Trabajo Infantil

“Tengo siete años”

  ¡Hola! Me llamo Amelia. Vivo en el Caribe y tengo siete años. Hace algún tiempo, mis padres, que son muy pobres, me enviaron a vivir con una familia rica de la ciudad.
  Hoy, como de costumbre, me levanté a las cinco de la mañana. Fui a buscar agua a un pozo cercano, y me costó mucho mantener en equilibrio sobre la cabeza el jarro tan pesado, pero lo logré; si no, me hubieran golpeado muy fuerte. Luego preparé el desayuno y lo serví a la familia. Como me demoré un poco, el patrón me pegó con un cinturón de cuero.
  Después llevé al niño de cinco años de la familia a la escuela. Entonces ayudé a preparar y servir el almuerzo para todos. Entre las comidas, tuve que hacer la compra en el mercado y otros recados, atender la cocina de carbón, barrer el patio, lavar la ropa y los platos, y limpiar la cocina. También le lavé los pies a la señora. Por alguna razón, hoy estaba muy enfadada, y me dio una bofetada en un arranque de cólera. ¡Ojalá mañana se sienta mejor!
  Me dieron de comer sobras, pero al menos sabían mejor que la harina de maíz de ayer. Mis ropas están harapientas y no tengo zapatos. Los patrones nunca me permiten lavarme con el agua que traigo para la familia. Anoche dormí fuera de la casa. A veces me dejan dormir dentro, en el suelo. Es una pena que no pude escribir esta carta yo misma. No me dejan ir a la escuela.
  ¡Que tenga un buen día! Amelia.
AUNQUE su verdadero nombre no es Amelia, su drama es real. Amelia es tan solo uno de los millones de niños que tienen que trabajar, con frecuencia en pésimas condiciones. El trabajo infantil es uno de los mayores problemas de nuestros tiempos, una cuestión compleja para la que no existen soluciones sencillas. De enormes proporciones, corrosivo para la sociedad y de efectos letales, es una atrocidad contra la infancia y una afrenta a la dignidad humana.
¿Hasta qué grado se ha extendido el trabajo infantil? ¿Dónde yacen las raíces del problema y qué modalidades presenta? ¿Llegará el día en que los niños —el sector más tierno y vulnerable de la familia humana— ya no lleven una vida de amargura y explotación?


Con el sudor de los niños

“Los niños, que ahora forman parte del proceso de producción, son tratados como bienes económicos y no como el futuro de la sociedad.”—Chira Hongladarom, director del Instituto de Recursos Humanos de Tailandia.
LA PRÓXIMA vez que le compre una muñeca a su hija, recuerde que pudieran haberla fabricado niños del sudeste asiático. La próxima vez que su hijo patee un balón de fútbol, piense que tal vez lo haya cosido una niña de tres años que, al igual que su madre y sus cuatro hermanas, gana 75 centavos de dólar al día. La próxima vez que adquiera una alfombra, considere que quizás haya sido tejida por los hábiles dedos de niños de seis años que trabajan muchas horas día tras día en condiciones abusivas.
¿Hasta qué grado se ha extendido el trabajo infantil? ¿Cómo afecta a los menores? ¿Qué puede hacerse para remediar la situación?

El alcance del problema

De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el número de menores de 5 a 14 años que trabajan en el mundo en desarrollo asciende a 250 millones, de los cuales se cree que el 61% se encuentra en Asia, el 32% en África y el 7% en Latinoamérica. El trabajo infantil también existe en el mundo industrializado.

En Europa meridional hay una gran cantidad de niños que desempeñan trabajos remunerados, sobre todo en actividades estacionales —como la agricultura— y en pequeños talleres. El empleo de mano de obra infantil ha aumentado últimamente en Europa central y oriental a raíz de la transición del comunismo al capitalismo. En Estados Unidos, la cifra oficial de niños trabajadores es de 5,5 millones, sin incluir la gran cantidad de menores de 12 años empleados ilegalmente en fábricas explotadoras ni los itinerantes que trabajan temporalmente en grandes granjas. ¿Cómo se incorporan estos millones de niños al mundo laboral?

