Advertencia desde la Roma antigua

MENTIR para provecho comercial; crimen en las calles; inmoralidad sexual y divorcio fácil; diversión que da prominencia a la brutalidad. ¿Se parece eso a una descripción del mundo en que vivimos? ¡Lo es! Pero, ¿sabe usted que también es una descripción de la Roma de la antigüedad?
Estas mismísimas prácticas debilitaron tanto al Imperio Romano que, en 476 E.C., se derrumbó ante sus enemigos, tal como un poderoso árbol que está podrido por dentro cae estrepitosamente a tierra en una tormenta. En esto hay una advertencia para nosotros.

Amadores del dinero

Los romanos eran materialistas que vivían para las posesiones que podían acumular en torno de sí mismos. Puesto que el dinero compraba estas cosas, lo buscaban con avaricia, y no les importaba cómo lo obtenían. Un escritor romano llamado Marcial reveló la actitud general de la clase media romana cuando instó a salir de Roma a un amigo que tendía a ser honrado. ¿Por qué? Porque este amigo no era un parásito, no podía decir mentiras como un subastador, no podía defraudar a ancianas para quedarse con su propiedad, ni vender rumores políticos falsos o de juego de azar, ni de otras maneras obtener dinero por medios corruptos.
El amor al dinero hizo muy populares en Roma a los ancianos que eran solterones. Los conocidos que tenían esperanzas de ser mencionados en los testamentos de éstos los halagaban. Describiendo esto, el libro A Day in Old Rome, por William S. Davis, hace notar: “El solterón rico puede estar seguro de obtener servicio zalamero de un sinnúmero de fuentes. Mientras más tose y más pálido se pone, más regalos recibe y más amigos que se conduelen intensamente se apiñan a su cabecera. Llegan al mismísimo fondo del servilismo, y a veces salen remunerados.” Una vez que se les mencionaba en un testamento, no estaba fuera de lo que estos amigos harían el apresurar la muerte del solterón.
Como se pudiera esperar entre estas personas amadoras del dinero, había mucho crimen en las calles. Después de ponerse el Sol la gente no se arriesgaba a salir a calles no alumbradas a menos que fuera acompañada de amigos o esclavos con antorchas. En las calles acechaban hombres armados con dagas. También había desaforados nobles jóvenes que vagaban por las calles en grupos, deleitándose malignamente en golpear a personas que encontraran por las calles de noche con poca protección.
La justicia en los tribunales era para el hombre que tuviera dinero y pudiera asumir una apariencia de riqueza llevando anillos hermosos y una toga fina. Si la apariencia de un individuo no reflejaba riquezas, los jurados suponían que era un don nadie y votaban contra él. Sobre esto, el libro Beacon Lights of History, por John Lord, dice: “¿Qué diremos de la jactada justicia, cuando los fallos se rendían sobre puntos técnicos, y por lo general a favor de los que tenían las bolsas más largas; de modo que no solo era costoso dirigirse a los tribunales, sino tan costoso que arruinaba? ¿Qué se podía esperar de las leyes prescindiendo de lo buenas que fueran, cuando se les convertía en conductos de extorsión, cuando la misma ocupación del puesto de juez era el gran instrumento por el cual hombres poderosos protegían sus monopolios?”
Aun en los días del apóstol cristiano Pablo, 400 años antes de la caída de Roma, era común el soborno de los funcionarios públicos. El procurador romano Félix mantuvo en prisión por dos años a Pablo, aguardando juicio, con la esperanza de obtener un soborno de parte de él.—Hech. 24:26, 27.

