Definición de Genocidio

Genocidio - Su Significado, Definición, Concepto e Importancia

Definición de: Genocidio y su Importancia

El genocidio (del griego, “geno” = raza o tribu, y del latín “cidio” = matar) es la matanza o atentados graves hacia grupos de personas, con vistas a su erradicación, y no de personas determinadas, que sería homicidio. También incluye otros actos que sin ser homicidios propiamente dichos, conducen a corto o largo plazo, a aniquilar a ese sector de seres humanos.

Es un delito consistente en un asesinato en masa, ya sea por motivos raciales como el genocidio nazi, llevado a cabo por Adolfo Hitler en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, que comenzó con campos de concentración, que inexorablemente conducían a esas personas a una muerte segura, por lo forzoso de los trabajos y las condiciones inhumanas a las que las sometieron, y luego con métodos concretos de exterminio, como fueron las cámaras de gas, o por razones de nacionalidad como el genocidio armenio, durante la Primera Guerra Mundial, o motivos religiosos y raciales como contra los aborígenes americanos en la conquista.
El término fue acuñado por Rafael Lemkin en 1944, luego de los sucesos que enlutaron a la humanidad en las guerras mundiales, antes referidos.
La Organización de las Naciones Unidas en 1948 dictó la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, que entró en vigencia en 1951, donde estableció el verdadero alcance del término genocidio, como delito internacional, que puede cometerse no solo durante una guerra, sino también en épocas de paz, estableciendo que son actos que tienden a destruir en forma total o parcial, grupos étnicos, religiosos, raciales o nacionales, a través de matanzas, sometimiento doloso, lesiones graves, físicas o psíquicas, traslado de los niños de un grupo a otro grupo por la fuerza, o medidas que tiendan a obstaculizar los nacimientos. Los juicios de acuerdo a esta Convención se llevarán a cabo en el lugar donde el delito se cometió.

Concepto de: Genocidio

El genocidio se refiere al asesinato, exterminio o eliminación intencional de un grupo de personas por motivos de religión, nacionalidad, orientación sexual o etnia. Es considerado como uno de los más graves crímenes contra la humanidad y no solo abarca el asesinato sistemático de miembros de un grupo social, sino también las acciones encaminadas a impedir que esos grupos puedan tener hijos o a cambiar a los recién nacidos a otros grupos por la fuerza.
Pese a que siempre ha sido reconocido como un acto duramente condenable, fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial,cuando el mundo conoció el genocidio ocurrido durante el holocausto, que realmente existió una voluntad de las naciones para aceptar leyes internacionales que definieran y prohibieran los actos genocidas. Así, en 1948, la Asamblea General de la ONU adoptó la Convención para la prevención y el castigo del crimen de genocidio, que otorgó, por primera vez, una definición clara sobre lo que constituía un genocidio.
Con lo anterior, y pese a que existen diferentes definiciones entre investigadores, la definición de genocidio de las Naciones Unidas incluye el asesinato de personas de un grupo específico, el daño físico o psicológico a sus miembros y el atentar de forma intencional contra las condiciones de vida de un grupo para provocar su destrucción parcial o total, entre otras cosas. Cabe destacar que, inicialmente, el borrador también incluía en su definición los asesinatos por motivos políticos, pero una coalición de países (entre los que se incluía la antigua URSS) logró que ese punto se eliminara de la convención final.
Con la entrada de la Convención, el genocidio se convirtió en un acto castigable, pero eso no impidió que se siguieran cometiendo más después de la Segunda Guerra Mundial. Tan solo durante el siglo XX, de acuerdo a estudiosos como el historiador Michael Mann, la cifra de muertos por actos genocidas fue de casi 70 millones de personas.

Significado de: Genocidio

(Del gr. genos, estirpe, y -cidio); sust. m.

1. Aplicación sistemática de medidas encaminadas al exterminio o eliminación de un grupo social por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.: en el Proceso de Nuremberg, la clase dirigente alemana fue acusada, entre otros cargos, de crímenes contra la Humanidad por genocidio.

