Cuando el cónyuge es infiel

 Las trágicas consecuencias de la infidelidad

“Me he marchado”, decía el mensaje grabado en el contestador. Probablemente fueron las palabras más devastadoras que el esposo de Pat jamás le dijo. “No podía creer que me hubiera traicionado —comenta ella—. Lo que más había temido siempre, que mi marido me abandonara por otra, se convirtió en una espantosa realidad.”
PAT tenía 33 años y realmente deseaba que su matrimonio marchara bien. Su esposo le había asegurado que nunca la dejaría. “Prometimos apoyarnos el uno al otro pasara lo que pasara —recuerda—. Estaba convencida de su sinceridad. Entonces... hizo aquello. Ahora no tengo nada, ni siquiera un gato o un pececillo.”
Hiroshi nunca olvidará el día en que se descubrió que su madre mantenía una relación extramarital. “Tenía apenas 11 años —relata—. Mi madre entró en la casa como un huracán, seguida por mi padre, que le decía: ‘¡Espera! ¡Hablemos del asunto!’. Intuí que algo horrible había sucedido. Mi padre estaba destrozado, y todavía no se ha repuesto del todo. Además, como no tenía a nadie en quien confiar, recurrió a mí. ¡Imagínese! ¡Un hombre de más de 40 años buscando consuelo y empatía en su hijo de 11 años!”
Bien sea que se trate de los escandalosos líos que han conmocionado a miembros de la realeza, políticos, estrellas de cine y líderes religiosos, o de la traición y las lágrimas vertidas en el seno de nuestras propias familias, la infidelidad conyugal sigue haciendo sentir sus trágicos efectos. “El adulterio parece ser tan universal y, en algunos casos, tan común como el matrimonio”, afirma The New Encyclopædia Britannica. Algunos investigadores calculan que entre el 50 y el 75% de las personas casadas han sido infieles alguna vez. La experta en asuntos matrimoniales Zelda West-Meads asegura que aunque hay muchos casos de infidelidad que no se descubren, “el peso de las pruebas indica que las relaciones extraconyugales siguen aumentando”.

Un alud de sentimientos

Por espeluznantes que sean, las estadísticas sobre la infidelidad y el divorcio no revelan todo el impacto que estos episodios producen en la vida cotidiana de las personas. Además de las enormes repercusiones económicas, piense en las montañas de sentimientos encerrados en dichas estadísticas: los ríos de lágrimas derramadas; la confusión, el pesar, la ansiedad y el dolor inmensurables que se sufren, así como las incontables noches de desvelo a causa de la angustia. Aunque las víctimas superen la penosa prueba, lo más probable es que queden marcadas por mucho tiempo. Las heridas y el daño infligidos no se reparan fácilmente.
“Una ruptura matrimonial normalmente provoca un gran estallido de emociones —explica el libro How to Survive Divorce (Cómo sobrevivir al divorcio)—, emociones que a veces amenazan con nublarle a uno la visión. ¿Qué debo hacer? ¿Cómo debo reaccionar? ¿Cómo voy a sobreponerme? Puede que se pase de la certeza a la duda, de la ira a la culpabilidad o de la confianza a la sospecha.”
Tal fue el caso de Pedro cuando se enteró de la infidelidad de su mujer. “La infidelidad origina un torrente de emociones confusas”, manifestó. Si las víctimas no entienden bien la sensación de desolación que experimentan, mucho menos las personas de fuera, que no conocen a fondo la situación. “Nadie entiende realmente lo que siento —asegura Pat—. Cuando pienso en que mi esposo está con ella, siento un dolor físico real, algo imposible de explicar.” Y añade: “Algunas veces creo que me estoy volviendo loca. Un día siento que tengo el control de la situación, y al día siguiente que no; un día lo extraño, y al día siguiente recuerdo toda la intriga y las mentiras y la humillación”.

