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Escuela del Ministerio Teocrático Semana del 9 de junio ‒ Puntos Sobresalientes de Levítico 1 a 5

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Referencias para la Escuela del Ministerio Teocrático

Programa de la Escuela del Ministerio Teocrático: Semana del 9 de junio


ss14 págs. 1-4 Programa de la Escuela del Ministerio Teocrático del año 2014

9 de jun. Lectura de la Biblia: Levítico 1 a 5
Núm. 1: Levítico 4:16-31
Núm. 2: ¿A quiénes llama la Biblia “santos”? (rs pág. 351 párrs. 1-3)
Núm. 3: Absalón. La belleza física, el orgullo y el engaño tuvieron trágicas consecuencias (it-1 pág. 34 hasta párr. 5)
w14 15/4 págs. 1-2 Índice

9-15 DE JUNIO DE 2014
¿Vemos a “Aquel que es invisible”?
PÁGINA 8 • CÁNTICOS: 81 Y 132
ws14 15/4 págs. 1-2 Índice

9-15 DE JUNIO DE 2014
¿Vemos a “Aquel que es invisible”?
PÁGINA 9 • CÁNTICOS 81 Y 132


Puntos sobresalientes del libro de Levítico 1 a 5


NO HA pasado un año desde que los israelitas fueron liberados de la esclavitud en Egipto. Convertidos ahora en una nueva nación, se dirigen a la tierra de Canaán. El propósito de Jehová es que una nación santa more allí. Sin embargo, la forma de vida y las costumbres religiosas de los cananeos son muy degradadas. Por eso, el Dios verdadero establece normas para la congregación de Israel que la separarán para Su servicio. Estas se encuentran en el libro bíblico de Levítico, que escribió el profeta Moisés en el desierto de Sinaí al parecer en el año 1512 a.E.C. y que abarca un espacio de tiempo de solo un mes lunar (Éxodo 40:17; Números 1:1-3). En este libro, Jehová insta a sus adoradores a que sean santos (Levítico 11:44; 19:2; 20:7, 26).
Los testigos de Jehová de la actualidad no estamos bajo la Ley de Moisés, ya que la muerte de Jesucristo la abolió (Romanos 6:14; Efesios 2:11-16). No obstante, las disposiciones reglamentarias que se mencionan en Levítico pueden beneficiarnos, pues nos enseñan mucho acerca de la adoración de nuestro Dios, Jehová.

OFRENDAS SAGRADAS: VOLUNTARIAS Y OBLIGATORIAS

(Levítico 1:1–7:38)
Algunas de las ofrendas y sacrificios estipulados en la Ley eran voluntarios, mientras que otros, obligatorios. Las ofrendas quemadas, por ejemplo, eran voluntarias. Se presentaban a Dios en su totalidad, tal como Jesucristo entregó su vida como sacrificio de rescate. Otra ofrenda voluntaria era el sacrificio de comunión, el cual se compartía. Una porción se presentaba a Dios sobre el altar, otra le correspondía al sacerdote y otra era para el que presentaba la ofrenda. De igual manera, para los cristianos ungidos, la Conmemoración de la muerte de Cristo es una comida de comunión (1 Corintios 10:16-22).
Las ofrendas por el pecado y por la culpa eran obligatorias. Las primeras expiaban los pecados cometidos por error o sin querer. Las segundas tenían el propósito de satisfacer a Dios por un derecho que se había violado o de recuperar ciertos derechos del pecador arrepentido, o ambos. También se hacían ofrendas de grano para agradecer la generosidad de Jehová. Estos asuntos son de interés para nosotros porque los sacrificios que se exigían bajo el pacto de la Ley prefiguraron a Jesucristo y su sacrificio, así como los beneficios que resultarían de este (Hebreos 8:3-6; 9:9-14; 10:5-10).

Respuestas a preguntas bíblicas:

2:11, 12. ¿Por qué no aceptaba Jehová la miel “como ofrenda hecha por fuego”? La miel a la que se alude en este versículo no es miel de abejas. Aunque no se aceptaba “como ofrenda hecha por fuego”, se incluía entre “las primicias del [...] producto del campo” (2 Crónicas 31:5). Parece ser que esta miel era jugo o almíbar de frutas. Como podía fermentar, no era aceptable como ofrenda sobre el altar.
2:13. ¿Por qué tenía que presentarse sal “con toda ofrenda”? No se hacía para realzar el sabor de los sacrificios. La sal se utiliza en todo el mundo como conservante. Es probable que se presentara con las ofrendas porque representaba que estas estaban libres de corrupción y deterioro.

