Definición de Depresión

Depresión - Su Significado, Definición y Concepto

Definición de: Depresión

Área baja o deprimida del terreno rodeada por relieves más elevados (véase Relieves de cuesta). De forma específica se emplea este término para determinar las cuencas endorreicas que no presentan ninguna salida de avenamiento. Su origen puede ser tectónico debido a un fenómeno de hundimiento o erosivo y sus dimensiones abarcan desde unos pocos centenares a varios miles de kilómetros cuadrados.

[Aeronáutica]

Fenómeno que se produce en la cabina de sobrepresión de un avión cuando al volar a gran altura, pierde bruscamente su presión interna, por ejemplo en el caso de que se rompiera el cristal de una ventana o se abriese una puerta. Cuando esto ocurre, la presión interior y exterior tienden a igualarse bruscamente y, en consecuencia, muchos objetos salen despedidos en forma de una explosión compleja.

[Geografía] Depresión del horizonte

Ángulo formado por los planos del horizonte verdadero y del horizonte aparente cuando el observador ocupa una posición elevada respecto a la superficie terrestre. También se puede definir como el ángulo que forma la tangente al horizonte desde un punto elevado sobre la superficie de la tierra, con el plano horizontal que pasa por dicho punto. En los problemas donde hay que determinar las coordenadas geográficas en las que se halla un navío, la altura verdadera de un astro conocido es el dato principal.

Concepto de: Depresión

El termino depresión, etimológicamente proviene del latín “depressĭo”, y a su vez de la palabra “depressus” que quiere decir “derribado”, varias fuentes exponen que la palabra está compuesta por el prefijo “de” que significa “decaimiento o privación de arriba abajo”, mas el verbo “premere” que quiere decir “presionar”. Según la real academia española define el vocablo depresión como la acción y el efecto de deprimir o deprimirse. Pero no es la única acepción de la palabra, ya que posee varios usos, otro de ellos se le otorga al hundimiento, desmoronamiento o desplome de una superficie, terreno o extensión como tal.
Desglosando el término en la psicología, se le llama depresión al trastorno emocional y mental, que le produce a un individuo sentirse triste y afligido, y así padeciendo un malestar interior, que a su vez dificulta su interacción con los demas individuos que lo rodean. En otras palabras es el estado psíquico que experimenta un sujeto caracterizado por una considerable tristeza, aflicción, pena, entre otras emociones, sin motivo aparente, que conlleva a un decaimiento anímico y total perdida del interés por todo. Otros síntomas de la depresión son la ansiedad, el insomnio, alteraciones del pensamiento, alteraciones del comportamiento, modificaciones del apetito y del peso, pensamiento suicida etc. Este trastorno puede llegar a ser crónico o recurrentes, dificultando el desempeño del individuo, ya sea en el trabajo, escuela, o cualquier otro ámbito en el cual este se desenvuelva; en el caso más grave puede conducir al suicidio. Si es leve, dicho trastorno se puede llegar a tratar sin necesidad de medicamentos, pero al ser de carácter moderado o grave puede que se necesiten una serie de medicamentos y psicoterapia profesional para su tratamiento.
Finalmente el término depresión es relativo al periodo de baja actividad económica, que se caracteriza por un masivo desempleo, decreciente uso de recursos, deflación, y bajo nivel de inversiones.

Significado de: Depresión

[Psicología y Psiquiatría]

El término "depresión" hace alusión a tres conceptos relacionados pero diferentes. Por un lado, se refiere a un síntoma anímico -la tristeza o el estado de ánimo deprimido- y como tal está presente en la mayor parte de los trastornos psicológicos y en muchas enfermedades médicas. De hecho, el estar "triste", "abatido", "alicaído", "depre" o de "capa caída" es uno de los sentimientos de malestar psicológico más frecuentes en los seres humanos y, seguramente, en sus formas menos graves, tiene funciones evolutivas adaptativas como, por ejemplo, recabar atención y cuidado de los demás, constituir un modo de comunicación de situaciones de pérdida o separación, o ser un modo de conservar "energía" para poder hacer frente a posteriores procesos de adaptación. Sin embargo, estos estados de ánimo bajo tan frecuentes en las personas normales deben diferenciarse de la tristeza o del estado de ánimo deprimido entendidos como síntoma. Aquí, tales sentimientos, bien por su duración, por su frecuencia o por su intensidad interfieren extraordinariamente en la capacidad de adaptación de la persona que los sufre.

Por otro lado, la depresión también hace referencia a un síndrome, es decir, a un conjunto de síntomas relacionados que aparecen y desaparecen conjuntamente y que suele estar formado por los síntomas de tristeza, pérdida de interés, fatiga, sentimientos de inutilidad y culpabilidad, enlentecimiento psicomotor, insomnio, ideas de suicidio, falta de apetito, pérdida de peso, y dificultad para concentrarse. El síndrome depresivo también puede estar presente en muchos trastornos mentales (como la agorafobia, los trastornos obsesivos-compulsivos, o los trastornos sexuales) y en muchas enfermedades médicas (por ejemplo el cáncer o la demencia).