Ira y ansiedad

“A veces, la emoción que te embarga es pura ira”, admite una víctima de la infidelidad. No es solo indignación por el mal cometido y la herida infligida, sino más bien, como explicó una periodista, “resentimiento por lo que pudo haber sido y se echó a perder”.
Son asimismo comunes la pérdida del amor propio y los sentimientos de ineptitud. Pedro dice: “Surgen dudas como: ‘¿No soy lo suficientemente atractivo? ¿Adolezco de algún otro defecto?’. Uno empieza a analizarse exhaustivamente para encontrar la falla”. Zelda West-Meads, del Instituto Nacional de Consejería Matrimonial de Gran Bretaña, confirma lo anterior en su libro To Love, Honour and Betray (Para amarte, honrarte y traicionarte), al decir que “una de las cosas más difíciles con las que hay que contender [...] es la pérdida de la autoestima”.

Culpabilidad y depresión

Las emociones mencionadas suelen ir seguidas de cerca por oleadas de culpabilidad. Una esposa abatida señaló: “Creo que el sentimiento de culpa atormenta muchísimo a las mujeres. Una se culpa a sí misma y se pregunta: ‘¿En qué fallé?’”.
Un esposo traicionado revela otro aspecto de lo que él llama “emociones tipo montaña rusa”. Dice: “La depresión es un nuevo factor que llega como el mal tiempo”. Cierta esposa recuerda que cuando su marido la abandonó, lloraba todos los días. “Recuerdo muy bien el primer día que pasé sin llorar varias semanas después que él me dejó —dice—. Transcurrieron varios meses antes de mi primera semana sin llanto. Aquellos días y semanas sin lágrimas marcaron hitos en mi camino hacia la recuperación.”

Doble traición

Muchos no comprenden que el adúltero con frecuencia le asesta un golpe doble a su cónyuge. ¿Cómo? Pat nos da una clave: “Fue algo muy duro para mí, pues no solo era mi esposo, sino también mi amigo —mi mejor amigo— por muchos años”. Efectivamente, en la mayoría de los casos la esposa busca el apoyo de su esposo cuando surgen dificultades; pero entonces, él no solo se convierte en el causante de graves traumas emocionales, sino que deja de ser la fuente de ayuda que ella tanto necesita. De un solo golpe le causa a su esposa un gran dolor y la priva de su leal confidente.
Por tal razón, una de las cosas que más abruman al cónyuge inocente es el sentirse traicionado y ver destruida la confianza depositada en su pareja. Una consejera matrimonial explica por qué la traición conyugal es tan demoledora en sentido emocional: “Invertimos tanto de nosotros mismos en el matrimonio —ilusiones, sueños y expectativas— [...], buscando a alguien en quien podamos confiar de verdad, alguien con quien podamos contar siempre. Si de repente nos arrebatan esa confianza, es como si un castillo de naipes se desplomara con el viento”.
Como señala el libro How to Survive Divorce, es obvio que las víctimas “necesitan ayuda para superar el trauma emocional [...], para saber con qué opciones cuentan y cuál elegir”. Ahora bien, ¿cuáles son esas opciones?
“¿Será la reconciliación el remedio en nuestro caso? —quizás se pregunte usted—, ¿o debo obtener el divorcio?” Sobre todo si la relación matrimonial ha sido tirante, podría resultar muy tentador apresurarse a concluir que el divorcio es la solución a los problemas. “Después de todo —tal vez razone—, la Biblia autoriza el divorcio en caso de infidelidad conyugal.” (Mateo 19:9.) Por otro lado, puede que concluya que la Biblia no hace hincapié en el divorcio y, por lo tanto, considere que es mejor reconciliarse y reconstruir y consolidar el matrimonio.
Divorciarse o no del cónyuge infiel es una decisión personal. Sin embargo, ¿cómo saber qué camino tomar? En primer lugar, sírvase examinar algunos de los factores que le ayudarán a determinar si es posible la reconciliación.


Divorcio

¿Es posible la reconciliación?

