos juntos; escondemos nuestra soledad como si fuera vergonzoso admitirla.

Sharon hace una pausa y concluye:

—Yo fui así. Hasta que un día perdí el miedo de depender del prójimo, porque descubrí que el prójimo también estaba necesitando de mí.

El sacerdote y el hijo (I)


Durante muchos años, un sacerdote bramán cuidó de una capilla. Cuando necesitó viajar, pidió a su hijo que se encargara de las tareas diarias hasta su retorno. Entre esas tareas, el niño debía colocar las ofrendas de alimento frente la Divinidad y observar si Ella comía.

El niño se dirigió, entusiasmado, hasta el templo donde el padre trabajaba. Dejó el alimento y se quedó aguardando las reacciones de la imagen.

Durante el resto del día se quedó allí. Y la estatua permaneció inmóvil. Sin embargo, el niño, fiel a las instrucciones de su padre, estaba seguro que la Divinidad descendería del altar para recibir la ofrenda.

Después de mucho esperar, suplicó:

—¡Oh Señor, ven y come! Ya es muy tarde, ya no puedo esperar más.

Nada ocurrió. Entonces comenzó a gritar.

—Señor, mi padre me pidió que estuviese aquí cuando Tú descendieses para aceptar la ofrenda. ¿Por qué no lo haces? ¿Sólo comes las ofrendas de manos de mi padre? ¿O qué es lo que hice mal?

El sacerdote y el hijo (II)


Y lloró copiosamente por largo rato. Cuando levantó los ojos y limpió las lágrimas, se llevó un susto: allí estaba la Divinidad, alimentándose con lo que se le había ofrecido.

Alegre, el niño volvió corriendo a la casa. Cuál no fue su sorpresa cuando, al llegar, uno de sus parientes le dijo:

—El servicio terminó. ¿Dónde está la comida?

—Pero el Señor se la ha comido —respondió, sorprendido, el pequeño.

Todos se mostraron asombrados.

—¿Qué es lo que estás diciendo? Repítelo, pues no te oímos bien.

El niño respondió, con toda naturalidad e inocencia:

—El Señor se comió todo lo que le ofrecí.

—¡No es posible! —dijo un tío. —Tu padre te lo dijo sólo para que observaras si Ella comía. Todos nosotros sabemos que este es un acto meramente simbólico. Debes haberte robado la comida.

El sacerdote y el hijo (III)


Sin embargo, el pequeño no cambió su historia, aún cuando lo amenazaron con una paliza.

Desconfiados, los familiares fueron hasta el templo y encontraron a la Divinidad sentada, sonriendo.

—Un pescador lanzó al río sus redes y obtuvo una buena pesca —dijo la Divinidad. —Algunos peces estaban inmóviles, sin hacer ningún esfuerzo por escapar. Otros luchaban desesperadamente y saltaban, aunque no pudieran escapar. Sólo unos pocos resultaron afortunados en su lucha y lograron escapar.

“Así como los peces, tres tipos de hombres vienen aquí a traerme ofrendas: unos no quisieron conversar conmigo, pensando que no les iba a responder. Otros trataron pero enseguida desistieron por miedo a decepcionarse. Sin embargo, este niño fue hasta el fin y Yo, que juego con la paciencia y la perseverancia de los hombres, terminé manifestándome.”

Lo que tú salvarías (I)


Durante mi estadía en el castillo que alquiló una revista brasileña en Brissac, Francia, un periodista de la región se acercó para entrevistarme. En medio de la conversación, a la que asistían otras personas, él quiso saber:

—¿Cuál fue la mejor pregunta que le haya hecho un periodista?

¿Mejor pregunta? Creo que ya me hicieron TODAS las preguntas, menos la que él acaba de hacerme. Me tomo mi tiempo para pensar, estudio las muchas cosas que quería decir y nunca quisieron saber. Pero finalmente, confieso:

—Creo que fue exactamente ésta. Ya tuve preguntas que me rehusé a comentar, otras que me permitieron hablar de temas interesantes, pero esta es la única que no tengo cómo responder con sinceridad.

El periodista anota. Y dice:

Lo que tú salvarías (II)


—Le voy a relatar una historia interesante. Cierta vez, fui a entrevistar a Jean Cocteau. Su casa era un verdadero amontonamiento de adornos, cuadros, dibujos de artistas famosos, libros. Cocteau guardaba todo y tenía un profundo amor por cada una de aquellas cosas. Fue entonces que, en medio de la entrevista, se me ocurrió preguntarle: “Si esta casa comenzara a incendiarse ahora y usted sólo pudiera llevarse una sola cosa consigo, ¿cuál elegiría?”

—¿Y Cocteau respondió? —pregunta Álvaro Teixeira, responsable del castillo donde estamos y gran estudioso de la vida del artista francés.

—Cocteau respondió: “Me llevaría el fuego.”

Y ahí nos quedamos todos, en silencio, aplaudiendo en lo íntimo de nuestro corazón una respuesta tan brillante.

Lo que el sabio le pedía a Dios


Un hombre recibió, cierta vez, la visita de algunos amigos.

—Nos gustaría mucho que nos enseñases aquello que aprendiste todos estos años —dijo uno de ellos.

—Estoy viejo —respondió el hombre.

—Viejo y sabio —dijo otro. —Al final de cuentas, siempre te vimos rezando durante todo este tiempo. ¿Qué conversas con Dios? ¿Cuáles son las cosas importantes que debemos pedir?

El hombre sonrió.

—Al principio, yo tenía el fervor de la juventud, que cree en lo imposible. Entonces, me arrodillaba ante Dios y le pedía que me diera fortaleza para cambiar a la humanidad.

“Al poco tiempo, vi que era una tarea que iba más allá de mis fuerzas. Entonces comencé a pedirle a Dios que me ayudara a cambiar lo que estaba a mi alcance.”

—En este caso, podemos estar seguros de que parte de tus deseos se cumplieron —dijo uno de los amigos. —Tu ejemplo ha servido para ayudar a mucha gente.

—Ayudé a mucha gente con mi ejemplo: sin embargo, sabía que no era la oración perfecta. Sólo ahora, al final de mi vida, es que entendí el pedido que debía haber hecho desde el principio.

—¿Y cuál era ese pedido?

—Que yo fuese capaz de cambiarme a mí mismo.

El que más se preocupaba


El autor Leo Buscaglia cierta vez fue invitado a actuar de jurado en un concurso escolar cuyo tema era: “El niño que más se preocupa por los demás.”

El vencedor fue un niño cuyo vecino —un señor de más de ochenta años— acababa de quedar viudo. Al ver al anciano en su huerta, llorando, el niño saltó la cerca, se sentó en su regazo y allí se quedó por largo tiempo.
Cuando volvió a su casa, la madre le preguntó qué le había dicho al pobre hombre.

—Nada —dijo el niño. —El ha perdido a su esposa y eso debe haberle dolido mucho. Yo fui solamente a ayudarlo a llorar.

Franquear las puertas del castillo


En la frontera de Francia, existe un castillo en ruinas, igual a miles de otros castillos de Europa. Tomo la decisión de visitarlo, pero, al aproximarme a él, un señor me dice “no puedes entrar.”

Mi intuición me asegura que él me prohíbe el paso por el placer de prohibir. Le explico que vengo de lejos, trato de darle una propina, de ser simpático. De repente, entrar a ese castillo se había vuelto muy importante para mí.

“No puedes entrar,” repetía el hombre. Queda una sola alternativa: seguir adelante y esperar que quiera impedírmelo con el uso de la fuerza. Me dirijo hacia la puerta. Él me mira, pero no hace nada.

Cuando salgo, dos turistas se acercan y entran al castillo en ruinas. El viejo no hace nada por impedirles el paso. Siento que, gracias a mi resistencia, el viejo dejó entrar a las dos mujeres. Hay veces en que el mundo nos obliga a luchar por cosas que no conocemos, por razones que jamás llegaremos a descubrir.