Finalmente y en un sentido más restrictivo, el término "depresión" alude a un trastorno, es decir a un síndrome depresivo que cumple ciertos criterios de duración, gravedad, curso e incapacidad. Así, los síntomas aparecen la mayor parte del día -casi cada día- durante un período mínimo de dos semanas, el síndrome incluye al menos cinco síntomas, que provocan un malestar clínicamente significativo y representan también un cambio respecto a la actividad previa, además de provocar deterioro social, escolar, o laboral del paciente. Asimismo, se trata de un trastorno que no es explicable por otras causas posibles, no se considera, por ejemplo, el efecto fisiológico directo de una enfermedad médica o de la ingestión de medicamentos o drogas, ni se explica mejor por la muerte reciente de un ser querido o por la presencia de una esquizofrenia. En definitiva, la mayoría de la gente ha estado alguna vez triste en su vida y muchas personas han experimentado alguna vez un síntoma de depresión, pero, tal y como se definen clínicamente, el síndrome depresivo o el trastorno depresivo es mucho menos frecuente. No obstante, la depresión es el trastorno psicológico más común después del abuso de sustancias y los trastornos de ansiedad, y también uno de los más graves.

Características de un trastorno depresivo

Efectivamente, la depresión es un trastorno tan común que a veces se la conoce como "la gripe de los trastornos mentales". Esta comparación, sin embargo, no hace justicia a su gravedad, puesto que la depresión afecta a todos los aspectos de la vida cotidiana de una persona y conlleva cambios importantes en su forma de sentir, de pensar y de comportarse, así como cambios físicos.

La persona con un trastorno depresivo se siente constantemente triste, desgraciada, desanimada o con ganas de llorar. Aunque la tristeza suele estar presente en prácticamente todas las personas con depresión y suele ser la queja principal de buena parte de ellas, con frecuencia también se experimentan ansiedad, nerviosismo, sentimientos de vacío e irritabilidad. De hecho, la presencia de un estado de ánimo irritable en lugar de triste suele ser frecuente en los niños y adolescentes.

Los pensamientos de la persona con depresión están teñidos de un profundo pesimismo. Se ve como una persona inútil y fracasada, continuamente se culpabiliza por pequeños errores pasados o por cualquier acontecimiento negativo que ocurre, y suele interpretar negativamente acontecimientos triviales tomándolos como pruebas de sus defectos personales. El mundo le parece un lugar hostil y sin sentido, y el futuro negro y sin esperanza. De hecho, pueden aparecer pensamientos de muerte o de suicidio, o tentativas suicidas. Por ejemplo, la persona puede creer que los demás estarían mejor si uno muriese, o puede tener pensamientos transitorios, pero repetitivos, sobre el hecho de suicidarse, e incluso puede querer suicidarse y dar vueltas a planes específicos sobre cómo hacerlo. Por otro lado, muchas personas refieren problemas para pensar, concentrarse o tomar decisiones, pudiendo dar la impresión de que se distraen con facilidad. Para una persona con depresión, actos tan simples como leer el periódico, seguir una conversación o ver un programa de televisión se tornan difíciles, sino imposibles; además, son frecuentes las quejas de falta de memoria. Estos problemas de concentración, memoria y toma de decisiones pueden llegar a interferir enormemente en el rendimiento de la persona en sus tareas cotidianas, en su trabajo o en los estudios.

La disminución en la capacidad para disfrutar de las actividades que antes se consideraban placenteras y la pérdida de interés por estar con la gente o por las aficiones son, junto a la tristeza, el síntoma principal de un trastorno depresivo. Las personas con depresión se vuelven cada vez más pasivas, apáticas e indiferentes; levantarse para ir al trabajo o a la escuela o asearse pueden convertirse en tareas casi imposibles, y de manera más o menos rápida van reduciendo sus actividades, abandonan sus aficiones y dejan de salir, de ver a gente o de ir a trabajar. En algunas personas hay una reducción significativa de los niveles previos de deseo y actividad sexual que incluso puede acompañarse, en los hombres, de dificultades en la erección. En su forma más grave este tipo de pasividad y apatía puede llegar a un enlentecimiento generalizado de todo tipo de comportamiento, de forma que el gesto y los movimientos corporales se ralentizan, la marcha se vuelve cansina y a la persona parece que le cuesta incluso hablar (o habla con un volumen bajo de voz, con pocas inflexiones y con poca variedad de contenido).