Lecciones para nosotros:

3:17. Dado que la grasa se consideraba la mejor porción y la más rica, la prohibición de comerla grabó en los israelitas que la mejor porción pertenecía a Jehová (Génesis 45:18). Esto nos recuerda que debemos dar lo mejor de nosotros a Jehová (Proverbios 3:9, 10; Colosenses 3:23, 24).

Lev. 1:9, 13
Sacrificios que Dios aprueba
11 El pacto de la Ley establecía que, para conseguir el favor de Dios, había que hacerle ofrendas que fueran gratas a sus ojos. Así, leemos en Levítico 19:5 que los israelitas debían presentar el “sacrificio de comunión a Jehová” de tal modo que les permitiera “granjearse [su] aprobación”. Y ese mismo libro indica que tenían que ofrecerle el “sacrificio de acción de gracias” de tal forma que pudieran “granjearse [su] aprobación” (Lev. 22:29). Cada vez que los israelitas presentaban sobre el fuego del altar un sacrificio animal digno, el humo que se elevaba era para Jehová como un “olor conducente a descanso” (Lev. 1:9, 13). Dicho de otro modo, aquellas expresiones de amor de sus siervos le producían sosiego y placer (Gén. 8:21, nota). Estos detalles de la Ley nos enseñan un principio aplicable hoy: recibiremos la aprobación de Jehová si le ofrecemos los sacrificios que le agradan. Pero ¿cuáles son estos sacrificios? Centrémonos en dos facetas: nuestras acciones y nuestras palabras.

Levítico 2:2.
14 La ofrenda de grano se describe en el capítulo 2 de Levítico. Esta era una ofrenda voluntaria que consistía en flor de harina, normalmente humedecida con aceite y a la que se añadía olíbano. “El sacerdote tiene que asir de ella su puñado de su flor de harina y su aceite junto con todo su olíbano; y tiene que hacerlo humear como recordativo de ella en el altar, como ofrenda hecha por fuego, de olor conducente a descanso a Jehová.” (Levítico 2:2.) El olíbano era uno de los ingredientes del incienso santo que se quemaba sobre el altar del incienso en el tabernáculo y el templo (Éxodo 30:34-36). El rey David debió tener presente este hecho cuando dijo: “Que mi oración esté preparada como incienso delante de ti; el levantar las palmas de mis manos, como la ofrenda de grano al atardecer” (Salmo 141:2).
Levítico 3:17
15 Otra ofrenda voluntaria era la del sacrificio de comunión, descrita en el capítulo 3 de Levítico. El nombre también puede traducirse por “sacrificio de ofrendas de paz”. En hebreo la palabra “paz” denota mucho más que la ausencia de guerra o disturbio. “En la Biblia denota esto y también el estado o relación de paz con Dios, prosperidad, gozo y felicidad”, dice el libro Studies in the Mosaic Institutions (Estudio de las instituciones mosaicas). De modo que los sacrificios de comunión no se ofrecían para conseguir la paz con Dios, como si hubiera que apaciguarlo, sino para expresar gratitud o celebrar la bendita condición de paz con Dios de la que gozan los que tienen su aprobación. Los sacerdotes y el oferente participaban del sacrificio después de ofrecer a Jehová la sangre y la grasa (Levítico 3:17; 7:16-21; 19:5-8). Era una hermosa ocasión en la que el oferente, los sacerdotes y Jehová Dios participaban simbólicamente de una comida que denotaba la pacífica relación que existía entre ellos.

