Definición de Novela

Novela - Su Significado, Definición, Concepto e Importancia

Definición de: Novela y su Importancia

Con la aparición de las primeras Tribus o Aldeas se empezaron a asentar las distintas comunidades que abrieron paso a una expansión que requirió de una organización derivada en las Sociedades Primitivas, en las que se empezaron a introducir conceptos tales como Nación y Ciudadanos, haciendo evidencia de la existencia de un Sentido de Pertenencia cada vez más firme con esas comunidades.

Con esta característica es que se fue forjando la Cultura y Tradiciones de un país, con muchas de estas costumbres todavía vigentes e intactas y la celebración de Fiestas Tradicionales donde se suelen lucir las ropas típicas, la elaboración de comidas con los ingredientes de la región, pero también suele haber exposiciones de Obras de Arte, donde no solo se tiene en cuenta a las Artes Plásticas, sino también a toda gama de actividades creativas.
En lo que respecta a la Literatura, uno de las obras que encontraremos es justamente la Novela, que puede ser realizada por uno o varios autores, escrita en prosa y teniendo un desarrollo bastante amplio, mucho mayor que el de los Cuentos, no solo en lo que respecta a la Trama o Argumento (es decir, la sucesión de hechos que se describen) sino también teniendo una complejidad de Personajes.
De este modo, tenemos por un lado a los Personajes Principales que serán quienes se repitan a lo largo de la trama, complementados por los Personajes Secundarios que tienen apariciones esporádicas o bien tienen un rol que complementa a las acciones que realizan quienes dirigen los hechos de la narración.
Para que un escrito de tal extensión sea considerado como Novela debe tener como principal característica ser un Relato de Ficción, pudiendo o no estar basado sin embargo en hechos reales, teniendo además una distinción de lo que es el Cuento en el caso de una Novela Corta en lo que respecta a sus personajes: Deben estar exténsamente descriptos además de desarrollar un mayor número de sucesos.
Existen además distintos Géneros Literarios que permiten enmarcar y saber distinguir el contenido del argumento que se desarrolla en estas novelas, desde el más popular Género Policial donde el protagonista de las historias es un investigador que recurre a su deducción para resolver los más misteriosos casos, hasta las novelas Caballerezcas donde quizá la más antigua del mundo moderno sea Don Quijote de la Mancha, la célebre obra cumbre de Miguel de Cervantes Saavedra.