La aparición de cambios físicos es habitual y suele ser uno de los motivos principales por los que se solicita ayuda profesional. Los más frecuentes son los problemas de insomnio -problemas para quedarse dormido, despertares frecuentes a lo largo de la noche o despertar precoz-, aunque también son comunes las alteraciones del apetito y la fatiga. El apetito suele disminuir y muchas personas tienen que esforzarse por comer, de forma que puede haber pérdidas significativas de peso o, en niños, fracasos en la consecución del peso apropiado. Los individuos con depresión se quejan de falta de energía y de un cansancio y una fatiga persistentes, de manera que el menor trabajo parece requerirles un gran esfuerzo.

Todos estos cambios en el estado de ánimo, en la forma de pensar, en el comportamiento y en la salud física son de tal intensidad y persistencia que van más allá de un estado pasajero de tristeza. Por ejemplo, la pérdida de un ser querido causa tristeza y dolor en cualquier persona y puede también causar otros síntomas depresivos como apatía, sentimientos de culpabilidad, pérdida de apetito, insomnio, etc., pero tales síntomas desaparecen con el paso del tiempo. En la depresión, si no se recibe el tratamiento adecuado, la tristeza y los demás síntomas depresivos pueden durar semanas, meses e incluso años, y causan dolor y sufrimiento no sólo a quienes los padecen, sino también a sus seres queridos. Un dato significativo que indica la gravedad de los trastornos depresivos es que hasta un 15% de los pacientes con un trastorno depresivo mayor fallecen por suicidio; es más, los estudios parecen indicar que, en términos del deterioro del funcionamiento físico, social o laboral o del número de días que pasa la persona en cama a causa de su mala salud, la depresión tiene un impacto adverso mucho mayor en los individuos que muchas enfermedades orgánicas como la hipertensión, la diabetes, la artritis o las enfermedades pulmonares. Los cambios que acontecen en la depresión tampoco indican falta de carácter o una debilidad personal; la depresión no es una condición de la cual uno puede liberarse a voluntad. Sin embargo, la mayoría de las personas que padecen de depresión puede mejorar con un tratamiento adecuado.

Tipos de depresión

Como ocurre con otros trastornos mentales y enfermedades físicas, existen diversos tipos de depresión. Los tres tipos más comunes son el trastorno depresivo mayor, el trastorno distímico y el trastorno bipolar.

Trastorno depresivo mayor

También denominado depresión unipolar, el trastorno depresivo mayor se caracteriza por la presencia la mayor parte del día, casi cada día, durante al menos dos semanas consecutivas, de estado de ánimo triste o de pérdida de la capacidad para disfrutar de actividades que antes eran placenteras. Además, durante ese período la persona también experimenta al menos otros cuatro síntomas de una lista de siete que incluye cambios de apetito o peso, cambios en el patrón de sueño y en la actividad psicomotora; falta de energía; sentimientos de infravaloración o culpa; dificultad para pensar, concentrarse o tomar decisiones, y pensamientos recurrentes de muerte o ideación, planes o intentos suicidas. Cuando la aparición de estos síntomas no se ha producido por el efecto directo de una enfermedad médica o de la ingestión de medicamentos o drogas, o no se explica mejor por la muerte reciente de un ser querido, y cuando tales síntomas se experimentan con un intenso sufrimiento e interfieren con la capacidad para trabajar, estudiar, salir con los amigos y, en general, con el funcionamiento cotidiano de la persona, estamos ante la presencia de un trastorno depresivo mayor. No todas las personas con trastorno depresivo mayor padecen de todos los síntomas y con la misma duración. La gravedad de los síntomas varía según la persona y también puede variar con el tiempo. Algunas padecen de unos pocos síntomas, otras tienen muchos; algunas experimentan tales síntomas durante semanas, otras durante meses. Lo habitual es que, sin el tratamiento adecuado, los síntomas no desaparezcan antes de seis meses y que el trastorno se repita varias veces en el curso de la vida.

Trastorno distímico

Los términos trastorno distímico o distimia vendrían a sustituir a otro de una tradición tan larga como imprecisa: neurosis depresiva. La distimia es un tipo de depresión menos grave, que incluye síntomas depresivos no tan incapacitantes como los del trastorno depresivo mayor, pero que, sin embargo, son muy prolongados, crónicos, e interfieren también en el funcionamiento y el bienestar de la persona. En concreto, la distimia se caracteriza por la presencia durante un período mayor de dos años (un año en niños) de un estado de ánimo triste prácticamente a diario y la presencia adicional de al menos dos de los siguientes seis síntomas: baja autoestima, pesimismo o desesperanza, pérdida o aumento de apetito, cambios en el patrón de sueño, falta de energía o fatiga, y dificultad para concentrarse o tomar decisiones. Sin el tratamiento adecuado, los síntomas pueden prolongarse durante una media de cinco años, aunque pueden variar en intensidad a lo largo de esos años o incluso desaparecer durante períodos breves de tiempo que no suelen durar más de dos meses. Muchas personas con distimia también pueden padecer un trastorno depresivo mayor en algún momento de su vida.