Lev. 3:1, nota
11 La Ley mosaica también estipulaba que los fieles hicieran sacrificios de comunión como muestra de que estaban en paz con Jehová. Tanto ellos como sus familias comían la carne de los animales, a menudo en los comedores del templo. También recibían porciones el sacerdote que oficiaba y los demás que se hallaban de servicio (Lev. 3:1, nota; 7:31-33). Lo único que se pretendía con estos sacrificios era gozar de una buena relación con Dios. Era como si el adorador, su familia, los sacerdotes y Jehová celebraran un banquete juntos y en paz.
12 ¿Podía haber un mayor privilegio que, por decirlo así, invitar a Jehová a una comida y que él aceptara? Como es lógico, quienes fueran los anfitriones querrían ofrecerle lo mejor a tan ilustre huésped. Los sacrificios de comunión, como parte de la armazón de la verdad que hallamos en la Ley, apuntaban a una realidad mayor: gracias al sacrificio de Jesús, todos los seres humanos tienen la oportunidad de entrar en una relación pacífica con su Creador. En la actualidad, quienes le sacrifican a Dios de buena gana sus energías y recursos disfrutan de una estrecha amistad con él.

Lev 3:9
La ley sobre la grasa. En el tercer capítulo de Levítico, Jehová dio instrucciones a los israelitas sobre el uso de la grasa en los sacrificios de comunión. Cuando ofrecieran reses vacunas o cabras, habrían de hacer que humearan sobre el altar la grasa que estaba alrededor de los lomos, de los intestinos y sobre los riñones, así como el apéndice graso que está sobre el hígado. En el caso de las ovejas, había de ofrecerse igualmente la cola grasa entera. (Las ovejas de Siria, Palestina, Arabia y Egipto tienen colas gordas que a veces pesan hasta 5 Kg. o más.) La Ley decía específicamente: “Toda la grasa pertenece a Jehová. [...] No deben comer grasa alguna ni sangre alguna”. (Le 3:3-17.)
La grasa ardería rápidamente y se consumiría por completo sobre el altar. No habría de dejarse hasta la mañana siguiente nada de la grasa que se hubiera ofrecido sobre el altar; existía la posibilidad de que se echara a perder y su olor fuera desagradable, algo absolutamente impropio para cualquier cosa que formara parte de las ofrendas sagradas. (Éx 23:18.)

Levítico 3:17
En Nehemías 8:10 se manda a los judíos que “coman las cosas grasas”, mientras que en Levítico 3:17 aparece esta prohibición de la Ley: “No deben comer grasa alguna”. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción?
La palabra hebrea que se traduce “las cosas grasas” en Nehemías 8:10 es diferente de la que se traduce “grasa” en Levítico 3:17. En este último versículo aparece la palabra hebrea jélev, la cual se refiere tanto a la grasa animal como a la humana (Lev. 3:3; Jue. 3:22). El contexto del versículo 17 demuestra que los israelitas no debían comer la grasa que rodeaba los intestinos, los riñones y los lomos de los sacrificios animales, pues “toda la grasa pertenece a Jehová” (Lev. 3:14-16). Como vemos, no se podía comer la grasa de los animales que se iban a ofrecer a Jehová.
Por otro lado, la palabra que se traduce “las cosas grasas” en Nehemías 8:10 es maschmanním, y esta es la única vez que aparece en las Escrituras Hebreas. Este término se deriva del verbo schamén, que significa “estar gordo, engordar”. Parece que el sentido básico de las palabras relacionadas con este verbo es el de prosperidad y bienestar (compárese con Isaías 25:6). Uno de los derivados más comunes de este verbo es el sustantivo schémen, que a menudo se traduce “aceite”, como en la expresión “aceite de oliva” (Deu. 8:8; Lev. 24:2). Tal como se emplea en Nehemías 8:10, parece que maschmanním se refiere a una comida preparada con mucho aceite que quizás incluía carne con muy poca grasa.
Aunque los israelitas tenían prohibido comer la capa de grasa del animal, sí podían comer alimentos sabrosos. Algunos platillos, como las tortas de cereal, no se cocinaban con grasa animal, sino con aceite vegetal, que a menudo era de oliva (Lev. 2:7). De ahí que la obra Perspicacia para comprender las Escrituras explique que “‘las cosas grasas’ es una expresión que hace referencia a las porciones suculentas, a las cosas que no estaban desprovistas de carne o eran secas, sino, más bien, sustanciosas, entre las que estaban los platos sabrosos que se preparaban con aceites vegetales”.
Por supuesto, los cristianos sabemos que la prohibición de comer grasa era parte de la Ley y que nosotros no estamos sujetos a ella ni a sus normas relacionadas con los sacrificios animales (Rom. 3:20; 7:4, 6; 10:4; Col. 2:16, 17).