El término genocidio fue definido por primera vez de forma precisa en el texto de la Convención para la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio, declaración adoptada el 9 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas y que adquirió la forma de Tratado en 1951. Ateniéndonos a la definición establecida por dicha Convención, genocidio sería la destrucción o persecución de grupos humanos concebidos como entidades nacionales, étnicas, raciales o religiosas.

El objetivo de la convención era aunar esfuerzos, mediante la cooperación internacional, para su erradicación. En el articulado, el genocidio se declaraba un crimen tanto si era acometido en tiempos de guerra como en tiempos de paz. Concretamente, en el articuló 2º quedaron estipulados como actos genocidas los siguientes: el asesinato de miembros de un grupo, el grave atentado contra la integridad física o mental de los miembros de un grupo, el sometimiento intencional de un grupo a condiciones de existencias orientadas a provocar su destrucción física total o parcial, las medidas tendentes a impedir los nacimientos en el ámbito del grupo y la transferencia forzada de los niños de un grupo a otro. Además, quedó establecido el principio de que la pena por genocidio se aplicara a los dirigentes responsables constitucionalmente, a los funcionarios públicos o a cualquier individuo privado culpable de cometer cualquier acto genocida, así como la instigación, el intento y la complicidad en el genocidio. En el documento final también se recogía la obligación, por parte de los países que se adhirieran al texto, de introducir en su ordenamiento interno las disposiciones necesarias para cumplir las normas, meramente pragmáticas, que la misma estableció. En el documento quedó especificado que el genocidio no entraba dentro de la categoría de crímenes políticos; se denegaba, expresamente, a los acusados de genocidio la inmunidad para la extraditación, así como se estableció la obligación de que éstos debían ser juzgados por un tribunal competente del estado en el que se cometió dicho acto, o por un tribunal internacional igualmente competente si existiese.

A lo largo de la historia de la humanidad han tenido lugar numerosos episodios que podrían situarse dentro de alguna de estas categorías. Sin embargo, ha sido únicamente durante las últimas décadas cuando la sensibilidad política de las naciones y la opinión pública han considerado que el exterminio completo de comunidades de forma ordenada y premeditada es susceptible de sanción. La creciente importancia otorgada al respeto de los Derechos del Hombre recogidos en diversos textos desde 1789, fue creando progresivamente la conciencia en influyentes sectores intelectuales y políticos de que era necesario sentar las bases de unos principios éticos que garantizaran el respeto a unos derechos básicos individuales y colectivos, y que trascendieran, asimismo, las ideologías y los credos religiosos, puesto que la defensa de la humanidad no tendría que ser competencia exclusiva de ninguna perspectiva ideológica.

A pesar de esta difusa voluntad, firme aunque en un principio escasamente articulada, el contexto político e intelectual no favorecía una rápida implantación de estas ideas debido a una serie de razones, a saber: la existencia, por una parte, de un contexto internacional débilmente estructurado y basado en unas relaciones de intensa competitividad productiva y comercial, y un ambiente intelectual, por otra, que se fundamentaba sobre teorías evolucionistas que destacaban la supremacía de la civilización europea frente a los demás entornos culturales, los cuales eran sacrificables puesto que pertenecían a etapas evolutivas primitivas y extemporáneas. Bajo este prisma, el aniquilamiento sistemático, tanto físico (genocidio) como cultural (etnocidio), no eran vistos como acciones excesivamente criticables, puesto que el inexorable avance de la civilización tenía como consecuencia inevitable el exterminio de comunidades enteras, ya fuera por procedimientos directos, o como consecuencia de efectos colaterales de carácter demográfico o económico. Esta parcialidad se puede observar de forma manifiesta en la sensibilidad internacional que levantó en 1902 la represión de la comunidades Boers (véase Guerra de los Boers) descendientes de los holandeses, por parte del los británicos en Sudáfrica. Puesto que eran colectivos de origen europeo, la opinión pública del viejo continente se mostró muy crítica con su supuesto aniquilamiento, mientras que el exterminio sistemático de otros pueblos indígenas, tanto en África como en Norteamérica, provocó una escasa expectación.

