Escuela del Ministerio Teocrático Semana del 16 de junio ‒ Puntos Sobresalientes de Levítico 6 a 9

Referencias para la Escuela del Ministerio Teocrático

Programa de la Escuela del Ministerio Teocrático: Semana del 16 de junio


ss14 págs. 1-4 Programa de la Escuela del Ministerio Teocrático del año 2014

16 de jun. Lectura de la Biblia: Levítico 6 a 9
Núm. 1: Levítico 8:18-30
Núm. 2: Por qué no oramos a los “santos” (rs pág. 351 párr. 4– pág. 352 párr. 2)
Núm. 3: Absalón. Huya de la ambición y la hipocresía (it-1 pág. 34 párr. 6–pág. 36 párr. 5)
w14 15/4 págs. 1-2 Índice

16-22 DE JUNIO DE 2014
Nadie puede servir a dos amos
PÁGINA 17 • CÁNTICOS: 62 Y 106
ws14 15/4 págs. 1-2 Índice

16-22 DE JUNIO DE 2014
Nadie puede servir a dos amos
PÁGINA 15 • CÁNTICOS 62 Y 106


Puntos sobresalientes del libro de Levítico 6 a 9


[…]“Esta es la cosa que Jehová ha mandado que ustedes hagan, para que se les aparezca la gloria de Jehová” (Levítico 9:6)

7:26, 27. Los israelitas no debían comer sangre. A la vista de Dios, la sangre representa la vida. “El alma [la vida] de la carne está en la sangre”, dice Levítico 17:11. Se espera que también los adorado-res verdaderos de hoy se abstengan de sangre (Hechos 15:28, 29).

9:9. ¿Qué tenía de importante el que se derramara sangre en la base del altar y el que se pusiera sobre los cuernos del altar? Demostraba que Jehová aceptaba la sangre para fines expiatorios. De hecho, la expiación tenía su fundamento en la sangre. “Casi todas las cosas son limpiadas con sangre según la Ley —escribió el apóstol Pablo—, y a menos que se derrame sangre no se efectúa ningún perdón.” (Hebreos 9:22.)

7:11-15. En la ofrenda de acción de gracias, ofrenda de co-munión que alababa a Dios por sus provisiones y bondades amorosas, se comía carne, pan leudado y pan sin fermentar. Por lo tanto, el adorador celebraba la ocasión usando lo que podría llamarse “alimento cotidiano”. (Sin embargo, nunca se colocaba pan leudado sobre el altar como ofrenda a Dios.) Cuando se ha-cía esta expresión de gracias y de alabanza a Dios, la carne se tenía que comer aquel mismo día, no el siguiente. (Le 7:11-15.) Este hecho hace recordar la oración que Jesucristo enseñó a sus seguidores: “Danos hoy nuestro pan para este día”. (Mt 6:11.)

Lecciones para nosotros:

7:26, 27. Los israelitas no debían comer sangre. A la vista de Dios, la sangre representa la vida. “El alma [la vida] de la carne está en la sangre”, dice Levítico 17:11. Se espera que también los adoradores verdaderos de hoy se abstengan de sangre (Hechos 15:28, 29).

SE ESTABLECE UN SACERDOCIO SANTO

(Levítico 8:1–10:20)
¿Quiénes recibieron la responsabilidad de encargarse de los deberes relacionados con los sacrificios y las ofrendas? Se encomendó a los sacerdotes. Tal como mandó Dios, Moisés dirigió una ceremonia de instalación para Aarón, el sumo sacerdote, y para sus cuatro hijos, que serían subsacerdotes. Parece que la ceremonia duró siete días, y el sacerdocio empezó a funcionar al siguiente día.

Respuestas a preguntas bíblicas:

9:9. ¿Qué tenía de importante el que se derramara sangre en la base del altar y el que se pusiera sobre los cuernos del altar? Demostraba que Jehová aceptaba la sangre para fines expiatorios. De hecho, la expiación tenía su fundamento en la sangre. “Casi todas las cosas son limpiadas con sangre según la Ley —escribió el apóstol Pablo—, y a menos que se derrame sangre no se efectúa ningún perdón.” (Hebreos 9:22.)

