¿Habrá algún asteroide o cometa que choque con la Tierra?

‘En la madrugada del 30 de junio, los campesinos de una aldea siberiana presenciaron un inusitado fenómeno: Muy por encima del horizonte percibieron algo tan fulgurante que el ojo no soportaba su contemplación. Divisaron en el horizonte una nubecilla negra en la misma dirección que el cuerpo luminoso. Luego les pareció que el brillante objeto se pulverizaba al chocar con el suelo. En su lugar vieron alzarse un nubarrón de humo y oyeron una explosión atronadora, como un alud de rocas. Retemblaron los edificios y una lengua bífida de fuego se elevó entre el nubarrón. Los aldeanos corrieron despavoridos a la calle. Las ancianas lloraban y todos creían que les sobrevenía el fin del mundo.’ (Resumen de la información publicada en el periódico ruso Sibir, de Irkutsk, el 2 de julio de 1908.)
POCO se imaginaban aquellos aldeanos que acababa de explotar sobre sus cabezas un cuerpo celeste. Hoy, nueve decenios después, una de las predicciones más llamativas acerca del fin de nuestro planeta habla de una catástrofe ocasionada por un asteroide o un cometa. Se emplean expresiones como “objetos cercanos a la Tierra” y “objetos potencialmente peligrosos” al pronosticar la destrucción del mundo por el impacto de cuerpos celestes. Hollywood se ha apresurado a traducir estos temores en éxitos de taquilla como las películas Impacto profundo y Armageddon.
Pero ¿qué probabilidades hay de que usted o sus hijos perezcan al caer del cielo una bola de fuego? ¿Debería esperar que pronto lluevan sobre su jardín trozos de hierro y hielo? Y si reside cerca de la costa, ¿arrasará su hogar una ola gigantesca causada por un asteroide errante que se precipite al océano?
Una órbita acribillada por detritos planetarios


Nuestro sistema solar comprende mucho más que el Sol, nueve planetas y sus satélites. También alberga cometas (conglomerados de hielo y polvo), asteroides (planetas menores) y meteoroides (en su mayoría fragmentos de asteroides). Los científicos saben desde hace tiempo que la Tierra puede sufrir un bombardeo espacial. Basta con mirar a la accidentada superficie lunar para ver que en esta zona hay mucho movimiento. De no ser por la atmósfera y el reciclaje continuo a que se ve sometida la superficie terrestre por la tectónica de placas y la erosión, la faz del planeta tendría tantos cráteres como la Luna.
Según cálculos científicos, todos los días son visibles en la atmósfera 200 millones de meteoros. La mayoría de los objetos que penetran en ella son pequeños y se consumen de forma casi imperceptible. Pero otros superan la abrasadora entrada y reducen su velocidad, por la fricción del aire, a unos 300 kilómetros por hora. Los residuos que caen al suelo se denominan meteoritos. Dado que la mayoría se precipitan al océano o a terrenos deshabitados, no ocasionan daño al hombre salvo en rarísimas ocasiones. Se estima que los objetos que penetran en la atmósfera incrementan cada día el peso de la Tierra en centenares de toneladas.
Además, los astrónomos calculan que pudiera haber unos dos mil asteroides de más de un kilómetro de longitud que cruzan la órbita terrestre o al menos se aproximan a ella, si bien han descubierto y trazado la trayectoria de solo unos doscientos. A su juicio, pasan peligrosamente cerca de la órbita terrestre un millón de asteroides de más de 50 metros de diámetro, tamaño que les permitiría llegar al suelo y causar daños. Estos proyectiles relativamente pequeños encierran una energía de unos diez megatones, la misma que una gran bomba atómica. Aunque la atmósfera puede protegernos de los impactos menores, no detiene a los que superan los diez megatones. Hay investigadores que afirman que, de acuerdo con el promedio estadístico, podemos esperar un impacto de diez megatones cada cien años. Según cálculos, la frecuencia de impactos de objetos de aproximadamente un kilómetro de diámetro es de una vez cada cien mil años.

Reveladores cráteres, explosiones y colisiones

No cuesta creer que grandes cuerpos celestes hayan golpeado nuestro planeta en el pasado. Como prueba de estos impactos están los más de ciento cincuenta cráteres descubiertos, que, como marcas de viruela, han quedado en la faz de la Tierra. Algunos se ven con claridad; otros, solo desde aeronaves y satélites, y los hay que llevan muchísimo tiempo enterrados o se encuentran en el lecho oceánico.
Uno de estos cráteres es muy famoso: el Chicxulub, una cicatriz de 180 kilómetros de diámetro. Se cree que este enorme cráter, situado cerca del extremo norte de la península de Yucatán (México), es la huella del impacto de un cometa (o un asteroide) de 10 kilómetros de diámetro. Hay quienes afirman que aquel choque desencadenó cambios climáticos que ocasionaron la extinción de los dinosaurios, así como de otras especies terrestres y marítimas.
En el estado norteamericano de Arizona, un meteorito férreo excavó el espectacular Meteor Crater, depresión de casi 1.200 metros de diámetro y 200 metros de profundidad. ¿Cuántos muertos produciría un meteorito así en el caso de chocar contra una ciudad? En el Museo Estadounidense de Historia Natural, situado en la ciudad de Nueva York, hay una exposición muy popular que muestra que si un objeto como ese cayera en Manhattan, borraría por completo el populoso distrito.
El 30 de junio de 1908, un asteroide o un fragmento de cometa, al parecer de menos de 100 metros de diámetro, penetró en la atmósfera y explotó, como se indica en la introducción, a unos 10 kilómetros del suelo, sobre Tunguska, región siberiana poco poblada. La explosión, del orden de 15 megatones, devastó unos 2.000 kilómetros cuadrados; derribó árboles; provocó incendios, y mató renos. ¿Cuántas personas habrían muerto si el punto cero de la explosión hubiese sido una zona muy poblada?
En julio de 1994, los telescopios de todo el mundo se enfocaron en Júpiter, donde impactaron fragmentos del cometa Shoemaker-Levy 9. Las cicatrices temporales que se formaron en aquel planeta dejarán honda huella en la memoria de quienes observaron directamente las colisiones. Al ver los repetidos golpes que sufrió Júpiter, expertos y profanos se plantearon qué habría ocurrido de ser la Tierra el blanco del cometa.