Trastorno bipolar

Finalmente, otro tipo de depresión no tan frecuente como los dos anteriores es el trastorno bipolar, llamado también trastorno maníaco-depresivo. Este trastorno se caracteriza por cambios cíclicos en el estado de ánimo en los que se alternan episodios de depresión y episodios de manía. La manía se define por la presencia durante al menos una semana de un estado de ánimo anormalmente eufórico, expansivo o irritable que se acompaña de al menos otros tres síntomas de los siete siguientes: aumento de la autoestima o grandiosidad, disminución de la necesidad de dormir, verborrea, fuga de ideas, distraibilidad, aumento de las actividades intencionadas o agitación psicomotora e implicación excesiva en actividades placenteras con un alto potencial para producir consecuencias graves. Los cambios de un episodio depresivo a uno maníaco, o viceversa, pueden ser dramáticos y rápidos, pero más a menudo son graduales. Cuando una persona está en la fase depresiva del ciclo, puede padecer uno, varios o todos los síntomas del trastorno depresivo mayor. Cuando está en la fase maníaca, la persona experimenta una sensación de euforia, bienestar, omnipotencia y gran energía; muestra ideas grandiosas sobre sí mismo, se siente llena de planes y proyectos, apenas duerme, se vuelve más productiva de lo normal y más apasionada y, en general, se siente más acelerada tanto en su actividad física como mental. Pero estos días felices duran poco. En la manía, la rapidez de pensamiento pronto se convierte en pensamiento atropellado; se cambia de un tema a otro, la atención se desvía demasiado fácilmente hacia estímulos externos banales o irrelevantes, el razonamiento se deteriora y el lenguaje puede volverse desorganizado e incoherente; la persona puede hablar sin parar, algunas veces durante horas y sin importarle los deseos de comunicarse de los demás; hay un aumento excesivo en el nivel de actividad tanto laboral (por ejemplo, la persona puede asumir varias empresas nuevas al mismo tiempo, sin tener en cuenta los posibles riesgos o la necesidad de acabar bien cada una de ellas) como social (por ejemplo, reencontrando a viejos conocidos o llamando a los amigos o incluso a desconocidos a cualquier hora del día o de la noche, sin tener en cuenta la naturaleza entrometida, dominante y demandante de estas interacciones); se formulan planes grandiosos, se toman decisiones descabelladas y la persona se involucra de manera imprudente y frenética en actividades placenteras como compras desmesuradas, conducción temeraria, inversiones económicas poco razonables y comportamientos sexuales inusuales, que pueden llevar a que la persona se meta en graves problemas y situaciones embarazosas. Cuando la persona con manía se enfrente a la resistencia y objeciones de los demás se vuelve irritable, hostil y, a veces, agresiva, aunque raramente la agresividad desemboca en una agresión abierta. Las consecuencias de estos comportamientos que aparecen en la fase maníaca pueden ser terribles: pérdidas económicas, actividades ilegales, pérdida de empleo, agresiones físicas, y separaciones y pérdidas amorosas.

Factores de riesgo

Aunque la depresión puede afectar a todo tipo de personas, existen individuos especialmente vulnerables a padecerla. Por otro lado, no todos los tipos de depresión ocurren con la misma frecuencia. Los datos de los estudios epidemiológicos señalan que alrededor de un 5-15% del conjunto de la población adulta ha presentado un trastorno depresivo mayor en el transcurso de su vida, un 3-6% un trastorno distímico y un 1% un trastorno bipolar.

Estos mismos datos indican que las mujeres tienen el doble de riesgo que los varones de padecer un trastorno depresivo mayor o uno distímico, mientras que no existen diferencias entre ambos sexos respecto al riesgo de padecer un trastorno bipolar. Factores hormonales podrían contribuir a la tasa más alta de depresión en la mujer, en particular, los cambios hormonales asociados al ciclo menstrual, al embarazo, al aborto, al período de posparto, a la premenopausia y a la menopausia. Pero, también, esa mayor tasa se puede deber a la existencia de factores psicosociales relacionados con los diferentes ambientes y características psicológicas de ambos sexos. Por ejemplo, muchas mujeres tienen más estrés que los varones porque además de tener un empleo se hacen cargo del cuidado de los niños y el mantenimiento del hogar, mientras que otras tienen una mayor carga de responsabilidad por ser madres solteras o por asumir el cuidado de padres ancianos. Por otro lado, ante un acontecimiento estresante, las mujeres tienden más a cavilar en exceso sobre la causa de su estado de ánimo, intensificando así su tristeza, mientras que los varones tienden más a dedicarse a actividades que les distraigan y alivien su tristeza.

