El avestruz: la veloz y fascinante ave no voladora


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ENTRE las jirafas, cebras, ñúes y gacelas que deambulan por la vasta sabana africana, vive una de las criaturas más sorprendentes de la creación de Dios. Al observador le impresiona su gigantesco tamaño, su gran talla, sus robustas extremidades y su bello y suave plumaje. Con dos metros y medio de altura y 155 kilogramos de peso, es la mayor ave viviente. En el idioma swahili se la llama mbuni, pero seguro que usted la reconoce por el nombre más común: avestruz.

A semejanza del ufano camello

Mucho tiempo atrás se denominó al avestruz Struthio camelus, que es una combinación de latín y griego, para referirse a la supuesta similitud con el camello. Al igual que este, el avestruz tolera las altas temperaturas y prospera en las regiones desérticas. También presenta largas y exuberantes pestañas, que le protegen los grandes ojos del polvo de las estepas arbustivas. Las patas son largas y vigorosas, con potentes y carnosos pies que poseen solamente dos dedos. Las personas que lo ven pavoneándose por las amplias llanuras, se maravillan de su agilidad, resistencia y otras características semejantes a las del camello.
El avestruz se alimenta junto con sus vecinos ungulados (mamíferos de casco o pezuña), ingiriendo casi cualquier cosa que se mueve o se arrastra. Siendo omnívoro, no solo come insectos, serpientes, roedores, raíces y casi todo tipo de plantas, sino que, además, se traga pedazos de madera, conchas, guijarros, tallos y prácticamente todo objeto pequeño brillante.
Aunque no puede volar debido a su gran tamaño y peso, sus robustas y musculosas patas lo convierten en uno de los animales más veloces del planeta. En las llanuras desérticas puede alcanzar los 65 kilómetros por hora. La Biblia dice del avestruz que “se ríe del caballo y de su jinete” (Job 39:18). Conforme a esta declaración, la gran rapidez de este velocista bípedo y la resistencia en largas distancias le permite deshacerse con facilidad de muchos de los más raudos depredadores cuadrúpedos.

Reproducción y cría

Durante el período de reproducción, el macho realiza una parada nupcial compleja. Se arrodilla ante la hembra y despliega sus alas blancas y negras, agitándolas rítmicamente de un lado a otro como si fueran dos grandes abanicos. Su cuello y sus piernas, carentes de plumas, se tiñen de color rosa intenso, lo que contrasta hermosamente con el plumaje negro brillante de su cuerpo. Mientras balancea su largo cuello de derecha a izquierda, golpea el suelo con las patas.
Esta llamativa y fina exhibición de plumas probablemente está destinada a impresionar a la hembra, cuyo atavío es de color pardo. Sin embargo, en muchas ocasiones, mientras el macho continúa con el ritual, ella se mueve de acá para allá picoteando el suelo, despreocupada e indiferente al alboroto que la rodea.
Una vez que el macho ha seleccionado una hembra, escoge un emplazamiento para el nido. En alguna parte de la extensa sabana escarbará una breve depresión en la arena y llevará allí a varias hembras. Al cabo de dos o tres semanas, ellas habrán puesto dos docenas de huevos o más.
En las seis semanas que tomará incubarlos, el macho se sentará en el nido por la noche y una de las hembras se turnará durante el día. En esta etapa, los huevos son vulnerables y codiciados por leones hambrientos, hienas, chacales e incluso alimoches, que los abren tirándoles piedras hasta que rompen la cáscara.

De tal huevo tal pollo

Los huevos de avestruz, de color blanco marfil, son los mayores del mundo, con un peso que puede llegar al kilo y medio. La cáscara es dura y brillante, y está dotada de un acabado vítreo como la porcelana. El huevo de avestruz, equivalente a veinticinco de gallina, es muy apreciado por su delicado sabor y su nutritivo contenido. Los bosquimanos a veces emplean las cáscaras vacías como recipientes para el agua.
Llegado el momento de la eclosión, sale del gigantesco huevo un enorme polluelo. Aunque los recién nacidos están indefensos, crecen deprisa y ya pueden correr. Al cabo del mes alcanzan una velocidad de 55 kilómetros por hora gracias a sus firmes patas.
La protección de los polluelos corre a cargo de los padres. La creencia de que el avestruz entierra la cabeza en la arena al correr peligro es un mito. Al contrario, los adultos pueden ponerse extremadamente agresivos para proteger a su pollada y expulsar a los depredadores a fuertes patadas. Otra táctica de defensa consiste en distraer al enemigo fingiéndose heridos; así desvían su atención a ellos y la apartan de los pequeños. No obstante, si un depredador se les acerca demasiado, los padres normalmente se dan media vuelta y... ¡sálvese quien pueda!, dejan que sus pequeños se valgan por sí mismos. La frase bíblica está justificada, pues en estas situaciones el avestruz “trata a sus hijos bruscamente, como si no fueran suyos” (Job 39:16).

Plumas de lujo

Durante milenios, el hombre ha admirado estas aves. Relieves en piedra representan faraones egipcios a la caza del avestruz con arcos y flechas. Algunas civilizaciones lo consideraban sagrado. Los chinos valoraban mucho los bellos y simétricos huevos de avestruz, y los ofrecían como inestimables presentes a los gobernantes. Por miles de años, suaves y lujosos penachos de plumas de avestruz han adornado los tocados de generales, reyes y jefes de tribu africanos.
En el siglo XIV, los europeos pendientes de la moda llegaron a tener en gran estima las plumas de avestruz. Como la caza con arco y flecha no era fácil, ya que el animal tiene una vista aguda y huye velozmente del peligro, en aquel tiempo la especie no estuvo amenazada de extinción.
Las plumas de avestruz volvieron a ponerse de moda en el siglo XIX. Esta vez, armados de modernos fusiles, los cazadores abatieron piezas por millones. La llegada de las granjas de avestruces probablemente salvó de su exterminio a la enorme ave no voladora. En la actualidad, ya domesticados, se crían en cautividad para proporcionar plumas al mundo de la moda y para confeccionar plumeros. Se aprovecha la piel para la fabricación de suaves guantes y bolsos, y en algunos restaurantes se sirve la carne.
El magnífico avestruz todavía recorre las llanuras africanas. Aunque su antiguo hábitat se ha visto muy reducido, y ha llegado a extinguirse en algunas regiones, continúa poblando su parcela preferida: la solitaria y seca sabana. Se le puede ver en estado salvaje correr por las estepas mostrando su sedoso plumaje, llevar a cabo su elaborada parada nupcial o vigilar el nido de gigantescos huevos. En efecto, esta veloz ave no voladora es otra fascinante criatura alada que deleita y asombra a los que la observan.

Publicado en ¡Despertad!  del 22 de Julio de 1999