Lev. 6:25; 7:1
8 Jehová consideraba santos los sacrificios que le hacían sus siervos israelitas (Lev. 6:25; 7:1). La palabra hebrea para “santo” se aplica a todo lo que se ha apartado o separado para el uso exclusivo de Dios. En armonía con este hecho, si deseamos que nuestros sacrificios gocen de su aprobación, deben estar completamente libres de influencias mundanas. No podemos amar nada de lo que nuestro Padre odia (léase 1 Juan 2:15-17). Por ejemplo, no queremos establecer ningún vínculo o relación que pueda llevarnos a estar contaminados a su vista (Isa. 2:4; Rev. 18:4). Y tampoco debemos recrear la mirada en nada que sea sucio o inmoral, ni dejar que la mente se entregue a fantasías inmundas (Col. 3:5, 6).

Levítico 6:1-7
19 Los pecados también tienen otras consecuencias, sobre todo si perjudican a alguien más. Por ejemplo, el capítulo 6 de Levítico recoge la estipulación de la Ley mosaica en el siguiente caso: un israelita comete un grave delito al apropiarse con robo, extorsión o fraude de bienes ajenos; no obstante, dado que solo se dispone de su palabra contra la del acusador, al principio niega ser culpable y hasta se atreve a confirmarlo jurando en falso. Aunque al final termina confesando debido al remordimiento, para obtener el perdón de Dios, ha de dar tres pasos más: devolver los artículos, pagar a la víctima un recargo equivalente al 20% del valor de lo sustraído y presentar un carnero como ofrenda por la culpa. La disposición concluye: “El sacerdote tiene que hacer expiación por él delante de Jehová, y así tiene que serle perdonado” (Levítico 6:1-7).
20 Esta ordenanza divina era muy misericordiosa. Beneficiaba tanto a la víctima, que recobraba lo suyo y veía, con alivio, que se admitía el delito, como al pecador que, movido por su conciencia, reconocía al fin la ofensa y la corregía. De hecho, a menos que actuara así, no tendría el perdón de Dios.
21 Aunque la Ley mosaica ya no está vigente, nos permite comprender mejor los criterios de Jehová, incluida su actitud con respecto al perdón (Colosenses 2:13, 14). A él le complace que hagamos lo posible por corregir los errores que hayan perjudicado a otra persona (Mateo 5:23, 24). Para ello tal vez tengamos que admitirlos, reconocer la culpa e incluso ofrecer nuestras excusas a la víctima. Luego debemos acudir a Dios en virtud del sacrificio de Cristo. De este modo nos sentiremos seguros de haber recibido Su perdón (Hebreos 10:21, 22).

Lev. 7:20, 21
6 En primer lugar, la persona tenía que dar lo mejor. Jehová solo aprobaba los sacrificios de animales sanos (Lev. 22:18-20). Por eso, si el animal tenía algún defecto, no lo consideraba un sacrificio aceptable. En segundo lugar, quien ofrecía el sacrificio tenía que estar limpio e incontaminado según la Ley. En caso de que estuviera contaminado, antes tenía que recuperar el favor de Dios llevándole una ofrenda por el pecado o una ofrenda por la culpa (Lev. 5:5, 6, 15). Era un asunto serio, pues la Ley castigaba con la muerte a la persona que estando contaminada comiera de un sacrificio de comunión, que podía ser una ofrenda voluntaria (Lev. 7:20, 21). Por el contrario, si estaba limpia a los ojos de Dios y su sacrificio no tenía defecto, podía regocijarse y disfrutar de una conciencia tranquila (lea 1 Crónicas 29:9).

Lev. 3:1, nota; 7:31-33
11 La Ley mosaica también estipulaba que los fieles hicieran sacrificios de comunión como muestra de que estaban en paz con Jehová. Tanto ellos como sus familias comían la carne de los animales, a menudo en los comedores del templo. También recibían porciones el sacerdote que oficiaba y los demás que se hallaban de servicio (Lev. 3:1, nota; 7:31-33). Lo único que se pretendía con estos sacrificios era gozar de una buena relación con Dios. Era como si el adorador, su familia, los sacerdotes y Jehová celebraran un banquete juntos y en paz.
12 ¿Podía haber un mayor privilegio que, por decirlo así, invitar a Jehová a una comida y que él aceptara? Como es lógico, quienes fueran los anfitriones querrían ofrecerle lo mejor a tan ilustre huésped. Los sacrificios de comunión, como parte de la armazón de la verdad que hallamos en la Ley, apuntaban a una realidad mayor: gracias al sacrificio de Jesús, todos los seres humanos tienen la oportunidad de entrar en una relación pacífica con su Creador. En la actualidad, quienes le sacrifican a Dios de buena gana sus energías y recursos disfrutan de una estrecha amistad con él.