Las raíces del trabajo infantil

La explotación de la pobreza. “La fuerza más poderosa que conduce a los niños al trabajo peligroso y agotador es la explotación de la pobreza —afirma el Estado Mundial de la Infancia 1997—. [...] Para las familias pobres, la pequeña contribución que aporta la paga del niño, o su asistencia en el hogar que permite a los padres trabajar, puede suponer pasar del hambre a ganar lo justo para vivir.” Los progenitores de los niños trabajadores se hallan a menudo desempleados o subempleados, y necesitan con urgencia un ingreso fijo. ¿Por qué, entonces, no son ellos sino sus hijos quienes reciben las ofertas de trabajo? Porque a los niños se les puede pagar menos; porque son más dóciles y maleables: la mayoría hará lo que se le mande sin cuestionar la autoridad; porque es menos probable que se organicen para luchar contra la opresión, y porque no responden cuando son objeto de abusos físicos.
Falta de educación. Sudhir, de 11 años y natural de la India, es uno de los millones de niños que han abandonado los estudios para ponerse a trabajar. ¿Por qué? “En la escuela, los maestros no enseñan bien —responde—. Si les pedimos que nos enseñen el alfabeto, nos pegan. Se duermen en la clase. [...] Aunque no entendamos, tampoco nos enseñan nada.” Lamentablemente, el testimonio de Sudhir sobre la escuela es exacto. Los recortes del gasto social en los países en desarrollo han golpeado a la educación de forma particularmente dura. Una encuesta realizada en 1994 por la ONU en catorce de los países menos desarrollados del mundo reveló algunos datos interesantes. Por ejemplo, en la mitad de estos países, las aulas de primer grado solamente tenían asientos para 4 de cada 10 alumnos; la mitad de estos carecían de libros de texto y la mitad de las aulas no tenían pizarras. No es de extrañar que una gran proporción de los niños que asisten a estas escuelas terminen trabajando.
Expectativas tradicionales. Cuanto más duro y peligroso sea un trabajo, mayor es la probabilidad de que se reserve para las minorías étnicas, las clases más bajas, los desfavorecidos y los pobres. De acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, en cierto país asiático se cree “que algunas personas nacen para dirigir y trabajar con sus mentes mientras que otros, la gran mayoría, nacen para trabajar con sus cuerpos”. Las actitudes en el mundo occidental no siempre son mejores. Puede que el grupo dominante esté en contra de que sus hijos realicen trabajos peligrosos; pero no le quitará el sueño el hecho de que los hagan jóvenes provenientes de las minorías raciales, étnicas o económicas. Por ejemplo, en Europa septentrional los niños trabajadores pueden ser turcos o africanos, y en Estados Unidos, asiáticos o latinoamericanos. El afán consumista de la sociedad moderna agrava el problema de la explotación infantil. La demanda de productos a bajo precio es alta, y a muy pocos parece importarles el hecho de que los fabriquen millones de niños anónimos en condiciones de explotación.

Modalidades del trabajo infantil

¿Qué modalidades presenta el trabajo infantil? La mayor parte de los niños trabajadores desempeñan sus labores en el servicio doméstico. A estos se les ha denominado “los niños más olvidados del mundo”. El trabajo doméstico no es necesariamente peligroso, pero muchas veces lo es. Los trabajadores domésticos infantiles a menudo reciben poca o ninguna paga; además, sus condiciones de trabajo dependen enteramente de los caprichos de sus patrones; se les priva del afecto, de la educación, del juego y de la actividad social, y son vulnerables al abuso físico y sexual.
Otros niños se hallan sometidos a trabajos forzosos o en condiciones de servidumbre. En el sur de Asia, así como en otras regiones, los padres entregan sus hijos, a menudo de ocho o nueve años, a los propietarios de fábricas o a sus representantes, a cambio de pequeños préstamos. Toda una vida de servidumbre del menor ni siquiera alcanzará para reducir la deuda.
¿Y qué decir de la explotación sexual infantil con fines comerciales? Se calcula que al menos un millón de niñas al año caen en las redes del mercado sexual infantil. Muchos niños varones también son víctimas de tal explotación. El daño físico y emocional infligido —sin mencionar la infección del VIH— hace que este abuso sea una de las formas más peligrosas de trabajo infantil. “Nos tratan como a vagabundos —dice una joven senegalesa de 15 años que se dedica a la prostitución—. Nadie quiere saber nada de nosotros o que lo vean con nosotros.”
Un alto porcentaje de niños trabajadores son explotados en la industria y las plantaciones. Estos niños trabajan penosamente en las minas efectuando tareas que se consideran demasiado arriesgadas para los adultos. Muchos padecen tuberculosis, bronquitis y asma. Los que laboran en las plantaciones están expuestos a la inhalación de insecticidas y a las picaduras de serpientes e insectos. Algunos sufren mutilaciones mientras cortan la caña con machete. Otros millones de niños hacen de las calles su lugar de trabajo. Considere, por ejemplo, el caso de Shireen, una niña de 10 años convertida en basurera profesional. Nunca ha ido a la escuela, pero está muy versada en la economía de la supervivencia: si logra vender de 30 a 50 centavos de papel usado y bolsas de plástico, podrá almorzar; si gana menos, se quedará sin comer. Tratando muchas veces de escapar del abuso y la desatención en el hogar, estos niños encuentran en la calle más abusos y más explotación. “Cada día rezo por no quedar atrapada en malas manos”, dice Josie, una niña de 10 años que vende caramelos en las vías públicas de una ciudad asiática.