Lev 4:22
Aunque había que respetar a los principales, estos no podían desobedecer impunemente la ley de Dios. Si pecaban contra ella, se requería que cumpliesen con las prescripciones de la ley para tales pecados. Debido a que ocupaban un cargo de responsabilidad y a que su conducta, ejemplo e influencia tenían repercusiones en los demás, se hizo una diferencia en cuanto a qué ofrendas tenían que presentar por haber infringido involuntariamente un mandato divino. El sumo sacerdote debía ofrecer un toro joven; el principal, un cabrito, y los demás del pueblo, una cabrita o una cordera. (Le 4:3, 22, 23, 27, 28, 32.)

Lev. 4:27, 28
9 Cuando los israelitas cometían determinados errores, la Ley mosaica les exigía presentar ofrendas tanto por el pecado como por la culpa. Al tratarse de sacrificios obligatorios, ¿los harían con una disposición o actitud diferente, quizás hasta de mala gana? (Lev. 4:27, 28.) Si de verdad deseaban mantener una buena relación con Jehová, jamás actuarían así.
10 Hoy se producen situaciones similares. Tal vez nos demos cuenta de que sin querer hemos ofendido a un hermano al actuar de forma desconsiderada o descuidada. O puede que hayamos cometido una falta y nos remuerda la conciencia. Si tomamos en serio nuestro servicio a Jehová, haremos todo lo posible por arreglar las cosas. Quizás tengamos que disculparnos sinceramente o, si se trata de pecados graves, pedir la amorosa ayuda de los superintendentes cristianos (Mat. 5:23, 24; Sant. 5:14, 15). Como vemos, para corregir las faltas cometidas contra el prójimo o contra Dios hay que hacer “sacrificios”. Pero al pagar este precio, restablecemos la buena relación con Jehová y con el hermano, y aliviamos nuestra conciencia. A su vez, esto nos confirma que actuar como pide Jehová es siempre lo mejor.

Levítico 5:1
¿De quién es la obligación?
Cuando los ancianos saben de un mal grave, abordan a la persona implicada para darle la ayuda y la corrección necesarias. Es su obligación juzgar a tales personas dentro de la congregación cristiana. Se mantienen vigilantes con respecto a la condición espiritual de esta, y ayudan y amonestan a todo el que da un paso imprudente o incorrecto. (1 Corintios 5:12, 13; 2 Timoteo 4:2; 1 Pedro 5:1, 2.)
Ahora bien, ¿qué ocurre si no somos ancianos y nos enteramos de que otro cristiano ha cometido un mal grave? Las pautas se encuentran en la Ley que Jehová dio a la nación de Israel. Esta decía que si una persona era testigo de acciones apóstatas, sedición, asesinato u otros delitos graves, tenía el deber de informarlo y testificar sobre lo que sabía. Levítico 5:1 dice: “Ahora bien, en caso de que peque un alma por cuanto ha oído maldecir en público y es testigo, o lo ha visto o ha llegado a saber de ello, si no lo informa, entonces tiene que responder por su error”. (Compárese con Deuteronomio 13:6-8; Ester 6:2; Proverbios 29:24.)
Aunque hoy los cristianos no estamos bajo la Ley mosaica, podemos guiarnos por sus principios subyacentes. (Salmo 19:7, 8.) Por tanto, ¿qué deberíamos hacer si nos enteráramos de que un compañero cristiano ha cometido un mal grave?
Cómo obrar
En primer lugar, es importante que exista una razón válida para creer que realmente ha habido un mal grave. “No llegues a ser testigo contra tu semejante sin base —dijo el sabio—. Entonces tendrías que ser tonto con tus labios.” (Proverbios 24:28.)
Tal vez decidamos ir directamente a los ancianos. No está mal hacerlo, aunque por lo general el proceder más amoroso es abordar a la persona implicada. Quizá los hechos no sean lo que parecen. O puede que los ancianos ya estén tratando la situación. Hable calmadamente del asunto con la persona. Si sigue habiendo razón para creer que se ha cometido un mal grave, anímela a pedir ayuda a los ancianos y explíquele por qué es sabio hacerlo. No hable a otros del asunto, pues estaría chismeando.
En caso de que la persona no lo informe a los ancianos en un período razonable, entonces nosotros debemos hacerlo. Luego, uno o dos ancianos hablarán del asunto con el acusado. Los ancianos tienen que “escudriñar e investigar e inquirir cabalmente” para asegurarse de que se ha cometido un mal. Si es así, se ocuparán del caso conforme a las directrices bíblicas. (Deuteronomio 13:12-14.)