“Es fácil iniciar los trámites del divorcio de manera impulsiva —observa el libro Couples in Crisis (Matrimonios en crisis)— y, sin embargo, debe haber muchos matrimonios que en esencia valen la pena y que podrían salir airosos si resolvieran los problemas.”
ESTE comentario armoniza con una antiquísima enseñanza de Jesucristo sobre el divorcio. Aunque él dijo que al cónyuge inocente le está permitido obtener el divorcio en caso de infidelidad, no indicó que fuera una obligación hacerlo (Mateo 19:3-9). Puede que el cónyuge fiel tenga razones para intentar salvar su matrimonio. Quizás el transgresor aún ame a su esposa, o tal vez sea un marido y un padre cariñoso que mantiene debidamente a su familia. Teniendo en cuenta sus propias necesidades y las de sus hijos, el cónyuge fiel puede optar por la reconciliación en vez del divorcio. De ser así, ¿qué factores debe considerar, y cómo puede superar las dificultades que entraña la reconstrucción del matrimonio?
Ante todo, cabe indicar que ni el divorcio ni la reconciliación son fáciles. Tampoco el simple hecho de perdonar al cónyuge adúltero soluciona los problemas de fondo de la pareja. Por lo general, para salvar un matrimonio se necesita un dolorosísimo examen de conciencia, comunicación franca y mucho empeño. Los esposos a menudo subestiman el tiempo y el esfuerzo que exige rehacer un matrimonio dañado. Con todo, muchos han perseverado y han sido recompensados con una unión estable.
Interrogantes que deben contestarse
Para tomar una decisión bien fundada, el cónyuge fiel debe aclarar sus sentimientos y saber qué posibilidades de elección tiene. Podría reflexionar sobre las siguientes preguntas: ¿Desea él volver? ¿Ha terminado definitivamente la relación adúltera, o se muestra reacio a hacerlo de inmediato? ¿Ha dicho que lo siente? En ese caso, ¿se ha arrepentido sinceramente y siente remordimientos por lo que hizo, o tiende a culparme de su falta? ¿En verdad lamenta el daño que ha causado, o solo está acongojado porque su relación ilícita ha salido a la luz y se ha visto malograda?
¿Y qué ocurrirá en el futuro? ¿Ha empezado a rectificar las actitudes y acciones que lo condujeron al adulterio? ¿Está firmemente resuelto a no volver a cometer el mal, o todavía tiende a coquetear y a formar lazos emocionales indebidos con personas del sexo opuesto? (Mateo 5:27, 28.) ¿Se ha comprometido del todo a rehacer el matrimonio? Si es así, ¿qué está haciendo a tal efecto? Las respuestas apropiadas a estos interrogantes pueden servir de base para creer que es posible restaurar el matrimonio.

La comunicación es fundamental

“Resultan frustrados los planes donde no hay habla confidencial”, dice un escritor bíblico (Proverbios 15:22). Este es el caso cuando el cónyuge inocente siente la necesidad de conversar con su pareja sobre la infidelidad. Sin entrar necesariamente en detalles íntimos, quizás puedan hablar con el corazón en la mano a fin de sacar a flote la verdad de lo acaecido y aclarar las ideas equivocadas. Esto, a su vez, evitará que la pareja siga distanciándose debido a los malentendidos y el resentimiento prolongado. Es cierto que tales conversaciones pueden resultar penosas para ambos, pero muchos han descubierto que son una parte importante del proceso para restaurar la confianza.
Otro paso esencial para una reconciliación efectiva es tratar de determinar los puntos conflictivos del matrimonio, aquellas cosas en que ambos esposos tienen que mejorar. Zelda West-Meads aconseja: “Cuando hayan hablado lo suficiente de la dolorosa situación, cuando hayan decidido que la aventura ha terminado definitivamente y que a pesar de todo desean conservar su unión, determinen en qué han fallado y renueven el matrimonio”.
Quizás no se hayan mostrado el debido aprecio el uno al otro, hayan desatendido las actividades espirituales o no hayan pasado suficiente tiempo juntos. Es posible que usted no haya dado a su cónyuge el amor, la ternura, la alabanza y la honra que este necesitaba. Volver a evaluar juntos sus metas y sus valores fomentará la unión y evitará actos futuros de infidelidad.