Infancia arruinada

A causa de estas formas de trabajo infantil, decenas de millones de niños se hallan expuestos a graves peligros, ya sean derivados de la naturaleza del trabajo o del entorno deplorable en que lo realizan. Los niños y los adolescentes son más propensos que los adultos a sufrir accidentes laborales graves debido a sus diferencias anatómicas. El trabajo pesado puede deformarles fácilmente la columna vertebral o la pelvis. Además, la exposición a las sustancias químicas nocivas o a la radiación afecta más a los menores que a los adultos. Aparte de eso, los niños no tienen la capacidad física necesaria para realizar durante largas jornadas un trabajo extenuante y monótono, como el que con frecuencia les toca hacer. Tampoco suelen estar al tanto de los peligros que corren ni de las precauciones que deberían tomar.
Los efectos del trabajo infantil en el desarrollo psicológico, emocional e intelectual de los niños también son graves. Están privados de cariño. Muchas veces se les golpea e insulta, se les castiga dejándolos sin comer, o se abusa sexualmente de ellos. Según un estudio, casi la mitad de los aproximadamente 250 millones de niños trabajadores han abandonado la escuela. Se ha observado asimismo que la capacidad de aprendizaje de los que trabajan muchas horas se ve afectada.
¿Qué se desprende de lo ya expuesto? Que la mayoría de los niños trabajadores están condenados de por vida a la pobreza, la miseria, las enfermedades, el analfabetismo y la disfunción social. O, como lo expresó la periodista Robin Wright: “A pesar de los adelantos de la ciencia y la técnica, el mundo de finales del siglo XX está produciendo millones de niños que tienen pocas esperanzas de llevar una vida normal, y mucho menos de conducir al mundo al siglo XXI”. Tales opiniones suscitan los siguientes interrogantes: ¿Cómo debe tratarse a los niños? ¿Se vislumbra alguna solución al problema de la explotación laboral infantil?

La OIT establece en los 15 años la edad mínima general de admisión al empleo, a condición de que esta no sea inferior a la edad de finalización de la escolaridad obligatoria. Este es el punto de referencia más ampliamente utilizado para calcular el número de niños que trabajan actualmente en el mundo.
Hallará más información sobre la explotación sexual de menores en las págs. 11-15 de ¡Despertad! del 8 de abril de 1997.

¿En qué consiste el trabajo infantil?

  EN TODA sociedad, la mayoría de los niños trabajan de una forma u otra, y el tipo de actividad varía en función de la sociedad y de la época. El trabajo constituye una parte esencial de la educación infantil y un medio para la transmisión de destrezas necesarias de padres a hijos. En algunos países, los menores trabajan en talleres o prestan pequeños servicios, hasta convertirse gradualmente en trabajadores hechos y derechos. En otros países, los adolescentes trabajan unas cuantas horas a la semana a fin de ganar algún dinero para sus gastos. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia sostiene que este trabajo “es beneficioso y promueve o estimula el desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social del niño sin interferir en su actividad escolar, recreativa o de descanso”.
  Por otro lado, la expresión “trabajo infantil” alude a la situación de los menores que trabajan largas jornadas por un salario bajo, con frecuencia en condiciones dañinas para la salud. Este tipo de trabajo “es claramente nocivo o abusivo —señala el Estado Mundial de la Infancia 1997—. [...] Nadie sostendría públicamente que la explotación de los niños mediante la prostitución es aceptable en [alguna] circunstancia. Lo mismo podría decirse acerca del ‘trabajo infantil en condiciones de servidumbre’, término que se utiliza para describir la esclavitud práctica de los niños para pagar las deudas en que han incurrido sus padres o abuelos. Esto también se aplica a aquellas industrias especialmente notorias por su insalubridad y condiciones de trabajo peligrosas [...]. El trabajo peligroso es sencillamente intolerable para todos los niños”.