Sin gobierno de sí mismos

Siendo materialistas, los romanos complacían las concupiscencias de la carne de todo modo concebible. El libro Decline and Fall of the Roman Empire por Eduardo Gibbon, dice: “La mayor parte de los nobles, que disipaban sus fortunas en lujo pródigo, se encontraban pobres en medio de la riqueza, y ociosos en un constante círculo de disipación. Sus deseos eran satisfechos continuamente por el trabajo de mil manos; del numeroso séquito de sus esclavos domésticos, a quienes impulsaba el temor del castigo; y de las diversas profesiones de artífices y comerciantes, que eran impelidos más poderosamente por las esperanzas de obtener ganancia.”
Las esposas tenían sus amoríos extramaritales y los esposos tenían sus concubinas. Hasta muchachos adolescentes frecuentaban los burdeles y tenían amoríos con mujeres y hombres. El divorcio era fácil. Todo lo que un individuo tenía que hacer era decirle a su cónyuge delante de testigos: “¡Llévate tu propiedad!” No era raro que un matrimonio se separara,’ se casara en otro lugar, se separara de nuevo y reanudara el matrimonio antiguo. Algunas mujeres se jactaban, como se ha conmemorado en sus tumbas, de haber tenido ocho esposos en cinco otoños.
El libro Roman Imperial Civilisation, por Harold Mattingly, comenta: “Había lugar para muchas virtudes de la vida privada, para devoción de marido y mujer, para lealtades de familia firmes. Pero había mucho que justificaba la protesta cristiana. Las normas eran demasiado bajas; la inmoralidad se enseñaba en el teatro y en los espectáculos públicos, y los matrimonios se emprendían y se disolvían demasiado fácilmente.”
Cuando se trataba de comer y beber, en esto los romanos también manifestaban falta de gobierno de sí mismos. Sus banquetes muy a menudo se convertían en orgías. Se servían eméticos a los invitados para que pudieran vomitar en un lugar especialmente diseñado con ese propósito y luego volvieran a la mesa del banquete y continuaran participando del placer sensual de comer y beber.
Una inscripción genuina grabada en una tumba, en expresión de la actitud desenfrenada de los romanos, dice: “Los baños, el vino y los amores... éstos perjudican nuestros cuerpos, pero hacen que valga la pena vivir la vida. He vivido mis días. Gocé y bebí todo lo que quise. En un tiempo no era; luego fui; ahora no soy de nuevo... pero no importa.”

Un pueblo brutal

Las excelentes cualidades de compasión, misericordia, bondad y empatía no eran comunes entre los romanos. Eran tan moralmente corruptos que eran insensibles al bienestar o sufrimientos de otros. Dice Gibbon: “Al ejercer la jurisdicción doméstica los nobles de Roma expresan una sensibilidad exquisita por cualquier daño personal, y una indiferencia desdeñosa por el resto de la especie humana. Cuando han pedido agua tibia, si un esclavo ha tardado en obedecer, instantáneamente lo castigan con trescientos azotes; pero si el mismo esclavo cometiera un asesinato voluntarioso, el amo comentaría con indulgencia que es un tipo despreciable, pero que si repite la ofensa no escapará de castigo.”
En las arenas romanas la gente se deleitaba en particular al ver a los gladiadores matarse unos a otros y al ver que las bestias salvajes despedazaban a humanos o a otras bestias. El libro The Historian’s History of the World, por Henry Smith Williams, comenta: “Tenemos que recordar que estas cosas no se hacían por casualidad, o bajo la influencia de algún arrebato extraño de frenesí popular. Se hacían adrede, sistemática y calmadamente; constituían la diversión prominente, casi diría yo el empleo normal, de todo un pueblo, cuyo único grito audible era a favor de ‘panem et circenses,’ ‘pan y sangre’.”

Uno siega lo que siembra

Al vivir para los placeres sensuales y para las cosas materiales los romanos egoístamente sembraban teniendo en mira la carne, y por eso segaron corrupción como resultado de ello. Esta es una ley fundamental que se expresa en la Biblia: “No se extravíen: de Dios uno no se puede mofar. Porque cualquier cosa que el hombre esté sembrando, esto también segará; porque el que está sembrando teniendo en mira su carne, segará de su carne la corrupción.” (Gál. 6:7, 8) El cultivar vicios solo puede llevar en una dirección, y ésa es hacia abajo a niveles cada vez más inferiores de depravación como lo demostraron tan vívidamente los romanos.
Hoy vemos el mismo proceso en operación en todo el mundo. La decadencia moral está empeorando constantemente. Muchos grupos de personas jóvenes abogan por libertad sexual; a muchos estudiantes varones de enseñanza superior no les parece nada malo el llevar alumnas de planteles de coeducación a su habitación para pasar la noche o para poner casa sin estar casados; y algunos líderes religiosos hablan en defensa de la homosexualidad.
El Dr. Joseph Fletcher, profesor de la Escuela Teológica Episcopal de Cambridge, Massachusetts, expresando el punto de vista libre y fácil que se está adoptando en cuanto al sexo, dijo: “Ningún acto sexual entre personas que son competentes para dar consentimiento mutuo debe prohibirse, salvo cuando implique o la seducción de menores de edad o una ofensa contra el orden público.” ¿No es esto semejante a Roma de la antigüedad?
La promiscuidad sexual, el uso de drogas que estimulan los sentidos y el exceso en cuanto al consumo de bebidas alcohólicas, todo forma parte de la búsqueda frenética de placeres sensuales que ha arrollado como un oleaje no solo a los jóvenes sino también los adultos. Como resultado las enfermedades venéreas están alcanzando proporciones epidémicas a pesar de formas modernas de tratamiento; los nacimientos ilegítimos y los abortos están aumentando, y el alcoholismo y la propensión a las drogas se están convirtiendo rápidamente en problemas crecientes.
Desde la II Guerra Mundial hasta 1961 la homosexualidad entre los varones tan solo en la Gran Bretaña aumentó 600 por ciento, y en 1967 los nacimientos ilegítimos allí llegaron a 70.000. Según el Chicago’s American del 11 de marzo de 1969, la proporción de ilegitimidad en los Estados Unidos entre los años 1938 y 1965 se elevó vertiginosamente, no solo entre los jóvenes, sino especialmente entre los adultos. El periódico informó que la proporción de ilegitimidad “para el grupo de madres de 15 a 19 años de edad aumentó 123 por ciento.” Luego dijo: “Pero en el grupo de 40 y más años, aumentó 300 por ciento; en el grupo de 35 a 39 años, 400 por ciento; en el grupo de 30 a 40 años, 673 por ciento.”
Una madre de Rodesia dijo: “Mi hija tuvo un aborto tan pronto como cumplió 17 años. . . . Hoy ninguna joven está segura. Si las madres se atreven a preguntarles a sus hijas la verdad (y la obtienen) es posible que reciban una sacudida sumamente desagradable.” ¡Cuán semejante a la Roma antigua!