Desastres hipotéticos

Con aprensión, los científicos han examinado las posibles consecuencias en nuestro planeta del impacto de un asteroide o un cometa. De acuerdo con sus teorías, los resultados inmediatos de una gran colisión serían los siguientes: primero se elevaría una columna explosiva de rocas y polvo. Al caer los detritos, se originaría una lluvia de meteoritos que dejaría el cielo al rojo vivo e incendiaría bosques y pastizales, con el consiguiente exterminio de casi toda la vida terrestre. Al permanecer suspendido el polvo en la atmósfera durante largo tiempo, bloquearía la luz solar, lo que ocasionaría un descenso súbito de las temperaturas y detendría la fotosíntesis al hallarse a oscuras la superficie terrestre. La supresión de la fotosíntesis desencadenaría una ruptura de la cadena alimentaria oceánica, lo que supondría la muerte de la mayoría de las criaturas marinas. Según estas hipótesis, la catástrofe ecológica se remataría con la precipitación de lluvia ácida en todo el planeta y la destrucción de la capa de ozono.
De caer en el océano uno de estos cuerpos celestes, se formarían tsunamis (olas gigantescas) de un enorme potencial destructivo, que llegarían mucho más lejos del punto de impacto que la onda de choque inicial y ocasionarían destrozos generalizados en zonas costeras situadas a miles de millas de distancia. Jack Hills, astrónomo, comenta al respecto: “Donde había ciudades, solamente quedarían marismas”.
No obstante, hay que tener cuidado con tales teorías. Muchas son meras especulaciones. Es patente que nadie ha visto ni ha estudiado directamente el choque de un asteroide con la Tierra. Además, la prensa amarilla sale rápidamente con titulares sensacionalistas basados en información incompleta o inexacta (véase el recuadro superior). No obstante, se dice que las probabilidades de fallecer a causa de un objeto que caiga del cielo son significativamente menores que las de morir en un accidente de circulación.

¿Qué debe hacerse?

A juicio de muchos entendidos, la mejor estrategia para evitar la catástrofe si se acercara un cometa o un asteroide sería interceptarlo con un cohete para, como mínimo, modificar su curso. Si el cuerpo es pequeño y se detecta muchos años antes del impacto previsto, esta acción tal vez fuera suficiente.
En el caso de objetos mayores susceptibles de chocar con la Tierra, algunos científicos recomiendan la utilización de armas atómicas. Opinan que la explosión de una bomba bien colocada desplazaría al cuerpo celeste a una trayectoria menos peligrosa y evitaría la colisión. El tamaño del asteroide y su proximidad a nuestro planeta determinarían la potencia explosiva requerida.
La dificultad estriba en que ninguna de estas defensas resulta eficaz a menos que haya la debida advertencia previa. Ya hay agrupaciones, como Spacewatch (Observación Espacial) y Near Earth Asteroid Tracking (Seguimiento de Asteroides Cercanos a la Tierra), dedicadas en exclusiva a la caza de asteroides. Muchos ciudadanos creen que deberían adoptarse más medidas como estas.
Cierto es que el hombre imperfecto solo conoce a un grado limitado la ubicación y el movimiento de estos cuerpos celestes. Pero no hay que inquietarse ni amedrentarse ante los avisos de que corre peligro de extinguirse la vida en la Tierra. El Creador del Universo, Jehová Dios, da la garantía más fiable de que no se permitirá que ningún asteroide o cometa destruya la vida que alberga la Tierra. La Biblia nos da esta seguridad: “Los justos mismos poseerán la tierra, y residirán para siempre sobre ella” (Salmo 37:29; Isaías 45:18).

El caso del 1997 XF11

El 12 de marzo de 1998 se difundieron por todo el mundo malas noticias: un asteroide de 1,6 kilómetros de diámetro iba en dirección a la Tierra, a donde se preveía que llegara el 26 de octubre del año 2028, “que cae en jueves”. El asteroide, catalogado 1997 XF11, fue descubierto el 6 de diciembre de 1997 por Jim Scotti, astrónomo de la agrupación Spacewatch de la Universidad de Arizona. Valiéndose de datos del pasado y de nuevas observaciones, un equipo de científicos asociados al Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian divulgó información con la que algunas personas predijeron una órbita que situaría al asteroide a unos 50.000 kilómetros de la Tierra —lo que en términos astronómicos es un breve suspiro—, una trayectoria que dejaría “nulas posibilidades de pasar de largo”. Las pantallas de televisión se llenaron de horrendas simulaciones de la colisión de un asteroide con la Tierra. Pero apenas un día después, el peligro había desaparecido. De acuerdo con nuevos datos y cálculos, pasaría a 1.000.000 de kilómetros del planeta: todavía más cerca que los asteroides observados, pero a una distancia segura. La prensa se apresuró a publicar titulares como: “Bueno, se equivocaron un poquito”.

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