Alas y raíces


“Bendito aquel que consigue dar a sus hijos alas y raíces,” dice un proverbio.

Necesitamos tener raíces: existe un lugar en el mundo donde nacemos, aprendemos un idioma, descubrimos cómo nuestros antepasados superaban sus problemas. Y en un momento dado, pasamos a ser responsables de ese lugar.

Necesitamos las alas. Ellas nos muestran los horizontes sin fin de la imaginación, nos llevan hasta nuestros sueños, nos conducen a lugares distantes. Son las alas las que nos permiten conocer las raíces de nuestros semejantes y aprender de ellos.

Benditos los que tienen alas y raíces; y pobre de aquellos que sólo tienen una de las dos.

El problema y la culpa


Uno de los monjes de Sceta le dijo al abate Mateus:

—Mi lengua vive causándome problemas. Cuando estoy con los fieles, no puedo controlarme y no puedo evitar condenarlos por sus malas acciones.

El viejo abate le respondió al hermano afligido:

—Si tú crees que no eres capaz de controlarte, deja la enseñanza y vuélvete al desierto. Pero no te engañes: elegir la soledad para huir de un problema, es siempre prueba de flaqueza.

—¿Y qué debo hacer?

—Deja pasar algunos errores, para evitar esa perniciosa sensación de superioridad. Y pretende estar de acuerdo en todo lo que te sea posible.

El ángel y el demonio interior


Una cosa es escuchar nuestro corazón; otra cosa es quedarnos siempre conversando con nuestro Yo interior, sin prestar atención a los demás.

Este diálogo egoísta muchas veces no nos deja dormir durante la noche y nos arruina el placer de momentos importantes del día. Nos quejamos en silencio de personas que no actuaron bien, de cosas que no sucedieron como deseábamos, de actitudes equivocadas que tuvimos.

Dentro de cada uno de nosotros existe un ángel y un demonio, y sus voces son muy parecidas. El demonio alimenta esta conversación, tratando de mostrarnos que somos débiles y que no tenemos justificación. El ángel nos hace reflexionar acerca de nuestras actitudes, aunque —por lo general— está tratando de silenciar esta voz interna.

Él sabe que, para descubrir nuestro verdadero camino, necesitamos mirar hacia fuera, hacia el milagro de la vida que nos rodea.

Discípulos y maestros


Dice un antiguo proverbio mágico: “Cuando el discípulo está listo, el maestro aparece.”

Pensando en esto, muchas personas se pasan la vida entera preparándose para tal encuentro. Cuando se cruzan con el maestro, se entregan completamente por días, meses o años. Pero terminan descubriendo que el maestro no es el ser perfecto que imaginaban, sino un hombre igual a todos, cuya única función es la de difundir aquello que ha aprendido.

Al verse ante una persona que tiene defectos como los propios, el discípulo se siente estafado. Viene la desesperación y el deseo de abandonar la búsqueda, cuando —en realidad— es así que la cosa funciona: es justamente el cambio de maestros lo que nos deja libres para abrirnos nuestro propio camino.

Edenilton Lampiao ha dado una versión mucho mejor de dicho proverbio mágico: “Cuando el discípulo está listo, el maestro desaparece.”

La inminencia de la muerte (I)


Creo que la lectura de este texto tomará aproximadamente tres minutos. Pues bien: según las estadísticas, en este espacio de tiempo van a morir trescientas personas y otras seiscientas veinte nacerán.

Tal vez me lleve media hora escribirlo: estoy concentrado en mi computadora, con libros a mi lado, ideas en la cabeza, autos que pasan allá afuera. Todo parece absolutamente normal. Sin embargo, durante estos treinta minutos, tres mil personas van a morir y seis mil doscientas verán, por primera vez, la luz del mundo.

¿Dónde estarán estas miles de familias que recién comienzan a llorar la pérdida de alguien, o a reír por la llegada de un hijo, un nieto, un hermano?

La inminencia de la muerte (II)


Me detengo y reflexiono un poco: tal vez muchas de estas muertes estén llegando el final de una larga y dolorosa enfermedad y algunas personas se sientan aliviadas con el Ángel que viene a buscarlas. Además, con toda certeza, centenares de estas criaturas que acaban de nacer serán abandonadas en el próximo minuto y entrarán en las estadísticas de mortandad antes de que yo termine este texto.

Qué cosa. Unas simples estadísticas, que miré de casualidad, y de repente estoy sintiendo estas pérdidas y estos encuentros, estas sonrisas y estas lágrimas. ¿Cuántos estarán dejando esta vida solos, en sus cuartos, sin que nadie se dé cuenta de lo que les está ocurriendo? ¿Cuántos nacerán escondidos y serán abandonados en la puerta de asilos o conventos?

Reflexiono: ya fui parte de la estadística de nacimientos y un día seré incluido en las cifras de muertos. Qué bueno: tengo plena conciencia de que voy a morir. Desde que hice el Camino de Santiago entendí que —aunque la vida continúe y todos seamos eternos- esta existencia va a acabar un día.

La carrera de bicicletas


La vida es como una importante carrera de bicicletas cuya meta es cumplir con la “Leyenda Personal.”

En la largada, estamos juntos compartiendo camaradería y entusiasmo. Pero, a medida que la carrera se desenvuelve, la alegría inicial cede su lugar a los verdaderos desafíos: el cansancio, la monotonía, las dudas sobre la propia capacidad.

Reparamos en que algunos amigos desistieron del desafío: todavía están corriendo, pero nada más que porque no pueden parar en el medio de una calle. Ellos son numerosos, pedalean al lado del auto de apoyo, conversan entre sí y cumplen una obligación.

Terminamos por distanciarnos y, entonces, nos vemos forzados a enfrentar la soledad y las sorpresas, tales como las curvas desconocidas o los problemas con la bicicleta. Y, al cabo de algún tiempo, comenzamos a preguntarnos si vale la pena tanto esfuerzo.

Sí, vale la pena. Se trata sólo de no desistir.

El lenguaje de Dios


Dios habla con nosotros por medio de señales. Es un idioma individual que requiere de fe y disciplina para ser totalmente comprendido.

San Agustín fue convertido de esta manera. Durante años buscó, en diferentes corrientes filosóficas, una respuesta para el sentido de la vida. Cierta tarde, en el jardín de su casa de Milán, reflexionaba sobre el fracaso de toda su búsqueda. En ese momento, escuchó un niño en la calle que cantaba: “¡Toma y lee! ¡Toma y lee!”

A pesar de haberse gobernado siempre por la lógica, decidió —en un impulso— abrir el primer libro a su alcance. Era la Biblia. Leyó un texto de San Pablo con las respuestas que buscaba.

A partir de ese día, la lógica de Agustín abrió espacio para que la fe también pudiera participar y él se transformó en uno de los más grandes teólogos de la Iglesia.

Reconstruyendo el mundo


El padre estaba tratando de leer el periódico, pero el hijo pequeño no dejaba de molestarlo. Ya cansado de eso, arrancó una hoja —que mostraba el mapa del mundo—, la cortó en varios pedazos, y se los entregó al hijo.

Listo, ahí tienes algo que hacer. Esto que te acabo de dar es un mapa del mundo, y quiero ver si puedes armarlo exactamente como es.

Y volvió a su periódico, sabiendo que aquello iba a mantener ocupado al niño por el resto del día. Quince minutos después, sin embargo, el jovencito volvió con el mapa.

¿Tu madre estuvo enseñándote geografía? —preguntó el padre, aturdido.

No sé qué cosa es eso —respondió el niño. —Sucede que, del otro lado de la hoja, estaba el retrato de un hombre. Y, una vez que logré reconstruir al hombre, el mundo también quedó reconstruido

Las señales de Dios


Los monjes del desierto afirmaban que era necesario dejar la acción en mano de los ángeles. Para esto, de vez en cuando hacían cosas absurdas como hablar con las flores o reír sin razón.

