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Animales que habitan en las montañas


LAS encumbradas montañas que atraviesan las nubes y llegan a alturas tremendas quizás nos parezcan a nosotros los humanos frías y majestuosas, solitarias y hasta prohibitivas. No obstante, para una variedad grande de animales silvestres constituyen su hogar. Algunas de estas criaturas jamás pensarían en descender a alturas inferiores. Y con verlas en un parque zoológico, aunque pudieran sobrevivir por largo tiempo una experiencia tan humillante, uno no podría formarse una idea verdadera de su modo de vivir entre los picos y los abismos.
No estamos muy familiarizados con algunas de estas criaturas, aunque los nombres de otras casi son palabras domésticas ya. Por ejemplo, ¿ha oído usted del nyala, con sus cuernos espirales que miden más de un metro de largo? Fue descubierto en 1908 a 2.700 metros de altura en las montañas de Abisinia Meridional. Por otra parte, ¿quién no ha oído de la chinchilla? La variedad montés vive a una altura de 5.000 metros.
A esas alturas, también, hay aves que se remontan alto y hacen sus nidos en lugares inaccesibles. Hay pájaros de gran variedad, como halcones, águilas, el pato negro, estorninos de pico delgado y alas de color castaño y muchísimos otros.
¿Podemos echarle un vistazo más de cerca a algunos de estos habitantes de moradas encumbradas sin arriesgar la vida ni ningún miembro del cuerpo? Sí podemos hacerlo, pues otros han trepado hasta las alturas que marean y han registrado sus observaciones directas para provecho nuestro.

El gorila montés

Empecemos con el gorila montés, el simio gigantesco descubierto en los niveles superiores de los bosques de África Occidental en 1847. La belicosidad que según informes posee, su tremenda fuerza y lo remoto de su habitación han excitado la imaginación del hombre y han planteado algo que es como un misterio, despertando el interés popular y el interés científico.
La Expedición para Investigación de los Primates Africanos partió en febrero de 1959 para aclarar el misterio. Conseguir su objetivo envolvía el vagar a través de bosques y escalar montañas envueltas en neblina. Finalmente, en enero de 1961 se encontraron en el terreno natal del gorila montés, cuya población total se dice que está entre los 5.000 y 15.000. Durante las 466 horas que emplearon a plena vista de estas poderosas criaturas la expedición aprendió y registró mucho.
En total, los miembros de la expedición tuvieron la oportunidad de estudiar a los gorilas en 314 encuentros separados. ¡Imagínese el que se le acercara una de estas enormes bestias a unos cinco metros... sin nada que le impidiera acercarse más! Un miembro del grupo visitante tuvo esa experiencia.
Estos tipos grandes se levantan temprano, alrededor de las seis de la mañana, y se acuestan a aproximadamente las seis de la tarde. El desayuno dura quizás unas dos horas, mientras ellos mueven sus cuerpos voluminosos de bocado a bocado. Desde aproximadamente las diez de la mañana a las dos de la tarde haraganean. De nuevo reanudan la búsqueda de alimento... alimento de mucho mayor variedad que el que cualquier parque zoológico posiblemente podría suministrar. Recogieron un total de 100 plantas alimenticias en diversas zonas de estudio... ¡de ninguna manera una dieta monótona!
Los observadores notaron que estas criaturas tienen un total de unas veintidós expresiones o vocalizaciones claras, ocho de las cuales se oyen muy frecuentemente. Hay el sonido del gruñido suave... señal segura del simio contento. Una serie de gruñidos abruptos sirve para mantener junto al grupo. Un grito desagradable quizás dé la impresión de que se ha cometido un asesinato. Es muy probable que solo sea una riña con mucha fanfarronada. Un chillido agudo significa que algún simio bebé teme que se le está dejando atrás. Sin duda la madre responde inmediatamente.
Pero, ¿qué hay de la famosa exhibición del gorila que se golpea el pecho? Para eso uno necesita paciencia, porque sucede con poca frecuencia. ¡Pero, cuando sucede, uno de veras presencia todo un espectáculo! Comienza con una serie de gritos, después de lo cual el animal, ululando a un paso rápido, se para sobre las patas traseras como una montaña de pelo, arroja alguna vegetación al aire, patea con una pierna y en la culminación se golpea varias veces el pecho voluminoso con las manos acopadas. Luego corre de lado, abofeteando y arrancando la vegetación, y finalmente golpea el suelo con la pesada palma de la mano. Se han hecho grabaciones de los golpes al pecho; ¡sus rugidos de elevada intensidad probablemente son el sonido más explosivo de todo el reino animal!
Un vistazo más de cerca a estas poderosas bestias que pesan hasta 270 kilos revela que para ver, oír y oler sus facultades son aproximadamente las mismas que las de un humano. Casi siempre andan en cuatro patas. El que se vio que anduvo erecto por más tiempo lo hizo por unos dieciocho metros. Es interesante, también, que durante todas las horas de observación no se vio una sola vez que un gorila usara alguna clase de herramienta.
Los miembros más jóvenes del grupo participan en una variedad de juegos... tratar de derribar al que está en un promontorio, imitar lo que hace el primero, y juegos de correr, trepar, deslizarse y columpiarse. Llevan vidas relativamente pacíficas. Rara vez se les oye reñir. El tomar baños de sol es uno de sus principales modos de esparcimiento. Se estiran de espalda, dejando el pecho peludo expuesto a los rayos calientes. Cuando llueve, un árbol suministra abrigo, o simplemente quizás se sientan agachados a campo raso, esperando pacientemente que pase la tormenta.