Los trastornos depresivos mayores y los distímicos son aproximadamente dos o tres veces más frecuente entre los hijos de las personas que sufren estos trastornos que entre las personas sin depresión. Sin embargo, no se sabe con seguridad si este aumento en el riesgo significa que la depresión se hereda genéticamente. Al igual que ocurre con las diferencias sexuales, puede que ese aumento también refleje la influencia de factores psicosociales, por ejemplo, factores relacionados con el ambiente familiar y con el aprendizaje por observación de comportamientos paternos poco adaptativos. No obstante, los factores genéticos sí parece que tienen un peso importante en el trastorno bipolar tal como indican los estudios con gemelos y niños adoptados, y, de hecho, los trastornos bipolares son entre cinco y treinta veces más frecuentes entre los hijos de personas con trastorno bipolar que entre los hijos del resto de la población general.

La depresión puede aparecer en cualquier edad, incluso en la niñez, pero el riesgo más elevado de padecerla se observa en los jóvenes adultos y, a partir de esta edad, el riesgo disminuye tanto en mujeres como en varones. Así, la edad media de inicio del trastorno depresivo mayor es 35 años, mientras que los trastornos distímicos suelen comenzar en etapas anteriores, incluso en la infancia o adolescencia. Es más, los datos epidemiológicos sugieren que la edad de inicio del trastorno depresivo mayor está disminuyendo en los últimos años. Por su parte, la edad media de comienzo de los trastornos bipolares estaría alrededor de los 20 años, si bien los pacientes buscan tratamiento por primera vez años más tarde. En definitiva, y contrariamente a lo que comúnmente se piensa, la depresión no es un trastorno de ancianos, sino que normalmente suele aparecer antes de la vejez, y, por supuesto, tampoco es una parte normal del proceso de envejecimiento; más bien es origen de incapacidad, aumento de dependencia y muerte prematura. Así, por ejemplo, en los ancianos con depresión se da un aumento del riesgo de muerte por suicidio.

Causas de la depresión

Aunque las causas de la depresión son complejas y pueden variar de un individuo a otro, hoy se conocen diversos factores que incrementan la probabilidad de que una persona desarrolle una depresión. Algunos de estos factores son biológicos, otros son ambientales y otros psicológicos y, generalmente, las causas de la depresión incluyen una combinación de todos ellos ya que, de hecho, parecen existir procesos de interacción entre ellos.

Para algunos investigadores y profesionales la mayoría de las depresiones se producen por desequilibrios en los niveles cerebrales de ciertos neurotransmisores (las sustancias químicas que transmiten información de una neurona a otra), especialmente por una reducción en los niveles de serotonina, norepinefrina y dopamina. No obstante, esta explicación no resuelve del todo la cuestión del origen de la depresión ya que plantea a su vez la pregunta de cuál es la causa de esos desarreglos bioquímicos. La investigación ha demostrado que estos desarreglos pueden ocurrir en respuesta a factores ambientales como los acontecimientos estresantes, especialmente los acontecimientos que supongan la pérdida de algo que una persona considera importante. Por ejemplo, la pérdida de un ser querido por muerte o separación, los problemas en una relación personal, la pérdida del trabajo, los problemas económicos, o una enfermedad grave pueden precipitar un episodio depresivo. Sin embargo, todo el mundo, tarde o temprano, se ve sometido a alguno de estos acontecimientos y, aún así, sólo un 5-15% de la población desarrolla una depresión.

Una posibilidad es que ciertas personas hayan heredado una predisposición biológica a un mal funcionamiento de los mecanismos de regulación de los neurotransmisores que hace que sea más fácil que cualquier acontecimiento estresante, por leve que sea, desencadene desequilibrios en los niveles de serotonina, norepinefrina o dopamina. De hecho, en algunas familias el trastorno depresivo mayor se presenta generación tras generación. Sin embargo, no todos los que tienen la predisposición genética para la depresión la padecen y ésta también puede afectar a personas que no tienen una historia familiar de depresión.