Los alquimistas siguen las “señales de Dios”; pistas que muchas veces no tienen sentido, pero que terminan llevando a algún lugar.

“El hombre moderno quiso eliminar la incertidumbre y las dudas de su vida. Y terminó por dejar que su alma muriera de hambre, ya que el espíritu del ser humano se alimenta de misterios” —dice el deán de la Catedral de San Francisco.

No tema que lo tomen por loco: haga hoy mismo alguna cosa que no tenga que ver con la lógica que aprendió. Contraríe un poco el comportamiento serio que le enseñaron a tener. Esta pequeña cosa, por más insignificante que sea, puede abrir las puertas de una gran aventura humana y espiritual.

Actitudes e intenciones


Todos nosotros hemos escuchado alguna vez a nuestra madre diciendo con respecto a nosotros mismos: “Mi hijo ha hecho esto porque perdió la cabeza, pero —en el fondo— es una muy buena persona.”

Una cosa es vivir culpándonos por actos impensados que nos hicieron equivocar; la culpa no nos lleva a ningún lado y puede despertarnos el estímulo para mejorar.

Otra cosa, sin embargo, es vivir perdonándonos todo lo que hacemos; de esta manera, nunca seremos capaces de corregir nuestro camino.

¿Cómo actuar? No existen fórmulas. Pero existe el buen sentido y debemos juzgar el resultado de nuestras actitudes y no las intenciones que teníamos al realizarlas. En el fondo, todo el mundo es bueno, pero esto no interesa.

Dijo Jesús: “Es por sus frutos que se conoce el árbol.”

Dice un antiguo proverbio árabe: “Dios juzga al árbol por sus frutos y no por sus raíces.”

Plegaria sufí


Plegaria del maestro sufí Dhu’l Nun, egipcio (fallecido en el 861 d.C.):

“Oh Dios, casi nunca presto atención a las voces de los animales, al ruido de los árboles, al murmullo de las aguas, al gorjeo de los pájaros, al silbido del viento o al estruendo del trueno.

Pero, cuando mi oído está atento, percibo en ellos un testimonio de Tu unidad; siento que Tú eres el supremo poder, la omnisciencia, la suprema sabiduría, la suprema justicia.

Oh Dios, Te reconozco en Tu obra y en Tus actos. Permite, oh Dios, que Tu satisfacción sea mi satisfacción. Que yo sea Tu alegría, esa alegría que un Padre siente por un hijo. Y que yo me acuerde de Tí con tranquilidad y determinación.”

Las conspiraciones del Universo


Cuando se quiere una cosa, el Universo entero conspira a favor.

Estamos acostumbrados a mirar esta frase nada más que desde el punto de vista positivo; nuestros verdaderos deseos siempre se hacen realidad.

Sin embargo, es preciso estar atento a las tinieblas del inconsciente. Allí, escondido bajo un montón de buenas intenciones, están los deseos que no osamos siquiera confesarnos a nosotros mismos: la venganza, el autocastigo, la alegría macabra de la tragedia personal.

El Universo no juega: conspira a favor de aquello que deseamos. Miremos con coraje las sombras de nuestra alma, por más doloroso que esto pueda ser. Iluminemos estas tinieblas con la luz del perdón, de la misericordia y del respeto por nosotros mismos.

El Universo siempre conspira para que podamos realizar lo que queremos; hay que tener mucho cuidado.

Honrar la palabra


Jesús decía: “Que tu sí sea un sí y que tu no sea un no.” Si usted ha asumido una responsabilidad, vaya hasta el final. Mantenga su palabra, porque ella es preciosa.”

Cada vez que su palabra es honrada por sus gestos, ella se vuelve más fuerte. Cuando usted dignifica su relación con los otros, dignifica también su relación con usted mismo.

Los que prometen y no cumplen viven creándose problemas. Pierden el respeto por sí mismos, se avergüenzan de sus actos. La vida de estas personas consiste en huir; ellas gastan mucha más energía deshonrando la palabra, de la que emplean los honestos para mantener sus compromisos.

Si usted asumió una responsabilidad tonta, que resultará en una pérdida de entusiasmo, tiempo y dinero, no vuelva a repetir esta actitud. Pero, por esta vez, honre su palabra.

Un ejercicio de meditación


Existe un ejercicio de meditación que consiste en hacernos conscientes, generalmente durante diez minutos por día, del motivo de cada una de nuestras acciones.

Un ejemplo: “Yo ahora leo el diario porque quiero informarme. Yo ahora pienso en tal persona porque esto que leí me llevó a esto otro. Yo voy hacia la puerta, porque voy a salir de casa.” Y así sucesivamente.

Buda llama a esto “la atención consciente.” Cuando nos observamos repitiendo la más común de las rutinas, nos damos cuenta de la riqueza de nuestra vida. Comprendemos cada paso, cada actitud. Descubrimos cosas importantes y pensamientos inútiles.

Después de una semana —la disciplina es siempre fundamental—, estamos más conscientes de nuestras faltas y distracciones. Y esto nos hace más fuertes.

No precisamos de ti


Los novicios del monasterio de Sceta oyeron, cierta tarde, que un monje ofendía a otro. El superior del monasterio, el Abate Sisois, le pidió al monje ofendido que perdonara a su agresor.

—De ningún modo —fue la respuesta. —Él lo hizo, él tendrá que pagar.

Al mismo tiempo, el Abate Sisois levantó los brazos al cielo y comenzó a rezar:

—Jesús mío, no precisamos más de Ti. Ya somos capaces de hacer que los agresores paguen sus ofensas. Ya somos capaces de tomar venganza por nuestra propia mano y cuidar del Bien y del Mal. Por lo tanto, puedes apartarte de nosotros sin problema.

Avergonzado, el monje agredido perdonó de inmediato a su hermano.

Nasrudin siempre elige mal


El mullah Nasrudin está considerado uno de los grandes maestros del sufismo; precisamente, por tener el perfil de un loco aunque siempre enseña —con su pretendida locura— los verdaderos secretos de la vida. Esta es una de sus historias.

Todos los días, Nasrudin iba a mendigar al mercado. A la gente le encantaba verlo hacer el papel de tonto con el siguiente truco: le mostraban dos monedas, de las cuales una valía diez veces más que la otra. Nasrudim siempre elegía la de menor valor.

La historia corrió por el condado. Día tras día, grupos de hombres y mujeres le mostraban las dos monedas y Nasrudim siempre se quedaba con la de menor valor.

Hasta que apareció un señor generoso, cansado de ver cómo ridiculizaban a Nasrudin de esa manera. Lo llamó a un rincón de la plaza y le dijo:

-Cuando le ofrezcan dos monedas, elija la de mayor valor. Así tendrá más dinero, y los demás no lo considerarán un idiota.

-El señor parece tener razón —respondió Nasrudin. —Pero si yo eligiera la moneda más valiosa, las personas dejarían de ofrecerme dinero para demostrar que soy más idiota que ellas. Usted no sabe cuánto dinero tengo reunido, usando este truco. “No tiene nada de malo pasar por tonto, si en verdad lo que uno hace es inteligente.”

El camino de Roma


Cuando me encontraba haciendo el camino de Roma, uno de los cuatro caminos sagrados de mi tradición mágica, me di cuenta —después de casi veinte días de estar prácticamente solo— de que estaba mucho peor que cuando lo había iniciado. Con la soledad, empecé a tener sentimientos mezquinos, amargos, innobles.

Busqué a la guía del camino y le comenté este hecho. Dije que, cuando comencé esa peregrinación, creía que iba a poder acercarme a Dios: sin embargo, después de tres semanas, me sentía mucho peor.