Diversión

Como sucedió con el Imperio Romano, hoy la diversión por lo general no conduce a inculcar buena moralidad, respeto a la vida humana, compasión ni altruismo. En The Saturday Evening Post del 5 de noviembre de 1960, se hizo la siguiente observación acerca de la literatura popular y el teatro: “El realismo [en la literatura] resultó ser sexo, sadismo, ofensa y degeneración. . . . Así mismo en nuestro teatro la única materia válida ha llegado a ser obscenidad, blasfemia y decadencia, nuestros gustos tan estragados que los matices del comportamiento humano normal ya no nos interesan. Hay un torvo precedente histórico de esto. Los aristócratas romanos hartados y aburridos, para obtener placer, comían una salsa hecha de pescado putrefacto mientras observaban a la gente siendo despedazada en la arena.”
Con toda forma imaginable de brutalidad, sadismo y degeneración moral humanos presentados con regularidad en la televisión y en las pantallas cinematográficas como “diversión,” ¿no es la generación actual como los romanos que ansiosamente observaban cosas semejantes en sus teatros y arenas?
Hoy también vemos el mismo amor irresistible al dinero que contribuyó a la corrupción del Imperio Romano. En los negocios y en el gobierno los principios correctos muy a menudo ceden ante los esfuerzos ávidos por obtener dinero. En países de todo el mundo se manifiesta la decadencia moral mundial en la práctica regular de sobornar a funcionarios gubernamentales para lograr que se apruebe un contrato, para que se dejen pasar cosas en las aduanas, etc. De vez en cuando la mala conducta de líderes políticos de aceptar sobornos o malversar los fondos públicos llega a ser tan escandalosa que se publica en los periódicos. Por eso la gente por lo general está bien al tanto de la existencia de la corrupción política.
Con respecto a esta avidez de dinero el Dr. Stuart A. MacCorkle, director del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Texas, comentó: “Me parece que el tema del día es apoderarse de todo lo que uno pueda prescindiendo de cómo lo obtenga... y gran parte de esta actitud se está filtrando desde lugares encumbrados.” Esto se manifiesta en la creciente falta de honradez de los empleados, las prácticas disimuladas tan comunes en el mundo comercial y en el aumento persistente en la cantidad de crímenes. Por amor al dinero jóvenes y adultos desaforados están haciendo que las calles urbanas sean tan inseguras para andar por ellas como lo fueron las calles de Roma en la antigüedad.
¿A qué conclusión hemos de llegar cuando vemos todas estas pruebas de decadencia moral en el mundo hoy? ¿No es obvio que el mundo está siguiendo una senda semejante a aquélla? Sin embargo, esta vez no es solo una nación, o un imperio, el que está infectado; es todo el sistema de cosas global.
Viendo la tendencia de las cosas allá en la última parte del siglo diecinueve, el historiador John Lord dijo, después de escribir en cuanto a la caída del Imperio Romano: “Pero si en medio de nuestros magníficos triunfos de la ciencia y el arte, aceptáramos el epicureísmo de los antiguos y cayéramos en sus modos de vivir, entonces habría la misma decadencia que los caracterizó, —quiero decir en virtud y moralidad pública,— y habría el mismo castigo.” Sin embargo, esta vez habrá una diferencia.
La caída final del sistema de cosas actual vendrá, no a manos de los hombres, sino como un juicio de Dios, como se predijo hace mucho tiempo en la profecía bíblica. Allí en la Biblia es donde también hallamos esperanza de algo mejor... un justo nuevo sistema hecho por Dios que jamás desarrollará decadencia moral interna. Hacemos bien en informarnos en cuanto a ello.

Publicado en ¡Despertad!  del 22 de Enero de 1970