Los camellos monteses

Ahora, mediante los registros de los naturalistas montañeses, echemos un vistazo a los camellos monteses, en su propia morada, en lo alto de los Andes sudamericanos, en las punas o desiertos pedregosos. La vicuña es silvestre, apreciada mucho por su piel, mientras que la llama se domestica y es una genuina nave del desierto. Se diferencian bastante de la criatura que acostumbramos llamar “camello”; sin embargo, ambas son camellos verdaderos.
La llama principalmente es una bestia de carga, pero es singular como portadora de carga, porque puede llevar cargas pesadas aun en el aire enrarecido de las alturas montañosas, a menudo a temperaturas bajo cero y en medio de vientos demoledores y ventiscas rugientes. Sin embargo, no acepta un kilo más de lo que desea llevar. Las llamas engordan y su piel se pone brillosa allí en esas faldas estériles, donde no se ve una sola brizna de hierba, y donde solo aparecen roca y arena sin ninguna vegetación.
Pero, ¿cómo sobreviven? ¡Aquí es donde entra en juego su habilidad montañesa! Buscan bocados deliciosos (es decir, para ellas) como musgo para reno, liquen y cactos, obteniéndolos en dehesas increíblemente escarpadas.
La llama tiene algún equipo especial, también, y lo necesita, porque algunos de los grandes cazadores del mundo animal la cazan al acecho... el león montés y el jaguar. Los dedos de las patas, suaves y acojinados, casi semejantes a garras, le permiten adherirse a superficies imposiblemente empinadas como si tuviera vasos de succión en vez de patas. Las patas mismas, unidas muy sueltamente en los tarsos, a menudo parecen descoyuntadas cuando se ajustan a todo ángulo y hendedura.
File:Vicuña.jpg
¡Una vista común, pero asombrosa, es un hato de llamas que pastan en roca aparentemente desprovista de vegetación, tan empinada que aun el indio nativo no la puede escalar! Todavía otra escena emocionante es la de la llama solitaria que va pasando por salientes desprovistas de vegetación o atravesando el hielo liso como el cristal de un glacial a unos trescientos metros sobre algún torrente caudaloso. Parecería que un paso en falso podría lanzar a la criatura al cañón abismal.
La vicuña, por otra parte, no se reúne en hatos. Es famosa por sus movimientos desenfrenados, semejantes a relámpago, y sus prodigiosos saltos. A 4.828 metros sobre el nivel del mar pueden lanzarse a tal velocidad que solo se puede ver el polvo que levantan, y luego ver que se detienen instantáneamente. Pueden saltar cinco metros, torcerse en el aire y, tan pronto sus patas tocan el suelo, lanzarse furiosamente en una dirección enteramente diferente.
Se puede ver a un entero hato de cincuenta o más a veces corriendo en círculos, saltando unas sobre otras, haciendo maromas o dando saltos mortales como si anunciaran su libertad. A la menor señal de peligro, se desvanecen en una nube de polvo. Sin embargo, aparentemente no comprenden los peligros inherentes de sus encumbrados campos de recreo. A menudo salen lastimadas o muertas por caídas, a pesar de la idea popular de que nunca dan un paso en falso.
Es interesante el hecho de que parecen pensar de una sola manera. Las vicuñas regresan vez tras vez al mismo sitio para dormir, aunque a algunas de ellas se les dé muerte cada noche. De modo que todo lo que tiene que hacer el cazador, cuando localiza un lugar donde duermen, es esperar. Está seguro de conseguir su presa. La vicuña no salta, ni empuja ni cruza ninguna barrera, prescindiendo de lo endeble que sea. Puede ser solo dos cercas de cuerda liviana que los indios usen para encauzar a los animales al extremo angosto como pico de embudo donde se les puede dar muerte mientras salen. ¡No intentan abrirse paso a través de la barrera de cuerdas ligeras!
Su valiosa piel hizo a las vicuñas un blanco especial de los cazadores. Un abrigo de vicuña es tan fino y ligero que una cobija de 3 metros cuadrados puede doblarse y con ella hacerse un bulto que mida 23 x 36 centímetros, y no más de diez centímetros de espesor... un bulto que pese menos de dos kilos. Con el tiempo los gobiernos del Perú y Bolivia tuvieron que dictar leyes estrictas para contener la matanza desenfrenada de estas criaturas amadoras de la libertad.