—Usted está mejor, no se preocupe —dijo ella. —La verdad, cuando encendemos la luz interior, la primera cosa que vemos son las telas de araña y el polvo, nuestros puntos flacos. Ya estaban allí, sólo que usted no los veía porque estaba en la oscuridad. Ahora le va a ser más fácil limpiar su alma.

En medio de los inocentes


El sabio rey Weng quiso visitar la prisión de su palacio. Y comenzó a escuchar las quejas de los presos:

—Soy inocente —decía un acusado de homicidio. —Terminé aquí porque quise asustar a mi mujer y sin querer la maté. —Me acusaron de soborno —dijo otro. —Pero todo lo que hice fue aceptar un regalo que me ofrecieron.

Todos los presos clamaban su inocencia al rey Weng. Hasta que uno de ellos, un joven de poco más de veinte años, dijo:

—Soy culpable. Herí a mi hermano en una pelea y merezco el castigo. Este lugar me ha hecho reflexionar sobre el mal que causé.

—¡Expulsen a este criminal de la prisión de inmediato! —gritó el rey Weng. —¡Con tantos inocentes aquí, va a terminar por corromperlos!

El alumno ladrón


Un discípulo del maestro zen Bankei fue atrapado robando durante la clase. Todos los demás pidieron que se lo expulsara, pero Bankei decidió no hacer nada.

A los pocos días el alumno volvió a robar y el maestro continuó callado. Disconformes, los otros discípulos exigieron que el ladrón fuera castigado, porque ese mal ejemplo no podía continuar.

—¡Cuán sabios son ustedes! —dijo Bankei. —Aprendieron a distinguir lo correcto de lo incorrecto y pueden estudiar en cualquier otro lugar. Pero este pobre hermano no sabe qué es lo que está bien o lo que está mal y sólo me tiene a mí para que se lo enseñe.

Los discípulos nunca más dudaron de la sabiduría y generosidad de Bankei y el ladrón nunca más volvió a robar.

El bosque de cedros


En 1939, el diplomático japonés Chiune Sugihara, que desempeñaba una función en Lituania durante una de las épocas más terribles de la humanidad, salvó a miles de judíos polacos de la amenaza nazi concediéndoles visas de salida.

Su acto de heroísmo, desafiando a su propio gobierno a lo largo de muchos años, fue una oscura nota de pie de página en la historia de la guerra. Hasta que los sobrevivientes salvados por Sugihara comenzaron a despertar del silencio y decidieron contar su historia. Luego se empezó a celebrar su coraje y su grandeza, llamando la atención de los medios de comunicación e inspirando a algunos autores a escribir libros que lo describían como “el Schindler japonés.”

Entretanto, el gobierno israelí reunía los nombres de los salvadores para recompensarlos por sus esfuerzos. Una de las formas en las que el estado judío trataba de reconocer su deuda para con aquellos héroes consistía en plantar árboles en su homenaje. Cuando se reveló la valentía de Sugihara, las autoridades israelíes planearon, como de costumbre, plantar un bosque de cerezos —el árbol tradicional de Japón— en su memoria.

De pronto, en una decisión fuera de lo común, la orden quedó sin efecto. Ellos decidieron que, en relación con la bravura de Sugihara, los cerezos eran un símbolo insuficiente. Optaron entonces por un bosque de cedros, después de haber llegado a la conclusión de que el cedro era más vigoroso y tenía más connotaciones sagradas por haber sido usado en el Primer Templo.

Después de que los árboles fueron plantados, las autoridades descubrieron que “Sugihara” en japonés significa “bosque de cedros.”

El camino que lleva al cielo


Cuando le preguntaron al Abate Antonio si el camino del sacrificio llevaba a Dios, éste respondió:

—Existen dos caminos de sacrificio. El primero es el del hombre que mortifica su carne y hace penitencia porque considera que estamos condenados. Este hombre se siente culpable y se juzga indigno de ser feliz. En este caso, no llega a ningún lado porque Dios no habita en la culpa.

“El segundo es el del hombre que, aun sabiendo que el mundo no es perfecto como todos queremos, reza, hace penitencia, ofrece su tiempo y su trabajo para mejorar el ambiente que lo rodea. Entonces, él entiende que la palabra “sacrificio” viene de “sacro oficio.” En este caso, la Presencia Divina lo ayuda todo el tiempo y consigue resultados en el Cielo.”

El jefe Seattle y el valor de las tradiciones (I)


En el año 1854, el presidente de los Estados Unidos le propuso a una tribu del norte comprarle sus tierras, ofreciendo a cambio la concesión de otra ‘reserva.’ El texto de la respuesta del Jefe Seattle se ha considerado, a lo largo del tiempo, como uno de los más bellos pronunciamientos con respecto a la importancia de las tradiciones. Ya leí en alguna parte que dicha respuesta fue la falsificación de un periodista, pero ello no le resta valor a lo que allí se dijo:

“¿Cómo puede comprarse o venderse el cielo, el calor de la tierra? Esa idea es extraña a nosotros. Si no poseemos la frescura del aire o el brillo del agua, ¿cómo podríamos venderlos? Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama, cada puñado de arena del desierto, cada sombra de un árbol, cada una de estas cosas es sagrada para la memoria de mi pueblo.

Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan estas montañas y valles pues así es el rostro de nuestra Madre. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores son nuestras hermanas. El ciervo, el caballo y la gran águila son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de la campiña, el calor del cuerpo del potro y del hombre: todo pertenece a la misma familia. Por lo tanto, cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros.

El jefe Seattle y el valor de las tradiciones (II)


El Gran Jefe dice que nos va a ubicar en un lugar donde podremos vivir felices. Ese será nuestro país y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero ello no será fácil porque esa agua brillante que corre por los riachos no es simplemente agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si le vendiéramos la tierra, podrían olvidar que el murmullo de las aguas es la voz de nuestros ancestros y la memoria de todo lo que ocurrió mientras vivimos aquí.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Un pedazo de tierra tiene, para él, el mismo significado que cualquier otra pues es un forastero que viene de noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana, sino una mujer atrayente y cuando la conquista, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se siente mal. Retira de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa. La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como cosas o adornos de colores. Su apetito devorará la tierra, dejando nada más que un desierto.

El jefe Seattle y el valor de las tradiciones (III)


Yo sé ahora que nuestras costumbres son diferentes a las de ustedes. La visión de sus ciudades hiere los ojos del piel roja. Tal vez sea porque el indio es un salvaje y no comprende. No encuentra un lugar tranquilo en la ciudad del hombre blanco. Ningún lugar donde puedan abrirse y florecer las hojas de la primavera o el batir de las alas de un insecto. El ruido parece que únicamente insulta los oídos. ¿Y qué queda de la vida si un hombre no puede oír el coro solitario de un ave o la discusión de los sapos alrededor de una laguna por la noche? Si todos los animales se fueran, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Pues lo que ocurre con los animales también acontece con el hombre. Todo está relacionado.

Todo lo que acontece en la tierra, le acontecerá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen el suelo, están escupiéndose a sí mismos. Sabemos esto: la tierra no le pertenece al hombre, el hombre pertenece a la tierra. El hombre no tramó el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que le haga al tejido, se lo hará a sí mismo.

Tampoco el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él de amigo a amigo, puede huir de esta realidad. De una cosa estamos seguros: nuestro Dios es el mismo Dios que el de él. La tierra Le es preciosa y herirla es despreciar al Creador. Es el final de la vida y el inicio de la supervivencia.

El deseo debe ser fuerte (I)


El yogui Ramakrishna ilustra, con una parábola, la intensidad del deseo que necesitamos tener:

El maestro llevó al discípulo cerca de un lago. —Hoy te voy a enseñar lo que significa la verdadera devoción —dijo.

Le pidió al discípulo que se metiera con él en el lago y tomando la cabeza del joven, la hundió debajo del agua.

