El león africano: majestuoso felino crinado

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AMANECE en la llanura del Serengeti. Nos hallamos en África, sentados al fresco de la mañana, observando desde el todoterreno una manada de leonas con sus cachorros, cuyo lustroso pelaje rubio oscuro los camufla a la perfección entre las altas hierbas secas. Llenos de vitalidad, los bulliciosos pequeños brincan y juguetean en torno a las hembras, que parecen indiferentes a sus payasadas.
De súbito, la manada entera se queda inmóvil. Todos vuelven la vista hacia la lejanía. Desde nuestra ventajosa posición, seguimos sus miradas hasta descubrir el objeto de su atención. La aurora perfila la majestuosa silueta de un gran león. Nos entran escalofríos, pero no por el frescor matinal, sino porque notamos que tiene sus grandes ojos ambarinos alerta y clavados en nosotros. Una abundante melena dorada con mechones negros enmarca la gran cabeza del imponente y bello felino que, atraído por sus parientes, cambia lentamente la dirección de la mirada y marcha hacia ellos.
Camina con pasos amplios y solemnes, sí, regios. Sin volver a mirarnos, pasa justo por delante del vehículo y se acerca a las hembras y sus cachorros. Uno tras otro se levantan todos a recibirlo frotando la cara contra su hocico, conforme al tradicional saludo felino. Ya en el centro de la manada, el macho se desploma, como si estuviese exhausto de caminar, y se echa sobre la espalda. Contagia el sopor a toda la manada, que enseguida acaba dormitando bajo los primeros rayos del cálido sol de la mañana. Nos hallamos ante una imagen de placidez enmarcada por las doradas hierbas que agita el viento en la llanura abierta.

Una criatura enigmática y fascinante

Es probable que ningún otro animal haya despertado tanto la imaginación del hombre como este. Antaño, los artistas aborígenes lo pintaban en las rocas en actitud de caza. También se representó, con toda su melena, en grandes estatuas de piedra que decoraban palacios y templos de la antigüedad. Hoy en día, los visitantes acuden a los zoológicos a ver estos fascinantes felinos. En algunos libros y películas —como Nacida libre, que se basa en un relato auténtico de una cachorrita huérfana criada en cautividad y luego puesta en libertad—, es el protagonista, y en otras historias —mitad fábulas, mitad hechos—, el antagonista, el cruel devorador de hombres. No es de extrañar que siga considerándose una criatura enigmática y fascinante.
El león puede ser sumamente feroz o tierno y juguetón como un gatito; ronronear de satisfacción o lanzar rugidos audibles a 8 kilómetros; ser un perezoso adormilado o correr como una exhalación. El hombre lo ha inmortalizado por su valentía, al grado que su nombre califica a la persona intrépida.

Simba: el felino gregario

Es uno de los felinos más gregarios. Se integra en manadas —unidades familiares que pueden constar de unos pocos miembros o superar la treintena— en las que las hembras (a menudo parientes cercanas) viven, cazan y paren juntas. Este vínculo estrecho, que a veces es vitalicio, constituye el núcleo familiar y asegura la supervivencia de la especie.
Cada grupo contiene al menos un león adulto, que patrulla sus dominios y los delimita con secreciones olorosas. Esta extraordinaria fiera —llega a medir más de tres metros desde el mechón de la cola hasta la punta de su negro hocico, y a pesar más de 225 kilos— domina la manada, aunque la iniciativa la toman las hembras, sea para trasladarse a la sombra o emprender una cacería.
Las leonas paren por lo general cada dos años. La crianza de los cachorros del grupo, indefensos en sus primeros días, es una labor comunal de las hembras, que los protegen y amamantan. Crecen con rapidez: a los dos meses ya corretean y juegan. Retozando como gatitos, luchan, se abalanzan unos sobre otros y brincan entre las altas hierbas. Fascinados por todo lo que se mueve, saltan tras mariposas e insectos y pelean contra palos y lianas (bejucos). Les resulta irresistible el balanceo de la cola materna, meneada deliberadamente para invitarlos al juego.
Cada manada vive dentro de un territorio bien demarcado que tal vez comprenda muchas hectáreas. El león prefiere las regiones elevadas que disponen de agua abundante y de sombra para guarecerse del ardiente sol meridiano. Mora junto al elefante, la jirafa, el búfalo y otros animales de la llanura. Su vida se reparte entre muchas horas de sueño y cortos períodos de caza y apareamiento. En efecto, llega a pasar veinte horas diarias descansando, durmiendo o sentado. Aunque parezca pacífico y dócil cuando está dormido, no se engañe: es una de las bestias más feroces.

