El comercio internacional: ¿qué repercusiones tiene en su vida?

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TRAS veinte años de trabajo en una multinacional, Peter recibió un aviso en el que se justificaba su despido culpando directamente a “la mundialización económica”. Cuando se devaluó en más de un 50% la moneda tailandesa, el ministro de finanzas salió en televisión fustigando la “mundialización”. Al subir un 60% el precio del arroz en un país del sudeste asiático, se publicó el titular “Es la mundialización”.
Pero ¿en qué consiste exactamente la mundialización de la economía? ¿Qué repercusiones tiene en la nación del lector, así como en el dinero que este posee? ¿Qué subyace tras dicho fenómeno?

¿Qué es la mundialización?

En su vertiente económica, la mundialización (o globalización) es el cambio de un régimen de economías nacionales bien definidas a una economía planetaria. En la actual “aldea mundial” se ha internacionalizado la producción de bienes, y el dinero cruza las fronteras de forma libre e instantánea. Es, prácticamente, el comercio sin barreras geográficas. En este sistema, las multinacionales ostentan un enorme poder, y los inversionistas anónimos pueden fomentar la prosperidad material o la recesión en cualquier región del globo.
Siendo causa y efecto de la revolución de la información de tiempos modernos, la mundialización se apoya en el gran avance de las telecomunicaciones, el increíble aumento de la capacidad informática y el desarrollo de redes telemáticas como Internet. Tales avances le permiten superar las barreras de la distancia física. ¿Con qué consecuencias?

¿No hay rosa sin espinas?

Según sus defensores, la mundialización puede constituir un torbellino de comercio e inversión que potencie la economía y el desarrollo hasta en países muy pobres. Por ejemplo, tan solo en la década de los noventa, el capital extranjero ha invertido un billón de dólares en las economías en vías de desarrollo. Este fenomenal aumento en la inversión internacional ha propiciado la construcción de carreteras, aeropuertos y fábricas en las naciones necesitadas. La mundialización ha contribuido, sin duda, a elevar la calidad de vida de diversos países de todo el mundo. Peter Sutherland, presidente del Consejo de Desarrollo de Ultramar, señala que “hasta hace poco se necesitaban al menos dos generaciones para doblar el nivel de vida; en China, ahora se duplica cada diez años”. Se cree que la mundialización brinda oportunidades sin precedentes a miles de millones de personas. La asombrosa expansión del comercio mundial ha generado una ola de productividad y eficiencia, y ha creado nuevos empleos.
Pero los críticos señalan que la mundialización también puede ocasionar el derrumbe de algunas economías de la noche a la mañana. Basta con hacer unos cuantos clics con el ratón de la computadora para devaluar rápidamente una moneda nacional, y así dejar sin valor los ahorros de toda la vida de millones de padres de familia. Los lúgubres presagios de un influyente analista de Wall Street pudieran provocar una desbandada de inversionistas deseosos de vender las acciones que poseen en Asia, lo que generaría un vacío de capital que terminaría hundiendo a millones de seres en la miseria. O quizás una junta directiva decida el cierre de una planta en México para abrir otra en Tailandia, con la consiguiente creación de empleo en Asia y el empobrecimiento de centenares de familias en Latinoamérica.
En opinión de muchos, la mundialización ha hecho la vida más difícil para amplios sectores sociales, y amenaza con sumir en el atraso a una buena porción del mundo. “No es casualidad que el decepcionante desempeño económico de gran parte del África subsahariana se deba a que no ha logrado integrarse en la economía mundial y, por tanto, no ha conseguido realizar con eficiencia las actividades comerciales ni atraer la inversión”, señaló Sutherland.