Pasó el primer minuto. A mitad del segundo minuto, el joven ya se debatía con todas sus fuerzas para librarse de la mano del maestro y poder salir a la superficie.

El deseo debe ser fuerte (II)


Al final del segundo minuto el maestro lo soltó. El joven, con el corazón descontrolado, se levantó, jadeando.

—¡Usted quiere matarme! —gritaba.

El maestro esperó a que se calmara y le dijo:

—No deseaba matarte. Si lo hubiera deseado, ya no estarías aquí. Quería nada más saber lo que sentiste mientras estuviste debajo del agua.

—¡Sentí que me moría! ¡Todo lo que deseaba en la vida era respirar un poco de aire!

—Es exactamente eso. La verdadera devoción sólo aparece cuando no tenemos más que un deseo y si no podemos realizarlo, morimos.

El discípulo impaciente


Después de una exhaustiva sesión matinal de oraciones en el monasterio de Piedra, el novicio le preguntó al abate:

—¿Todas estas oraciones que usted nos enseña hacen que Dios se acerque a nosotros?

—Te voy a responder con otra pregunta —dijo el abad. —¿Todas estas oraciones que rezas harán que el sol salga mañana?

—¡Claro que no! ¡El sol sale porque obedece a una ley universal!

—Entonces, esta es la respuesta a tu pregunta. Dios está cerca de nosotros, independientemente de las oraciones que recemos.

El novicio se enojó:

—¿Usted quiere decir que nuestras oraciones son inútiles?

—En absoluto. Si tú no te despiertas temprano jamás podrás ver la salida del sol. Si tú no rezas, aunque Dios esté siempre cerca, nunca conseguirás notar Su presencia.

El gusto y la lengua (I)


Un maestro zen descansaba con su discípulo. En un determinado momento, sacó un melón de sus alforjas, lo dividió en dos y ambos comenzaron a comerlo.

En medio de la comida, el discípulo dijo:

—Mi sabio maestro, sé que todo lo que usted hace tiene un sentido. Compartir este melón conmigo tal vez sea una señal de que tiene algo para enseñarme.

El maestro siguió comiendo en silencio.

—Por su silencio, entiendo la pregunta oculta —insistió el discípulo. —Y debe ser la siguiente: ¿el gusto que estoy experimentando al comer esta deliciosa fruta está en qué lugar: en el melón o en mi lengua?

El gusto y la lengua (II)


El maestro nada dijo. El discípulo, entusiasmado, prosiguió:

—Y como todo en la vida tiene un sentido, pienso que estoy cerca de la respuesta a esta pregunta: el gusto es un acto de amor y de interdependencia entre los dos, porque sin el melón no habría un objeto de placer y sin la lengua...

—¡Basta! —dijo el maestro. —Los más tontos son aquellos que se juzgan más inteligentes y que buscan una interpretación para todo! El melón está sabroso, esto es más que suficiente, ¡y déjame comerlo en paz!

El gran mapa


Jorge Luis Borges cuenta que cierto rey encomendó a sus geógrafos un mapa del país. Pero exigió que el mapa fuese perfecto, con todos los detalles.

Los geógrafos midieron cada lugar e hicieron un borrador. Uno de ellos comentó que todavía faltaban detalles de ríos.

Decidieron entonces rehacer el dibujo a mayor escala. Cuando estuvo listo, el mapa resultó del tamaño del primer piso de un edificio; con todo, algunos consejeros del rey argumentaron:

—No se alcanzan a ver los caminos de los bosques.

Y los sabios geógrafos continuaron dibujando mapas cada vez más grandes, con más y más detalles del país.

Cuando finalmente lograron el mapa perfecto, llamaron al rey y lo llevaron a un inmenso desierto. Cuando llegaron, le mostraron una extraña tienda de campaña que se extendía hasta el horizonte.

-¿Qué es esto?

—El mapa del país —respondieron los geógrafos. —Como tratamos de hacerlo lo más parecido posible a la realidad, resultó tan grande que ocupó todo el desierto.

—El temor a cometer un error, la mayoría de las veces, termina llevándonos a cometerlo —dijo el rey. —El mapa es tan detallado, que no sirve para nada.

Y mandó ahorcar a los geógrafos.

El hombre que perdonaba


Hace muchos años, vivía un hombre que era capaz de amar y perdonar a todos los que encontraba en su camino. Por esta razón, Dios envió a un ángel para que hablara con él.

—Dios me pidió que viniera a visitarte y que te dijera que Él quiere recompensarte por tu bondad —dijo el ángel. Cualquier gracia que desees, te será concedida. ¿Te gustaría tener el don de curar?

—De ninguna manera —respondió el hombre. —Prefiero que el propio Dios elija a aquellos que deben ser curados.

—¿Y qué te parecería atraer a los pecadores hacia el camino de la Verdad?

—Esa es una tarea para ángeles como tú. Yo no quiero que nadie me venere ni tener que dar el ejemplo todo el tiempo.

—No puedo volver al cielo sin haberte concedido un milagro. Si no eliges, te verás obligado a aceptar uno.

El hombre reflexionó un momento y terminó por responder:

—Entonces, deseo que el Bien se haga por mi intermedio, pero sin que nadie se dé cuenta —ni yo mismo, que podría entonces pecar de vanidoso.

Y el ángel hizo que la sombra del hombre tuviera el poder de curar, pero sólo cuando el sol estuviese dándole en el rostro. De esta manera, por dondequiera que pasaba, los enfermos se curaban, la tierra volvía a ser fértil y las personas tristes recuperaban la alegría.

El hombre caminó muchos años por la Tierra sin darse cuenta nunca de los milagros que realizaba porque cuando estaba de frente al sol, tenía a su sombra atrás. De esta manera, pudo vivir y morir sin tener conciencia de su propia santidad.

El malabarista de Nuestra Señora


Cuenta una leyenda medieval que, con el Niño Jesús en brazos, Nuestra Señora decidió bajar a la Tierra y visitar un monasterio.

Orgullosos, todos los padres formaron una larga fila y cada uno se postraba ante la Virgen para rendir homenaje a la madre y al hijo. Uno recitó bellos poemas, otro mostró ilustraciones de la Biblia, un tercero dijo el nombre de todos los santos. Y así siguieron, un monje después de otro, mostrando su talento y su dedicación a los dos.

En el último lugar de la fila había un padre, el más humilde del convento, que nunca había aprendido los sabios textos de la época. Sus padres eran personas simples, que trabajaban en un viejo circo de los alrededores, y todo lo que le habían enseñado había sido arrojar bolas hacia arriba y realizar algunos malabarismos.

Cuando llegó su turno, los otros padres quisieron dar por terminado el homenaje porque el antiguo malabarista no tenía nada importante que decir y podía perjudicar la imagen del convento. Sin embargo, en el fondo de su corazón, también él sentía una inmensa necesidad de dar algo de sí a Jesús y a la Virgen.

Avergonzado, sintiendo la mirada reprobadora de sus hermanos, sacó algunas naranjas de la bolsa y comenzó a arrojarlas hacia arriba, haciendo malabarismos, la única cosa que sabía hacer.

Fue sólo en este instante que el Niño Jesús sonrió y comenzó a batir palmas en el regazo de Nuestra Señora. Y fue hacia él que la Virgen extendió los brazos, dejando que cargara un rato al niño.

El joven no respeta la sabiduría (I)


El viejo cazador de zorros, considerado el mejor de la región, decidió por fin jubilarse. Juntó sus pertenencias y decidió partir rumbo al sur del país, donde el clima era más templado.

Sin embargo, antes de que terminara de empaquetar sus cosas, recibió la visita de un joven.

—Quiero aprender sus técnicas —dijo el recién llegado. —A cambio, le compro su tienda de campaña y su licencia de cazador, y además le pagaré por todos los secretos que usted conoce.