Esfuerzos por perdonar

A pesar de sus esfuerzos sinceros, puede que a la esposa herida no le resulte fácil perdonar a su marido, y mucho menos a la mujer con quien cometió la infidelidad (Efesios 4:32). Pero sí puede procurar librarse paulatinamente del resentimiento y la amargura. “El cónyuge fiel debe reconocer que llega un momento en que hay que seguir adelante —dice una obra de consulta—. Es importante que no siga sacando a colación las faltas pasadas de su pareja para castigarla cada vez que surja una discusión.”
Muchos han descubierto que al esforzarse por reducir y eliminar el fuerte resentimiento, con el tiempo han dejado de sentir hostilidad hacia el ofensor, lo que constituye un paso esencial en la reconstrucción de un matrimonio.

Aprenda a confiar otra vez

“¿Podremos volver a confiar el uno en el otro?”, preguntó muy turbada una esposa, y con razón, pues la traición del adúltero destruye —o al menos perjudica gravemente— la confianza que se tenía en él. Como un jarrón precioso, la confianza es fácil de romper y difícil de reparar. El hecho es que debe existir confianza y respeto mutuos para que una relación no solo sobreviva, sino también prospere.
Esto significa que hay que aprender a confiar otra vez. En lugar de exigir con insensibilidad que confíen en él, el cónyuge culpable puede contribuir a ganarse la confianza siendo totalmente abierto y honrado con respecto a sus actividades. A los cristianos se les insta a ‘desechar la falsedad y hablar verdad’ los unos con los otros (Efesios 4:25). Para recuperar la confianza, empiece por “dar a su [esposa] un itinerario exacto de todos sus movimientos —aconseja Zelda West-Meads—. Dígale adónde irá y cuándo regresará, y asegúrese de estar donde dijo que estaría”. Si cambia de planes, manténgala informada.
Recobrar el amor propio requiere tiempo y esfuerzo. El esposo culpable puede ayudar no escatimando sus muestras de afecto ni sus palabras de encomio, repitiéndole a su mujer que la aprecia y la ama. “Reconózcanle el trabajo de sus manos”, recomienda una respetada consejera matrimonial (Proverbios 31:31, La Nueva Biblia Latinoamérica, 1995). Por su parte, la esposa puede ir recuperando la confianza en sí misma centrando su atención en las cosas que hace bien.

Lleva tiempo

En vista del dolor tan intenso que causa la infidelidad, no sorprende que después de muchos años aún puedan acudir a la memoria recuerdos vívidos y dolorosos. Sin embargo, a medida que la herida vaya sanando, la humildad, la paciencia y el aguante por parte de ambos componentes de la pareja contribuirán a restaurar la confianza y el respeto (Romanos 5:3, 4; 1 Pedro 3:8, 9).
“El dolor horrible de los primeros meses no es duradero —asegura confortadoramente el libro To Love, Honour and Betray—. Con el tiempo desaparece [...]. Al final, descubres que puedes pasar días, semanas, meses y hasta años sin pensar en lo ocurrido.” Al seguir aplicando los principios bíblicos en su matrimonio y buscando la bendición y guía de Dios, sin duda experimentará el efecto tranquilizador de “la paz de Dios que supera a todo pensamiento” (Filipenses 4:4-7, 9).
“Volviendo la vista atrás —dice Pedro—, vemos que lo sucedido cambió el rumbo de nuestra vida. Aún tenemos que hacerle algunas reparaciones a nuestro matrimonio de vez en cuando, pero superamos la prueba, seguimos casados y somos felices.”
Ahora bien, ¿y si el cónyuge inocente no tiene motivos para perdonar al infiel? ¿Y si lo perdona (en el sentido de no abrigarle resentimiento), pero por buenas razones decide valerse de la provisión bíblica del divorcio? ¿Qué problemas conlleva el divorcio? Lo invitamos a considerar los factores que hay implicados en un divorcio, y cómo algunos han hecho frente a la situación.