Otra posibilidad es que ciertas personas tengan una predisposición o vulnerabilidad psicológica a la depresión que habrían adquirido a lo largo de su vida por el tipo de educación, ambiente familiar o social, aprendizajes y circunstancias vitales que habrían experimentado. Esta vulnerabilidad psicológica facilitaría que esas personas sufran más acontecimientos estresantes, y que su impacto sea más adverso y duradero. Entre los factores psicológicos de vulnerabilidad identificados destacan las actitudes disfuncionales, el estilo atribucional negativo y los déficit en habilidades sociales y de solución de problemas. Las actitudes disfuncionales son creencias que establecen condiciones poco realistas, inflexibles e inadecuadas para determinar la propia valía (por ejemplo, "si no hago las cosas siempre bien, seré un fracaso y la gente no me respetará" o "si alguna vez desagradas a los demás no puedes ser feliz"). Las actitudes disfuncionales favorecen la aparición de la depresión porque es muy fácil que los acontecimientos normales de la vida diaria obstaculicen los intentos del individuo por cumplir tales condiciones (todos hemos cometido alguna vez algún fallo y siempre hay alguien a quien, con razón o sin razón, no caemos bien), de forma que estas actitudes facilitan que tales acontecimientos cotidianos se vivan como estresantes y que conduzcan a pensamientos negativos y distorsionados sobre uno mismo, el mundo y el futuro ("soy un fracaso", "la gente no me respeta" y "no podré ser feliz") o, lo que es lo mismo, a una baja autoestima, indefensión y pesimismo, lo que a su vez provocaría el resto de síntomas depresivos. Igualmente, la tendencia a pensar que la causa de todos los acontecimientos negativos que nos ocurren está en nosotros mismos, que esa causa afectará a todo lo que hagamos y no cambiará (estilo atribucional depresivo; por ejemplo, "me han despedido del trabajo por mi culpa, porque soy el tipo de persona que siempre tiene problemas por su torpeza y nunca va a conseguir salir a delante"), facilita que, cuando tales acontecimientos suceden, provoquen desesperanza e indefensión y, por ende, depresión. Finalmente, un déficit en el repertorio de conductas que necesitamos para relacionarnos eficazmente con los demás y para resolver problemas (habilidades sociales y de solución de problemas), favorece que la persona no sea capaz de afrontar, resolver y adaptarse a los cambios, en la mayor parte de los casos negativos, que implican los acontecimientos estresantes y que, por tanto, el estrés perdure, se intensifique, y que se desencadene una depresión incluso ante un estrés inicialmente muy leve.

Tratamiento de la depresión

La depresión es, sin duda, el trastorno mental que más se ha estudiado, tal vez por el número tan grande de personas a las que afecta; por eso, no es de extrañar que actualmente contemos con un buen número de tratamientos para el mismo y con garantías científicas suficientes sobre su eficacia. Por un lado, disponemos de una amplia variedad de fármacos eficaces para la depresión: antidepresivos tricíclicos, inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), inhibidores de la monoamino oxidasa (IMAO), etc. Como cualquier medicación, estos fármacos presentan ventajas e inconvenientes. Por otro lado, también contamos con tratamientos psicológicos eficaces para la depresión como, por ejemplo, la terapia conductual, la terapia cognitiva (o cognitivo-conductual) y la terapia interpersonal. Finalmente, cuando ni las terapias farmacológicas ni las psicológicas dan resultado, o cuando la depresión es muy grave y requiere atención inmediata como, por ejemplo, cuando existe un riesgo de suicidio muy alto y es muy arriesgado esperar a que surtan efecto los antidepresivos y las terapias psicológicas, a veces se recurre a la terapia electroconvulsiva o de electrochoque.

Medicamentos: ventajas e inconvenientes

Los fármacos denominados antidepresivos constituyen el tratamiento médico de elección para la depresión. Estos fármacos ejercen su acción aumentando los niveles cerebrales de serotonina, norepinefrina, dopamina y otros neurotransmisores. Existen diversos tipos de antidepresivos en función de los mecanismos bioquímicos por los cuales consiguen aumentar los niveles de neurotransmisores y en función de sus efectos secundarios e inocuidad.

Desde que aparecieron en el mercado en los años 60, los antidepresivos tricíclicos han sido durante años la terapia farmacológica de referencia para la depresión. En los últimos diez años han tenido que compartir este puesto con los ISRS (Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina), fundamentalmente porque los tricíclicos, por sus efectos secundarios, pueden ser difíciles de tolerar e incluso peligrosos para algunos pacientes. Efectivamente, no se han encontrado diferencias entre la eficacia de los distintos antidepresivos, pero, aunque ambos tipos de fármacos tienen efectos secundarios parecidos (sequedad en la boca, estreñimiento, mareos, náuseas, insomnio, disfunción sexual, cefaleas, aumento de la tasa cardíaca, etc.), éstos son más frecuentes, molestos y peligrosos en el caso de los tricíclicos. De hecho, en Estados Unidos, los antidepresivos tricíclicos son la primera causa de muerte por sobredosis de fármacos recetados. Igualmente, debido a sus efectos secundarios, los IMAO (Inhibidores de la Monoamino Oxidasa) no se utilizan como fármacos de primera elección para la depresión, sino como sustitutos de los ISRS o los tricíclicos cuando éstos no dan los resultados esperados, ya que, además, los IMAO obligan al paciente a seguir una estricta dieta de restricción de alimentos que contengan tiramina como, por ejemplo, embutidos, quesos curados, chocolate, cerveza o vino tinto. La interacción de la tiramina con los IMAO puede ocasionar una crisis hipertensiva (subida brusca y extrema de la presión arterial) que puede llevar a la ruptura de una arteria en el cerebro, es decir un accidente cerebro-vascular.