“Aún queda mucho por hacer”

  LA ORGANIZACIÓN Internacional del Trabajo (OIT) encabeza la lucha contra las formas más degradantes de trabajo infantil. Exhorta a los gobiernos a dictar leyes que prohíban el trabajo de niños menores de 15 años, y promueve la adopción de nuevos convenios por los que se prohíba el trabajo de los menores de 12 años y se supriman las formas más peligrosas de explotación. Para conocer mejor los resultados de tales acciones, ¡Despertad! entrevistó a Sonia Rosen, directora del Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil, del Ministerio de Trabajo de Estados Unidos, quien ha cooperado estrechamente con diversos programas de la OIT. He aquí algunos extractos de la conversación.
  P. ¿Cuál es la manera más eficaz de combatir el trabajo infantil?
  R. No tenemos una respuesta única y correcta a esa pregunta. Sin embargo, hemos tratado a nivel internacional asuntos clave, como la debida aplicación de las leyes y la educación primaria universal, preferentemente obligatoria y gratuita. Claro, también es fundamental tener trabajos adecuados para los padres.
  P. ¿Está satisfecha con los logros de la lucha contra el trabajo infantil?
  R. Nunca estoy satisfecha. Con un solo niño que trabaje en condiciones abusivas, ya es demasiado. Hemos hecho grandes progresos a través de los programas de la OIT, pero aún queda mucho por hacer.
  P. ¿Cómo ha respondido la comunidad internacional a las iniciativas para erradicar el trabajo infantil?
  R. Ya no sé cómo responder a esa pregunta. Existe el consenso general de que el trabajo infantil es un problema que debe afrontarse. Me parece que en este momento las preguntas que debemos hacernos son: “¿Cómo, y con qué urgencia? ¿Cuáles son los mejores instrumentos contra ciertas formas de trabajo infantil?”. Creo que ese es nuestro verdadero reto.
  P. ¿Qué futuro pueden esperar los trabajadores infantiles?
  R. Todos los países del mundo volverán a Ginebra este año para celebrar un nuevo convenio contra las formas más graves de trabajo infantil. La ocasión promete muchísimo, pues asistirán todos los países, así como las organizaciones patronales y obreras. Se espera que esta convención cree una nueva estructura encaminada a erradicar las peores formas de trabajo infantil.
  No todos comparten el optimismo de la señora Rosen. Charles MacCormack, presidente de la organización Salvemos a los Niños, tiene sus reservas. “No existe ni la voluntad política ni el conocimiento público para lograrlo”, dice. ¿Por qué? El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia comenta: “El trabajo infantil es a menudo una cuestión compleja. Cuenta con poderosas fuerzas en su apoyo, entre ellas numerosos empresarios, grupos de interés, y economistas para los cuales el mercado debe actuar libremente a toda costa, y tradicionalistas que creen que la pertenencia a una casta o una clase de determinados niños los despoja de sus derechos”.

“Los niños son delicados”

‘Los niños son delicados; iré poco a poco, a su paso.’—Jacob, padre de muchos hijos, siglo XVIII a.E.C.
EL MALTRATO infantil no es algo nuevo.
Algunas civilizaciones antiguas —como la azteca, la cananea, la inca y la fenicia— fueron notorias por su infame práctica de ofrecer a los niños en sacrificio. Excavaciones realizadas en la ciudad fenicia de Cartago (actualmente un barrio de Túnez, África del Norte) pusieron al descubierto que, entre los siglos V y III a.E.C., se inmolaron nada menos que 20.000 niños al dios Baal y a la diosa Tanit. Dicha cifra resulta aún más espantosa si se tiene en cuenta que, según datos documentales, cuando la ciudad estaba en todo su apogeo, la población ascendía solo a unos 250.000 habitantes.
Sin embargo, hubo una sociedad que fue distinta. Pese a estar rodeada de vecinos que eran crueles con los niños, la nación de Israel descolló por su trato a los menores. El padre de esta nación, el patriarca Jacob, puso el modelo. Según el libro bíblico de Génesis, cuando se hallaba de camino a su tierra natal, Jacob reguló el paso de toda su escolta para no fatigar a los más pequeños. “Los niños son delicados”, dijo. Para entonces, sus hijos tendrían entre 5 y 14 años (Génesis 33:13, 14). Sus descendientes, los israelitas, demostraron el mismo respeto por las necesidades y la dignidad de los niños.
Ciertamente, los niños de tiempos bíblicos tenían mucho que hacer. Al crecer, los muchachos recibían de su padre instrucción práctica en la agricultura y la ganadería, o en un oficio, como la carpintería (Génesis 37:2; 1 Samuel 16:11). Mientras estaban en casa, las muchachas aprendían de la madre las tareas domésticas que les servirían en la vida adulta. Raquel, esposa de Jacob, fue pastora de joven (Génesis 29:6-9). Las muchachas trabajaban en la recolección de la mies y en las viñas (Rut 2:5-9; Cantar de los Cantares 1:6). Estas tareas solían efectuarlas bajo la dirección amorosa de sus padres, e iban combinadas con la educación.
Al mismo tiempo, los niños israelitas disfrutaban de descanso y entretenimiento. El profeta Zacarías habló de ‘plazas públicas de la ciudad llenas de niños y niñas que jugaban en ellas’ (Zacarías 8:5), y Jesucristo mencionó a niños que se sentaban en las plazas a tocar la flauta y a bailar (Mateo 11:16, 17). ¿Qué había detrás de este trato digno a los niños?