Levítico 5:1
15 Antes hablamos de la importancia de no revelar ciertos asuntos privados, especialmente cuando un hermano nos confía sus sentimientos y opiniones. Divulgarlos sería una crueldad. No obstante, recordemos que los superintendentes de la congregación tienen la responsabilidad bíblica de atender los casos de pecados graves. Por tanto, deben ser informados (léase Levítico 5:1). Así pues, si sabemos que alguien ha cometido un pecado grave, nuestro deber es aconsejarle que pida ayuda a los ancianos (Sant. 5:13-15). Si no acude a ellos dentro de un plazo razonable, tenemos que hacerlo nosotros.

Levítico 5:1
“Hay que encubrir a los amigos.” Si alguien peca y nosotros lo encubrimos, lo cierto es que no le hacemos ningún favor. ¿Por qué? Porque los pecados graves son indicios de enfermedad espiritual, y esconderlos es como ocultarle síntomas importantes al médico (Santiago 5:14, 15). Puede que nuestro amigo tenga miedo a ser disciplinado, pero recordemos que la disciplina es una expresión del amor de Jehová que puede salvarle la vida (Proverbios 3:12; 4:13). Además, si el pecador persiste en su mala conducta, puede poner en peligro a otros cristianos. Y de ningún modo queremos contribuir a que su mala actitud se extienda en la congregación (Levítico 5:1; 1 Timoteo 5:22.) Por tanto, si sabemos que alguien ha cometido una falta grave, lo mejor que podemos hacer es asegurarnos de que acuda a los ancianos.

Levítico 5:2-11
Él toma en consideración nuestras limitaciones
“PONÍA todo mi empeño, pero nunca me parecía suficiente.” Así describió una mujer sus esfuerzos por complacer a Dios. ¿Acepta Jehová Dios los esfuerzos sinceros de sus adoradores? ¿Toma en consideración sus habilidades y circunstancias? Para responder a estas preguntas vayamos a Levítico 5:2-11 y veamos lo que decía la Ley de Moisés sobre ciertas ofrendas.
Bajo la Ley, Dios mandaba que se hicieran ciertos sacrificios, u ofrendas, para expiar los pecados. En los casos mencionados en este pasaje, la persona había pecado involuntariamente o sin pensar (versículos 2 a 4). Cuando se daba cuenta de lo que había hecho, tenía que confesar su pecado y presentar una ofrenda por la culpa: “una cordera o una cabrita” (versículos 5 y 6). ¿Y qué sucedía si la persona era tan pobre que no tenía ninguna cordera o cabrita para ofrecer? ¿Le obligaba la Ley a pedirle a alguien el animal aunque al hacerlo se endeudara? ¿Tenía que trabajar hasta que pudiera comprar uno, aunque se demorara la expiación de sus pecados?
Reflejando la ternura y la gran consideración de Jehová, la Ley decía: “Si no tiene lo suficiente para una oveja, entonces tiene que traer a Jehová como su ofrenda por la culpa por el pecado que ha cometido dos tórtolas o dos pichones” (versículo 7). La frase hebrea que se traduce “si no tiene lo suficiente” significa literalmente “si su mano no puede alcanzar”. Si un israelita pobre no tenía lo suficiente para ofrecer una oveja, Dios aceptaba con gusto algo que sí estuviera a su alcance: dos tórtolas o dos pichones.
¿Y si la persona ni siquiera tenía lo suficiente para dos aves? Entonces la Ley decretaba: “Tiene que traer como su ofrenda por el pecado que ha cometido un décimo de efá [ocho o nueve tazas] de flor de harina para una ofrenda por el pecado” (versículo 11). Vemos que en el caso de los que eran muy pobres, Jehová estaba dispuesto a hacer una excepción y aceptaba una ofrenda incruenta, es decir, sin sangre. En Israel, la pobreza no privaba a nadie de la oportunidad de expiar sus culpas ni del privilegio de hacer las paces con Dios.
¿Qué aprendemos de Jehová al analizar la ley de las ofrendas por la culpa? Que es compasivo y comprensivo, y toma en cuenta las limitaciones de sus siervos (Salmo 103:14). Dios quiere que nos acerquemos a él y lleguemos a ser sus amigos aunque nuestras circunstancias sean desfavorables debido a la edad avanzada, la mala salud u obligaciones familiares o de otro tipo. Nos reconforta saber que Jehová Dios se complace cuando le damos todo lo que está a nuestro alcance.