Los fármacos antidepresivos son efectivos en el tratamiento de la depresión en todos sus grados de gravedad. En general los antidepresivos tardan entre cuatro y seis semanas en producir beneficios terapéuticos clínicamente significativos, aunque se dan grandes diferencias individuales en cuanto al período de respuesta y, de hecho, hay pacientes que mejoran a los pocos días. Por esa razón, para evaluar los resultados de un antidepresivo se suele esperar ocho semanas; si tras este período no se produce ninguna mejoría, habría que cambiar el tratamiento bien a otro antidepresivo, bien a un tratamiento psicológico, o bien a un combinación de ambos tratamientos.

Los científicos han descubierto en 2006 que los bajos niveles de la proteína p11, relacionada con el receptor 5-HT1B de la serotonina, es causa importante de depresión .

Tratamientos psicológicos

Los tratamientos psicológicos de primera elección para la depresión son la terapia cognitiva (o cognitiva-conductual), la terapia conductual y la terapia interpersonal. Aunque existen otros tratamientos psicológicos probablemente eficaces para la depresión, esas tres terapias han demostrado su eficacia con todo tipo de garantías. Además, los tres tratamientos son de corta duración, realizándose a lo largo de unas 15 a 25 sesiones semanales de una hora de duración durante las cuales el paciente y el terapeuta se reúnen, tratan de identificar los factores psicológicos que originaron y mantienen la depresión, y se ponen en marcha estrategias, técnicas y experiencias de aprendizaje dirigidas a superar esos factores.

El objetivo fundamental de la terapia cognitiva o cognitivo-conductual es cambiar las actitudes disfuncionales y los pensamientos negativos que sobre sí mismo, el mundo y el futuro tienen las personas con depresión. Esta clase de terapia va más allá del simple "poder del pensamiento positivo" (como tratan de hacer creer muchos libros de auto-ayuda que pueblan las librerías). A lo largo de la terapia y mediante tareas para realizar fuera de la consulta, los pacientes aprenden a identificar y registrar sus pensamientos negativos, a entender la conexión entre estos pensamientos y los sentimientos y comportamientos sintomáticos que presentan, a evaluar la plausibilidad de tales pensamientos y a sustituirlos por interpretaciones más razonables, y, finalmente, a identificar y modificar las actitudes disfuncionales que subyacen y dan lugar a esos pensamientos negativos cuando a la persona le acontece algún acontecimiento estresante. En definitiva, la terapia cognitiva trata de ayudar al paciente a pensar de una forma más adaptativa para que así pueda mejorar su estado de ánimo, motivación y comportamiento.

La terapia conductual se centra fundamentalmente en aumentar el número de actividades placenteras que el paciente depresivo realiza y en reducir sus experiencias vitales negativas. Para ello, y mediante protocolos de entrenamiento que incluyen ejercicios y tareas dentro y fuera de las sesiones, se establece un programa progresivo de actividades y se enseña al paciente estrategias y habilidades para afrontar las situaciones de estrés y solucionar los problemas que están relacionados con su depresión. En concreto, en un programa conductual se enseña al paciente a mejorar sus habilidades sociales, a relajarse, a tomar decisiones basadas en un análisis de costes y beneficios, a dividir un problema grande en pasos más pequeños y manejables, etc.

Finalmente, la terapia interpersonal se centra en identificar los acontecimientos estresantes de índole interpersonal que supuestamente han conducido al individuo a la depresión, en particular la pérdida de un ser querido (por ejemplo, por fallecimiento o separación), el desempeño de nuevas funciones -ser padres, jubilarse, iniciar un trabajo, o casarse supone afrontar los cambios requeridos por los nuevos objetivos (padre, jubilado, trabajador, marido)-, las disputas interpersonales, o la soledad y el aislamiento social. Posteriormente, se ayuda al paciente, mediante tareas a realizar dentro y fuera de las sesiones, a encontrar estrategias más eficaces para afrontar los problemas interpersonales identificados y para mejorar su funcionamiento interpersonal.

En general, estos tratamientos psicológicos son tan eficaces como los fármacos antidepresivos en los casos de depresión leve y moderada, y posiblemente también en los casos más graves. Además, parece que la terapia cognitiva es más eficaz que la medicación antidepresiva para prevenir futuras recaídas, probablemente porque incide sobre los factores psicológicos de vulnerabilidad a la depresión favoreciendo que la persona aprenda estrategias para afrontar con éxito sus problemas vitales. Quizás, la combinación de ambos tipos de tratamiento, el farmacológico y el psicológico, sea lo más recomendable, aunque eso no implica que sea obligatorio, ya que en muchos casos cualquiera de los dos por sí solo es más que suficiente.