Principios elevados

Mientras los israelitas obedecieron las leyes de Dios, nunca abusaron de sus hijos ni los explotaron (compárese Deuteronomio 18:10 con Jeremías 7:31). Veían a sus hijos como “una herencia de parte de Jehová”, “un galardón” (Salmo 127:3-5); los consideraban como “plantones de olivos todo en derredor de [su] mesa”, siendo el olivo un árbol de inmenso valor para aquella sociedad agrícola (Salmo 128:3-6). El historiador Alfred Edersheim apunta que además de las palabras para hijo e hija, el hebreo antiguo disponía de nueve términos para los niños, cada uno de los cuales expresaba una diferente etapa de la vida. “No cabe duda —concluye— de que aquellos que observaban con tanta atención la vida de los niños como para designar con un término gráfico cada etapa progresiva de su existencia, tuvieron que sentir un gran cariño por sus hijos.”
En la época cristiana se exhortaba a los padres a tratar a sus hijos con dignidad y respeto. Jesús puso un excelente ejemplo en el trato que dio a los hijos de otras personas. En cierta ocasión, llegando al final de su ministerio terreno, la gente empezó a llevarle sus niños. Al parecer, los discípulos pensaron que Jesús estaba muy ocupado y trataron de impedir que lo molestaran; pero él los reprendió y les dijo: “Dejen que los niñitos vengan a mí; no traten de detenerlos”. Incluso “tomó a los niños en los brazos”. Es obvio que Jesús consideraba a los niños valiosos y dignos de ser tratados con bondad (Marcos 10:14, 16; Lucas 18:15-17).
Más tarde, el apóstol Pablo dijo a los padres: “No estén exasperando a sus hijos, para que ellos no se descorazonen” (Colosenses 3:21). En armonía con este mandamiento, los padres cristianos, de entonces y del día presente, nunca someterían a sus hijos a condiciones laborales abusivas. Comprenden que el desarrollo físico, emocional y espiritual de sus hijos requiere un entorno amoroso y seguro. El afecto de los padres debe ser tangible, lo que incluye evitar que los hijos trabajen en condiciones debilitantes.

Realidades presentes

Por supuesto, vivimos en “tiempos críticos, difíciles de manejar” (2 Timoteo 3:1-5). Debido a las duras realidades económicas, en muchos países hasta las familias cristianas se ven obligadas a dejar que sus hijos se incorporen al mundo laboral. Como ya hemos visto, no hay nada malo en el trabajo sano y educativo para los niños, pues promueve y estimula su desarrollo físico, mental, espiritual, moral y social sin entorpecer la escolarización, las actividades recreativas equilibradas y el descanso necesario.
Sin duda, los padres cristianos desean tener a sus hijos trabajando bajo su propia supervisión amorosa, no prácticamente como esclavos de empleadores crueles, insensibles o sin escrúpulos. Se aseguran de que sus hijos realicen tareas que no los expongan al abuso físico, sexual o emocional, y los mantienen cerca de ellos. Así pueden desempeñar la función de educadores espirituales que les ha asignado la Biblia: “Tienes que [inculcar] en tu hijo [las palabras de Dios] y hablar de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino y cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:6, 7).
Además, a los cristianos se nos manda mostrar sentimientos de compañero, tener cariño y ser tiernamente compasivos (1 Pedro 3:8). Se nos insta a que “obremos lo que es bueno para con todos” (Gálatas 6:10). Si estas cualidades han de mostrarse a la gente en general, ¡cuánto más a nuestros hijos! En consonancia con la Regla de Oro —“todas las cosas que quieren que los hombres les hagan, también ustedes de igual manera tienen que hacérselas a ellos”—, los cristianos no deberíamos nunca explotar a los hijos ajenos, sean de nuestros hermanos en la fe o no (Mateo 7:12). Además, siendo observantes de la ley, debemos cuidar de no violar las leyes gubernamentales sobre la edad límite de los trabajadores (Romanos 13:1).