La llegada del siglo XX vino acompañada de un compulsivo desarrollo tecnológico en el cual se había depositado una confianza desmesurada. Existía la esperanza de que la ciencia y la tecnología ofrecerían soluciones estructurales a la mayoría de los problemas que tenía planteados la humanidad desde sus orígenes. Sin embargo, la Primera Guerra Mundial provocó un gran desengaño en esta perspectiva intelectual. Se demostró que el desarrollo tecnológico podía ponerse también al servicio de la destrucción. La Segunda Guerra Mundial únicamente vino a incidir en esta idea y en el hecho, todavía más dramático, de que la tecnología y la organización industrial podía, combinada con los primitivos instintos de primacía y destrucción, tener efectos devastadores para comunidades enteras, como sucedió con los judíos, gitanos y otras etnias en Europa.

Como consecuencia de la necesidad de conjurar estos atentados contra la dignidad humana se redactó el primer texto en contra del genocidio en 1948 y el posterior tratado de 1951, ambos aludidos con anterioridad. A pesar de la existencia de estos textos, ratificados internacionalmente por la gran mayoría de los Estados (España se adhirió al Tratado en 1968) y por todos los que poseen una mayor influencia, desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días se han producido episodios susceptibles de ser ubicados en la categoría de genocidio y que no han sido sancionados internacionalmente, mientras otros son calificados como tal, sin serlo, debido a intereses políticos concretos.

El primer genocidio cometido en el siglo XX que cumple de forma estricta alguna de las condiciones para ser calificado como tal fue el perpetrado por el régimen de los jóvenes turcos entre 1915 y 1916 contra la comunidad armenia, en el transcurso del cual fueron exterminados un millón y medio de armenios de los dos millones situados en los límites de los territorios turcos en su frontera este. Este primer genocidio reconocido de nuestros días permaneció fuera de los tratados suscritos con posterioridad, aunque, sin embargo, otros que tuvieron lugar tras la firma del Tratado no han sido objeto de investigación judicial o, en el caso de que se hubiera iniciado, ésta avanza con gran dificultad. Tales son los casos de Kampuchea (1975-1979), Bosnia-Herzegovina (1992-1995) y Ruanda (1994).

Uno de los problemas fundamentales, no obstante, a los que se enfrenta la persecución del genocidio es que realmente no existe una definición unitaria al respecto. Y aunque en el aspecto legal si que se aplica una definición precisa, desde una perspectiva política ésta varía considerablemente en función de criterios coyunturales. De esta manera, su aplicación entraña una gran dificultad cuando no se establece una diferencia clara con otro tipo delictivo de singular trascendencia como es el de “crímenes contra la humanidad”. Así, las deportaciones masivas realizadas por Stalin tras la Segunda Guerra Mundial no entrarían dentro de esta categoría puesto que el transporte de comunidades enteras se contempla como un crimen contra la humanidad. En este mismo sentido, las desapariciones masivas de opositores políticos perpetradas por los regímenes militares argentino o chileno son difícilmente encuadrables dentro de la categoría de genocidio puesto que el objetivo principal de esta acción no es el exterminio físico de una comunidad, por lo que debería ser contemplado como un delito internacional similar al anteriormente citado. Asimismo, las deportaciones forzosas llevadas a cabo por el gobierno yugoslavo contra la mayoría albanesa en la región de Kosovo entrarían dentro de esta categoría de crimen contra la humanidad, aunque han sido clasificadas como genocidio de forma insistente por parte de la OTAN y de los Estados Unidos con el objetivo prioritario de respaldar las acciones militares con argumentos de peso frente a una opinión pública crecientemente insatisfecha.