Concepto de: Novela

Una obra literaria en prosa de cierta extensión que cuenta acontecimientos más o menos ficticios es conocida comúnmente como novela. La extensión la distingue del cuento, el carácter ficticio la diferencia de otros géneros, como por ejemplo, el ensayo, y por último, su escritura en prosa la opone a relatos rimados como la poesía. Una característica formal de las novelas que permite distinguirla de oros géneros emparentados es su división de capítulos más o menos independientes, que dan lugar a una cronología definida e inseparable.
Existen diversos tipos de novelas, ya que pueden ser humorísticas, autobiográficas, epistolares (que narran una historia a través de correspondencia), de costumbres, por entregas y muchas otras. Además, la novela puede clasificarse dentro de géneros y subgéneros como el dramático, romántico, policial, de ciencia ficción, histórico, de terror. Muchas obras son de difícil catalogación en una u otra categoría, dado que estos límites sólo constituyen una forma para facilitar la clasificación con fines bibliotecarios o de almacenamiento.
Cuando hablamos de la historia de la novela nos remontamos a la Antigüedad, donde hubo relatos de este tipo en Grecia con Homero y en Roma con Virgilio, por ejemplo. La Edad Media vería el surgimiento de los romances y las novelas caballerescas. Hasta ese entonces, la mayor parte de las novelas se conservaban mediante tradición oral o gracias a la tarea de los copistas, en general sacerdotes, que se contaban entre las pocas personas que podían escribir manualmente. El siglo XVI, con la creación de la imprenta, empezaría a sentar las bases de la novela moderna, de la que el máximo exponente es “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes.
En los siguientes siglos aparecerían las novelas de aventuras, realistas, sentimentales y de costumbres. Y así surgirán también grandes autores de novelas como Guy de Maupassant, Gustave Flaubert, Charles Dickens, Fédor Dostoievski, Julio Verne y otros. En el siglo XX la novela sufre otras enormes transformaciones experimentales que la hacen evolucionar a nuevas formas y estilos. Un claro ejemplo de esta novela vanguardista es el “Ulises” de James Joyce o “La metamorfosis de Franz Kafka”. Esto ocurre también en Latinoamérica, sin dudas uno de los pilares de la evolución de la novela moderna durante el siglo XX, con el surgimiento de novelistas como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Julio Cortázar, entre otros.
Novelas de todo tipo han sido adaptadas a la pantalla grande dando luz a grandes clásicos del cine, como ocurrió, por citar un ejemplo, con “La naranja mecánica”, adaptación del cineasta Stanley Kubrick de una obra de Anthony Burgess. Del mismo modo, el crecimiento de Internet ha dado lugar a la creación de nuevos recursos para el acceso a las novelas, como ocurre con los libros electrónicos y los formatos de documentos PDF.
Por otra parte, la globalización ha permitido la llegada al mundo cultural occidental de textos producidos por artistas de otras culturas, entre los que se incluyen novelas de un formato que nos resulta tradicional y tambien géneros literarios en los cuales la prosa novelística y la poesía parecen confundirse de un modo que nos parece en general atípico. Es lo que ocurre que muchas novelas de autores indios o chinos, así como con la creciente difusión de la literatura japonesa moderna.
Por consiguiente, la novela constituye un género literario particular, dado que su accesibilidad la convierte en un recurso óptimo para la propagación de la cultura y el entretenimiento. Es interesante acotar que el abaratamiento de los recursos necesarios para la producción de una novela (en términos de imprenta) y la alternativa actual de publicación en medios no tangibles ha permitido un incremento en la cantidad tanto de escritores como de lectores, dado que muchos autores recurren a la difusión de sus contenidos mediante portales digitales. A pesar de la existencia de medios de pago alternativos, como los asociados con donaciones o con publicidad, uno de los obstáculos de los modernos autores de novelas consiste en el riesgo de piratería informática y, con ella, de menores niveles de ganancias.

Significado de: Novela

(Del it. novella, 'noticia, relato novelesco'); sust. f.

1. Obra literaria, generalmente escrita en prosa y de importante extensión, en la que se narran las vicisitudes, reales o fantásticas, de uno o más personajes: la última novela de Camilo José Cela se titula La Cruz de San Andrés.
2. [Uso figurado] Hechos de la vida real que por sus características parecen ficticios: no os vais a creer la novela que he vivido este verano.
3. [Uso figurado] Ficción, patraña: por una vez en tu vida, no me cuentes novelas y dime la verdad.
4. [Derecho] Cada una de las leyes o constituciones imperiales romanas y bizantinas posteriores al Código teodosiano: se doctoró en Derecho con una tesis acerca de las novelas de Teodosio II.

Sinónimos
Narración, historia, cuento, ficción, romance, folletín, fábula, historieta, leyenda, acción, fantasía, mentira, patraña, embuste, invención, bulo.

Modismos
Novela rosa. Variedad de relato novelesco en el que se narran las vicisitudes de dos enamorados, cuyo amor triunfa frente a la adversidad.

[Literatura] Novela.

La novela es un género tardío y ajeno por completo a la preceptiva clásica greco-latina. Cuando hace acto de presencia es en el mundo helenístico y deja sus primeros vestigios en la cultura mediterránea próxima cronológicamente al nacimiento de Cristo, justamente al entrar en crisis la poesía épica, que ya no satisfacía las expectativas del público, ávido de evasión y deseoso de librarse del tedio y de la rutina diarias aunque sólo fuese por un breve instante. El título más primitivo del grupo es Quereas y Calírroe; no obstante, la mayoría de las denominadas novelas bizantinas o novelas griegas de aventuras vieron la luz entre el siglo I d.C. y el siglo III, en que se compuso Dafnis y Cloe de Longo; de todas maneras, no hemos de olvidar que el género siguió vigente en la zona de Bizancio hasta la propia Baja Edad Media. La novela griega cuenta con un creador magistral y de tendencia radicalmente distinta, Luciano, cuya materia satírica coincide con la obra de los dos grandes autores de novela en el mundo romano: Petronio, con su magistral Satiricón, y Apuleyo, cuya Metamorfosis o El asno de oro coincide en el tema y en el título (el primero de ambos) con la más célebre creación del Samosatense.