Levítico 7:16-18
“UN CÓDIGO DE LEYES SANITARIAS”
Hace unos 3.500 años, el pueblo de Israel recibió la Ley mosaica. Aquella Ley protegió a los israelitas de muchas enfermedades alimentarias. He aquí algunas de sus normas:
● Consumir las sobras de comida al poco tiempo. “Al día siguiente lo que quede de ella también puede comerse. Pero lo que quede de la carne del sacrificio al tercer día ha de ser quemado con fuego.” (Levítico 7:16-18.)
El doctor A. Rendle Short, manifestó su sorpresa al ver que la Ley mosaica contenía “un código de leyes sanitarias tan sabias y razonables” en comparación con las leyes sanitarias contemporáneas de los pueblos vecinos.

Levítico 8:15; 9:9
El poder de la sangre
3 ¿Qué papel desempeña la sangre de Cristo en nuestra salvación? Desde los días de Noé, los adoradores verdaderos han considerado sagrada la sangre. (Génesis 9:4-6.) La sangre desempeña un papel importante en el proceso de la vida, pues la Biblia dice que “el alma [o la vida] de la carne está en la sangre”. (Levítico 17:11.) Por eso la Ley de Moisés requería que al sacrificar un animal se derramara su sangre delante de Jehová. A veces se ponía sangre también sobre los cuernos del altar. Es evidente que el poder expiatorio de un sacrificio estaba en su sangre. (Levítico 8:15; 9:9.) “Casi todas las cosas son limpiadas con sangre según la Ley, y a menos que se derrame sangre no se efectúa ningún perdón.” (Hebreos 9:22.)

Le 8:23, 24
Cuando se instaló en Israel el sacerdocio, Moisés tomó parte de la sangre del carnero de la instalación y la puso en la oreja derecha, el dedo pulgar derecho y el dedo gordo del pie derecho de Aarón y de cada uno de sus hijos. (Le 8:23, 24.) El que se pusiese la sangre del sacrificio en el dedo de mayor tamaño del pie derecho significaba que deberían dirigir sus pasos y andar sin desviarse lo mejor que pudiesen en los deberes sacrificatorios del sacerdocio. Jesucristo, el gran Sumo Sacerdote, cumplió este tipo profético cuando estuvo en la Tierra (Mt 16:21-23), y sus subsacerdotes, sus hermanos ungidos por espíritu, deben seguir sus pasos fielmente. (Heb 7:26; 1Pe 2:5, 8; Rev 20:6.)

Más de mil novecientos años después seguimos beneficiándonos de esas porciones de la Biblia de varias maneras. En primer lugar, ni siquiera tendríamos la Biblia si Dios no se hubiera encargado de que un pueblo escogido por él la escribiera y preservara (Romanos 3:1, 2). En el antiguo Israel, la Ley mosaica no solo era una reliquia sagrada que debía conservarse para futuras generaciones, sino que era la constitución nacional. Ciertos detalles de la Ley que podrían parecer innecesarios en la actualidad fueron esenciales para la supervivencia y el buen funcionamiento del antiguo Israel. Además, los registros genealógicos de la Biblia resultaron necesarios para identificar al Mesías, de quien se predijo que sería descendiente directo del rey David (2 Samuel 7:12, 13; Lucas 1:32; 3:23-31).

Núm. 1: Levítico 8:18-30


Núm. 2: Por qué no oramos a los “santos” (rs pág. 351 párr. 4– pág. 352 párr. 2)