Efectos contagiosos que enriquecen o empobrecen

Ahora bien, ¿qué interés reviste lo anterior para el lector? Las economías (locales, nacionales y regionales) están entrelazadas y son interdependientes. De ahí que los síntomas de enfermedad en una de ellas se transmitan rápidamente a las demás, incluso a la del país donde uno vive. Por ejemplo, la tormenta financiera que asoló Asia en 1997, así como Rusia y Latinoamérica en 1998 y 1999, amenaza ahora con perjudicar significativamente la prosperidad de Estados Unidos, algunos países europeos y muchas otras naciones con economías estables. Algunas economías que parecían sanas enfermaron de gravedad súbitamente, al parecer no tanto por los cambios ocurridos dentro de sus fronteras como por una crisis externa. Los economistas denominan a este fenómeno “contagio financiero”. Lionel Barber, del periódico The Financial Times, comenta al respecto: “Las crisis económicas ocurren simultáneamente y a menudo se agravan entre sí. El contagio ya no es un riesgo; es la dura realidad”.
Así pues, la mundialización ha ido conectando las vidas de todos los habitantes del planeta en un único entramado económico. Sin importar dónde vivamos, este contagio influye en nosotros de diversas maneras. Examinemos varios ejemplos. Cuando Brasil procedió a liberalizar el cambio de su moneda en enero de 1999, los avicultores de la Argentina descubrieron, consternados, que Brasil vendía más barato el pollo a los supermercados bonaerenses. Para colmo, la recesión internacional ya había reducido el precio de la madera, la soja, los jugos, la carne y el queso argentinos. La baja en los precios, unida a la reducción de la demanda, conllevó el cierre de granjas lecheras en el país, lo que dejó una estela de cientos de desempleados.
Mientras tanto, en Estados Unidos, los porcicultores de Illinois, que habían tenido en algunos países asiáticos en auge un buen mercado para la exportación de carne, se vieron obligados a bajar los precios al reducirse la demanda y recrudecerse la competencia. “En la industria porcina nunca habíamos conocido tales pérdidas, ni siquiera durante la Gran Depresión”, señaló un granjero. En ese mismo país, las compañías siderúrgicas despidieron a muchos trabajadores al afrontar un aluvión de productos importados de China, Japón, Rusia, Indonesia y otras naciones, todas ellas con monedas débiles, lo que abarataba mucho sus artículos para la exportación. Además, la falta de compradores asiáticos llevó a que los cereales se acumularan en los silos de Estados Unidos, para desesperación de los agricultores del país.
La mundialización encierra aún más implicaciones, pues los bancos y fondos de pensiones de los países acaudalados han realizado grandes préstamos e inversiones en los “mercados emergentes” (eufemismo que designa a algunas economías en vías de desarrollo). Cuando la economía de estos países se desplomó durante la recesión de 1997-1999, sintieron sus efectos los pensionistas y los ciudadanos que tenían sus cuentas en bancos aquejados de pérdidas. Directa o indirectamente, todos salieron perdiendo.

Crecen las desigualdades económicas

Un examen cuidadoso de la mundialización revela que, en cantidades cada vez mayores, tal fenómeno forma bolsas de riqueza en las naciones pobres y mares de pobreza en las ricas. ¿A qué se debe? David Korten lo explica en parte en su libro When Corporations Rule the World (Cuando las corporaciones dominan el mundo): “En los países con bajos ingresos, el rápido crecimiento económico trae consigo aeropuertos modernos, cadenas de televisión, autovías y centros comerciales climatizados que venden modernos electrodomésticos y ropa de marca asequibles a unos cuantos privilegiados. Rara vez mejora la calidad de vida de la mayoría. Tal crecimiento exige orientar la economía hacia la exportación para obtener las divisas que permitan a los acaudalados adquirir sus caprichos. De ahí que se quiten a los pobres sus tierras para realizar cultivos exportables. Los ex agricultores malviven en tugurios urbanos con míseras pagas obtenidas en talleres explotadores que elaboran productos de exportación. Las familias se desintegran, el entramado social se deteriora gravemente, y la violencia se convierte en un mal endémico. Los favorecidos por el crecimiento necesitan entonces más divisas, pues han de importar armas para protegerse de la ira de los desheredados”.
A escala internacional, la mundialización somete a mayor presión a los trabajadores, pues los gobiernos degradan el nivel salarial y las condiciones laborales a fin de atraer la inversión extranjera con promesas de bajos costos. Aunque algunos países recién industrializados registran un aumento en las exportaciones a consecuencia de la mayor libertad en el comercio mundial, las naciones más pobres quedan en su mayoría rezagadas.
¿Cuánta gravedad revisten las desigualdades existentes? Veamos solo algunos datos que aporta Korten: “Ahora [en 1998] hay en el mundo 477 individuos que poseen más de mil millones de dólares, en comparación con solo 274 en 1991. La suma de los capitales de todos ellos equivale aproximadamente al conjunto de los ingresos anuales de la mitad más pobre de la humanidad: 2.800 millones de seres”. ¿A qué puede atribuirse tal falta de equidad? “Es consecuencia directa de la economía mundial sin regulaciones.”