Algunas de las grandes leyendas clásicas adquirieron tintes novelescos en la Antigüedad tardía y ofrecieron al Medievo una materia que habría de continuar con sumo placer: las de Alejandro Magno, Apolonio, la conquista de Troya o la llegada de Eneas a Italia. El conocimiento de estos grandes temas por los autores de la Edad Media pronto deparó su continuidad en la forma del roman, romance o novela medieval. No obstante, la novela medieval contó con sus propias materias originales. Un autor francés de finales del siglo XII y comienzos del siglo XIII llamado Jean Bodel, en su canción Saisnes, mantiene que sólo hay tres asuntos o materias tratados por los autores de su tiempo: la primera es la materia (en francés, matiere) de Francia, propia sobre todo de los cantares de gesta, pues atiende primordialmente a la leyenda carolingia y a otros héroes patrios; la segunda es la materia de Roma, precisamente la que se ocupa de las grandes leyendas de la Antigüedad greco-romana; la tercera es la materia de Bretaña, que acoge la leyenda artúrica (véase Literatura Artúrica), recreada y potenciada por el genio de Chrétien de Troyes, y la exitosa leyenda de Tristán. También la novela medieval supuso la superación clara y paulatina de la grandilocuente poesía heroica, al igual que había sucedido en el mundo antiguo.

La evolución de la ficción novelesca fue imparable desde el Medievo hasta el siglo XX. El primer cambio de importancia fue el paso del verso a la prosa, acontecido en el siglo XIII más temprano; el segundo, la diversificación de los temas tras una desviación inicial hacia el universo religioso (con la Vulgata artúrica y la búsqueda del Santo Grial, texto leído por doquier durante toda la Edad Media). La novela medieval continuó cultivando los valores característicos de la primera época del género: sus ingredientes básicos eran, como en la novela griega, el amor, el viaje y la aventura en todos los órdenes. El género novelesco por excelencia será el caballeresco, al que aún le tocará vivir una época dorada durante el siglo XVI en España y en toda Europa, donde se seguirán leyendo los títulos medievales y otros compuestos en España, Italia y Francia en ese mismo siglo. Hacia el final del Medievo, los relatos de tipo sentimental llegaron a constituir igualmente toda una familia textual claramente diferenciada en España y alcanzará un notable éxito en el resto de Europa, con traducciones a las diversas lenguas de cultura.

Desde la Baja Edad Media, son frecuentes las críticas que los moralistas vierten sobre este nuevo género, por cuanto su materia fundamental es de tipo amoroso; además, a diferencia de los castos amores de la novela griega, teñidos de suave neoplatonismo, en el roman medieval impera el erotismo cortés, que no solamente incide en aquellos rasgos más idealizados de una relación amorosa, ya que tampoco duda en abordar asuntos de lo más encendido y procaz. En cualquier caso, los devaneos amorosos jamás han merecido palabras positivas de parte de los preceptores y moralistas de todas las épocas, que se las tenían que haber con un género que causaba pasión entre los jóvenes de ambos sexos, y particularmente entre las mujeres. Las críticas del viejo roman y de la novela posterior son abundantes desde el Medievo hasta el presente: contra ella arremetieron los moralistas medievales, pero otro tanto hicieron los grandes intelectuales del Renacimiento al igual que los prohombres de siglos posteriores, que pretendían evitar sus perniciosos efectos en los jóvenes.

Resulta por ejemplo harto curioso recordar que, mientras los lectores de novelas eran legión, los inventarios de libros, fuera de algunos casos contados (como el de Fernando de Rojas y su inventario de 1541), permanecen mudos con respecto a este tipo de obras. Maxime Chevalier ha dicho con toda la razón que tales relaciones no reflejan tanto los gustos de la juventud como los de la vejez, menos dada a los amoríos; a ello, cabría añadir que, además, el consumo e incluso la redacción de obras de esa índole siempre se ocultaron o, al menos, se justificaron con alguna excusa mejor o peor traída (piénsese, sin salirnos del ejemplo previo, en la rauda redacción de La Celestina por Fernando de Rojas, que en ningún caso lo habría alejado de sus obligaciones).