Levítico 5:7, 11
15 Examinemos otro ejemplo, esta vez tomado de la Ley mosaica, que muestra que Jehová es razonable. Si un israelita era muy pobre y no podía ofrecer en sacrificio una oveja o un cabrito, Jehová aceptaba dos tórtolas o dos pichones. Pero ¿y si era tan pobre que ni siquiera tenía para eso? En tal caso, le permitía ofrecer un poco de harina. Ahora bien, notemos este importante detalle: no podía ser cualquier harina, sino “flor de harina”, de la más selecta, como la que se servía a los invitados de honor (Gén. 18:6). ¿Por qué es esto importante? (Lea Levítico 5:7, 11.)
16 Imaginemos que somos israelitas bastante pobres. Al llegar al tabernáculo con un poco de harina para ofrecer, vemos que otros israelitas más pudientes traen ganado. Quizás nos podríamos sentir avergonzados por el escaso valor de nuestro sacrificio de harina. Pero entonces recordamos que nuestra ofrenda es valiosa a los ojos de Jehová. ¿Por qué? Porque él nos exige que la harina sea de alta calidad. Es como si dijera a los israelitas más pobres: “Comprendo que ustedes no pueden ofrecer tanto como otros, pero también sé que me están dando lo mejor que pueden darme”. Verdaderamente, Jehová demuestra lo razonable que es al tener en cuenta las limitaciones y circunstancias de sus siervos (Sal. 103:14).

Lev 5:15
Todas las cosas santas para Jehová eran sagradas, y no se podían considerar a la ligera o usarse de una manera común o profana. Un ejemplo de ello es la ley concerniente al diezmo. Por ejemplo, si un hombre apartaba el diezmo de su cosecha de trigo, y luego él u otro de su casa tomaba sin querer algo de ello para uso doméstico, como pudiera ser para cocinar, esa persona era culpable de violar la ley de Dios con respecto a las cosas santas. La Ley requería que hiciera compensación al santuario de una cantidad igual más el 20%, y además tenía que ofrecer como sacrificio un carnero sano del rebaño. De esta manera se generaba un gran respeto por las cosas santas que pertenecían a Jehová. (Le 5:14-16.)


Núm. 1: Levítico 4:16-31


Núm. 2: ¿A quiénes llama la Biblia “santos”? (rs pág. 351 párrs. 1-3)

rs pág. 351 párrs. 1-3 Santos

La Biblia definitivamente se refiere a santos que están en el cielo. A Jehová se le llama “el Santo [ha′gi•on, en griego]”. (1 Ped. 1:15, 16; véase Levítico 11:45.) A Jesucristo se le describe como “el Santo [ha′gi•os] de Dios” cuando estuvo en la Tierra y como “Santo [ha′gi•os]” en el cielo (Mar. 1:24; Apo. [Rev.] 3:7, BJ). Los ángeles también son ‘santos’ (Hech. 10:22, BJ). En el griego original se aplica el mismo término básico a una considerable cantidad de personas que se hallaban en la Tierra.
Hech. 9:32, 36-41, BJ: “Pedro, que andaba recorriendo todos los lugares, bajó también a visitar a los santos [ha•gi′ous] que habitaban en Lida. Había en Joppe una discípula llamada Tabitá, [quien murió] [...] [Pedro] se volvió al cadáver y dijo: ‘Tabitá, levántate.’ Ella abrió sus ojos y al ver a Pedro se incorporó. Pedro le dio la mano y la levantó. Llamó a los santos y a las viudas y se la presentó viva.” (Es patente que estos santos aún no estaban en el cielo, y que no se consideraba santo solamente a alguien sobresaliente como Pedro.)
2 Cor. 1:1; 13:12, BJ: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos [ha•gi′ois] que están en toda Acaya.” “Saludaos mutuamente con el beso santo. Todos los santos os saludan.” (A todos aquellos cristianos primitivos que fueron purificados por la sangre de Cristo y separados para el servicio de Dios como futuros coherederos con Cristo se les llama santos. Obviamente no se esperó hasta después que murieran para reconocerlos como tales.)