[Notas]

A efectos de simplificar, nos referiremos a la esposa como el cónyuge fiel, si bien los principios analizados son igualmente aplicables al marido cuya esposa le es infiel.
Sírvase ver el artículo “El punto de vista bíblico: Adulterio: perdonar o no perdonar”, en ¡Despertad! del 8 de agosto de 1995.

Apoyo significativo

  En vista de la multiplicidad de factores que han de tenerse en cuenta, es útil buscar la asistencia de un consejero experto y equilibrado. Los testigos de Jehová, por ejemplo, pueden acudir a los ancianos de la congregación, que son hombres bondadosos y compasivos (Santiago 5:13-15).
  Se insta a los consejeros, amigos y parientes a que no promuevan sus preferencias personales y a que no defiendan ni condenen el divorcio con fundamento bíblico o la reconciliación. Una cristiana que pasó por un divorcio recomienda: “Dé mucho apoyo, pero déjenos decidir lo que hemos de hacer”.
  El consejo debe basarse sólidamente en la Biblia. “No les diga cómo deben o no deben sentirse —sugiere una divorciada—; más bien, deje que hablen con el corazón en la mano.” Comprender los sentimientos de la persona y mostrarle cariño fraternal y tierna compasión ayudarán a aliviar las hondas heridas causadas por la traición conyugal (1 Pedro 3:8). Un experto consejero indicó: “Existe el que habla irreflexivamente como con las estocadas de una espada, pero la lengua de los sabios es una curación” (Proverbios 12:18).
  “Necesitaba comprensión, ánimo y unas palabras de consuelo —recuerda un esposo fiel—, y mi esposa ansiaba guía específica y encomio por sus esfuerzos, un apoyo tangible que la ayudara a seguir adelante.”
  Si una persona decide divorciarse o separarse por motivos bíblicos después de haber reflexionado detenidamente y bajo oración, no debe dársele consejo de una manera que la haga sentirse culpable; por el contrario, hay que ayudarle a superar los sentimientos de culpa injustificados.
  “Si usted desea ser una fuente significativa de consuelo —señala una víctima—, nunca olvide las profundas emociones humanas que están implicadas en la situación.”

Por qué algunos siguen juntos

  En muchas comunidades, hay esposas a las que no les queda más remedio que continuar al lado de un marido adúltero e impenitente. Por ejemplo, algunas cristianas que viven en zonas conflictivas o de bajos ingresos han permanecido con un marido infiel que en otros aspectos continúa proveyendo lo necesario para su familia, aunque no sea creyente. De este modo cuentan con un techo, la protección necesaria, un ingreso fijo y la estabilidad relativa que produce la presencia del marido en el hogar, aun cuando sea infiel. Han concluido que quedándose, por difícil o desagradable que les resulte, tendrán —dentro de las circunstancias— un mayor control de su vida que si tuvieran que luchar solas.
  Después de aguantar esta situación —a veces durante muchos años—, algunas esposas han tenido la dicha de finalmente ver a sus esposos cambiar y convertirse en maridos cristianos fieles y amorosos (compárese con 1 Corintios 7:12-16).
  Por eso, no debe criticarse a quienes opten por seguir con un cónyuge impenitente. Su decisión no es nada envidiable, y merecen que se les dé toda la ayuda y el apoyo que necesiten.

¿De quién es la culpa?