Otros montañeses intrépidos

La escena cambia ahora a las montañas del noroeste de los Estados Unidos. Esta es la morada de la cabra montés de ojos amarillos... en realidad un antílope. Con la barba blanca ondeando serenamente al viento, trae a la memoria de los espectadores a un profesor de mayor edad. Sin embargo, ningún profesor podría seguir a esta criatura de pie sumamente firme. Forrada con ropa interior abrigada de lana que tiene de ocho a diez centímetros de espesor, lleva una vida vigorosa y dura más arriba del lugar hasta donde crecen los árboles. Su abrigo es largo y afelpado, también de lana pura. Pero los naturalistas no están muy seguros de cómo, aun con tal equipo, se las arregla para sobrevivir en las condiciones árticas de las Montañas Rocosas del Norte. A veces este animal se desprende tan abundantemente de lana que los indios pueden recoger varios bushels en una zona de unos cuantos metros cuadrados.
La seguridad del paso de esta cabra es verdaderamente fenomenal. Rara vez sigue adelante sino hasta que está segura de lo que hay adelante. Sin embargo, si una vereda encumbrada se acaba no se llena de pánico. Quizás retroceda hasta que es seguro dar la vuelta, o quizás se erija sobre las patas traseras, habiendo centenares de metros de vacío completo abajo, empuje duramente contra el acantilado, se vuelva hacia dentro, y dé vuelta, dejándose caer otra vez sobre las cuatro patas tan fácilmente como uno bajaría de la acera. Pero hasta ahí no llega todo su desafío. Quizás opte en cambio por desafiar el abismo de fauces abiertas allá abajo, simplemente estirándose para afianzarse de una diminuta saliente horizontal y empujándose a un nivel superior.
Igual que la llama, estas cabras monteses tienen su propio equipo especial en los pies. La planta de cada dedo de los pies de las patas es cóncava y sirve de vaso de succión. Las aberturas entre los dos dedos de las patas se abren hacia el frente de modo que cuando el animal descienda sobre una falda pedregosa lisa su peso abra más los dedos y pueda afianzarse más firmemente. Estas criaturas muestran mucha curiosidad en cuanto a los hombres, que de vez en cuando curiosean en su morada montés.
Y luego hay el carnero de grandes cuernos, que también nace en un mundo de picos encumbrados. Esta criatura es realmente una oveja, pero una oveja sin la lana que generalmente tienen. También es ágil y de pata veloz. En la Sierra Diablo del oeste de Texas se observó a un carnero viejo descender por un risco de quince metros que casi era vertical. Otro dio un salto que abarcó poco más de cinco metros. Los carneros de cuernos grandes en su mayoría andan en hatos. Las mamás observan seriamente mientras los corderos se divierten, jugando a algo como el marro, imitando lo que hace el primero, saltando rocas, corriendo alrededor de pináculos y participando en insignificantes peleas a topes.
Otro vecino de esta zona montañosa norteña es el castor montés. Este nombre realmente no es apropiado, porque no es un verdadero castor. No tiene cola, y no tiene la reputación del castor verdadero en cuanto a diligencia. ¡Pues, el techo de su túnel a menudo es tan delgado que se desploma! Si le molestan los restos, simplemente los recoge y los saca. Durante todo el invierno se le puede ver siguiendo su rutina diaria, porque no es una criatura que entre en hibernación.
Finalmente, veamos al hyrax en su zona nativa normal, el monte Kenya de la zona alpina de África. Sin cola, aproximadamente del tamaño del conejo, se dice que esta rareza está emparentada con el elefante y el rinoceronte. Su estiércol es singular, porque contiene el “hyraceum” que se utiliza en los perfumes elegantes. Menos complicado en costumbres y menos móvil que algunos de sus vecinos montañeses, el hyrax vive en madrigueras que están a temperaturas un poco más elevadas que la de congelación. Está equipado con un abrigo de piel de color café de cinco centímetros de espesor. Sus primos viven en las sabanas de las tierras bajas donde hace más calor, de modo que sus abrigos solo miden trece milímetros de espesor.
De modo que, dondequiera que haya alturas montañosas alrededor de la Tierra hay criaturas interesantes que llaman hogar a esas montañas. Para estas criaturas la inaccesibilidad principalmente es estar fuera del peligro que representan los humanos voraces. Hay grandes y pequeñas. Se incluye una variedad grande: el poderoso gorila, la divertidamente libre vicuña, la majestuosa cabra montés, la impasible llama portadora de carga y el castor escurridizo de las montañas. Si alguna vez usted ve a uno de éstos en un parque zoológico, simplemente imagínese el mundo limpio y bien ventilado de los picos y los abismos que ellos llaman hogar.

Publicado en ¡Despertad!  del 22 de Abril de 1970

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