rs pág. 351 párr. 4– pág. 352 párr. 2 Santos
Jesucristo dijo: “Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, [...]”. Por lo tanto las oraciones deben dirigirse al Padre. Jesús también dijo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré” (Mat. 6:9; Juan 14:6, 14, EMN). Así Jesús descartó la idea de que otra persona pudiera desempeñar el papel de intercesor. El apóstol Pablo agregó respecto a Cristo: “No solamente murió por nosotros, sino también resucitó, y está sentado a la diestra de Dios, en donde así mismo intercede por nosotros”. “De ahí que puede también salvar hasta el final a los que por su medio se van acercando a Dios, pues está siempre vivo para interceder por ellos” (Rom. 8:34, TA; Heb. 7:25, NBE). Si verdaderamente queremos que Dios oiga nuestras oraciones, ¿no sería sensato acercarnos a Dios como su Palabra nos instruye? (Véase también la página 232, en la sección titulada “María”.)
Efe. 6:18, 19, FS: “A este fin tened el espíritu en oración incesante. Asimismo en vela continua y perseverante, orando por todos los santos. También por mí a fin de que me sea otorgado predicar con valentía y confianza: Dar a conocer el misterio del evangelio.” (Las bastardillas son nuestras.) (Aquí se insta a los efesios a orar por los santos, pero no a ellos ni mediante ellos. La New Catholic Encyclopedia, 1967, tomo XI, pág. 670, reconoce lo siguiente: “Generalmente en el N[uevo] T[estamento], toda oración, tanto la privada como la oración litúrgica pública, se dirige a Dios el Padre por medio de Cristo”.)
Rom. 15:30, TA: “Entre tanto, hermanos, os suplico por nuestro Señor Jesucristo y por la caridad del Espíritu Santo, que me ayudéis con las oraciones que hagáis a Dios por mí.” (El apóstol Pablo, él mismo un santo, pidió a sus compañeros cristianos, quienes también eran santos, que oraran por él. Pero note que Pablo no dirigió sus oraciones a aquellos que eran santos como él, ni reemplazaron las oraciones de ellos a favor de él la relación íntima de que Pablo mismo disfrutaba con el Padre mediante la oración. Compárese con Efesios 3:11, 12, 14.)

Núm. 3: Absalón. Huya de la ambición y la hipocresía (it-1 pág. 34 párr. 6–pág. 36 párr. 5)