  Es verdad que en algunos casos las imperfecciones del cónyuge inocente tal vez hayan contribuido a que la relación sea muy tirante; no obstante, la Biblia dice que “cada uno es probado al ser provocado y cautivado por su propio deseo. Entonces el deseo, cuando se ha hecho fecundo, da a luz el pecado” (Santiago 1:14, 15). Aunque puede haber varios factores, la causa principal del adulterio es el “propio deseo” de la persona. Los problemas maritales originados por las faltas del otro cónyuge, de ninguna manera se resuelven con el adulterio (Hebreos 13:4).
  Más bien, los problemas matrimoniales se pueden solucionar cuando ambos esposos perseveran en la aplicación de los principios bíblicos, lo que incluye ‘soportarse el uno al otro y perdonarse liberalmente’. Asimismo deben seguir manifestando cualidades como “los tiernos cariños de la compasión, la bondad, la humildad mental, la apacibilidad y la gran paciencia”. Y, lo que es más importante, deben “[vestirse] de amor, porque es un vínculo perfecto de unión” (Colosenses 3:12-15).

La opción del divorcio

“Si tu marido muere, la gente se muestra comprensiva contigo aunque no hayas sido la mejor esposa; pero si te abandona, hay quienes piensan que no te esforzaste lo suficiente. Por favor, ¡AYÚDENME!”—Una lectora de ¡Despertad! de Sudáfrica.
LA INFIDELIDAD y el divorcio son experiencias muy traumáticas. Si bien muchos han encontrado motivos para reconciliarse con su cónyuge y conservar el matrimonio, otros han tenido razones válidas para elegir la opción que Dios ofrece de divorciarse del cónyuge adúltero (Mateo 5:32; 19:9). Se puede dar el caso, por ejemplo, de que la seguridad, la espiritualidad y el bienestar general de la esposa fiel y de sus hijos corran peligro, de que ella tema contraer una enfermedad de transmisión sexual o de que aunque haya perdonado a su marido adúltero, tenga poco fundamento para creer que es posible recuperar del todo la confianza que le tenía y continuar la vida en común.
“Fue la decisión más difícil de mi vida”, admitió una esposa consternada. Una decisión difícil, sí, no solo por lo doloroso de la traición, sino también porque el divorcio tiene repercusiones de gran alcance que afectan a todo aspecto de la vida. Por consiguiente, la decisión de divorciarse o no del cónyuge infiel es totalmente personal, y es un derecho bíblico que los demás han de respetar.
Por desgracia, muchas personas se divorcian precipitadamente sin detenerse a pensar en el costo (compárese con Lucas 14:28). ¿Cuáles son algunos de los factores implicados en la opción del divorcio?

Si hay hijos

“Los padres se concentran tanto en sus propios problemas que a menudo olvidan o pasan por alto las necesidades de sus hijos”, afirma el libro Couples in Crisis. Por lo tanto, al contemplar la posibilidad del divorcio, tome en consideración la espiritualidad y el bienestar de sus hijos. Muchos investigadores comentan que cuanto más amistoso sea el divorcio, tanto menor será el sufrimiento de los hijos. Incluso en circunstancias difíciles, la apacibilidad ayudará a la persona a ‘no pelear, sino a ser amable para con todos, manteniéndose reprimida bajo lo malo’ (2 Timoteo 2:24, 25).
Quien opte por el divorcio debe tener presente que son los esposos —no los hijos— los que se divorcian. Los hijos siguen necesitando a ambos padres. Por supuesto, hay circunstancias extremas, como cuando el niño corre el riesgo de sufrir maltrato o abusos deshonestos. Pero las diferencias religiosas o personales no deben utilizarse para privar a los hijos del beneficio de contar con ambos padres.
También hay que tomar en cuenta las frágiles emociones de los niños pequeños y la necesidad que tienen de que se les prodigue seguridad y cariño. “La continuidad del amor —asegura un libro— les servirá de telón de fondo y de cimientos para afrontar la nueva situación.” Además, el atender diariamente a sus necesidades espirituales puede contribuir a su estabilidad (Deuteronomio 6:6, 7; Mateo 4:4).