El viejo estuvo de acuerdo: firmaron el contrato y le enseñó al joven todos los secretos de la cacería del zorro. Con el dinero recibido, compró una hermosa casa en el sur, donde pasó todo el invierno sin tener que preocuparse por juntar leña para la calefacción porque el clima era muy agradable.

El joven no respeta la sabiduría (II)


En la primavera, sintió nostalgia por su aldea y decidió regresar para ver a sus amigos.

Cuando llegó, se cruzó en medio del camino con el joven que pocos meses atrás decidiera pagarle una fortuna por sus secretos.

—¿Y entonces? —preguntó. —¿Cómo anduvo la temporada de caza?

-No pude cazar ni un solo zorro.

El viejo se quedó sorprendido y confuso:

—¿Pero has seguido mis consejos?

Con los ojos fijos en el suelo, el joven respondió:

—Bueno, la verdad es que no los seguí. Me di cuenta de que sus métodos eran demasiado anticuados y terminé descubriendo, por mí mismo, una manera mejor de cazar zorros.

El lago y Narciso (I)


Casi todo el mundo conoce la historia original (griega) sobre Narciso: un bello joven que todos los días iba a contemplar su rostro en el lago. Estaba tan encantado consigo mismo que, cierta mañana mientras trataba de admirarse más de cerca, cayó al agua y terminó por morir ahogado. En el lugar donde cayó nació una flor, que a partir de entonces se llamó “narciso.”

El escritor Òscar Wilde, sin embargo, hace que esta historia termine de una manera diferente.

Él dice que cuando Narciso murió vinieron las Oréades, ninfas del bosque, y vieron que el agua dulce del lago se había transformado en lágrimas saladas.

—¿Por qué lloras? —preguntaron las Oréades.

—Lloro por Narciso.

—Ah, no nos preocupa que llores por Narciso —continuaron ellas. —Al final de cuentas, a pesar de que todas nosotras siempre corrimos detrás de él por el bosque, tú fuiste el único que tuvo la oportunidad de contemplar de cerca su belleza.

El lago y Narciso (II)


—¿Pero Narciso era bello? —quiso saber el lago.

—¿Quién mejor que tú podría saberlo? —respondieron, sorprendidas, las Oréades. —Al final de cuentas, era en tus márgenes donde él se inclinaba todos los días.

El lago se quedó quieto un momento. Finalmente, dijo:

—Lloro por Narciso, pero jamás había notado que Narciso fuera bello.

“Lloro por él porque cada vez que él se recostaba en mis márgenes, yo podía ver, en el fondo de sus ojos, mi propia belleza reflejada.”

El mono y la mona discuten (I)


Sentados en la rama de un árbol, el mono y la mona contemplaban la puesta de sol. En cierto momento, ella preguntó:

—¿Qué hace que el cielo cambie de color a la hora en que el sol llega al horizonte?

—Si quisiéramos explicar todo, dejaríamos de vivir —respondió el mono. —Quédate quieta, vamos a dejar que nuestro corazón disfrute con este romántico atardecer.

La mona se enfureció.

—Eres primitivo y supersticioso. Ya no le prestas atención a la lógica y sólo te interesa aprovechar la vida.

En ese momento, pasaba un ciempiés.

—¡Ciempiés! —gritó el mono. —¿Cómo haces para mover tantas patas en perfecta armonía?

—¡Jamás lo pensé! —fue la respuesta.

—¡Pues piénsalo! ¡A mi mujer le gustaría tener una explicación!

El mono y la mona discuten (II)


El ciempiés miró sus patas y comenzó:

—Bueno... flexiono este músculo... no, no es así, yo debo mover mi cuerpo por aquí...

Durante media hora trato de explicar cómo movía sus patas y a medida que lo intentaba, se iba confundiendo cada vez más. Cuando quiso continuar su camino, ya no pudo seguir caminando.

—¿Ves lo que hiciste? —gritó desesperado. —¡Con el ansia de descubrir cómo funciono, perdí los movimientos!

—¿Te das cuenta de lo que ocurre con aquellos que desean explicar todo? —dijo el mono, volviéndose una vez más para presenciar la puesta de sol en silencio.

El matador de dragones


El célebre autor chino Zhungzi cuenta la historia de Zhu Pingman, quien salió en busca de un maestro para aprender la mejor manera de matar dragones.

El maestro entrenó a Pingman durante diez años seguidos, hasta que éste consiguió desarrollar a la perfección la técnica más sofisticada para matar dragones.

Desde entonces, Pingman pasó el resto de su vida buscando dragones para poder mostrar a todos sus habilidades. Para su desilusión, nunca encontró ninguno.

El autor de la historia comenta: “Todos nosotros nos preparamos para matar dragones y terminamos siendo devorados por las hormigas de los detalles, a las que nunca prestamos atención.”

El mirlo toma la decisión


Un viejo mirlo encontró una miga de pan y se la llevó volando. Al ver aquello, los pájaros más jóvenes se prepararon para atacarlo.

Ante el combate inminente, el mirlo dejó caer la miga de pan en la boca de una serpiente mientras pensaba para sí:

—Con la vejez, la gente ve la vida de otra manera: perdí mi alimento, es cierto, pero puedo encontrar otra miga de pan mañana.

“Sin embargo, si hubiera insistido en cargarla conmigo, hubiera desencadenado una guerra en el cielo: el vencedor pasaría a ser envidiado y los demás se armarían para combatirlo, el odio llenaría el corazón de los pájaros y una situación así podría durar mucho tiempo. Tal es la sabiduría de la vejez: saber trocar las victorias inmediatas por conquistas duraderas.”

El momento de la Aurora


Un rabino reunió a sus alumnos y preguntó:

—¿Cómo es que sabemos el momento exacto en que termina la noche y comienza el día?

—Cuando, de lejos, somos capaces de diferenciar una oveja de un cachorro —dijo un niño.

El rabino no quedó satisfecho con la respuesta.

—La verdad —dijo otro alumno— sabemos que ya es de día cuando podemos distinguir, a la distancia, un olivo de una higuera.

—No es una buena definición.

—¿Cuál es la respuesta, entonces? —preguntaron los pequeños.

Y el rabino dijo:

—Cuando un extraño se aproxima y nosotros lo confundimos con nuestro hermano. Ese es el momento cuando la noche acaba y comienza el día.

El monje y la prostituta (I)


Vivía un monje en las cercanías del templo de Shiva. En la casa de enfrente vivía una prostituta. Al observar la cantidad de hombres que la visitaban, el monje decidió llamarla:

—Eres una gran pecadora —la reprendió. —Le faltas el respeto a Dios todos los días, y todas las noches. ¿Será posible que no puedas detenerte y reflexionar sobre tu vida después de la muerte?

La pobre mujer quedó muy conmovida con las palabras del monje; con sincero arrepentimiento le oró a Dios, implorando su perdón. También pidió que el Todopoderoso la ayudara a encontrar una nueva manera de ganarse el sustento.

Pero no encontró ningún trabajo diferente. Y después de una semana de pasar hambre, volvió a la prostitución.

Pero, cada vez que le entregaba su cuerpo a un extraño, le rezaba al Señor y le pedía perdón.

El monje, irritado porque su consejo no había producido ningún efecto, pensó para sí:

El monje y la prostituta (II)


“A partir de ahora, y hasta el día de la muerte de esta pecadora, voy a contar cuántos hombres entran en esa casa.”

Y desde ese día, no hizo otra cosa que no fuera vigilar la rutina de la prostituta: por cada hombre que entraba, colocaba una piedra en una pila.

Pasado algún tiempo, el monje volvió a llamar a la prostituta y le dijo:

—¿Ves esta pila? Cada piedra representa uno de los pecados mortales que has cometido, aun después de mis advertencias. Y ahora te lo vuelvo a decir: ¡cuidado con las malas acciones!