¿Es la codicia un buen motor?

¿Cuál es el principal defecto de la mundialización? En un comentario sobre la crisis financiera de 1997-1998, el editor Jim Hoagland dijo que el día de mañana los historiadores “hallarán un rastro de oportunidades perdidas, mala cooperación internacional y codicia humana”. Hay quienes se preguntan: “¿Puede haber paz y prosperidad en el planeta con un sistema económico que fomenta la lucha implacable entre una mayoría mísera y una minoría opulenta? ¿Es ético que una ínfima cantidad de vencedores disfruten de exorbitantes riquezas mientras que un número incomparablemente mayor de vencidos se ven reducidos a las privaciones más humillantes?”.
Ciertamente, la codicia insaciable y la falta de moral han creado un mundo de sangrantes disparidades económicas. Siguen siendo ciertas las palabras que pronunció un letrado hace dos milenios: “El amor al dinero es raíz de toda suerte de cosas perjudiciales” (1 Timoteo 6:10). ¿Están listos los gobiernos humanos para lidiar con tales deficiencias, inherentes al carácter imperfecto del hombre? Fernando Cardoso, presidente de Brasil, expresó su inquietud: “La tarea de humanizar el desarrollo en la era de la mundialización es un gran desafío, pues todos debemos afrontar [...] el vacío ético que se genera al idolatrar el mercado”.

“Colosal lucha entre el poder y los valores”

Durante un discurso que pronunció en la 22.a Conferencia Mundial de la Sociedad para el Desarrollo Internacional, Korten manifestó sus dudas sobre algunos beneficios de la economía universal. Indicó que existe “una colosal lucha entre el poder y los valores, una lucha que enfrenta a los ciudadanos de casi todo el mundo contra las instituciones de la economía universal. El resultado de la contienda quizás determine si el siglo XXI marcará el declive de nuestra especie hacia un caos de codicia, violencia, privaciones y desastres ecológicos, susceptible de desencadenar nuestra extinción, o, por el contrario, supondrá el surgimiento de sociedades civiles prósperas y orientadas hacia una vida en la que todo el mundo viva dignamente, en paz con el prójimo y en armonía con el planeta”.

“EL MUNDO SE VUELVE MÁS UNIVERSAL”

  Esta frase se empleó en un editorial de la revista Asiaweek (26 de febrero de 1999), que dijo: “El mundo se vuelve más universal, gracias al libre intercambio de mercancías, capital, información y tecnología. [...] El nombre del juego es inclusión: cuantas más regiones y naciones estén conectadas a la red planetaria, mayor será el mercado del que dispondrán los productores del mundo”.
  El editorial añadió: “Los derrumbes financieros sufridos en el Lejano Oriente, Rusia y Brasil [en años recientes] muestran que, en este mundo en vías de integración económica y tecnológica, no es prudente a largo plazo edificar una región y dejar que otras se hundan”.
  El mismo artículo desaconsejó relegar a Asia al “atraso económico y político”. Recordó al lector que “la segunda y tercera economías más grandes del planeta siguen siendo Japón y China”, y añadió: “Tan solo por su densidad demográfica, Asia constituye una fuerza ineludible”. No es posible dejar de lado a los miles de millones de asiáticos. En efecto, vivimos en una economía universal, y las fronteras económicas se han reducido.

 Publicado en ¡Despertad!  del 8 de Septiembre de 1999