A pesar de todo lo expuesto anteriormente, no pocos acontecimientos históricos tienen una implicación más o menos directa con la definición de genocidio de la Convención de 1948. En cualquier caso, el hecho de que fuese en este año cuando, por fin, la sociedad internacional se impuso la necesidad de determinar sus características y trabajar en pos de su erradicación fue, nada más ni nada menos, que como resultado del holocausto nazi, perpetrado durante los años de la Segunda Guerra Mundial. El régimen nazi, en su proyecto de exterminar a los judíos no ya sólo de Alemania, sino de toda Europa, se había cobrado seis millones de víctimas, aunque, como se apunta desde la historiografía más reciente, sea necesario precisar que no fue el judío el único grupo humano que sufrió la barbarie nazi, pues ésta también afectó a otros grupos de población que por su ideología, entre otros aspectos, fueron también víctimas de ella.

El tribunal del famoso juicio de Nuremberg, en el que se juzgaron estos crímenes al finalizar el conflicto, sentó el primer precedente al establecer el principio de responsabilidad individual de aquellos que habían sido acusados. Era el primer caso en la historia de la humanidad en el que se juzgaban acciones cometidas durante una guerra. La crueldad de los métodos empleados, sin duda alguna, contribuyeron enormemente en la sensibilidad mundial.

Pero, como se señalaba anteriormente, la historia nos ofrece a lo largo de todas sus etapas ejemplos de genocidio. Sin retroceder excesivamente en el tiempo, y a pesar del debate historiográfico sobre el tema, el proceso colonizador de las potencias europeas sobre el continente americano suele señalarse como uno de los casos en el que el genocidio fue perpetrado. La colonización española tuvo como consecuencia la exterminación de las grandes civilizaciones y estructuras socio-políticas y culturales de la población indígena. La historiografía que define este suceso como genocidio basa sus argumentaciones, principalmente, en los escritos del Padre Bartolomé de las Casas (1474-1566), que ya en su tiempo había denunciado estos procedimientos, sobre todo en su obra La destrucción de las Indias. Los indios de Norteamérica, bajo colonización inglesa y durante el proceso de expansión hacia el oeste realizado por los colonos, fueron objeto de prácticas genocidas, al ser exterminada gran parte de su población. En el continente africano, el proceso colonizador, a lo largo básicamente del siglo XIX por parte de las potencias europeas, principalmente Inglaterra, Francia, Holanda, Portugal y Alemania, fue llevado a cabo utilizando entre otros medios la práctica del genocidio sobre la población negra autóctona.

En el siglo XX, quizás por poseer un conocimiento más exhaustivo de los acontecimientos, los ejemplos de genocidio se multiplican. A principios de siglo, como ya se ha expuesto anteriormente, más de un millón de armenios fueron masacrados y expulsados de sus hogares por acciones de represión masiva realizadas por el Imperio turco en repetidas ocasiones. La primera de ellas fue entre los años 1894 y 1896, volviendo a suceder en 1909, y recrudeciéndose esta práctica hasta 1923, durante el mandato de Mustafa Kemal, que había liderado el movimiento de los Jóvenes turcos.

En los años treinta, la Unión Soviética de Stalin sometió a toda la población a un proceso de limpieza ideológica en la cual hubo millones de muertos y millones de personas obligadas a trabajos forzosos en los llamados gulags, o campos de concentración, así como millones de exiliados forzosos o voluntarios.

A pesar de la concienciación que el mundo sufrió ante este problema con el holocausto nazi, el genocidio no ha dejado de ser un recurso utilizado desde el poder contra grupos humanos minoritarios. Concretamente en Nigeria, donde existía un importante núcleo de población formada por la tribu de los ibos, con lengua y religión diferenciadas, fue objeto de una represión brutal, cobrándose aproximadamente unos cincuenta mil muertos y provocando una emigración masiva hacia el sureste del país, en la región de Biafra, que debido a esto proclamó su independencia en 1967. Durante la guerra, el exterminio siguió siendo una práctica extendida, que no cesó tras la derrota de los ibos y el sometimiento de esta región, de nuevo, al dominio de Nigeria en 1969.