Con el Renacimiento, estas viejas fórmulas novelescas no desaparecieron sino que se potenciaron: el apogeo de la novela de caballerías (véase Libros de caballerías) y la plenitud de la novela sentimental coincidieron con el nacimiento de otras modalidades que son hijas de la época que las vio nacer: la novela bizantina o libros de aventuras peregrinas, un género recuperado tras descubrirse las Etiópicas de Heliodoro; la denominada novela y literatura morisca, representada aquélla por contados testimonios; y la original y prolífica novela pastoril o libros de pastores (véase Novela pastoril), que presenta un tema que alcanzó hasta el último rincón de la literatura de la época. Las anteriores son formas de la novela de corte idealista; su reverso estará en otra forma novelesca que ve la luz con el Lazarillo de Tormes (véase Lazarillo de Tormes): se trata de la novela picaresca, que acabará por constituirse en género con el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (véase Mateo Alemán).

Algo estaba ocurriendo desde que viera la luz La Celestina, clara mezcla de comedia humanística y de novela sentimental, donde se percibe cómo la materia realista a la que apela Fernando de Rojas la aleja del viejo romance o novela medieval y la lleva hacia la novela moderna; de hecho, para muchos ésta es la primera novela que merece llamarse así con propiedad, pues guarda un obvio parentesco con la novela por excelencia, la de cuño realista del siglo XIX, aquella que, como suele decirse, presenta a un personaje conflictivo en un universo conflictivo. Otros prefieren tender su vista hacia el Lazarillo, por lo mucho que tiene de reacción a un romance que comenzaba a convivir con algo radicalmente nuevo y distinto. Con todo, ya sabemos que el patrón de esta anónima novela sólo cuajó en los primeros años del siglo XVII, justo cuando veía la luz la que para muchos es decididamente la primera novela moderna sin ambages: las aventuras de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes (a pesar de que este escritor nunca gustó de la fórmula narrativa picaresca). Curiosamente, será en el entorno de la herencia cervantina donde surja la pugna entre dos modos de novelar y dos etiquetas, romance y novela, aunque habrá que esperar al siglo XVIII. Al final de dicha centuria, este último término será el que se imponga definitivamente, superada la vieja asociación del término con el italiano novella o el francés nouvelle, forma de relato breve, de raconto o de short story.

Precisamente, esta última es la principal aportación del siglo XVIII en España, ya que poco más es lo que puede buscarse aparte de un puñado de traducciones de diferentes lenguas. En Europa, tras la estela cervantina, varios son los autores que prefiguran la magna novela del siglo XIX; entre ellos, destacan por derecho propio dos escritores británicos: Henry Fielding, con su Tom Jones (1749), y Laurence Sterne gracias a su fascinante Tristam Shandy (1760-1767). Mucho es también lo que se estaba progresando en Francia y Alemania, aun cuando sea más conocida la aportación francesa durante ese periodo en el terreno erudito y científico; con todo, no puede olvidarse esa exitosa obra que es el de Émile (1762), novela educativa (su subtítulo es De l’éducation) del suizo Rousseau traducida por toda Europa; talante similar tiene La nouvelle Héloise (1761). Alemania, por su parte, pasará de una producción novelesca excesivamente dependiente de la que veía la luz en Inglaterra y Francia al comienzo del siglo para ir ofreciendo obras originales al cierre de esa centuria.

El Romanticismo volvió a dar un impulso inusitado a la novela en toda Europa, aunque los títulos que recogían los nuevos gustos convivieron durante largos años con novelas morales y educativas con raíces en el siglo anterior. Las novelas de asunto sentimental y truculento, las narraciones góticas y de terror, las de signo anticlerical y revolucionario convivieron con el género romántico por excelencia: la novela histórica. Ésta presenta una variedad de propósitos y matices, desde la pura estética hasta la revisión y crítica social desde una perspectiva histórica. De todos los novelistas que cultivaron el género, sin lugar a duda el de mayor renombre e influencia fue el británico Walter Scott. La novela de esta época se tiñe de elementos costumbristas, que no desaparecerán sino al contrario al triunfar el arte del realismo, como vemos claramente en el caso español (bastará con recordar a Pedro Antonio de Alarcón, José María Pereda o Juan Valera, entre otros).