Trámites legales y financieros

El divorcio despoja inevitablemente a los cónyuges de cierta cantidad de ingresos y bienes, de algunas comodidades y quizás de una casa muy querida. Como tal vez haya que vivir con más gastos y menos ingresos, es conveniente hacer un presupuesto realista según las prioridades económicas. Debe evitarse el impulso de compensar las pérdidas y los sentimientos heridos derrochando el dinero o endeudándose.
Si se opta por el divorcio, es preciso que ambas partes decidan el manejo de las cuentas conjuntas. Para evitar la malversación de fondos de una cuenta bancaria conjunta, por ejemplo, sería bueno pedir a la institución que, mientras cada uno no tenga su propia cuenta, exija las firmas de los dos titulares para sacar dinero.
También es aconsejable llevar un registro exacto de los gastos e ingresos para acordar la pensión alimentaria. Además, en muchos países, la ley exige que se informe al fisco del cambio de estado civil.
Por otro lado, a muchas personas les resulta útil consultar con un abogado experto en divorcios. Algunos países permiten la intervención de un mediador o conciliador que ayude a las parejas a llegar a acuerdos pacíficos y aceptables para ambas partes, los cuales son ratificados después por un tribunal. Muchos padres prefieren utilizar los servicios de un profesional que no sea contencioso, sobre todo cuando hay hijos. Más bien que intentar ganar a todo trance, procuran reducir al mínimo los conflictos y el daño. El precio que hay que pagar en términos emocionales y económicos para obtener ciertas ganancias materiales, simplemente no vale la pena.

Cambio en las relaciones

“No debe subestimarse la incomodidad y la inseguridad que muchas personas sienten con respecto a sus amigos divorciados”, sostiene una investigadora. Aun cuando el cónyuge fiel actúe conforme a sus derechos legales, morales y bíblicos, algunos quizás lo vean como el causante de la ruptura matrimonial. Su reacción puede ir desde un frío saludo hasta el rechazo obvio; peor aún, antiguos compañeros íntimos tal vez lo traten con franca animosidad.
Muchos sencillamente no comprenden todo el apoyo que precisa quien atraviesa un divorcio. Tal vez les parezca que basta con enviar una breve carta o una tarjeta. Sin embargo, suele haber amigos que “tienen la sensibilidad adecuada —dice el libro Divorce and Separation—, y que llamarán para ver si deseas que te acompañen a algún lugar, si quieres que te hagan algo o si solo tienes ganas de hablar”. En efecto, la persona que pasa por este difícil trance necesita, como dice la Biblia, de “un amigo más apegado que un hermano” (Proverbios 18:24).

El camino hacia la recuperación

“Todavía hay ocasiones en que siento una soledad increíble, incluso cuando estoy rodeada de gente”, confiesa una madre que se divorció hace dieciséis años. ¿Cómo sobrelleva la situación? “He construido mi propio mecanismo de defensa —dice— manteniéndome ocupada en el trabajo, en el cuidado de mi hijo y en los quehaceres de la casa. También comencé a asistir a las reuniones de los testigos de Jehová, a expresar mi fe a los vecinos y a hacer cosas para los demás. Esto me ayudó muchísimo.”
Ciertas fechas y épocas del año pueden hacer revivir memorias y emociones dolorosas: el día en que se descubrió la infidelidad, el momento en que su cónyuge se marchó de casa, la fecha del juicio. Los acontecimientos felices que la pareja compartía, como las vacaciones y los aniversarios de boda, pueden convertirse en experiencias emocionales difíciles de soportar. “Esos días procuro pasar tiempo con mi familia o con amigos cercanos que conocen la situación —dice Pat—. Hacemos cosas que irán desplazando los pensamientos del pasado y convirtiéndose en nuevos recuerdos. Pero mi mayor ayuda es la relación que tengo con Jehová, saber que él entiende lo que siento.”