La solución verdadera

¿Qué nos deparará el futuro? Tanto a los niños como a los adultos les aguardan tiempos mejores. Los cristianos verdaderos confían en que la solución permanente a la problemática del trabajo infantil yace en un gobierno mundial venidero que la Biblia llama “el reino de los cielos” (Mateo 3:2). Las personas piadosas han orado por él durante siglos al decir: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Efectúese tu voluntad, como en el cielo, también sobre la tierra” (Mateo 6:9, 10).
Entre otras cosas, este Reino eliminará las condiciones que causan el trabajo infantil. Erradicará la pobreza. “La tierra misma ciertamente dará su producto; Dios, nuestro Dios, nos bendecirá” (Salmo 67:6). El Reino de Dios garantizará a todos una educación adecuada basada en cualidades piadosas. “Cuando hay juicios procedentes de [Dios] para la tierra, justicia es lo que los habitantes de la tierra productiva ciertamente aprenden.” (Isaías 26:9.)
El gobierno de Dios abolirá los sistemas económicos que fomentan la desigualdad. Ya no habrá lugar para la discriminación por motivos de raza, posición social, edad o sexo, pues la ley primordial de dicho gobierno será la ley del amor, incluido el mandamiento: “Tienes que amar a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Bajo tal gobierno mundial justo, el problema del trabajo infantil será completamente eliminado.

No por esto se degradaba a las mujeres a la posición de miembros de segunda categoría que no servían más que para trabajar en la casa o el campo. La descripción de la “esposa capaz” que se da en el libro de Proverbios revela que la mujer casada no solo podía atender una casa, sino también efectuar transacciones de bienes raíces, plantar un campo productivo y administrar un pequeño negocio (Proverbios 31:10, 16, 18, 24).

Dejó libres a sus chicas

  DURANTE quince años Cecilia fue la dueña y administradora de varios burdeles en una isla del Caribe. Adquiría de doce a quince chicas a la vez, en su mayoría menores de 18 años, a quienes retenía a la fuerza en compensación por las deudas que sus familias habían contraído. Cecilia saldaba las cuentas y se llevaba a las jóvenes a trabajar para ella. Con lo que estas ganaban, cubría los gastos de manutención y utilizaba una parte para amortizar el precio de compra inicial. Las muchachas tardaban años en recuperar la libertad, y tenían totalmente prohibido salir de la casa a menos que les acompañara un vigilante.
  Cecilia recuerda muy bien un caso en especial. La madre de una de las jóvenes prostitutas venía todas las semanas a recoger cajas de comida que su hija había ganado “trabajando”. La chica, que tenía un hijo, no podía liquidar la deuda y no tenía esperanza alguna de ser libre. Un día se suicidó tras dejar una nota en la que encomendaba a Cecilia el cuidado de su hijo. Esta crió al muchacho junto con sus cuatro hijos.
  Una de sus hijas empezó a estudiar la Biblia con unos misioneros testigos de Jehová. Se animó a la madre para que se uniera al estudio, pero esta se excusó diciendo que no sabía leer ni escribir. No obstante, al oír las conversaciones bíblicas, fue percibiendo el amor y la paciencia de Dios, y llegó a valorar su perdón (Isaías 43:25). Movida por el deseo de estudiar la Biblia por sí misma, aprendió a leer y escribir. Al aumentar su conocimiento bíblico, vio la necesidad de someterse a las elevadas normas morales de Dios.
  Un día, para sorpresa de las chicas, les dijo que tenían permiso para irse y les explicó que lo que habían estado haciendo era algo muy desagradable a Jehová. Ninguna le devolvió el dinero que le debía; sin embargo, dos se fueron a vivir con ella. Posteriormente, otra se hizo Testigo bautizada. Hace once años que Cecilia es maestra de la Biblia de tiempo completo y así colabora para que otras personas se liberen de las prácticas que deshonran a Dios.



Publicado en: ¡Despertad! del 22 de Mayo de 1999