La mujer comenzó a temblar al darse cuenta cómo se iban acumulando sus pecados. Al volver a su casa, derramó lágrimas de sincero arrepentimiento y orando dijo:

—¡Oh, Señor! ¿Cuándo tu misericordia me va a librar de esta miserable vida que llevo?

Su plegaria fue escuchada. Ese mismo día, el ángel de la muerte pasó por su casa y la llevó. Por la voluntad de Dios, el ángel cruzó la calle y también cargó al monje consigo.

El monje y la prostituta (III)


El alma de la prostituta subió inmediatamente a los Cielos, mientras que los demonios se llevaron al monje al Infierno. Cuando se cruzaron a mitad de camino, el monje vio lo que estaba ocurriendo y clamó:

—¡Oh, Señor! ¿Es esta tu justicia? ¡Yo, que pasé mi vida en devoción y pobreza, ahora soy llevado al infierno, mientras que esta prostituta, que vivió en constante pecado, está subiendo al cielo!

Al escuchar esto, uno de los ángeles respondió:

—Son siempre justos los designios de Dios. Tú creías que el amor de Dios se limitaba a juzgar el comportamiento del prójimo. Mientras que llenabas tu corazón con la impureza del pecado ajeno, esta mujer oraba fervorosamente día y noche. El alma de ella quedó tan liviana después de llorar, que podemos llevarla hasta el Paraíso. Tu alma quedó cargada de piedras y no podemos hacerla subir hasta lo alto.

El monasterio puede acabar (I)


El monasterio atravesaba tiempos difíciles: por culpa de una moda nueva, que afirmaba que Dios no era más que una superstición, los jóvenes ya no querían ser novicios. Unos fueron a estudiar sociología, otros se dedicaron a leer tratados de materialismo histórico. Así, poco a poco, la pequeña comunidad que quedó se fue dando cuenta de que iba a ser necesario cerrar el convento.

Los antiguos monjes fueron muriendo. Cuando el último de ellos estaba a punto de entregar su alma al Señor, llamó a su lecho de muerte a uno de los pocos novicios que quedaban:

—Tuve una revelación —dijo —Este monasterio fue elegido para algo muy importante.

—Qué lástima —respondió el novicio. —Porque sólo quedan cinco jóvenes y no podemos con todas las tareas, mucho menos si se trata de algo importante.

—De veras es una pena. Porque aquí, en mi lecho de muerte, se apareció un ángel y yo entendí que uno de ustedes cinco estaba destinado a volverse un santo.

Diciendo esto, expiró.

El monasterio puede acabar (II)


Durante el entierro, los jóvenes se miraban entre ellos, espantados. ¿Quién era el elegido? ¿Aquel que más ayudaba a los habitantes de la aldea? ¿O el que acostumbraba rezar con especial devoción? ¿O el que predicaba con tal entusiasmo que los otros quedaban al borde de las lágrimas?

Compenetrados por la presencia de un santo entre ellos, los novicios resolvieron posponer un poco el cierre del convento y comenzaron a trabajar duro, a predicar con entusiasmo, a restaurar los muros caídos y a practicar la caridad y el amor.

Cierto día, un muchacho apareció en la puerta del convento: estaba impresionado con el trabajo de los cinco jóvenes y quería ayudarlos. No pasó una semana y otro muchacho hizo lo mismo. A los pocos días, el ejemplo de los novicios recorrió la región.

—Los ojos de ellos brillan —decía un hijo a su padre, pidiendo que lo dejara ir al monasterio.

—Ellos hacen las cosas con amor —le comentaba un padre a su hijo. —¿Ves cómo el monasterio está más bello que nunca?

Diez años después, ya había más de ochenta novicios. Nunca se supo si el comentario del viejo monje fue verdadero o si había encontrado una fórmula para hacer que el entusiasmo le devolviese al monasterio su dignidad perdida.

Elías y la segunda oportunidad (I)


Carlos Castañeda cuenta cómo el maestro de su maestro, Julián Osorio, se transformó en un nagual (una especie de hechicero, según ciertas tradiciones mexicanas).

Julián trabajaba como actor en un teatro itinerante en el interior de México. Sin embargo, la vida de artista no era más que un pretexto para escapar de las convenciones impuestas por su tribu: la verdad, lo que más le gustaba a Julián era beber y seducir a las mujeres —cualquier tipo de mujer— que encontraba durante sus presentaciones teatrales. Exageró tanto, le exigió tanto a su salud, que terminó contrayendo tuberculosis.

Elías, un hechicero muy conocido entre los indios yaquis, daba su paseo vespertino cuando encontró a Julián tirado en el campo; sangraba por la boca y la hemorragia era tan intensa, que Elías —que era capaz de ver el mundo espiritual— percibió que la muerte del pobre actor ya estaba próxima.

Usando algunas hierbas que llevaba en la bolsa, consiguió detener la hemorragia. Después, se volvió hacia Julián:

Elías y la segunda oportunidad (II)


—No puedo curarlo —dijo. —Todo lo que podía hacer ya lo hice. Su muerte está próxima.

—No quiero morir, soy joven —respondió Julián.

Elías, como todo nagual, estaba más interesado en comportarse como un guerrero —concentrando su energía en la batalla de su vida— que ayudando a alguien que nunca había mostrado respeto por el milagro de la existencia. Sin embargo, sin lograr explicarse porqué, decidió acceder a su pedido.

—Vaya a las cinco de la madrugada para las montañas —dijo. —Espéreme a la salida del poblado. No falte. Si usted no viene, va a morir antes de lo que piensa: su único recurso es aceptar mi invitación. Nunca podré reparar el daño que usted ya hizo a su cuerpo, pero puedo detener su avance hacia el precipicio de la muerte. Todos los seres humanos caen en este abismo, más pronto o más temprano; usted está a pocos pasos de él y no puedo hacerlo retroceder.

—¿Qué puede hacer entonces?

—Puedo hacer que camine por el borde del abismo. Voy a desviar sus pasos para que usted siga por la enorme extensión de este margen entre la vida y la muerte; puede ir a derecha e izquierda, pero mientras que no caiga en él, podrá continuar vivo.

Elías y la segunda oportunidad (III)


El nagual Elías no esperaba gran cosa del actor, un hombre prejuicioso, libertino y cobarde. Se quedó sorprendido cuando a las cinco de la mañana del día siguiente lo encontró esperando en uno de las salidas del pueblito. Lo llevó para las montañas, le enseñó los secretos de los antiguos naguales mexicanos y con el tiempo Julián Osorio se transformó en uno de los más respetados hechiceros yaquis. Nunca se curó de la tuberculosis, pero vivió hasta los ciento siete años, siempre caminando por el borde del abismo.

Cuando llegó el momento indicado, comenzó a aceptar discípulos y tuvo a su cargo el entrenamiento de Don Juan Matus, quien a su vez le enseñó las antiguas tradiciones a Carlos Castañeda. Castañeda, con su serie de libros, terminó por hacer conocer estas tradiciones en el mundo entero.

Una tarde, conversando con otra discípula de Don Juan, Florinda, ella comentó:

—Es importante para todos nosotros tener en cuenta el camino del nagual Julián al borde del abismo. Nos hace entender que todos tenemos una segunda oportunidad, aun cuando estemos muy cerca de desistir.

Elías y la segunda oportunidad (IV)


Castañeda estuvo de acuerdo: examinar el camino de Julián significaba entender su extraordinaria lucha para mantenerse vivo. Entender que esta lucha se libraba segundo a segundo, sin ningún descanso, contra los malos hábitos y la autocompasión. No se trataba de una batalla esporádica, sino de un esfuerzo disciplinado y constante para mantener el equilibrio; cualquier distracción o momento de debilidad podría arrojarlo al abismo de la muerte.

Sólo había una manera de vencer las tentaciones de su antigua vida: enfocar toda su atención en el borde del abismo, concentrarse en cada paso, mantener la calma, no tener apego a nada más allá del momento presente.