Ya hemos indicado que la novela realista del siglo XIX es considerada como la novela por excelencia. La nómina de novelistas pertenecientes a esa corriente en Europa y en España incorpora a algunos de los principales escritores de todos los tiempos: son los franceses Balzac, Flaubert, Stendhal; los rusos Dostoievsky, Tolstoi o Goncharov; los españoles Galdós, Valera o Clarín, etc. El arte realista adquiere su máxima expresión cuando el escritor pretende poner de relieve los condicionantes genéticos y ambientales que pesan sobre el individuo; en estos casos, nos hallamos ante una de sus formas más características: el Naturalismo, desarrollado teóricamente por Émile Zola y plasmado por algunos de los escritores arriba nombrados, como Balzac y Galdós, y otros nuevos como los hermanos Goncourt (Véase GONCOURT, EDMOND y GONCOURT, JULES), Clarín o la Pardo Bazán. El arte naturalista prestó una atención especial a aquellos rasgos fisiológicos capaces de explicar cualquier desviación en la conducta, fuese o no de orden patológico (por ello, la técnica del retrato se torna de una importancia decisiva). El realismo y el naturalismo marcaron una línea divisoria decisiva que separó la novela, que pasaba a ser el género dominante, del viejo roman o novela medieval. Se trata de dos poéticas y de dos formas de concebir el arte y el mundo: uno lleva al reino de la imaginación y la fábula, con su inverosimilitud característica; el otro a un universo perfectamente verosímil y realista, que ya no dejará que la narración en prosa (incluso con el corrector del Modernismo) vuelva a ser igual.

Los experimentos de algunos de los novelistas del grupo anterior enriquecieron el arte que cultivaban en una medida mucho mayor de lo que hasta aquí se decía; de hecho, ha sido error común el de enfocar el conjunto de la novela decimonónica como el de una unidad sin fisuras, cuando de ningún modo fue así. No obstante, las transformaciones más importantes se produjeron en la primera mitad del siglo XX, momento en que el género mostró un dinamismo y fortaleza que no resistían parangón: de aquellas novelas de evasión que, en el pasado, consumían jovencitas ensoñadoras y recibían la crítica de los moralistas y los preceptistas literarios, se pasa a obras complejas y profundamente intelectuales. La novela se transforma en la vía predilecta para la difusión de un ideario o de datos históricos a menudo recientemente cosechados; con tal función, la novela sólo tolera la compañía de investigaciones histórico-filológicas del más alto nivel (a veces no siente ningún sonrojo ante ellas, cargada como aparece de una rigurosa documentación histórica y erudita) o el ensayo filosófico. La gran novedad de nuestra centuria es que la novela ha pasado definitivamente de ser el género literaria más modesto y menos linajudo del panorama literario a constituirse en el predilecto de escritores, lectores y editores, lo que ha deparado una amplia oferta que satisface cualquier tipo de gustos y expectativas.

Si atendemos a la forma de la novela, sólo la del Renacimiento y, especialmente, la del Barroco se atrevió a experimentar con los más diversos materiales y a incluir en su marco relatos de menor extensión, junto a epístolas, discursos, poemas y hasta piezas teatrales completas. La libertad de la novela del siglo XX es infinitamente mayor y su complexión realmente diversa, con obras de una enorme brevedad (Pedro Páramo, Réquiem por un campesino español o La familia de Pascual Duarte, por poner tres ejemplos en nuestra lengua) o de una gran extensión (dos casos bien conocidos y citados son los de Rayuela y La saga-fuga de J.B.), con cambios en la disposición de los materiales (ya cerrada, ya abierta, como el texto de Cortázar), cambios en la narración de diverso signo, como en el punto de vista, el espacio, el tiempo, con flash-back, etc. (de todo ello, vale el paradigma de la última obra citada de Torrente Ballester).

Esta novela, bautizada por parte de la crítica como novela estructural o estructuralista, tiene sus antecedentes en Proust, Joyce, Dos Passos (uno de los grandes de la novela-río o roman-fleuve), Kafka, James o Virginia Woolf. El fin a tales pesquisas narrativas vino con el nouveau roman francés de los años cincuenta, colmo de la experimentación en la novela. Desde entonces, la novela ha profundizado en el realismo o bien ha procedido a la inversa, ha dado en experimentos únicos o ha retomado géneros ya existentes (novela histórica, policiaca, gótica, etc.); en cualquier caso, ha logrado ganarse una libertad y una autonomía absolutas, pues, como ya apuntaba Henry James hace años, nada puede decir cómo se hace hoy una novela de éxito.