it-1 pág. 34 párr. 6–pág. 36 párr. 5 Absalón
Pasaron dos años. Llegó el tiempo de esquilar las ovejas, y como era una ocasión festiva, Absalón organizó un banquete en Baal-hazor, a unos 22 Km. al NNE. de Jerusalén, e invitó a los hijos del rey y al rey David mismo. Cuando este se excusó de asistir, Absalón insistió en que enviara en su lugar a su primogénito, Amnón. (Pr 10:18.) Durante el banquete, cuando Amnón estaba de “humor alegre con el vino”, Absalón ordenó a sus siervos que le dieran muerte. Los otros hijos volvieron a Jerusalén y Absalón se fue al exilio a Guesur, al E. del mar de Galilea, donde reinaba su abuelo sirio. (2Sa 13:23-38.) La “espada” que había predicho el profeta Natán acababa de entrar en la “casa” de David, donde continuaría por el resto de su vida. (2Sa 12:10.)
Recupera el favor. Después de tres años, cuando el dolor de David por la pérdida de su primogénito se había aliviado hasta cierto grado, empezó a sentir nostalgia por su hijo Absalón. Leyendo los pensamientos de su tío el rey, Joab se valió de una estratagema para conseguir que concediera un perdón condicional a Absalón y lo repatriara, aunque sin tener derecho a comparecer en la corte de su padre. (2Sa 13:39; 14:1-24.) Absalón aguantó este extrañamiento por dos años y luego empezó a manejar los asuntos para obtener el perdón completo. Cuando Joab, como funcionario de la corte real, rehusó visitarle, Absalón mandó quemar su campo de cebada, y cuando este le visitó indignado, le dijo que deseaba que el rey tomara una decisión final, y añadió: “Si hay error alguno en mí, él entonces tiene que darme muerte”. Después que Joab remitió el mensaje, David recibió a su hijo, quien inmediatamente cayó al suelo en símbolo de total sumisión, ante lo que el rey le dio un beso en señal de perdón completo. (2Sa 14:28-33.)
Se vuelve traidor. Sin embargo, parece que todo afecto natural o filial que Absalón hubiera sentido por David desapareció durante los cinco años que estuvo separado de su padre. Es posible que los tres años de asociación con la realeza pagana plantaran en él la influencia corrosiva de la ambición. Posiblemente Absalón se veía como heredero al trono debido a que era de ascendencia real tanto por parte de padre como de madre. Puesto que no se hace mención de Kileab (Daniel), el segundo hijo de David, después del relato de su nacimiento, es posible que hubiera muerto, con lo que Absalón sería el mayor de los hijos que aún le quedaban con vida a David. (2Sa 3:3; 1Cr 3:1.) No obstante, después del nacimiento de Absalón, Dios le había prometido a David que habría una “descendencia” futura que heredaría el trono, de manera que Absalón debió haber sabido que Jehová no lo había escogido para ser rey. (2Sa 7:12.) De todos modos, una vez que recuperó su rango real, empezó una campaña política solapada. Con consumada pericia, fingió gran interés en el bienestar público y se presentó como un hombre del pueblo. Insinuaba con cuidado a la gente, y en particular a los que no eran de la tribu de Judá, que la corte del rey no se interesaba lo suficiente en los problemas del pueblo y que se necesitaba con urgencia un hombre de gran corazón como él. (2Sa 15:1-6.)
No se sabe con seguridad a qué período aplicar la expresión “al cabo de cuarenta años”, que aparece en 2 Samuel 15:7, y en la Septuaginta (edición de Lagarde), la Versión Peshitta siriaca y la Vulgata latina se vierte “cuatro años”. Sin embargo, no parece probable que Absalón esperara seis años para cumplir un voto, si se cuentan los “cuatro años” desde que fue completamente perdonado. (2Sa 14:28.) Puesto que durante el reinado de David, y después de los acontecimientos considerados aquí, sobrevino un hambre de tres años, se peleó una guerra contra los filisteos y tuvo lugar el intento de Adonías de apoderarse del trono, es evidente que el punto de partida desde donde el escritor cuenta los “cuarenta años” tuvo que haber sido muy anterior al principio del reinado de cuarenta años de David, y quizás se refiera a cuatro décadas desde que Samuel lo ungió por primera vez. Esto explicaría que Absalón todavía fuera un “joven” para ese tiempo (2Sa 18:5), puesto que nació entre los años 1077 y 1070 a. E.C.
Convencido de que había conseguido bastantes seguidores por todo el reino, Absalón usó un pretexto a fin de obtener el permiso de su padre para ir a Hebrón, la capital original de Judá. Desde allí organizó rápidamente una conspiración a gran escala a fin de apoderarse del trono, para la que contó con una red nacional de espías que tenía que proclamar su gobernación real en un momento fijado de antemano. Después de ofrecer sacrificios para invocar la bendición de Dios sobre su gobernación, obtuvo el apoyo del consejero más respetado de su padre, Ahitofel, y muchas personas se pusieron de su parte. (2Sa 15:7-12.)
Debido a que se encaraba a una importante crisis y preveía un ataque a gran escala, David optó por abandonar el palacio junto con todos los miembros de su casa, aunque contaba con el apoyo leal de una gran cantidad de hombres fieles, como los sacerdotes principales, Abiatar y Sadoc, a quienes envió de regreso a Jerusalén para que sirvieran de enlaces. Mientras subía por el monte de los Olivos, descalzo, con la cabeza cubierta y llorando, salió a su encuentro Husai, el “compañero” del rey, y David también lo envió a Jerusalén para que frustrara el consejo de Ahitofel. (2Sa 15:13-37.) Acosado por oportunistas, uno en busca de favor, otro con espíritu partidista y dando rienda suelta a sus sentimientos de odio, David demuestra un talante humano muy superior al de Absalón por su sumisión humilde y por negarse a devolver mal por mal. Cuando Simeí le tiró piedras y lo maldijo, David rechazó la petición de su sobrino Abisai de “quitarle la cabeza”, con el siguiente razonamiento: “Miren que mi propio hijo, que ha salido de mis mismas entrañas, anda buscando mi alma; ¡y cuánto más ahora un benjaminita! ¡Déjenlo para que invoque el mal, porque así se lo ha dicho Jehová! Quizás vea Jehová con su ojo, y Jehová realmente me restaure el bien en vez de su invocación de mal este día”. (2Sa 16:1-14.)