Terapia de electrochoque

Aunque este tipo de terapia tiene muy mala fama, se sigue utilizando porque se muestra eficaz para tratar la depresión, sobre todo en las que parecen causadas por un malfuncionamiento de los mecanismos de regulación de los neurotransmisores. Aunque no se conocen muy bien los mecanismos por los cuales este tipo de terapia tiene efectos antidepresivos, es posible que la liberación de norepinefrina y dopamina que se produce durante la convulsión eléctrica conduzca a una mejora general del funcionamiento de los sistemas de neurotransmisión. El tratamiento suele durar entre seis y doce sesiones de quince minutos cada una, durante las cuales se medica al paciente para inducirle sueño y relajación muscular, y luego se le aplica una estimulación eléctrica a través de unos electrodos aplicados sobre el cráneo. Gracias a la medicación relajante, el tratamiento no suele provocar efectos secundarios, salvo una ligera amnesia que en la mayoría de los casos acaba por desaparecer. En cualquier caso, la terapia de electrochoque suele ser el último recurso terapéutico que se emplea después de que no hayan dado resultado las terapias farmacológicas y psicológicas de que se dispone.

Eficacia de los tratamientos

Los tratamientos anteriormente mencionados son eficaces para tratar el trastorno depresivo mayor y el trastorno distímico, los cuales constituyen el 90% de las depresiones, pero no lo son tanto en el trastorno bipolar.

Actualmente, se considera que la principal causa del trastorno bipolar es un desequilibrio importante de la neuroquímica cerebral fruto de una predisposición hereditaria, y que los factores psicosociales desempeñan un papel secundario (por ejemplo, los entorno familiares negativos y los acontecimientos vitales negativos podrían exacerbar ese desequilibrio). Por esta razón, un fármaco, el litio (comercializado en España con el nombre de "Plenur"), es el tratamiento de elección por su efectividad para prevenir los cambios extremos del estado de ánimo que definen el trastorno (de la manía a la depresión o viceversa). Su uso requiere una supervisión estrecha por parte del psiquiatra o del médico, ya que hay poca diferencia entre las dosis terapéuticas y las tóxicas. Este inconveniente, unido el hecho de que entre el 20 y el 40% de los pacientes no toleran el fármaco o no les resulta eficaz, han hecho que se busquen otras alternativas para estabilizar el estado de ánimo de los pacientes con trastorno bipolar.
Para más información véase el apartado Importancia biológica en Litio.

Entre las alternativas al litio se encuentran dos anticonvulsivos: la carbamazepina (comercializada como "Tegretol" y "Carbamazepina") y el ácido valproico (comercializado como "Depakine" ). Por otro lado, los tres fármacos son más eficaces para tratar los síntomas de la fase maníaca que los de la fase depresiva, y de ahí la posible necesidad de combinarlos con un antidepresivo. No obstante, esta combinación debe hacerse con cuidado ya que los antidepresivos pueden precipitar una fase de manía, por lo que se recomienda su utilización sólo en caso de necesidad, en la dosis eficaz más baja y durante el menor tiempo posible. No hay dudas, por el contrario, sobre la necesidad de que el tratamiento farmacológico se vea acompañado de un tratamiento psicológico centrado en el seguimiento de las pautas de medicación y en la mejora de la calidad de vida del paciente mediante la reducción de los conflictos familiares y las situaciones estresantes que pudieran experimentar; para ello, se han utilizado con éxito terapias cognitivo-conductuales individuales, y terapias familiares y de pareja.

[Medicina] Depresión posparto

Depresión que sufren las madres, principalmente jóvenes, tras el embarazo y parto. Se estima en un 10 o 15 % las madres que sufren esta depresión. Suele aparecer durante los tres primeros meses después del parto, y en los casos menos frecuentes, al cabo de 9 0 12 meses. Puede durar meses e incluso años. No hay que confundirlo con una psicosis puerperal, psicosis benigna con una fuerte influencia sobre el entorno, y caracterizada por un fuerte estado confusional, que puede incluir ansiedad y delirio.

Entre las causas de la depresión posparto se encuentran algunos factores genéticos, psicosociales, cognitivos y fisiológicos, como por ejemplo el descenso de las tasas sanguíneas de progesterona materna tras el parto. La sintomatología consiste en una fuerte depresión, insomnio, comportamiento violento y obsesivo, rechazo del bebé, etc.

El tratamiento consiste en psicoterapia y/o la administración de fármacos antidepresivos y ansiolíticos.