El continente africano sigue ofreciendo más ejemplos de esta práctica inhumana utilizada como consecuencia del mismo problema. Los países africanos fueron delimitados territorialmente, en su mayoría, durante su etapa de colonización, sin tener en cuenta las realidades culturales y tribales de cada territorio, por lo que muchas tribus y grupos de población se han visto condenadas a convivir con una realidad que no es la suya. Por supuesto que el problema no puede reducirse únicamente a esta variable. De este modo, en Uganda, en la década de los setenta del siglo XX, los conflictos étnicos se intentaron resolver por los mismos métodos genocidas, o en Ruanda en 1994, donde los hutus emprendieron una política de genocidio planificado en su conflicto contra los tutsi, que fue contestada con las mismas armas. El conflicto se extendió dentro de las fronteras de Zaire en 1996, concretamente en las regiones del este del país.

Pero no sólo encontramos ejemplos de genocidio en este continente. Sólo destacando aquellas casos de prácticas genocidas que más relevancia internacional han tenido (aunque esto no signifique que no existan otros muchos ejemplos cuya crueldad sea equiparable o incluso mayor), Asia ha sido escenario de varios de ellos. Concretamente en Camboya (Kampuchea), los jemeres rojos (grupo étnico mayoritario en este país), liderados por Pol Pot, y a lo largo de más de una década, transcurrida entre la guerra civil contra el gobierno vigente de Sihanouk, la intervención en la Guerra de Vietnam y hasta el derrocamiento de su régimen establecido en 1979, más de dos millones de personas murieron durante el desarrollo del primer conflicto armado, cerca de setecientas cincuenta mil en el segundo y un millón como consecuencia de las represalias acometidas por el régimen en la postguerra, sin olvidarnos de los tres millones de refugiados, cifras que corresponden prácticamente en su totalidad a los actos genocidas protagonizadas por los jemeres contra otros grupos étnicos minoritarios.

Dentro de otras coordenadas espaciales, concretamente en Irak (Oriente Próximo), y en Turquía e Irán (Oriente Medio), el pueblo kurdo ha sido víctima, prácticamente a lo largo de todo el siglo XX, de las políticas genocidas que estos países han llevado a cabo contra esta minoría. Los momentos más intensos, concretamente en Irak, acontecieron desde la década de 1970 hasta 1991, y dieron, en total, como resultado más de un millón de víctimas, entre desapariciones, asesinatos y exilio. En Turquía, la misma cifra se obtuvo entre 1926 y 1938. La persecución y represión constante de las autoridades en los territorios poblados por los kurdos volvió a recrudecerse en los años sesenta, momento en el que fueron creados los Komandos (unidades de elite dentro del ejército), que realizaban incursiones en distintos pueblos y ciudades con el fin de masacrar a su población. En 1980 la mayor parte de los territorios kurdos pertenecientes a Turquía seguían siendo declarados zonas reservadas al ejército. En Irán, sobre todo bajo el poder de Jomeini, que declaró la Yihad (‘Guerra Santa’) contra este pueblo, más de quinientas mil kurdos fueron fusilados y masacrados.

Por último, Europa, durante la guerra en la antigua Yugoslavia (véase Guerra de Bosnia-Herzegovina), que enfrentó a las distintas comunidades étnico-religiosas del territorio, en el más sangriento y cruel episodio bélico desde la Segunda Guerra Mundial, comprobó como el genocidio fue la política seguida por sus protagonistas como vía de solución a todos los problemas, aunque parezca un irónico ejemplo de que la historia pueda repetirse.

Como se ha podido comprobar, las resoluciones sobre el genocidio adoptadas por la Asamblea de Naciones Unidas en 1948, a la que se adhirieron numerosos estados de todos los continentes, no ha conseguido sus objetivos. El documento ha recibido numerosas críticas, que principalmente se han centrado en dos aspectos: la indeterminación de la cuestión de la pena y la entera discreción que los estados signatarios tienen para administrarla. Este segundo aspecto es especialmente criticado porque, si en la mayoría de los casos el genocidio no puede cometerse sin instrucciones o, al menos, sin la complicidad estatal, ese mismo estado no va a condenar o castigar a sus responsables.