Después de ocupar Jerusalén y el palacio, Absalón aceptó la aparente defección de Husai, aunque primero hizo una referencia sarcástica al hecho de que hubiera sido el fiel “compañero” de David. Luego, siguiendo el consejo de Ahitofel, tuvo relaciones ante los ojos de todo Israel con las concubinas de su padre como prueba de que había roto por completo con él y estaba absolutamente resuelto a mantener el control del trono. (2Sa 16:15-23.) De este modo se cumplió la parte final de la profecía inspirada de Natán. (2Sa 12:11.)
Entonces Ahitofel instó a Absalón para que le diera autoridad con el fin de conducir una fuerza de combate contra David aquella misma noche y así darle el golpe de gracia antes de que sus fuerzas pudieran organizarse. Aunque complacido, Absalón todavía pensó que sería sabio oír la opinión de Husai. Este, dándose cuenta de que David necesitaba tiempo, le describió gráficamente un plan ideado quizás con el propósito de aprovecharse de cualquier conato de cobardía de Absalón (quien hasta ese momento había demostrado más arrogancia y astucia que valor), así como de estimular su vanidad. Husai recomendó tomar tiempo primero para reunir un ejército abrumador que debía ponerse bajo el mando del mismo Absalón. Por intervención divina, se aceptó este consejo. Ahitofel debió considerar que la sublevación era una causa perdida y se suicidó. (2Sa 17:1-14, 23.)
Como medida precautoria, Husai mandó unos emisarios a David para que le informaran sobre el consejo de Ahitofel, y a pesar de que Absalón intentó prender a estos correos clandestinos, David recibió la advertencia, cruzó al otro lado del Jordán y subió a las colinas de Galaad hasta Mahanaim (donde Is-bóset había tenido su capital). Allí se le recibió con muestras de generosidad y bondad. Al prepararse para el conflicto, David organizó sus fuerzas cada vez mayores en tres divisiones, que puso bajo Joab, Abisai e Ittai el guitita. Aceptó el consejo de permanecer en la ciudad, ya que su presencia era de más valor allí, y de nuevo demostró su sorprendente magnanimidad hacia Absalón al ordenar en público a sus tres capitanes: “Traten con suavidad, por mi causa, al joven Absalón”. (2Sa 17:15–18:5.)
Batalla decisiva y muerte de Absalón. Las fuerzas recién formadas de Absalón sufrieron una derrota aplastante a manos de los expertos combatientes de David. La batalla llegó hasta el bosque de Efraín. Mientras huía cabalgando sobre su mula real, Absalón pasó por debajo de las ramas bajas de un gran árbol y debió de enredársele el pelo en la horquilla de una rama, de manera que quedó suspendido en el aire. El hombre que informó a Joab que le había visto dijo que no hubiera desobedecido la solicitud de David matando a Absalón ni por “mil piezas de plata [si eran siclos, c. 2.200 dólares (E.U.A)]”, pero Joab no sintió tal reparo. Lanzó tres dardos y se los clavó en el corazón, después de lo cual diez de sus hombres se unieron a su capitán, compartiendo así la responsabilidad de la muerte de Absalón. Luego arrojaron su cuerpo en un hueco y lo cubrieron con un montón de piedras, indicando de este modo que no era digno de recibir sepultura. (2Sa 18:6-17; compárese con Jos 7:26; 8:29.)
Cuando los mensajeros llegaron a Mahanaim, donde estaba David, su principal preocupación era su hijo. Al enterarse de su muerte, se puso a andar de acá para allá en la cámara del techo, llorando: “¡Hijo mío, Absalón, hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Oh, que yo pudiera haber muerto, yo mismo, en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!”. (2Sa 18:24-33.) El razonamiento directo y categórico de Joab fue lo único que consiguió sacar a David de su gran pesar debido al trágico desenlace y el final que había tenido este joven astuto y de gran atractivo físico, cuya ambición desenfrenada le había llevado a luchar contra el ungido de Dios y a su propia ruina. (2Sa 19:1-8; compárese con Pr 24:21, 22.)
A juzgar por el encabezamiento del Salmo 3, David lo escribió durante el tiempo de la sublevación de Absalón.
Monumento de Absalón. Absalón erigió una columna en la “llanura baja del Rey”, llamada también “llanura baja de Savé”, cerca de Jerusalén. (2Sa 18:18; Gé 14:17.) Levantó este monumento debido a que no tenía hijos mediante quienes conservar su nombre después de su muerte. Por lo tanto, parece ser que sus tres hijos mencionados en 2 Samuel 14:27 murieron siendo aún jóvenes. A Absalón no se le enterró en la ubicación de su monumento, sino que lo arrojaron a un “hueco” del bosque de Efraín. (2Sa 18:6, 17.)
En el valle de Cedrón hay un monumento cortado de la misma roca llamado “tumba de Absalón”, pero su estilo arquitectónico indica que es del período grecorromano, quizás del tiempo de Herodes. Por consiguiente, no hay ninguna base para relacionar el nombre de Absalón con este monumento.

Referencias consultadas en: Watchtower Library 2013 CD‒ROM

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