Núm. 3: Absalón. La belleza física, el orgullo y el engaño tuvieron trágicas consecuencias (it-1 pág. 34 hasta párr. 5)

it-1 pág. 34 hasta párr. 5 Absalón

ABSALÓN
(Padre [es decir, Dios] Es Paz).
El tercero de los seis hijos que le nacieron a David en Hebrón. Su madre era Maacá, la hija de Talmai, el rey de Guesur. (2Sa 3:3-5.) Absalón engendró tres hijos y una hija. (2Sa 14:27.) En 1 Reyes 15:2, 10 se le da el nombre de Abisalom. (Véase 2Cr 11:20, 21.)
La familia de Absalón se destacó por su belleza física. En toda la nación se alababa la sobresaliente hermosura de Absalón. Todos los años se afeitaba la cabeza, y el peso de su abundante cabellera, probablemente incrementado por el uso de aceites o ungüentos, era de unos doscientos siclos (unos 2,3 Kg.). Su hermana Tamar también era hermosa, y su hija, llamada Tamar como su tía, era “de apariencia sumamente hermosa”. (2Sa 14:25-27; 13:1.) Sin embargo, lejos de favorecerles, su belleza hasta contribuyó a ciertos sucesos lamentables que causaron inmenso desconsuelo a David, el padre de Absalón, y también a otros, y que produjeron gran perturbación a la nación.
Asesinato de Amnón. La hermana de Absalón, Tamar, era una mujer de gran belleza. Amnón, el medio hermano mayor de Absalón, se enamoró locamente de ella. Fingiéndose enfermo, se las arregló para que se enviara a Tamar a su habitación a fin de cocinar para él, y entonces la violó. El amor erótico de Amnón se convirtió en odio y desprecio, e hizo que se la echara a la calle. Allí la encontró Absalón, con ceniza sobre la cabeza y después de haberse rasgado el traje talar rayado que la había distinguido como hija virgen del rey. En seguida se dio cuenta de lo sucedido y sospechó de Amnón, lo que indica que antes de este suceso ya era consciente del deseo apasionado de su medio hermano. Sin embargo, le dijo a su hermana que no presentase ninguna acusación, y se la llevó a su casa para que residiera allí. (2Sa 13:1-20.)
Según John Kitto, el que fuese Absalón quien se encargase de Tamar y no su padre estaba de acuerdo con la costumbre oriental, pues en una familia polígama los hijos de la misma madre son los que están más unidos y las hijas “llegan a estar bajo el cuidado y la protección especial de su hermano, a quien, [...] en todo lo que tiene que ver con su seguridad y honra, se acude más que al padre mismo”. (Daily Bible Illustrations, Samuel, Saúl y David, 1857, pág. 384.) Mucho antes, Leví y Simeón, dos de los hermanos carnales de Dina, también fueron quienes asumieron la responsabilidad de vengar la deshonra de su hermana. (Gé 34:25.)
Al enterarse de la humillación de su hija, David se encolerizó mucho, pero no juzgó al ofensor, quizás por no existir ninguna acusación directa o formal respaldada con pruebas o testigos. (Dt 19:15.) Absalón tal vez prefirió que no trascendiera el hecho de que Amnón había violado la ley registrada en Levítico (Le 18:9; 20:17) con el fin de evitar mala publicidad para su familia y su propio nombre, pero de todas formas abrigó un odio asesino contra Amnón, aunque exteriormente se controlaba a la espera del momento propicio para vengarse a su propio modo. (Compárese con Pr 26:24-26; Le 19:17.) Desde entonces en adelante su vida es un ejemplo clásico de perfidia, y ocupa la mayor parte de seis capítulos de Segundo de Samuel. (2Sa 13:21, 22.)

Referencias consultadas en: Watchtower Library 2013 CD‒ROM

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