No se desespere

Los cónyuges inocentes que, ateniéndose a los principios bíblicos, se valen del derecho otorgado por Dios de divorciarse del cónyuge adúltero, no tienen por qué sentirse culpables ni temer que Jehová los haya abandonado. Lo que Dios odia es el proceder traicionero del cónyuge adúltero, la causa de “lloro y suspiro” (Malaquías 2:13-16). Hasta Jehová, el Dios de “tierna compasión”, sabe lo que es ser rechazado por alguien a quien se ama (Lucas 1:78; Jeremías 3:1; 31:31, 32). Por lo tanto, tenga la seguridad de que “Jehová es amador de la justicia, y no dejará a los que le son leales” (Salmo 37:28).
Naturalmente, para empezar sería mucho mejor evitar la infidelidad conyugal y sus trágicas consecuencias. El secreto de la felicidad familiar, un práctico manual para la familia, está ayudando a muchas personas de todo el mundo a conseguir matrimonios felices y evitar la infidelidad. Algunos de sus capítulos tratan de cómo tener un matrimonio feliz, cómo educar a los hijos y cómo resolver los problemas maritales. Los testigos de Jehová de la localidad o los editores de esta revista tendrán mucho gusto en suministrarle más información sobre este tema.

Los hijos no merecen el divorcio

  Según dijo en 1988 la difunta Diana, princesa de Gales, tan solo en Gran Bretaña, todos los días alrededor de cuatrocientos veinte niños sufren el divorcio de sus padres. Un tercio de estos son menores de cinco años y, trágicamente, un 40% pierde el contacto con uno de sus padres después del divorcio.
  Contrario a lo que muchos opinan, “muy pocos hijos de padres divorciados se alegran con la ruptura —observa una respetada escritora sobre asuntos médicos y de salud—. La gran mayoría de los niños preferirían ver a sus padres juntos a pesar de un ambiente familiar tenso”. Aunque durante la época de la infidelidad la pareja discuta mucho, no deberían precipitarse a concluir que poner fin al matrimonio es lo mejor para sus hijos. Los cambios en las actitudes y en el comportamiento pueden hacer posible que permanezcan juntos por el bien de toda la familia.
  “Los padres que llevan una vida promiscua —añade la escritora Pamela Winfield— deberían pensar en el dolor que se reflejará en los ojos de sus hijos en el momento en que se desintegre la familia a consecuencia de su insensatez.”

¿Odia Dios todo divorcio?

  “La idea de que ‘Jehová odia un divorciarse’ me tenía muy preocupada —admite Pat—. Una y otra vez me preguntaba: ‘¿Estoy haciendo lo que le agrada a Jehová?’.”
  Para responder a esta pregunta, analicemos el contexto de Malaquías 2:16. En la época de Malaquías, muchos israelitas se divorciaban de sus esposas, posiblemente para casarse con mujeres paganas más jóvenes. Dios condenó aquella conducta engañosa y desleal (Malaquías 2:13-16). De esto se desprende que lo que Jehová odia es el abandonar a la ligera al cónyuge para casarse con otro. Aquel que artificiosamente comete adulterio y se divorcia de su esposa o la presiona para que se divorcie de él, incurre en un vil y detestable pecado.
  Sin embargo, tales versículos no significan que se condene todo divorcio, como lo confirman las palabras de Jesús: “Cualquiera que se divorcie de su esposa, a no ser por motivo de fornicación, y se case con otra, comete adulterio” (Mateo 19:9). Jesús reconoció que la fornicación es el único motivo aceptable desde el punto de vista de las Escrituras para obtener el divorcio y poder contraer nuevas nupcias. La esposa inocente podría perdonar a su cónyuge. No obstante, si decide poner fin al matrimonio sobre la base de las palabras de Jesús, no está haciendo nada que Jehová odie. Lo que Dios odia es la conducta engañosa del cónyuge infiel.

Publicado en ¡Despertad!  del 22 de Abril de 1999