El predador

Al declinar la tarde, los herbazales resecos comienzan a enfriarse. Las tres leonas del grupo que observamos van desperezándose de la siesta. El hambre las mueve a caminar, a husmear el aire y explorar los pastizales amarillentos. Nos hallamos en plena migración de los ñus, por lo que decenas de miles de estos estrafalarios antílopes pastan sosegadamente al sur de donde estamos. Las tres cazadoras se mueven en esa dirección. Desplegándose en amplio abanico, se deslizan con sigilo por el áspero terreno. Su rubio pelaje las hace casi invisibles en la alta maleza, lo que les permite acercarse a 30 metros de la desprevenida manada. En ese momento deciden actuar. Corren como una centella hacia el grupo de sobresaltados ñus, que salen en estampida, con mirada despavorida, huyendo en todas las direcciones. Centenares de pezuñas pulverizan el terreno y levantan una roja polvareda. Al disiparse, vemos a las tres hembras solas y jadeantes. Se les ha escapado la presa. ¡Quién sabe si cazarán por la noche! Pese a su agilidad y rapidez, este felino tiene éxito solo en el 30% de las tentativas de caza, así que la inanición es una de las principales amenazas que lo acechan.
La fortaleza de los especímenes adultos es extraordinaria. Hay constancia de que las manadas logran abatir y matar animales de más de 1.300 kilos. En la arrancada inicial el león llega a alcanzar los 59 kilómetros por hora, pero no puede mantener esa velocidad mucho tiempo. De ahí que recurra al acecho y a la emboscada. Aunque las hembras cazan en el 90% de las ocasiones, los machos se valen de su corpulencia para llevarse la mejor parte al comienzo de la comida. Y cuando escasean las presas, los leones tal vez tengan tal hambre que excluyan del reparto a sus propios cachorros.

El cazador cazado

El majestuoso felino habitaba antaño en toda África y algunas regiones euroasiáticas, como la India y Palestina. Al ser un predador, competía con el ser humano. Dado que amenazaba al ganado y la seguridad del hombre, este disparaba contra él nada más verlo. Por otra parte, la explosión demográfica redujo drásticamente su hábitat, al grado que fuera de África solo quedan unos pocos centenares de especímenes en libertad. Únicamente están a salvo del hombre en las zonas protegidas y los parques naturales.
Felizmente, la situación de este regio animal cambiará. La Biblia habla de un futuro en que el león vivirá en paz con el hombre (Isaías 11:6-9). Nuestro amoroso Creador cumplirá pronto esta promesa. Entonces, el majestuoso felino crinado vivirá en paz y armonía con el resto de la creación.

[Nota]

Simba quiere decir “león” en lengua swahili.

Cuando RUGE el león

  EL LEÓN es célebre por su singular capacidad vocal de lanzar un atronador rugido, audible a kilómetros de distancia, que se considera uno de “los sonidos más impresionantes de la naturaleza”. Lo emiten machos y hembras —por lo general de noche y al amanecer—, y a veces toda la manada al unísono.
  Dicen los estudiosos que la voz del felino cumple varios cometidos. El macho la usa para anunciar sus límites territoriales y, en señal de agresión, para advertir al león que los traspase. Es idónea la referencia bíblica a los soberanos asirios y babilónicos —agresivos, soberbios y codiciosos— como “leoncillos crinados” que se oponían con violencia al pueblo de Dios y lo devoraban (Isaías 5:29; Jeremías 50:17).
  El rugido también permite que los integrantes de la manada se localicen cuando se ven separados por la distancia o la oscuridad. Si un miembro del grupo mata una presa, su voz indica a los demás la ubicación del festín. En alusión a esta característica, la Biblia dice: “¿Dará un leoncillo crinado su voz desde su escondite si no ha prendido absolutamente nada?” (Amós 3:4).
  Por extraño que parezca, cuando el rey de la selva caza, no recurre al rugido para atemorizar a las fieras. En su libro The Behavior Guide to African Mammals (Guía de la conducta de los mamíferos africanos), Richard Estes comenta que no hay “indicación alguna de que los leones rujan deliberadamente para tender una emboscada a sus presas (en mi experiencia, tales animales no suelen hacer caso del rugido)”.
  Entonces ¿por qué habla la Biblia de Satanás como ‘león rugiente que procura devorar a alguien’? (1 Pedro 5:8.) Aunque no parece que el rugido de este felino intimide a los animales salvajes, no ocurre igual con el hombre y sus rebaños. En la oscuridad de la noche, la aterradora y resonante voz intimida a todo el que no esté resguardado tras una puerta. Antaño se dijo con acierto: “¡Hay un león que ha rugido! ¿Quién no tendrá miedo?” (Amós 3:8).
  Satanás emplea con maestría el temor para intimidar y dominar a la gente. Afortunadamente, el pueblo de Dios tiene un poderoso aliado. Con fe firme en el respaldo de Jehová logrará resistir al vigoroso “león rugiente”. De ahí que se inste a los cristianos a ‘ponerse en contra de él, sólidos en la fe’ (1 Pedro 5:9).

Publicado en ¡Despertad!  del 22 de Enero de 1999