Es decir, el tipo de camino que todo ser humano tiene que recorrer. El problema es que nadie se da cuenta de que está siempre al borde del abismo.

El pan y la manteca


Nuestra tendencia es siempre creer en la famosa “ley de Murphy”: todo lo que hacemos siempre puede salir mal. Hay una interesante historia al respecto:

Un hombre tomaba tranquilamente su café de la mañana. De repente, el pan sobre el que acababa de untar manteca, cayó al piso.

¡Cuál no fue su sorpresa cuando, al mirar hacia abajo, vio que la parte donde había untado la manteca había caído boca arriba! El hombre consideró que estaba en presencia de un milagro: contento, fue a conversar con sus amigos acerca de lo ocurrido. Todos se mostraron sorprendidos porque el pan, cuando cae al suelo, siempre queda con la parte de la manteca boca abajo, ensuciando todo.

—Tal vez seas un santo —dijo uno. —Y estás recibiendo una señal de Dios.

La historia fue pronto conocida en la pequeña aldea y todos se pusieron a discutir animadamente lo ocurrido: ¿cómo es que, contrariamente a lo que se decía, el pan de aquel hombre había caído al suelo de esa manera? Como nadie conseguía dar con la respuesta adecuada, fueron a buscar a un maestro que vivía en las cercanías y le contaron la historia.

El maestro pidió una noche para rezar, reflexionar, pedir inspiración divina. Al día siguiente, todos volvieron a verlo, ansiosos por escuchar la respuesta.

—Es una solución muy simple —dijo el maestro. —La verdad, el pan cayó al suelo exactamente como debía caer; fue la manteca la que estaba untada del lado equivocado.

El pato y la gata


—¿Cómo es que usted se inició en la vida espiritual? —preguntó uno de los discípulos al maestro sufí Shams Tabrizi.

—Mi madre decía que yo no estaba lo suficientemente loco como para internarme en un hospicio, ni era lo suficientemente santo para entrar en un monasterio —respondió Tabrizi. —Entonces decidí dedicarme al sufismo, donde aprendemos a través de la meditación libre.

—¿Y cómo le explicó eso a su madre?

—Con la siguiente fábula: alguien le acercó un patito a una gata para que la gata lo tomara a su cargo. Este seguía a su madre adoptiva por todas partes, hasta que un día, ambos llegaron frente a un lago. Inmediatamente el patito entró en el agua, mientras que la gata, desde la orilla, gritaba: “¡Sal de ahí! ¡Te vas a morir ahogado!” Y el patito respondió: “No, madre, descubrí lo que es bueno para mí, y esto es que estoy en mi ambiente. Voy a continuar aquí, aunque tú no sepas lo que significa un lago.”

El pez que salvó una vida


Nasrudin pasa frente a una gruta, ve a un yogui meditando y le pregunta qué es lo que busca.

—Contemplo a los animales y aprendo de ellos muchas lecciones que pueden transformar la vida de un hombre —dice el yogui.

—Pues un pez ya salvó mi vida —respondió Nasrudin. —Si usted me enseña todo lo que sabe, yo le cuento como fue.

El yogui se sobresaltó: sólo un santo podía haber salvado su vida gracias a un pez. Y decidió enseñarle todo lo que sabía.

Cuando terminó, le dijo a Nasrudin:

—Ahora que te enseñé todo, me sentiría orgulloso de saber cómo es que un pez salvó tu vida.

—Es simple —respondió Nasrudin. —Yo estaba casi muriendo de hambre cuando lo pesqué y gracias a él pude sobrevivir tres días.

El precio de la pregunta


El rabino vivía enseñando que las respuestas están dentro de nosotros mismos. Pero sus fieles insistían en consultarlo acerca de todo lo que hacían.

Un día, el rabino tuvo una idea: colocó un cartel en la puerta de su casa, y escribió:

“Respondo cada pregunta por 100 monedas.”

Un comerciante decidió pagar. Le dio el dinero al rabino, mientras comentaba:

—¿No le parece que es un poco caro cobrar tanto por una pregunta?

—Me parece —dijo el rabino. —Y acabo de responderla. Si quieres saber más, tendrás que pagar otras cien monedas. O busca la respuesta dentro de ti mismo, que es más barato y más eficaz.

A partir de ese día, nunca más lo molestaron.

El presente equivocado


Miye Tamaki resolvió dejar lo que hacía (era economista) para dedicarse a la pintura. Durante años buscó un maestro adecuado, hasta que encontró a una mujer especialista en miniaturas, que vivía en el Tibet. Miye dejó el Japón y fue a las montañas tibetanas, a aprender lo que precisaba.

Fue a vivir con la profesora, que era extremadamente pobre.

Al final del primer año, Miye regresó al Japón por algunos días y volvió al Tibet con regalos mal elegidos. Cuando la profesora vio lo que le había traído, comenzó a llorar y le pidió a Miye que no volviera más a su casa, diciendo:

—Antes, nuestra relación era de igualdad y amor. Tú tenías techo, comida y pinturas. Ahora, al traerme estos regalos, has establecido una diferencia social entre nosotras. Si existe esta diferencia, no puede existir ni comprensión ni entrega.

El presente de insultos (I)


Cerca de Tokyo vivía un gran samurái, muy anciano, que se dedicaba a enseñar el budismo zen a los jóvenes. A pesar de sus años, circulaba la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.

Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para aprovecharse de los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.

El joven e impaciente guerrero jamás había perdido un combate. Conociendo la reputación del samurái, estaba allí para derrotarlo y hacer crecer su fama.

Todos los estudiantes se manifestaron contra la idea, pero el viejo aceptó el desafío.

El presente de insultos (II)


Fueron todos a la plaza de la ciudad y el joven comenzó a insultar al viejo maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió el rostro, le gritó todos los insultos que conocía y que ofendían incluso a sus antepasados. Durante horas hizo todo para provocarlo, pero el viejo permanecía impasible. Hacia el final de la tarde, sintiéndose exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

Molestos por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos preguntaron:

—¿Cómo pudo soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usó su espada, aun sabiendo que podía perder la lucha, en vez de actuar como un cobarde delante de todos nosotros?

—Si alguien llega hasta ti con un presente y tú no lo aceptas, ¿a quién le pertenece el presente? —preguntó el samurái.

—A quien trató de entregarlo —respondió uno de los discípulos.

—Es lo mismo con la envidia, la rabia y los insultos —dijo el maestro. —Cuando no se los acepta, le continúan perteneciendo a quien los trae consigo.

Los tantos definidos


Va a ser mi participación más importante en el Festival de Escritores de Melbourne, Australia. Son las diez de la mañana, la sala está colmada. Voy a ser entrevistado por un escritor local, John Felton.

Subo al escenario con la aprensión de siempre. Felton me presenta y comienza a hacerme preguntas. Antes de que yo termine mi razonamiento, me interrumpe y hace una nueva pregunta. Cuando respondo, dice algo así como “esta respuesta no quedó muy clara.” Cinco minutos después, se nota un malestar entre el público: todos perciben que algo anda mal. Confucio viene a mi mente y hago la única cosa posible:

—¿A usted le gusta lo que yo escribo? —pregunto.

—Eso no viene al caso —responde. —Soy yo quien está entrevistándolo y no al revés.

—Pero sí viene al caso. Usted no me deja concluir una idea. Confucio dijo: “Siempre que sea posible, se debe ser claro.” Vamos a seguir este consejo y a dejar las cosas claras: ¿a usted le gusta lo que escribo?

—No, no me gusta. Sólo leí dos libros y los detesté.

—OK, entonces podemos continuar.

Los tantos ahora estaban definidos. El público se tranquilizó, el ambiente se cargó de electricidad, la entrevista se volvió un verdadero debate y todos, Felton incluido, quedaron satisfechos con el resultado.



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