Estudio Bíblico de Congregación ‒ Semana del 23 de Marzo

Información de estudio para el libro: Acerquémonos a Jehová

***cl págs. 219-221 ¿Influye en nuestra vida “la sabiduría de arriba”?***


1-3. a) ¿Cómo demostró Salomón una sabiduría extraordinaria en una disputa sobre maternidad? b) ¿Qué don nos promete Jehová, y qué preguntas surgen?

ERA un pleito difícil: la disputa de dos mujeres por un recién nacido. Ambas vivían en la misma casa y cada una había dado a luz un niño con pocos días de diferencia. Al morir uno de los hijos, las dos afirmaron ser la madre del que quedaba vivo.* Además, no había testigos presenciales de lo sucedido. Es probable que un tribunal inferior ya hubiera visto la causa, sin lograr resolverla, de modo que terminó llevándose ante Salomón. Pues bien, ¿averiguaría la verdad el rey de Israel?
párr. 1 Según 1 Reyes 3:16, se trataba de dos prostitutas. Perspicacia para comprender las Escrituras (obra editada por los testigos de Jehová) dice: “Quizás no eran prostitutas profesionales, sino mujeres que habían cometido fornicación, bien judías, o, posiblemente, de ascendencia extranjera”.
(1 Rey. 3:16) En aquel tiempo, dos mujeres, prostitutas, lograron entrar a donde el rey y estar de pie ante él.

2 El monarca primero escuchó a las dos partes. Luego pidió una espada y, con aparente resolución, ordenó partir a la criatura y dar la mitad a cada una de ellas. De inmediato, la auténtica madre le rogó que le entregara el niño, su hijo querido, a su rival. Esta, sin embargo, insistió en que lo dividieran. Así supo el rey la verdad. Sabía muy bien que toda mujer siente cariño y compasión por el hijo de sus entrañas y se valió de este conocimiento para zanjar la disputa. Imagínese qué alivio obtuvo la verdadera progenitora cuando Salomón le dio el bebé y dijo: “Ella es su madre” (1 Reyes 3:16-27).
párr. 2 (1 Rey. 3:16-27) En aquel tiempo, dos mujeres, prostitutas, lograron entrar a donde el rey y estar de pie ante él. 17 Entonces una mujer dijo: “Dispénsame, señor mío, yo y esta mujer estamos morando en una misma casa, de modo que di a luz cerca de ella en la casa. 18 Y aconteció que, al tercer día después de dar yo a luz, esta mujer también procedió a dar a luz. Y estábamos juntas. No había ningún extraño con nosotras en la casa, nadie fuera de nosotras dos en la casa. 19 Más tarde, el hijo de esta mujer murió de noche, porque ella se acostó sobre él. 20 Por lo tanto, ella se levantó en medio de la noche y tomó a mi hijo de mi lado mientras tu esclava misma estaba dormida, y lo acostó en su propio seno, y a su hijo muerto lo acostó en mi seno. 21 Cuando me levanté por la mañana para dar el pecho a mi hijo, pues, allí estaba muerto. De modo que lo examiné cuidadosamente por la mañana, y, ¡mira!, resultó que no era el hijo mío que yo había dado a luz”. 22 Pero la otra mujer dijo: “¡No, sino que mi hijo es el vivo, y tu hijo es el muerto!”. Durante todo este tiempo esta mujer estaba diciendo: “No, sino que tu hijo es el muerto, y mi hijo es el vivo”. Y siguieron hablando delante del rey. 23 Por fin el rey dijo: “Esta está diciendo: ‘¡Este es mi hijo, el vivo, y tu hijo es el muerto!’, y esa está diciendo: ‘¡No, sino que tu hijo es el muerto, y mi hijo es el vivo!’”. 24 Y el rey pasó a decir: “Hombres, consíganme una espada”. De modo que trajeron la espada delante del rey. 25 Y el rey procedió a decir: “Corten al niño vivo en dos, y den una mitad a una mujer y la otra mitad a la otra”. 26 En seguida, la mujer cuyo hijo era el vivo dijo al rey (porque sus emociones internas estaban excitadas para con su hijo, de modo que dijo): “¡Dispénsame, señor mío! Denle a ella el niño vivo. No vayan de ninguna manera a hacerlo morir”. Entretanto, la otra mujer estaba diciendo: “Ni mío ni tuyo llegará a ser. ¡Córtenlo!”. 27 Ante esto, el rey respondió y dijo: “Den a aquella el niño vivo, y no deben de ninguna manera hacerlo morir. Ella es su madre”.

3 ¡Qué sabiduría tan extraordinaria! Al oír los súbditos cómo había resuelto su rey el litigio, se quedaron atónitos “porque vieron que dentro de él estaba la sabiduría de Dios”. En efecto, la sabiduría de Salomón era una dádiva del Altísimo, quien le había concedido “un corazón sabio y entendido” (1 Reyes 3:12, 28). Ahora bien, ¿podemos nosotros recibir dicho don divino? Sí, en vista de que, como escribió por inspiración Salomón, “Jehová mismo da la sabiduría” (Proverbios 2:6). Así es: él promete conceder sabiduría, o sea, la capacidad de usar bien el conocimiento, el entendimiento y el discernimiento, a quienes la buscan con sinceridad. Pero ¿cómo la adquirimos, y cómo logramos que influya en nuestra vida?
párr. 3 (1 Rey. 3:12) ¡mira!, ciertamente haré conforme a tus palabras. ¡Mira! Ciertamente te daré un corazón sabio y entendido, de modo que no haya resultado haber ninguno como tú antes de ti, y después de ti no se levantará ninguno como tú.
párr. 3 (1 Rey. 3:28) Y todo Israel llegó a oír de la decisión judicial que el rey había dictado; y se llenaron de temor a causa del rey, porque vieron que dentro de él estaba la sabiduría de Dios para ejecutar decisión judicial.
párr. 3 (Pro. 2:6) Porque Jehová mismo da la sabiduría; procedentes de su boca hay conocimiento y discernimiento.

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